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Historia del
[sic] rebelión y castigo de los moriscos del Reino de
Granada |
Página Web VIII de X |
Cómo su majestad mandó reforzar el campo del marqués de los Vélez, y se le ordenó que allanase la Alpujarra
Estábase todavía el campo del marqués de los Vélez en Adra sin hacer efeto porque tenía muy poca gente, y gran falta de bastimentos, por haber consumido ya el trigo y cebada que había hallalo en el campo de Dalías, y deseoso de salir de allí, pedía que le engrosasen el campo, proveyéndole de gente y de todas las otras cosas necesarias con que poder deshacer al enemigo y allanar la tierra. Y habiéndose platicado largamente sobre su comisión en el consejo de su majestad, se tomó resolución en que se pusiese luego por la obra, no siendo tiempo de poderse dilatar más el negocio. Ordenose al comendador mayor de Castilla que con las galeras que traía a su orden llevase al campo del marqués de los Vélez los soldados pláticos de Italia y la gente que don Juan de Mendoza tenía en Órgiba, que iría a embarcarse a la playa de Motril, y cinco compañías que iban a orden del marqués de la Favara, las cuatro de la ciudad de Córdoba, cuyos capitanes eran don Francisco de Simancas, [284] Cosme de Armenta, don Pedro de Acevedo y don Diego de Argote, y la otra suya; y a don Sancho de Leiva, que fuese a traer mil catalanes que estaban hechos en Tortosa, cuyo cabo era un caballero del hábito de Santiago, de aquella nación, llamado Antic Sarriera. Al capitán Francisco de Molina se mandó que entregase la gente de guerra que tenía en Guadix a don Rodrigo de Benavides, hermano del conde de Santisteban, y que con mil infantes y cincuenta caballos que se le darían en Granada, se fuese a meter en Órgiba, y que don Luis de Córdoba, general de la caballería que allí estaba, se viniese a Granada; todo lo cual se puso luego por la obra. El comendador mayor llevó los soldados viejos y toda la otra gente a la villa de Adra, y hizo tres viajes desde Motril, cargado de bastimentos, municiones y bagajes; y don Sancho de Leiva llevó el tercio de los catalanes. Los proveedores de Granada y Málaga aprestaron mucha cantidad de bastimentos; el de Granada los envió a Órgiba, y el de Málaga por mar a Adra. Solamente se dejó de poner bastimento en la Calahorra, cosa que el marqués de los Vélez pedía con instancia, entendiendo que no sería menester, o por los fines que al Consejo pareció; que, según lo que después sucedió, fuera de grande importancia, y fue de mucho daño no haberlos puesto allí. Tampoco se le proveyeron todos los bagajes que pedía, porque se habían con grandísima dificultad, a causa de que los bagajeros los huían, y muchos los desjarretaban o les dejaban morir de hambre por no servir con ellos: tantos eran los cohechos, robos y malos tratamientos que los alguaciles y comisarios les hacían. Había opiniones diferentes en el consejo de Granada en este tiempo sobre la orden que se había de dar al marqués de los Vélez: algunos querían que pasase a Vera para asegurar la sospecha que había de los moriscos de los reinos de Murcia y Valencia y de toda aquella costa, y allanar lo del río de Almanzora; otros que se estuviese quedo en Adra, y saliese de allí a hacer los efetos necesarios para allanar la Alpujarra y deshacer al enemigo. Y estando un día tratando sobre ello don Juan de Austria, dijo que le parecía que no podría ser bien proveído el campo en Adra, porque por tierra era muy largo el camino para las escoltas, habiendo de ir desde Granada a Órgiba, y desde allí a Adra, y por mar tampoco había seguridad de poder enviar los navíos, por los inciertos temporales; y que le parecía debía ponerse en parte donde estuviese más cerca del enemigo y fuese proveído con menos dificultad, y que sería bien que se pusiese en Ugíjar de la Alpujarra, lugar puesto entre las taas y en buen comedio para salir a conseguir el efeto que se pretendía; cosa que se podía hacer muy mal desde Vera, por estar a trasmano; y estando todos deste acuerdo, al marqués de Mondéjar se le representó un inconveniente a su parecer grande, y era que para pasar de Adra a Ugíjar se había de ir forzosamente a Berja, y entre Berja y Ugíjar había un paso por donde de necesidad se pasaba la sierra por una peña horadada, que no podía ir más que un hombre tras de otro; y si se ponían allí los enemigos, que habían de acudir a las ahumadas en viendo marchar el campo, podrían recebir mucho daño los cristianos. Esta dificultad tuvo algo suspensos a los del Consejo, entendiendo que no había otro camino por donde poder ir sino aquel; y mandando venir los adalides allí delante dellos, se informaron muy particularmente si había otra parte por donde se pudiese ir, queriendo desechar el paso que el marqués de Mondéjar decía; los cuales dijeron que rodeando una legua se podía excusar, yendo a dar a Lucainena, y de allí a Ugíjar; aunque también había otro mal paso en un barranco, que los moros llamaban Haudar el Bacar, que quiere decir el arroyo de las vacas, dificultoso no tanto como el de la Peña Horadada. Finalmente se concluyó aquel consejo con que se escribiese al marqués de los Vélez que tomase el camino que los adalides decían, y se fuese a poner en Ugíjar, no perdiendo el tiempo ni la ocasión en lo que se había de hacer; porque en lo que tocaba a las provisiones se harían las diligencias posibles para proveerle. En el siguiente capítulo diremos lo que le sucedió en el camino.
Cómo el marqués de los Vélez partió con su campo de Adra, y cómo los moros le salieron al camino y los desbarató, y pasó a Ugíjar
Siendo avisado el marqués de los Vélez dónde había de ir y el camino que había de llevar, y teniendo aprestadas todas las cosas para la partida, mandó dar cinco raciones a la gente de guerra; y haciendo cargar todos los bastimentos y las municiones que pudieron ir en los bagajes, partió de la villa de Adra a 26 días del mes de julio de 1569 años con doce mil infantes y cuatrocientos caballos. Llevaba su campo puesto en ordenanza, repartida la infantería en tres escuadrones, el uno a vista del otro. La vanguardia llevaba el marqués de la Favara; de batalla iban don Pedro de Padilla y don Juan de Mendoza y don Juan Fajardo, a cuyo cargo estaba la infantería que el marqués de los Vélez tenía en Adra; y de retaguardia Antic Sarriera; el bagaje iba en medio, y el marqués de los Vélez detrás de todo el campo con la caballería. Aquella tarde llegaron al lugar de Berja, donde estuvo tres días alojado el campo; y habiéndose informado muy bien el marqués de los Vélez del camino que se había de tomar para huir el paso de Peña Horadada, partió otro día de mañana la vuelta de Ugíjar por el camino de Lucainena, llevando la mesma orden que cuando salió de Adra, excepto que los tercios iban trocados. De vanguardia iba don Juan de Mendoza, luego el marqués de la Favara; seguíale el marqués de los Vélez con la caballería, y detrás dél Antic Sarriera y don Juan Fajardo; y de retaguardia de todos don Pedro de Padilla. Tenía ya aviso Aben Humeya del poderoso ejército que se aparejaba contra él, y hizo tres provisiones. A Hernando el Habaquí envió con cartas a Argel para que procurase traerle algún socorro; a don Hernando el Zaguer hizo ir a recoger el mayor número de gente que pudiese en los partidos de Almería, río de Almanzora y sierras de Baza y Filabres; y a Pedro de Mendoza el Hoscein, con cinco mil hombres, mandó que defendiese la entrada de la Alpujarra a nuestro campo, aunque el proprio Hoscein nos dijo después que no llevaba orden de pelear, sino de espantar, porque tenían acordado de no pelear hasta tener toda la gente junta. Caminando pues nuestros escuadrones poco a poco, llevando sus mangas de arcabucería sueltas a los lados, y algunos caballos y peones descubriendo delante, a las ocho horas de la mañana, los descubridores llegaron a unas vertientes de sierras que [285] están a mano derecha del paso de las Vacas, donde descubrieron los moros, que estaban derramados por aquellos cerros haciendo grandes algazaras. Don Juan de Mendoza prosiguió su camino y llegó a un llano que se hace junto al barranco, y allí hizo alto, tomando por frente a los enemigos, los cuales comenzaron a deshonrar a los soldados, diciendo y haciendo las deshonestidades que semejantes bárbaros acostumbran. Metiéronse algunos soldados en el barranco con deseo de arcabucearse con ellos a tiempo que el marqués de los Vélez asomaba por un cerro con la caballería; el cual, viendo trabada la escaramuza sin orden suya, envió a mandar a don Juan de Mendoza que parase, y pasando a la vanguardia, le reprehendió, diciendo que había sido atrevimiento, con el cual pudiera poner el campo en condición de perderse; y mostrando estar enojado con él, mandó a don Juan Fajardo que pasase adelante con dos mil infantes, y que acometiendo a los enemigos, procurase echarlos de aquellos lugares; y por otra parte envió a don Juan Enríquez con algunos caballos el barranco arriba a buscar paso por donde pudiese pasar la caballería. Los moros comenzaron a remolinar, y dende un poco se fueron retirando; mas luego dieron vuelta, mostrando querer hacer algún acometimiento, como gente que presumía defender aquel paso; y cuando vieron subir otra manga de arcabuceros, y entre ellos caballería que los iba cercando, no osando aguardar, dieron luego a huir. A este tiempo los soldados delanteros comenzaron a llamar la caballería para que los siguiese, y el marqués de los Vélez, dejando sobre el barranco a don Juan Enríquez con las banderas de los catalanes y del tercio de Nápoles, pasó y fue en su seguimiento. Iban ya los moros huyendo por aquellos cerros la vuelta de Lucainena, y no osando aguardar en ninguna parte, pasaron a Ugíjar y a Válor, donde estaba Aben Humeya, dejando muertos más de cincuenta dellos que pudo nuestra gente alcanzar; y matáranse muchos más si no fuera el calor que hacía tan grande, que desmayaba los hombres y los caballos; y hubo algunos soldados que perecieron de sed en el alcance. Aquella noche se alojó nuestro campo en Lucainena tan desordenadamente, que el marqués de los Vélez, viendo la mala orden del alojamiento, se apeó fuera del lugar a pie de una encina. A este tiempo don Juan Enríquez, que vio el paso del barranco desembarazado, hizo pasar la infantería adelante, y se quedó con los caballos de resguardo mientras pasaba el bagaje, por si acudiesen enemigos; y fue bien que no los hubiese, según el embarazo y la confusión grande que hubo, porque cayendo los bagajes cargados unos sobre otros en el barranco, murieron muchos; y siendo necesario poner cobro en la munición y bastimentos que llevaban, se detuvieron tanto, que sobrevino la noche; y juntándose los capitanes a consejo, acordaron de quedarse allí hasta otro día, y enviaron dos escuderos que avisasen al marqués de los Vélez para que mandase poner dos o tres compañías de guardia en el camino, que hiciesen escolta a los bagajes que iban enviando poco a poco; mas no hubo esto efeto, porque los escuderos no le hallaron aquella noche, por haberse apeado de la manera que dijimos. Otro día los capitanes hicieron cargar los bagajes, y los aviaron lo mejor que pudieron, no con pequeño trabajo, haciendo que los escuderos llevasen la pólvora, plomo y cuerda y pelotas de los bagajes que quedaban muertos delante, en los arzones de los caballos, porque no se quedase allí aquella munición. Recogida toda la gente, partió el marqués del alojamiento de Lucainena, y fue aquel día a Ugíjar, y se metió dentro a vista de los enemigos, que estaban puestos en ala por las laderas de las sierras; los cuales se retiraron luego a Válor sin hacer acometimiento. Esta mesma noche llegó don Hernando el Zaguer con mucha gente que traía recogida de los lugares por donde había andado; y cuando vio nuestro campo en Ugíjar y supo cuán poca defensa había hecho el Hoscein en el paso que había ido a defender, y que tampoco había osado acometer el segundo día, desconfiado del negocio de la guerra, dijo que no era ya tiempo de aguardar más, y se fue la vuelta de Murtas; y en un lugar llamado Mecina de Tedel murió de enfermedad dentro de cuatro días. Estuvo el marqués de los Vélez en Ugíjar dos días, y siendo avisado que Aben Humeya había juntado la gente de la Alpujarra en Válor, y que estaba con determinación de pelear, pareciéndole que no había más que aguardar para deshacerle, quiso informarse del camino que podría llevar para que la caballería fuese superior y pudiese ejecutar el alcance. Y como las guías le dijesen que de ninguna manera se podría ir por tierra llana, sino era rodeando una jornada y haciendo noche en el camino en parte donde no había agua, quiso ir él en persona a reconocerlo; y pareciéndole que el camino derecho que va por el río arriba no era tan dificultoso como decían las guías, acordó de ir por él en busca del enemigo.
