Sacado de Los Habices de las iglesias del Valle de Lecrín de Lorenzo Luís Padilla Mellado
Su nombre en lengua árabe que deriva de otro latino podría referirse a
salinas o solario
( سليريس )
(Salīrīs) no sabiendo lo que puede significar.
Madoz en su diccionario, nos hace una rica descripción de este lugar Tiene unas 100 casas, resto del número mucho mayor que contaba hace unos 70 años y que desapareció en uno de los grandes aluviones del río que se llevó 38 casas del Barrio de la Fuente. El término es de riego y de secano, de buena calidad, con unas 70 fanegas incultas, aunque en lo general quebrado, siendo apacible toda la ribera del río, la que con lo demás que se llama vega, y es todo lo que se riega, está dispuesta en pequeñas porciones que llaman pacatas ó bancales. También se encuentra en la cumbre de un monte, una atalaya de tiempos de moros, que se comunicaba con otra del inmediato término de Cónchar. Su producción es aceite y vino, que forman la principal producción, se cosecha, maíz, trigo, legumbres, algún ganado lanar y cabrío. La industria agrícola, un molino harinero que solo trabaja 3 meses al año por faltarle agua en los restantes, 2 de aceite
El contraste de paisajes y los rincones sorprendentes hacen de pueblo un magnífico lugar para que en él se fueran estableciéndose asentamientos desde la antigüedad, aunque será con la conquista árabe cuando se produzca el típico urbanismo en estas alquerías y que aún perdura en su entorno. La mayoría de estas localidades están establecidas sobre antiguos asentamientos árabes y conservan el encantador desorden de su trazado original, con calles empinadas y angostas. Así nos podemos encontrar en Saleres con la Calle de la Jaca Blanca con un trazado tan estrecha que hay que pasar casi de canto. En sus alrededores pueden apreciarse todavía vestigios de culturas anteriores, destacando restos de ruinas romanas como también almazaras, molinos, aljibes y castillos árabes. También la red de acequias que abastece a parte de los cultivos agrícolas es de origen romano y fue perfeccionada por los árabes, quedando vestigios como la Acequia de los Arcos o la del Burgo.
Saleres posee una historia compartida con los demás núcleos urbanos del Valle. Los primeros pobladores aprovecharan su entorno ideal para establecerse ya desde las etapas prehistóricas, al tener asegurado el abastecimiento de agua, la recolección de frutos, la caza y una adecuada defensa. Las complejas e importantes fundaciones en la costa granadina procedente de Oriente como fenicia y griega, unidas a los nacientes núcleos urbanos en la Vega de Granada, como Ilíberis, convertirían al Valle de Lecrín en un importante lugar de comunicación entre la Vega y la Costa. Estos pueblos desarrollaran una red de viaductos, acequias y senderos protegidos por toda una serie de baluartes defensivos y de vigilancia, que serán, junto a los ancestrales asentamientos agrícolas y residenciales, una constante a lo largo de nuestra historia.
Pero cuando esta localidad tome su carácter, que aún perdura en su núcleo urbano será en la época musulmana, formando parte del Valle e integrada en el clima o partido “Iqlim al-āšar” de la Cora de Elvira, disfrutara de una época dorada. Los musulmanes a pesar de las luchas internas y de las expediciones cristianas, perfeccionaron la agricultura, introdujeron nuevos cultivos, fomentaron los frutales y mejoraron los regadíos, dotándonos de sistemas de reparto del agua que, con ligeras modificaciones, se conservan en la actualidad. El reino granadino es en el s. XV, el de mayor densidad de población de España, por la afluencia continua de musulmanes procedentes de las zonas reconquistadas sucesivamente por los ejércitos cristianos. La población del Valle debió rondar en algunos momentos la de 7.000 habitantes.
