Formas de erosión y de acumulación glaciares

La morfodinámica glaciar generó, ante todo, formas erosivas, tanto en la vertiente norte como en la sur, pues la pronunciada pendiente de los barrancos no favoreció la instalación de las formas deposicionales ya que las aguas de fusión o la propia dinámica de laderas pronto las desmantelarían. Se trata, por consiguiente, de un relieve definido por el esculpido, a pesar de incluirse en un paisaje de formas mayores evolucionadas. De manera general, y por lo que respecta al espacio glaciado, dominio de circos y de valles, éste se caracteriza por los siguientes rasgos morfológicos:

bulletCuencas de alimentación individualizadas y bien delimitadas pero con escasos portillos de transfluencia glaciar.
bulletSurcos glaciales muy empinados y sólo entallados en U en los tramos más cercanos a cabecera.
bulletNiveles de cumbres diferenciados alternando agudas cresterias ("crestones") y hönner con planicies erosivas,
bulletEficaz influencia de la tectónica y de la litología locales en la creación de formas erosivas, tanto en circos como en valles.
bulletDiferentes sedimentos morrénicos esparcidos a lo largo de los cauces glaciares, más numerosos en vertiente sur que en la norte,
bulletProfusión de glaciares rocosos colmatando (lrnando) las partes más elevadas de los circos.
bulletEficaz morfodinámica postglaciar, particularmente de laderas.

El dominio de los circos

Los circos de Sierra Nevada quedaron instalados en las antiguas cabeceras de los barrancos, allí donde la concavidad preexistente fue propicia para el almacenamiento de las nieves. Estas concavidades también fueron los últimos reductos donde el hielo quedó retenido a lo largo del Tardiglaciar y también durante la Pequeña Edad del Hielo. En su seno se albergan los más importantes cúmulos de glaciares rocosos. La configuración de los circos denota su acusada individualización, pues escasean los tipos complejos definidos por la coalescencia de unidades. A lo sumo, delgadas aristas rocosas, "raspones" y algunos hörner, tienden a delimitarlos, lo que atestigua que cada sistema glaciar quedó encerrado en su respectivo dominio prefluvial, reduciendo, de esta forma, los antiguos rellanos erosivos culminantes. Así sucede, por ejemplo, a ambas vertientes del cordal Puntal de la Caldera Cartujo (Raspones de Río Seco, Raspones de la Virgen, etc.).

En cuanto a las dependencias de las formas elaboradas y la tectolitología hay que señalar importantes datos. La estructura local del edificio ha jugado un papel capital en la morfología resultante pues el trabajo erosivo de las masas de hielo cargadas de escombro, se ajustaron bien a las morfoestructuras. Muchos circos lo demuestran.

Así sucede en los del Veleta, Río Seco, Goterón, Dílar, Juntillas, etc. donde contactos litológicos o líneas tectónicas han favorecido la creación de fuertes desniveles, cubetas de sobreexcavación, o densas mallas de estrías y acanaladuras. Sin lugar a dudas uno de los enclaves más notorios es el paraje del circo del Veleta donde las fracturas que atraviesan el roquedo, con dirección NNW-SSE y NE-SW, han sido explotadas eficazmente por la carga subglaciar dando lugar a importantes disecciones y pequeñas lagunas (las Cabras), algunas instaladas en repisas estructurales ("vasares"), como la de Aguas Verdes; dispositivo morfológico que también se repite en vertiente norte, en las lagunas Larga y de la Mosca. Otro enclave interesante es el circo del Goterón donde las fracturas que atraviesan el substrato han condicionado la red de drenaje y los bruscos desniveles que las aguas deben sortear