Cómo nuestro campo fue en busca del enemigo, y peleó con él en Válor, y le venció
Habiendo reconocido el marqués de los Vélez el camino, y determinado de ir por él, a 3 días del mes de agosto, después de haber oído misa y encomendádose todos los fieles a Dios, comenzó a marchar con todo su campo en la mesma orden que había venido hasta allí. Llevaba la vanguardia don Pedro de Padilla con los soldados viejos de su tercio y la mayor parte de la gente del tercio de los pardillos, mezclados unos con otros. Luego seguía el marqués de los Vélez con la caballería, armado de unas armas negras de la color del acero, y una celada en la cabeza llena de plumajes, ceñida con una banda roja, que daba una hazada muy grande atrás, y una gruesa lanza en la mano, más recia que larga. El caballo era de color bayo; encubertado a la bastarda, con muchas plumas encima de la testera; el cual iba poniéndose con tanta furia, lozaneándose y mordiendo el espumoso freno con los dientes, que señoreando aquellos campos, representaba bien la pompa y ferocidad del Capitán General que llevaba encima. Detrás de la caballería iba el bagaje, y en la batalla el marqués de la Favara con sus compañías y algunas del reino de Murcia; y de retaguardia Antic Sarriera con los catalanes, y luego don Juan de Mendoza. Todos estos escuadrones llevaban sus mangas de arcabuceros a los lados, ocupando las laderas y las cumbres de los cerros de donde parecía que los enemigos podrían hacer daño; y desta manera caminaban poco a poco, guardando sus ordenanzas por el río arriba. Habíase puesto el enemigo [286] con toda su gente en la ladera de un cerro que está por bajo de Válor con las banderas tendidas, tocando los atabalejos y las dulzainas con tanta armonía, que atronaban aquellos valles; y en un cerrillo que está a caballero del río y del camino por donde forzosamente había de pasar nuestra gente, tenía puestos quinientos escopeteros escogidos que defendiesen aquel paso. Llegando pues nuestra vanguardia a este cerrillo, don Pedro de Padilla y otros caballeros sus amigos, que se habían apeado de los caballos y puéstose en la primera hilera de la vanguardia, acometieron animosamente a los enemigos, los cuales esperaron y resistieron como si fuera gente de ordenanza; y de tal manera pelearon, que hubieron bien menester los nuestros las manos un buen rato; mas al fin se valieron tan bien dellas, que les entraron, matando más de docientos moros, aunque murieron también de los nuestros treinta cristianos. Y fue bien menester que les acudiese la caballería, porque andaba Aben Humeya vistoso delante de todos en un caballo blanco con una aljuba de grana vestida y un turbante turquesco en la cabeza discurriendo de un cabo a otro, animando su gente y diciendo que fuesen adelante, y peleando animosamente tomasen venganza de sus enemigos; que no temiesen el vano nombre del marqués de los Vélez, porque en los mayores trabajos acudía Dios a los suyos; y cuando les faltase, no les podría faltar una honrosa muerte con las armas en las manos, que les estaba mejor que vivir deshonrados. Por otra parte, el marqués de los Vélez, viendo que los de la vanguardia pedían caballería de mano en mano, mandó a don Diego Fajardo, su hijo, que pasase con los caballos adelante; el cual pasó por una acequia a la mano izquierda del río, yendo un caballo tras de otro, porque, siendo el paso angosto, no desbaratasen las hileras de la infantería. Siguiéronle don Jerónimo de Guzmán con algunos caballos de Córdoba, y don Martín de Ávila con los de Jerez de la Frontera, y subieron por la halda del cerro, y fueron a salir con harto trabajo a unas viñas que estaban a media ladera, y por allí acometieron a los enemigos; los cuales subir por donde jamás pensaron que pudiesen correr caballos, comenzaron a desmayar, y teniéndose por perdidos, dejaron el sitio y el lugar y se pusieron todos en huida. Viendo pues Aben Humeya el desbarate de su gente, y que no podía hacerlos detener, volviendo también él las espaldas, llegó a un barranco donde se hacía una quebrada de peñas, entre Válor y Mecina; y apeándose del caballo, le hizo desjarretar, y se embreñó en las sierras con solos seis moros que le siguieron, dejando ahorcados a Diego de Mirones, alcaide de Serón, y a un alguacil de la sierra de Filabres llamado Juan Alguacil, que llevaba preso porque no quería ser contra nuestra santa fe, para con aquel espectáculo entretener nuestra gente. Los caballos subieron buen rato por la sierra arriba hasta encaramar a los enemigos en lo más alto della, donde no eran ya de provecho. La infantería llegó cerca de Válor, y pasando de largo, fue siguiendo el alcance hasta el proprio barranco donde Aben Humeya había hecho desjarretar el caballo, que estaba casi una legua más arriba, y allí se alojó aquella noche por haber agua y leña de chaparros en abundancia. Al marqués de los Vélez le reventó el caballo al subir de la cuesta, y tomando otro subió a mano derecha, y llegó al puerto de Loh con don Álvaro Bazán, marqués de Santacruz, y don Jorge Vique y otros caballeros, y obra de cincuenta caballos y siendo ya las cinco horas o más, pasó la sierra y se fue a la fortaleza de la Calahorra, no le pareciendo que sería acertado volver de noche con los caballos cansados por donde andaban los enemigos, o, como después decía, porque en el campo no había bastimentos más que para aquella noche y para otro día, cuando mucho; y especialmente les faltaban a los catalanes, que por no llevar las raciones a cuestas se habían dejado la mitad dellas en Adra; y quiso ir a dar orden en el despacho de los que hallase en aquella fortaleza, y no los habiendo, remediar con su presencia como se llevasen de otra parte; y como no halló ningunos que poder llevar, despachó luego a la hora a Guadix y a Baza y a Granada, para que con brevedad le proveyesen de algunos. Otro día de mañana fueron el obispo de Guadix y don Rodrigo de Benavides a visitarle, y le llevaron más de doscientos bagajes cargados de pan y de bizcocho, con que volvió aquel mesmo día al campo, que halló alojado en Válor, donde se detuvo dos días aguardando otras escoltas; y como vio que no venían, ni tenía nueva que fuesen, dejando puesto fuego a las casas que Aben Humeya tenía en aquel lugar, se fue a poner en lo más alto del puerto de Loh. En este alojamiento se comenzaron a ir los soldados sin orden, que no fue posible detenerlos en viendo la tierra llana; y desde allí fueron a Guadix los marqueses de Santacruz y de la Favara y otros caballeros. Enfermó mucha gente con los aires delgados de la sierra; y fue tanto lo que aquejó la hambre a los que quedaban, que fue necesario bajar con todo el campo a la Calahorra, confiado en que, con las vituallas que traerían vianderos, se podría entretener mientras le proveían los ministros de su majestad. Puesto el campo en la Calahorra, comenzaron a irse los soldados más de veras, pudiéndolo hacer mejor; y aunque don Juan de Austria envió luego al licenciado Pero López de Mesa, alcalde de la chancillería de la ciudad de Granada, a que le proveyese de bastimentos con diligencia desde la ciudad de Guadix, no se pudo enviar tanta cantidad junta, que bastase a suplir la necesidad presente; y así se estuvo en aquel alojamiento muchos días consumiendo poco a poco los bastimentos de aquella comarca, sin hacer efeto. Estando pues el marqués de los Vélez en la Calahorra, don Enrique Enríquez, su cuñado, falleció en Baza de enfermedad, y don Juan de Austria envió en su lugar a don Antonio de Luna con mil infantes y docientos caballos; el cual estuvo en aquella ciudad desde 14 días del mes de agosto hasta 15 del mes de noviembre; y en la vega de Granada quedó en su cargo don García Manrique, hijo del marqués de Aguilar. Vamos a lo que Hernando el Habaquí negoció en la ciudad de Argel con Aluch Alí sobre el socorro que Aben Humeya le pedía.
Cómo Hernando el Habaquí pasó a Berbería por socorro, y cómo Aben Humeya se rehízo con los socorros que le vinieron de Argel y de otras partes
Partió Hernando el Habaquí de España a 3 días del mes de agosto, el proprio día que Aben Humeya fue desbaratado en Válor, y llegando a Argel dentro de [287] ocho días, hizo instancia con Aluch Alí para que le diese socorro de navíos y gente, poniéndole por intercesores algunos morabitos que le moviesen a ello por vía de religión; el cual mandó pregonar que todos los turcos y moros que quisiesen pasar a socorrer a los andaluces, que así llaman en África a los moros del reino de Granada, lo pudiesen hacer libremente. Mas después, viendo que a la fama deste socorro había acudido mucha y muy buena gente, acordó que sería mejor llevarla consigo al reino de Túnez, y así lo hizo, dejando indulto en Argel para que todos los delincuentes que andaban huidos por delitos y quisiesen ir a España en favor de los moros andaluces, fuesen perdonados. Destas gentes recogió Hernando el Habaquí cuatrocientos escopeteros debajo la conduta de un turco sedicioso y malo llamado Hoscein; y embarcándose con ellos en ocho fustas, donde metieron algunos particulares mucha cantidad de armas y municiones para vendérselas a los moros, vino con todo ello a la Alpujarra. Con este socorro y con el de otras fustas que vinieron también de Tetuán con armas y municiones que traían mercaderes moros y judíos, los enemigos de Dios tomaron ánimo para proseguir en su maldad y se hicieron más fuertes, no habiendo en toda la Alpujarra ejército de cristianos que poder temer. Luego tornó Aben Humeya a proveer sus fronteras; y los moros, habiéndose recogido a sus pueblos, sembraban sus panes y labraban sus heredades y criaban la seda, como si estuvieran ya seguros y muy de reposo en sus casas. El Hoscein, hinchéndolos de esperanza con decirles que Aluch Alí le enviaba por mandado del Gran Turco a que viese la disposición y calidad de la tierra y el número de gente morisca que había en ella para poder tomar armas, quiso ver los ríos de Almanzora y Almería, y la sierra de Filabres y todos los lugares de la Alpujarra, y después entró secretamente en la ciudad de Granada y en la de Guadix y en la de Baza, y las reconoció. Y siendo informado de todo lo que quiso saber de los moradores dellas, diciendo que deseaba tener alas para ir volando a dar cuenta de lo que había visto al Gran Turco su señor, para que luego les enviase su poderosa armada de socorro, se tornó a Berbería cargado de preseas, joyas y captivos que le dieron en aquellos partidos donde anduvo. Vamos a lo que se hacía en este tiempo a la parte del valle de Lecrín, y como los moros fueron sobre el lugar del Padul para alzarle y desbaratar el presidio que allí había para seguridad de las escoltas.
Con la nueva del socorro de África tornaron los alzados a su vana porfía, y los moriscos del Padul, que ya no podían sufrir la costa ordinaria y las molestias y vejaciones de la gente de guerra que tenían alojada en sus casas, teniendo aviso que andaban dando orden de irlos a levantar, y gobernándose por algunos hombres de buen entendimiento que había entre ellos, determinaron de pedir licencia a don Juan de Austria para irse a Castilla con sus mujeres y hijos. Y andando en esto, les aconsejó un clérigo beneficiado del lugar de Gójar que pidiesen que los dejase ir a poblar aquel lugar, que estaba despoblado y los moradores dél se habían ido a la sierra; lo cual les fue luego concedido, y con mucha brevedad mudaron sus casas a Gójar. No eran bien idos del lugar, cuando los moros del valle de Lecrín y de las Guájaras y de otros lugares comarcanos se juntaron; y siendo más de dos mil hombres de pelea, en que había muchos escopeteros y ballesteros, determinaron de ir a dar una madrugada sobre el Padul, y degollando los cristianos que estaban en él de presidio, llevarse los moriscos a la sierra. Con esta determinación partieron de las Albuñuelas a 21 días del mes de agosto deste año de 1569, y caminando toda aquella noche, fueron la vuelta de Granada para engañar las centinelas y poder tomar a los nuestros descuidados; y volvieron luego por el camino real que va desde aquella ciudad al Padul, puestos en su ordenanza, y caminando poco a poco, como lo solían hacer las compañías que iban acompañando alguna escolta. Desta manera llegaron al esclarecer del día cerca del lugar, y como la centinela que estaba puesta en lo alto de la torre de la iglesia los descubrió, aunque tocó la campana a rebato, diciendo que por el camino de Granada venían muchos moros, no por eso se alteraron los soldados ni se pusieron en arma; antes hubo algunos que le dijeron que debía de estar borracho, que cómo podía ser que viniesen moros de hacia Granada. Estando pues en esto, asomaron por un viso donde estaba un humilladero, no muy lejos de las casas, con once banderas tendidas; y acometiendo el lugar con grande ímpetu, antes que los nuestros se acabasen de recoger a un fuerte que tenían hecho al derredor de la iglesia, mataron treinta y seis soldados y tomaron treinta caballos de una compañía de gente de Córdoba que estaba allí de presidio, cuyo capitán era don Alonso de Valdelomar, y saqueando la mayor parte de las casas, se llevaron hartos despojos y dinero, y con la misma furia acometieron el fuerte, creyendo hallar poca defensa en él; mas el capitán Pedro de Redrován, vecino del Corral de Almaguer, que estaba allí por gobernador, y don Juan Chacón, vecino de Antequera, que por mandado de don Juan de Austria se había metido en aquel presidio con ciento y cincuenta soldados de su compañía dos días había, y otros dos capitanes, llamados Pedro de Vilches, vecino de la ciudad de Jaén, y Juan de Chaves de Orellana, natural de la ciudad de Trujillo, que después de la rota del barranco de Acequia había vuelto a rehacer su compañía, se defendieron valerosamente, y matando buena cantidad de moros, los arredraron de sí. Los cuales, viendo que no eran poderosos para entrarlos a batalla de manos, enviaron más de quinientos hombres a traer de las viñas cantidad de rama, espinos y paja, y pusieron fuego a todas las casas del lugar, creyendo poder también quemar las que estaban dentro del fuerte; y estando las unas y las otras cubiertas de llamas y de humo, no cesaban de dar asaltos por donde entendían poder tener entrada, horadando las casas y las paredes por muchas partes; lo cual todo resistía el notable valor y esfuerzo de los capitanes y soldados, no sin gran daño de los enemigos. Había una casa grande fuera del pueblo, donde vivía un vizcaíno, natural de Vergara, llamado Martín Pérez de Aroztigui, el cual, habiendo llevado su mujer y hijos a Granada, acertó a hallarse aquella noche [288] en su casa con cuatro mozos cristianos y tres moriscos amigos suyos, de los que se habían ido a vivir a Gójar, que se quisieron recoger con él; y como el acometimiento de los moros fue tan de improviso por aquella parte, no teniendo lugar de recogerse dentro del fuerte, se fortaleció en la casa, atrancando las puertas con maderos y piedras. Y viéndose en manifiesto peligro, porque no había dentro más que una sola escopeta, dijo a los moriscos que tenía consigo que hablasen a los moros y les rogasen que no le hiciesen daño, en la persona ni en la hacienda, pues sabían que era su amigo y los había favorecido siempre en sus negocios en tiempo de paz; los cuales respondieron que así era verdad, y que les diese el dinero y la escopeta si quería que le dejasen ir libremente a Granada; mas él no lo quiso hacer, diciendo que dineros no los tenía, y que la escopeta había de ir juntamente con la cabeza. Entonces los enemigos combatieron la casa, y poniéndole fuego a todas partes, procuraron también hacer un portillo con picos y hazadones en una pared que respondía al campo. No faltó ánimo a Martín Pérez para defenderse, viéndose combatido del fuego y de las escopetas y ballestas, que no le daban lugar de poderse asomar a tirar piedras desde las ventanas, y acudiendo a la mayor necesidad, hizo echar agua en la puerta de la casa que ardía; y echando grandes piedras al peso de la pared, donde los moros hacían el agujero, procuraba también ofenderlos con la escopeta, porque hasta entonces no lo había osado hacer, creyendo poderlos entretener con buenas palabras mientras llegaba el socorro. Finalmente se dio tan buena maña, que no hizo tiro que no derribase moro; por manera que cuando tuvo muertos siete de los que más ahincaban el combate, los otros tuvieron por bien de retirarse afuera. A este tiempo, habiendo ya más de cuatro horas que duraba la pelea en el fuerte y en la casa, la atalaya que los enemigos tenían puesta a la parte de Granada les avisó cómo venía gente de a caballo, y sin hacer más efeto del que hemos dicho, se retiraron la vuelta del valle. Había salido del Padul un escudero de los de Córdoba cuando los moros llegaron, y pasando por medio dellos, había ido a dar rebato a don García Manrique, que estaba en Otura, alcaría de la vega de Granada, y pasando a la ciudad, había también dado aviso a don Juan de Austria. Y la gente que los moros descubrieron eran sesenta caballos que se habían adelantado con don García Manrique; los cuales, juntándose con once escuderos que habían quedado en el Padul, se pusieron en su seguimiento y alancearon algunos que quedaron atrás desmandados. También acudió al socorro el duque de Sesa desde Granada con mucha gente de a pie y de a caballo; pero llegó tarde, a tiempo que ya llevaban los moros más de una legua de ventaja; y proveyendo la plaza de gente, que la había bien menester, porque habían sido muertos cincuenta soldados y muchos más heridos, loó a los capitanes lo bien que se habían defendido de tanto número de gente y de una violencia tan grande del fuego, que era lo que más se temía, y aquella noche volvió a Granada.
