EL PSOE Y LA TRANSICIÓN.

Durante los primeros años de la transición democrática, la percepción colectiva de los españoles sobre el PSOE estuvo claramente marcada por dos imágenes diferenciadas que fueron solapándose, y asimilándose progresivamente. Por un lado, la imagen del PSOE como partido centenario, que desde su formación en 1879 había jugado un papel de creciente protagonismo en la reciente historia de España. La otra imagen era la de un partido joven, con muchos afiliados que no había conocido la guerra, con un importante ímpetu renovador en su interior y con un equipo dirigente con la media de edad más joven del panorama político español y la mima imagen de Felipe González y de otros líderes socialistas en los primeros años de la transición, incluso en su manera de vestir y en su lenguaje directo y políticamente innovador, constituía la más clara ejemplificación de los aires renovadores que predominaban en las filas del veterano partido socialista español. La conjunción acertadas de ambas facetas (como raíces históricas para la democracia y como renovación generacional) fue uno de os factores que explica el ascenso político del PSOE durante este período: ascenso que culmina en el importante éxito en las elecciones legislativas de 1982, y que se mantiene con un ligero descenso en las de 1986.

Durante los años más duros de la represión, las dificultades por el funcionamiento de una organización democrática como el PSOE en el interior de España pronto fueron haciendo bascular el peso de la estructura política del partido hacia el exterior, mientras que la influencia sociológica del socialismo en España atravesaba por una singular evolución: en una primera etapa la influencia socialista fue aun bastante notable en los núcleos industriales y en las grandes ciudades, donde también se hacía notarla presencia organizada de la UGT. Pero el cambio de las circunstancias internacionales, el nuevo fracaso de la línea de pactos políticos propuesta por Prieto y el peso acumulado de la represión empezaron a marcar una cierta línea de debilitación de las influencias organizadas del PSOE en el interior de España.

Sin embargo, desde finales de la década de los años cincuenta, y sobretodo en la década de los sesenta nuevos grupos de jóvenes trabajadores y estudiantes socialistas van a iniciar una dinámica de reorganización, al tiempo que algunos intelectuales socialistas, como el catedrático Enrique Tierno Galván y sus discípulos empiezan a perfilar determinados núcleos socialistas organizados.

A partir de los 70 se va a introducir una dinámica diferente en la veterana organización del socialismo español: por una parte, determinados núcleos de jóvenes, tanto en el exilio como en el interior, empiezan a cobrar un mayor protagonismo en la estructura general del PSOE, al tiempo que la organización clandestina en el interior va adquiriendo mayor peso e iniciativa, imprimiendo al partido una dinámica más abierta a la asunción de acuerdos, compromisos y acciones políticas conjuntas con las diferentes fuerzas de oposición al franquismo.

En 1976 el PSOE se configura de una forma inequívoca, como uno de los principales artífices del desarrollo de un complejo y delicado proceso de democratización, lo que le permitirá llegar a las elecciones legislativas de 1977 con un impulso renovado que hará posible uno de los más importantes éxitos de su historia. Éxito, sin duda, influido en gran medida por la adopción de una línea política reformista (lo que a veces se calificó como ruptura pactada) que condujo a un proceso de negociaciones y de pactos,.

Pero el resultado de las elecciones de 1979 provocó entre los socialistas una profunda frustración. Hasta ese momento, el crecimiento experimentado por el partido parecía abrir para lo inmediato las puertas del Gobierno.

Hasta 1979 la amplitud de ese atractivo parecía basarse en una ambigüedad de fondo, que afectaba tanto a su estructura organizativa como a su ideología práctica política. EL PSOE había basado sus campañas electorales en una propaganda que tenía a su primer secretario como mayor reclamo. Este evidente proceso de personalización de la política corría parejo, sin embargo, con una organización muy fluida y democrática, de carácter muy "asambleario" en las que las organizaciones de base elegían directamente a sus representantes a los congresos.

