Años 20 hasta la década de los 50

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En 1922 se abren las escuelas en "lo alto de Balina"; se decía así porque en este punto terminaba el pueblo. Sólo quedaba una casa (propiedad del magistrado Castillo) a la puerta de arriba, tras cruzar la vereda que llevaba a las eras (hoy Villa Balina).


Escuelas Nacionales de Balina.

En 1922 aparecen las clases graduadas del siguiente modo: D. Paulino López Rondán enseñaba a leer a los más pequeños; D. Daniel Noguerol con los medianos y D. Juan Padial Faciabén con los mayores (12 años). Éste les daba la "papela", especie de diploma que acreditaba que habían asistido a la escuela. Leían en un libro titulado "Lecturas de Oro", escribían copiando y dictando de un manuscrito y aprendían geografía, de memoria, recitando recorridos que describía el maestro por un mapa que él mismo había pintado al fresco en la pared. También memorizaban reyes y acontecimientos históricos.

Los sábados por la tarde les enseñaban normas de urbanidad. Las niñas tenían de maestra a Dña Josefa López ("Picuílla", mujer de D. Daniel) después aparecerá Dña Lola Sierra Gutiérrez y Dña Celia, hermana del maestro D. Francisco García Guiraum.

Grupos de escolares

A poco de la apertura de las escuelas de Balina aparece una escuela particular justo enfrente de las mismas, regentada por Dña Carmen Padial, hermana de D. Juan y a la que los alumnos aportaban todos los días, antes de entrar a clase, una perragorda (10 céntimos de peseta y que todos los testigos indican como moneda de dimensiones exageradas). A primeros de los cincuenta existe una escuela oficial poco más abajo, casi en la esquina de la calle Escribano, en la que enseñaba Dña. Pepa.

En Balina está también Dña Josefa Alcaraz. En la casa de la puerta de abajo del actual Banco Hispano, lo que ha sido guardería y después vivienda tutelada, había una escuela para niñas regentada por Dña Pepa Ríos (La Cepera) y posteriormente, en la casa más abajo vivió doña Trini

Doña Trini con sus alumnas y Dña Josefa (Cepera) con sus alumnas.


En los años treinta también hay una escuela en la tienda de Daniel Melgarejo, después llamada casa de las Pilaricas, en la plaza del Darrón, abandonada en los años cincuenta y dedicada a taller de esparto. Ejerció de maestro un D. Diego, de Canarias que no volvió tras la guerra, (no sabemos qué suerte correría dada la depuración a que fue sometido el cuerpo de los maestros). Le sucedió D. Diego Moreno Casares (venía de la Calahorra, donde fue cofundador de la casa del pueblo); tras desaparecer la escuela del Darrón irá a Balina. (Este maestro se jubilará a mediados de los cincuenta sustituyéndole provisionalmente D. Francisco Melguizo y sucediéndole definitivamente otro D. Diego Martín (natural de Padul). También enseñaron en el Darrón D. Miguel Murillo, Dña. Raquel Esturillo Melguizo (tía de Bancalera) y Dña. Marina.


La necesidad de trabajar impedía a los alumnos asistir a clase en horario lectivo, por lo que existían clases nocturnas particulares muy populares como la de Teresa Iglesias Terrón (la Chaqueta), María Díaz, Manuel Jiménez Melguizo (Lázaro) y en los años cincuenta Virgilio el correo, Antonio el telegrafista, Dña Carmen Fernández Crespo (esposa de D. Diego y dedicada a preparar alumnos para ingreso o a estudiar bachiller por libre, los pocos que podían estudiar entonces), Hernández, Paco Caba, Niceto, Barragán y hoy Mari Trini y María Luisa Ríos (ésta para bachiller)....


El primer documento escrito que aparece en nuestros archivos del Colegio es una lista de alumnos de 1942; la reproducimos completa como homenaje a estos niños que padecieron tres años de guerra civil española, el mayor sufrimiento que puede soportar una población infantil.

Los que entraron por primera vez a la escuela en ese curso (tenían entonces seis años) habían nacido durante la guerra. Esta lista está confeccionada con puño y letra de D. José Puerta Molina, director y alcalde del pueblo desde la guerra hasta iniciados los años setenta. Fue una escuela escasísima en recursos y cargada de símbolos y celebraciones políticas que más que restañar las heridas y los traumas de la contienda ayudaban a revivirla (todos los alumnos de entonces recuerdan el izado de la bandera y el canto del Cara al Sol, en las formaciones previas a la entrada a clase). Imaginamos el esfuerzo que debió suponer para estos maestros mantener la atención de los niños en clase y, sobre todo, aportarles un poco de alegría. En estos años de posguerra, de posguerra, años de hambre, los niños hacían rabona y se subían, los más atrevidos, a los postes del cable (teleférico que llegaba desde la estación del tranvía de Dúrcal a Motril) y hurtaban las cañas de azúcar a las vagonetas. Otras veces acudían a la cuesta del puente, donde los camiones ascendían renqueando lentamente, se subían en ellos y tiraban melones a los compañeros, que aguardaban en las cunetas para recogerlos.


