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- XXIII -
El 23
de Marzo saludó el fuerte de Valparaíso con vivo cañoneo a las banderas de
las aliadas de Chile, que a más del Perú, eran Bolivia y Ecuador; sorpresa
histórica, pues ningún agravio ni cuestión pendiente con la madre tenían
estas dos repúblicas. En tanto la madre, llevada por lastimosos errores de
toda la familia a los extremos del coraje, no tenía más remedio que
saludar a Chile con algo más que ruido y humo de pólvora. Los enojos no
aplacados y los ultrajes no satisfechos, forzosamente conducían a la
violencia; que las naciones, cuanto más viejas, más aferradas viven a la
rutina caballeresca del honor. El honor no existe sin valentía. La
valentía puede salvar las situaciones -230-
de hostilidad entre dos países, y es a veces más eficaz que
el derecho y que la razón misma. El apocamiento del ánimo no resuelve
nada, ni aun cuando le asiste la razón. Así lo comprendió Méndez Núñez
cuando dispuso el bombardeo de Valparaíso, acto inevitable ya, derivación
lógica y fatal de los hechos pasados.
No lo
comprendían así los Jefes de las escuadras inglesa y americana, que
protestaron del bombardeo, y aun se pusieron los moños de que lo
impedirían... Para no llegar a la extremidad de tirotearse con los
españoles, el Contralmirante Denman (inglés) y el Comodoro Rodgers
(yanqui) llevaron a tierra sus buenos oficios para conseguir del Gobierno
chileno las tan disputadas satisfacciones que España pedía. Pero Chile no
quiso darlas por no parecer pusilánime. Las cosas habían llegado al punto
delicado en que se pasa por todo antes de dejar salir al rostro la menor
sombra de miedo. Verdaderamente, las hijas no mostraban ningún respeto a
la madre, olvidando que de ella habían recibido sus virtudes guerreras,
así como sus flaquezas políticas. Debieron ser las primeras en ceder de su
rigurosa tirantez, y seguramente la madre no se habría quedado atrás en
las concesiones para llegar a las paces. Pero, en fin, el acto de fuerza
era inexcusable; don Casto no podía envainar la espada, y cuando los
Comandantes de las flotas extranjeras daban a entender que se
interpondrían entre los españoles y la plaza, -231-
les decía con arrogante concisión que no le importaba perder
sus barcos si conservaba su honra.
Dados
los correspondientes avisos al Comandante militar de la plaza para que
señalara con bandera blanca los puntos que debían ser invulnerables,
hospitales, casas de asilo, iglesias, etc., y para que se retirasen los no
combatientes, se señaló el bombardeo para el 31, Sábado Santo. Amaneció
este día con inquietud grande de los españoles. ¿Se decidirían los
extranjeros a proteger la plaza, obligando a Méndez Núñez a desistir de su
propósito? Este recelo se disipó bien pronto, porque apenas iniciado el
movimiento de las fragatas para situarse en los puntos de ataque, ingleses
y americanos levaron anclas y se retiraron mar afuera, dejando libre el
campo... Resolución, Blanca y Villa de Madrid fueron las
designadas para cañonear la ciudad. La Berenguela se retiró al
fondeadero de Viña del Mar, al cuidado del convoy. La Numancia,
después de aproximarse a la población para dar, con dos cañonazos sin
bala, la señal de que empezaba la función, se volvió a retaguardia de las
tres naves combatientes.
A las
nueve se rompió el fuego, dirigido exclusivamente contra los edificios del
Estado más próximos: Ferrocarril, almacenes de la Aduana, Intendencia y
Bolsa. Al fuerte se lanzaron también gran número de proyectiles sin
obtener respuesta, pues los cañones estaban desmontados, y los artilleros
-232- no tenían allí nada que hacer. Un
disparo certero de la Villa de Madrid partió el asta de la
bandera chilena, que ondeaba en el Fuerte. Los edificios condenados a
sufrir el bombardeo dieron pronto señales del estrago que causaban
nuestros proyectiles. La Aduana y almacenes caían a pedazos; columnas de
negro humo señalaban el incendio en diferentes puntos de la ciudad. Era un
espectáculo deslucido y triste. Faltaba la excitación y armonía del
combate, la acción ofensiva de una parte y otra. Los españoles no
celebraban ciertamente la indefensión de la plaza, y habrían visto con
gusto que el Fuerte respondiera al fuego con el fuego. No les satisfacía
la forma de escarmiento que tomaba en aquella ocasión la guerra, ni se
sentían airosos manejando los instrumentos de castigo. Sus arreos eran las
armas, no las disciplinas.
Todo
terminó a las doce menos cuarto. El cañoneo no llegó a durar tres horas:
ya era bastante; aun era quizás demasiado para simple castigo o reprimenda
de una madre austera, harto pagada de su carácter venerable y de sus
históricos blasones. La hija, herida y maltrecha de los crueles
disciplinazos de la madre, miraba a esta desde tierra con el más agrio
cariz que puede suponerse. Hasta entonces, sólo íbamos ganando en el
Pacífico la malquerencia de las Repúblicas. España, al fin y al cabo,
pagaba las culpas de sus diplomáticos y de sus gobernantes. Toda guerra
tiene o debe tener una -233-
finalidad militar o mercantil: los fines de la nuestra en el
Pacífico no se veían claros, como no fueran el fin sin fin de abandonar
los principios de la historia nueva para reanudar una historia concluida.
Tres
mil hombres mal contados constituían la dotación de las cinco naves de
combate y de las embarcaciones auxiliares y de convoy que representaban a
España en las aguas del Pacífico. Aquellas tres mil voluntades, de
diferentes categorías, eran o creían ser la voluntad integral de la
Nación; las tablas o las planchas de hierro en que los hombres se
sostenían, eran el suelo mismo de la Patria flotando sobre las olas; la
bandera que flameaba en los aires era el nombre, la historia, el qué
dirán de los países extranjeros, el primero soy yo, que así
gobierna las almas de los individuos como las de los pueblos... Bien
merecían alabanzas los tres mil hombres de mar comprometidos en aquella
singular aventura inconsciente, más que empresa meditada. No habían
alcanzado aún, ni probablemente alcanzarían, esa gloria brillante y
ruidosa que traen consigo los hechos eficaces de finalidad clara y bien
comprensible. No se les podía disputar la gloria obscura y pasiva,
alcanzada por el valor silencioso y la paciencia, por el cumplimiento del
deber, sin más recompensa que la conciencia de haberlo cumplido. Dignos
eran de alabanza, y también de lástima, porque sin ver ni aun de lejos los
frutos de la campaña, se sentían -234-
agobiados de privaciones y sufrimientos. Fueron penitentes
en el desierto sin fin de un mar enemigo.
Después
de la dura lección a Valparaíso, la penitencia de los españoles se
acentuaba, sin que se agotara ni mucho menos el caudal de abnegación que
las almas llevaban consigo. Incomunicados con tierra, se alimentaban de
substancias secas, de carnes y tocinos en mediana conservación. El tabaco,
que hace llevadera la soledad y el exceso de trabajo, escaseaba de tal
modo, que cualquier porción de hierba fumable adquiría fabulosos precios.
Pero la falta de buena comida y de estimulantes no quebrantaba la salud de
los tres mil hombres tanto como la vida de continua ansiedad y alarma en
que todos vivían, obligados a una vigilancia minuciosa y sin respiro.
Fatigosos eran los días, cruelísimas las noches. Entre los barcos de
combate y los del convoy no se interrumpía el ir y venir de lanchas, faena
de hormigas presurosas, que acarreaban víveres, utensilios de maquinaria.