Tras los diez años que duraron las luchas para conquistar Granada debieron afectar bastante al desarrollo de la población. Donde hubo diferentes talas de los campos, expediciones de castigo, captura de cautivos en todos los núcleos de asentamiento urbano. El reino de Granada pudo resistir tanto, gracias a que, por este se canalizaba el oro africano. Se negociaba sobre todo en Tremecen, desde donde afluía el oro sudanés a cambio de forja, seda, productos agrícolas, cueros y tal vez nieve. Con este oro, desde el s. XI se pagaban los tributos a los reyes cristianos. A partir de 1460, se produce una fuerte crisis de este oro, a través del norte de África, a causa de la llegada de los portugueses al Sudán. El comercio granadino decayó y con él y la economía del reino se resquebrajó..
En 1483 Boabdil, apoyado por su madre impidió la entrada de su padre Muley Hacen en Granada. El cual tuvo que irse al Valle de Lecrín y refugiarse en la fortaleza de Mondújar, desde donde guerreó contra su hijo. En 1485, viendo que Muley Hacen estaba viejo, decidieron nombrar rey al Zagal y enviar al anciano rey a la fortaleza de Mondújar, con su mujer Zoraya y sus dos hijos Cad y Nacre, donde murió ese mismo año.
El 10 de diciembre de 1489, tras la rendición de Guadix, el Zagal pacta con los Reyes Católicos la entrega de los territorios en su poder. "Desde Almería hasta Almuñécar y desde Almuñécar a la aldea del Padul", comprometiéndose los reyes católicos a entregarle diferentes Tahas y el Valle de Lecrín (1490). Hubo levantamientos en Mondújar, que quedó en parte cristiana gracias a la defensa que se hizo del castillo por la mujer del alcaide Doña María de Acuña, en cambio Boabdil consiguió apoderarse de otras como Lanjarón y Padul y con ello controló casi todo el Valle. Tras la negativa de Boabdil a entregar Granada, los Reyes deciden rendirla por hambre, ante la dificultad de tomarla por las armas. Se emprende una campaña de desgaste arrasando campos y cosechas, entre ellos se padece la tala de bosques y quema de cosechas en el Valle de Lecrín. En Abril de 1491 los cristianos enviaron tropas al Valle donde obtuvieron cautivos y ganado. No satisfecho con ello se mandó salir desde el Padul al grueso del ejército contra los musulmanes haciéndoles retroceder hacía Béznar, Tablate y Lanjarón. Ante la resistencia de los musulmanes el ejército se detuvo en el puente de Tablate y volvió al Padul, dejando el Valle arruinado y cubierto de cadáveres
Tras la caída de Granada en 1492 los pobladores del Valle siguen viviendo y labrando sus tierras como mudéjares hasta las navidades de 1499 en que se rebelan contra la Corona por la ruptura de los acuerdos establecidos en las Capitulaciones y presión que reciben para convertirse al cristianismo. Tras el control de los sublevados son obligados a convertirse y bautizarse, denominándose a partir de este momento se denominaran moriscos o cristianos viejos y sometidos a un control férreo por parte de la Iglesia. Tras las guerras civiles del reino de Granada, en 1570 Felipe II manda la expulsión de los moriscos del Valle de Lecrín, Granada, Vega de Granada, etc., saliendo hacia Córdoba y desde allí fueron repartidos hacia Extremadura y Galicia. Para ello se reunieron el 1 de noviembre en las iglesias de cada lugar para comenzar la marcha. Se le confisco bienes a los sublevados y sus cómplices e incluso a los que habían permanecido fieles. Se estima que unos 5.448 moriscos tienen que abandonar el Valle.
