Apuntes para una Novela Histórica

(La monja morisca)

Sacado del enlace indicado más arriba. Es una bella novela basada en la historia de una doncella de Morayma que luego termino de monja. Es un hermoso alegato en defensa del entendimiento entre culturas.

 

El autor

Me alegró mucho que te pareciera entretenida la novela o relato que escribí entre el verano y las navidades de 2006. Soy el autor de todos los relatos y fotografías que figuran en mi bloj. La historia fue surgiendo a raíz de una leyenda que circula por Santiago de Compostela, investigándola comprobé que era solo eso, una leyenda...pero me apasiono la historia de la caída del reino de Granada, tantas veces contada, así, que con mucha base histórica y con algo de imaginación por mi parte fui escribiendo estos capítulos y colgándolos en la red. Y la verdad es que gustaron bastante, casi dos mil visitas en el bloj mientras escribía el relato. Tengo una versión revisada y corregida que te adjunto en este correo. (Es la que sigue a continuación)

Fernando González Neira.


Capítulo I

  La Visita

El amor que no puede sufrir no es digno de ese nombre
Santa Clara de Asís

Aunque ya llevaba en Santiago varios años, Saleta seguía deleitándose con los paseos por la parte vieja de la ciudad. Le gustaba ir a los sitios sin prisa, mirando las casas, las galerías blancas, los escudos de piedra de las fachadas, intentando descubrir algún detalle que hubiera permanecido oculto a sus ojos hasta ese momento.

Salió de casa temprano, aunque ya estaba en vacaciones de Navidad, prefería seguir con el horario laboral, así aprovechaba los cortos días de invierno. Aquella mañana se dirigía a visitar a su tía abuela al convento de Santa Clara, del cual era superiora. La visitaba tres o cuatro veces al año, era la única familia que tenía en la ciudad, además estaba agradecida a la ayuda que le había prestado para conseguir su trabajo, y sobre todo le encantaba ese viaje en el tiempo que suponía entrar entre esos muros.

La madre Encarnación era hermana de su abuelo paterno, y había tomado los hábitos con veintitrés años, en 1959. Era una mujer agradable y educada, que mimaba a Saleta como si fuera su nieta. A la joven le gustaba hablar con ella, sentadas en el claustro o en el huerto si la lluvia compostelana lo permitía. La monja preguntaba y escuchaba atentamente las explicaciones que su sobrina le daba sobre todo lo que ocurría en la ciudad, en su trabajo y en la familia. Con el paso de los años la madre Encarnación recibía cada vez menos visitas, sus hermanos habían muerto, y sus sobrinos se olvidaban poco a poco de ella, por no hablar de sus sobrinos nietos, a la mayoría de los cuales ni siquiera conocía.

Cuando Saleta optó a la plaza de bibliotecaria de la Universidad de Santiago de Compostela, ella, haciendo una excepción a sus costumbres, había llamado al Arzobispo para que interfiriera a su favor y lo cierto es que la joven consiguió el trabajo, aunque nunca le quedó claro si su tía abuela había sido responsable de ello.

Saleta atravesó todo el casco antiguo de la ciudad, desde el Franco, subió a Platerías, y de allí a la Quintana. Por la Vía Sacra llegó a la plaza de Cervantes, y de allí por la Argalia de Arriba salió a San Roque, desde donde diviso ya el convento de Santa Clara.

El gran cubo que constituía el edificio, coronado con aquellas enormes chimeneas, se adornaba con una fachada barroca, que, como decían las guías turísticas, servia como telón de decorado detrás del cual se encontraba la iglesia. La joven no podía dejar de observar esa fachada cada vez que llegaba ante ella. Santiago tenía más obras de este tipo, esplendor barroco para tapar los siglos de las piedras. Hasta el Obradoiro escondía en su interior la sencilla y bella portada románica de la primitiva catedral.

Miraba el enorme cilindro con que se coronaba el edificio, y absorta en sus pensamientos no se dio cuenta que un grupo de mujeres subía la escalinata y se dirigía hacia donde ella se encontraba, de pie, con la cabeza inclinada hacia al cielo y la vista fija en aquella piedra. Se sobresaltó cuando la mayor de las mujeres le preguntó – Buenos días, ¿por favor, nos podía indicar como hablar con las hermanas? – Saleta les señaló la puerta del torno y devolvió una sonrisa a sus agradecimientos. La mujer siguió la conversación – venimos a traer los huevos a Santa Clara, por mi hija – señalaba a la joven que acompañada de sus hermanas o amigas se dirigía a llamar al timbre con una pequeña bolsa de papel en sus manos. Se lo ponían difícil a la Santa, casarse en invierno en Santiago y pedir que no lloviera….

La hermana tornera tomo los huevos y cruzó unas palabras con las jóvenes, mientras que la madre de la novia seguía explicándole los pormenores de la boda a Saleta, la cual empezaba a sentirse incomoda. Era como si aquella mujer le recordara su soltería.

Cuando fueron despachadas la tornera se fijó en Saleta, la reconoció y con una sonrisa le indicó la puerta para que entrara: Ave María Purísima. Contestó un "Sin Pecado Concebida" tímidamente, como si estuviera haciendo algo que le resultaba ridículo. La monja sorprendida y emocionada por la visita le señaló que la madre superiora estaba en la capilla en sus oraciones y le indicó que fuese hasta allí.

Al entrar en la iglesia observo el retablo barroco del altar mayor, pero su tía no se encontraba ante él, sino en la pequeña capilla de Santa Clara, con la mirada fija en la imagen de la santa. Sor Encarnación tenía una admiración por Santa Clara de Asís casi obsesiva. Saleta recordaba que en su primera visita al convento su tía le había contado su vida, como había renunciado a su posición noble y había conseguido fundar una orden dedicada a vivir en la pobreza.

Sor Encarnación se levantó de un salto cuando vio a su sobrina y olvidando la solemnidad del lugar se lanzó a sus brazos, emocionada como nunca antes Saleta la había visto – ¡Niña, esperaba verte con ansia, Dios ha escuchado mis oraciones! – Saleta se estremeció y le pregunto rápidamente si le ocurría algo, y como es que no la había hecho llamar. Sor Encarnación la tranquilizó, todas estaban perfectamente, hasta Sor Escolástica, que pasaba de los ochenta años, gozaba de una salud de hierro. - Se trata de otra cosa, pero sabía que antes de Navidad recibiría tu visita y prefiero no mandar mensajes al exterior…- Saleta observó cierto tono enigmático en esta última frase, pero antes de poder preguntar nada ya la estaba guiando al interior de la clausura.

Nunca antes había entrado en esa parte del convento, empezaba a intuir que algo fuera de lo habitual pasaba allí. Pasaron por el pasillo al que se abrían las celdas de las hermanas y al final del mismo entraron en el despacho de la madre superiora.

La monja pasó a su mesa e indicó a su sobrina que tomase asiento. Respiró profundamente y mirándola a los ojos murmuro…no se como empezar…pero antes de que Saleta dijera nada, sor Encarnación comenzó su discurso.

Como bien sabes constituimos una de las comunidades más antiguas de esta ciudad…y estamos en peligro de desaparecer. Solo somos seis hermanas y hace 20 años que no ingresa ninguna novicia. La dirección de la orden, los padres franciscanos, piensan en cerrarlo, trasladarnos a otros conventos de clarisas de España, y así poder disponer de este edificio, para alquilarlo y que hagan otro hotel de lujo aquí, como hicieron con el convento de San Francisco. Las decisiones las toman en Salamanca, donde esta la sede de nuestra federación, y las hermanas clarisas poco podemos decir. Esta situación nos pesa como una lápida desde hace ya algunos años, pero por ahora hemos podido capear el temporal, recurriendo a nuestras amistades e influencias…recuerda que algún día en esta ciudad éramos llamadas las señoras de Santa Clara, y quien marca nuestra jurisdicción es directamente el obispado.

Es cierto que desde la fundación del convento en el siglo XIII por la reina Violante, mujer de Alfonso X el Sabio, este se había constituido en el lugar de enclaustración de mujeres procedentes de las familias más nobles de Galicia. Sotomayor, Montenegro, Andrade…eran algunos de los apellidos que habían llevado sus hermanas antes de procesar. Esto había hecho que con el paso de los siglos el convento se enriqueciera por las dotes de sus novicias y en la actualidad pudieran vivir de las rentas que diversos inmuebles de la ciudad les proporcionaban, si bien esto no era algo permitido estrictamente por su regla.

A pesar de ello la comunidad había menguado a lo largo del siglo XX, y no por la dureza de su regla, quizás precisamente por que las jóvenes que buscaban en estos tiempos la clausura preferían órdenes más estrictas.

Saleta estaba sin palabras. Su tía prosiguió: Rezamos a la Virgen Santa y  a Santa Clara para que nos ayudara. Primero pedimos novicias, pensando en que un aumento del número de hermanas pararía los planes de los superiores…después solo nos quedo pedir un milagro…el despacho se quedo en silencio después de estas palabras hasta que un suspiro de la monja lo rompió…y hace dos semanas ese milagro se produjo

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Aunque el huerto esta bastante abandonado, seguimos plantando verduras y hortalizas para nuestra subsistencia. No como antiguamente  que cada hermana disponía de un trozo del huerto para plantar sus cosas. Hace dos semanas decidimos limpiar la zona norte, donde crecían unos cipreses muy viejos y que estaban en muy mal estado. Después de que contratáramos a unos hombres que los talaron, dos hermanas llevaban unos días excavando para retirar las raíces, hasta que un día el azadón de una de ellas se topó con algo…Saleta mantenía los ojos totalmente abiertos y fijos en su tía, que hablaba como si estuviera contando una antigua leyenda. La monja detuvo el relato para tomar aliento y la joven se apresuro a preguntar: ¿Qué? ¿Qué encontrasteis?

Sor Encarnación se levantó, abrió la puerta lateral del despacho que comunicaba con la biblioteca. Allí, Sor Ángela, la hermana bibliotecaria leía detrás de una montaña de libros. La superiora le hizo un gesto y las dos monjas acompañaron a la joven hacia una mesa en el fondo de la sala, sobre la que se encontraba una vasija de barro, abierta en su vientre por el golpe del azadón que la encontró. Los fragmentos se ordenaban de una forma limpia alrededor de la vasija, como si se le hubiera practicado la autopsia y los órganos se ordenaran para su estudio. Saleta se aproximó más, observó el recipiente de barro, sin ninguna inscripción, y comprendió que en el interior de la misma debía de encontrase algo que constituía el milagro del que su tía hablaba.

Efectivamente, mientras observaba los fragmentos, Sor Ángela tomó un bulto cubierto por un paño limpio de  la mesa contigua, lo acercó a la zona iluminada y lo descubrió. Un pequeño montón de papeles antiguos y amarillentos quedó ante sus ojos. Saleta se acercó a ellos, lentamente, mientras las monjas la observaban con una sonrisa casi estúpida en sus caras.

Tomó el primer folio, era difícil leer lo que ponía, era un texto antiguo, y el papel parecía muy frágil. Saleta reconoció enseguida que se trataba de algo del siglo XV o XVI. Tras un primer vistazo general al texto, comenzó a leerlo en silencio, hasta que sorprendida notó como se le erizaba la piel. Sor Encarnación, ansiosa, le dijo que leyera en alto. La joven tragó saliva y comenzó:

 Yo, Sor Isabel de Granada, abadesa de esta santa casa de Santa Clara de Compostela, escribo estas mis últimas voluntades en el año del Señor de 1549, para gloria de Dios y regocijo de mis hermanas, a las que hago depositarias de mi legado…

 


Capítulo II

 La Leyenda

Una lejana campanilla en el pasillo sacó a las tres mujeres del ensimismamiento en el que se encontraban; cuando Saleta iba a pedir explicaciones sobre lo que tenía ante ella, Sor Encarnación, como volviendo de pronto a la vida terrenal, prestó atención a la campana y comentó rápidamente: la hora de comer, niña comes con nosotras y luego hablamos. No hubo oportunidad a réplica. Saleta y sor Ángela siguieron en silencio a la superiora hasta el refectorio.

Allí esperaba el resto de la comunidad, otras cuatro monjitas, de pie sonriendo a Saleta con cara de gratitud. La hermana tornera había avisado a las demás de la visita y todas estaban impacientes por verla. Sor Encarnación mandó sentar a sus monjas, y como día excepcional, ninguna leería durante la comida, pero seguirían comiendo en silencio como siempre. Se dirigió luego a su sobrina para que bendijera la mesa. Saleta se puso tan nerviosa como cuando tenía en el pasado un examen oral. Eligió una fórmula rápida y clásica, y todas las monjas dijeron un amen al unísono, como si suspiraran placidamente.

