La gaviota
Por Pedro Luis Martín Lizancos

Como acostumbraba, me acerqué dando mi diario paseo vespertino hasta la playa. contemplar el mar es de lo más tranquilizador; despierta las emociones más sublimes y no crea conflictos de ningún tipo. Sin esperarlo, una vaharada de horror se adentró en mis sentidos dejándolos tambalearse y heridos de muerte. No podía creer lo que se ofrecía ante mis ojos simulando un campo de concentración del que ya no es posible escapar de entre sus privativas y oprimentes alambradas. Una inmensa mancha negra se extendía majestuosa cubriendo la bahía que tanto me gustaba visitar, manchándola de un negror mutilante que sería muy difícil de borrar y que la dejaría marcada para la eternidad. Lo que el día antes era un mundo cristalino de limpias aguas azules y llenas de vida, un paraíso que invitaba a disfrutar de la naturaleza hasta terminar ebrio de ella, se había tornado en el transcurso de la noche en un infierno dantesco que era el reflejo de las más oscuras y disparatadas acciones de la humanidad. De un plumazo lo que consideraba ingenuamente mi refugio y mi Edén, se convirtió en un lugar inhóspito, sin alma y sin la esencia revitalizadora que me hizo revivir más de una vez y que me transmitio la energía necesaria para seguir hacia adelante.
Con los ojos inundados en lágrimas, me encontraba con la vista perdida en el horizonte, de la misma manera que lo había hecho otras muchas tardes embelesado ante tan vasta maravilla. Pero ese día, mi fatuo corazón se negaba a entender el desastre que contemplaba, no tenían cabida en su frágil entendimiento el gran número de sensaciones desagradables que le aportaban, atormentados, cada uno de mis sentidos. Lo que días antes la naturaleza me regalaba endiosada, orgullosa de mostrarme sus encantos femeninos, ahora me lo ofrecía con resignación, enfurecida como la mujer humillada e indefensa enseña las heridas que le ha provocado su maltraedor.
De pronto, en mitad de aquel manto negro, que era la verdadera cara de la muerte y de la destrucción, se abrió un pequeño agujero que dejó entrever una cabecita irreconocible que emergía buscando la luz y tratando de robarle un sorbo de claridad a la vida. Enseguida me di cuenta de que era mi amiga la gaviota, con la que tantas conversaciones había mantenido y con la que tantos pareceres había intercambiado en mis tarde de asueto. Desde la primera vez que la vi me gustó escuchar su manera de entender la existencia y su visión sosegada de la naturaleza. Me cautivaba oír cómo desde su interior salían unas frases tan dulcemente expresadas y tan llenas de sentido. A menudo me resultaban más rebosantes de humanidad y más altruistas que la perspectiva prepotente de los hombres, cargada de acciones horribles y de ideas salvajes, con la que yo trataba de impresionarla. se quedó mirándome fijamente, con un ademán dibujado por una pena corrosiva que nunca antes le había visto y fui incapaz de mantenerle la mirada; mis párpados parecieron pesar tanto como los de ella, atiborrados de petróleo, y me cerraron la visión. Había algo que desde su alma, henchida de dolor, me decía no entender nada. Vislumbré el aturdimiento que la dominaba, el sosiego que la llevó a contener su tremendo dolor, y entonces, capté la grandeza de su corazón que no le permitía estallar como un volcán y descargar en mí su ira incandescente. Reflejaba en su apagada mirada que una parte de ella quería devolver con la misma moneda al hombre todopoderoso el sufrimiento que estaba soportando, pero otra parte la hacía ver, iluminada por la luz de la razón, que de esa manera las injusticias no cesarían jamás y pervivirían las barbaridades hasta que el hombre se durmiera definitivamente y dejase el planeta inmerso en una paz dulcificadora ...
Sus vítreos ojos derramaban pena a raudales, rezumaban impotencia, daba a entender encontrarse perdida en un mundo odioso y maligno que le venía grande a todas luces y al cual no había pedido ser invitada. Sus lágrimas se derretía insalvables hacia el mar como la cera de una vela que no puede soporta la prepotencia de la llama y languidece. Se encontraba en un inmenso océano que en realidad sólo era insufrible prisión y las gotas de agua, no eran más que los eslabones de la cadena que coartaban su libertad y que la bañaban de aflicción. La envolvía una veleidad propia de los que ya no pertenecen a esta vida.
