OPINIÓN DE ALGUNOS PROTAGONISTAS... 20 AÑOS DESPUÉS
| Leopoldo Calvo Sotelo 15 de junio de 1977 Presidente del Gobierno entre 1980 y 1982. |
Hace veinte años, por estas fechas, yo había dejado la cartera de Obras Públicas para ocuparme de organizar las primeras elecciones de la transición. La Ley Electoral que había hecho Landelino Lavilla extremaba la limpieza del Gobierno hasta el punto de impedir que los ministros fueran candidatos; por eso tuve que dimitir. Mi propósito era dar a Adolfo Suárez el respaldo de unos grupos políticos (democristianos, liberales y socialdemócratas) que legitimaran su carisma. Suárez estaba en la plenitud de su triunfo, después de legalizar el Partido Comunista, y sentía directamente el apoyo de los ciudadanos sin la correa de transmisión de un partido; pero no fue difícil convencerle de que necesitaría para gobernar con un Parlamento un Grupo Parlamentario organizado y eficaz. Y así nació UCD como coalición electoral. Firmaron conmigo la coalición quienes iban a ser hombres clave de los años siguientes: Joaquín Garrigues, Francisco Fernández Ordóñez, Pío Cabanillas, Rodolfo Martín Villa, Fernando Álvarez de Miranda. La coalición se quedó a 10 escaños de la mayoría. Inmediatamente después de las elecciones Suárez decidió convertir aquella coalición en un partido, que se llamó también UCD. No fuimos capaces nunca de construir un verdadero partido, como ya lo eran entonces el PSOE, Alianza Popular o el Partido Comunista. Éramos un Gobierno que quería ser partido a "contracorriente" de la historia política, que es siempre la historia de unos partidos que quieren ser Gobierno. Probablemente la debilidad congénita de UCD, cause última de su efímera trayectoria, fue también la razón de su gran éxito político. No se hubiera podido hacer la transición, que exigía consenso y mano tendida, si UCD se hubiera configurado como un partido al uso que busca su espacio político en áspera batalla con los partidos rivales. Las razones del éxito de UCD como artífice de la transición fueron también las razones de su fracaso como partido |
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Felipe González Presidente del Gobierno entre 1982 y 1996. |
Aquel junio de 1977 es una fecha inolvidable para quienes lo vivimos y creo que también debería serlo para quienes aún no habían nacido, porque fue entonces cuando los españoles recuperamos el bien más preciado del ser humano: la libertad. Libertad para expresarnos, para movernos, para oírnos unos a otros sin temor‑recuerdo de aquélla campaña electoral cómo, en algunos pueblos, la gente esperaba que oscureciese para acercarse a nosotros. Libertad para decidir con nuestro voto, para asociarnos y, en definitiva, para defender nuestros derechos sin ser perseguidos, como lo habíamos sido hasta entonces. Aquélla emblemática fecha ha quedado unida en mi memoria, a una canción que entonces se oía mucho, porque era un grito de esperanza en un país que rejuvenecía. Hablaba de "libertad sin ira°. Hoy puedo decir que he vivido esos veinte años de la reciente historia de España con auténtica pasión sigo luchando por que en este país vivamos con libertad sin ira. Digo esto no es la primera vez que lo hago, en los últimos meses, porque observo comportamientos autoritarios y modos intransigentes desde el poder que recuerdan épocas anteriores a ese alegre 15 de junio del 77. Y eso, me preocupa. Los jóvenes españoles menores de veinte años han nacido ya en libertad. Para ellos tenerla y poder disfrutarla es algo natural, pero los que llegamos a este mundo un poco antes sabemos y deberíamos hacerles entender a ellos que es un bien tan preciado que, donde no existe, la gente da la vida por conquistarlo. Alcanzar la libertad y desarrollarla en un ambiente de tolerancia es el mayor logro de los últimos veinte años. |
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José Antonio Zarzalejos Director de "El Correo". |
La instalación de la democracia en España se ha consolidado en los momentos históricos más duros y comprometidos de estos últimos veinte años. No sé si es demasiado interesante abundar en este aniversario en la cierta grandilocuencia que acompaña la celebración de fechas para el recordatorio. Parece más útil llamar la atención sobre la capacidad del sistema de libertades en España para regenerar el nervio democrático de nuestra convivencia. Estamos viviendo ahora momentos críticos en los que la maquinaria constitucional demuestra su potencia, la sociedad su madurez y las instituciones su permanencia. Cuando las sales de los tribunales acogen el enjuiciamiento de gravísimos delitos contra la esencia de una convivencia en libertad y bajo el respeto a la ley asesinatos, corrupción es cuando la democracia proyecta, al mismo tiempo, su grandeza y su debilidad. Y de ese pulso entre fuerzas contradictorias, veinte años después de una delicada operación política que puso el gobierno en manos del pueblo, va a salir una regeneración apoyada por una ciudadanía que se ha empapado ve, de manera irreversible, en los usos de la libertad política en su más amplia y complete acepción. Veinte años después, la democracia, ahora, con rasguños y mellas en su integridad, es, sin embargo, más fuerte, más sólida y, en definitiva, mucho más real porque se aleja de las visiones beatíficas de la transición y se aproxima, a una realidad de luces y sombras que es la que acompaña siempre la trayectoria de los hombres y los pueblos. |
