Dinámica periglaciar. Formas desarrolladas

En una visión global, los modelados que caracterizan a Sierra Nevada, a partir de los tramos medios de sus lomas, generalmente por encima de los 800-1000 m, tienen un origen periglaciar. En tal sentido, tal como se refirió oportunamente, hay que subrayar la eficacia morfogénica del periglaciarismo a lo largo de todo el Pleistoceno.

bulletUnas veces creando formas propias (figuras geométricas en altiplanicies, glaciares rocosos en cuencos de alimentación glaciar, depósitos tipo groize o gréze a lo largo de laderas, etc.).
bulletEn otras, remodelando formas ya elaboradas, tal como ocurrió con algunos segmentos de morrenas que fueron desdibujados por procesos gelifluidales (valle de San Juan, Peñón Negro, etc.)

De entre los grandes tipos de formas representativas reseñadas y por su significado morfológico y paleoambiental referiremos a los glaciares rocosos, las figuras geométricas y los depósitos tipo groize.

Glaciares rocosos (rock glaciers)

Son las formas deposicionales que mejor caracterizan a los circos, pues la mayor parte de ellas están instaladas en el seno de las antiguas cajas de alimentación glaciar. Morfológicamente se trata de amontonamientos caóticos de bloques de diferente tamaño, de aristas definidas y sin matriz que rellene los instersticios, al menos en las zonas más elevadas del depósito. En función de la topografía del reducto adquieren formas muy variadas que por lo general se resuelven en una mezcolanza de festones, lóbulos y lenguas. Desde el punto de vista morfogenético la literatura los clasifica como formas transicionales entre la dinámica glaciar y periglaciar (TRICART et CAILLEUX, 1967). El glaciar del nacimiento del Río Dúrcal es de este tipo)

Por lo que respecta a Sierra Nevada referencias precisas a su existencia se encuentran a partir de MESSERLI (1965) y LHENAFF (1977), considerándolos como los registros más tardíos de los últimos tiempos pleistocenos. A grandes rasgos los glaciares rocosos de Sierra Nevada los conforman tres tipos de estructuras simples, de acorde con la morfología del receptáculo donde quedan inmersos:

bulletde formas lobuladas y coalescentes, cuando se instalan en fondos de caja de circo amplia (Cascajar del Cartujo. Valle del Dílar);
bulletde formas arqueadas y superpuestas (tipo croissant), inscritos a lo largo de canales estrechos (Vacares);
bullety de formas festoneadas o cordadas, fijados al pie de cantiles y paredes de fuerte pendiente (valle de San Juan).

Sin embargo la realidad es más compleja pues en un mismo receptáculo resulta normal la imbricación de alguna de ellas.

Los modelos descritos y sus correspondientes variaciones se reparten por toda la Sierra, situándose entre los 2500 m (glaciar Río Seco) y los 3070 m (Corral del Veleta), aunque la mayor parte de ellos se instalan a partir de los 2800 m. que es donde podría haber quedado establecida la línea de nieves permanentes.

Adquieren especial relevancia en

bullet vertiente norte, donde se detectan los más desarrollados y espectaculares, como sucede en el circo central de la cabecera del Dílar, en los Torcales del Dílar (Cascajar Negro).
bulletLa concavidad, abierta al NE, está colmada por una amalgama de cuatro generaciones sucesivas de lóbulos que se prolongan durante 1,2 km desde la cota 2850 m hasta la de 2600 m, en una anchura máxima de 600 m.
bulletEn cambio, en vertiente meridional los glaciares rocosos resultan más modestos, sobre todo por las dimensiones que cubren y morfologías que ofrecen. Se inscriben en casi todas las cavidades de los circos y en aquellas otras labradas en las paredes de los valles glaciados, aunque con supremacía en orientación este o sureste, tal como se aprecia en los surcos del Lanjarón, Cornavaca, Veleta, Río Seco, Mulhacén, Siete Lagunas, Goterón, Vacares, etc.

En la actualidad, ninguna de estas estructuras sedimentarias presenta evidencias de funcionalidad, pues se trata de formas relictas sometidas a un lento proceso de fosilización a partir de la intensa gelifracción que afecta a las paredes que los enmarcan. Sin embargo, es necesario matizar esta afirmación para el Corral del Veleta, al menos para su extremo más oriental, donde una mezcolanza de arcos empotrados y encajados podrían estar dotados de cierto dinamismo, pues observaciones recientes han mostrado la existencia de permafrost en profundidad, lo que explicaría la movilidad detectada en ciertos arcos del glaciar rocoso.

Los glaciares rocosos de Sierra Nevada parece que fueron elaborados durante el Tardiglaciar (a partir de 14000 BP), coincidiendo con unas condiciones climáticas muy frías y secas (abundante presencia de taxones estépicos -Artemisias y Chenopodiaceae-) atribuibles a las pulsaciones del Dryas, tal como se deduce de los análisis polínicos llevados a término en la turbera de Padul (PONS & REILLE, 1988). En cuanto a su origen y evolución es aún tema a debatir pues faltan observaciones y análisis minuciosos que expliquen sus estructuras y morfologías (GÓMEZ ORTIZ, 1991).