Acerca de las formas deposicionales que caracterizan a los circos hay que subrayar, ante todo, los glaciares rocosos que colman sus fondos. Se trata de caóticas acumulaciones de bloques construidas durante los episodios más tardíos del glaciarismo würmiense (Tardiglaciar), a partir de los 15000 BP, y se asocian a unas condiciones climáticas áridas y de frío intenso (PONS & REILLE, 1988; ESTEBAN AMAT 1995, 1996). La mayoría de estas construcciones se instalan por encima de los 2800 m, que es donde podría haber quedado instalado el nivel de nieves permanentes durante el Tardiglaciar (MESSERLI, 1965). Los mejores modelos de glaciares rocosos se detectan en la cabecera del Dílar (Cascajar del Cartujo), (vecina del nacimiento del Río Dúrcal, que a su vez también es un glaciar rocoso), donde se identifican diferentes generaciones atribuibles, probablemente, a episodios diferenciados del Tardiglaciar (LHENAFF, 1977 y SÁNCHEZ GÓMEZ et al., 19906). También hay excelentes formaciones en Siete Lagunas, aguas arriba de los borreguiles que colman la repisa basal del circo. El origen y evolución de los glaciares rocosos es aun tema controvertido aunque se aboga por una acción combinada de hechos:

bulletRégimen climático frío y seco;
bulletSustrato friable con fuerte pendiente;
bulletReceptáculo cóncavo y amplio de base, asentada en permafrost;
bulletRégimen adecuado de avalanchas de nieve e hielo interstitial entre bloques.

En la actualidad las paredes de los circos están sometidas a importantes procesos de gelifracción (fuertes cambios de temperatura), muy favorecidos por las condiciones del roquedo, pues a la propia estructura del edificio litológico, extremadamente tectonizado, hay que sumar la descompresión a la que están sumidas estas paredes, como respuesta a la desaparición de los hielos glaciares. Todo ello explica la abundancia de clastos (fragmentos de roca), que tiende a invadir las zonas más bajas de los cuencos, particularmente visibles en los corrales de la vertiente norte (Veleta, Mulhacén, Valdeinfierno, etc.) .

El dominio de los valles

Los valles fueron los principales cauces por donde se condujeron los hielos, aunque algunas de estas masas lo hiciera a lo largo de las lomas sin alcanzar los surcos colectores, como sucedió con los glaciares de circo (Cornavaca, Siete Lagunas-Peñón Negro, etc.). Sin embargo, el trayecto recorrido por las lenguas siempre fue reducido y en buena parte se debió a la fusión temprana de las masas heladas, determinada no sólo por la latitud de la Sierra, sino también por la reducida magnitud de las cuencas de alimentación. Ello explica que la morfología en U de los valles pronto desaparezca y tempranamente adquiera formas angostas y encajadas. Como se ve en el Río de Lanjarón formando un valle en forma de U y luego en forma de V

Desde el punto de vista morfológico los valles, sobre todo en vertiente sur, presentan sucesivas rupturas de pendiente en su curso longitudinal. Generalmente coinciden con contactos litológicos o dislocaciones estructurales acentuadas por la sobreexcavación del hielo. El tránsito circo-valle se identifica por bruscos desniveles en los que el substrato aparece pulido y rastrillado como respuesta a la acción mecánica de la carga de fondo. Valle abajo no resulta extraño detectar entalles erosivos a diferente altura (Mulhacén, Río Seco, Veleta), gargantas subglaciares y valles tributarios colgados (Veleta), e incluso asimetrías en el perfil transversal (Lanjarón, Guarnón).

En este último sentido, el valle de Lanjarón es uno de los casos más significativos, pues la morfología que presentan sus vertientes deriva del binomio estructura-erosión (LHENAFF, 1977; SÁNCHEZ GóMEZ et al., 1990c). Al respecto, hay que señalar la predominancia de formas erosivas en las vertientes occidentales y deposicionales en las orientales. La explicación radica en el buzamiento que ofrecen los micasquistos que componen el substrato (generalizado al WSW) y en la acción modeladora de los pequeños cuencos glaciares colgados sobre la vertiente izquierda del valle (Caballo, etc.). La conjunción de tal binomio explica, además, detalles morfológicos significativos como son, por ejemplo, la profusión de resaltes estructurales y la prolongada hombrera que entalla la vertiente derecha, desde laguna Cuadrada hasta Peñón Colorado, por debajo de Tajos Altos, frente a las acumulaciones de origen gelifluidal instaladas en la vertiente izquierda.

