La España dividida de la Edad Media

La expansión musulmana por el norte de África y la Península Ibérica puso fin a la unidad del Mediterráneo antiguo. Los francos impidieron que esa expansión continuara hacia el norte de Europa (batalla de Poitiers, 732); y la propia Hispania quedó dividida durante ocho siglos en una zona musulmana (por el momento, un emirato con capital en Córdoba, que dependía del Califato Omeya de Damasco) y una zona cristiana (los territorios montañosos de Asturias, Cantabria, Vasconia y los Pirineos, en donde sobrevivieron precariamente núcleos de resistencia poco organizados, que los árabes no mostraron interés por reducir). Esta división cultural pervivió durante casi ocho siglos, durante los cuales se fueron definiendo los límites territoriales de las regiones españolas, origen de identidades que –en muchos casos– han pervivido hasta nuestros días.

Alandalus

El emirato de Córdoba se declaró independiente del Califato cuando éste fue arrebatado a los Omeyas por los Abasidas y trasladó su capital de Damasco a Bagdad. Un superviviente de la matanza de la antigua familia califal llegó hasta la península y se hizo reconocer como emir independiente en el 756 (Abderramán I). El último vínculo que quedaba con el Califato Abasida, de carácter religioso, terminó de romperse en el 929, cuando Abderramán III se hizo proclamar a sí mismo califa de la España musulmana (Al-Ándalus), reuniendo la suprema autoridad política y religiosa. La historia del califato de Córdoba fue brillante: monumentos como la Mezquita de Córdoba y el complejo arquitectónico de Madinat al-Zahara (centro político y residencial en las inmediaciones de la ciudad) testimonian el esplendor de la época califal, durante la cual Córdoba fue la ciudad más importante del Occidente, foco comercial de primer orden, sede de grandes bibliotecas y cuna de científicos y pensadores ilustres. Pero finalmente el Califato entró en crisis, dividiéndose AlÁndalus en pequeños reinos de taifas. Entretanto, en las zonas montañosas de la cornisa cantábrica y los Pirineos se habían consolidado una serie de reinos cristianos independientes, que aprovecharían los momentos de debilidad del califato y su crisis final para expandir sus fronteras hacia el sur, repoblando los fértiles valles del Duero y del Ebro. Los reinos cristianos luchaban tanto entre ellos como contra los musulmanes (con los que concertaban frecuentes alianzas), hasta que en el siglo XII empezaron a hablar de la reconquista, aludiendo a la unidad perdida de la Hispania visigoda, de la que se reclamaban legítimos herederos. Los diversos principados originales se fueron fundiendo en cuatro grandes unidades políticas:

Asturiano leonesa

Catalana

Estos reinos se mantuvieron en contacto con el resto de la Cristiandad europea, con la cual compartieron movimientos artísticos como el románico; a ello contribuyeron en gran medida desde el siglo XI la afluencia de peregrinos europeos hacia Santiago de Compostela, en donde se creía que estaba enterrado el apóstol Santiago, y la introducción de la orden benedictina procedente de Francia, con las reformas cluniaciense y cisterciense. A lo largo del Camino de Santiago la religiosidad medieval quedó plasmada en templos románicos como la catedral de Jaca, el monasterio de Santo Domingo de Silos (La Rioja), la iglesia de San Martín de Frómista (Burgos) o la propia catedral de Santiago.

Otro movimiento artístico europeo, el gótico, hallaría posteriormente un importante reflejo en la España cristiana, en los siglos XIII al XV, reflejando el auge de la vida urbana con la construcción de grandes catedrales (Burgos, León, Toledo, Sevilla, Palma de Mallorca...) y un cierto número de construcciones civiles ligadas a la pujanza del comercio en el área mediterránea (lonjas de Valencia y Palma).

Mientras tanto, en la España musulmana, dos oleadas sucesivas de invasores norteafricanos restablecieron la unidad de Al-Ándalus, tratando de volver a la pureza de los ideales islámicos primitivos (que suponían perdidos) y restaurar la fuerza que antaño tuviera el Califato de Córdoba para contener el avance cristiano y pasar a la ofensiva. La primera de esas oleadas fue la de los almorávides, pueblo sahariano que irrumpió en la península a finales del siglo XI. Luchando contra ellos murió Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, mítico caballero castellano que se había hecho con un extenso señorío propio entorno a Valencia, y cuyas hazañas están recogidas en el Cantar de Mio Cid. El hundimiento del Imperio almorávide dio paso a un segundo periodo de división en reinos de Taifas, que se extiende entre 1143 y 1172. En esta última fecha completaron la reunificación de Al-Ándalus los almohades, fanáticos musulmanes procedentes del sur de Marruecos, que impusieron su autoridad hasta 1269.

Esta larga época de decadencia político-militar del poderío musulmán, con la alternancia entre la fragmentación de los reinos de taifas y la unidad impuesta por los invasores magrebíes, fue sin embargo un periodo pródigo en construcciones notables (como la Giralda de Sevilla o las diversas alcazabas andaluzas), en el que surgieron importantes escritores, poetas, astrónomos, agrónomos y filósofos (como Averroes, cuyo pensamiento enlazó a Aristóteles y la Antigüedad clásica con Santo Tomás y la escolástica medieval). Pero, desde el punto de vista cultural, quizá el logro más significativo de aquel tiempo fuera la Escuela de Traductores de Toledo, en la que trabajaron juntos en el siglo XII sabios de las tres religiones monoteístas –cristianos, musulmanes y judíos–, amparados por el clima de tolerancia que garantizaron los monarcas castellanos; Toledo se convirtió en un foco de intercambio cultural, que permitió acercar a la Cristiandad medieval a las grandes obras árabes, persas, griegas e hindúes, y legó a la posteridad un ejemplo imperecedero de convivencia pacífica.

Ante la decadencia del poder musulmán (imparable desde la batalla de las Navas de Tolosa en 1212), los reinos cristianos pactaron entre sí el reparto de los territorios peninsulares que quedaban por reconquistar del Islam. Navarra no participó en esta empresa, limitándose a mantener periódicos conflictos fronterizos con los reinos vecinos, que hacían que Vizcaya, Guipúzcoa y Álava pasaran alternativamente a manos castellanas y navarras. Entre Aragón y Castilla se firmaron varios tratados que separaban las respectivas zonas de expansión, dejando para la reconquista aragonesa los reinos de Valencia y Mallorca (reconquistados por Jaime I, el Conquistador, entre 1229 y 1238) y para Castilla los de Toledo, Jaén, Córdoba, Sevilla y Murcia (cuya reconquista llevó a Fernando III, el Santo, hasta Sevilla en 1248, y a Alfonso X, el Sabio, hasta Cádiz en 1265). Los portugueses, por su parte, avanzaron de norte a sur en la misma época hasta el Algarve.

El último reino musulmán que pervivió en la Península, rodeado de territorios castellanos, fue el de Granada, gobernado por la dinastía nazarí entre 1232 y 1492. De su refinada cultura ha quedado como testimonio el impresionante complejo arquitectónico de la Alhambra. Para asegurar sus fronteras frente a Castilla, el reino recurrió de nuevo a la ayuda de un pueblo norteafricano, los benimerines. Pero, sacudido por múltiples conflictos internos, no pudo hacer frente al último ataque castellano, que concluyó con la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492.