El núcleo de la dirección del partido que se consolidaba en torno a Felipe González comprendió que esta ambigüedad muy funcional durante el periodo de conquista de " parcelas de libertad" por cuanto había servido para atraer votos de izquierda, detener el posible avance del PCE y absorber a la totalidad de la familia socialistas, se había convertido después de promulgada la Constitución en principal causa de parálisis. El partido no crecía ni en afiliados ni en votos. La dramática llamada de atención de Adolfo Suárez desde la televisión, en vísperas de las elecciones de marzo de 1979, sobre los peligros que acarrearía votar a un partido marxista, produjo un indudable impacto en el electorado retrayendo posibles votantes. Si las inmediatas elecciones municipales, celebradas en abril del mismo año, habían llevado a los ayuntamientos a miles de concejales socialista, la elección de alcaldes del PSOE sólo había sido posible, en muchos de ellos, gracias a alianzas, no deseadas, con los comunistas. Reafirmarla autonomía del proyecto socialista y presentarse ante el electorado como una coalición de izquierdas que muchos sectores sociales podían confundir con una nueva versión del frente popular, exigían redefinir estrategias o, más exactamente, adecuar el discurso ideológico, la identidad del partido y la estructura de su organización a la práctica hasta entonces desarrollada.

A ese propósito obedecía la afirmación de Felipe González reconociendo en mayo de 1978 el error cometido en el congreso de 1976 al definir como marxista al PSOE y su decisión de borrar tal epíteto de la identidad del partido. Este anuncio bastó para que un sector de antiguos militantes, miembros sobre todo de la federación socialista madrileña, mostraran su alarma por lo que consideraba un proceso de transformación del PSOE en partido electoralista y personalista. EL sector crítico insistía en mantener la definición marxista del partido y, a la vez que reclamaba la admisión de corrientes de opinión y una mayor democracia interna, abogaba por una estrategia de pactos con el PCE.

La tensión entre los críticos y la dirección se puso de manifiesto cuando los primeros presentaron en el XXVIII congreso frente a la ponencia política oficial que eludía la definición marxista y propugnaba una nueva identidad interclasista, una ponencia alternativa en la que se reafirmaba el carácter marxista y revolucionario del partido socialista. Aprobada por la mayoría de los congresistas, los críticos pretendieron aprovechar su victoria forzando la elección de una nueva ejecutiva en la que, manteniéndose Felipe González como secretario general, tuvieran ellos mismos una representación proporcional a la fuerza evidenciada en el Congreso. González, sin embargo, ante la eventualidad de dirigir una ejecutiva integrada por una mayoría de sus opositores, prefirió correr el riesgo de presentar la dimisión y se negó a aceptar el contenido de la ponencia aprobada. Los críticos, que no esperaban esta reacción, fueron incapaces de presentar la candidatura de un nuevo secretario general ni de una ejecutiva alternativa y los delegados, en medio de una considerable confusión, se vieron obligados a nombrar una comisión gestora que preparase un congreso extraordinario en el que se dilucidaría definitivamente la cuestión

Pero el congreso extraordinario se convocaría ya de acuerdo con otros estatutos. En efecto, mientras se discutía sobre la identidad del PSOE como partido marxista, se aprobaba, con una fuerte oposición, una reforma de estatutos que además de prohibirlas tendencias organizadas y las corrientes de opinión, cambiaba el sistema de representación en los congresos de manera que en adelante, suprimido el derecho de voto individual de los delegados, las agrupaciones provinciales enviarían una delegación única con un único voto. El sistema indirecto de elección y el voto único por delegación dejaba en manos de la minoría, fácilmente controlada por los organismos ejecutivos centrales, la aprobación de las resoluciones y las elecciones ejecutivas.

Con todo esto no fue sorprendente que el congreso extraordinario de septiembre de 1979 significaría el retorno con fuerza de Felipe González.

Así, asegurada la disciplina interna en una organización muy centralizada, el PSOE pudo reemprender su marcha con el objeto de constituirse en alternativa de poder. En ese camino, el partido socialista se enconó con una UCD cada vez más a la defensiva, sin un programa de gobierno y presa de fuertes tensiones internas que desembocaron en la crisis de abril. Cuando Suárez pudo, tras veinte días de ímprobos esfuerzos y vacilaciones, reconstruir un Gobierno, le esperaba en el parlamento una moción de censura presentada por Felipe González en los últimos días de mayo de 1980. También los socialistas daban por terminado en consenso y, superada su crisis interna, sin oposición intrapartidista, pasaban a la ofensiva.

La inesperada propuesta de Felipe González obligó a un Suárez cada más acosado a salir de la Moncloa e ir al Congreso. Contra toda lógica, optó sin embargo por no intervenir en el debate ni responder personalmente a la moción que González traía perfectamente preparada. Las respuestas corrieron a cargo de los respectivos ministros, lo que dejó a todos los presentes y a los millones de telespectadores que seguían por vez primera un auténtico debate político, la impresión de que Suárez era ya un hombre contra las cuerdas, sin capacidad de respuesta, acobardado, un político derrotado; a partir de esa moción de censura, su caída en las encuestas d opinión fue continua e imparable.