De las pláticas que hubo sobre la salida que el marqués de los Vélez hizo a la Calahorra, y cómo el marqués de Mondéjar fue llamado a corte
Aunque el marqués de los Vélez desbarató a Aben Humeya en Válor de la manera que hemos dicho, algunos contemplativos no le atribuían gloria entera de la vitoria, por salir como salió a la Calahorra, dejándole en la Alpujarra, donde con facilidad pudo tornar a juntar gente y rehacerse, especialmente viendo que no había vuelto a entrar luego para acabarle de deshacer. Y como en los consejos suele siempre haber humores diversos y aficiones particulares que despiertan los juicios delicados a dar justas causas y sospechas de su desacuerdo, formando queja de lo que por ventura podría merecer loor, estando sanas y conformes las voluntades, no fallaba quien decía que los enemigos habían sido menos de los que había escrito; que se le había dado más gente al doble de la con que se había ofrecido a allanar la tierra; que había perdido ocasión por salir de la Alpujarra antes de tiempo; que la salida había sido más para dar a entender que se podía hollar la Alpujarra con caballos, cosa que se había dificultado en el consejo de don Juan de Austria algunas veces, que por necesidad de bastimentos; y, que habiendo consumido un campo tan numeroso, se estaba en el alojamiento consumiendo los bastimentos y la gente que le había quedado sin hacer efeto. Estas cosas aguaban la vitoria al marqués de los Vélez, el cual se quejaba que cuarenta días antes que partiese de Adra había avisado al consejo de Granada que le pusiesen bastimento y municiones en la Calahorra, porque entendía acudir hacia aquella parte y proveerse de allí; y por no lo haber hecho, le había sido necesario sacar la gente a parte donde pereciese de hambre; ni menos le proveían para poder salir de donde estaba, de cuya causa se le iban cada día los soldados, y cargaba la culpa de todo ello al marqués de Mondéjar y al duque de Sesa y a Luis Quijada, entendiendo que le hacían poca amistad; el marqués de Mondéjar, por pasiones antiguas, renovadas por razón del cargo y preeminencia en que se había metido; el duque de Sesa, por tenerle por su enemigo, aunque era su sobrino; y Luis Quijada, según él decía, por ser su émulo y envidioso de su felicidad, y que había acriminádole la entrada en el reino de Granada sin orden de su majestad. Y porque nuestro oficio no es condenar ni asolver estas cosas, sino apuntarlas para los que esta historia leyeren, solamente diremos como su majestad, príncipe discretísimo, vistos los cargos que por vía de justificación se daban unos a otros, dijo que aunque no era tanto el daño de los moros como se había dicho, había sido importante cosa desbaratarlos y esparcirlos; y dende a pocos días, para mejor se informar, mandó al marqués de Mondéjar, por carta de 3 de setiembre, que fuese luego a la corte, y que el Consejo enviase relación de todos los bastimentos municiones que se habían llevado a la Calahorra. El cual partió de Granada a 12 días de dicho mes, y llegado a la villa de Madrid, satisfizo al negocio para que había sido llamado; y su majestad le mandó ir con él a la ciudad de Córdoba, donde había llamado a cortes; y ansí no volvió más al reino de Granada, [289] porque le proveyó por visorrey de Valencia, y después le envió por visorrey de Nápoles.
Cómo el capitán Francisco de Molina se fortaleció en Albacete de Órgiba, y de una escaramuza que hubo con los moros sobre el quitar el agua
Habiéndose metido Francisco de Molina en Órgiba de presidio con la gente que dijimos, luego comenzó a fortalecerse en Albacete, lugar principal de aquella taa, atajándole de manera que se pudiese defender con menos gente; y porque tenía orden de don Juan de Austria para meter la torre y la iglesia en el reducto que hiciese, a causa de que se habían de encerrar dentro cantidad de bastimentos y municiones que estuviesen de respeto, y no se podía hacer la fortificación tan aventajadamente como convenía, por tener muchos padrastros que señoreaban desde fuera la plaza y el muro, fue necesario que se hiciesen dos murallas de tapia, la una a la parte de fuera, y la otra a la de dentro, para que entre ellas pudiesen estar los soldados encubiertos, y algunas trincheas por donde pudiesen atravesar de una parte a otra. Y porque no había agua dentro del lugar, ni se podía hallar en pozos a cincuenta ni a sesenta brazas, habiéndose de proveer necesariamente de una acequia que los moros podían quitar a todas horas, mandó cavar unos hoyos muy grandes al derredor del muro donde echarla, para tenerlos llenos si acaso le cercasen. Queriendo pues Aben Humeya ir sobre este presidio, el proprio día que se acabaron de hacer los hoyos envió once banderas de moros que quitasen el agua de la acequia, y procurasen tomar algún prisionero de quien saber la gente que había quedado dentro y en qué términos estaba la fortificación; los cuales llegaron cerca del lugar y quitaron luego el agua, pudiéndolo hacer fácilmente, porque se tomaba a media legua de allí. Francisco de Molina pues, sospechando el desinio del enemigo, y viendo ir las banderas hacia el tomadero de la acequia, envió al capitán Diego Núñez, vecino de Granada, con docientos arcabuceros, a que se pusiese sobre el tomadero del agua, y se la defendiese de manera, que no dejase de ir su camino; el cual procuró de hacerlo así; mas eran los moros, tantos que no se atrevió a pasar de unas peñas, donde estuvo arcabuceándose con ellos gran rato. Entendiendo esto Francisco de Molina, envió luego al capitán Lorenzo de Ávila con otro golpe de gente, y después, pareciéndole que todo era poco para arrancar a los enemigos de donde se habían puesto dejando encomendado el fuerte a don Gabriel de Montalvo, vecino de Granada, que era capitán de infantería y sargento mayor de aquel presidio, salió él con cien arcabuceros y piqueros y veinte caballos, y llegando cerca de las peñas, halló que los dos capitanes estaban peleando con los moros; los cuales, viendo venir aquel socorro cargaron de manera, que matando algunos, los arredraron de sí tanto, que tuvieron lugar de volver la acequia hacia el lugar, y estuvieron guardando el tomadero hasta que fue de noche, escaramuzando siempre con ellos. A esta hora Francisco de Molina se retiró; y porque entendiesen los moros que todavía se estaba quedo, y no osasen bajar a quitar otra vez el agua, hizo dejar muchos cabos de cuerdas encendidas a los soldados entre las matas y al derredor de las peñas, y con este ardid de guerra los entretuvo burlados tirando toda la noche a los fuegos, y el agua corrió a los fosos hasta que se hincheron; y como fue de día, los enemigos entendieron el engaño, y tornando a quitar el agua, se fueron la vuelta de la sierra sin hacer otro efeto. Francisco de Molina, queriendo ver si los hoyos detenían algunos días el agua, halló que se secaron a segundo día; entonces sacó una parte del fuerte más a fuera hasta un barranco que cae sobre el río, y desde allí hizo un camino cubierto a manera de trinchea, por donde los soldados pudiesen ir a tomar agua sin que los enemigos se lo estorbasen; y con esto aseguró aquella plaza por entonces.