Tras estos días de incertidumbre la Corona, consciente de la crisis generada por esta situación en la mayoría de los lugares del reino adopta las medidas para llenar el vacío de población, mediante la traída de colonos procedentes de otros reinos castellanos. Las ofertas son las clásicas del periodo y bastante conocidos llevadas a cabo en otras repoblaciones precedentes, tierras, casas y franquicias fiscales. El reglamento de 1571 fijaba de forma bastante detallada el repartimiento y las condiciones a que debían de atenerse dichos repobladores, como el número que podían asentarse en cada lugar, que debían de ser de fuera del Reino de Granada, la conservación de las prácticas agrícolas, en cada suerte de tierra debía de componerse de las diferentes calidades y diferentes cultivos que existieran en el lugar, cada poblador recibiría el numero de suertes proporcional a su caudal, debían de reservarse dos suertes completas para el Beneficiado y el Sacristán, debían de llevar armas, no podían traspasarse las suertes sin licencia, se otorgaba la jurisdicción al Consejo de Población en todo lo que pudiera atañer a la repoblación.
La administración castellana también procedió a la incautación de todos aquellos bienes raíces de todos los moriscos expulsados, incluidos los denominados “de paces” es decir, todos aquellos que no habían participado en la guerra, en una decisión que los historiadores especialistas en este tema han denominado de jurídicamente insostenible y falaz. El resultado fue que todos los bienes moriscos, sin excepción, pasaron a pertenecer al rey.
Como se ha apuntado más arriba en Saleres encontramos restos de una torre atalaya de época nazarí. Torre que se localiza en el noreste de la Sierra de Albuñuelas, en un cerro conocido como de la Atalaya, a la derecha de la carretera que une Dúrcal con las Albuñuelas, perteneciendo a la jurisdicción del pueblo de Saleres, a una altitud de 1.011 metros. Se la conoce como Torre del Marchal por pertenecer a una gran finca denominada con ese nombre. Proviene del árabe “maysar” que quiere decir cortijo.
A esta torre hace referencia Madoz: “También se encuentra en la cumbre de un monte una atalaya de tiempo de moros, que se comunica con otra del inmediato término de Cónchar”. Es una torre muy similar a la de Cónchar, pero peor conservada, pues su altura máxima es de 2’75 m. Se trata de una atalaya árabe, de figura cilíndrica y planta circular de 3’70 m. de diámetro. Está construida con mampostería de piedras medianas formando hiladas y calzadas con ripios, usa un mortero muy rico en cal. No se aprecian restos de enlucido exterior, conservándose solamente la parte maciza. Es una atalaya bastante sólida y hecha con grandes piedras. Desde ella se puede ver la atalaya de Cónchar y la Torre de Marjena, como también se puede identificar el castillo de Restábal y el de Mondújar, lo que permite controlar y organizar todo el espacio del Valle de Lecrín.
Todas las construcciones defensivas de la zona formaban una red protectora que por sus características parece creada en época nazarí, salvo quizás con el aprovechamiento de algún edificio preexistente, como pudiera ser el caso de Dúrcal. Así pues el Valle de Lecrín como se ha insistido a lo largo de este trabajo de investigación, es un espacio privilegiado para el análisis del poblamiento a lo largo de la Edad Media y la primera centuria de la Edad Moderna. Es además uno de los territorios que no sufrió una transformación radical tras la conquista castellana y que la mayoría del conjunto territorial se mantuviese ocupado tras la dominación castellana. Sólo con un estudio especifico de toda la zona y realizando una investigación más a fondo podrá arrojar luz suficiente sobre esta y otras cuestiones que ahora sólo podemos hacer pequeños enunciados sin base científica.
Edificios fabriles en Saleres quedan algunos molinos de aceite como el de la Palma que en la actualidad ya no funciona o el del río, conjunto industrial que aglutinaba un molino de aceite y otro de harina situado en el mismo río Santo del que tomaba las aguas para mover sus piedras. Hoy en día no funciona y se conserva como propiedad particular adornada con bastantes elementos rústicos. En sus alrededores está esparcida mucha de la maquinaria que había en el molino. También perduran los pozos de entrada del agua, el que hay en la parte izquierda es más antiguo que el de la derecha.
En Saleres han se han localizado algunos macaberes o lugares de enterramiento en el Barrio Alto. Estos enterramientos fueron descubiertos al hacer el camino que sube hacia las escuelas. En sus paredes se pueden apreciar el lugar que ocupaban varias tumbas de procedencia musulmana. En las imágenes que se ponen más abajo se observan con claridad el nicho donde se depositaba el difunto.
