Las colonizaciones de la Península Ibérica

La entrada de la Península Ibérica en la Historia está ligada a una serie de colonizaciones que se sucedieron a lo largo de la Antigüedad y parte de la Edad Media. Las primeras fueron las de los fenicios y griegos, que establecieron factorías comerciales costeras, atraídos por las riquezas naturales del territorio y, especialmente, por los minerales. Los fenicios fundaron ciudades andaluzas como Cádiz (quizá en el 1100 a.C.) y Málaga; los griegos, colonias como Rosas y Ampurias, en la actual Cataluña. La relación de los pueblos indígenas con estas culturas más avanzadas procedentes del Mediterráneo oriental produjo una nueva cultura autóctona, la cultura ibérica, que se extendió por todo el sur y este peninsular.

Los iberos eran pueblos dedicados a la agricultura, la ganadería y la minería, con grupos especializados en actividades destinadas al comercio, como las salinas o la salazón de pescado. Exportaban oro, plata, hierro, bronce, estaño y plomo, y adquirían a cambio tejidos, perfumes, adornos y otros productos artesanales. Tenían una organización política y un estilo artístico propio, que se manifestaba en su cerámica y sus esculturas de bronce y de piedra (como las famosas damas de Elche, de Baza y del Cerro de los Santos, o la bicha de Balazote).

El más importante de los reinos ibéricos –que aparece mencionado en la Biblia– fue el de Tartessos, situado cerca de la desembocadura del Guadalquivir, aunque su influencia se extendió por toda Andalucía.

En el norte y centro de la península la influencia griega y fenicia apenas se hizo notar. Allí parece haber sido más importante la influencia de los celtas, cuya penetración progresiva se había iniciado desde el siglo X a.C. En relación con esta presencia céltica hay que mencionar la Cultura de los Castros en Galicia y la cultura mixta de los pueblos llamados celtíberos en la meseta castellana y el Sistema Ibérico. En las regiones montañosas del Cantábrico una serie de pueblos (astures, cántabros, autrigones, caristios y várdulos) permanecieron al margen tanto de la influencia ibérica como celta.

Las colonias fenicias del sur acabaron incorporándose al imperio cartaginés, cuya influencia llegó a extenderse hasta la desembocadura del Ebro. Aníbal conquistó la meseta interior, pero entró en conflicto con Roma al tomar Sagunto, que era su aliada, dando lugar a la Segunda Guerra Púnica (219-206 a.C.). Mientras los cartagineses atacaban Roma con ayuda de sus aliados ibéricos, los romanos desembarcaron en la península como protectores de las antiguas colonias griegas y para minar la retaguardia cartaginesa. La guerra se saldó con la derrota de Cartago y la incorporación de la Península Ibérica (llamada desde entonces Hispania) a los dominios de Roma.

Cartago

No obstante, las tropas romanas tuvieron que emplearse a fondo para sojuzgar a los diversos pueblos de la península, que no tenían una organización política unificada: los celtíberos del interior no fueron sometidos hasta el 151 a.C. (quedando el bastión de Numancia hasta el 133 a.C.), el jefe lusitano Viriato resistió hasta el 138 a.C., y poco después se completaba el dominio de la fachada atlántica; pero las guerras civiles de Roma retrasaron la conquista de las zonas montañosas del norte del Duero y la cornisa cantábrica hasta tiempos de Augusto (Guerra Cántabra, 26-19 a.C.).

Hispania, dividida inicialmente en Citerior y Ulterior, se organizó desde tiempos de Augusto en tres provincias: Tarraconense (la zona del nordeste, en torno a Tarragona, por donde se había iniciado la conquista), Bética (la región del Guadalquivir, con capital en Córdoba) y Lusitania (el oeste peninsular, alrededor de Mérida), a las que más tarde se añadirían Gallaecia (en el noroeste), Tingitania (en el norte de África) y Cartaginense (el centro y sudeste de la península, con capital en Cartagena).