Era la escuadra como una ciudad que tenía todos sus arrabales sobre el
agua, y no precisamente en aguas tranquilas, que algunos días la fuerte
marejada dispersaba la procesión hormiguera.
De
noche, los hombres se consagraban a la silenciosa operación de
reconocimiento y patrulla, voltijeando en derredor de la ciudad flotante,
bien al remo, bien en la lancha vapora. Felices eran los que por turno
podían -235- descabezar un sueño de media hora, sin
manta, bajo la acción de la humedad y el sereno. Y no había esperanza de
descansar a bordo, porque las primeras luces del alba traían imprevistas
obligaciones, a más de las tareas ordinarias. Ni los cuerpos se rendían,
ni las voluntades desmayaban. La rutina del deber en pie les mantenía,
esperando un reposo que bien podía ser el de la muerte.
Las
sombras de tristeza que dejó en todas las almas el vapuleo de una plaza
inerme, cruzada de brazos ante el fiero castigo, no podían disiparse sino
repitiendo el ataque contra un enemigo armado de todas armas, como era el
Callao. ¿Qué hacían, que no iban corriendo allá? El Perú les provocaba con
la jactancia de sus baluartes novísimos y el montaje de cañones potentes.
Para acudir a la cita del furioso enemigo, se esperaba el refuerzo de la
fragata Almansa. Felizmente, esta se incorporó a la Escuadra el 9
de Abril, que fue día de gran regocijo y algazara, porque todos echaron su
cana al aire, recibiendo con aclamaciones a los que venían de España de
refresco, y traían, con las memorias de la Patria, algo de comer, y de
beber y de fumar. Mandaba la Almansa el Capitán de navío Sánchez
Barcáiztegui, y venía muy airosa y envalentonada: había hecho la travesía
desde Montevideo a la vela, por el Cabo de Hornos, con tan buena fortuna,
que no se podía pedir prueba más decisiva de su poder marinero... Sin
perder -236- tiempo, se dispuso la salida para el
Callao en dos divisiones. ¡Otra vez hacia el Norte, a lo largo de la
costa, dilatada con prolongaciones de pesadilla! ¡Otra vez la visión
ensoñadora de los Andes, que parecían más altos, más ceñudos, más enemigos
de los que venían a turbar la juvenil alegría de las repúblicas!
Hacia
el Perú navegaban los tres mil con la ilusión de un acto decisivo que
pusiera fin a la campaña; ya era tiempo de tomar tierra en alguna parte,
aunque fuera en el más desolado rincón del mundo. Sobre esto sostenían en
la Numancia largos coloquios Ansúrez y Fenelón, el cual aseguró
que sin mujeres no nos ofrece la vida ningún bienestar, y que las guerras
y revoluciones no son ni han sido nunca más que movimientos instintivos de
los pueblos para ir en busca de nuevo surtido de mujeres, o para cambiar
las conocidas por otras de ignorados encantos. Al propio tiempo, a sus
amigos repartía tabaco, obsequio recibido del maquinista del transporte
Uncle Sam, que antes del bombardeo de Valparaíso había llegado de
San Francisco de California con víveres. El tabaco era virginio,
de la clase fuerte, capaz de tumbar la cabeza más firme y de volcar los
estómagos más equilibrados; pero por sus cualidades mortíferas lo
estimaban y preferían los marineros de blindadas fauces. Aceptaron estos
muy agradecidos las cortas raciones que Fenelón les daba, y hacían de
ellas partijas para obsequiar a -237-
otros amigos. Binondo tomó cuanto pudo, ocultando las
porciones recibidas para que le dieran otras, y así juntaba en previsión
de futuras escaseces.
Trabajaba
el pobre malayo en ayuda de los mayordomos y rancheros, llevándoles las
cuentas, y en sus ratos de ocio se engolfaba en la lectura, prefiriendo la
del Sermonario, a su parecer la más devota, la más apropiada a la
ruindad de los tiempos y a las calamidades previstas. Muchos trozos de
aquel libro, compuesto para socorro y guía de predicadores, se le quedaron
en la memoria, y vinieran o no a cuento, a los compañeros los endilgaba.
«Dame, hijo mío, limosna de tabaco, que si no acudes a mi pobreza, no
acudirá Dios a la tuya, que será el desamparo en que te veas a la hora de
la muerte si antes no te limpias de tus pecados... En verdad os digo que
si no miráis por el pobre, el pobre no mirará por vosotros, y os pondré el
caso de un mendigo que recibía zoquetes de pan, y era tan santo y bueno,
que Dios le dio la facultad milagrosa de multiplicar los mendrugos que
recibía. Y sucedió, pues, que en la ciudad donde aquel pobre moraba,
llamada Gangópolis, si no me falla la memoria, sobrevino una gran hambre
desoladora, por el aquel de un cerco que le pusieron los del reino vecino
de Capadocia; y hallándose todo el pueblo moribundo del no comer,
presentose el mendigo y mostró almacenes de pan, que era la milagrosa
multiplicación -238-
de los mendrugos, con otro milagro encima, a saber: que la
dura masa se había enternecido, y parecía recién sacada del horno... Pues
bien, hijos míos: lo que hizo con los mendrugos aquel venturado de Dios,
puedo hacerlo yo con las hojitas de tabaco que me dais, y bien podrá
suceder que os las multiplique cuando llegue la gran carencia de todo lo
comible, bebible y fumable...».
En
estas y otras accidentales conversaciones y sucesos, indignos de la
historia, transcurrió el viaje. Si el mar y el viento fueron bonancibles
en toda la travesía, la inquietud de las almas crecía conforme se
aproximaban al Callao. En el momento solemnísimo de reconocer el puerto
peruano, Ansúrez no pensó en el duelo empeñado entre España y la plaza, ni
en la artillería y baluartes de esta. Mirando hacia tierra, veía tan sólo
los ardientes ojos de Mara, fulminando ira contra los barcos españoles.
¡Ingrata, ingrata! ¡Y él, mísero padre, obligado a disparar contra ella!
- XXIV -
Apenas
llegaron al Callao las asendereadas naves españolas, los tres mil (o los
que fueran) que las montaban, no pensaron más que en acometer, sin perder
días, la militar empresa, apretandose a ello la noticia de la -239-
fortísima resistencia que habían de encontrar y del grave
daño que les harían los cañones de monstruoso calibre traídos del viejo
continente... La Escuadra echó sus anclas en el fondeadero de la isla de
San Lorenzo. No se le cocía el pan a Méndez Núñez hasta poder enterarse
por propio conocimiento de la fuerza y defensas de su contrario; con esta
idea montó en la Vencedora, que por su poco puntal podía ceñirse
fácilmente a tierra, y recorrió todo el frente fortificado y artillado,
examinando las obras a que innumerables trabajadores daban la última mano.
Al
Norte de la ciudad vio don Casto dos baterías rasantes, con veinte cañones
la una, la otra con doce, y en medio de ellas una torre blindada con dos
piezas Armstrong. En los extremos de la batería había cañones del
sistema Blakely. Las baterías al Sur de la población eran tres, y
se extendían hacia la punta en cuyo término está el Boquerón,
entrada del puerto para embarcaciones menores. En aquella parte contó el
General unas treinta piezas, entre ellas algunas de los poderosos tipos
antes citados, y vio otra torre blindada, como la del lado Norte. Frente
al muelle vio los monitores Loa y Victoria, armados de
cañones, y un Blakely campaba en mitad del muelle. Las viejas
fortificaciones del tiempo del virreinato estaban desartilladas, como
indignas de desempeñar en las epopeyas modernas otro papel que el de
espectadoras. El Castillo del -240-
Sol parecía decoración de teatro, arrumbada por
inútil. En él no había piedra que no hablase del último ayacucho,
el heroico Rodil... Las defensas nuevas revelaban en su disposición y
estructura manos muy expertas y una dirección inteligentísima.