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Enrique Múgica Diputado del PSOE |
Aquel 15 de junio se despejaron cuatro incógnitas y se mantuvo una certidumbre. Primera. Que la nostalgia del franquismo o su aprovechamiento se reducía a escasos grupos y mediocres presencias, y solamente evadiéndose del cordón umbilical, algunos podrían sobresalir en la vida española, lo que así sucedió. Segunda. Que la derecha clásicasin olvidar que había sido gran beneficiaria del régimen fenecido ‑ era capaz de alinearse, discreta aunque eficazmente, con sus homólogos europeos. A lavar su cara contribuyeron quienes habían sido oponentes moderados. Tercera. Que la hora del comunismo había pasado. A la pérdida de la oportunidad de los 40, siguieron las inoportunidades del 56 húngaro y del 68 checo. La sangre de los mártires testimonia su fe, pero no su razón. Cuarta. Que la memoria histórica del socialismo en cuanto unión de Libertad y Justicia se había mantenido en el silencio apasionado y bajo la represión de la dictadura. Su eclosión fue natural. De lo anterior se derive una certidumbre: la democracia fue derrotada mas no vencida. Y ésta fue la gran convicción ciudadana que, hondamente, resurgió aquel día. |
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Victoria Prego Periodista y escritora. |
Recuerdo pocas cosas, pero algo recuerdo. Recuerdo que hacía calor y que durante días estuve dudando si votar a mis amigos, militantes de un partido de izquierda no legalizado, o emitir lo que entonces todavía no se llamaba "voto útil' pero que lo era: una candidatura que tuviera posibilidades reales de conseguir escaño en las nuevas Cortes democráticas. Por entonces yo no albergaba ninguna dude de que el proceso político que se había iniciado se iba a saldar con éxito rotundo. Yo era joven, era y soy optimista y, sobre todo, era capaz de captar en el talante de los ciudadanos una determinación evidente, casi exhibida, por evitar los enfrentamientos y alcanzar las libertades en paz. Y eso también se veía en quienes sentían la democracia más bien como un inconveniente al que tenían que amoldarse. Pero amoldarse en paz. En aquella primera votación de mi vida, quienes acudíamos a votar nos mirábamos atentamente, no con desconfianza sino más bien con la sensación de estar participando en una representación colectiva nueva y emocionante. Los miembros de las mesas electorales oficiaban con dedicación intensísima, casi con devoción, una ceremonia que todos sabíamos que tenía que culminar brillantemente. Se necesitaba el éxito, no sólo de público. También de crítica. Muchos padres jóvenes llevaban a sus hijos de la mano. No me cabe ninguna dude de que todos estábamos internamente emocionados. Tengo que decir que a mí me temblaron por primera vez las rodillas, de puro placer, cuando me planté delante de las urnas. Y me sigue pasando. |
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Eduardo Haro Tecglen Periodista y escritor |
Nos veríamos a media tarde del día de las elecciones en la cafetería del Suecia. Semprún se había alojado allí. No podía votar: aún no tenía residencia en España, y hasta poco tiempo antes aún era Agustín, Federico Sánchez, "El Pajarito. Cuando llegamos, aún no había bajado, pero ya nos estaba esperando Fernando Claudin. Jorge nos preguntó qué habíamos votado. "Al PC" dijo Claudín; y Concha, y yo. "Federico", se indignó. Dije: "Hombre, no íbamos a votar a Felipe González". Parecía absurdo, después de tanta lucha. E1 día antes estuvimos en el pisito del partido en la cuesta de Santo Domingo para ver el censo, y Armando López Salinas, inasequible al desaliento, nos aseguró que el partido ganaría muchos escaños: no salió ni él, que se presentaba por Jaén. El maravilloso voluntarismo: se hundieron sin saberlo, murieron creyendo que estaban vivos. Por la noche, en las televisiones, el triunfo de los socialistas era conmovedor: hasta los comunistas muertos daban saltos de alegría. Lo grabé en vídeo, para volverlos a ver dentro de unos años. Ahora sería el momento: pero no me presto a esa aura burla. Claudín atendió bien, una vez más, las recriminaciones de Semprún. Terminó de director de la fundación Pablo Iglesias; Jorge llegó a ministro inverosímil del inverosímil Felipe González. Yo voté a los socialistas en elecciones siguientes: con la muerte en alma. Después comprendí quién era yo: no volvería a votar nunca más. Había entendido todo. Y así sigo. |