Asisto con mi hija Elisa al acto de entrega de los Premios Almósita, concedidos en Dúrcal por una asociación que defiende el patrimonio histórico de su pueblo. Se crearon estos premios para destacar, al calor del 28 de febrero, los valores humanos relacionados con Andalucía. De vuelta a la ciudad, cuando las luces de Granada afloran en el horizonte nocturno de la autovía, Elisa me pregunta:
- ¿Te has emocionado?
- Sí, la intervención de la Coral Polifónica me ha emocionado.
- ¿Por las canciones de Federico García Lorca y Miguel Hernández, o por el himno?
- Sobre todo por las mujeres mayores. Ya las has visto en el coro, tan elegantes, vestidas con unos trajes negros que no tienen que ver con el luto, sino con la delicadeza de la música clásica, y midiendo sus voces, muy felices de participar en una agrupación artística.
- Han cantado muy bien.
- Para mí eso es lo de menos. Mira, yo no soy todavía un viejo, pero las cosas han ido tan rápido en Andalucía que cualquier persona con cincuenta años guarda en su memoria recuerdos lejanísimos. Dúrcal es un pueblo que está a mitad de camino entre Granada y la costa. Cuando iba con los abuelos a veranear al Puerto de Motril, un taxi negro, muy lento, con olor a gasolina, se ahogaba por una carretera llena de curvas y de mareos. Como el viaje era interminable, se hacían algunas paradas.
- Pero si el mar está muy cerca.
- Ahora, antes no. Las distancias no son sólo cuestión de kilómetros. A veces lo cercano queda muy lejos, o lo lejano muy cerca. Se tardaba mucho en llegar al mar porque Granada era una ciudad cerrada y porque las carreteras se retorcían y los coches avanzaban muy poco. Ir detrás de un camión era un infierno. Pero, además, había también muchas distancias sociales. Nada más salir de la ciudad, la vida cambiaba. Recuerdo en los pueblos unos rostros campesinos castigados por el sol, cuarteados, rotos, y unos ojos encerrados en sí mismos, temerosos. Las casas olían a penumbra y a humedad. El mundo se parecía a una foto de principios de siglo, gente arreglada con ropa triste para casarse, existencias duras, en blanco y negro. Había mucha pobreza. Y la pobreza no tiene que ver únicamente con las malas carreteras, los malos coches y la emigración. Tiene que ver también con lo que cada uno puede pedirle a la vida. Recuerdo a muchas mujeres vestidas de luto, sentadas a la puerta de sus casas, después de haber criado a sus hijos, sin otra tarea que esperar la muerte. Por eso me emociona conocer en Dúrcal la inquietud de una agrupación cívica y ver una Coral Polifónica, con mujeres mayores. Suenan muy bien sus voces, pero suena mucho mejor en mis ojos el negro elegante de sus vestidos. Y suena muy bien su vida.
- Hay problemas. Has estado en la cena mucho rato sin hacerme caso, hablando con un señor del paro y de un palacio que tiraron para hacer un bloque de pisos.
- Claro que hay problemas, y debemos seguir luchando. El paro es la enfermedad de Andalucía, porque hemos dejado de ser una sociedad rural sin encontrar nuevas formas de empleo. Los servicios turísticos no lo cubren todo. Y la corrupción inmobiliaria no es camino, ha provocado daños, claro que sí. Fíjate de qué modo tan dañino se han desarrollado los alrededores de Granada. Pero en medio de las críticas conviene no olvidar lo mucho que hemos avanzado. No te puedes hacer una idea. Y la prueba es que a ti te resulta difícil comprender por qué me emociono cuando veo en Dúrcal a unas mujeres mayores, vestidas con un negro sin velo y sin luto, fundir sus voces en la delicadeza de la música clásica.
Luis Garcia Montero.