Mientras
los peruanos no se daban punto de reposo para rematar sus imponentes
aprestos de guerra, los españoles, en el fondeadero de San Lorenzo, no se
descuidaban. Todos los barcos desmontaron sus vergas y calaron los
masteleros, dejando no más que los palos machos a la exposición de los
tiros enemigos. Algunas de las fragatas de madera blindaron con cadenas la
parte central de sus costados, correspondiente a la caja de la máquina, y
todas pintaron de negro las fajas blancas de las portas. Interiormente se
previno lo necesario y lo accesorio para acudir a las eventualidades del
combate, y las enfermerías de guerra quedaron listas para recibir a
cuantos heridos quisiera enviarles la suerte adversa. Desde los cañones
hasta los botiquines, todo fue puesto en punto de servicio eficaz. No
faltaba más que la acción, el fuego, el ardor de las almas, y la divina
sentencia que había de dar o negar la victoria.
Falta
decir que los diplomáticos extranjeros se presentaron al General, apenas
fondeó la Escuadra, con la súplica de que aplazara el ataque por unos días
para dar tiempo a la salvación de los neutrales. Méndez Núñez concedió
cuatro días, y en esto su generosidad -241-
de caballero fue más allá que su precaución de caudillo,
pues en media semana podía el Perú perfeccionar sus medios ofensivos. La
guerra había llegado a concretarse en el trámite decisivo de un duelo
personal entre los dos combatientes. Incapaz la torpe diplomacia para
dirimir las cuestiones pendientes entre España y las Repúblicas; ciegos
los Gobiernos de acá y de allá, y encastillados en ridículos puntos de
amor propio, quedó la Marina sola, con toda la responsabilidad sobre sí, a
tres mil leguas de la Patria, y obligada a proceder con acción tanto
diplomática como militar, hasta dar por liquidada y conclusa una empresa
cuya finalidad era tan obscura en el terreno comercial como en el
político.
Hizo
don Casto cuanto pudo por sacar a su país de aquel atolladero dispendioso.
No hallando ocasión de batirse con las escuadras chilena y peruana, fue a
buscarlas a los caños y esteros de Chiloe. A esta expedición ardua, que
era un reto para que los enemigos salieran a mar abierto, respondieron
ellos encerrándose más en sus inabordables refugios. Obligado se vio
entonces al castigo de Valparaíso, acto de penosa y desigual lucha, que a
su corazón de soldado repugnaba; y sabedor de que el Callao se pertrechaba
de armas, allá corrió, anhelando el duelo final y decisivo entre el viejo
y el nuevo hispanismo, entre el hemisferio Norte y el hemisferio Sur del
planeta, que ya desde las edades heroicas se conocían. -242-
Al
duelo final iban los españoles sin reparar en que el contrario se había
provisto de mayor fuerza que la de los barcos, con la ventaja de combatir
en tierra, en la cabecera de una Nación, de la cual obtendría todo lo que
perdiese mientras los españoles no tenían tras sí más que el Pacífico
inmenso, y en él los peces que se los habían de comer en caso de un
desastre... En esto pasaron los cuatro días de plazo que había dado el
General para la retirada de los neutrales... Gran número de españoles que
se habían refugiado en una fragata francesa trasbordaron a la Escuadra,
entre ellos el simpático Mendaro, que fue a embarcar en uno de los
transportes del convoy... Serena y recamada de estrellas habladoras fue en
sus primeras horas la noche última del plazo fatal; luego se enturbió de
celajes, y en cerrada neblina amaneció el día, más fatal que la noche, 2
de Mayo de 1866.
El mal
de soñación se hizo epidémico, con gravísimos caracteres de fiebre
patriótica, al amanecer de aquel día que todos creyeron había de ser
glorioso. La embriaguez de martirio enardece a los cuerpos armados en
vísperas de batalla. Aún no han bebido la primera pólvora, y ya están
borrachos. Acabó de trastornar a marineros y tropa la proclama que a las
nueve de la mañana fue leída en todos los barcos, y era conforme al patrón
consagrado por la costumbre en casos tales. Con más laconismo del que
suelen usar los caudillos españoles, Méndez Núñez -243-
fijó los tópicos imprescindibles, la perfidia del enemigo,
la urgencia de castigarlo, la recomendación de que todos se aplicaran al
castigo con decisión y entusiasmo, y, por fin, la seguridad de añadir una
página a las glorias de la Nación, etc...
Terminada
la lectura, todos aquellos infelices, quebrantados ya de la navegación
larguísima, mal comidos y sufriendo mil privaciones, prorrumpieron en
exclamaciones delirantes, declarando el gusto que les causaba morir por
una Reina que no habían visto nunca, y por una Patria que a tres mil
leguas de distancia no pedía otra cosa que la terminación de la guerra
insensata. Roncos quedaron del furioso entusiasmo... En el Callao, a la
misma hora, pasaría lo propio, y se oirían exclamaciones semejantes
proferidas en la misma lengua. En tierra y en el mar se invocaba el
fantasma de la gloria, y allá como aquí se pediría el auxilio de Dios y
los Santos, que se habían de ver bien perplejos para contentar a todos.
Por de pronto, los peruanos habían puesto su mejor batería bajo la tutela
y patrocinio de Santa Rosa de Lima, suponiéndola muy enojada con los
españoles. Difícil era, no obstante, que la santa, con ser de ideal
hermosura mística, tuviese bastante valimiento para lograr que quedase
desairada la Virgen del Carmen, a quien casi todos los marinos nuestros,
verbal o silenciosamente, se encomendaban.
Levaron
anclas todos los barcos, y acudieron -244-
a las posiciones que les designaba el telégrafo de banderas
en el mesana de la Numancia. Esta y la Blanca y
Resolución habían de batir las fortificaciones del Sur; las del
Norte corrían de cuenta de la Berenguela y Villa de
Madrid; la Almansa con la Vencedora se encargaban
de los monitores fondeados en el muelle, así como de causar todo el
estrago posible en el interior de la población. La Capitana, a la cabeza
de la división del Sur, llegó la primera frente a las baterías enemigas.
Claramente distinguían los españoles las piezas peruanas y sus servidores,
en pie junto a ellas con rigidez marcial. Y apenas las vieron, disparó la
Numancia sus primeros tiros, colocándolos en la batería que
llevaba el nombre de Santa Rosa. Contestó sin tardanza el Perú.
Tronaron luego las demás fragatas, conforme iban llegando frente a las
baterías, y bien pronto el humo denso envolvió la tragedia, y un estruendo
pavoroso arrojó de los aires todo el silencio de la Naturaleza. El tiempo
era absolutamente olvidado. Sólo lo sabían los cronómetros, que al empezar
la función marcaban poco más de las once y media.