Cómo Aben Humeya alzó el lugar de las cuevas y fue a cercar a Vera, y cómo Lorca socorrió aquella ciudad
Estaba por alcaide mayor en la ciudad de Lorca el doctor Matías de Huerta Sarmiento, natural de la ciudad de Sigüenza; el cual, debajo de profesión de letras, era también soldado y había estado muchos días en Orán en tiempo que era allí capitán general don Alonso de Córdoba, conde de Alcaudete, y tenía prática y experiencia en cosas de guerra. Y deseando conservar los lugares de su jurisdición y saber el desinio de los enemigos, enviaba algunas espías al río de Almanzora; puso tan buena diligencia en esto y en prender las de los enemigos, que a 17 días del mes de setiembre deste año le vinieron a las manos dos espías de Aben Humeya, y dándoles tormento, confesaron como se quedaba aprestando para ir a ocupar la ciudad de Vera, donde tenía pensado esperar el socorro de Berbería, por ser plaza a su propósito para aquel efeto, y que sería su venida sin falta a la entrada de la luna de otubre, que era al fin de setiembre, con toda la gente que pudiese juntar, y que los moriscos de las villas de los Vélez se habían ofrecido de enviarle encubiertamente bastimentos; y demás desto declararon quién habían sido los moros que habían captivado aquellos días ciertos cristianos de María y de Caravaca, y de los otros lugares sus comarcanos. Estas confesiones envió fuego a don Juan de Austria y al marqués de los Vélez, y al Comendador mayor, que todavía andaba por la costa con las galeras, para que estuviesen todos apercebidos, si fuese menester, hacer algún socorro por mar o por tierra. Avisó también a la ciudad de Vera con tres de a caballo que estuviesen sobre aviso, porque sin duda irían los moros a cercarla, y envió al cabildo el traslado de las confesiones de las dos espías, ofreciéndose que socorrerá con la gente de Lorca siempre que fuese menester. Y para tener aviso cierto y poder acudir con tiempo, hizo poner atalayas que se descubriesen unas a otras desde Lorca a Mojácar, y los de Mojácar hicieron lo mismo hasta Vera, para que de día con ahumadas, y de noche con almenaras de fuego, se correspondiesen y avisasen cuando llegase el enemigo; advirtiéndoles que en el punto enviasen tres de a caballo con toda diligencia con el aviso, por si acaso faltase alguna atalaya. Y para ver como correspondían, a 23 de setiembre se hizo el ensayo y prueba de las ahumadas de día y de las almenaras de noche; las cuales pasaron de mano en mano desde Vera a Mojácar, y al Como [290] de Gali, y al cerro de Enmedio, y al cerro Gordo, y a la torre de Alfonsi de Lorca. No se engañaron los cristianos en hacer esta diligencia, porque Aben Humeya, viendo que el marqués de los Vélez se estaba quedo en la Calahorra, a que no había campo que le pudiese enojar, deseando ocupar la ciudad de Vera en aquella ocasión, bajó con cinco mil hombres al río de Almanzora, y juntando con ellos más de otros cinco mil de aquellos lugares, fue sobre la villa de las Cuevas, que es del marqués de los Vélez, y haciendo que se alzasen los vecinos, que eran todos moriscos, en venganza de las casas que le había hecho quemar en Válor, le hizo destruir y talar una hermosa huerta que allí tenía; y no pudiendo tomar el castillo, porque lo defendían los cristianos que se habían metido dentro, pasó a la ciudad de Vera, y el día de San Mateo, a 24 de setiembre, puso su campo sobre Vera la vieja, y desde allí hizo una gran salva de arcabucería contra la ciudad de Vera la nueva, que está a la parte de abajo. Era alcalde mayor desta ciudad el licenciado Méndez Pardo, el cual salió a reconocer el campo con treinta de a caballo; y habiendo escaramuzado un rato con los enemigos, se retiró a la ciudad, y dio luego aviso a las ciudades de Lorca y Murcia por las atalayas y con gente de a caballo, como estaba tratado. Queriendo pues Aben Humeya poner temor a los ciudadanos, plantó dos pecezuelas de artillería de bronce que llevaba, y comenzó a batir un lienzo de muro viejo, tirando asimesmo a las casas que se descubrían por aquella parte; mas luego reventó la una dellas, y un arcabucero hirió desde una tronera al artillero que tiraba la otra, y paró la batería. En este tiempo las atalayas daban priesa con las ahumadas, que se alcanzaban unas a otras; y estando la gente de Lorca en el sermón poco antes de mediodía, llegó la guardia de la atalaya de la torre del Alfonsín con el aviso al alcalde mayor; el cual, sospechando lo que debía ser, hizo luego tocar a rebato, y haciendo alarde de la gente de la ciudad, proveyó de armas a los que no las tenían, y juntando a cabildo, se nombraron por capitanes de la infantería Juan Navarro de Álava y Alonso de Ortega Salazar, y de los caballos, Diego Mateo Jerez, todos regidores. Y estando haciendo el nombramiento, llegó un escudero de Vera, que había corrido nueve leguas, a dar aviso como habían llegado domingo de mañana más de doce mil moros; y como tiraban con dos piezas de artillería a la ciudad, pidiendo que fuese luego el socorro. Y siendo todos de conformidad que se hiciese así, entre las dos y las tres de la tarde se juntaron en el campo que dicen de Nuestra Señora de Gracia, novecientos y setenta y dos infantes y ochenta caballos muy bien en orden; y antes que partiesen de allí, envió el alcalde mayor sus cartas requisitorias y notificatorias a la ciudad de Murcia, y a las villas de Cehegín, Caravaca, Calasparra, Moratalla, Sevilla, Alhama y Alumbres del Almazarrón, avisándoles como iba a socorrer a Vera con la gente de Lorca, y requiriéndoles de parte de su majestad que hiciesen lo mesmo. Y prosiguiendo su camino, anduvo toda aquella noche, y al amanecer entró en la ciudad de Vera, que son nueve leguas de camino; mas cuando él llegó, los moros habían tenido aviso del socorro que iba, y estando para picar el muro, porque no tenían ya con qué batir, habían dejado la obra y retirádose hacia las Cuevas. Juntándose pues la gente de Lorca con la de Vera, fueron en su seguimiento hasta el río de las Cuevas. De allí se volvieron los de Lorca, porque les pareció que no convenía ir más adelante con tan poca gente, siendo tan grande el número de los enemigos, y habiendo conseguido el efeto que se pretendía, que era descercar a Vera; y en el camino encontraron la gente de Murcia que iba al socorro, y eran tres mil infantes y trecientos caballos. Y juntándose los alcaldes mayores y capitanes a consejo sobre si sería bien ir todos en seguimiento del enemigo, aunque hubo algunos que decían que no había para qué, pues Vera estaba descercada, los más votos fueron de parecer que le siguiesen, porque no hiciese daño en otra parte. Y estando con esta determinación, nació entre ellos una diferencia honrosa: los de Lorca decían que les pertenecía por privilegio antiquísimo llevar en la guerra del reino de Granada la vanguardia yendo hacia el enemigo, y la retaguardia a la retirada; y los de Murcia querían llevarla ellos, por ser cabeza de reino y de aquel corregimiento, y sobre ello hubieran de llegar a las armas; y viendo esto los alcaldes mayores, mudaron parecer, y recogiendo su gente, se volvieron a las ciudades. Aben Humeya tornó a Purchena, y de allí al Láujar de Andarax, y envió la gente a sus partidos.
Cómo unos soldados que se iban sin orden del campo del marqués de los Vélez hirieron a don Diego Fajardo queriéndolos volver al campo
Era tan grande el desgusto que nuestra gente tenía en verse acorralada en el alojamiento de la Calahorra sin salir a hacer efeto, que no había reparo que bastase a detener los soldados; y aun los mesmos capitanes por ventura holgaban que se les deshiciesen las compañías, por tener ocasión de salir de allí so color de tornarlas a rehacer; y ansí había muchas banderas que no habían quedado diez hombres con ellas. El marqués de los Vélez hacía sus diligencias, y no le pareciendo tener suficiente número de gente, ni la provisión de vituallas que había menester para volver a entrar en la Alpujarra, de necesidad había de estarse quedo gastando las que el licenciado Pero López de Mesa le enviaba de un día para otro desde Guadix. Culpábanle mucho de remiso, y no los que sabían qué cosa era gobernar ejércitos, y aventurarlos tan a costa de la autoridad y reputación de los capitanes generales. Estando pues no con pequeño cuidado y congoja en ver que se le iba cada día deshaciendo más el campo, y que apenas tenía de quien poder fiar las rondas y centinelas, que cada noche mandaba poner dobladas, mas para guardar que la gente no se fuese que por temor del enemigo, fue avisado que tenían concertado de irse juntos más de cuatrocientos soldados; y encomendando a don Rodrigo de Benavides, que había venido de Guadix con la compañía de caballos del duque de Osuna, y a don Diego Fajardo, su hijo, con un estandarte de caballos de Córdoba, que estaba a cargo de don Jerónimo de Guzmán, la ronda de la noche en que le habían dicho que se tenían de ir, sucedió que andando rondando don Diego Fajardo, y con él don Jerónimo de Guzmán y el capitán Castellanos, comisario de la caballería, al cuarto de la modorra sintieron salir gente por hacia donde [291] don Rodrigo de Benavides andaba, que era a la parte de levante del lugar; y volviendo el capitán Castellanos por los escuderos de Córdoba, que habían quedado en el cuerpo de guardia, fueron los dos hacia donde estaba otra compañía de caballos de Osuna, y llamándolos, acudió también don Rodrigo de Benavides, y juntos se metieron por los soldados fugitivos, que iban atropellados sin orden, y hicieron volver muchos dellos a sus alojamientos. Otros, que no quisieron dejar de proseguir su camino, subieron por un cerro arriba que cae hacia aquella parte de levante, y a paso largo procuraron tomar lo alto y más agrio dél, donde los caballos no pudiesen aprovecharse dellos. Los capitanes se pusieron en su seguimiento, y llegando cerca don Diego Fajardo, les dijo que no hiciesen cosa tan fea como era dejar las banderas, y que se volviesen a sus cuarteles, porque él les daba su palabra que no les sería hecho mal ni daño por aquella salida; mas ellos no le quisieron oír ni responder, prosiguiendo siempre su camino a la sorda con las mechas de los arcabuces encendidas. De ver esto se airó mucho don Rodrigo de Benavides, y llamando a voces a don Diego Fajardo, para que los soldados le conociesen y temiesen, dijo: «Corramos, señor don Diego; por esta ladera atajarlos hemos, y cerrando con ellos, caiga el que cayere; que desta manera se han de tratar estos bellacos traidores». Estas palabras indignaron a los determinados soldados de tal manera, que como hombres agraviados dellas, respondieron que el que las decía y los que con él iban eran los traidores y malos caballeros, y que se hiciesen adelante, verían cómo les iba. De aqueste desacato se enojó don Rodrigo de Benavides; y aunque no eran más de catorce de a caballo los que estaban juntos para poder acometer, porque los otros se habían quedado muy atrás, hizo con don Diego Fajardo que los acometiesen, apellidando don Rodrigo de Benavides el nombre del señor Santiago; y pasando por ellos los que estaban a la parte alta, pareciéndoles que los trataban como a moros, dispararon sus arcabuces. Don Diego Fajardo se fue metiendo a media ladera, yendo par dél don Jerónimo de Guzmán y un escudero de Córdoba, y allí le dieron un arcabuzazo, que le pasó la rodela acerada que llevaba por junto a la embrazadura, y le quebró un dedo de la mano izquierda, y pasó la bala a la tetilla derecha, donde paró. Fue tan grande el golpe, que el caballo cayó y echó por cima de la cabeza a don Diego Fajardo medio aturdido; y apeándose don Jerónimo de Guzmán y el escudero, le alzaron del suelo. Era don Diego Fajardo esforzado caballero, afable y muy amigo de soldados, y viéndose herido de tan mala manera, pidió su rodela para ver si estaba pasada, y cuando vio el agujero que había hecho la bala, entendió que le habían muerto; y sintiendo en sí un estímulo de virtuosa congoja, que no le dejaba descansar en otra cosa, dijo que le llegaba al alma que cristianos le hubiesen puesto en aquel estado; y subiendo lo mejor que pudo en su caballo, se volvió a la Calahorra. Encontrole en el camino el marqués de los Vélez, que había salido con toda la caballería en oyendo tocar al arma; el cual viéndole de aquella manera recibió tanta alteración, que no le pudo hablar; y mandando a don Juan Fajardo, su hermano, y a don Rodrigo de Benavides, que también se había vuelto, que diesen orden de atajar aquellos soldados por tres o cuatro partes con caballos y infantes, se subió a la fortaleza. Los soldados se fueron, que no bastó nada a detenerlos, y de allí adelante se fueron otros muchos; por manera que vino a quedar aquel campo, en que había doce mil hombres, en menos de tres mil, la mayor parte dellos del tercio que llamaban de los pardillos y del de don Pedro de Padilla, que como gente obligada y de ordenanza vieja, tuvieron más sufrimiento.
De una vitoria que don García Manrique hubo del Anacoz en el valle de Lecrín
Andaba en el valle de Lecrín el Anacoz con más de mil hombres haciendo daño en las escoltas que iban de Granada a Órgiba; el cual había muerto los docientos soldados de la compañía de Juan de Chaves de Orellana, que dijimos, entre Acequia y Lanjarón, y hecho otros muchos daños en la Vega y en lo de Alhama. Y queriendo el Consejo refrenar la insolencia de aquel hereje, mandaron llamar a Pedro de Vilches, por sobrenombre Pie de palo, porque tenía una pierna cortada de la rodilla para abajo, y en su lugar otra de madera, hombre plático en toda aquella comarca y muy animoso. Y preguntándole qué orden se podría tener para hacer una emboscada al Anacoz, dijo que le dejasen ir a él de parte de noche a las Albuñuelas y a Salares, donde se recogían aquellos moros, y que les daría un arma, y se vendría retirando a la mañana entreteniéndolos, hasta sacarlos de día al río, porque de noche era cierto que no saldrían; y que estuviese la caballería metida en emboscada en los llanos que caen entre la laguna del Padul y Dúrcal, y que él se los pondría en las manos de manera que los pudiesen alancear a todos. Este consejo pareció bien a don Juan de Austria y a los del Consejo, y luego se mandó a don García Manrique que apercibiese la gente de la Vega, y dejando ir delante a Pedro de Vilches, se pusiese él en emboscada con la caballería en el lugar que le señalase; el cual partió de Otura con cien caballos y cuatrocientos arcabuceros de los que estaban alojados en las alcarías de la Vega, llevando consigo a Tello González de Aguilar con las cien lanzas de Écija, que fue para aquel efeto desde Granada, y se fueron a meter antes que amaneciese en unas huertas que están por bajo del barranco del río de Dúrcal. Pedro de Vilches se fue derecho a los lugares de los Albuñuelas y Salares con los soldados de las cuadrillas, y ellos se estuvieron quedos esperando a que viniese huyendo de los enemigos, como había dicho; lo cual se hizo con tanto recato, que las centinelas que tenían puestas los moros hacia aquella parte no lo sintieron, y las nuestras las veían a ellas. Pedro de Vilches tocó su arma al amanecer del día; luego comenzaron las ahumadas, y los moros salieron a él con grande grita: hizo un poco de resistencia, y dando a entender que tenía miedo, comenzó a retirarse con orden hacia la emboscada. Los moros fueron creciendo cada hora en tanto número, que cubrían aquellos cerros, y apretaron tanto a Pedro de Vilches, que cuando llegó cerca del socorro, ya le habían muerto dos soldados y herido algunos; y veían tan cerca dél, que fue necesario que don García Manrique, viendo venir a las vueltas moros y cristianos [292] saliese a ellos, sin aguardar que bajasen todos a lo llano, como, estaba acordado; y matando seis turcos, que venían delante de todos, y más de docientos moros, el Anacoz con todos los demás se pusieron en huida, metiéndose por los barrancos y despeñaderos del río, donde no pudieron los caballos seguirlos, ni la gente de a pie, que no llegó a tiempo de poderlos alcanzar. Más adelante llevó la pena de sus maldades; porque siendo preso, le mandó justiciar el duque de Arcos en Granada. Ganaron los nuestros en esta vitoria tres banderas, y para regocijar la ciudad entraron por ella arrastrándolas y llevando los escuderos las cabezas y las manos de los moros en los hierros de las lanzas. Estando pues todos muy contentos en Granada con este suceso, solo el animoso Vilches se quejaba de don García Manrique, diciendo que por haber salido la caballería tan presto a favorecerle, no habían alanceado aquel día todos aquellos moros; y como le dijese el Presidente que si había salido antes de tiempo, había sido porque no le matasen los moros a él, siendo hombre impedido, y trayéndolos tan cerca a las espaldas, le respondió muy enojado: «Bien entiendo yo, señor, que lo hizo por eso; mas ¿qué iba en ello que matasen un hombre como yo, a trueco de alancear dos mil moros?» Respuesta de hombre leal, que no estimaba la vida por el servicio de Dios y de su rey.
