Esta es la breve historia de muchos hornos del Valle de Lecrín, que impregnaban el ambiente de un especial olor a pan....
Con el correr de los tiempos todo cambia, hasta las personas somos susceptibles de las influencias de todo tipo para que se dé un cambio más o menos profundo en los acontecimientos y las personas.
Los cambios socioeconómicos nos van marcando exigencias y costumbres, ¡Lástima que a veces no nos planteemos el analizar y valorar lo positivo y lo negativo que todo ello conlleva!
Y al grano, breve historia de los hornos de mi pueblo, de aquellos que impregnaban el ambiente de un especial olor a pan, de aquel pan amasado a mano por las mujeres de antaño, porque las de hogaño, aunque también manipulan el pan, están auxiliadas por las máquinas del progreso.
En la casa de los homeros/as, se hacía la masa del pan en las artesas y, en la de los particulares, en los lebrillos de las "matanzas", pasando después la masa a una espuerta de pleita cubierta por una especie de manta encima de la cual se colocaba el 'tentío", tela de lienzo fuerte, donde se depositaba la masa que era cubierta con todo este ropaje. La espuerta se colocaba cerca del fuego de la chimenea sobre una hora, para más tarde ir con ella al horno a hacer el pan, las tortas de chicharrones en época de las matanzas, tortas de flama que a veces se troceaban en forma triangular rociándolas con azúcar que le daban un aspecto acaramelado y que eran una gran golosina para la chiquillería.
Por Navidad, "La Pascua", que eran las fiestas de invierno del pueblo, cada vecino acudía al homo a hacer sus dulces: mantecados, roscos de manteca y aceite, perrunas, etc.
El pan y los bollos de aceite los guardaban en las horzas para su mejor conservación. Procuraban preparar para un par de semanas. ¡Cómo trabajaban aquellas mujeres y hombres!, ellos se encargaban especialmente del suministro de leña, ellas de los utensilios para la confección y cocción del pan de la clientela y acondicionamiento de la plataforma del homo para que estuviese a la temperatura adecuada.
Los hombres subían a la sierra con sus borricos y les echaban unas cargas descomunales de leña. Cuando estas cargas eran de bolinas o aulagas, el borrico apenas si se veía, estas matorrales servían para avivar el fuego del homo con la leña gruesa y verde del monte que a veces encontraban.
En época de la matanza del cerdo que hacía cada familia vecinal, pedían al hornero una aulaga para limpiar la chimenea de hollín y evitar que éste cayese sobre la cebolla que había de cocerse en una caldera de cobre, con una gran fogata, para hacer la morcilla con sangre del "marrano" y el 'testamento", conjunto de especias para sazonar la morcilla.
La confección del pan era a base de levadura, masa fermentada del día anterior, sal, agua templada y la harina correspondiente.
Si el homo era privado como el de los cortijos, la levadura la obtenían las mujeres reservando masa del día anterior o haciendo una pequeña masa que dejaban fermentar y sirviese de levadura para la gran masa.
Si el homo era público la hornera repartía la levadura que ella preparaba entre la clientela que acudía a su horno a hacer y cocer el pan.
Entre los años 30 al 39 fueron cerrados los hornos existentes, que abastecían de pan al pueblo de Dúrcal. Venían los panaderos con carros tirados por mulos, vendían el pan por las calles y, a veces, lo revendían en las tiendas. Hubo una temporada en que el alguacil del Ayuntamiento se encargaba de salir al paso de los panaderos y pesar algunas piezas de pan para evitar el pillaje.
Entre los hornos se pueden considerar los ubicados en los cortijos y los del pueblo. Todos eran particulares pero en los cortijos sólo cocían pan los caseros del mismo y los del pueblo estaban al servicio de las vecinas mediante al pago de una cuota por pieza de pan o lata-bandeja de dulces.
Poca historia conocida queda de ellos. Había una nota común, quizás la básica para su existencia: las gentes que vivían allí bajaban poco al pueblo y las familias eran numerosas, por no decir numerosísimas, comparadas con la natalidad familiar actual. Muchos de los jornaleros que diariamente iban al trabajo también solían comer de aquel pan.
Funcionó a finales del pasado siglo, sus dueños eran de la familia Espada de Orbe. Parece que hubo varios caseros, recordando a Antoñico el de Saleres, Federico y Paca, Juanico Venta y Ascensión, Frasquito y Frasquita el de la Venta, como se les conocía en el pueblo.
Junto al cortijo pasaba el camino a Granada que enlazaba con la Laguna de Padul y por tanto era paso obligado de los pescaderos que llevaban su mercancía a la ciudad.