En el silencio de aquella comida, Saleta intentaba recapitular todo lo que había ocurrido en la biblioteca del convento, miraba de reojo al resto de las comensales que ajenas a ella, saboreaban la sopa. Solo la anciana sor Escolástica cruzó su mirada con la de ella, y le sonrió con complicidad.

Sor Isabel de Granada, en 1549 escribe su testamento en este convento – pensaba Saleta – pero… suponiendo que se trata de una persona anciana, que en el siglo XVI era tener unos 60 años, difícilmente 70, estamos hablando de alguien que nació sobre 1490, o quizás antes…se trata de una granadina anterior a la capitulación del reino nazarí.

Saleta conocía bien Granada. Después de licenciarse en Historia en la Universidad de Oviedo, y buscando una salida profesional a su formación, se matriculó en la entonces recién inaugurada Escuela de Biblioteconomía y Documentación de Granada. Allí había conocido a Tomás, con el que había formado pareja durante cinco años. Licenciado también en Historia, le había enseñado muchas cosas sobre el reino nazarí. Saleta se sorprendía que los hechos de esta mañana la llevaran a su época granadina y rescataran de su memoria a personajes como Tomás…hacia ya hacía tiempo que no se acordaba de él.

Seguía encerrada en sus pensamientos cuando la comida terminó, todas se levantaron y sor Encarnación cogió del brazo a Saleta y la condujo nuevamente a la biblioteca. Sor Ángela y sor Escolástica las siguieron.

La joven se sentó en una mesa vacía y las tres monjas se repartieron en sillas a su alrededor. Saleta rompió el silencio: ¿Qué son esos documentos que encontrasteis? Sor Encarnación, sin perder la sonrisa, le respondió que precisamente querían que ella se lo aclarase. Saleta se empezó a plantear el mandar a las monjas a la porra, pero la superiora, como solía hacer siempre, rompió el silencio con un pequeño discurso.

Todos los conventos y monasterios tienen su historia…y sus leyendas. Este no iba a ser menos. De generación en generación, de hermanas mayores a novicias, se cuenta la historia de sor Isabel, que fue abadesa de esta casa, después de abrazar el cristianismo, ya que había nacido musulmana, de hecho era la hija de Boabdil, el último rey moro de Granada. La propia Isabel la Católica la amadrino y le puso su mismo nombre.

Saleta se quedó sin palabras. De qué hablaba esa mujer. Jamás había oído tal cosa en sus años de estudio, ni en Oviedo, ni en Granada. Sobre Boabdil hay una gran leyenda romántica, pero nunca aparecía en ella una hija que abrazara el cristianismo y se metiera a monja. Nuevamente Saleta sentía la sensación de estar viviendo algo absurdo.

Sor Escolástica carraspeo, todas guardaron silencio. La anciana era venerada en el convento más incluso que la propia madre superiora. La historia de esta monja si que parecía de leyenda, pero era totalmente real. Había llegado allí una noche de 1936, con apenas 12 años, la acompañaban sus padres, un médico leones afincado en Santiago y su mujer. Venían escondiéndose por la calles, escapando de unos hombres que los querían detener por sus ideas republicanas. En el convento no se atrevieron a darles cobijo, pero se comprometieron a cuidar a la niña hasta que ellos volvieran a buscarla. Así pasaron los meses, y luego los años, y nunca nadie volvió a reclamarla.

Cuando finalizó la guerra las hermanas intentaron buscar a los padres o a otros familiares, con la discreción que en aquellos tiempos había que guardar sobre estos temas. Nunca se supo de ellos. Algunos dijeron que habían muerto la misma noche que dejaron a su hija, otros durante la contienda en algún lugar de España.

Lo cierto es que la pequeña Teresa se adaptó bien al convento. Educada y culta, encontró en la orden franciscana un ideal de pobreza y entrega que le recordaba a las ideas marxistas de su padre. Estudió los libros de teología, y la vida de los santos, y decidió hacerse novicia. Adoptó el nombre de sor Escolástica cuando se ordeno, como tributo a la enseñanza religiosa y filosófica que la había inspirado.

 Esta mujer era la memoria viva de la comunidad, a pesar de su edad recordaba todas las historias del convento, tal y como se habían ido transmitiendo a lo largo de los años. Había sido la hermana bibliotecaria la mayor parte de su vida, hasta que la edad le impidió trabajar horas limpiando, clasificando y conservando los testos.

Sor Escolástica se levantó, lentamente se dirigió hacia una estantería y tomó un antiguo libro de ella, volvió a la mesa, se sentó nuevamente y volvió a carraspear:

-  Siempre oí la historia de sor Isabel, desde niña, forma parte de esta casa. Es cierto que no existe documentación sobre este personaje, pero siempre la he creído. En los años cincuenta comencé a reordenar y clasificar esta biblioteca, y entre las muchas joyas que encontré apareció este libro, Historia del Convento de Santa Clara de Santiago de Compostela, escrito por Sor Mayor de Caamaño y Mendoza, que tiene fecha de edición 1720. Se trata de una edición impresa de un manuscrito que se encontró en esta misma biblioteca, y que desgraciadamente ha desaparecido. Dicho manuscrito parece que fue escrito por Sor Mayor de Caamaño, y sabemos, según ella misma cuenta, que nació en 1539, en Villagarcía de Arosa, donde su padre ostentaba el titulo de señor de Rubianes. Así esta mujer se hizo clarisa cuando la memoria de sor Isabel de Granada era todavía reciente.

Acerco el libro a sor Ángela que lo abrió por una página señalada y leyó en voz alta:

y desta gran reyna y señora recibió el convento una gran dote por su afillada Isabel, que no era menos noble que ella, pues por ella corría la sangre de los reyes de Granada, y como infanta fue tratada en esta casa, donde llego a abadesa.

Saleta se puso en pie. Las monjas quisieron dar más explicaciones, pero la joven con un gesto las hizo callar, y en voz alta empezó a recapitular toda la información que hasta entonces le habían hecho llegar: Así que encontrasteis el testamento de una monja que vivió aquí en el siglo XVI, que era una princesa nazarí, convertida al cristianismo, y ahijada nada menos que de Isabel la Católica. Que llegó a ser abadesa, y que en los últimos momentos de su vida, decide hacer un legado a sus hermanas…pero qué tenía ella que dejar al convento, su dote había sido entregado ya por su madrina, y ella como manda vuestra regla, vivía en la pobreza.

Esto que Saleta enunciaba con cierta ironía e incredulidad, las monjas lo escuchaban con admiración, como si estuvieran satisfechas de que la joven lo hubiese comprendido todo.

Veo varias cosas que no logro aclarar – prosiguió la joven – como por qué nunca había escuchado algún dato sobre esta princesa granadina. Y el testimonio de  la hermana Mayor de Caamaño ¿es fiable, o solo recoge una tradición oral del convento?, quizás hasta fue ella misma la que enterró la vasija con un supuesto testamento de la princesa monja... y después esta el asunto del legado… ¿de qué se trata?, y por último... ¿Por que suponéis que esta historia podía significar la salvación del convento?

Sor Encarnación indicó a las hermanas que salieran de la biblioteca, el silencio se hizo molesto hasta que la puerta se cerró detrás de ellas. Entonces la superiora miró a su sobrina con ternura, y en un tono sincero y llano, no como solía hablar normalmente, sin pomposidad, le explicó sus planes.

Es probable que este pecando, yo y mis hermanas, pues nosotras deberíamos aceptar el destino del convento. No poseemos nada, todo lo que ves pertenece a la orden. Las clarisas, las damas pobres de Santa Clara, se fundaron como una orden mendigante, y aunque el Papa tardo en recocer esto a la propia Fundadora, fue una de las premisas de nuestra orden desde sus comienzos. En los años posteriores esta regla se relajo, también por mandato papal, lo cual hizo posible que las clarisas progresaran en la historia. Ser estrictamente pobres supone no poder arreglar nuestras casas, ni ampliarlas, ni mantener las comunidades. Seguir la estricta pobreza de la fundadora seria imposible en nuestros tiempos.

No se responder a tus dudas sobre el testamento de sor Isabel, no hemos podido entender bien el texto, entre el lenguaje y el mal estado de algunos de los folios, nos perdemos. Puede que solo sea algo espiritual, o puede que sea algo material...y si es así, puede que nunca podamos recuperarlo…imagínate que nos dejase el palacio de la Alhambra por ejemplo – las dos mujeres rieron – pero creemos en la Providencia Divina, y que nuestras oraciones han sido escuchadas. El hecho de que esto ocurra en este momento de la historia, donde el convento esta a punto de desaparecer nos ha llenado de ilusión, de la ilusión que habíamos perdido.

Tu formas parte de esta Providencia. Que seas mi sobrina, licenciada en Historia; bibliotecaria con conocimientos sobre documentos antiguos; que conozcas Granada… eres la persona señalada para ayudarnos. No sabemos a donde nos llevará esto. Si sólo se trata de reconocer la autenticidad del documento, sin nada más, haremos público el hecho, buscaremos publicidad que atraiga la curiosidad sobre el convento; intentaremos salir del olvido y destacar nuestra historia en esta ciudad. Si el documento nos supone algún tipo de enriquecimiento mejor todavía, ya ves que soy sincera. Sólo te pido que nos ayudes.

Saleta, aunque nunca había sido una mujer intrépida, estaba atrapada por lo que suponía hacer este trabajo, era algo aventurero e interesante, que seguro le haría disfrutar más que su trabajo habitual. Le dijo que las ayudaría casi sin pensarlo, que contaran con ella para intentar descubrir que se encontraba detrás de ese texto.

Sor Encarnación satisfecha se levantó de la mesa, y en un gesto teatral, puso una Biblia sobre ella, pidiéndole a su sobrina que jurara las condiciones que ella imponía para esta tarea.

- Nunca debes revelar a nadie en lo que estas trabajando. Nunca saldrán del convento los textos originales. Deberás ser cauta, sobre todo en lo que se refiere a la información que obtengas de personas vinculadas a la Iglesia o a la Universidad, o en general a cualquier estamento público. Todos los pasos y avances que des me los deberás comunicar directamente a mí. Sor Ángela es una excelente ayuda, la pongo a tu disposición para lo que la necesites.

Saleta, casi sin pensar lo que hacía, puso tímidamente la mano sobre la Biblia, y dijo: Lo juro.

 


Capítulo III

 La investigación

 Los meses que siguieron a aquella Navidad fueron de gran actividad. En el convento se había montado un centro de operaciones, digno de cualquier película de espionaje. Una de las antiguas celdas del piso superior, las que habían correspondido antiguamente a las grandes damas – monjas, se transformo en una oficina improvisada, como si se estuviera coordinando desde allí una resistencia secreta contra un ejercito invasor.

Estas celdas constaban de tres compartimentos, una habitación principal que se abría al pasillo, y dos huecos laterales, a modo de pequeñas celdas, donde las señoras de Santa Clara disponían de su criada, cocinera o costurera…eran cosas de otra época de esta clausura, que Saleta descubría poco a poco y casi a diario.

En la habitación principal una enorme chimenea calentaba antiguamente la estancia, alrededor de la cual, las monjas bordaban los ajuares para las novias y recién nacidos de las familias adineradas de Compostela. Allí se habían dispuesto dos mesas con sus sillas, y unas estanterías para los libros que Saleta manejaba. La joven había instalado allí su ordenador y su impresora portátiles y un escáner, y había colocado en la pared un enorme tablero de corcho, donde sujetaba los esquemas, textos, dibujos y notas que generaba a diario.

Las tardes de aquel invierno, con alguna excepción, las pasaba Saleta en esa celda, leyendo textos, y trabajando en descifrar los folios del que ya era llamado en el convento “testamento de sor Isabel”. Sor Ángela se convirtió en su secretaria, y a fuerza de trabajar juntas nació entre ellas una buena amistad. Saleta se sorprendió de la capacidad de trabajo de la monja, y de sus conocimientos. La hermana Ángela era la más joven del cenobio, hacia unos veinte años que había tomado los hábitos, y tendría aproximadamente unos cuarenta y muchos, quizás cincuenta. En su rostro, enmarcado por la toga, se apreciaba aún que había sido una mujer muy bella. Sus facciones eran agradables, atractivas, su nariz recta y sus ojos verdes recordaban a una actriz de cine de los años cincuenta.

Era madrileña, hija de buena familia y educada en buenos colegios; un esplendido expediente académico en la facultad de Económicas le había abierto las puertas de una importante consultora, donde en pocos años había conseguido ser una gran directiva. Pero este ritmo de estudio y trabajo no suponía que Ángela se pasara el tiempo encerrada; más aún, su afición a la noche madrileña y los ambientes transgresores era tan alta como la que sentía por su trabajo. Así su vida transcurría entre su despacho en la Castellana, y las noches en Malasaña.

