EL CONEJO DE OREJAS LARGAS
Había antiguamente un jaguar que estaba preparando su boda con una princesa de su clase. Vagaba todo el día de acá para allá, cuando se le acercó un conejo y le dijo:
-Yo también quiero casarme con la princesa y soy más astuto que tú.
No lo creo -respondió el jaguar medio aturdido-. Tú no eres más que un pobre conejo, en tanto que yo soy un jaguar fuerte y espléndido.
-Perdóname -dijo el conejo- pero... ¿te molestaría llevarme en la grupa ya que tú eres más fuerte y yo estoy algo cansado?
El jaguar resopló, pero no dijo nada. Poco después, el conejo volvió a lamentarse, bien agarrado al pelo del jaguar.
-Amigo -dijo-, estoy a punto de caerme. ¿No te importa que te ponga las bridas y el freno? Así llevaré las riendas para sostenerme en la grupa.
Satisfecho por esta nueva señal de debilidad del conejo, el jaguar accedió.
-Si fueras fuerte como yo no necesitarías estas cosas; pero comprendo que tienes necesidad de ellas. La princesa comprenderá fácilmente cuál de los dos es más fuerte.
Aunque de mala gana, el jaguar se vio obligado a correr hacia la casa de la princesa y a pararse cuando el conejo se lo mandó. El jaguar quedó avergonzado.
-Me doy cuenta de que eres astuto -dijo la princesa al conejo-; mucho más que ese jaguar tan tonto que quiere casarse conmigo.
-¿Nos casamos enseguida?
-preguntó el conejo con aire indiferente.
-Sí, desde luego -suspiró la princesa-. Pero hay otro problema, ¿sabes? Comparándote con el jaguar, claro. ¡Es tan fuerte y tiene unos dientes tan magníficos!...
-Sé qué quieres decir -respondió el conejo- y comprendo tu perplejidad. Vamos a visitar al Dios Creador a ver qué puede hacer.
Caminaron varios días antes de encontrar al Dios Creador. El Creador oyó con atención las súplicas de conejo.
Después de un largo silencio, el Creador habló así:
-Si quieres ser más grande y mejor de lo que eres, tienes que encontrar tres dientes -le dijo-; uno de iguana, otro de un gigante, y el tercero de un mono.
El conejo empezó por el más fácil y se dirigió a la casa de un mono. Haciéndose pasar por un barbero, se ofreció a afeitarlo. Cuando acabó, hizo como si se le olvidase la navaja, sabiendo bien que el mono intentaría usarla. Como era de esperar, al día siguiente el mono empezó a afeitarse y se hirió el cuello. Goteando sangre, se puso en la puerta de su cabaña y en ese instante pasó el conejo.
-¡Ayúdame, conejo! -gritó el mono-, ayúdame que me estoy muriendo.
-Te ayudaré si me das uno de tus dientes -dijo el conejo.
El mono desesperado accedió. Y de ese modo consiguió el conejo el primer diente.
Después encontró a dos gigantes que discutían. El conejo se detuvo en la calle y tiró con fuerza un puñado de piedras.
-¿Por qué me tiras piedras?
-gritó uno de los gigantes al otro.
-Yo no he sido -respondió el segundo.
-¿Cómo que no? ¡Claro que has sido tú! -replicó el primero.
En ese instante el conejo aventó piedras al segundo gigante.
-¡Ahora eres tú el que me tira piedras! -dijo éste.
Y los dos empezaron a darse golpes hasta que se desplomaron desvanecidos.
Entonces el conejo se acercó despacito a uno de los gigantes y le miró la boca. Como se figuraba en la lucha foribunda se le había caído un diente; el conejo lo cogió y se fue deprisa.
El tercer diente era difícil de conseguir. Al fin tropezó con una iguana que tomaba el sol en una roca y le propuso un juego. Hizo una bola, la tiró a la iguana que, cogiéndola por la boca, tenía a su vez que tirársela a él.
Después de haber jugado un buen rato, el conejo cambió la bola por una piedra redonda y la tiró a la iguana rompiéndole un diente. antes de que la iguana se la diera cuanta de lo que pasaba, el conejo cogió el diente y escapó.
El conejo, satisfecho, regresó para llevar los tres dientes al Dios Creador.
-¡Con que has conseguido los dientes! -dijo el Creador-.
¡Muy bien! Como recompensa, de ahora en adelante, tú y tu especie tendrán dientes largos y fuertes para comer mejor.
-Pero yo no quiero solamente unos dientes fuertes-
Protestó el conejo -Lo que quiero es ser un conejo gigante.
-¡ah! Te comprendo -dijo el Creador, que no pudo contener la risa; e, inclinándose sobre él, le tiró fuertemente de las orejas.
-¿Estás bien así?
Las orejas del conejo se habían alargado enormemente y colgaban flácidas de la cabeza. El conejo se las frotó con una pata y fue a ver a la princesa.
-¡Bueno! ¿Qué te parece?
Aunque no soy un animal grande como los de la selva, tengo dientes mejores, capaces de triturar todo, además mis orejas son excepcionales.
La princesa miró al conejo que estaba ufano y rió:
-Me pareces un animal magnífico -le dijo burlona- y muy inteligente, pero como marido no me convences. Yo debo cuidar mi dignidad.
Desde entonces, el conejo y sus descendientes tienen dientes fuertes y orejas largas.
Leyenda de México
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