Como dato curioso se comenta que dichos pescaderos eran invitados por el casero con una copa de aguardiente que se les servía a través de un ventanal circular de hierro que había en la puerta del cortijo. Parece que aún se conserva esta forma de invitación. Tal vez se debiera a las altas horas de la madrugada en que pasaban los pescaderos.
Algunos caseros tenían una yunta de vacas para romper las zonas de matorrales y transformarlas en zonas de labor productiva.
Se dice que funcionaba algo después que el anterior, siendo de los mismos dueños. Como caseros se recuerdan a Antoñico Pilar Anica y la familia de los Federicos.
Estas Navidades de 1.998 hemos tenido la satisfacción de la visita de un hermano de Anica, Aureliano, residente en Australia, acompañado de uno de sus hijos que apenas si conocía esta tierra ¡había que verlos emocionados entre las gentes del pueblo acompañando a San Cristóbal en la procesión de las fiestas Navideñas!
Tan sólo se comenta que debió de funcionar a principios de siglo
Su propietaria era la seña Mariana, de Pinos del Valle, se recuerdan los caseros de Serafín y Rosa. Tanto este cortijo como el de El Maestro, han pasado a manos de la invasión extranjera.
Eran de propiedad privada pero al servicio público. Las gentes del pueblo acudían a ellos para hacer y cocer su pan y dulces. La Hornera recibía una comisión por pieza de pan o bandejalata de dulces. Las familias hac!an una "amasada" para que les durase sobre un par de semanas, conservando el pan en una orza de loza especial.
Parece que comenzó su funcionamiento a principios de siglo. Los propietarios que se recuerdan son Juan Mingorance y Malena, pasando más tarde la propiedad a sus hijos Rosario y Antonio pero éste, cuando regresó de la guerra su cuñado Pepe Tapia Maroto vio que era mejor que lo explotase la familia de su hermana y cedió sus derechos.
Se dice que no había hombre como Pepe que bajase aquellas grandes cargas de leña de la sierra.
Rosario tenía una potente voz a prueba de bomba, llamaba a las mujeres de tumo para la con fección y cocción de su pan a voz en cuello, incluso a las que venían del cercano pueblo de Melegís, hoy perteneciente al mismo municipio. Desde la plazoleta de su puerta llamaba: "Maríaaa...", "Rosariooo..." y de inmediato se encaminaban hacia el homo.
Por los años veinte se cerró el horno para reabrir sobre el cuarenta con ocasión del racionamiento de la posguerra.
Aún se conserva la estructura, medio hundida, con los utensilios para la limpieza del horno y cochura del pan: "el barreor', "la jorra" y la pala.
Ubicado en el Barrio Alto, en el 'Camino del Visillo", se abrió por el 1.940.
Este horno funcionó hace aproximadamente unos cincuenta años, en el Barrio Carnicería. Era igualmente público como los anteriores.
Es el único en activo actualmente y de leña. Está ubicado en el Barrio Bajo Carretera. Regido por sus hijas Anita y Celeste que abastecen de pan al pueblo y reparten por otros de la comarca, en colaboración con su hermano Matías.
De cuando en cuando hacen tortas de flama recordando a las de antaño y unas de manteca muy finitas con azúcar que están para chuparse los dedos.
También hacen magdalenas y bollitos de chocolate. Por Navidad confeccionan mantecados, perrunas y hojaldres rellenos de cabello de ángel y, para el Día de la Cruz, tres de mayo, los ricos "hornazos", que recuerdan el correr de los tiempos y los trabajos e ilusiones de la chiquillería de épocas lejanas. Ese día se hacía el .'pucherico" en el campo y para la merendica se llevaba el homazo con una jícara de chocolate.
Los tiempos cambian y las ilusiones también, ya no se guisa en el campo, a lo más se hacen "rosetas", las sartenes se llevan en los coches, quedan pocos borricos de carga, pero la "merendicá' no la perdona la chiquillería, e incluso ni los mayores. Eso está muy bien.
Las cestas se han cambiado por las mochilas repletas de chucherías, golosinas, los hornazos se compran en el homo. Los hornos también han cambiado, se han mecanizado en la medida que han podido los propietarios, pero es bueno conocer la historia de ellos para agradecer el trabajo rudo y de sol a sol de nuestros antepasados.
¡Qué hombres y mujeres de aquellos tiempos! incansables en su trabajo ¡con aquel olor a pan y romero que quemaban para caldear el horno y perfumaban el ambiente pueblerino.
Sacado del Periódico El Valle de lecrín de marzo de 1999
Filomena Maroto Muñoz Restábal-El Valle