Desde
la Numancia no se podía saber con exactitud lo que pasaba en el
ala del Norte. El humo tapaba las partes lejanas, y no podía la atención
distraerse del cuidado próximo. No obstante, en una clara, se vio que la
Villa de Madrid pedía remolque. Había quedado sin gobierno por
avería considerable. -245-
Acudió la Vencedora con prontitud a sacarla fuera,
y la Berenguela quedó sola cañoneando las baterías y la torre
blindada, cuyas piezas de gran calibre inutilizó al poco tiempo. En el ala
Sur, la Numancia requería la mayor eficacia de sus disparos
aproximándose a tierra... Pasó muy cerca de los artificios que los
peruanos habían dispuesto para inutilizar las hélices; llegó a tocar en el
fondo; tuvo que dar atrás precipitadamente... En aquel instante, la
batería de Santa Rosa y la torre multiplicaban sus disparos
contra la fragata. Méndez Núñez, en el puente, acompañado de Antequera y
un Oficial, en todo ponía sus ojos vivos, y con ellos el alma.
Sereno
casi siempre, risueño cuando veía el torbellino de humo y de polvo que
levantaban los parapetos de la batería llamada de Abtao al
recibir los proyectiles de la Resolución, iracundo al sentir que
su barco tocaba en el fondo, don Casto no perdía un instante la majestad
que sus graves funciones le imponían en medio de sus subordinados y frente
al enemigo. Al gritar ¡Cía!, su voz dominaba la voz de los
cañones... La fragata salió al fin del mal paso, removiendo con su hélice
el fango de la bahía, y continuó la función sin que la maniobra marinera
interrumpiese el fuego. Méndez Núñez hablaba con las dos fragatas de su
división, como si ellas pudieran entenderle. Era un acto instintivo, de
que él mismo no se daba cuenta en momentos tan críticos... y no les
-246-
hablaba por el nombre de ellas, sino por el de sus
Comandantes. «¿Qué haces, Topete? No te acerques tanto... Valcárcel, firme
contra esa batería de Abtao, que con Santa Rosa me
entenderé yo... Y los tres a una tiremos contra la torre blindada...».
Cuando esto decía, un proyectil pasó entre el brazo derecho y el costado
del General, rozándole... Los astillazos que el mismo proyectil despidió
del pasamanos del puente y de la bitácora, causaron en las piernas de don
Casto heridas de menos importancia que la recibida en el brazo.
Que no
era nada dijo, y lo mismo creyeron los que estaban a su lado. El fuego
arreciaba por una parte y otra; las baterías peruanas redoblaban su furor.
Pasaron minutos. Méndez Núñez, por la pérdida de la sangre que del
interior de la manga descendía enrojeciendo la mano, sufrió un
desvanecimiento; le sostuvieron los más próximos a su persona... Se le
bajó al Alcázar... Tomó el mando el Mayor General don Miguel Lobo, sin
decir palabra, pues la ocasión no permitía el rigor de los trámites... En
el Alcázar acudieron en auxilio del General los médicos Oliva y Gutiérrez,
y cuatro marineros que le bajaron a la enfermería. Tendiéronle en la
cama... Viendo que corría la sangre por distintas partes de su cuerpo,
palpaban los médicos aquí y allí para reconocer los sitios lesionados; y
cuando empezaban a desabotonarle levita y chaleco, un marinero atrevido
tiró de navaja, y cortando de cuatro tajos la -247-
ropa, facilitó la operación de apartar las telas y descubrir
el cuerpo herido.
Al
punto procedieron los facultativos a contener la hemorragia... En aquel
punto llegaron a la enfermería vivas exclamaciones de la gente de batería
y cubierta. Había volado la torre blindada de los peruanos, con terrible
estruendo y espantoso escupitazo de humo, que por largo rato impidió
distinguir los efectos de la explosión. Fue que una granada española
penetró en aquel recinto, incendiando las grandes masas de pólvora allí
depositadas. Al disiparse el humo, se advirtió que la torre estaba
hundida, y en completa inutilidad sus terribles cañones. Luego se supo que
habían perecido los defensores de la torre, y con ellos el popular Gálvez,
Ministro de la Guerra, el Coronel Zabala, hermano de nuestro General del
mismo nombre, y otros militares de graduación. Cada una de las tres
fragatas que contra la torre disparaban se atribuía la gloria de haber
mandado proyectil que tan tremendo daño causó al enemigo; pero Topete, que
era el más próximo a tierra, sostenía su derecho con razones que
difícilmente podían ser debatidas. Cuando voló la torre blindada, los
cronómetros marcaban las doce y diez minutos. -248-
- XXV -
Al poco
tiempo de estar don Casto vendado y quieto la enfermería, recobró todo el
esplendor de sus facultades. Quieto estaba, pero no tranquilo. Llamó al
Oficial de la tercera división de la batería. «¿Qué hay, Garralda? ¿Cómo
va el fuego?».
-Muy
bien, mi General. La torre de La Merced ha volado. Ya no hacen
fuego más que cuatro o cinco cañones en Santa Rosa.
-Ánimo,
hijos míos. No desmayar. Yo estoy bien... esto no es nada. ¡Volada la
torre! Es más de lo que podemos desear... ¿De cuál de los tres barcos
sería la granada que causó ese desastre al enemigo?... Difícil será
saberlo... Pero yo juraría que la mandó ese diablo de Topete...
Díjole
después Garralda que la Almansa había inutilizado el cañón
Blakely montado en el muelle. Luego preguntó Méndez Núñez si
había vuelto la lancha de vapor que, al mando de Lazaga, corría las
órdenes de un punto a otro. Poco antes de caer herido, el General había
ordenado que se le llevasen informes seguros de lo ocurrido en la
Villa de Madrid. Antes de que se retirase Garralda entró Lazaga,
que así dio cuenta de su comisión: «Pocos disparos había hecho la fragata
contra la batería del Norte, cuando -249-
recibió por el costado de babor una granada
Armstrong, que al estallar dentro de la batería mató trece
hombres; veintidós quedaron heridos por la metralla y cascos que despidió
el proyectil en su explosión. No paró aquí el desastre, porque la misma
granada, al chocar en el cabrestante, lanzó un molinete, que fue a parar a
la caja de calderas, destrozando el tubo conductor del vapor. Esta avería
no es grave; pero se necesita tiempo para repararla. En todo el día de hoy
la Villa estará privada de movimiento. La he dejado fondeada en
la isla. Cuando me retiré, don Claudio, poseído de furor, no paraba de
maldecir su suerte».
-Ha
quedado sola la Berenguela frente a las baterías del Norte -dijo
Méndez Núñez desobedeciendo al médico, que le recomendaba tranquilidad-.
Corra usted a la Almansa, y dígale a Barcáiztegui que
inmediatamente vaya en apoyo de Pezuela.
Salió
Lazaga más pronto que la vista... Continuaba el cañoneo, y su fragor
indecible retumbaba de un modo pavoroso en el hospital de sangre. El techo
de este era por la cara superior suelo de la batería. El estruendo de los
disparos, las pisadas de los que servían las piezas, los gritos de los
oficiales que mandaban las cuatro divisiones, los alaridos y voces de
guerra de tantos hombres iracundos, sonaban dentro de las cabezas de los
infelices que allí yacían malparados. La batería era el Infierno, y la
enfermería su catacumba, encierro de los condenados -250-
a la duda de vivir o morir. En el fondo del lúgubre sollado,
a proa, se distinguía, entre faroles, la figura triste del Capellán con
sotana y roquete, dispuesto para dar los Santos Óleos a quien los hubiese
menester. A su lado, como acólito, estaba Binondo de rodillas, esperando,
quizás deseando entrar en funciones.
El
amigo Ansúrez tenía su puesto en el más profundo sollado, rigiendo a los
que conducían la pólvora y municiones desde los pañoles a la batería.