En los años cincuenta el colegio presenta el siguiente aspecto: ésta era una casa señorial, edificada por el constructor que hizo el puente de obra, y el pilar del Mono, en tiempo de Isabel II ¿Tusét, cuya familia fue propietaria de la fábrica de harina del río? (Las piedras calizas de cantería que recortan las esquinas de las escuelas son iguales a las empleadas en el puente). Cuando se abren (1922) la habitaban unos industriales, los Antelos, que regentaban un molino de aceite ubicado en el mismo solar; éste contaba con grandes espacios dedicados a viviendas de molineros, naves con las instalaciones de la maquinaria del molino eléctrico, taller y almacén de capachas, estanques para el alpechín (hamila, le llamamos en Dúrcal), un extenso patio para amontonar la aceituna, unos almacenes con grandes depósitos metálicos, cuadras para caballerías y un pequeño estanque con peces y lavadero. Hoy ocupan su lugar un bloque de pisos con supermercado y un hotel.

En cambio la escuela no tenía zona de recreo y los niños jugaban en la carretera nacional, que pasaba justo por la puerta, sin peligro, pues el tráfico casi no existía. Constituían los juegos más frecuentes la pelota, de goma, ( no había balones de cuero), pintar con yesones y tizas carretericas por el asfalto, indicando lugares como la Ermita, Nígüelas, curvas del Torrente... ; en dirección contraria: la Plaza, la Estación, el Pilar del Mono... así hasta llegar a Granada. Otros juegos eran Chichirimboy, a dere, piola, rescondero, el mocho, las tacas, las charpas, los cromos, quita y pon, al pañuelo... si el tiempo era lluvioso se sustituían por cartas: el paulo, la brisca, la ronda robá o los cimiliquitrones.

Las niñas no compartían espacios con los niños; jugaban en el patio interior a lumbre, aprovechando las columnas; también a la comba, a la rayuela, a corros cantando muchas canciones como la Chata Piragüela, Uvas Traigo de Vender de Cubaletero, Que Plante Usted las Flores, o aquellos romances interminables como Antonio Divino Antonio ... nunca al balón, a dere, al mocho... pues se consideraban juegos exclusivos de niños. No había lavabos ni retretes, así que los niños hacían sus necesidades en los bancales que quedaban tras el edificio, donde todo era campo sin ninguna casa. Para beber agua se acudía a un pilar (del caño gordo) que se alzaba en la esquina de la escuela con la Plaza Honda. En esta esquina había una habitación que se abría a un pequeño

 

Escolares de diversos tiempos

Los inviernos eran especialmente crudos. Aún no existía el pantalón largo para los niños y las niñas; sólo podían llevar falda o vestido lo cual hacía más insoportable el frío, así que era frecuente ver a los chiquillos, sobre todo a las chiquillas, portando latones con largas asas de cuerda llenos de brasas.

Constituía el material que llevaban los alumnos a la escuela: una pizarra de piedra (imprescindible) sobre la que se escribía rayando con un pizarrín, (palito también de piedra de pizarra), o con uno de polvo de caolín prensado, al que llamábamos pizarrín de mantequilla. Con frecuencia se perdían y siempre había una lata con cachos de ellos (rechulos) que se repartían sonándola mucho y al grito de ¡pizarrines! Las pizarras se borraban con la saliva y un trapito que colgaba del agujero abierto en el marco. Eran extraordinariamente frágiles y, cuando se rompían, gritaban todos a coro: ¡Pizarra rotaa!

Los libros los formaban una cartilla, en el primer curso, para aprender a leer, que respondía a un método silábico inductivo. Consistía en formar palabras a partir de vocales y sílabas. Apenas tenía dibujos. Sólo en la primera página, la de las vocales, aparecían cinco ilustraciones, una por letra: un abanico para la a, un elefante para la e, una iglesia para la i, un ojo para la o y unas uvas para la u. En las siguientes hojas había un dibujo nada más, con una mamá si enseñaba la m, un dedo si enseñaba la el ...y siempre empezaba con sílabas sin sentido, resultado de la combinación de la letra que tocaba aprender con las distintas vocales: ma, me, mi, mo, mu. Luego se formaban palabras con estas sílabas: mamá, mimo...; por último se construían frases: mi mamá me ama; amo a mi mamá...

Representación Bíblica (año 1958) y teatro (año1960)

Una vez que se aprendía a leer se pasaban a los libros (muchos niños ni los compraban); eran tres las famosísimas enciclopedias Álvarez: de primer, segundo y tercer grado. Como su nombre indica, recogían todo el saber que necesitaban los alumnos para andar por la vida. No estaban exentas de lecciones ocasionales con las fechas en que se celebraban acontecimientos políticos y religiosos. La educación respondía a las exigencias del Nacional-Catolicismo. Por supuesto presidía el aula una foto de Franco y otra de José Antonio con el crucifijo en el centro. Se impuso también el catecismo como libro.

