EL FIN DEL CONSENSO

El consenso ha terminado: tales fueron las palabras que Adolfo Suárez pronunció en su discurso de investidura como presidente del primer Gobierno Constitucional tras las segundas elecciones generales, celebradas el uno de marzo de 1979. Con aquellas palabras, Suárez quería decir que, aprobada la Constitución y alcanzado un primer acuerdo para construir el nuevo marco del Estado de la autonomía, era preciso desarrollar en adelante una política de partido y no, como hasta entonces, una política que parecía más bien la de un inexistente gobierno de concentración o de unidad nacional.

Para emprender esta nueva dirección política, Suárez se basaba en el hecho de que, por primera vez, disponía de un partido que, además había ganado por segunda vez unas elecciones generales. Por lo que se refería al primer supuesto, durante el año anterior, la coalición que fuera en sus primeros pasos UCD había avanzado de forma significativa hacia su conversión en lo que parecía cuajar como verdadero partido político

Esta unificación orgánica, con el complemento del predominio de los órganos centrales de dirección sobre los provinciales y regionales, se extendió al terreno ideológico con la definición de UCD como un partido democrático, interclasista, reformista y progresista. En realidad, la tendencia a la centralización y la unificación era el resultado del liderazgo ejercido por Adolfo Suárez en el período de la reforma aunque, estaba lejos de haber reducido ala unidad lo que en su origen habían sido varias familias ideológicas y orgánicamente diferenciadas. La mezcla de las cuatro grandes corrientes originarias de UCD en una sola declaración de principios no dio más que precipitado ideológico ambiguo en el que los valores de la tradición moral cristiana se reivindicaban junto a los principios liberales y la afirmación de la intervención del Estado: una contradicción irresuelta que pronto se evidenciará en las luchas entre las diferentes familias por imponer una determinada política económica, educativa o autonómica.

En el congreso celebrado en octubre de 1978, Adolfo Suárez se dotó del instrumento necesario para acudir con garantía de éxito a la convocatoria electoral decidida tras la promulgación, en diciembre de ese mismo año, de la constitución. Y, en verdad los resultados obtenidos por su partido en marzo de 1979 podían interpretarse como una convalidación por el electorado del trabajo hasta entonces desarrollado: no que UCD aumentara mucho en términos relativos sino que su competidor por la derecha, que se presentaba ahora bajo la denominación de coalición democrática, sufrió un estrepitoso descenso mientras que por la izquierda, el PSOE no lograba tampoco subir mucho más del 1% el voto de 1977.

El sistema que había resultado de las elecciones de 1977 tendía, pues, a consolidarse en términos similares a los que ya habían aparecido entonces: dos partidos claramente mayoritarios en la línea izquierda / derecha, con otros dos partido minoritarios en los extremos. Las diferencias más notables radicaban el evidente auge de los partidos nacionalistas. Síntoma de la nueva fuerza que adquieren los sentimientos regionalistas o nacionalistas son también los buenos resultados del Partido Socialista de Andalucía, y la presencia por primera vez en el Congreso de varios partidos regionales como la Unión del Pueblo Canario, Unión del Pueblo Navarro y Partido Aragonés Regionalista. La cuestión nacional o autonómica se anuncia, pues, por el momento como la única capaz de alterar la composición de un sistema de partidos que en sus líneas fundamentales parece consolidado en lo que se siguió considerando como un bipartidismo imperfecto.