Hallábase, pues, debajo del agua, en un punto en que no podía ver el
espectáculo del combate, y sólo lo apreciaba por el ruido. A cada instante
creía que el cielo se desgajaba sobre la tierra y el mar, o que las
profundidades del barco eran el interior de un volcán. A ratos trepaba por
la escala llegando hasta la enfermería, y echaba un vistazo a los heridos,
deteniéndose con singular lástima y atención en el General, que fue de los
primeros en quedar fuera de combate. Y era, sin duda, el herido de más
consideración. Los demás no eran muchos ni graves. Ningún proyectil había
hasta entonces entrado por las portas: todos habían perdido su fuerza en
la coraza.
Pero
llegó al fin, cuando Dios quiso, una granada Armstrong, que
habría causado inmenso daño, quizás la inmersión violenta de la fragata,
si no la protegiera la robusta armadura que llevaba sobre sus lomos. Eran
las dos y media de la tarde, cuando -251-
un topetazo monstruoso hizo retemblar la embarcación, como
si fuera de hojalata. Ansúrez, que en aquel momento bajaba al tercer
sollado, sintió el golpe por estribor, en un punto a su parecer
correspondiente a la línea de flotación, debajo de la batería, entre la
cuarta y quinta porta contando desde popa. Al punto creyó que su fragata
se rompía en mil pedazos, y que todos bajarían sin pérdida de tiempo a los
profundos abismos... Sacristá, que se hallaba en el tercer sollado, fue el
primero en determinar el sitio del tremendo choque, y como los duelistas
de esgrima gritó: «¡Tocado!». Fácilmente se apreciaba por dentro la
caricia de proyectil. La cuaderna presentaba una sensible alteración de su
curva; un tornillo de los que sujetan el blindaje había horadado la
plancha, abriendo una vía de agua de escasa importancia. Acudieron los
oficiales de mar a reparar el desperfecto y restañar el agua, que poquito
a poco se colaba dentro. Para ello emplearon cemento y ladrillos, que son
la cura quirúrgica que en estos casos se emplea, añadiendo limadura de
hierro para mayor eficacia. El emplasto quedó hecho en poco tiempo, y la
Numancia, que apenas sentía el escozor de la herida, gracias al
peto y espaldar de su armadura, invocó a Nuestra Señora del Carmen y
siguió tan fresca disparando balas, granadas y demonios coronados contra
Santa Rosa.
«Gracias a
la Virgen de Carmen -dijo Sacristá-, esto no ha sido nada».
-252-
-La
Santísima Señora -observó Ansúrez- ha sido la salvación del barco,
poniéndose a nuestro lado en forma y substancia de blindaje. Bendita sea
la Virgen y los que inventaron estas vestiduras de hierro.
Subió
Ansúrez, llamado por el General, a informarle de la reparación de la
avería, y antes de que concluyese, llegó por segunda vez Lazaga con la
noticia del casi milagroso caso de la Berenguela, que fue de este
modo: «Sola frente a las baterías del Norte, después de la retirada de la
Villa, siguió cañoneando la veterana Berenguela, y logró
inutilizar los cañones Armstrong de la torre blindada. Pero luego
le tocó una china de las gordas, un proyectil Blakely, que entró
por la porta como en su casa, destrozó a muchos hombres, y corriendo en
dirección oblicua, fue a salir por el costado opuesto debajo del agua. Al
salir se llevó una tabla, abriendo brecha enorme, por la cual se precipitó
una cascada que en minutos habría inundado el barco, si la Providencia y
la tripulación no acudieran con prontitud al único remedio posible en
tales casos. Antes de que se les diera la orden, los marineros llevaron
los cañones a brazo... ¡a brazo, parece mentira!, de la banda de babor a
la de estribor, para escorar la embarcación, sacando así del agua la
brecha... Y estando en esta faena, entró en el sollado otra bomba que al
reventar hirió a mucha gente y pegó fuego a las carboneras... La
enfermería, llena de víctimas, se vio asaltada del agua -253-
y del fuego... los pobres heridos gritaban con espanto entre
los dos horrores: morir ahogados o morir quemados... Por momentos estuvo
la fragata a dos dedos de irse a pique... Gracias a la rapidez con que los
cañones pasaron de un costado a otro, se salvaron el barco y sus hombres
de una muerte segura. Escorada se retiró de la acción, y apagó con el
trajín de bombas su propio fuego. Fondeada y segura está ya en la isla,
tapándose el boquete con lonas hasta encontrar maderas para echarse unas
buenas tapas y medias suelas. Las bajas son muchas: no he visto
propiamente muertos, pero sí hombres muriéndose».
-Esto
va bien, hijo mío -dijo don Casto estrechando la mano de su subalterno-.
Yo me encuentro regular. Me pone nervioso el verme preso en este
camastro... Pero estoy contento... Adiós, hijo; vamos bien...
Las
ironías de la guerra revoloteaban como avecillas negras y doradas en torno
al lecho del General. Con su canto seductor infundían alegría en el relato
de los hechos luctuosos, y matizaban de gloria la cruel muerte y los
sufrimientos humanos. Quedó solo el General con Pastor y Landero, que le
dio cuenta de cuanto arriba, en el Estado Mayor, ocurría. Lobo y Antequera
permanecían en el castillo de popa con los Tenientes de Navío Lahera y
Basáñez. Alonso mandaba la batería; Barreda continuaba en funciones de
Segundo; Pardo Figueroa estaba en cubierta. Las cuatro divisiones de
-254- batería seguían a las órdenes de los
Alféreces de Navío Liaño, Garralda, Silva y Armero, con los Guardias
marinas. Todo el personal se encontraba ileso. Íbamos bien, muy bien.
Entró después Lahera, y con él el ingeniero don Eduardo Iriondo; ambos
ponderaron las condiciones inmejorables de la fragata. Era un barco
invencible; el combate, aún no concluido, daba la mejor prueba de la
eficacia del blindaje. Con otras dos Numancias sobre la que
teníamos, la destrucción de las defensas de Callao habría sido obra de
minutos... Los barcos de madera ya no podían entrar en fuego con
fortificaciones modernas, sin llevar dentro de sus tablas mayor grado de
heroísmo del que debe exigirse a le hombres de guerra: eran héroes de
vocación y mártires a sabiendas. No debemos ir desabrigados contra el
frío, ni desnudos contra el fuego. La realidad nos demostraba que sin una
escuadra compuesta totalmente de Numancias, no iríamos a ninguna
parte. Las consideraciones y las ideas técnicas no podían seguir adelante,
que era ocasión de aplicar todo el entendimiento al empirismo inmediato.
Lahera trajo al General la noticia de que la Blanca se retiraba
por habérsele acabado las municiones. Topete estaba herido, no de
gravedad... De la Almansa se tenían noticias ciertas. En su
batería reventó una granada, matando trece hombres. El Guardia marina Rull
quedó hecho pedazos, y al instante le sustituyó otro Guardia marina,
-255- Hediger, que antes sirvió en la
Villa de Madrid y en la Numancia. Al estrago de la
explosión siguió el incendio de la pólvora de los guarda-cartuchos; los
que conducían las cajas quedaron abrasados; el fuego se extendió
rápidamente hasta el antepañol de la Santa Bárbara... El fuego no
se apaga sino con agua... Urgía inundar el sollado, abriendo los grifos...
Prodújose entonces una terrible situación dramática. ¿Qué era preferible?