Sin que nadie de su entorno se lo explicara, un día la ejecutiva, tras leer un artículo sobre un cura del Bierzo que estaba recuperando y señalizando el camino de Santiago, pidió un descanso en su empresa, tomo una mochila, y tras unas horas de autobús se planto en Burgos, y allí comenzó su peregrinación a Santiago. En las horas de camino en solitario, en las noches en los pequeños albergues, Ángela medito sobre su vida, como hacen todos los peregrinos. Y cuando llegó a Santiago tenía la convicción firme de que su vida tenía que cambiar. Se topo con las clarisas, como se pudo topar con las pelayas o las dominicas, y decidió ingresar en el convento. En Madrid pasó a ser una leyenda, uno de esos chismes que se cuentan y nadie cree. Incluso se decía que un amigo suyo director de cine se había inspirado en su historia para una de sus películas.

El primer paso de la investigación consistió en clasificar, ordenar y limpiar los folios que constituían el “testamento”. Se considero que el orden de los mismos era el que tenían dentro de la vasija, de tal forma que al introducir el montón doblado por la boca del recipiente, el último folio quedaba en contacto con el barro, y el primero era el más protegido por quedar en el centro. Los catorces folios fueron secados con aire caliente, limpiados con suaves brochas, y se les quitaron pequeñas costras de humedad que habían salido en algunos puntos. Todos fueron descritos por Saleta exhaustivamente, sus medidas, color, número de párrafos y estado de conservación. Todo quedaba registrado. Después los “escaneo”, pulverizo un spray conservador y los cubrió con un film plástico para protegerlos cuando se manipularan.

Sor Ángela descubría Windows, y sus cualidades del pasado le hacían progresar en los nuevos programas informáticos a una velocidad que dejaba a Saleta pasmada. En el tiempo que no estaba trabajando en el testamento, uso el ordenador para escribir antiguas recetas del convento que estaban en papeles dispersos y diseño hojas de cálculo para llevar las cuentas de la comunidad. Pero si algo le entusiasmaba era descubrir como realizar presentaciones. Jugaba con las diapositivas, montando imágenes y textos, en silencio, como si se encontrara en su antiguo despacho madrileño.

Uno de los aspectos que primero quiso estudiar Saleta fue el hecho del propio encuentro de la vasija. Así que por una parte dio unas ligeras nociones de arqueología a dos de las hermanas para que con cuidado peinaran la zona del huerto que acababa de levantarse tras talar los árboles, y por otra, recopilo información sobre la planta del edificio y el huerto. Aquí surgió una de las primeras curiosidades de la investigación, y es que sor Isabel de Granada no había vivido en este edificio. El antiguo convento, fundado gracias a la dote que entrego Doña Violante en 1260, se asentó en estos terrenos, que había cedido para ello un piadoso burgués compostelano. De ese edificio antiguo no queda prácticamente nada, solo una pequeña parte de la iglesia, pues en el siglo XVII se demolieron los antiguos edificios y se construyeron los actuales. ¿Fue una cuestión de suerte que el testamento fuera enterrado en una zona del solar en la que no se edifico en los siglos posteriores? ….o fue enterrado después de las reformas.

Delimitando la parte del ábside y altar mayor que pertenecían al antiguo convento, Saleta se encontró con algo que también le llamo la atención. Sobre la capilla de Santa Coleta hay una inscripción que recuerda que allí esta enterrada Beatriz Alfonso, nieta de Alfonso X y Violante, que proceso en esta clausura. Se supone que es una inscripción a modo de agradecimiento, por la dote que entrego su abuela; pero no es personaje más importante Isabel de Granada, y con igual o mayor dote, según Sor Mayor de Caamaño, y sobre ella no hay ninguna inscripción…

Hubo que dedicar varios días al texto de Mayor de Caamaño y Mendoza, pero aquí las conclusiones que extrajo Saleta fueron más contundentes. La narración de sor Mayor era bastante fantástica en general. Por contar, incluso narra algún milagro realizado en el convento por la propia Santa Clara. La cita dedicada a Isabel de Granada es escueta, solo menciona que vivió allí, y que Isabel la Católica la amadrino. Probablemente recoja solo lo que oyó en el convento cuando ingreso, ya que es muy difícil que convivieran juntas dada la fechas de nacimiento de Mayor, 1539, y la fecha del testamento de Isabel, 1549.

Pero el mayor problema que encontraron fue el mal estado de los textos, los últimos eran prácticamente ilegibles, y en general las manchas de humedad hacían que, en casi todos, alguno de los párrafos estuviera parcialmente dañado.

Los primeros eran los que contenían frases más comprensibles, y donde las palabras que no se entendían bien se podían intuir por el contexto. Aparentemente era un testamento típico de esa época, escrito por una persona piadosa, donde se encargaba de citar a todos los santos que para ella habían sido de especial devoción y  a los cuales  encomendaba su alma.  En la segunda parte, donde había que intuir más que leer, debido a las manchas de humedad, hablaba de su vida, y entre los santos y la vida se iban once  folios. Los tres folios siguientes parece que se destinan al legado propiamente dicho, y son prácticamente ilegibles. El último folio, también en muy mal estado, contenía la firma de la monja y de los testigos.

Era evidente que la testadora había vivido en el reino nazarí, en Granada, y que había pertenecido a la familia real, podían leerse claramente nombres como Abu I Hassan Ali, Abu ´Abd Alläh,  o Morayma…todos miembros de la casa real, y de finales del siglo XV. La observación de los textos en la pantalla del ordenador les permitía descifrar las palabras más enmarañadas, pero en ningún sitio se decía claramente que era hija de Abu ´Abd Alläh, que los castellanos llamaron Boabdil, y de su esposa Morayma, aunque las referencias a esta reina eran múltiples en todo el texto, claro que más de la mitad de las frases no se podían entender. Hablaba de su nacimiento, de su juventud al lado de la reina Morayma, de la caída del reino y de la muerte de la reina, después se intuye que comienza su vida monacal y sobre el folio diez era casi imposible sacar algo en claro, solo frases sueltas.

La cautela de Saleta al ir rescribiendo la vida se sor Isabel chocaba con el entusiasmo de sor Ángela, que siempre interpretaba más cosas de las que eran objetivamente aceptables. Así se fueron desarrollando dos teorías, una la de la monja, que veía a sor Isabel como una heroína de su época, que bien podía haber llegado a los altares. Otra la que tenía oculta Saleta en su cabeza, donde dudaba de todo. De todas formas Saleta dejaba que la imaginación y la buena voluntad de su compañera rellenaran los huecos vacíos de la historia; solamente anotaba cuales eran reales según el texto y cuales tenían más de sor Ángela que de sor Isabel.

Cuando sor Ángela concluyó su peculiar interpretación del texto, convenció a Saleta para montar una presentación mediante esquemas y fotos, con la que explicar sus conclusiones al resto de las hermanas. A Saleta le divirtió tanto la idea que participó de ella con entusiasmo, incluso selecciono música renacentista y andalusí para poner de fondo.

Así que tras comunicar sus intenciones a sor Encarnación, y esta darles el visto bueno, convocaron al resto de las hermanas para una tarde, antes de la Semana Santa. Resultaba poco piadoso hacerlo durante la semana de recogimiento y oración. Saleta cerraba esta primera fase de su trabajo con la presentación de sor Ángela, pero sabía que si quería saber más de la mujer que estaban investigando tendría que ir a Granada. Esta idea le gustaba, era quizás la disculpa que estaba buscando hace años para volver a esa ciudad donde había sido tan feliz.

Cuando llegó al convento la tarde en la que estaba preparada la presentación, se dirigió al despacho de la superiora. Sor Encarnación estaba nerviosa, como una niña a la que se va a llevar al circo por primera vez. No prestaba mucha atención a su sobrina, hasta que esta le comunicó que se iba a Andalucía. Sor Encarnación se quedo mirándola en silencio. Saleta le dio las explicaciones oportunas; antes de sacar conclusiones sobre el testamento, necesitaba recopilar información sobre la época nazarí; y aunque lo podía hacer desde Santiago, prefería recurrir a algunas de las amistades que había dejado allí. La monja le recordó su juramento, y le pidió que fuera muy cauta en la información que daba. Saleta la tranquilizó, sabría como llevar el tema con discreción. En ese momento sonó la campanilla en el pasillo, y cuando Saleta se dio cuenta, la superiora había salido corriendo de su despacho hacia la sala de proyección improvisada en el refectorio.

 


Capítulo IV

 La Presentación

El tesoro de la casa o palacio Nazarita era copioso en toda suerte de preciosos rubíes, perlas de gran tamaño, zomordas singularísimas, turquesas de gran valor, toda suerte de adargas preservativas, equipos militares defensivos, instrumentos primorosos, utensilios peregrinos, collares de perlas en pedazos, sartales de aljófares para los cabellos, arracadas que aventajaban a las alcordes o pendientes de María (la Copta, concubina de Mahoma) en claridad, brillantez y hermosura; corazas holgadas de vestir, adornadas de oro, cascos con orlas doradas, incrustadas de perlas intercaladas de esmeraldas con rubíes en el centro; cinturones plateados, anchos de formas y esmaltados en su superficie; adargas de ante, sólidas, sin poros, dulces al tacto y renombradas por su impermeabilidad; almimbares de maderas de Oriente; guirnaldas de abalorios; ataifores de Damasco, cuentas de cristal, zafas de la China, copas grandes del Irak, vasos de Tabaxir y otras.

Almaccari (Analectes, tomo 11, 2ª parte, página 798)

 Cuando Saleta entró en el refectorio todas las hermanas ya estaban sentadas. Las luces estaban apagadas, y las contraventanas cerradas, y solo la luz del cañón sobre la pared blanca iluminaba la sala. Saleta se sentó en la mesa donde estaba su ordenador, abrió la presentación y sobre la pantalla apareció el titulo: Testamento de Sor Isabel de Granada. La joven puso en marcha la música que había seleccionado y las flautas traveseras, el violonchelo, los panderos y crótalos empezaron a sonar suavemente en todo la habitación.

Sor Ángela hacía de narradora; con una voz profunda y neutra, como si fuera una locutora de radio, serenamente, ponía voz a las diapositivas que iban pasando, como leyendo un guión, aunque en realidad estaba todo en su cabeza. Así empezó:

 Yo, Sor Ysabel de Granada, abadesa de esta sancta casa de Sancta Clara de Compostela, escribo estas mis últimas voluntades en el año del Señor de 1549, para gloria de Dios y regocijo de mis hermanas, a las que hago depositarias de mi legado.

  Habían decidido dejar en lo posible la escritura original en vez de cambiarlas a las formas actuales para que fuera mayor el efecto que el texto antiguo produjera al leerlo. Sor Ángela usaba técnicas de marketing de su anterior oficio.

 En el nombre de Dios Todopoderoso, encomendando mi alma a Él, a nuestro señor Jesucristo y al Santísimo Espíritu Santo, que son Uno y Tres a la vez, y a María Santísima, reina de los cielos, reina de los ángeles ,nuestra señora e abogada.

 Y mientras sor Ángela recitaba el santoral que figuraba en el testamento, en la pantalla iban desfilando todos los santos y santas que habían escaneado de los libros de la biblioteca del convento. Las hermanas se santiguaban cada vez que aparecía uno nuevo, mientras guardaban un silencio sepulcral. Saleta no pudo evitar sonreír sin que ninguna la viera.

Nombraba después a los evangelistas, y a Santiago apóstol, singular  e exçelente patrón de estos regnos. Y así continuaba con San Jerónimo, y después con San Francisco, patriarca de los pobres, y  la lista seguía con santos de los que Saleta no había oído hablar nunca. Finalmente llegaba la mención a Santa Clara, a quien tengo por mi abogada, y en este momento tan esperado, la audiencia suspiro emocionada ante la imagen de la santa con la eucaristía en la mano.

…por que así como es cierto que avemos de morir, así nos es ynçierto quando ni donde moriremos, por manera que devemos vivir e así  estar aparejados como si en cada hora oviésemos de morir.

Saleta recordaba que este párrafo apenas se podía leer, pero que se trataba de una fórmula usada en los testamentos de esa época por lo que les fue fácil deducirla a partir de las palabras sueltas legibles.

Por ende sepan cuantos esta carta de testamento vieran, que yo Ysabel, estando enferma de mi cuerpo de la enfermedad que Dios me quiso dar e sana e libre de mi entendimiento, quiero narrar mi vida para que mi legado llegue a las manos a quien corresponda conservar mi memoria e disponer de mis bienes como indico.

Y después de pedir misericordia a Dios cuando juzgue los hechos de su vida, y reiterar su fe “creyendo e confesando firmemente todo lo que la sacta Iglesia Cathólica de Roma cree e confiesa e predica”, la monja pasaba a contar su vida.