De algunas provisiones que su majestad hizo estos días para el breve despacho de la guerra
Hizo su majestad estos días dos provisiones muy importantes para la brevedad que se pretendía en esta guerra, con parecer de don Juan de Austria y de los consejeros que quedaron cerca de su persona. La una fue mandar que acabasen de sacar los moriscos que habían quedado en Granada, y los metiesen la tierra adentro, por sospecha que dellos se tenía que daban avisos a Aben Humeya de todo lo que se hacía, teniendo sus inteligencias con los que andaban levantados; y la otra mandar que se publicase la guerra a fuego y a sangre; cosa que aun hasta este tiempo no se había publicado; porque solamente se trataba en el supremo consejo de Guerra con nombre de castigo en los rebeldes, no les queriendo dar otra autoridad; y aun se ofendían con muy justa razón los señores del reino de que llamasen rey, ni aun tirano, a Aben Humeya, a quien mejor cuadraba el nombre de traidor, pues lo era contra su rey y señor natural y dentro de su proprio reino. Concedió ansimesmo campo franco a todos los cristianos que sirviesen debajo de bandera o estandarte, y que aprehendiesen en sí todos los bienes muebles, dineros, joyas y ganados que tomasen a los enemigos, y que no pagasen quinto ni otra cosa alguna de las personas que captivasen, haciéndoles de todo ello gracia y merced por esta vez y presente ocasión, para animar la gente, que andaba ya muy desgustada, a que sirviesen voluntariamente, sin que fuese menester otro rigor, porque estaban escandalizados los pueblos de la Andalucía de oír las quejas que daban los soldados que se iban huyendo del campo del marqués de los Vélez. Y para que mejor se pudiesen entender con la paga ordinaria, les mandó acrecentar el sueldo a respeto de como se acostumbraba pagar la gente de guerra en Italia, que es cuatro escudos de oro cada mes al coselete y al arcabucero, y tres al piquero, que llaman pica seca. Y porque los cabildos, concejos y señores, a quien se mandó que rehiciesen las compañías con que servían, y las acrecentasen a mayor número, estaban ya muy gastados, no les bastando los proprios ni las sisas que con licencia del Consejo Real echaban sobre los bastimentos, para pagar la gente, ordenó que desde el primero día del mes de noviembre luego siguiente se pagase toda la infantería del dinero de su real hacienda, y que los cabildos, concejos y señores pagasen solamente la gente de a caballo. Lo cual todo se publicó en la ciudad de Granada por bando general a 19 de otubre deste año de 1569; y luego le enviaron traslados autorizados a todas las ciudades y señores del Andalucía y reino de Granada, para que se supiese en todas partes las gracias y mercedes que su majestad hacía a la gente de guerra. Dejemos agora el provecho que resultó destas provisiones, que fue muy grande, y digamos cómo Aben Humeya pagó la pena de sus crímenes y maldades por mano de los proprios rebeldes que le ordenaron la muerte.
Cómo los moros mataron a Aben Humeya, y nombraron en su lugar a Diego López Aben Aboo
Mientras estas provisiones se hacían de nuestra parte, Diego Alguacil, vecino de Albacete de Ugíjar, y otros deudos suyos, enemigos de Aben Humeya, que andaban ausentes dél por miedo que los mandaría matar, trataban de darle ellos la muerte por librarse de aquel temor y tomar venganza de las crueldades que había usado con los naturales de la tierra, y especialmente con Miguel de Rojas, su suegro, y Rafael de Arcos, y con otros alguaciles y hombres principales de aquella taa y de la de Juviles, que había hecho morir por consejo de los capitanes de los monfís que traía consigo; y al fin vinieron a tomar venganza dél matándole por sus proprias manos, como agora diremos. Entre otras cosas que Aben Humeya había hecho, de que se sentía muy agraviado Diego Alguacil, era haberse llevado de Ugíjar una prima suya viuda, con quien estaba amancebado, y traerla consigo por amiga contra su voluntad, aunque otros entendieron que la causa del enojo que tenía con él no eran celos, sino punto de honra, afrentado de que, siendo mujer principal, que podía casar con ella, la traía por manceba. Más desto nos desengañó después el tiempo cuando la vieron casada a ley de maldición con el proprio Diego Alguacil en Tetuán, seis años después de aquesta guerra. Finalmente, sea como fuere, él tuvo buena ocasión para conseguir el efeto que deseaba, siendo la mesma mora la secretaria de su enemigo y el instrumento de su mal. Era ya Aben Humeya extrañamente aborrecido y casi tenido por sospechoso en toda la Alpujarra, después que se supo lo que había escrito a don Juan de Austria y al alcaide Xoaybi de Guéjar, entendiendo que andaba en tratos para entregar la tierra a los cristianos, procurando solamente su particular seguridad y aprovechamiento, y por ventura tenía aquel deseo; mas era tan pusilánime y hallábase tan cargado de culpas, que no se osaba fiar, teniendo por cierto que la culpa del rebelión había de ser atribuida a pocos, y necesariamente castigado el [293] que hubiese sido cabeza dél; y como hombre que tenía poca seguridad de su persona, tenía en Láujar de Andarax, donde se había recogido después de la jornada de Vera, los caudillos y capitanes más amigos con dos mil moros, que repartían la guardia cada noche por su rueda, y tampoco se descuidaban de día, teniendo barreadas las calles del lugar de manera, que nadie pudiese entrar en él sin ser visto o sentido. Y porque no se fiaba de los turcos ni estaba bien con ellos, o por ventura no tenía con qué pagarles el sueldo mientras estuviesen ociosos, por apartarlos de sí los había enviado a la frontera de Órgiba a orden de Aben Aboo. Sucedió pues que como estos hombres viciosos eran todos cosarios, ladrones y homicidas, donde quiera que llegaban hacían muchos insultos y deshonestidades, forzando mujeres y robando las haciendas a los moros de la tierra. Y como fuesen muchas quejas dellos a Aben Humeya, escribió sobre ello a Aben Aboo, encargándole que lo remediase; el cual le respondió que los turcos no hacían agravio a nadie, y que si alguna desorden hiciesen, él lo castigaría. Sobre esto fueron y vinieron correos de una parte a otra; y ansí de lo que se trataba, como de la indignación que Aben Humeya tenía contra los turcos, avisaba por momentos la mora a Diego Alguacil; y de aquí tuvo principio la traición que le urdió, revolviéndole con ellos para que viniesen a descomponerle y matarle, como lo hicieron; porque queriendo estos días ir a alzar los moriscos que vivían en Motril y saquear la villa, sin dar a entender su desinio a Aben Aboo, le envió a decir que recogiese los turcos y caminase con ellos la vuelta de las Albuñuelas, y que en el camino le alcanzaría otro correo con la orden de lo que había de hacer; y como estos correos pasaban forzosamente por Ugíjar, y la mora avisaba a Diego Alguacil de los despachos que llevaban, saliendo a esperar en el camino al postrero en compañía de Diego de Arcos y de otros sus amigos, le mataron y le quitaron la carta que llevaba; y contrahaciéndola Diego de Arcos, que había servido de secretario a Aben Humeya y firmado algunas veces por él, como decía que volviese luego con los turcos a dar sobre Motril, puso que los llevase a Mecina de Bombaron, y que después de tenerlos alojados de manera que no se pudiesen juntar con la gente de la tierra y con cien hombres que llevaba Diego Alguacil, los desarmase y hiciese degollar a todos, y que lo mesmo hiciese de Diego Alguacil después que se hubiese aprovechado dél. Esta carta enviaron luego a Aben Aboo con persona de recaudo; el cual, maravillado de tan gran novedad, entendió que sin duda era verdad lo que se decía que Aben Humeya andaba en tratos para entregar la tierra. Y estando suspenso sin poderse determinar en lo que haría, Diego Alguacil, que había medido el camino y el tiempo, llegó con los cien hombres a su puerta; y hallándole alborotado, le dijo como Aben Humeya le había enviado a mandar que fuese con aquella gente a hallarse en la muerte de los turcos; mas que no pensaba intervenir en semejante crueldad, por ser personas que habían venido a favorecer a los moros y puesto las vidas por su libertad; antes, cansado de servir un hombre ingrato, voluntario, de quien no se podía esperar otra mejor paga, pensaba avisarlos dello para que mirasen por sí. Y estándole diciendo estas palabras, acertó a pasar por delante de la puerta donde estaban Huscein, capitán turco; y como Diego Alguacil quisiese hablarle, Aben Aboo se adelantó porque no le previniese, temiendo que le matarían los turcos, o por ventura queriendo ganar él aquellas gracias; y llamándole a él y a Caracax, su hermano, les mostró la carta; los cuales avisaron luego a Nebel, y a Alí arráez, y a Mahamete arráez, y al Hascen y a otros alcaides turcos; y alborotándose todos entre temor y saña, comenzaron a bravear, cargando las escopetas y diciendo que aquello merecían los que habían dejado sus casas, sus mujeres y sus hijos por venirlos a socorrer; y apenas podía Aben Aboo apaciguarlos, diciéndoles estuviesen seguros porque no se les haría el menor agravio del mundo. Diego Alguacil, viendo los turcos alterados y su negocio bien encaminado, para acreditarle más sacó una yerba que llaman haxiz, que los turcos acostumbran a comer cuando han de pelear, porque los hace borrachos, alegres y soñolientos, y dijo que se la había enviado Aben Humeya para que se la diese estando cenando a los capitanes, porque se adormeciesen y pudiesen matarlos aquella noche. Tratose allí que no convenía que reinase aquel hombre cruel que mataba toda la gente noble, sino que le matasen a él y criasen otro rey. Diego Alguacil decía que lo fuese el Huscein o Caracax; mas ellos, aunque aprobaban en lo de la muerte, no quisieron aceptar la oferta, diciendo que Aluch Alí los había enviado, no a ser reyes, sino a favorecer al rey de los andaluces, y que lo más acertado era poner el gobierno en manos de alguno de los naturales de la tierra que fuese hombre de linaje, de quien se tuviese confianza que procuraría el bien de los moros, mientras venía aprobación del reino de Argel. Esto pareció a todos bien, y sin perder tiempo nombraron a Aben Aboo, harto contra su voluntad, a lo que mostró al principio; mas al fin aceptó el cargo y honra que le daban, con que le prometieron de matar luego a Aben Humeya y de prender todos los alcaides y hombres principales que tenía por amigos, y de no soltarlos hasta que llanamente fuese obedecido. Era Caracax hombre escandaloso y malo, y por muchos delitos que había cometido andaba desterrado de Argel cuando su hermano el Huscein vino con el socorro que trajo el Habaquí; y poniendo luego por obra lo que Aben Aboo pedía, hizo primeramente que todos los que allí estaban le obedeciesen por gobernador de los moros por tres meses, mientras venía aprobación de Argel. Luego se puso en camino la vuelta de Andarax con docientos turcos y otros tantos moros, y con él Aben Aboo y Diego Alguacil, y Diego de Rojas con los cien moros que llevaban. Y llegando a media noche al Láujar, aseguró las guardas con decirles que eran turcos que iban a hablar con el Rey; y dejándolos pasar, llegaron a la posada de Aben Humeya, y haciendo pedazos las puertas, entraron dentro; y hallándole que salía a la puerta con una ballesta armada en la mano, le prendieron. Algunos dicen que estaba acostado durmiendo entre dos mujeres, y que la una era aquella prima de Diego Alguacil, y que ella mesma se abrazó con él hasta que llegaron a prenderle. No sé cómo puede ser esto, porque había sido avisado a prima noche, y tenía dos caballos ensillados y enfrenados para irse, y por no dejar una zambra, en que estuvieron gran rato de la noche, no había [294] querido decir nada; y después, cansado de festejar, se había ido a su posada, donde tenía veinte y cuatro escopeteros y más de trecientos moros de guardia al derredor del lugar para caminar antes que amaneciese. Sea como fuere, ninguno de los que con él estaban le acudió la hora que le vieron preso; y atándole las manos con un cordel Aben Aboo y Diego Alguacil, le hicieron luego cargo de sus culpas y le mostraron la carta; y conociendo la firma, dijo que su enemigo la había hecho, y que no era suya, y les protestó de parte de Mahoma y del Gran Turco que no procediesen contra él, sino que le tuviesen preso, porque no eran ellos sus jueces ni tenían autoridad de juzgarle, y que era buen moro y no tenía trato con los cristianos; y envió a llamar al Habaquí para justificar su negocio. Mas la razón tuvo poca fuerza entre aquella gente bárbara indignada y llena de cudicia, porque le saquearon la casa; y metiéndole en un palacio, Diego Alguacil y Diego de Arcos se encerraron con él so color de guardarle, porque no se les fuese; y antes que amaneciese, echándole un cordel a la garganta, le ahogaron, tirando uno de una parte y otro de otra. Dicen que él mesmo se puso el cordel como le hiciese menos mal, concertó la ropa, cubrió la cabeza, y que dijo que iba bien vengado y que era cristiano. Desta manera dio fin aquel desventurado a su desconcertada vida y a su nuevo y temerario estado, en conformidad de moros y de cristianos. Hubo algunos que afirmaron haberle oído decir muchos días antes que le traía desasosegado un sueño que había soñado tres noches arreo, pareciéndole que unos hombres extranjeros le prendían y le entregaban a otros que le ahogaban con su propria toca, y que por esta causa andaba imaginativo y se recelaba de los turcos de donde se puede colegir que el espíritu del hombre en las cosas que teme, el hervor que le eleva a la contemplación dellas le hace pronosticar en futuro parte de su suceso, porque como los cuidados del día hacen que el espíritu entre sueños esté de noche imaginando muchas cosas, que después vemos puestas en efeto por razón de una simpatía natural a que la naturaleza obedece, ansí en futuro la mesma simpatía, que está obediente a las influencias celestiales, hace afirmar, no por fe, sino por temor, parte de lo que se teme. Y no hay duda sino que Aben Humeya tenía entera noticia de los reyes moros a quien los turcos habían favorecido al principio en África para ponerlos en estado; y después los habían ellos mesmos muerto y quedádose con todo lo que les habían ayudado a ganar, y estaba con temor de que harían otro tanto dél. Volviendo pues a nuestra historia, otro día de mañana le sacaron muerto y le enterraron en un muladar con el desprecio que merecían sus maldades; saqueáronle la casa, cobró Diego Alguacil su prima, y los otros alcaides repartieron entre sí las otras mujeres; y dando el gobierno y mando a Aben Aboo con término limitado de tres meses, envió por confirmación de su elección al gobernador de Argel, como a persona que estaba en lugar del Gran Turco. A esto fue Mahamete Ben Daud, de quien al principio desta historia hicimos mención, con un presente de cristianos captivos y de cosas de la tierra; y no mucho después Daud le envió el despacho, y se quedó allá; que no osó volver más a España. De allí adelante se intituló el hereje Muley Abdalá Aben Aboo, rey de los andaluces, y puso en su bandera unas letras que decían: «No pude desear más ni contentarme con menos». Los turcos prendieron todos los alcaides que no querían obedecerle, y hicieron que le diesen obediencia, sino fue Aben Mequenun, hijo de Puertocarrero, que se apartó con cuatrocientos moros en el río de Almería, y a la parte de Almuñécar Gironcillo, llamado por otro nombre el Archidoni. Nombró Aben Aboo por general de los ríos de Almería, Boloduí, Almanzora y sierra de Baza y Filabres y tierra del marquesado del Cenete, a Jerónimo el Maleh; al Xoaybi y al Hascein de Güéjar encargó el partido de Sierra-Nevada, tierra de Vélez, Alpujarra y valle y sierra de Granada, con patentes que les obedeciesen todos los otros capitanes; y dende a poco tiempo despachó al alcaide Hoscein, turco, con segundo presente para el gobernador de Argel y para el mefti de Constantinopla, encargándole que por vía de religión encomendase sus negocios al Gran Turco, para que le mandase dar socorro de gente, armas y municiones mientras bajaba su poderosa armada; y ordenando una milicia ordinaria de cuatro mil tiradores, mandó que los mil dellos asistiesen por su rueda cerca de su persona, los docientos hiciesen cada día guardia, y pusiesen centinelas de noche dentro y fuera del lugar donde se hallase, como personas en quien tenía puesta su confianza y que pensaba gobernarse por su consejo.