Figuras geométricas heredadas

El relieve de los niveles cimeros de Sierra Nevada se presenta, por lo general, enrasado (no modelado) y apenas retocado por los hielos, pues el retroceso de las paredes de los circos no siempre logró conectar cuencas yuxtapuestas aunque sí aisló pináculos que han venido actuando a manera de horn (Alcazaba, 3371 m; Puntal de Vacares, 3146 m, etc.). De estos enrasamientos, cuyo origen primitivo son jirones de superficies de erosión preglaciares, existen buenos retazos en la línea de partición de aguas entre la cuenca del Guadalquivir y Guadalfeo.

En realidad, se trata de:

bulletsuperficies de crioplanación (deposición de material meteorizado (generado por la intensa labor de las heladas) en depresiones, a modo de terrazas.) que se labraron durante los períodos fríos pleistocenos por la acción combinada de la crioclastia, que aniquiló o redujo resaltes rocosos (tors),
bullety de la gelifluxión (deslizarse ladera abajo por acción de la gravedad), que extendió los productos liberados a lo largo y ancho de la planicie preexistente; ello explica el mar de cascajos (mer de roches) que tiende a recubrir el suelo.

Desde la óptica geomorfodimática lo más interesante de estas superficies son las figuras geométricas ("terreno configurado" en terminología de Washburn) que en ellas se instalan, tal como se observa en la Allanada del Mulhacén (3410 m), Picón de Jeres (3090 m), cerro de los Machos (3299 m), Lanjarón (3120 m), etc .

En la mayoría de ocasiones se trata de estructuras flotantes pero siempre de dimensiones métricas, dispuestas en coalescencia alternando las figuras cerradas (círculos o polígonos de piedras) y las abiertas (suelos estriados), de acuerdo con el valor de la pendiente topográfica en las que se inscriben.

Los límites de estas formas las conforman lajas de micasquistos de bordes romos, de medidas pluridecimétricas, enderezados y con escasa matriz envolvente, aunque toda la fracción está asentada en gruesos paquetes de gravas y finos. En cambio, los sectores centrales de los círculos y las bandas de los ejes de las estrías, que nunca muestran perfil convexo, se definen por lajas de menor tamaño y mayor abundancia de matriz, donde arraigan líquenes y algunos individuos propios del piso crioromediterráneo (Arenaría imbricata, Festuca clementei, F pseudoeskia, etc.)

Las planicies culminantes de Sierra Nevada no debieron estar afectadas por el glaciarismo, si por una morfodinámica periglacial intensa que dieron campos de figuras geométricas

Uno de los enclaves más significativos donde estas formas pueden identificarse es en el collado de los Machos (3299 m), entre el picacho del Veleta (3394 m) y el cerro de los Machos (3329 m). Se trata de un reducto de perfil concavo bien expuesto a los vientos que aísla el valle del Guamón, al norte, de aquel otro de Aguas Verdes (Veleta), al sur. Durante los períodos glaciares no debió actuar como collado de transfluencia a juzgar por la inexistencia de pulimento y estriado en bloques y resaltes. Las figuras geométricas de este paraje se inscriben en las zonas más bajas del collado mostrando dimensiones de hasta 1,60-2 m de diámetro y 7,25 m de circunferencia para los círculos de piedras. Por lo que respecta a los suelos estriados se han medido longitudes en tramos continuos de hasta 23,30 m y separación de hileras entre 23,60 m. La anchura de los ejes tanto de unas como de otras abarca de 0,4 a 0,9 m, mostrando los bloques medidas extremas de 0,3 a 0,9 m. En cuanto a la profundidad del enralzamiento de los ejes es muy variable pero siempre supera los 40 cm. El tránsito de los círculos a las estrías lo condiciona la pendiente. Los primeros, cuando la inclinación es inferior a los 7 grados; los segundos, cuando se incrementa por encima de los 11 grados. Entre una y otra magnitud la configuración geométrica es elipsoide .

La presencia de estas estructuras coronando las planicies cimeras permite admitir la ausencia de capa de hielo recubriendo el suelo durante su formación, lo que significaría plantear la hipótesis de que tanto los círculos de piedras como los suelos estriados se desarrollaron sobre superficies preglaciares en las que la actividad glaciar sería inexistente o muy restringida, conformándose, por consiguiente, por encima del nivel de hielos permanentes. Así debería ser, sobre todo, si se tiene en consideración la presencia de horizontes edafizados antiguos (Bw, C) por debajo del manto elástico seleccionado (SIMóN et al. 1994, 1996), mucho más evolucionados que aquellos otros desarrollados sobre las morrenas del máximo empuje glaciar (SÁNCHEZ GÓMEZ, 1990a).

