EL FIN DE LA TRANSICIÓN. LAS ELECCIONES DE 1982
El recuerdo del golpe militar, avivado por la detención, a principios de octubre de 1982, de tres jefes militares por una nueva conspiración contra el Estado planeaba para un día antes de las elecciones; la " cantada " desaparición del partido que había gobernado desde 1977; la profunda crisis porta que atravesaba el PCE y la extendida necesidad de reafirmar la opción de la mayoría del español por la democracia impregnaron las elecciones del 2 8 de octubre de 1982 de un sentido que trascendía la pura repetición ritual de los comicios en una democracia consolidada. Se trataba, para muchos de los electores, de convalidar el sistema establecido en 1977 y 1978 y rechazarla impresión de que un supuesto desencanto popular, traducido en una creciente abstención en las convocatorias electorales, significase despego hacia las instituciones democráticas. Por todo ello a las elecciones de 1982 se le atribuyó, en razón de esta sobrecarga emocional, un efecto relegitimador de la democracia y que hasta se haya visto en ellas, más por su resultado que por el hecho de celebrarse, el fin de la transición política.
Estas elecciones tuvieron como característica el aumento de la participación.
Los hechos más notables de esta convocatoria electoral fueron: el triunfo del PSOE que recoge cerca de la mitad de los votos válidos y la convierte por primera vez, gracias a la regla D' Hont. , en cómoda mayoría parlamentaria, el fracaso del principal partido protagonista de la transición UCD, el éxito de AP, que recoge una parte considerable dl antiguo voto centrista y se convierte en el principal partido de la oposición; el hundimiento del PCE; la confirmación de los principales partidos nacionalistas de Cataluña y Euzkadi, CIU y PNV; el fracaso antela avalancha de votos del PSOE y de AP, de los demás partidos regionales o nacionales.
De este hecho se deduce la amplitud del cambio que se produjo en el sistema de partidos.
Al final del largo proceso electoral abierto por las legislativas de octubre de 1982, el PSOE aparecía como partido claramente dominante en un sistema en el que no existía alternativa clara a su posición y al que, por tanto, no se podía definir como bipartidistas en sentido estricto, pues tal concepto implica una verdadera y real posibilidad de alternancia en el poder. Este predominio socialista se extendía también a los gobiernos municipales. Para completar este abrumador predominio, las elecciones de mayo de 1983 llevaron a todos los parlamentos autónomos, excepto los de Cantabria y Baleares, una mayoría de diputados socialistas