Cómo Aben Aboo juntó la gente de la Alpujarra y fue a cercar a Órgiba
Cuando Aben Aboo hubo asentado las cosas de la Alpujarra, juntando el mayor número de gente que pudo, fue a reconocer el valle de Lecrín, y dio vuelta a Lobras y vista a Salobreña, y se alojó en la boca del río de Motril, y de allí ordenó de ir a combatir el fuerte de Órgiba. Habían salido de aquel presidio aquellos días ochenta soldados de la compañía de Antonio Moreno a hacer una entrada con Vilches, su alférez, y engañados por una espía que los llevaba vendidos, habían dado en una emboscada de moros, que los aguardaba en el barranco de la Negra, y los habían muerto a todos; y entendiendo el moro que debía quedar poca gente dentro, que podría ocupar aquella plaza, partió del lugar de Cádiar a 26 días del mes de otubre con diez mil hombres de pelea, y entre ellos seiscientos turcos y moros berberiscos. Y el siguiente día, víspera de San Simón y Judas, en la noche llegó cerca de nuestro fuerte; y emboscando toda la gente en unas ramblas que se hacen dos tiros de arcabuz, el otro día domingo de mañana echó cuatro moros delante que disimuladamente, como que andaban cazando, procurasen sacar a lo largo una escuadra de soldados que salían de ordinario a descubrir la tierra para poder tomar lengua. Mudábase cada mes la gente de guerra deste presidio, porque los soldados huían de ir a él por causa del mucho trabajo que padecían; y don Juan de Austria enviaba desde Granada con las escoltas las compañías que habían de quedar, y con los bagajes vacíos se volvían las que habían estado su temporada; y esto era cada mes. Con esta orden habían llegado poco antes que los moros matasen al alférez Vilches y a los ochenta soldados, en una escolta seis compañías de infantería, las tres con sus proprios capitanes, llamados Gaspar Maldonado, don Alonso [295] de Arellano y Gaspar Delgado, sobrino del obispo de Jaén, que servía a costa de su tío con trecientos arcabuceros; y las otras tres, que eran de Antonio Moreno y Francisco de Salante y Alonso de Arauz, capitán de los de Sevilla, llevaban sus alféreces, porque quedaban ellos ocupados en Granada; y dos estandartes de caballos, el uno de Juan Álvarez de Bohorques, y el otro que servía Lorenzo de Leiva por don Luis de la Cueva; y con el infelice suceso de aquella gente estaba Francisco de Molina muy recatado, y no dejaba salir del fuerte a nadie sin primero descubrir y reconocer muy bien toda la tierra al derredor, entendiendo que con la vanagloria de aquellas muertes no dejarían los moros de venirle a correr y a poner emboscadas. Y como aquel día saliese una escuadra a descubrir hacia la parte donde los cuatro moros andaban, y ellos diesen luego a huir, el caporal que iba con ella, llamado Francisco Hidalgo, sin considerar lo que podía haber en las ramblas, se puso en su seguimiento, y fue cebándose tanto en ellos, que dio de golpe en una de las emboscadas; y saliéndole los moros de muy cerca, le cercaron por todas partes y le mataron, y con él otros cuatro soldados que iban delante; los otros se retiraron con mucho peligro al fuerte y dieron aviso a Francisco de Molina del suceso. El cual envió luego a Lorenzo de Leiva con seis caballos suyos y cuatro del capitán Juan Álvarez de Bohorques, que estaban alojados fuera del fuerte, a que reconociese qué gente era aquella, con los cuales llegó al lugar donde los moros habían estado emboscados, y hallándolos retirados, pasó tan adelante, que llegó adonde estaba el proprio Aben Aboo con el golpe de la gente; y deteniéndose para reconocer bien, se hubiera de perder, porque le cargaron tantos escopeteros, que matando el caballo a un escudero, le hirieron el suyo, y se hubo de retirar con harto trabajo, yéndole siguiendo siempre los enemigos con grandes alaridos hasta meterle dentro del fuerte. Y este día, que fue 28 días del mes de otubre, cercaron el sitio que tenían los nuestros por todas partes, ocupando todos los lugares que le tenían a caballero para poderlos ofender con las escopetas; y haciendo un recio acometimiento, mataron algunos cristianos, y entre ellos a Cristóbal de Zayas, alférez de don Alonso de Arellano, y a un escudero de la compañía de Juan Álvarez de Bohorques, llamado Pescador. Viendo pues nuestra gente la determinación que traían los enemigos, y que los muros del fuerte eran tapias de tierra y paredejas de piedra seca tan bajas que en algunas partes no cubrían un hombre, acudiendo animosamente al reparo con sus personas y con la arcabucería puesta de mampuesto en las saeteras y traveses, mataron y hirieron muchos dellos, y les hicieron perder la furia que traían Juan Álvarez de Bohorques con sus escuderos se puso a defender un portillo que aún no estaba acabado de cerrar, entre el cuartel de Salante y el de don Alonso de Arellano, por donde a pie llano pudiera entrar un buen golpe de gente. Y cierto fue provisión divina la inadvertencia de los moros este día, porque si acometieran por tres o cuatro partes el fuerte, según los muros estaban bajos y mal reparados, y la muchedumbre que eran, fácilmente pudieran entrarle. Viendo pues Aben Aboo la resistencia que había en nuestros cristianos, retiró su gente, y repartiéndola en cuatro cuarteles, cercó el fuerte por cuatro partes; y quitando el agua de la acequia, comenzó a dar orden en los combates. En este tiempo repartió Francisco de Molina los cuarteles, señalando a cada compañía lo que habían de defender. A la parte del norte, donde sale el camino que va a Granada, puso la compañía de Arauz, y con ella a Jerónimo Casaus, su alférez; y a la mano izquierda dél a Gaspar Maldonado con la suya, teniendo a las espaldas la iglesia; a la parte del río que responde hacia poniente la de Salante con Alonso Velázquez de Portillo, su alférez; a la parte de mediodía, donde sale el camino para Motril, a don Alonso de Arellano: y entre él y el cuartel de Arauz a Gaspar Delgado. Los capitanes de caballos quedaron sobresalientes para acudir a pie donde viesen ser más necesario, y con ellos para el dicho efeto don Antonio Enríquez, Gonzalo Rodriguel, el capitán Medrano y Francisco Jiménez, soldados práticos entretenidos por haber tenido cargos en la milicia, a quién su majestad había mandado ir a servir en esta guerra, y don Juan de Austria los había enviado aquellos días a Órgiba. Lo primero que los enemigos hicieron fue ocupar la casa de un horno que estaba tan cerca, que sola una calle había entre ella y el muro; y mandando juntar mucha fagina, la echaron por una ventana en otra casa que estaba incorporada en el proprio muro para ponerle fuego y quemarla, porque dende unos traveses bajos que había hechos en ella les hacían daño los nuestros con los arcabuces, y porque también entendieron que quemando aquella casa les quedaría la entrada llana por aquella parte. Mas no les sucedió como pensaban, porque antes que hubiesen arrojado tanta fagina que bastase para hacer el efeto que pretendían, nuestros capitanes hicieron echar sobre ella muchas esteras ardiendo untadas con aceite, y se les quemó toda; y arrojando cantidad de alcancías de fuego por las ventanas en la otra casa del horno, les fue necesario desampararla y que se retirasen con daño. No por eso dejaban de acercarse los enemigos por otras partes haciendo impetuosos acometimientos; y eran tantas las piedras que echaban sobre los que estaban en las troneras y en los traveses, que fue menester que el capitán Juan Álvarez acudiese hacia aquella parte, y cubriendo los soldados con las adargas y rodelas de los escuderos, resistió el ímpetu y furia de piedras; y los moros, viendo cuán poco les aprovechaba, tomaron unos cerros al derredor que descubrían el ámbito del fuerte; y poniéndose algunos escopeteros en un palomar alto y en unas casas que habían sido de los Abulmestes, entre los cuarteles de Gaspar Maldonado y don Alonso de Arellano, mataron ocho caballos y hirieron algunos soldados y escuderos que atravesaban de una parte a otra; y para reparar este daño fue necesario hacer trincheas por donde atravesase nuestra gente encubierta. Hicieron también los moros cuatro minas, que respondían a diferentes partes. La que iba hacia el cuartel de Gaspar Maldonado pensaron meter debajo de la iglesia, donde entendían que estaban los bastimentos y municiones; mas el capitán levantó luego un caballero alto para sujetar a los trabajadores y poderles descubrir en la obra que hacían; y acudiendo hacia aquella parte los capitanes Juan Álvarez de Bohorques y Lorenzo de Leiva, fueron también de mucha importancia las adargas este día, porque resistieron con ellas la furia de las piedras [296] que los de fuera tiraban. La otra mina enderezaron hacia el cuartel del capitán Delgado, la cual pasó tan adelante, que llegaron a encontrarse con los soldados en una contramina que les hicieron; y peleando con ellos, mataron algunos moros dentro y se la hicieron desamparar, y les tomaron las herramientas con que cavaban. Las otras dos, que respondían al cuartel de don Alonso de Arellano, no hubieron efeto, porque toparon luego con una peña viva que las atajó. Dejando pues la obra de las minas porque vieron el ruin suceso dellas los turcos comenzaron a hacer un terrapleno de tierra, fagina y piedra en una casa junto a la muralla, que no habían tenido lugar los cristianos de derribarla. Desde allí señoreaban otra casamata que había entre los cuarteles de Gaspar Maldonado y Arauz; y fue tanta la presteza con que lo hicieron, que los nuestros no tuvieron otro remedio sino retirarse al segundo muro de la casamata, dejando el primero desamparado y el ámbito della hecho plaza. Allí hicieron nuevos traveses, porque los enemigos les cegaron los que tenían a la parte de fuera, hinchendo la calle de tierra, piedra y rama de manera, que entendían poder entrar a pie llano por encima de los terrados. Como vio Aben Aboo que los cristianos habían desamparado la casamata, creyendo que también habían dejado el muro y recogídose a la torre y a la iglesia, mandó que se les diese por allí un recio combate; y juntándose hacia aquella parte los turcos y toda la mejor gente de los moros, con muchos sones de atabalejos y dulzainas y grandes alaridos a su usanza acometieron el fuerte, día de Todos Santos. Fue tanta la presteza de los bárbaros, que antes que Francisco de Molina y los otros capitanes que andaban visitando los cuarteles acudiesen, habían entrado ya muchos dellos dentro del fuerte; y aunque Jerónimo de Casaus, alférez de Arauz, que guardaba aquel cuartel, resistió su ímpetu animosamente, andando envuelto en polvo y sangre de los enemigos, no fuera parte para defenderles la entrada, porque los soldados se retiraban, si no llegara Francisco de Molina, el cual, armado de un coselete dorado, con la espada en la mano se opuso valerosamente a los enemigos; y acudiéndole Juan Álvarez de Bohorques y Lorenzo de Leiva y el alférez Portillo, y con ellos muchos animosos escuderos y soldados, resistieron su acometimiento. Este día hizo Francisco de Molina oficio de capitán y valiente soldado, el cual, discurriendo de una parte a otra, animaba a los unos y amenazaba a los que veía que aflojaban; y peleando por su persona donde veía que era menester, retiró y echó fuera a los enemigos, que tenían ya arboladas dos banderas sobre el muro, la una de damasco blanco, y la otra de tafetán carmesí con una media luna blanca en medio bordada de oro y las borlas guarnecidas de aljófar; y cayendo los alféreces moros que las traían, se las quitaron, y mataron más de docientos moriscos. Cerca dellas un alférez destos quedó caído a la parte de fuera del muro con los muslos atravesados de un arcabuzazo, el cual, viendo huir su gente, comenzó a dar grandes voces diciéndoles que volviesen a pelear, porque más valía morir como hombres que huir como mujeres; y viendo que no acudían a retirarle, los comenzó a deshonrar de perros cobardes, y rogó a los cristianos que bajasen y le acabasen de matar, porque mayor honra le sería morir a sus manos, que vivir entre gente tan vil; y no tardó mucho que bajó un soldado del fuerte y le cortó la cabeza. Después deste, queriendo Aben Aboo dar tercero asalto, mandó que se metiesen más de dos mil moros en unas casas que estaban destechadas par del muro, los cuales, estando cubiertos con las paredes de la ofensa de los arcabuces, comenzaron a tirar por encima dellas tanta multitud de piedra, que apenas se podían defender della los soldados, porque les caía de peso encima; y estando Francisco de Molina cerca de la puerta de Granada, quitada la celada de la cabeza, le descalabraron. Fue tanta la furia de las piedras este día, que derribaron mucha parte de la pared de una casa donde posaba el capitán Delgado, con ser de cal y ladrillo, y hicieron portillos en otras, por donde pudieran entrar a placer si los soldados no los repararan luego. Acudiendo pues a esta parte el capitán Juan Álvarez de Bohorques, tomó por remedio ofender a los enemigos con sus mesmas armas; y juntando él mayor número de soldados y mozos que pudo, les mandó que volviesen a arrojar contra las casas donde se habían metido los enemigos las mesmas piedras que ellos tiraban; y como no tenían adargas ni celadas con que cubrir las cabezas, como los cristianos, fueles forzado salir huyendo y dejarlas desamparadas; y con esto cesó aquel asalto, y de allí adelante no osaron llegar más a tirar piedras. Este capitán Juan Álvarez de Bohorques era natural de Villamartín, hermano del otro capitán don Hernando Álvarez de Bohorques, de quien hice mención, y servía con una compañía de caballos de su mesmo pueblo, y don Juan de Austria le había mandado que llevase a Órgiba la escolta última que dijimos. Y porque estaba enfermo y tenía necesidad de curarse, le había dado licencia para que en llegando al presidio dejase allí sus escuderos y se volviese a Granada; el cual, como supo que había sospecha de cerco, no le pareciendo que convenía a su honra dejar