Ante una imagen de la Alhambra, sor Ángela contó que había nacido en Granada, si bien no entendían el lugar exacto de su nacimiento ni la fecha, ni aparecía su nombre árabe. Si habla de su infancia al lado de la reina Morayma, mujer de Boabdil, desviviéndose en elogios hacia esta gran señora, de gran belleza y bondad, tal y como podía leerse en el texto.

 Relata también su vida en un castillo durante su infancia, donde aprendió la ley del Dios de los musulmanes, que no es menos justa que la Nuestro Señor, de manos de la reina, de la que dice fue una mujer muy religiosa, pero no se podía leer en ningún sitio que realmente fuera su madre. Claro que en aquellos tiempos un hijo podía escribir sobre sus padres con tal respeto que parecía que hablaba de su amo o señor, más si este era rey o reina. Las imágenes de los castillos nazaríes y del paisaje de Granada servían de fondo a toda la narración.

El texto a partir de aquí empezaba a leerse mal, las manchas ocultaban la escritura o la habían emborronado, así que entender la vida de Isabel empezaba a requerir imaginación, que a sor Ángela no le faltaba.

 Como hablaba del palacio, también hablaba curiosamente de la vida en una pequeña casa con un jardín, y también allí menciona a Morayma, y cómo consolaba sus penas. Cuando sor Ángela añadió a esto un “como buena hija”, Saleta tosió intencionadamente, y la monja rectificó: como si fuera una buena hija.

También menciona al rey, al que siempre nombra por su nombre árabe, Abu ´Abd Alläh, y también lo elogia como buen esposo y guerrero.

De un párrafo que se podía entender bien se deducía que acompaño a los reyes, caído el reino en manos de los cristianos, a su exilio en Andarax, y allí se ocupaba de los jóvenes príncipes para los cuales era su hermana. Esto se leía perfectamente, y era la única referencia a un parentesco con la familia real de forma directa.

Después de más de un año en el exilio en la Alpujarra, la reina enferma y muere. Isabel siente la mayor pena de su vida, y relata como entre ella y todas sus damas lavaron el cuerpo de la reina y lo perfumaron con almizcle, alcanfor y otras esencias, lo envolvieron en un sudario blanco sin coser ni en la cabeza ni en los pies, lo colocaron sobre unas parihuelas, y lo cubrieron con su hhaik, Saleta puntualizó que se trataba de un vestido. Después relata como un cortejo fúnebre trasladó los restos de la reina hasta la mezquita; lo depositaron en la puerta, y los fieles que estaban dentro rezaron una oración; luego un cortejo formado por los caballeros, la gente de la corte y la familia real lo llevo muy lejos, a la tierra de donde era la familia de la reina y allí la enterraron directamente en la tierra. La música andalusí se hacia intensa en estos momentos.

Después de las exequias, el rey, cumpliendo los deseos de su reina según su testamento, deja unos bienes al alfaquí de la mezquita para que rece dos veces a la semana en la tumba de Morayma.

Dirigiéndose a la joven le entrega un collar que perteneció a la reina, de perlas blancas de gran tamaño, del que cuelga un hermoso rubí engarzado en turquesas, que había sido regalo de boda del rey, según se mal lee en el testamento. Boabdil le encarga que permanezca un tiempo en esa localidad, para que vele que lo mandado por él se lleva a cabo. Isabel se echa a sus pies llorando, el rey la besa en la frente y se despide.

Después llegan los “folios oscuros”, como Saleta y sor Ángela los llamaban,  en ellos poco se podía entender, solo palabras sueltas. Pero la monja hace una reconstrucción muy novelesca de ellos:

Isabel permanece en la mezquita conviviendo con la familia del alfaquí, pero a los pocos días llegan unos castellanos que se incautan de los bienes que había dejado el rey Boabdil, derriban la mezquita y comienzan la construcción de una iglesia. Asustada, coge el collar de la reina Morayma y algunos de los bienes dejados por el rey, y se esconde en el bosque. Por la noche, sabiendo que no puede viajar con esos tesoros encima, decide enterrarlos, quedándose con unas pocas monedas, y marcha hacia Granada. Allí se entera que el rey, con su familia y sequito, ha embarcado hacia Marruecos en un destierro definitivo.

Isabel, sola, tiene que comenzar una nueva vida en la ciudad. De cómo la vive y que hace esos siguientes años no podemos deducir nada. Saleta suspiró, como diciendo, menos mal….

Solamente sor Isabel, da tres fechas en su relato, 1499, año en el que abraza la fe cristiana, y comienza una peregrinación a Santiago de Compostela, 1505, en el que toma los hábitos en el convento de Santa Clara, y la ya mencionada 1549, cuando ya anciana decide escribir su testamento a las puertas de la muerte.

De algunas frases del último folio sor Ángela y Saleta dedujeron los últimos días de la monja:

Enferma y anciana, Sor Isabel tiene una deuda con su pasado, nunca había revelado a nadie donde se encontraba el legado que Boabdil le había entregado. Saleta pensaba incluso que probablemente tampoco había revelado cual había sido su autentica vida. Así la monja escribe este testamento, cosa inhabitual en una priora y menos de una orden pobre, para de alguna forma dejar atado ante los hombres, lo que seguramente ella ya había dejado bien atado ante Dios.

 Manda llamar como testigos a dos monjas y una novicia, procedentes de grandes familias nobles, al confesor del convento, fray Honorato de Abraldes, y al medico que la atendía, don Alfonso García Taboada. No les hace leer el texto, solo les dice que se trata de sus últimas voluntades, y después de firmar ella misma, firman todos.

 Esa misma noche, como la anciana puede, se levanta de su cama; mete los papeles en una vasija de barro que ya había preparado para ello, la sella y baja al huerto. Y tal como había hecho más de cincuenta años atrás, en algún lugar de la sierra granadina con aquellas joyas, cava un hoyo en un rincón apartado y la entierra.

¿Qué buscaba al enterrar su secreto? Probablemente que pasaran los años, muchos años, quizás buscando una época más tranquila donde se pudiera recuperar su legado sin riesgo.

Al terminar esta reflexión, Saleta se levantó y encendió las luces. Las monjas permanecieron en silencio, con los ojos enrojecidos, hasta que una de ellas rompió a aplaudir, y todas la siguieron con entusiasmo.

 Sor Encarnación se puso en pie, y con un gesto de las manos indicó que se guardara silencio. Se volvió hacia la narradora y su ayudante y les agradeció profundamente el trabajo que habían realizado. Y después de una de aquellas pausas dramáticas que tanto le gustaban, habló serenamente:

- Hermanas, estamos ante una gran historia; la de esta mujer, que forma parte de nosotras mismas.  - ¡Una santa! exclamó una de las monjas -  Creo que el legado que nos trasmite sor Isabel es encontrar lo que ella escondió de joven en Granada, y hacer justicia a su memoria, pero sobre todo lo que nos debe interesar es encontrar la verdad. Saleta me gustaría que nos dieras tu opinión sobre todos estos hechos.

La joven se puso en pie, tomo aliento, miró a cada una de sus espectadoras y les dijo que había demasiadas cosas poco claras. El texto debía ser analizado por especialistas grafólogos para llegar a una buena datación del mismo, aunque comparándolo con documentos de la época, que había consultado en la biblioteca de la universidad, podía decir que creía realmente que era de mediados del siglo XVI. También comentó que sobre el reino nazarí hay muchas publicaciones, y que ninguna hace referencia a este personaje, aunque la narración del entierro de la reina Morayma es fiel a lo descrito por otros cronistas de la época.

- Se hace necesario en este punto recurrir a especialistas en este periodo. Por lo que he decidido, después de Semana Santa, tomar dos semanas de vacaciones y viajar a Andalucía, para entrevistarme con algunos antiguos compañeros y buscar información. Las monjas asintieron en silencio. Y sor Encarnación con solemnidad le dijo que Dios la ayudaría a encontrar la verdad, y que rezarían por ella.

 


Capítulo V

El viaje

 -  Hola, ¿Tomás?

- ¿Qué tal?

- Soy Saleta, ¿qué tal estas?

- Ya te conocí, todavía tengo tu teléfono en la memoria...je je, ¡menuda sorpresa!

- Veras dentro de unos días voy a Andalucía, y me gustaría, si es posible….no se que te parece, vernos y tomar un café…

 Saleta recordaba esta conversación de hacía unos días mientras volaba desde Santiago a Sevilla. Tomás se había comportado con una familiaridad que la había dejado realmente sorprendida. Sabía como era el carácter de Tomás, le había venido a la memoria nada más oír su voz, y eso que eran ya ocho los años que pasaban desde la última vez que la había escuchado.

Cuando Saleta llego a Granada con 23 años era la primera vez que salía de casa de sus padres y todo resultaba fascinante, la ciudad, la Escuela de Biblioteconomía, los compañeros. La joven vivió unos meses en los que le parecía que era otra persona. Era cuestión de tiempo que alguien se cruzara en su vida, y que con una sonrisa le despertara el amor. Ese fue Tomás; de piel morena, con el pelo negro y tan rizado que se le pegaba a la cabeza como un casco, y con sus ojos marrones que miraban con una ingenuidad a la que Saleta no pudo resistirse.

 Así empezaron un noviazgo, que fue prolongándose durante los tres años de estudios en Granada. Cuando Saleta volvió al norte la relación empezó a enfriarse, sin que ninguno de los dos lo quisiera reconocer. Así que cuando la joven, después de una discusión telefónica, quiso darle una sorpresa y se plantó en su casa de Granada sin avisar, se lo encontró con otra mujer.

Después había hablado con él  alguna vez más, por teléfono, para llegar a una ruptura más civilizada, y luchó para que cayera en el olvido y poder seguir viviendo. Es ley de vida.

Se sorprendió de que todavía conservara su teléfono. Tomás le habló con la naturalidad de quien se ve a menudo. Se había casado, tenia dos hijos y era profesor titular en la Universidad de Sevilla, ciudad en la que vivía felizmente con su familia. Saleta no pudo contar tantas cosas sobre su vida, y sobre todo le pareció ridículo decirle que el verdadero motivo de su viaje era el fantástico encargo de unas monjas que buscaban un tesoro en Granada.

Se hospedó en el centro de la ciudad, en un pequeño hotel al lado de la Giralda. Era le segunda vez en su vida que estaba en la ciudad, y a diferencia de lo que suele pasar con el tiempo, que todo nos parece más pequeño, a Saleta todo le pareció enorme, la torre, el río, las plazas… La ciudad se desperezaba de la Semana Santa. Las mangueras de agua caliente limpiaban la cera de las calzadas, por las que los coches resbalaban. Y todo se preparaba ya para pasar la Feria de Abril la próxima semana.

Tomás fue a buscarla al hotel, la primera impresión que le dio a Saleta es que seguía siendo un hombre atractivo, aunque lo encontró más corpulento, más maduro. Las canas marcaban destellos en su pelo rizado. Él sonreía continuamente, y hablaba sin parar, en media hora la puso al día de toda su vida.

 Saleta se dejó llevar por las calles, de pronto Tomás se detuvo delante de un portal, abrió la puerta y le dijo: Adelante.

Alicia, la mujer de Tomás, la recibió como si la conociera de siempre, y después del abrazo y los besos, le presentó a sus hijos antes de que se fueran a dormir. Saleta estaba descolocada. Habían preparado una cena para ella en la terraza de su casa.

Lo curioso es que según la conversación fue progresando Saleta se encontró cada vez más cómoda, solo en dos ocasiones se  sintió un poco cohibida. La primera cuando observando a Alicia comprobó que diferentes eran. La sevillana estaba impecablemente vestida, maquillada y peinada, como rara vez Saleta se ponía, realmente como rara vez se veía a una mujer así en Santiago. La segunda cuando Alicia le dijo que trabajaba para la policía. Saleta de repente, como si fuera una delincuente de incógnito, se quedo muda. El matrimonio, percatándose de ello, se rió sin parar.

Desde la terraza, tomando una copa después de cenar, y mientras Alicia fue a vigilar como dormían los niños, Tomás le preguntó seriamente cual era el motivo de su viaje a Andalucía.

Saleta le comentó si recordaba todas las historias que le contaba sobre el reino nazarí. Tomás sonrió, y con nostalgia le confesó que las consideraba cosas de la adolescencia, cuando pensaba que el antiguo reino daba a los granadinos una entidad histórica diferente al resto. Saleta se mostró confusa, pero insistiendo, le preguntó qué si él se consideraba un especialista en el tema. Tomás contestó que no, que solo sabía lo que cualquier universitario de Granada.¿Has oído alguna vez que miembros de la familia de Boabdil se convirtieran al cristianismo, en concreto alguna hija del rey? Tomás se puso serio y le respondió sin dudarlo - Nunca oí tal cosa, pero por lo que sé de Boabdil creo que jamás permitiría que una hija suya abjurara.