En cuanto a los registros deposicionales de origen glaciar abandonados en los valles hay que distinguir:

bulletel till de fondo ( Deposito sedimentario formado por rocas) que se ofrece con estructuras indiferenciadas y removido por procesos fluvio-torrenciales o nivoperiglaciares,
bullety las morrenas ( acumulación de fragmentos de roca) que se escalonan en vertientes o tienden a cerrar el lecho de los barrancos. La mayor profusión de estas formas se localizan en los valles meridionales y en aquellos otros septentrionales de menor pendiente (Juntillas, San Juan, Monachil y Dílar).

La escasez de morrenas en Sierra Nevada deriva, principalmente, de tres hechos:

bulleta) la fragilidad del roquedo y la poca coherencia de los depósitos construidos;
bulletb) la pronunciada pendiente de las vertientes (>25 grados);
bulletc) la agresividad de los procesos morfogénicos postglaciares.

La interactuación de todos ellos supuso que apenas retirados los hielos de los barrancos las morrenas creadas, muy incompetentes por su mala consolidación, pronto se desestabilizarían pues las aguas de fusión y los procesos de ladera postglaciares actuarían sobre ellas con energía dada la pronunciada pendiente de las vertientes. Así sucedió de forma extrema en Guamón, Valdecasillas y Valdeinfierno, a juzgar por la inclinación topográfica que caracteriza a cada una de estas unidades glaciares.

Los depósitos morrénicos sólo han mantenido formas originales cuando quedaron instalados en tramos dotados de poca inclinación, como sucedió en los glaciares colgados esculpidos en las lomas, o en aquellos otros de valle dotados de vertientes o talweg abiertos. En tales casos es fácil distinguir diferentes generaciones, como sucede aguas arriba de la Hoya del Capitán, en los barrancos de Río Seco y Naute; en Siete Lagunas, por debajo de Chorreras Negras; en Prados de Cornavaca; en el Dílar, en las inmediaciones de la laguna de la Mula; en la Hoya de la Mora; en San Juan, frente al Mojón del Trigo; etc.

En su conjunto, las acumulaciones morrénicas conforman edificios de dimensiones reducidas compuestos por una amalgama de bloques y cantos empastados en abundante matriz menuda e instalados, en ocasiones, colgados en las vertientes, como en el valle de San Juan, donde forman segmentos bien visibles en la topografía. También configuran pequeños cordones frontolaterales que tienden a cerrar la salida de aguas de los barrancos, tal como ocurre en la confluencia de Río Seco y Mulhacén, en las inmediaciones de Las Tomas. En otros casos, los depósitos morrénicos han quedado fijados en los declives de las lomas, pues las masas heladas no llegaron a entrar en contacto con sus respectivos glaciares colectores. Así sucede ahora en el sistema de Siete Lagunas y en Cornavaca, donde se distinguen sucesivas generaciones de arcos, probablemente, de los más interesantes de la Sierra.

El abandono de la carga glaciar produce las morrenas

La falta de dotaciones absolutas no nos permite fijar en el tiempo la instalación de los edificios morrénicos de Sierra Nevada por lo que sólo podemos distinguirlos en relación al lugar que ocupan en su particular espacio glaciado, aunque como señalaremos oportunamente, somos de la opinión de la existencia de glaciaciones antiguas en la Sierra. Por ahora, si podemos señalar de los diferentes edificios morrénicos distinciones morfológicas y sedimentológicas

Atendiendo a tales características cabe señalar:

bulletMorrenas externas, instaladas en los márgenes del máximo empuje glaciar;
bulletMorrenas internas, fijadas en el seno de los circos y atribuibles a las últimas fases del Würm;
bulletMorrenas intermedias, repartidas entre las externas e internas, pudiendo corresponder a diferentes pulsaciones de avance, estabilización o retroceso (GÓMEZ ORTIZ, & SALVADOR FRANCH, 1998).