Casi sin saber lo que hacía, igual que un autómata y sin entender por quién estaba siendo dirigido, me quité los zapatos y los dejé en la arena. Me adentré en el agua con parsimonia, confundido, pesaroso, sin atreverme a mirarla de nuevo a los ojos y sintiéndome culpable de sus padecimientos. Si mi mirada se hubiese cruzado de nuevo con la suya, habría sentido como se una intensa lluvia de alfileres al rojo vivo se descargara inmisericorde sobre mi malhadado corazón horadándolo. Notaba las olas de agua mal oliente y pútrida arrastrarse entre la miseria y estrellarse contra mi cuerpo, manchándolo de la misma manera que lo estaba el suyo; pero no me importaba, de mi piel no costaría el más mínimo esfuerzo borrar las manchas, en cambio, sus delicadas plumas quedarían marcadas de por vida si lobraba sobrevivir.
La cogí cálidamente entre mis brazos y la llevé hasta la orilla, deseaba ser ella y que ella se hubiera hecho humana. Me senté en la arena y con mimo la coloqué en mi regazo. Con suavidad le fui quitando las manchas de alquitrán y untándolas en cada uno de mis miembros. La primera la pegué en mi cuello, la segunda sobre mi brazo derecho, la tercera en mi pecho, justo encima del corazón para que mi parte más sensible, si es que pervivía algo de ella, captase en su totalidad lo horroroso que era ese día. De aquella manera trasladaba a mí, en un acto de conciliación que buscaba restituir el daño producido, el castigo que estaba padeciendo sin ser culpable de nada, quería sufrir de forma sumisa y callada del mismo modo que ella estaba sufriendo. La rabia que sentía en mi interior me llevaba a zahondar con los pies en la arena tratando de ocultarlos hasta las rodillas. Deseaba enterrar la ira que me hacía infausto y una parte de mi cuerpo, para que así, muchas de las culpas que pesaban sobre mi conciencia al igual que si una corona labrada en plomo descansara en mi cabeza, no quedaran visibles ante las miradas atónitas de los seres que desfallecían en aquel charco de miseria. Sus fijas presencias lanzadas sobre mí buscando una explicación a la cual aferrarse, un último trozo de madera al que poder recurrir antes de que la barca se hubiese por completo absorbiendo cuanto hay a su alrededor, me quemaban como si punzantes rayos vengadores se hubiesen ensañado conmigo, que sólo el soplo suave y apacible de la brisa de aquella trágica tarde apagaba en parte y ayudaba a mitigar el dolor.
Me costaba verla inmóvil, sin decirme nada. Había volado hasta no sé donde su vívido carácter mientras su cuerpo casi inerte descansaba en mis brazos. Ya no era la alegre y dicharachera gaviota con la que conversé abiertamente las tardes pasadas, que tantos ánimos me dio y que tanto sentido a la vida me ayudó a descubrir siguiendo sus sabios consejos. Hubiera preferido que me insultara, que me agrediese violentamente a tener que soportar el silencio torturador al que me sometió mientras le realizaba la últimas abluciones desesperadas que ya no valdría para nada. Sólo eran acciones en balde para limar las afiladas espadas que apuntaban amenazantes sobre mi conciencia.
Cuando había limpiado parte de si tupido plumaje, giró el cuello y en sus mortecinos ojos pude leer entre la fatiga y el abandono a los que se había resignado: -¿Por qué, Ismael?, ¿Qué tenéis los hombres para maltratar de esa manera a la naturaleza?, cuando es ella la que os proporciona todo lo que sois y cuanto poseéis...