Veras – continuo – la política de los Reyes Católicos sobre su nuevo reino pasaba por una unidad religiosa, convencidos que la homogeneidad era más fácil de gobernar que un panorama multiconfesional. Así, aunque en las capitulaciones firmadas con Boabdil se compromete Castilla a permitir que la población del reino de Granada continué con sus tradiciones, su religión y su lengua, la realidad es que poco a poco se presionará para que abrace el cristianismo, y se acabarán usando métodos de coacción para conseguirlo. Hasta que se llegua a decretar la conversión o la expulsión, como había ocurrido con los judíos años antes.

 Las conversiones al cristianismo fueron numerosas, tanto en el pueblo, como en las clases altas, incluso nobles. Pero miembros directos de la familia de Boabdil no. En Al-Andalus casi no se manifestaron herejías al Islam. La familia real nazarí y la nobleza practicaban la rama maliquí, de profunda ortodoxia, y se sabe que tanto Boabdil como su mujer eran muy religiosos, por lo que me cuesta creer que algún hijo suyo abandonase el islamismo. Pero, además…de qué hija hablas. Boabdil solo tuvo dos hijos varones. Saleta puntualizó que eso es lo que decían los textos, pero que podía existir la posibilidad de tener más hijos, aunque fuera de otras mujeres o concubinas. Tomás fue enérgico: Todos los cronistas de la época señalan que Boabdil solo se casó una vez, incluso después de enviudar no volvió a casarse. Y hay muchos testimonios que hablan del amor que este matrimonio se tenía. Además tampoco creas que el rey tenía mucho tiempo para más mujeres, de hecho se pasó más tiempo guerreando contra todos, que atendiendo a su mujer. Y una cosa más, en el reino nazarí había muchas costumbres que se habían copiado de sus vecinos castellanos, entre ellas la monogamia, prácticamente nadie tenia más de una mujer.

En ese momento entró Alicia en la terraza, y abrazando a Tomás les preguntó de qué hablaban. Tomás guardó silencio, le daba la impresión de que Saleta quería mantener este tema con confidencialidad. Pero Saleta le contestó: Veras, estoy haciendo un trabajo sobre unos documentos encontrados en una biblioteca de un convento en Santiago que hablan sobre la llegada a la ciudad de conversos procedentes de Granada. Y la verdad es que llegué a un punto donde me es difícil interpretar lo que dicen. Alicia se mostró muy interesada por el tema. Los documentos están muy dañados por la humedad y muchos de ellos son prácticamente ilegibles.

 Alicia le comentó que precisamente ella trabajaba en temas similares de alguna manera. Diplomada también en Biblioteconomía y experta polígrafa, trabajaba en el laboratorio de la policía científica sevillana. Rara vez se enfrentaban a textos de más de 50 años; generalmente trabajaban sobre notas y documentos actuales, para verificar la autoría; pero en ocasiones tienen que someter los documentos a tratamientos especiales para leer bajo las manchas de cualquier tipo. A Saleta se le iluminó la cara, si pudiera recurrir a un laboratorio de este tipo quizás podría leer el testamento de una forma completa. Saleta le comentó, medio riendo, que igual le tenía que acabar pidiendo ayuda, a lo que Alicia respondió que sin ningún problema lo hiciera.

Después dirigiéndose a Tomás le pidió que le recomendara algún especialista en la historia del reino nazarí. Tomás empezó a nombrar a todos los profesores de la Facultad de Historia de Granada. Saleta rió, los conocía a todos, y de la mayoría ya había leído sus libros y estudios. No era lo que buscaba. Ella quería saber si conocía a alguien, que siendo experto en el tema no estuviera ligado a la Universidad, ni a la Consejería de Cultura, ni a la prensa…Tomás rió ¡en que misterio estará metida la gallega!

De pronto a Tomás le vino alguien a la cabeza.

-  Sí, ya esta, ya sé quien te puede ayudar de una forma discreta, si es que quiere claro. Cuando llegue a Sevilla hace siete años había un chaval acabando una tesis, de Historia del Arte, era sobre el arte nazarí fuera de la ciudad de Granada. José Manuel creo que se llamaba, y digo creo por que todos lo conocíamos por su apodo,”Lillo”. Todo un carácter. Su trabajo fue muy bueno, conoce todo el reino nazarí de rincón a rincón, hizo un trabajo de campo excelente. Sorprendentemente no se quedó en la Universidad. Me lo encontré hace poco, trabaja como relaciones públicas en una empresa en el Centro Empresarial de la Cartuja.

A la mañana siguiente, Saleta fue al despacho de Tomás en la facultad, y este ya le tenía sobre la mesa la tesis del Lillo. Saleta se fue con ella a la biblioteca y se pasó todo el día leyéndola. Desde luego este hombre había recorrido todo el territorio del antiguo reino, y describía los castillos y antiguos edificios que quedaban de esa época meticulosamente. Le gustó. Cuando a la tarde entregó la tesis a Tomás, le dijo que mañana intentaría encontrarlo en su trabajo.

Se fue al hotel paseando, recorriendo la ciudad como cuando recorría Santiago; fijándose en las rejas llenas de geranios; en los naranjos que empezaban a romper en flor; en las imágenes de las vírgenes, hechas en azulejos, que aparecían por todos los rincones. Cuando llegó a la plaza, enfrente a la Giralda, esta ya estaba iluminada, y el resplandor dorado de la torre, el aroma a azahar, y la lejana música de una guitarra que llegaba hasta ella, la transportó a un mundo muy distinto a las frías piedras compostelanas

 


Capítulo VI

 El Encuentro

 Ese viernes, sorprendentemente, la lluvia hizo su aparición en Sevilla, rompiendo la que parecía su eterna primavera. Cuando Saleta salió del hotel no se percato de ello; la lluvia era algo cotidiano en estas fechas en su ciudad, pero los sevillanos corrían por la calle buscando donde guarnecerse, entre la sorpresa y la admiración del fenómeno meteorológico. A la joven le costó encontrar un taxi, y sin paraguas, se empapó con aquella agua cálida, tan diferente a los chaparrones gallegos. Su melena rizada se pegó a su cara y a su cuello, a pesar de intentar usar como cobijo su cazadora vaquera. Así con los brazos en alto sujetando la prenda, buscaba de una esquina a otra de la calle un taxi que la llevase a La Cartuja.

Cuando llegó al edificio que había albergado dependencias de la Exposición Universal de 1992, reciclado como sede de diversas empresas, sé dirigió a la recepción y, un poco nerviosa, le preguntó a la joven que se encontraba detrás del mostrador donde podía encontrar a José Manuel Ruiz De Vega. La joven con una sonrisa encantadora le pidió un dato fundamental ¿en qué empresa trabaja? Saleta iba a empezar a dar explicaciones absurdas para justificar que no sabía nada más de él que su nombre, pero se le ocurrió, en un ataque de andalucismo, comentarle que era conocido por el Lillo.

La recepcionista se rió, claro que conocía al Lillo - Precisamente acaba de pasar detrás de usted hacia fuera. Saleta dio las gracias apresuradamente y salió corriendo del edificio, hasta que observó como un grupo de personas subía a un coche. Él más joven de ellos sostenía un paraguas, protegiendo al resto del grupo mientras entraban en el vehículo. Cuando Saleta llegó junto a él corriendo, este ya había cerrado la puerta trasera, y se dirigía a sentarse como conductor.

Hola, ¿José Manuel Ruiz? – el hombre le respondió con una sonrisa educada – Me llamo Saleta Lago, trabajo para la Universidad de Santiago de Compostela, y me gustaría poder hacerle una entrevista sobre su tesis doctoral. Saleta soltó este párrafo que llevaba ensayado a tal velocidad que era difícil entender lo que había dicho. ¿Saleta? ¿Te llamas Saleta? Nunca había oído ese nombre, le contestó. La joven se puso nerviosa, era evidente que sólo había escuchado la primera frase de su petición. Se quedó callada, mojandose bajo la lluvia, sin saber que decir, sólo murmuro: Es un nombre gallego... Lillo se acercó a ella y la tapó con su paraguas, y el olor de su colonia invadió el limitado espacio que los separaba. Ayer he leído tu tesis doctoral – comentó la joven tímidamente. Él se quedó sorprendido, mirándola con incredulidad – Me gustaría hacerte unas preguntas sobre ella, estoy haciendo un trabajo sobre el reino nazarí, y Tomás Cifuentes me dio tu nombre.

Veras, ahora estoy trabajando...  - Saleta le interrumpió -  Claro, perdona, es que no sabía como localizarte de otra manera. No digo que hablemos ahora, me refiero a que pudiéramos tomar un café cuando tengas un momento libre. Él la miraba con el semblante serio, pero con una sonrisa en los ojos, sorprendido y a la expectativa de lo que la joven dijera. Saleta sin más, como si quisiera acabar pronto esa molesta situación, sacó de su bolso un pequeño bloc y anotó su teléfono. Se lo entregó pidiéndole por favor que la llamara. Lillo tomó la nota y la guardo en el bolsillo de su pantalón, asegurándole que así lo haría. Cerró el paraguas y subió al coche, y cuando salía del aparcamiento, miró atentamente a Saleta, que, bajo la lluvia, lo miraba  y se empapa.

Cuando llegó al hotel el sol había vuelto sobre la ciudad, y los turistas florecían por la plaza. Se cambió de ropa y decidió visitar los Reales Alcázares antes de comer. Cuando estaba en el Patio de Banderas dispuesta a entrar, sonó su teléfono. Lillo le proponía cenar juntos, así tendrían más tiempo para charlar; además era viernes, un buen día para salir de noche. Saleta aceptó y quedaron en verse en la puerta del hotel a las ocho y media.

La inesperada cita hizo que no pudiera prestar atención al edificio. A los pocos minutos volvió a sonar el móvil, y para completar las sorpresas se trataba  de Alicia. Le proponía salir por la tarde y tomar un café. Saleta estaba desbordada al ver su agenda tan completa, e intuía que el día iba a ser muy fructífero para su investigación.

Saleta paseó tranquilamente hacia Triana, y se sentó en una terraza de la calle Betis, donde esperó a Alicia. La vista de la ciudad desde allí parecía una postal. Cuando llegó la sevillana las dos mujeres comenzaron a conversar sobre sus respectivas ciudades, sobre los niños a los que acababa de dejar en casa de su madre, y después sobre Tomás.

Alicia le comentó que sabía como había sido su ruptura. Saleta sin perder la sonrisa le aclaró que todo estaba ya roto antes de llegar aquella tarde por sorpresa a su casa, y que eso sólo había sido el último elemento que le abrió los ojos.

- Claro que me molestó, son esas cosas que crees que nunca te van a pasar a ti, hasta que un día te pasan. Me sentí muy mal, no puedo negarlo, pero con el tiempo lo superé, mucho antes de lo que yo creía – Saleta le hablaba con sinceridad, como si fueran viejas amigas – si bien es cierto que perdí parte de la confianza que tenia en los hombres. ¿Hace mucho tiempo que conoces a Tomás?

Alicia le contestó que al año de acabar la relación entre ella y Tomás, se conocieron en la facultad, en Granada. Ella estudiaba el primer curso de Biblioteconomía y él estaba acabando su tesis. A los dos años se casaron, Tomás consiguió la plaza de profesor en Sevilla, y ella empezó a hacer trabajos para la policía científica, hasta que la hicieron fija.

Saleta aprovechó la ocasión para mostrar mucho interés por su trabajo y sacar el tema de los documentos ilegibles. Alicia le contó las técnicas de las que disponían. Como mediante la aplicación de marcadores radiactivos específicos de determinados compuestos de las tintas, y fotografiando luego los documentos, como si se les hicieran radiografías, sé podía leer los textos que permanecían ocultos bajo manchas. Incluso aunque quedase solo el leve surco de la pluma en el papel se encontraban restos de tinta inapreciables a la vista, que por este método se hacían visibles.

Se quedaron de repente en silencio. Saleta pensaba en que esa era la auténtica solución al testamento, leerlo claramente. Alicia dándose cuenta del estado de Saleta le pidió que le contara que le preocupaba. Veras, los documentos que encontraron en el convento de Santiago pertenecen a las monjas, y me han pedido que, en confianza y discreción, los descifre, pero sin recurrir a ningún estamento oficial... Alicia la interrumpió: Lo entiendo, si algo he aprendido en estos años de trabajo es que hay auténticos cazadores de estas rarezas, sin escrúpulos. Nunca debes de dejar un libro antiguo, ni nada de valor en manos de estos llamados especialistas, nunca te lo devolverán. Se creen que ellos son los designados a guardar estas cosas; en realidad la posesión de restos arqueológicos, libros antiguos u objetos de arte los hace más poderosos en la comunidad científica, y generalmente nunca aportan nada nuevo, solo los almacenan para su propio disfrute. Te propongo una cosa, trae los documentos al laboratorio, un día que no se este trabajando, nos las ingeniaremos para despistar a los técnicos, la mayoría de ellos me deben favores similares, y en una tarde los procesamos.         La semana que viene es la Feria, y por las tardes no abrimos, solo hay un técnico de guardia. Si quieres podemos intentarlo. Saleta le dijo que le agradecía mucho su ofrecimiento, que lo tendría muy en cuenta, pero que esa decisión deberían tomarla las propietarias del texto, con las que hablaría en cuanto pudiera.