¿El peligro evidente de volar, o el desaire de suspender la lucha? Esta
duda fatídica inspiró al animoso Barcáiztegui una frase que había de ser
célebre: Hoy no mojo la pólvora... Así fue: retirose la fragata;
fue extinguido el incendio sin mojar la pólvora, y antes de media hora ya
estaba otra vez frente a las baterías del Norte vomitando contra ellas
todo su coraje.
Las
cuatro y media marcaban los cronómetros, cuando ya sólo tres cañones
peruanos tenían voz y balas. La noche estaba próxima. Enterado de todo,
Méndez Núñez dijo a Lahera y a Pastor: «Mi opinión es que se dé por
concluido el combate». Poco después, Lobo mandó hacer la señal de que
cesara el fuego. Subió a las jarcias la marinería, y dio tres vivas a la
Reina, que fueron el último aliento del furioso Marte en aquel terrible
día. Los barcos españoles se retiraron tranquilamente al fondeadero de San
Lorenzo. Durante la corta travesía de la Numancia, Méndez Núñez
fue llevado de la enfermería a su cámara, donde el Mayor General
-256-
le dio cuenta del resultado total de la acción. Ambos lo
conceptuaron lisonjero, pues sólo el hecho de no haber perdido ningún
barco significaba una indudable victoria. Declaró Lobo que los peruanos se
habían conducido con bravura y tesón. Calculaba que sus bajas habían de
ser superiores a las nuestras, y sólo con la torre de la Merced
tenían para llorar un rato y para hacer cuenta larga de desdichas. Pero a
pesar de esto, no podían negar que en el duelo de aquel día todas las
ventajas fueron suyas, y nuestras las mayores desventajas. Combatían en
tierra, alentados por la opinión próxima, en un ambiente de entusiasmo,
con todo un pueblo por reserva. Sus artilleros podían hacer buena
puntería. Los combatientes tenían retirada segura hasta los Andes, y aun
más allá. En cambio, los barcos españoles no veían más retirada que la
mar, sin recursos de vida, sin medios de reparación para los hombres
extenuados y los buques maltrechos, faltos de todo.
Mientras
navegaban hacia la isla, Ansúrez no apartaba sus ojos de la plaza y sus
baterías, en las cuales era visible el estrago causado por las balas de
los españoles. Con inmensa piedad miró hacia tierra, como si entre los
muros rotos y entre las ruinas humeantes viese despojos de seres amados, o
algún ser vivo ligado a él con vínculos estrechos. Como estaba el hombre
con los codos apoyados en la batayola y el rostro vuelto hacia la tierra,
que a cada instante se -257-
alejaba más por la neblina y la distancia, nadie pudo ver
las lágrimas que resbalaban por sus curtidas mejillas. Lloraba de
remordimiento de haber cañoneado a los suyos, a su hija, a su nieto, a los
demás de la familia, que también se habían hecho suyos. ¿Quién le
aseguraba que alguno de ellos, tal vez la propia Mara, hallándose por
casualidad o de intento en el Callao, no había sido cogido por las balas
que mandó con tanto furor la Almansa contra las casas del
pueblo?... Y sobre todo, Señor, ¿quién había inventado aquella maldita
guerra, y quién dispuso las cosas de modo que él no pudiese odiar al Perú,
ni tenerlo por enemigo? ¿A qué venía tanta furia contra el pobre Perú,
delicioso país sin duda, por el hecho de estar en él la hermosa Mara?...
Momentos
después de estas tristezas y reflexiones, vio a Fenelón, que de la máquina
salía jadeante, pintado el rostro de grasienta negrura. Había hecho
servicio durante todo el combate... Más fatigado de la suciedad que del
trabajo, buscaba un cubo de agua con que baldearse y recobrar su ser
ordinariamente limpio. «¿Qué cuentas, Fenelón? -le dijo el celtíbero-.
¿Qué opinas tú de esto?».
«Que
por una parte y otra, todo ha sido una función de... romanticismo...
¿Consecuencias, dices? Ninguna, como no sea esta: que se retrasará un
cuarto de siglo, lo menos, la reconciliación de España con las que fueron
sus colonias. El combate de hoy ha sido, por ejemplo, el acto
final de una guerra -258-
en verso... No pongas esa cara de asombro. Acá nos han
mandado para que cantemos una oda en el Pacífico. Los americanos han
respondido con otra canción... y he aquí todo... Ahora España
envaina sus versos, y se va por esos mares a la casa paterna, donde
también habrá, cuando lleguemos, poesía a todo pasto». Dicho esto, el
francés dio con un cubo de agua, y requiriendo un pedazo de jabón, empezó
a fregotearse con furor de limpieza.
- XXVI -
No
cesaba el cuitado Ansúrez de voltear en su mente la idea sugerida por
Fenelón de que toda la guerra y el combate final eran cosa romántica, como
la fuga de Mara con Belisario, como el trasplante al Perú de la prenda de
su corazón, y como la fabulosa riqueza y felicidad indudable de la niña en
América. Hay, sin duda, romanticismo público y nacional, como lo hay
privado y doméstico. Las naciones hacen versos lo mismo que esos vagos que
llaman poetas... En la siguiente mañana, las obligaciones de su cargo le
llevaron a un acto tristísimo, por su propia tristeza y desolación
empapado en idealidad romántica. Encargado del transporte de muertos a la
isla de San Lorenzo, donde se les daría cristiana sepultura, salió
-259-
Diego de la Numancia en la lancha vapora, y fue de
barco en barco recogiendo los botes en que ya estaban depositados los
cadáveres, y dándoles remolque hasta el desembarcadero.
La
solemnidad de dar tierra a las cuarenta y tres víctimas del combate del
Callao, dejó en el alma del contramaestre una impresión angustiosa. Desde
el amanecer ya estaban en tierra unos veinte hombres cavando las
sepulturas de sus compañeros. A los dos guardias marinas, Godínez, muerto
en la Villa de Madrid, y Rull, en la Almansa, se les
enterró envueltos en la bandera nacional. Los cabos de cañón, condestables
y marineros, fueron al hoyo con la misma vestidura, pero ideal, porque
para tantos no había banderas. Asistían a la ceremonia un Oficial y un
Guardia marina de cada barco, y presidía el Segundo accidental de la
Numancia, Teniente de Navío don Emilio Barreda. Los capellanes de
todas las fragatas, arrimados a las sepulturas, daban al viento el
tristísimo latín de los responsos, más fúnebre cuanto menos entendido.
José Binondo, que fue de los primeros en la cava de los hoyos, y en el
apañar y soterrar a los pobres difuntos, se multiplicaba como si le
nacieran muchos brazos para las operaciones mecánicas y bocas muchas para
los rezos en castellano y latín macarrónico que a cada muerto dedicaba.
Para rematar dignamente el acto religioso, se puso en mitad del terreno de
las sepulturas una cruz de madera -260-
pintada de negro, que a toda prisa carpinteó un calafate de
la Numancia. Ansúrez habíala llevado en la vapora. Binondo ayudó
a clavarla en tierra, afirmando su base con pedruscos.
«Yo te
aseguro -dijo a su amigo mientras le ayudaba en la colocación de piedras-
que al llorar a nuestros queridos compañeros difuntos, debemos también
envidiarlos, porque ellos están ya gozando de Dios, y nosotros aquí
quedamos como pobres desterrados, navegando y muriendo, sin morir...