Esta hipótesis, además, vendría avalada por la morfología dominante que presentan las planicies y que se resuelve en un grueso tapizado de bloques (mer de roches), aunque salpicado, en ocasiones, por mini tors. El fundamento inicial de esta interpretación se apoya en la dinámica atmosférica regional, particularmente en el barrido que llevarían a cabo los vientos del cuarto cuadrante durante los períodos fríos, pues su persistencia y violencia favorecerían que los suelos permanecieran desprovistos de una capa de hielo permanente propiciando, en cambio, la existencia de un permafrost en profundidad e intensos procesos periglaciares en su techo (capa activa), entre los que destacarían los movimientos de convección. De no ser así el flujo de las masas heladas habría desmantelado y barrido los suelos que hoy encontramos. Este mecanismo de deflación contribuiría a explicar, también, los sistemas glaciares de la vertiente mediterránea y muchos de sus modelados, pues en buena parte se deben a fenómenos de sobrealimentación nival por efectos eólicos.

Depósitos de ladera

Los declives de las lomas, por debajo de los 2800-2900 m como cotas medias, se ofrecen conformando perfiles cóncavo-convexos, labrados en gruesos paquetes de derrubios de medidas centimétricas, envueltos en abundante material menudo de cantos, gravas y elementos finos. Se trata de depósitos de vertiente tipo groize, aunque en algunos sectores la estructura tiende a configurar derrubios ordenados (gréze) y en otros derrubios asistidos, en terminología de Tricart, Su formación se llevaría a efecto al tiempo que el glaciarismo invadía valles y cuencos y, probablemente, se mantuviera durante los períodos fríos tardiglaciares, aunque ahora afectando a los niveles altos de la montaña. La extensión que cubren estos depósitos periglaciares en la Sierra es muy amplia de forma tal que son ellos quienes mejor definen los modelados de las laderas, dada la cota tan baja a la que se han encontrado, tanto en la vertiente de la Alpujarra como en la del Marquesado (GÓMEZ ORTIZ et al. 1994).

En el núcleo central de la Sierra los más potentes paquetes los hemos detectado en el valle de Trevélez, siempre por debajo del dominio de las coladas y lóbulos de piedras, como ocurre a partir del Pandero del Mulhacén, en dirección al fondo del valle e inmediaciones del Alto del Chorrillo. También adquieren especial significado, sobre todo por la regularidad que ofrecen las laderas, en la Loma de las Albardas. En vertiente norte existen importantes depósitos en la loma del Dílar, donde, además, se han detectado crioturbaciones en el seno de la formación. En todos los casos se trata de paquetes esponjosos ricos en fracción fina lo que ha resultado muy favorable a los deslizamientos por procesos soligelifluidales, particularmente durante los períodos fríos o inmediatamente después de ellos, tal como se aprecia en la topografía sinuosa que caracteriza los alrededores del Mirador de Trevélez y los declives del Cascajar Negro, en dirección al valle de Poqueira. En la actualidad, una landa de xerófitos espinosos tiende a recubrirlos (piornos, juniperus, festucas, etc.).

En cuanto a la génesis de los depósitos hay que señalar la imbricación de procesos generadores, todos propios de ambientes fríos. Los clastos (fragmentos de piedra) que componen las estructuras proceden del desmenuzamiento mecánico de la roca, muy propicia por su alta vulnerabilidad, dada la estructura y tectonización del propio edificio (SANZ DE GALDEANO, 1997; SANZ DE GALDEANO et al., 19996). Y en cuanto a su desplazamiento ladera abajo y conformación morfológica, resulta de la coincidencia de mecanismos gelifluidales y arroyamiento nival. En apoyo a estas ideas hay que tener en consideración la abundante liberación de finos que proporcionan la alteración de los micasquistos, lo que favorece la sobresaturación acuosa de la masa por el efecto de las aguas de fusión potenciando, de esta forma, su desplazamiento. En esta migración también hay que considerar la presencia de permafrost (suelo permanentemente helado en profundidad) a determinada profundidad cuyo comportamiento físico, a manera de plano inclinado impermeable, facilitaría el mejor tránsito de la masa suprayacente proporcionando a la ladera laxas sinuosidades en perfil cóncavoconvexo, como sucede en el interfluvio Poqueira-Lanjarón.

Los depósitos de ladera descritos nunca forman masas compactas, pues la ausencia de cemento así lo impone, al contrario de lo que sucede en cercanas montañas calcáreas (Sierra de Gádor). Ello supone que las aguas de arroyada o fusión nival actuales propicien importantes incisiones y abarrancamientos, con los consiguientes arrastres hacia el fondo de los barrancos, pues a la incoherencia de los depósitos hay que añadir su baja tasa de recubrimiento vegetal, al menos en los lugares estudiados. También en la actualidad los procesos fríos continúan afectando a estas acumulaciones detríticas configurando rellanos de vertiente rematados por orlas de festucas, microfiguras geométricas flotantes, coladas o lóbulos, etc.