Eran las seis de la tarde y caminaban por el puente de Triana. Alicia se interesó por como le había ido con Lillo, y le contestó que habían quedado para cenar ese mismo día. La sevillana, con ironía, le preguntó si era guapo. Saleta, tomándose en serio la pregunta, respondió sin dudarlo: Sí, muy guapo. Y con cierta vergüenza, le pidió, si no le importaba, que la acompañara a alguna tienda a comprar algo de ropa. No había calculado tener en su viaje ninguna cita. Alicia dijo que sí encantada, precisamente esa era una de sus aficiones favoritas. Las dos mujeres rieron y se dirigieron a la zona comercial del centro.

Se detuvieron delante de aquel escaparate. Esta es genial, pero muy cara. Entraron. Saleta no estaba acostumbrada a este tipo de tienda. Su decoración intimista la hacia sentirse cómoda; los muebles oscuros donde se mostraba la ropa con familiaridad, como si no estuviese a la venta; las grandes lámparas de pantallas rojas que bajaban hasta las mesas, iluminando los bolsos y carteras que allí se ordenaban; las impecables dependientas vestidas de negro, con su pelo recogido en coletas y su sonrisa imperturbable; todo esto hizo que Saleta sintiese, quizás por primera vez en su vida, el deseo de ser de otra manera, y después de dejar allí varios cientos de euros, creía que empezaba a serlo.

Al salir, Alicia, con cara de satisfacción, la llevó a su peluquería, donde por ser buena clienta, las atendieron sin tener reservada cita. Así la melena rizada y desordenada de Saleta se transformo en suaves ondulaciones que caían descuidadamente enmarcando su cara, moviéndose con gracia, dando un estilo elegante que la joven nunca había tenido.

Se despidieron cerca del hotel. Saleta le dijo que la llamaría y que ya le contaría, refiriéndose a los documentos, pero Alicia interpretó que hablaba de la cita de esa noche, y con entusiasmo le dijo que mañana mismo esperaba un parte detallado. Se rieron. Saleta subió a su habitación apresuradamente, tenia apenas media hora para estar lista y cada vez su taquicardia era mas manifiesta.

Cuando faltaban cinco minutos para las ocho y media, ya estaba en el hall del hotel, y para su sorpresa, Lillo la estaba esperando; aunque cuando la vio acercarse a él, sonriendo, no la reconoció. Miro a la mujer que se aproximaba a él como la miraron todos los que estaban allí. Saleta enfundada en aquel vestido de color oxido y chocolate, con un pequeño escote en forma de agujero en el centro de su pecho, caminaba firmemente, a pesar de los tacones que nunca usaba. Levemente maquillada, no tenía nada que ver con la mujer que estaba bajo la lluvia esa mañana. Todos los detalles estaban cuidados meticulosamente, desde el broche de color turquesa que llevaba en el cuello hasta el ligero chal que sostenía en sus brazos.

 Lillo se ruborizó cuando se dio cuenta que no la había reconocido, y esperaba que ella no se percatara de su despiste. Precisamente él se había librado de su traje, y se había puesto unos vaqueros. Pensaba que por suerte al final había decidido ir en camisa y chaqueta, así desentonaba menos con aquella misteriosa gallega, y empezó a preocuparle donde llevar a una chica así vestida.

Bromearon mientras caminaban alrededor de la catedral, hasta que llegaron a las primeras terrazas de la calle Alemanes. Prefirieron las barras de los bares y no las mesas en la calle. Su conversación giraba en torno a la ciudad, y cada vez que Saleta, imitando a Alicia, alababa algo típico de Sevilla, el Lillo lo criticaba.

 La Semana Santa todo un espectáculo para Alicia, suponía un sinfín de problemas de trafico para Lillo. El olor a azahar estaba camuflado por el de los tubos de escape de los coches. La Feria, a la que Lillo tenía que ir aunque no quisiera por su trabajo, sólo era para él malas tapas y flamenco rancio.

 Saleta se dio cuenta que su acento era muy poco marcado, y se lo hizo ver. Él le dijo que no era de Sevilla, que había nacido en Huelva, y que vino a la ciudad a estudiar y ya se quedó, y que, además, su padre era castellano. Cuando Saleta le dijo que entonces él era solo medio andaluz, Lillo muy serio le aclaró que de eso nada, que era andaluz como el que más, pero que intentaba ser objetivo, sobre todo con esa ciudad. Saleta cambio de tema, no quería enfadar a su anfitrión: ¿Por qué estudiaste la arquitectura del periodo nazarí? – Lillo le contestó sin dudarlo – Era un tema del que no  había  mucha información en la Universidad de Sevilla. Saleta le puntualizó: Y por qué fuera de la ciudad de Granada, cuando lo más importante está en ella. Lillo volvió a ser contundente: Siempre me gusto ser original.

 


Capítulo VII

La Noche

 Entraron en unos antiguos baños árabes convertidos en restaurante italiano. Lillo no podía haber elegido mejor el sitio. La penumbra del local, el rumor de la fuente y las antiguas yeserías transportaban a los comensales a otra época de la ciudad. Desgraciadamente, cuando se subía al piso superior la decoración se iba transformando en el típico pastiche italiano; pero ellos escogieron una mesa abajo, en un rincón apartado y tranquilo.

Cuando estaban ya cenado el preguntó qué quería saber sobre el reino nazarí, la joven riendo le contestó que todo. Cuando él suspiro, Saleta le aclaró que no, que era broma, que en realidad estaba interesada en los últimos años y en la caída del reino. Lillo le dijo que su especialidad era el arte nazarí, no las cuestiones históricas, pero de todas formas le haría un resumen.

Bueno, como sabes el reino nazarí comienza a mediados del siglo XIII, en una situación política caracterizada por un vació de poder, los caudillos se alzan en todas las ciudades de Al-Andalus, y la legitimidad se impone por la fuerza. El fundador de la dinastía, Mohammed I, perteneciente a la familia Nasr, sólo fue más fuerte y más hábil que otros cabecillas. El reino vivió sus dos siglos y medio de vida en continuas luchas internas, muchas de ellas entre miembros de la propia familia gobernante y sobre todo bajo la presión cristiana de Castilla y Aragón, al principio por separado y al final conjunta.

 Ella le preguntó si conocía bien todo el territorio nazarí.

-  En los momentos de su fundación comprendía lo que iba desde el reino de Murcia, en manos ya de los aragoneses y los territorios sevillanos conquistados ya por Castilla. Es decir las provincias de Granada, Málaga y Almería, y parte de las de Cádiz y Jaén. Claro que esto variaba según el momento de contienda en el que estuviera, perdiendo y ganado plazas…si bien con los años se fue reduciendo, hasta que al final solo quedó Granada. Yo lo recorrí prácticamente todo en los últimos años de carrera y mientras hice la tesis. Decían los cronistas de la época que tenia catorce ciudades y noventa y siete villas.

Y qué se conserva de ese periodo -  preguntó interesada Saleta. Lillo, que ya había cogido confianza y le hacía gracia ser entrevistado, continuó con su clase magistral – La Alhambra y el Generalife, y para eso muy distintos a lo que fueron en su día, contestó rápidamente y con ironía. Veras la arquitectura andalusí fue cambiando a lo largo de los siglos, como si reflejaran la seguridad de permanencia en esta tierra. Así en la época califal de Córdoba se usaba la piedra; en la de los almohades de Sevilla, el ladrillo; y en la nazarí, el yeso, el estuco, la decoración primó sobre la solidez. Los palacios nazaríes estaban ricamente adornados con yeserías policromadas, con artesonados de maderas nobles, con azulejos esmaltados, con vidrieras, y lujosamente vestidos con sedas, alfombras, cojines y muebles que llenaban de lujo las estancias; y en el exterior las fuentes, los jardines y acequias provocaban la misma sensación. Saleta se estaba transportando a uno de esos jardines mientras la calida voz de Lillo los describía. La música de fondo y el murmullo de la fuente eran la banda sonora ideal para la narración.

  El problema que esto supone para estudiar ahora esta arquitectura es que se ha perdido prácticamente toda. Entre la mala conservación que los ocupantes cristianos hicieron de los edificios, el fundamentalismo religioso católico que hizo derribar mezquitas, la mala calidad de los materiales de construcción, y muchos años de abandono, la mayor parte del legado arquitectónico nazarí se perdió. Sabes qué la Alhambra estuvo abandonada desde el siglo XVIII al XIX, habitada por bandoleros y mendigos, sin que ninguna autoridad hiciera nada por ella, pues imagínate otros castillos de pequeñas localidades. Era frecuente que cuando me desplazaba a algún pueblo donde según una crónica existía un castillo, palacio o mezquita, no encontrase nada, a veces ni las ruinas. Otras veces se podía intuir que alguna parte de la iglesia había sido la antigua mezquita, pero edificios conservados…casi nada.

Saleta risueña, le comentó que entonces su tesis había sido fácil de hacer, era sobre algo que ya no existía. Lillo se rió sorprendido del humor de la chica del norte, y le aclaró que precisamente ahí estaba lo bueno de su estudio: analizar, describir y clasificar los edificios o sus restos que habían llegado hasta nuestros días.

¿Y Boabdil? – Lillo la miró con severidad y con una sonrisa le dijo que tuviera calma, que ya hablaría de él. Saleta le pidió perdón, y le rogó que continuara.

Bueno, nos saltaremos unos doscientos años, no quiero que te aburras…Boabdil, llamado "el chico" para diferenciarlo de su tío con su mismo nombre, era hijo del sultán Abu-I-Hassan Ali, más conocido por Muley Hacén, y de su legítima mujer, Aixa, la cual sembró siempre la disputa entre padre e hijo, al ser abandonada por su esposo cuando este se enamoró de una cristiana cautiva, Isabel de Solís, que abrazó el islamismo como Zoraida o Zoraya.

 Así el joven Boabdil se enfrentó continuamente a su padre y a su tío, y como no, a los cristianos. Le tocó vivir los últimos años del reino, y quizás no fue un hábil estadista, pero tanto la situación histórica, como la suya personal fueron muy complicadas. Continuamente se vio obligado a pactar con los castellanos, incluso tuvo que dejar a su hijo como rehen para que los Reyes Católicos le dieran su libertad cuando fue hecho prisionero. Atado por esto, presionado por sus enemigos dentro de su familia; sin querer quedar ante su pueblo como un renegado; soportó el asedio de la ciudad, que estaba superpoblada, al ir refugiándose allí gentes escapadas de otras plazas tomadas ya. No le quedó más remedio que entregar la ciudad, y por lo menos lo hizo sin derramamiento de sangre.

Nada de esto suponía algo nuevo para Saleta. Aprovechando una pausa en la que Lillo apuró su copa de vino, le pidió que le hablara más sobre la vida privada de Boabdil, y sobre todo de su mujer Morayma. Cuando hizo este comentario, la joven notó que Lillo cambió el gesto durante unos segundos, como si acabara de oír algo que estaba esperando, pero enseguida, sonriendo, preguntó: ¿Te gustan los culebrones…eh?

Morayma era hija de Ali Athar, o Aliatar, señor de Loja. Este era un comerciante de especias, que pasó a ser general e  incondicional aliado de Boabdil  en sus disputas internas y externas. Se dice que estaba arruinado por costear las luchas del rey, hasta el punto que cuando Morayma, a los quince años, se casó con el príncipe, tuvo que pedir prestado el vestido y las joyas. Es un personaje más desconocido que su marido, pero igualmente envuelto en la leyenda romántica. Vivió en la sombra, abandonada por su esposo durante las múltiples guerras, oprimida por su suegra que era muy dominante, y recluida en un carmen la mayor parte de su vida de casada.

¿En un carmen? - Saleta lo interrumpió -  Es como se llama en Granada a una pequeña casa con jardín y huerto. Morayma era recluida en el carmen por su suegro cuando su marido salía a batallar.

 A Saleta le vino a la cabeza el testamento de sor Isabel, y comprendió lo que en él ponía de la casa y el huerto donde estaba la reina. La joven le preguntó qué si la reina estaba totalmente sola en ese lugar. Como saberlo - contestó Lillo - es de suponer que una mujer de su elevada posición tenía derecho a poseer servidumbre que debía ser pagada por su marido.