Las clases, por su parte, tenían de material una pizarra, un mapa de España y tiza. Tal vez una esfera, para todo el colegio, pupitres en los que se sentaban niños de dos en dos compartiendo un tintero insertado en el mismo y en él mojaban ambos la pluma metálica que se incrustaba en el palillero de madera. Los bolígrafos que llegaron con posterioridad acabarían con las manchas en suelo, vestidos y borrones en las libretas. Las familias de los niños más aplicados recibían consejo del maestro o del párroco para que ingresaran en órdenes religiosas donde, si no tenían vocación, siempre quedaba la ventaja de volver con un bachiller o una carrera. Así algunos pocos de familias humildes consiguieron estudiar. En las listas de chiquillos aparece, una vez que otra, una anotación que indica: "en el seminario".

Las niñas pasaban de la cartilla a unos libros de contenidos políticos y morales titulados: Un Regalo de Dios, Hemos Visto al Señor, y Yo Soy Español. Luego daban alguna enciclopedia de los grados superiores. Dedicaban buena parte del horario a labores de hogar como bordados, encajes de bolillo, de ganchillo y corte y confección. Algunas iniciaban aquí el ajuar de su boda.

El horario era de 10 de la mañana a 13 h. y por la tarde de 15 h. a 17 h. había clase los sábados todo el día y se libraba las tardes del jueves. A mediados de los cincuenta ya no se canta el Cara al Sol, en el patio, a la entrada, aunque se mantienen todos los símbolos políticos y muchas  costumbre religiosas como rezar al empezar la clase, rezar el rosario las tardes de los sábados o celebrar las novenas de mayo (las Flores) a la Virgen.

Los niños no llevan deberes a casa y tienen muchos trabajos con que ayudar a la economía familiar. Así es obligatorio guardar las cabras todas las tardes, unas horas, en el campo, al mismo tiempo que arrancan hierba para alimentar los conejos. Las cabras aportan la leche que sustenta a los más pequeños y los conejos proporcionan la carne que se comía de tarde en tarde (casi siempre en fiestas); las gallinas, los huevos; que más que al consumo de la familia se dedican a cambiarlos, a las recoveras, por telas con que hacerse ropas. Otras tareas casi diarias era llevar la comida al padre, al medio día, al campo (se solía comer con él); o a las fuentes, a la madre, si tocaba lavar los trapos y, ayudarle a traerlos, con frecuencia en el serón del borrico pues las familias eran muy numerosas. En tiempos de siembra de patatas, recogida de aceituna etc. faltaban muchos niños a la escuela y, normalmente, se abandonaban éstas con 11 o 12 años: es corriente encontrar en las listas de clase de los maestros anotaciones que indican "trabajando". Normalmente sólo se podía optar a los trabajos del campo, a la industria del esparto, especialmente hilado de cuerdas dándole a la rueda y los menos a la albañilería o el pastoreo.

Eran los maestros de los varones : D. Diego Moreno Casares, en el Primer Grado; D. Francisco Puertas Jiménez y D. Francisco Palomino en el Segundo Grado; D. José Puerta Molina en el Tercer Grado. Todos ejercían en las aulas de la primera planta del edificio. Eran las maestras de las niñas: Dña. Trini que ocupaba un alto del Mercado e impartía Primer Grado; Dña. Encarna García, pese a que fue partidaria literal del viejo principio pedagógico °la letra con sangre entra" hizo honor al principio pues gozó fama de enseñar mucho. Regentaba una clase en Almócita, en la casa de Piche y compartía el Segundo Grado con Dña. Pura Fernández Salazar que daba clase en el bajo de las Escuelas de Balina, donde también tenía la vivienda. Dña. Concha Martín Linares (la boticaria que fue número uno de las oposiciones de su promoción y vino de provisional primero, pretendiéndola don Alfonso Puerta, el célebre boticario que levantó el pilar de las eras, y del que lleva el nombre el parque de la estación. Cuando vino de maestra en propiedad se enamoró de otro boticario y maestro, D. Miguel, con el que se casó.) En la segunda planta del edificio de Balina enseñaba Tercer Grado.

Dña Trini ocupaba un alto del mercado e impartiría primer grado. En Marchena, en lo que ha sido mucho tiempo puesto de la Cruz Roja, había una escuela unitaria, con todos los niveles, para niños y niñas de este poblado. Era la única construcción del pueblo que se hizo para este fin, ya que las demás escuelas ocupaban casas alquiladas por el Ayuntamiento con habitaciones más o menos amplias.

Foto de doña Concha Martín y alumnas. Foto de D. Francisco Puertas