Porque ya ves; nuestra vida no es vida, sino más bien muerte, y nuestro
comer es ayunar, y nuestras alegrías penas y quebrantos. ¿No valdría más
que nos echaran al agua de una vez para que, ya que nosotros no comemos,
comieran los pobres peces?... Dios cuida, ya lo sabes, de dar su diario
sustento al pajarillo y también al pececillo... y quien dice pececillos,
dice ballenas, tiburones y tintoreras... En verdad te digo que debemos
envidiar a los muertos, porque, al morir por la bandera, quedaron
absueltos de sus culpas, y en la gloria están todos ya, salvo algún
renegado a quien echen cuarentena en el lazareto del Purgatorio».
-Si
ellos están absueltos y mondos de pecados -dijo Ansúrez-, también
nosotros, que sobre lo ya sufrido tenemos lo que aún nos espera en estos
malditos mares. Tierra firme paréceme a mí que ya no pisaremos. Y viviendo
en el mar, trashijados de hambre, nuestros víveres son las ilusiones y
-261- nuestra bebida la poesía, que más
emborracha que alimenta.
-Verdad.
¿Pero qué te importa si así eres feliz? Has llegado a creerte que tu hija
vive, cuando está más muerta que mi abuela; crees también que nada en
plata y oro, cuando ya no puede nadar en cosa alguna, como no sea en la
divina misericordia... En verdad te digo que no te salvarás si no te haces
amigo de la muerte. Aquí me tienes a mí deseando siempre que me llegue la
hora... Vivo muriendo... o como dijo la otra, muero porque no muero.
-Déjame
en paz, farsante, y guárdate tus sermones -replicó Diego cogiéndole por el
pescuezo-, que entre poesía y poesía, prefiero yo la que me alegra el
alma... Y dime ahora: ¿todavía rezarás a Santa Rosa, que nos estuvo
abrasando con los cañones de su batería, hasta que Topete y la Virgen del
Carmen le metieron en la torre una granada?
-Yo le
rezo a la Santa, pero con reservas. Rosa se llamó en el mundo mi querida
hija... Yo les rezo a las dos Rosas, y hago mi separación de cañonazos y
santidad. A este lado la guerra, al otro las ganas que tengo de salvarme.
Nada tiene que ver el Credo con las témporas... Si la Virgen del Carmen
mira por los españoles y Santa Rosa por los peruanos, allá ellas. Yo, Pepe
Binondo, me pongo todo en mi alma, y al cuerpo mío, que es témpora, le doy
un puntapié y le digo: «Muérete, cuerpo asqueroso. Cómante peces o
meriéndente gusanos, -262-
lo mismo me da. ¡Viva mi alma, y amén!».
-Buen
tuno estás tú... Acaba pronto y vámonos a bordo -le dijo Ansúrez tirando
de él. Embarcados en la lancha vapora, siguieron charlando. Binondo no
soltaba el hilo de sus estrafalarias teologías; pero Ansúrez le llevó a un
tema más positivo, anunciándole que si se concertaba un armisticio con el
Perú, podrían los españoles hacer provisión de comida fresca y abundante;
a lo que respondió el malayo, con verdoso fulgor en su mirada de santo
budista: «Buena falta hace... En verdad te digo que el comer es necesario
hasta para la devoción, pues un estómago vacío trastorna el entendimiento,
y si la cabeza no gobierna como es debido, puede uno llegar encandilado a
la muerte, y no ver la puerta de la salvación».
Para
que no tuvieran aquellos infelices ni un momento de descanso, las
reparaciones de los barcos descalabrados en el combate les ocupaba día y
noche, sin desatender el trajín de aprovisionamiento de carbón y víveres.
Por ser la comida escasa y mala, el repartirla daba mucho que hacer. Lo
menos malo era para los heridos, que no bajaban de ochenta, con añadidura
de sesenta y tantos contusos. En uno de los barcos del convoy, llamado
Mataura, tuvo Ansúrez el gozo de encontrar a su amigo Mendaro.
Las desdichas por ambos sufridas les desbordaron en una conversación
calurosa, interminable, sobre lo divino y lo humano, sobre lo privado
-263- y lo público. Refirió Mendaro que sus
parroquianos habían dado en llamarle espía, y su misma esposa, Josefa, le
quemaba la sangre a toda hora, hablando pestes de la Reina doña Isabel.
Por más que él guardaba la mayor compostura, y no se permitía públicamente
decir palabra que sonase mal en oídos peruanos, a cada paso le injuriaban,
azuzándole con dicterios soeces. Antes de que le expulsaran se expulsó él
a sí mismo, con propósito de regresar a su casa en cuanto los barcos
españoles volvieran la espalda, dígase las popas. El hervor del
patriotismo peruano pasaría pronto, que en aquella tierra, como en España,
no había constancia en el odio, lo que es signo de buen natural.
De
estos y otros temas particulares pasaron Mendaro y Diego a los de interés
colectivo: se habló largamente del combate del día 2, del coraje y
valentía que unos y otros desplegaron, de la catástrofe en la torre de la
Merced, del brío y agilidad de las fragatas, terminando en
consideraciones y barruntos de lo que sobrevendría. ¿Duraría más tiempo la
guerra o se hallaba ya en su conclusión y finiquito? Esto era lo más
probable y la opinión corriente en la Escuadra, donde todos sentían la
imposibilidad de mayor resistencia. La comida escaseaba y era de la peor
calidad. ¿A dónde irían en busca de víveres frescos? Dijo a esto Mendaro
que en el tiempo que llevaba en el convoy su constante pensamiento era
comer algo más -264-
nutritivo y grato; dormía mal, con ensueños de oler y gustar
un buen sancochado y un platito de serviche, que es
pescado crudo con zumo de limón.
«Pues
yo -dijo Ansúrez- sueño que estoy en Cartagena, comiendo pimientos y
aladroque, y al despertar paréceme que conservo en la boca el
gusto de aquellos comistrajes tan sabrosos... Yo creo que la guerra se ha
concluido, y que vendrán pronto las paces».
Opinó
Mendaro que la paz no podían hacerla los españoles allí presentes, sino
otros que mandaría después el Gobierno con más papeles que cañones... A
este propósito, repitieron lo que en la Escuadra se daba como hecho
corriente, divulgado de boca en boca. En sociedad tan estrecha y
cordialmente unida como las tripulaciones de los barcos, no había nada
secreto, y las disposiciones del Gobierno de Madrid, apenas llegaban al
Pacífico, eran conocidas y comentadas en la España flotante y en su
vecindario de tres mil almas, algo mermado ya por las bajas de la guerra.
El hecho que debe ser puesto aquí, como guión de los que marcan el paso de
la Historia, fue el siguiente: Nuestro Gobierno de entonces, ni más cauto
ni más animoso que los que le precedieron y después le heredaron, se
sintió de súbito aterrado de la prolongación dispendiosa de la campaña del
Pacífico. Quizás vio, tarde ya, la locura de haberla emprendido por un
impulso de pueril fiereza, cediendo -265-
a los estímulos de la moda imperialista (segundo Imperio
francés) que a la sazón reinaba, moda que imponía con los miriñaques otras
cosas vanas, como la hinchazón de guerras sin sentido común, para
deslumbrar y dominar más fácilmente a los pueblos. Conocidos el error y la
tontería, no vio el Gobierno más camino de arreglarlo que decretar la
terminación de la campaña; y al efecto, mandó al Pacífico al señor Álvarez
de Toledo, Alférez de Navío, con pliegos para Méndez Núñez, ordenándole el
inmediato regreso de la Escuadra.