 Saleta le comentó si en Granada existía una corte similar a la castellana. Lillo le aclaró que no tenía nada que ver. Las mujeres vivían en el harem, la parte intima y privada del palacio, y no existían damas de la reina como en las cortes cristianas. En el harem vivían la madre del sultán, sus hermanas solteras, sus esposas, si es que tenia más de una, sus concubinas, y sirvientas y esclavas. Podían ser frecuentados por otras mujeres, comadronas, costureras, vendedoras de abalorios y ungüentos, poetisas y profesoras que enseñaban el Coran.

Si el sultán tenia alguna amante preferida podía alojarla en otra parte del palacio, y si a su mujer le molestaba mucho, incluso la mandaba a otro fuera de la Alhambra. Mientras fue sultán Muley Hacén, no le gustó mantener en su harem a su nuera mientras su hijo se revelaba contra él, de ahí que la enviara a un carmen. Después, siendo ya sultán Boabdil, Morayma con su primer hijo de apenas un año, Ahmed, se retirará al carmen mientras este cae prisionero de los Reyes Católicos en la batalla de Lucena, en la que por cierto muere su padre Aliatar. Después de varios meses el sultán es liberado teniendo que dejar a su hijo como rehén con dos años de edad. Es probable que incluso su segundo hijo, Yusuf, tuviera que servir también de rehén cuando Boabdil vuelve años más tarde a caer nuevamente prisionero.

 Hay constancia del pequeño Ahmed en la corte castellana, donde era conocido por el Infantico, tal como lo llamaba la reina Isabel. Morayma no vuelve a tener a sus hijos con ella hasta la caída del reino, cuando ya está en su exilio en la alpujarra almeriense, nueve años después.

Saleta escuchaba a Lillo con admiración. Era un buen narrador, parecía conocer esa historia perfectamente. Le preguntó si Morayma había tenido alguna hija, aunque ya suponía la respuesta. Lillo le dijo que no, que solo se sabía de estos hijos, y que realmente no tuvo mucho tiempo para tener más. Prosiguió con la narración:

- Boabdil pacta en secreto la rendición de la ciudad con los Reyes Católicos después de un largo asedio. Isabel había decidido hacerse con Granada sin tener que usar métodos destructivos como había pasado en otras villas. Esto hizo que la rendición se dilatara en el tiempo, tanto que los cristianos fundaron una ciudad campamento, Santa Fe, para esperar con calma. Granada con superpoblación se debilitaba, y el sultán comprendió que todo había acabado, pero tenía miedo a que las fracciones más extremistas no permitieses una claudicación sin lucha, por eso que las negociaciones fueron secretas. Una noche antes de la entrega de las llaves, soldados cristianos entran en la Alhambra y toman posiciones por toda la fortaleza. A la mañana siguiente el rey entrega la ciudad a los Católicos. Boabdil con su familia se retirará al carmen preparando su marcha hacia el exilio.

Cuando Lillo hizo una pausa se percibió el silencio del pequeño comedor en el que estaban. Saleta tuvo la impresión que incluso los clientes de alrededor lo estaban escuchando embobados y esperaban que continuara.

Era el dos de enero de 1492. Las capitulaciones firmadas daban a Boabdil un feudo en el reino de Granada, para él y sus descendientes, que se componía de diversas villas como Berja, Andarax o Marchena. Se le permitía salir con su familia y sequito, y con toda su fortuna personal, que por cierto se recoge en un documento y era un buen tesoro; los propios reyes católicos pusieron a su disposición dos carretas de bueyes para transportarlo. En cuanto a la población de Granada podía seguir conservando sus posesiones, sus costumbres y su religión. Todo era muy civilizado.

Por qué en la alpujarra -  preguntó Saleta -  por qué no lo obligaron a salir de la península ya. Lillo le contestó con sorna. Si lo pudieran hacer desde un principio lo hubiesen hecho. Pero para enviar a un exiliado así a otro reino se requeriría más diplomacia, dándole un señorío se le convertía en vasallo con obligación de obediencia. Y lo de la alpujarra, pues supongo que para tenerlo alejado del mar, que no pudiera ponerse en contacto con los reinos musulmanes del otro lado del estrecho para pedir ayuda. De todas formas está claro que era una medida temporal, que realmente con más calma pretendían mandarlo a África.

Al salir del restaurante pasearon despacio por el barrio de Santa Cruz. A Saleta le parecía un decorado de una película costumbrista. En contraste con el bullicio de la ciudad este barrio parecía anclado en el tiempo, solo los grupos de turistas japoneses rompían el silencio de la noche.

 Saleta le habló de Santiago, Lillo escuchaba en silencio, con una sonrisa enigmática en la cara. Al llegar a la plaza de Santa Cruz se sentaron en un banco. Saleta respiro profundamente, y comprobó que todo estaba impregnado del azahar. Recordó un fragmento de una novela y con cierta teatralidad recito: “Hay en el perfume una fuerza de persuasión más fuerte que las palabras, el destello de las miradas, los sentimientos y la voluntad. La fuerza de persuasión del perfume no se puede contrarrestar, nos invade como el aire invade nuestros pulmones, nos llena, nos satura, no existe ningún remedio contra ella” Cuando iba a regañar a Lillo por haber negado el perfume de los naranjos en la ciudad, este se le adelantó: Ves, aquí sí huele a azahar. Y sus ojos se quedaron fijamente mirando los de ella, hasta que la situación se hizo incomoda, y la joven se levantó.

- ¿Cómo fue el exilio en la alpujarra? Dijo rápidamente para romper el silencio.

Fue un año de relativa felicidad sin duda. Aproximadamente cuando llevaban un mes en Andarax, los Reyes Católicos les devolvieron a sus hijos. Y así dedicaron su tiempo a la caza y otras diversiones palaciegas. Cuando llevaban un año allí, los castellanos empezaron a negociar la marcha de la familia real nazarí a Marruecos. Boabdil aceptó, pero fue dilatándolo, desde febrero de 1493 que firmó las capitulaciones definitivas, hasta el verano. Morayma muere en este tiempo, no se sabe de que. Puede que en julio o en agosto, y a los pocos días de enterrarla, parten para Fez.

Saleta tímidamente, casi susurrando, preguntó donde estaba enterrada Morayma. Lillo no se sorprendió lo más mínimo de su pregunta. Como si no la hubiera oído, continúo su relato.

Antes de abandonar la Alhambra, Boabdil hizo levantar la Rauda, el cementerio real, y trasladó los restos de los reyes nazaríes a otro lugar. No quería que quedaran en suelo cristiano. Eligio Mondújar, apenas a treinta kilómetros de Granada. Allí había un castillo construido por su padre Mulay Hacén, donde este se había retirado tras perder el trono y donde descansaba su cuerpo. Es de suponer que hizo que los restos de sus antepasados reposaran allí juntos. Miró de reojo a Saleta, y se percató de su expectación.

Mondújar…este señorío pertenecía legalmente a Morayma, ya que lo había heredado de su madre, la esposa de Ali Athar. Y fue allí donde se traslado su cuerpo desde Andarax, para enterrarse en el cementerio real que se había creado.

Saleta le preguntó si conocía Mondújar. Lillo satisfecho por su curiosidad le contestó que sí, que había estado allí buscando los restos del castillo. Sabes – comentó lentamente – sabía que acabarías interesándote por Mondújar. Saleta se sorprendió. No eres la primera persona de Galicia que quiere saber más sobre ese lugar.


Capítulo VIII

 El Castillo

con una planta que forma un polígono irregular adaptándose a las condiciones del terreno. La entrada se hace por una abertura que hay en su muro sureste, en recodo, pero no podemos precisar si ésta era la original. Tiene un gran aljibe situado en la parte exterior del recinto. Es de planta rectangular y conserva restos que permiten pensar que es abovedado. También se conservan huellas de enlucido rojo. El aljibe comunica mediante un arquillo de medio punto apuntado de tosca factura y a través de una rampa con el interior del castillo, posiblemente para la conducción de agua”

Antonio Malpica Cuello. “Poblamientos y Castillos de Granada”

 No comprendió bien lo que acababa de decir Lillo. A qué te refieres, preguntó con incredulidad, esperando una de sus bromas como contestación. Me refiero a que es la segunda vez que sé de alguien de Galicia interesado por Mondújar y la tumba de la reina Morayma.

- ¡No me digas! – Saleta no pudo contener su asombro.

Si, pero creo que antes de que te cuente esto, debes de contarme tu algo, ya es hora de que hables un poco tu también. Saleta con cierto temor le preguntó que quería saber. Y el, imitándola le contestó: Todo.

Bueno, veras, tengo cierta amistad con las monjas de un convento de Santiago. Hace unos meses encontraron unos papeles muy antiguos en el convento, y me dijeron si los podía fechar y descifrar. Estaban en muy mal estado, debido a la humedad del lugar donde se guardaron, y solo los pude leer parcialmente. Es una especie de historia sobre una mujer granadina del siglo XV, musulmana que se convierte al cristianismo, y acaba procesando en ese convento.

 ¿Aparece alguna fecha en los documentos? -  Ella iba improvisando la historia, para que, aunque fuera una verdad a medias, resultase creíble - Pues esta fechado en 1549, y realmente por comparación de textos de esa época no pongo en duda su autenticidad.

            Bueno, entonces…por que tu viaje a Sevilla – replicó Lillo con cierto aire inquisidor, como si desconfiara de ella – ¿no hay en Galicia quien te pudiera ayudarte con ellos?

            Veras, le aclaró Saleta, después de licenciarme en historia en Oviedo, estudié Biblioteconomía en Granada, donde conocí a Tomás Cifuentes; decidí venir a verlo para pedirle su opinión. Ya puedes comprender que no quiera recurrir a la Universidad, ni a ninguna persona demasiado pública.

            Bien, más o menos lo comprendo, pero…qué tienen de misterioso el texto de la morisca para que andes con tanto secreto. Saleta sonrió - te va a sonar a broma...veras, en el documento, me pareció entender que esa mujer es…hija de Boabdil y Morayma. De hecho en  una de las pocas partes que se puede leer claramente describe perfectamente el entierro de la reina. A Lillo le pareció interesante su historia, aunque le volvió a aclarar que no podía ser hija de Boabdil.

 Lillo permaneció en silencio unos segundos, pensativo, recordando, y le comenzó a contar su visita a Mondújar hacía ya unos siete años.

Cuando iba a alguna población, a ver un castillo o iglesia, solía dirigirme siempre en primer lugar al párroco del pueblo. Así me lo habían aconsejado en el Departamento. Y la verdad es que fueron muchas y muy gratas las sorpresas que estos señores me daban. Suelen tener las llaves de todos los lugares, y saben quienes son sus propietarios y desde cuando, e incluso te cuentan anécdotas y leyendas relacionadas con el edificio. En fin, generalmente están ávidos de hablar con alguien.

 Al llegar a Mondújar fui a la iglesia y me entreviste con el cura, no recuerdo su nombre ahora, pero era un hombre mayor, próximo a los setenta años, pero muy lúcido. Nos pusimos a hablar de cómo se subía al castillo, que esta a unos dos kilómetros del pueblo, y se ofreció a acompañarme. Por el camino no paró de contarme historias del pueblo, de los vecinos, del tiempo de los moros; muchas eran, evidentemente, leyendas, pero una  me llamó la atención, la historia del “pocero gallego”.

Saleta se rió, sin poder evitarlo. Lillo la siguió; era consciente que estaba adoptando el rol de contador de historias, y forzaba su acento andaluz, y realizaba pausas dramáticas intencionadas, en las cuales, los dos jóvenes se reían.

La historia pasó hace más de doscientos años, creo que en la primera mitad del siglo XVIII. Pues bien, a Mondújar llegó un hombre, procedente de Galicia y se instaló en el pueblo, y nunca decía a nadie que le había llevado hasta allí. Pero el hombre por las noches se dedicaba a hacer pozos. Saleta comenzó a desternillarse, y contagio a Lillo, sus risas rompían el silencio de la plaza. ¿Cómo pozos? - Preguntó Saleta, marcando también su acento gallego, siguiéndole la broma.

Si, pozos. Salía de su casa con una pala y se iba a las laderas del monte sobre el que esta el castillo, y se ponía a cavar agujeros en la tierra. Al principio al pie de los árboles, hacia una especie de zanja rodeándolos, luego ya en cualquier sitio. Los del pueblo lo tomaban por loco, y se reían de él. Pero claro, estas cosas cansan, imagínate como llevaría el tío lleno de agujeros el monte. Además empezó a volverse loco, y después ya hacia sus pozos a cualquier hora y en cualquier lugar. Los vecinos empezaron a insultarlo, y supongo que alguno incluso llegaría a las manos al descubrir una mañana que su huerto, por ejemplo, estaba lleno de los “pozos” del gallego.

 La locura fue a más y el empezó a decir a todos que estaba buscando el tesoro de la reina mora enterrada por allí. Una mañana apareció muerto en el monte, cerca del castillo, en uno de los pozos que había hecho. No se si fue muerte natural o  que algún vecino se había cansado realmente de sus cosas. Está enterrado en el cementerio del pueblo, en la lápida pone su nombre y el año en el que murió.

