EL INTENTO DE GOLPE DE ESTADO

Para todos los oyentes las palabras pronunciadas por Suárez en su despedida evocaban la amenaza de una intervención militar en la marcha d la política. En realidad, desde el mismo momento en que Suárez comenzó a tomar decisiones políticas que afectaban a la continuidad del régimen franquista sin contar con la anuencia militar, algunos generales no tuvieron reparo en mostrar un profundo descontento.

La política de nombramientos seguida por el vicepresidente del gobierno para asuntos de la defensa, Gutiérrez Mellado, encendió los descontentos y las protestas al saltar por encima del escalafón en la designación del general Gabeiras como jefe del Estado Mayor y del general Ibáñez como director general de la guardia civil. El general Atarés protagonizó un violento enfrentamiento con Gutiérrez Mellado, a quien insultó gravemente en un acuartelamiento de Cartagena, sin que tal acción mereciese la más leve condena. Más tarde, avanzado ya el 1979, este mismo grupo de generales confiaba en una rápida acción de la brigada Paracaidista y de la División Acorazada Brunete, al mando del general Torre Rojas, para tomar el palacio de la Moncloa y nombrar un gobierno presidido por el general Vega.

Aparte de este grupo de generales, actuaba otro dirigido por coroneles y tenientes coroneles que habían protagonizado una llamada "operación galaxia". El teniente coronel de la guardia civil Antonio Tejero, y el capitán Saez de Inestrilla planearon el 11 de noviembre de 1978 un asalto al palacio de la Moncloa para el día 17 con objeto de secuestrar al gobierno y exigir un cambio de política. EL complot fue desbaratado por la policía gracias a las confidencias de uno de los implicados, pero los conspiradores fueron condenados a suaves penas de seis y siete meses de prisión.

Las razones de la inquietud y el descontento militar hay que buscarlas en las profundas transformaciones que, con la progresiva implantación de la democracia, afectaban a la posición del ejercito en la sociedad.

La situación de profunda crisis de identidad y hasta de función, la concesión de estatutos de autonomía y el incremento de acciones terroristas, que habían marcado como objetivo prioritario a los jefes militares, condujo a los grupos más politizados de las fuerzas armadas a reanudar sus planes conspirativos con la confluencia de los dos sectores de descontento militar que ya se habían manifestado en los años anteriores.

En noviembre de 1980 los generales De Santiago e Iniesta, con la colaboración del coronel José Ignacio San Martín, dieron vida al colectivo "Almendros" y comenzaron a publicar desde mediados de diciembre artículos en los que propugnaban abiertamente la necesidad de un golpe de Estado.

EL mayor activismo del nacionalismo radical vasco tuvo, durante este mismo mes de febrero de 1981, una expresión política en los abucheos y las protestas del grupo de diputados de Herri Batasuna en la casa de Juntas de Guernika con motivo de la visita de los reyes. Coincidieron así, en el momento de la crisis de UCD y de la dimisión de Suárez, todos los elementos que habían alimentado el descontento militar. Un evidente vacío de poder con la crisis de gobierno abierta por la dimisión de Suárez; un deterioro del orden público con los secuestros y asesinatos de ETA y lo que se podía entender como una activa amenaza a la unidad nacional durante la primera visita, por lo demás exitosa, de los reyes al País Vasco. Fue este momento en que las diversas líneas de conspiración militar que tenían en los generales Milans de Bosch, Armada, y Torres Rojas y en el teniente coronel de la guardia civil Tejero sus principales protagonistas, fundieron en la decisión de avanzar en los planes de golpe al momento de la investidura del candidato centrista a la presidencia del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo.

La operación finalmente diseñada consistió en la ocupación del Congreso de los Diputados mientras se procedía el 23 de febrero a la segundo votación del candidato de UCD, que no había logrado superar la primera vuelta con la mayoría cualificada exigida, al negar su apoyo las minorías vasca y catalana y abstenerse parte de la Coalición Democrática. Mientras el coronel Tejero secuestraba la totalidad de ministros y diputados, el capitán general de Valencia declaraba el estado de excepción y se hacía cargo del orden público con objeto de arrastrar en su acción al resto de los capitanes generales de todas las regiones militares.

Pieza esencial de esta operación tenía que ser el mismo rey, de quien los generales rebeldes esperaban su apoyo decidido. En efecto era dudoso que los capitanes generales de las diferentes regiones militares se decidieran a declarar el estado de excepción y sacarlos tanques a las calles si no contaban con el acuerdo del rey o si el mismo rey no lo ordenaba. EL rey, sin embargo, desde el primer momento adoptó una actitud claramente contraria al golpe. Las conversaciones mantenidas por el rey con los capitanes generales a través del teléfono fueron decisivas en el fracaso del golpe.

Libres de la presencia militar, los diputados pudieron procede finalmente a votar la investidura de Calvo Suelo.

Felipe González ofreció el apoyo del PSOE para la formación de un gobierno de coalición, idea propugnada desde antiguo por el PCE y a la que siempre habían sido reacios los socialistas.

Si el golpe sirvió de algo, fue precisamente para consolidar la monarquía parlamentaria como forma de estado aceptada y apoyada por la mayoría de los españoles. La monarquía parlamentaria recibió aquel día el suplemento de legitimidad que aún le podía faltar para su definitiva consolidación como forma política del Estado español