la gente y volverse a Granada, dijo a Francisco de Molina que no quería usar de la licencia, sino esperar la común fortuna; el cual se lo tuvo en mucho, porque todos huían de estar en aquel presidio; y cierto fue su quedada importante, porque era hombre animoso y de muy buen entendimiento. Viendo pues Aben Aboo el poco efeto que hacían los suyos en los asaltos, y que cada día había mayor defensa en los cercados, determinó de tomar el fuerte por hambre. Veía que tomando los pasos por donde habían de venir las escoltas de Granada, de necesidad les había de faltar el bastimento, y que quitándoles el agua del río y de la acequia, perecerían de sed en acabándoseles la que tenían en los fosos, los cuales se secaban luego al principio, mas después se había ido apretando la tierra y detenían ya el agua; y poco antes que el campo de los enemigos llegase, los habían henchido, y de allí bebían los soldados, aunque salían a tomarla con peligro, hasta que se hizo una mina por de dentro para poder llegar encubiertos a ellos, y no les quedaba ya agua para dos días. Por otra parte Francisco de Molina, en retirándose los moros del asalto, dio orden como aquella noche saliesen del fuerte dos soldados que sabían la lengua arábiga y eran muy práticos en la tierra, y tocando arma por diferentes partes, para pervertir al enemigo y que tuviesen lugar de pasar adelante encubiertos, los envió a Granada con una [297] carta para don Juan de Austria. Y por si acaso los prendiesen en el camino, porque no se entendiese la flaqueza que había en el fuerte, decía en ella que no tuviese su alteza pena, porque aunque los moros eran muchos, con mil y quinientos hombres que allí había y cantidad de bastimentos y municiones que le quedaban para más de un mes, estaba seguro el presidio, y aun entendía salir a ofender al enemigo. Y por otra parte mandó a los dos soldados que dijesen de palabra la falta que había de lo uno y de lo otro, y lo mucho que convenía socorrer con brevedad. Estos dos soldados se dieron tan buena maña, que pasando por medio del campo de los moros, fueron a Granada y dieron aviso a don Juan de Austria del estado del cerco; mas ya se tenían otros avisos por espías, y se aparejaba el duque de Sesa para ir a hacer el socorro, como diremos en el siguiente capítulo.
Cómo el duque de Sesa salió a socorrer a Órgiba, y cómo Aben Aboo alzó el cerco y le fue a defender el paso
Como se supo en Granada el aprieto en que estaba Órgiba, el duque de Sesa, a quien estaba cometido el socorro, salió con la gente de guerra que había en la ciudad y en los lugares de la Vega, y fue al Padul, y de allí pasó al lugar de Acequia. Por cabo de la infantería iba don Pedro de Vargas, y de los caballos don Miguel de León; y capitanes eran don Jerónimo Zapata y Ruy Díaz de Mendoza. En este alojamiento se detuvo muchos días, así por aguardar que llegase la gente de la Andalucía que don Juan de Austria había enviado a pedir aquellos días para que llevasen los moriscos que habían quedado en Granada, como porque le dio la enfermedad de la gota, y don Juan de Austria quiso enviar a Luis Quijada en su lugar, mas luego mejoró. Siendo pues avisado Aben Aboo que el Duque estaba en campaña y que iba a socorrer aquel presidio, al octavo día acordó de alzar el cerco y salir a esperarle en el paso de Lanjarón para defenderle la entrada y pelear con él con ventaja de sitio. Y porque los cercados no le sintiesen partir, levantó el campo a media noche, y tan a la sorda, que no se entendió en el fuerte hasta otro día de mañana, que Francisco de Molina, viendo que no bullía cosa viva en el campo, hizo abrir una puerta que salía a los fosos del agua, y envió al alférez Portillo a reconocer las trincheas de los enemigos, el cual refirió cómo se habían ido. Esta fue una alegre nueva para los cercados, y dando muchas gracias a Dios por verse libres de aquel peligro, salieron a los alojamientos, donde hallaron muchos cuartos de carne y otras cosas de comer que se habían dejado con la priesa de la partida, y lo recogieron todo; y echando la acequia en los fosos, los tornaron a henchir de agua, porque, como queda dicho, tenían ya mucha falta della. Luego envió Francisco de Molina otros dos soldados con segundo aviso a don Juan de Austria de como el enemigo había alzado el cerco, y entendía que se iba a poner en la sierra de Lanjarón para defender el paso a la gente del socorro. En este tiempo, los dos soldados que habían ido primero a Granada volvieron a Órgiba con la respuesta de don Juan de Austria, en que decía que se había tratado en el Consejo de retirar aquel presidio y dejar el fuerte, y que no se había acabado de tomar resolución hasta ver su parecer; por tanto, que avisase luego, y si le parecía que convenía defenderle, enviase las causas, con relación de la gente y de las otras cosas que serían menester para ello. A esto respondió Francisco de Molina que al servicio de Dios y de su majestad convenía que aquel fuerte se sustentase por muchos respetos, y especialmente porque los moros cobrarían ánimo viéndole retirar; que conforme a esto le parecía que se debía socorrer con brevedad, y llegando la gente del socorro, podría quedar el número que pareciese suficiente para defenderle. Mas este parecer no fue aprobado; antes el Consejo se resolvió en que se desamparase, retirando la gente que había dentro, por ser lugar más costoso que provechoso, y no de momento para el enemigo. Después desto tuvo otra carta del duque de Sesa con los segundos soldados, en que decía que, habiendo llegado hasta el lugar de Acequia para socorrer aquella plaza, estaba aguardando que llegase la gente que venía de las ciudades para ir adelante, y que le avisase luego para cuantos días tenía de comer, porque para el día y hora que le dijese iría a sacarle de allí, como estaba acordado, advirtiéndole que estuviese a punto para retirarse con brevedad, porque no llegaría más que hasta el barranco de Lanjarón. El cual le respondió que tenía solo pan para cinco días, y que para cualquiera hora que fuese menester estaría apercebido; mas que había en el fuerte ochenta soldados heridos y enfermos, y algunas mujeres y niños, y otras muchas cosas de munición, que para llevarlo sería necesario llegar hasta el lugar de Órgiba con algunos bagajes. Dejemos agora a Francisco de Molina en Órgiba, y digamos lo que sucedió en Acequia al campo del duque de Sesa estos días.
Usaba de muchas mañas Aben Aboo para entretener al duque de Sesa que no pasase a socorrer a Órgiba, porque entendía que los cristianos que estaban dentro no podían dejar de perderse muy en breve, faltándoles los bastimentos. Hacía grandes representaciones de gentes por aquellos cerros, fingía cartas exagerando el poder de los moros, y aún echaba fama que ya era perdido el fuerte y que eran muertos todos los cristianos de hambre. Estas cosas divulgaban los moriscos de paz en Granada, las espías en el campo, y los unos y los otros tan disimuladamente, que tenían suspenso al duque de Sesa, no se determinando si pasaría con la gente que allí tenía, o si esperaría la que venía de las ciudades, que no acababa de llegar. Estando pues con este cuidado, deseoso de prender algún moro de quien tomar lengua, Pedro de Vilches, Pie de palo, se le ofreció que se lo traería, dándole licencia para ello. Quisiera el Duque excusarle de aquel trabajo, por ser hombre impedido y hacer la noche escura y tempestuosa de agua y viento: mas el animoso Vilches porfió tanto con él, y la necesidad era tan grande, que hubo de darle la licencia que pedía, enviando con él a Francisco de Arroyo, otro cuadrillero, con su gente. Los cuales salieron a prima noche, y emboscándose con los soldados en unas trochas que sabían, cuando vino el día tenían ya presos seis moros que venían hacia donde estaba Aben [298] Aboo con cartas suyas. Con esta presa volvieron al campo; y queriendo saber el duque de Sesa lo que se contenía en aquellas cartas, porque estaban en arábigo y no había allí quien las supiese leer, escribió luego al Presidente que le enviase un romanzador que las declarase; el cual envió al licenciado Castillo, que las romanzó, y eran, según lo que después nos dijo, para los alcaides de Guéjar, Albuñuelas y Guájaras, diciéndoles que al bien de los moros convenía que recogiesen luego toda la gente de sus partidos, y se fuesen a juntar con él, porque quería dar batalla al duque de Sesa, que estaba en Acequia con fin de pasar a socorrer a Órgiba, y sin duda le desbaratarían; y que se había dejado de proseguir en el cerco de Órgiba para venirle a esperar en el paso; y que los cristianos quedaban ya de manera, que no podrían dejar de perderse brevemente. Y en la carta que iba para el alcaide Xoaybi de Guéjar decía otra particularidad más: que saliese con seis mil moros de los que allí tenía, y tomando el barranco entre Acequia y Lanjarón, cuando el campo del Duque hubiese pasado, cortase el camino a las escoltas, que de necesidad habían de ir con bastimento, porque esto solo bastaría para desbaratarle. Por otra parte había hecho que se divulgase en Granada que el fuerte era ya perdido y que los cristianos habían sido todos muertos, para que don Juan de Austria mandase al duque de Sesa que retirase el campo, o a lo menos le entretuviese en aquel alojamiento; y habíalo sabido hacer de manera que, para que se diese más crédito, había escrito que lo dijese algún morisco a un religioso en forma de confesión; y estando un día don Juan de Austria solo en su aposento, llegó a él un fraile a decírselo por cosa muy cierta. Esta nueva puso en harto cuidado al animoso Príncipe, y mandando juntar luego consejo, propuso lo que el fraile le había dicho, para ver el remedio que se podría tener; y dando y tomando sobre el negocio, jamás se pudo persuadir el presidente don Pedro de Deza a que fuese verdad, diciendo que sin duda era algún trato de moros; porque si otra cosa fuera, no era posible dejar de haber venido alguna persona que depusiera de vista; y tanto más dejó de creerlo cuando don Juan de Austria le dijo de quién y cómo lo había sabido. Dando pues todavía priesa al duque de Sesa que pasase adelante, determinó de hacerlo; y enviando a Pedro de Vilches con ochocientos infantes a que reconociese el barranco que atraviesa el camino real y baja a dar a Tablate, le mandó que tomase lo alto dél, y se pusiese donde el camino de Lanjarón hace vuelta cerca de Órgiba, y desde allí diese aviso a Francisco de Molina; y para asegurarle envió luego en su resguardo ochocientos hombres, y él siguió con todo el resto del ejército, que serían poco más de cuatro mil infantes y trecientos caballos, sospechando que los unos y los otros habrían menester socorro. Luego que los enemigos vieron caminar nuestra gente, repartiendo la suya en dos partes, el Huscein y el Dali, capitanes turcos, fueron a encontrar a nuestro cuadrillero con la una, y la otra quedó de retaguardia; y encubriéndose los delanteros, antes de llegar a ellos comenzó Dali a mostrarse tarde y a entretenerse escaramuzando; y entre tanto apartaron seiscientos hombres, trecientos con el Rendati, para que se emboscase a las espaldas, y trecientos con el Macox, que fuese encubiertamente a ponerse junto al camino de Acequia, donde dicen Calat el Haxar, que quiere decir atalaya de las piedras: cosa pocas veces vista, y de hombres muy práticos en la tierra, apartarse con gente estando escaramuzando, y emboscarse sin ser sentidos de los que estaban a la frente ni de los que venían a las espaldas. Cayó la tarde, y cargó Dali reforzando la escaramuza a la parte del barranco cerca del agua, de manera que a los nuestros pareció retirarse hacia donde entendían que venía el Duque. A este tiempo se descubrió el Rendati, y fue cargando sobre ellos; los cuales, hallándose lejos del socorro y viendo que cerraba ya la noche, se retiraron a un alto cerca del barranco con propósito de parar allí hechos fuertes; y pudieran estar seguros, aunque con algún daño, si el capitán Perea, natural de Ocaña, tuviera sufrimiento; mas en viendo el socorro que les iba, desamparó el cerro, y bajando el barranco abajo, fue seguido de los enemigos y muerto peleando con parte de los soldados que iban con él. Los otros pasaron adelante, siguiéndolos los moros, hasta que llegaron donde estaba el Duque ya anochecido, el cual los socorrió y retiró; mas dando en la segunda emboscada del Macox, y hallándose por una parte apretado de los enemigos, y por otra incierto del camino y de la tierra, con la escuridad y confusión, y con el miedo de la gente que le iba faltando, fue necesario hacer frente al enemigo con su persona. Quedaron con el Duque don Gabriel de Córdoba y don Luis de Córdoba, y don Luis de Cardona, Pagan de Oria, hermano de Juan Andrea de Oria, y otros caballeros y capitanes, muchos de los cuales se apearon con la infantería, y con la mejor orden que pudieron se retiraron al alojamiento casi a media noche. Hubo algunas opiniones que si los moros cargaran como al principio, corrieran peligro de perderse todos los nuestros; mas el daño estuvo en que Pedro de Vilches partió a hora que no le bastó al Duque el día para llegar a Órgiba ni para socorrer, porque le faltó el tiempo: cosa que engañó a muchos en el reino de Granada, que no le median bien por la aspereza de la tierra, hondura de barrancos y estrechura de caminos. Murieron cuatrocientos cristianos y hubo muchos heridos, y perdiéronse muchas armas, según lo que los moros decían; pero según nosotros, que en esta guerra nos enseñamos a disimular y encubrir la pérdida, solos sesenta fueron los muertos, no con poco daño de los enemigos y con mucha reputación del Duque, que de noche, sospechoso de la gente, apretado de los enemigos, impedido de la persona, tuvo libertad para poner en ejecución lo que se ofrecía proveer a todas partes, resolución para apartar los enemigos y autoridad para detener a los soldados, que habían ya comenzado a huir.