Avergonzado le volví a bajar la mirada. Era la segunda vez que lo hacía siendo consciente de que fue ella la que me había enseñado que la mejor prueba de una conciencia tranquila y sin ningún resquemor, es mantener la cabeza erguida mientras se conversa con alguien, bajarla, es reconocimiento de culpabilidad, de mentiras o de verdades a medias. Con el pico y haciendo un gran esfuerzo para mover su cuello, golpeó dos veces en mi brazo; así atraía mi atención y me reprochaba que me hubiese convertido en un cobarde, que no fuera capaz de dar la cara y que me ocultase frente a una indefensa y malherida gaviota. Levanté lentamente mis párpados y de nuevo encontré sus ojos enfermos de tristeza: - Los hombres no merecéis este mundo lleno de maravillas, parece veniros grande y que no lo entendéis en toda su amplitud. Se os entrega sin pediros nada a cambio y ni tan siquiera sois capaces de mantenerlo como se os ha dado. las grandezas que lo conforman, que han necesitado miles de años para emerger, y que fueron creadas expresamente para vosotros y para que las disfrutarais en armonía junto al resto de los seres vivos que existen en el planeta, no las merecéis de ninguna de las maneras. Mi madre de pequeña me enseñó que todo ser vivo merece aquello por lo que se preocupa y por lo que se desvive. Y los hombres para nada mostráis el más mínimo aprecio por el lugar en el que habitáis. No os importa destrozar y mutilar el huerto en el que habrán de vivir y del que habrán de obtener su sustento vuestros hijos, nietos y biznietos...
Apenado asentí y agaché la cabeza otra vez. Sus palabras no hacían sino zaherir mi aturdido corazón e inmolar mi enerve alma. Tenía tanta razón como es posible alcanzar con una sola frase. Ella sabía decir como nadie, en pocas palabras, las verdades de esta vida. Me llevé mis ennegrecidas manos hasta la cara y oculto tras los dedos y entre sollozos, la contemplé asustado: - Sé que te sientes tan perdido como yo. Pero llorar en muchas ocasiones no vale para nada. Cada preocupación tiene su momento y lamentarse de algo que ya no tiene remedio, es una torpeza que cometes. No te culpo de lo ocurrido, te hablo como representante de toda la humanidad y porque eres la única con la que puedo comunicarme y que al menos me escucha. Te lo digo a ti que eres un gran veedor de lo que te rodea, de la naturaleza, que piensas con tranquilidad y sufres por lo que es de todos y que la mayoría de las personas no valoran como se merece. Desde que el mundo es mundo, los hombres os habéis rodeado de una vida Plagada de barbaridades y parecéis regocijaros de ello. Sois pocos los que reflexionáis y los que tratáis de analizar lo que a diario se os muestra y contempláis desde la inmutabilidad sin ningún remordimiento. Para comprender lo que sucede a tu alrededor, de tarde en tarde has de apartarte del ruido mundano y de cuanto pueda interferir en tu reflexión, y salirte a meditar lejos de su influencia. Sentirás una purificación en tu interior al igual que hace el viento que penetra en la casa por la puerta entreabierta y sale raudo por las ventanas llevándose todo mal olor que sale a su paso. pronto me llegará la hora definitiva, lo sé, y me marcharé albergando una sola esperanza en mi iluso corazón: Los hombre podréis arrancar todas las flores y acabar con todas las maravillas que nos ofrece la naturaleza pero no podréis detener, de ninguna de las maneras, la llegada de la primavera...
Tras decirme eso fue cuando la vi estremecer. Turbada, se agitó con brusquedad tratando de evadirse de mis manos buscando la libertad que ya no alcanzaría jamás. Me quedé observándola para ver su reacción. Saltó de mis brazos y se dirigió renqueante hasta el agua. Se adentró en la gran mancha, con suavidad, recurriendo al último hilo de sus fuerzas, y nadó para salvar el punto en el que rompen las olas y desde donde el mar rugía con lamentos paralizantes mostrándose tan enfermo y tan exhausto como ella. Se giró despacio y me miró. La miré y no pude evitar deshacerme en lágrimas por su ausencia, sabía que era la última vez que la vería con vida. De esa forma renunciaba a mis cuidados hipócritas y quería que su fin fuese el mismo que iban a tener la miríada de seres que en aquel trozo de mar había estado conviviendo a su lado. Sentí unas ganas irrefrenables de beber de aquel veneno y así, acompañar a mi amiga la gaviota hasta el que fuera su destino final y devolverle la fidelidad que ella desde el primer día me había guardado son esperar nada a cambio. Continuó nadando y se alejó hasta desaparecer de mi vista, dejando un graznido tétrico disperso en el cielo que se la llevó para siempre junto al mortecino sol de aquella tarde que, apenado y lleno de vergüenza, se apagaba en el horizonte...
FIN