No se tiene mucha información de cómo eran los enterramientos de las diferentes clases sociales musulmanas. En la actualidad contamos con algunas informaciones sacadas de algunos textos y otros trabajos arqueológicos llevados a efecto sobre todo en las ciudades, como en algunos lugares del Valle, es el ejemplo de Mondújar o Talará
En estos lugares de enterramiento existían árboles de diferentes clases como olivos y morales, granados, etc. Las tumbas variaban en unas poblaciones a otras, cuyas diferencias se aprecian en las piedras que se colocaban en las sepulturas. Los cadáveres se colocaban de costado, permitiendo que las fosas fueran más estrechas, con la cabecera al mediodía y la cara mirando hacia la Meca. Las sepulturas de las gentes humildes se señalaban solamente con una tosca piedra, sin labor, hincada en la cabecera y sin estela ninguna. Por el contrario si el difunto era de clase alta y poderoso, con medios económicos, las sepulturas se señalaban por dos estelas colocadas a la cabecera y a los pies, de acuerdo con el rito musulmán que exigía dos testigos limitando la sepultura del creyente, una estela más alargada llamada maqabriya, un cipo o fuste cilíndrico colocado en la cabecera y una o dos estelas discoidales de cerámica vidriada en la cabecera y pies.
En el caso de la comarca del Valle está constatado por los habices de las Iglesias y restos arqueológicos en diferentes lugares, la existencia de varios macaberes. Así se pueden ver en Mondújar varios lugares de enterramiento. Tras las conversiones después de las revueltas de principios del s. XVI, los mudéjares convertidos en moriscos muchos de estos cementerios islámicos fueron cristianizados y siguieron utilizándose por los moriscos. Al contrario otros fueron abandonados y quedaron en el olvido o roturados y puestos en cultivo.
En el Barrio Alto emergen una serie de paredes entremezcladas por los cultivos de naranjos situados río arriba a unos 500 metros de la población. Hay varias teorías en el pueblo para hablar de dichos restos. Unos dicen que fue un terremoto el que tiró el barrio, pero lo cierto es que los restos atestiguan una procedencia de tipo morisca, incluso hay algún resto romano. Las paredes muestran la construcción de un antiguo barrio musulmán, difícil de atestiguar por su amplitud si no se hace una verdadera investigación. Existen bastantes piedras que forman parte de los balates que atestiguan que proceden del antiguo barrio y otra clase de restos diseminados por una amplia zona.
La mezquita de Saleres al principio y tras de la conquista cristiana comenzó utilizándose para iglesia. En 1501 Saleres fue adscrito, como anejo, a la parroquia de Arrastaval-Restábal. Se construye entre los años 1558 y 1562 e intervienen en su obra los maestros Bartolomé Villegas, el albañil, Francisco Hernández y los carpinteros Juan de Plasencia Pedro de Berruezo o Aberrozón y Asencio Bidaña, cantero. La iglesia tiene planta rectangular de nave y capilla mayor sin diferenciar, cubierta con armadura de limas mohamares con seis tirantes dobles decorados de lazo, y canes de cartón en S. El almizate va apeinazado en los cabos con sencilla decoración de estrella y aspa. Posee dos entradas, la lateral con arco de medio punto encuadrado con rectángulo con decoración de azulejos a modo de friso. La principal es de es de cantería, con simple estructura rectangular enmarcando arco de medio punto, similar a otras de la época. La torre, quizás sea lo más destacable del templo, es de planta rectangular de tres cuerpos, el de campanas con dos vanos y uno, alternados, con albanegas de azulejos de color blanco y cenefas verdes meladas.
Los muros de la iglesia son de ladrillo y mampostería, un alero con mensulones de ladrillos doblados, característicos de la segunda mitad del s. XVI. De su interior solo merece destacar un retablo mayor, extraño y original estructura barroca del s. XVIII