Cómo Francisco de Molina dejó el fuerte de Órgiba, y se retiró con toda la gente a Motril, y el duque de Sesa se volvió a Granada
En este tiempo Francisco de Molina, viendo que los cinco días en que el duque de Sesa había enviado a decir que le socorrería eran ya pasados, y otros cinco más, considerando que, pues su entrada no era para más efeto que para sacarle de allí, podría excusarse con salir él; el proprio día que recibió la carta última, [299] tomando consigo a los capitanes Juan Álvarez de Bohorques y Gaspar Maldonado y otros tres de a caballo, salió a reconocer el sitio donde se había puesto el campo del enemigo; y pasando por muchas centinelas de moros que estaban puestas por aquellos cerros, llegó hasta el castillo de Lanjarón, dos leguas de Órgiba, donde había una escuadra de soldados a su orden; a los cuales preguntó qué nuevas tenían del campo de los moros; y diciéndole que no sabían más de que todos aquellos cerros estaban cubiertos dellos, considerando que su intento no era más que defender aquella entrada, volvió luego al fuerte por otro camino; y aquella misma noche hizo, calentar con las astas de las picas y alabardas de la munición unas piezas de artillería de campaña que había dentro; y haciéndolas pedazos, enterró el metal y otras cosas de peso, que entendió que no se podían llevar. Y haciendo subir los enfermos y heridos y algunas mujeres en los caballos de los escuderos, lo mejor que pudo, tomando por estandarte un crucifijo, a quien todos se encomendaron con mucha devoción, sin hacer ruido con las cajas, sacó toda la gente del fuerte a las diez de la noche, y caminó la vuelta de Motril, llevando las cruces, los retablos y los ornamentos de la iglesia consigo. Dejó cuatro soldados en la torre de la campana, con orden que tañesen siempre, como se tenía de costumbre, hasta que la gente se hubiese alargado de la otra parte del río; y que en viendo cierta señal que se les haría con fuego, se retirasen. Desta manera se fueron todos por el camino de Motril, sin hallar quien les hiciese estorbo, donde llegaron otro día de mañana; y se excusó la entrada del duque de Sesa por entonces, dejando burlado al enemigo. Llegada nuestra gente a vista de Motril, los de la villa estuvieron harto temerosos, creyendo que eran moros, porque la mesma noche que salieron de Órgiba habían venido los enemigos de Dios a dar en las casas del barrio de los moriscos, y se los habían llevado a la sierra, a unos por fuerza y a otros de grado, y habían peleado buen rato con los cristianos, que tenían barreadas las bocas de las calles, y las mujeres y niños metidos en la iglesia, que es a manera de una fortaleza. Mas cuando supieron que eran los soldados de Órgiba, no se puede encarecer el contento que recibieron, así por verlos libres del cerco, como por entender que la villa estaría guardada; y porque tenían falta de bastimentos, y los nuevos huéspedes llevaban pocos, acordaron luego de salir a buscar qué comer a los lugares de Lobras, Patabra y Mulvízar. Otro día siguiente salió el capitán Juan Álvarez de Bohorques con la gente de a caballo y algunos arcabuceros de a pie, y dando sobre ellos, los saqueó, y recogió muchas cosas de comer y cantidad de paja, que era lo que más habían menester para los caballos; mas no hizo daño a los moros en sus personas, porque tuvieron aviso de cómo iba, y se subieron a la sierra. Cuando don Juan de Austria supo lo que Francisco de Molina había hecho, loó mucho su buena diligencia; y mandándole que se quedase en Motril por cabo de la gente de guerra que allí había, hizo hartos buenos efetos en los moros; y cuando hubo de ir al río de Almanzora, le mandó que fuese a servir aquella jornada. Por otra parte, el duque de Sesa, que todavía estaba con su campo en Acequia, viendo que ya no había para qué pasar adelante, dio vuelta hacia las Albuñuelas, donde se habían recogido muchos moros, y acabando de destruir aquellos lugares, dejó allí mil hombre de presidio, y se fue a Granada. El primero que dio aviso cómo Francisco de Molina había dejado a Órgiba y retirado la gente a Motril, fue un cristiano captivo que acudió a la Calahorra, y dijo al marqués de los Vélez como los moros habían hecho grandes alegrías por toda la Alpujarra, y que era tan grande su regocijo, que se había descuidado su amo con él, y había tenido lugar para poder huir; el cual despachó luego con la nueva a su majestad y a don Juan de Austria.
Cómo Jerónimo el Maleh alzó la villa de Galera, y cómo los de Güéscar fueron a socorrer unos soldados que se hicieron fuertes en la iglesia
La villa de Galera era de don Enrique Enríquez, vecino de Baza; el cual a pedimento de los proprios vecinos, que todos eran moriscos, para defenderlos si viniesen algunos moros a hacerles que se alzasen, había enviádoles sesenta arcabuceros con Almarta, su criado, encargándole que no los alojase en las casas, porque no diesen pesadumbre a los moriscos; el cual estaba alojado con ellos en la iglesia, que está fuera de la villa a la parte del cierzo, en un llano que se hace entre las casas y el río. La torre del campanario era fuerte, en ella tenía su centinela de noche y de día. Andaba en este tiempo Jerónimo el Maleh con otro campo de moros a la parte del río de Almanzora y Baza, solicitando todos los pueblos de moriscos a rebelión, y haciendo el daño que podía en los cristianos, y traía consigo un capitán turco llamado Caravajal con docientos escopeteros berberiscos; y queriendo levantar a Galera, para recoger allí la gente de Orce y Castilleja, por ser sitio fuerte, del cual haremos adelante mención, los vecinos se excusaban con decir que no podían alzarse mientras Almarta estuviese allí con aquellos soldados; y para quitárselos de delante, había metido secretamente en la villa docientos moros armados que los matasen; cosa que pudiera hacer con mucha facilidad, según estaba Almarta confiado de que no le harían traición, porque subían cada mañana los soldados de dos en dos y de tres en tres a la plaza a comprar bastimentos, tan descuidados como si todos fueran unos, ellos y los vecinos. Ordenaron pues los enemigos de Dios de ponerse una mañana a trechos por las calles y por las casas, y como fuesen subiendo los soldados, matarlos, y acudir luego a la iglesia y ponerle fuego para quemar a los que hubiesen quedado dentro. Estando pues con esta determinación la noche antes del día que habían de hacer el efeto, un moro llamado Anrique, natural de Purchena, de los que el Maleh había enviado, que había sido monfí en tiempo de paces, pareciéndole que era buena coyuntura la que se ofrecía para alcanzar gracia y perdón de sus culpas, determinó de meterse en la iglesia, y dar aviso a los cristianos del engaño que les tenían ordenado; y arrojándose por la ventana de una casa, aunque fue sentido de las centinelas y de otros moros sus compañeros, que salieron en su seguimiento y le descalabraron, todavía corrió más que ellos, y se metió con los cristianos en la iglesia, y les descubrió lo que tenían acordado para matarlos, y cómo había [300] en la villa docientos moros que el Maleh había enviado, y que él era uno dellos. Almarta le agradeció mucho el aviso, y envió luego dos soldados a Güéscar, que está una legua de allí, pidiendo al alcaide Francisco de Villa Pecellin, caballero del hábito de Calatrava y gobernador de aquel estado, que es del duque de Alba, y al doctor Huerta, alcalde mayor, que le socorriesen con alguna gente para poderse retirar con la poca que tenía consigo. Los cuales juntaron a gran priesa los caballos y peones, y fueron a Galera; mas ya cuando llegaron la villa estaba alzada y los moros tenían, cercada la iglesia, y la habían combatido y puéstole fuego para quemarla; y como los de Güéscar llegaron, se retiraron escaramuzando hacia la villa; de manera que los cercados tuvieron lugar de poder salir por unas ventanas que salían hacia el río con igual trabajo que peligro; y sin hacer otro efeto más que retirar aquella gente, se volvieron el mesmo día a Güéscar, dejando aquella villa alzada y puesta en arma, con propósito de volver mejor apercebidos sobre ella.
Cómo la gente de Güéscar volvió sobre Galera, y volviendo desbaratados, quisieron matar los moriscos que vivían en Güéscar
Vuelta nuestra gente a Güéscar, creció tanto la ira popular en ver la insolencia con que se habían alzado los de Galera, y el trato que aquellos moros tan regalados de su señor tenían hecho para matar a los soldados que les había enviado para que los defendiesen, que indignados contra toda la nación morisca, quisieron matar a los que vivían entre ellos, y saquearles las casas antes que viniesen a hacer otro tanto. Y como anduviese este ruido entre la gente común, el comendador Pecellin recogió todos los moriscos en las casas de las tercias, que son unos alholís muy grandes, donde se encierra el pan que pertenece al duque de Alba de sus rentas, dejando solas las moriscas en las casas. Apaciguose el pueblo por entonces con esperanza de saquear a Galera; y enviando a llamar a los vecinos de la villa de Bolteruela para que los acompañasen, fueran luego a hacer el efeto, aunque confusa y desordenadamente, como hombres que llevaban menos celo y más cudicia de la que era menester en aquella coyuntura. Llegados a Galera, pelearon dos días con los moros sin hacer nada ni quererse retirar; y viendo la resistencia que les hacían, y que sería menester más fuerza de gente, enviaron a pedir socorro a don Antonio de Luna, que, como queda dicho, estaba por cabo de la gente de guerra de Baza. En este tiempo doña Juana Fajardo viuda, mujer de don Enrique Enríquez, porque no le saqueasen aquellos vasallos, entendiendo poderlos apaciguar, envió a don Antonio Enríquez, su cuñado, con algunos caballos, a que les hablase de su parte, y les persuadiese a que dejasen las armas y se redujesen al servicio de su majestad; el cual llegó a la villa estando sobre ellos los de Güéscar; y acercándose a las casas, llamó por sus nombres a algunos de los vecinos que conocía, y les dijo que se maravillaba mucho de ver novedad tan grande en gente que siempre habían sido leales, y que bien se dejaba entender no ser ellos los autores de la maldad, sino los moros forasteros que habían hecho que se alzasen por fuerza; que el remedio estaba en la mano, porque él venía a defenderlos, y a dar orden como tampoco recibiesen daño de la gente de guerra; por tanto les rogaba que, asegurando sus cabezas, volviesen al servicio de su majestad, y que él haría con los de Güéscar que se volviesen a sus casas sin que el daño pasase más adelante. Destas palabras escarnecieron los bárbaros ignorantes, engañados de su prop