 Saleta se fue poniendo sería, su intuición le decía que la historia no era sólo una anécdota de pueblo. ¿Encontró el tesoro? Pregunto de repente. Lillo seguía riéndose, y al oír la pregunta se percató de que ella estaba seria -  Huí...no serás tu una pocera gallega…

            Pasearon charlando de vuelta al hotel. Saleta, estaba pasándolo bien, hacía tiempo que no tenía una noche tan agradable. Cuando llegaron delante del hotel ella le dio las gracias, no solo por toda la información que le había dado, sino también por la velada. Lillo con esa sonrisa silenciosa tan característica, le contestó que era fácil pasar una velada así con ella. Quedaron en verse al día siguiente, el buscaría toda la información que tenia sobre Mondújar. Cuando se despidieron, al aproximarse para besarse en las mejillas, como si no pudiera ser de otra forma, con naturalidad, se besaron en los labios, apenas unas décimas de segundo y al separarse, en una pausa que no sirvió para meditar lo que habían hecho, se volvieron a besar, ahora con tímida pasión.

            No madrugó. Cuando se levantó ya no pudo desayunar en el hotel, pero no le importaba, se encontraba eufórica. Se arregló y salió, y en el primer bar que encontró se tomó un café con leche y un mollete de Antequera con aceite de oliva. Pensó entonces en lo que había supuesto para la investigación el día de ayer, y decidió llamar a sor Encarnación para darle el parte.

            Su tía se alegró mucho de oírla, y comprobar que estaba bien. Ella le resumió sus conclusiones, dejándole ya claro, que con seguridad sor Isabel de Granada no era hija de Boabdil.

 Le habló del laboratorio de Alicia. Sor Encarnación se asusto un poco al oír que se trataba de la policía, pero Saleta la tranquilizó. La monja después de meditar un momento, sentenció: Llegado este momento solo nos puede interesar llegar a la Verdad. Tendrás el testamento contigo en unos días.

 Saleta le pidió si podía hablar con sor Ángela, y cuando esta se puso al teléfono, le contó los pormenores de todo lo que había descubierto hasta el momento, y sobre todo le habló del “pocero gallego”. ¿Podía ser que alguien se hubiera enterado de la historia de sor Isabel en estos siglos pasados? Ángela en seguida pensó en el manuscrito perdido de sor Mayor de Caamaño. Saleta le pidió que volviera a estudiar el libro de sor Mayor a ver si habían pasado algo por alto, y quedaron en hablar al día siguiente.

            Después llamó a Alicia, y la sevillana, sin darle opción a replica, le dijo que esa noche cenaban en su casa, ella y Lillo, y que entonces ya hablarían de todo.

Llegaron a casa del matrimonio al atardecer. Lillo con una enorme carpeta llena de papeles y Saleta con dos botellas de vino albariño, para poner un toque gallego en una cena andaluza. Tomás fue el primero en sacar el tema de la investigación de Saleta.

Ella comentó todas las cosas de las que había hablado con Lillo la noche anterior y de sus planes de visitar Mondújar al día siguiente. Anda…Mondújar, el castillo de Muley Hacén – comento Tomás – y…de la cautiva. Alicia preguntó a que se refería, y Tomás, con tono pícaro, respondió que ese castillo había sido el nido de amor del sultán y de su cristiana cautiva Isabel de Solís. Saleta suponía que habían vivido en la Alhambra y le pidió que se explicara. Tomás cedió la palabra a Lillo para que contara la historia de esa pareja.

            Bueno, lo principal ya lo sabéis, Isabel de Solis fue hecha prisionera en una incursión. Era hija de un comendador, y cuando llegó a Granada, el sultán quedó prendado de ella, y, aunque era mucho más mayor que la cristiana, ambos se enamoraron locamente. La convirtió en su favorita. Cuando la reina Aixa empezó a ver que aquello era algo más que un capricho, empezó a conspirar contra su esposo. Isabel abrazó el islamismo con el nombre de Zoraya, y por su parte influye continuamente en el rey para que la convierta en su esposa. Alicia riendo sentenció: Menuda pájara, esa si que sabía adaptarse a las circunstancias.

            Muley Hacén apartó a Aixa de la corte, y Zoraya ocupó su lugar. Fue entonces cuando la sultana humillada empieza a enfrentar a Boabdil contra su padre, para arrebatarle el trono.

 Zoraya se muestra triste y melancólica, y el sultán no sabe como complacerla, pero ella le da la solución: repudia a Aixa y cásate legalmente conmigo. Todos rieron.

 La cautiva, como todos los castellanos, sentía admiración por lo andalusí, y en sus fantasías adolescentes soñaba con un hermoso castillo, apartado de todos, donde vivir su amor con un sultán de cuento.

Supongo que lo que realmente la asfixiaba era la corte nazarí, donde siempre fue considerada como una cautiva, y donde había partidarios de Aixa por todas las esquinas. Así que su amado esposo dispuso construirle un castillo de ensueño, y ese fue el de Mondújar. No se escatimó en nada, toda la decoración era del mayor lujo de la época, y los jardines recordaban a los de la Alhambra. En un principio se planteó como un lugar de residencia veraniega. Allí Zoraya y Muley Hacén recibían a los nobles y altos dignatarios del reino, y todos quedaban deslumbrados por el castillo. Imaginaros como estaría Aixa…

            Saleta le preguntó sino habían tenido hijos, y Lillo le contestó que sí, que por lo menos dos; varones, aclaró enseguida mirándola fijamente. Lillo saco unos papeles de su carpeta y los miro un momento. Saad y Nasr dijo después de leer sus notas.

            Claro que los planes de Zoraya se truncaron cuando su marido perdió el trono, y Boabdil los exilio a Mondújar. Allí murió el sultán, y Zoraya y sus hijos continuaron en el castillo. Parece ser que Boabdil incluye en lo pactado con los Reyes Católicos, la propiedad del castillo para Zoraya  y sus hermanastros.

            Pero lo que más os va a asombrar es que Zoraya, cuando Isabel y Fernando se establecen en la Alhambra, se presenta en su corte. Presentando sus respetos, su obediencia y dispuesta a contar su historia. La reina Isabel, deslumbrada por Granada, que era su obsesión, la escucha, y la mantiene en la corte. La reina estaba viviendo el mundo nazarí que tanto había anhelado y un personaje como Zoraya resultaba pintoresco. Al poco tiempo Zoraya decide volver a su antigua fe, y en una ceremonia donde los reyes figuran como padrinos, vuelve a ser católica, vuelve a ser Isabel de Solís.

 


Capítulo IX 

Los Conversos

Cuando entramos bajo el pacto de su proteccionismo
Apareció su deslealtad violando la resolución
Traicionaron tratados por los que fuimos seducidos
Hemos sido cristianizados a la fuerza con ferocidad
Han sido quemados los ejemplares del Corán que teníamos
Y los han revuelto con basura o con impurezas
Y cada libro en los asuntos de nuestro Din
Al fuego lo han arrojado con burla y desprecio

Fragmento de un poema anónimo escrito en 1502 al sultán otomano Bayazid pidiéndole ayuda para el pueblo granadino

Alicia fue la primera en exclamar: ¡Ya le vale a la Zoraya!, todos rieron. Tomás preguntó a Lillo si sabía que había sido de ella y de sus hijos. Tuvo que volver a consultar sus notas un instante. Pues veras, sus hijos también se hicieron cristianos, gozando de todos los privilegios de la nobleza, el príncipe Saad pasó a ser Fernando de Granada, y uso el título de duque, llegó a ser comandante del ejercito castellano, y su hermano Nars pasó a ser Juan de Granada. Ambos se casaron con nobles castellanas, y emparentaron con las familias de más rancio abolengo.

 Tomás comentó que era curioso que la sangre de los reyes nazaríes continúe hasta nuestros días en la nobleza española. Alicia dijo que no le extrañaba nada, no había más que ver los líos que se traían algunos nobles.

 ¿Entones Isabel de Solís se quedó sola en Mondújar hasta su muerte? Preguntó Saleta. Lillo la miró con cara burlona, había conseguido nuevamente atraer la atención de la joven. Eso le gustaba, y le daba pie para burlarse de ella, de forma cariñosa. Así, sin venir a cuento, le dijo que el albariño estaba muy bueno, que era igual que el vino de Huelva. Saleta, con fingida dignidad, le contestó que no lo había probado nunca, pero que lo dudaba. Lillo se rió y le respondió que eso habría que solucionarlo.

            La reina Isabel la Católica dejó en Granada a su confesor Hernando de Talavera, encargándolo de la evangelización de su nuevo reino, con las pautas marcadas en las capitulaciones. Esperaba que la población fuera poco a poco aceptando la fe cristiana. Pero en 1498, en una visita a Granada comprueba que las conversiones son mínimas, como si nada hubiese cambiado prácticamente, así que dejará de refuerzo a su nuevo confesor, el cardenal Cisneros, franciscano y arzobispo de Toledo. Y entre los dos obispos montan una campaña de conversiones mediante la persuasión más o menos violenta, que llevará a un levantamiento de la población. Esta revuelta llega también a otros puntos del reino, entre ellos Mondújar. Isabel  de Solís, es presa del pánico en su castillo, hasta que el ejército castellano sofoca la rebelión y la libera. Asustada, y cansada del jaleo que se ha montado en Granada, se marcha a Castilla. No está claro donde acabó sus días, probablemente instalándose en alguna ciudad, donde viviría de forma anónima hasta su muerte.

            Para Tomás las concesiones al pueblo granadino hechas por los Reyes Católicos habían sido una farsa, en realidad toda las capitulaciones se fueron aboliendo y cambiando. Desde un primer momento la mera conversión de la mezquita aljama en catedral, y otras de la ciudad en iglesias, constituyó un desafió al pueblo.

            En realidad pensaban que cuando los nobles y mandatarios nazaríes se exiliaran, y el pueblo se viera rodeado de iglesias, curas, frailes y monjas, acabarían abrazando el cristianismo – apuntó Lillo – lo curioso es que esto no pasara.

            Pero hubo conversiones espontáneas supongo. Saleta pensaba en sor Isabel deslumbrada por la nueva religión. Lillo le contestó que sí, que algunas del pueblo, y de algunos mandatarios incluso, que en realidad se adaptaban a los nuevos tiempos; más por seguir viviendo cómodamente, que por fe. Leyendo sus apuntes les contó que el comandante Yahia An Niyar, emparentado con la familia real, pasó a ser Alonso de Granada Benegas y se casó con una camarera de la reina Isabel. La mayor parte de la familia Benegas se hizo cristiana, como el ministro Abulqasim Ibn Ridwán Benegas, o el ministro Yusuf Ibn Camacha, que incluso se hizo fraile.

            Tomás comentó que algunas de las conversiones de nobles incluso habían sido ya anteriores a la caída del reino. Una de las más conocidas fue la de la familia Umayya, que se decían descendientes de los Omeyas de Córdoba. A cambio de su conversión y colaboración los Reyes Católicos les concedieron el señorío de Válor y el derecho a ser miembro del cabildo granadino, los llamados Caballeros Veinticuatro. El patriarca de la familia adoptó el nombre de Hernando de Córdoba, y añadió el de Válor a su apellido, pasando a ser de Córdoba y Válor, por lo que eran apodados como los valoríes. Pues bien – continuo Tomás – imaginaros cual seria su aceptación de la fe cristiana, que años más tarde, su nieto, Fernando de Córdoba y Válor, nacido ya cristiano en Granada y miembro también de los Veinticuatro, en 1568, cuando Felipe II publica el edicto por el que se prohíbe la lengua árabe y las costumbres musulmanas, se convierte en Muhammad ibn Umayya, más conocido por los cristianos como Abén Humeya, y caudilla la insurrección morisca de la Alpujarra, proclamándose incluso rey.

            Vamos – seguía Alicia con su sorna – que los moriscos en realidad decían que si a Cristo, pero continuaban en sus casas con Mahoma. Lillo le dijo que se suponía que la mayoría sí; otra gran parte de la población, de todos los lugares del reino granadino, había emigrado a África en los primeros años de la conquista, precisamente para seguir con sus hábitos y religión.

            Saleta quiso saber como había sido la política de Cisneros y de Hernando de Talavera. Lillo explicó que al llegar Cisneros a la ciudad en diciembre de 1499, se entrevistó con las personalidades musulmanas de Granada y de otras ciudades del reino, ofreciéndoles favores a los que abrazaran el cristianismo, y amenazándoles con castigos a los que lo rechazaran. Muchos ante la coacción aceptaron, y parte del pueblo llano los siguió.

 Después se centro en los elches. Saleta preguntó quienes eran esos y Lillo le aclaró que eran los musulmanes que descendían de crist