Roma

El proceso de romanización se inició enseguida, e hizo que hacia el siglo II de nuestra era Hispania no fuera ya un territorio sometido, sino una provincia plenamente integrada en la vida política, económica y cultural del Imperio Romano; no obstante, la adopción de la civilización romana no fue homogénea, pues la romanización afectó más intensamente a las regiones mediterráneas y meridionales de cultura ibérica y mucho menos a la zona cantábrica. Aspectos destacados de ese proceso de civilización fueron la paulatina implantación del latín como lengua común, la extensión de la ciudadanía romana, la organización municipal y el derecho romano, la red de calzadas que estructuró y unificó el territorio, la intensificación de los intercambios comerciales y culturales con el resto del mundo mediterráneo, y la plasmación en la península de las instituciones y el genio práctico de Roma. Testimonio de ello son construcciones de ingeniería tan destacadas como el acueducto de Segovia, edificios civiles como el teatro de Mérida y multitud de puentes, viaductos, murallas, arcos, foros, puertos, circos, termas, templos y villas que jalonan toda la geografía española. La romanización fue intensa, aportando Hispania al Imperio incluso una dinastía de emperadores (la que se inicia con Trajano) y destacados intelectuales como Séneca, Quintiliano o Marcial. De esta larga época de dominación romana (que se extiende desde el siglo I a.C. hasta el siglo V d.C.) datan la unificación política y cultural de la península, así como los fundamentos de la cultura española hasta nuestros días, entre los cuales destaca la introducción del cristianismo.

Procedente de Palestina, el cristianismo hizo su aparición en Hispania a finales del siglo I, y en el siglo IV disponía ya de una organización eclesiástica inspirada en la del Imperio. Como en el resto de Europa, también en Hispania la decadencia del poder de Roma en los siglos III al V estuvo relacionada con las invasiones de pueblos germánicos que, unas veces pacíficamente y otras por la fuerza, se fueron asentando en los antiguos territorios del Imperio, en un contexto marcado por la descomposición de las instituciones civiles, el debilitamiento del comercio y de la vida urbana, y la tendencia a una economía autárquica de base agraria. La crisis social quedó de manifiesto en revueltas agrarias como la de los bagaudas del valle del Ebro, bandas de campesinos que arrasaban villas, ciudades y centros religiosos. El primer pueblo germánico en cruzar los Pirineos fueron los suevos, que se establecieron en lo que hoy es Galicia y el norte de Portugal (409). Luego vinieron los vándalos y los alanos. Y finalmente los visigodos, que habían entrado en el Imperio como confederados y, desde su base de las Galias, habían intervenido en la península para restablecer el orden luchando contra vascones, cántabros, suevos, vándalos, alanos y bagaudas.

Desde la caída de Roma en el 476, los visigodos constituyeron un reino independiente a caballo de los Pirineos, con capital en Tolosa (Francia). Pero la presión del avance franco en las Galias les impulsó gradualmente a desplazar hacia Hispania el centro de su poder: el reino visigodo de Tolosa se transformó desde 507 en un reino esencialmente hispánico, que acabaría por fijar su capital en Toledo en el 556. Hubo un último intento de restablecer la unidad del Imperio Romano por parte de los bizantinos, que llegaron a conquistar una franja de territorio en el sur de la península a mediados del siglo VI; pero no lograron arrebatar a los visigodos el resto de Hispania, y serían finalmente expulsados de ella en el 616.

Visigodos

Los visigodos eran una estrecha elite militar que dominaba a una población autóctona mucho mayor en número. Para consolidar su poder hubieron de convertirse al catolicismo y establecer así una alianza con el clero hispanorromano (589). La organización eclesiástica se hizo crucial para el funcionamiento del reino, adoptando los concilios funciones de asamblea representativa ante el monarca. El sistema sucesorio, tradicionalmente basado en la elección del monarca por la aristocracia, y nunca sustituido del todo por la herencia dinástica, fue una fuente permanente de inestabilidad, que alentó conflictos y guerras civiles hasta el final. El último de aquellos conflictos sucesorios –entre el rey don Rodrigo y los herederos de su predecesor, Vitiza– facilitó el paso a la península de los árabes del norte de África, capitaneados por Musa y Tariq, en el 711. Tras derrotar a los visigodos, se adueñaron rápidamente de la península, sin encontrar apenas resistencia en una población autóctona poco apegada a sus dominadores.

 

S. VI  Diferentes dominios

 

S. VI Los Visigodos se extienden

S. VII Los Visigodos