Defectuoso
y precipitado era este modo de concluir, como fue impensado y calaveresco
el modo de empezar. El Enviado español tomó el camino más corto, que era
el de Panamá, y en el Callao apareció el 1.º de Mayo, cuando ya la
Escuadra española estaba haciendo puntería, como si dijéramos, contra las
defensas de la plaza. Y véase aquí cómo procede un caudillo valiente que
tiene en su mano la bandera de su país y el honor de las armas. Méndez
Núñez leyó el papel, y devolviéndolo al mensajero le dijo: «Mañana 2
bombardeo al Callao. Usted no ha llegado todavía; llegará pasado mañana, y
en cuanto me comunique la orden del Gobierno, me apresuraré a obedecerla».
Así se hizo. ¡Honor a los hombres que, en circunstancias tan solemnes y
críticas, saben desobedecer obedeciendo! -266-
- XXVII -
De este
suceso, del grande ánimo de General y de su heroica marrullería, hablaron
los dos amigos extensamente, tratando luego de los medios de
proporcionarse algún alimento de mediana calidad y frescura. Pero la
requisa escrupulosa que hicieron de despensa en despensa no dio resultado
alguno. Separáronse, y cada cual fue a entretener y amodorrar su hambre
con las obligaciones. Ansúrez se aplicó a la faena de la reparación de
averías en los barcos de madera.
En la
agitación de estos trabajos les sorprendió la noche del 5, que fue de gran
alarma y ansiedad, porque vieron confirmado el temor de que les atacaran
con torpedos u otros aparatos infernales y traicioneros. Gracias a la
vigilancia con que a estos riesgos atendían, pues aquella pobre gente no
descansaba en las noches claras ni en las obscuras, pudieron librarse de
una catástrofe. La Berenguela fue la primera en anunciar con
cañonazos el peligro. A favor de las tinieblas se aproximaba un remolcador
conduciendo una barcaza en que venía el torpedo, diabólico artefacto lleno
de fulminante, que por medio de un sutil mecanismo, al chocar con un
cuerpo duro se inflamaba y hacía terrible explosión, pudiendo -267-
así destruir la nave más poderosa. La Providencia, que a los
españoles favorecía en aquellos angustiosos días de trabajar duro y apenas
comer, deshizo el plan siniestro de los que habían armado el bárbaro
artificio. Una bala de la Berenguela rompió la palanca que debía
transmitir al depósito de explosivos los efectos del choque, y el torpedo
quedó ineficaz. A la mañana siguiente pudieron desmontarlo con minuciosas
precauciones, y salieron al fin ganando, porque el vaporcito que traía la
muerte quedó con vida incorporado a la Escuadra. ¡Lástima que en vez de
enviar vaporcitos portadores de fulminante, no los mandaran cargados de
jamones, pavos, manteca fresca y demás pólvoras alimenticias!
Deseaban
Sacristá y Ansúrez visitar al General para felicitarle por su mejoría y
recibir sus órdenes, y antes de que pusieran en ejecución este noble
pensamiento, Méndez Núñez les mandó llamar. Ello debió de ser el 7 o el 8
de Mayo. Halláronle levantado, el brazo en cabestrillo, pálido y decaído
de fuerzas físicas, ya que no de ánimos. Con su bondad ingénita, que en el
trato de los inferiores generosamente se mostraba, les recomendó que se
previnieran para un viaje larguísimo y tal vez de contingencias
desfavorables. «Al retirarnos de estas aguas -les dijo-, no podemos seguir
juntos... Yo me voy en la Villa de Madrid, con la Blanca,
Resolución y Almansa, a Río Janeiro; vosotros, con la
Berenguela, emprenderéis la derrota -268-
de Filipinas, para seguir luego hasta España por el Cabo de
Buena Esperanza. Ya veis: ocasión se os presenta de mostrar otra vez que
sois excelentes marineros. Lo que hicisteis para ayudarme a traer acá esta
fragata, repetidlo ahora... No me arriesgo a llevar la Numancia
conmigo, porque ha de ser muy difícil embocar en esta estación la entrada
occidental del Estrecho. Hemos de ir por el Cabo de Hornos y a la vela.
¿Quién nos dará carbón de aquí a Montevideo? Vosotros llevaréis mejor
camino, y antes de llegar a Filipinas haréis escala en alguna isla de
Archipiélago de la Sociedad... Menester será emplear la vela el
mayor tiempo posible, porque no llevaréis carbón más que para algunos
días. Viento de popa y corriente favorable tendréis al salir de aquí;
navegaréis con rumbo Sudoeste hasta los 17 grados; luego, al Oeste: la
corriente os ayudará a llegar a las islas. Ocupaos hoy mismo en guindar
todo el aparejo, asegurando los estáis y poniendo al corriente todo el
juego de brazas de los tres palos, que si os cogen calmas, habréis de
largar todo el trapo y las arrastraderas. Repasad bien el velamen, y si
hay que hacer reparación en las gavias, no os descuidéis: lona tenéis de
sobra... Me figuro que habréis de dar algunas puntadas en las mayores y en
los foques, que bastante trabajaron para traernos acá... Y nada más os
digo, porque os conozco, y sé que sabéis cumplir con vuestro deber...
Deseo que podamos volver a vernos allá. Ello no es fácil, -269-
porque como de esta hecha hemos quedado todos, cuál más cuál
menos, bastante estropeaditos, y heridos del corazón tanto como de los
remos, no será extraño que algunos vayan cayendo al agua por el camino.
Sea lo que Dios quiera. Amigos, hasta Cádiz... o hasta el Valle de
Josafat».
Con
emoción y gratitud salieron de la cámara del General los dos
contramaestres. La llaneza bondadosa de don Casto les afianzaba en el
cariño que por él sentían, y era el mejor estímulo para el cumplimiento de
cuanto les mandaba. Sin perder tiempo se consagraron a guindar toda la
arboladura, y a disponer el velamen, que pronto había de ser entregado a
las caricias del viento. Después de trabajar como negros en estas
operaciones, cayó el buen Ansúrez en hondas melancolías. La idea de
abandonar las aguas peruanas sin poder saltar a tierra, le abrumaba. ¿Qué
razón había para que el General no hiciese paz honrosa con el Perú,
echando pelillos a la mar, sin pensar más que en la reconciliación de dos
pueblos hermanos? ¡Ajo! ¿Para cuándo dejaban el tierno abrazo de
americanos y españoles? Retirarse a España dejando las cosas como estaban,
era una mala partida, un pastel indecente... ¡una traición, con cien mil
pares de ajos! No había consuelo para el infeliz padre cuando pensaba que
tenía que volverse a Europa dando al mundo la vuelta grande sin ver a su
hija y abrazarla. ¡Ni siquiera le permitía Dios el mezquino placer de
comunicarse -270- con ella, de recibir cuatro renglones
trazaditos en un papel por su linda mano! ¿Qué crímenes había él cometido
para estar condenado a dar vueltas alrededor del globo sin ninguna pausa
ni alivio de su inmenso pesar? Esto era horrible, Señor; esto traspasaba
los límites del dolor humano. Mejor que esto era el Infierno; mejor el
Limbo, con su privación eterna de bienes y males.
Para
mayor tortura del pobre celtíbero, hasta la consoladora visión del niño
Carmelo había desaparecido. Por más que se esforzaba en traer a su
imaginación la angelical persona del nietecillo, no podía disfrutar de
aquel consuelo. La imagen alada y sutil se escapaba, se escabullía,
perdiéndose en los espacios más remotos del ensueño. «¡Señor, Virgen de
Carmen -decía clavándose los dedos en el cráneo-, si será todo
mentira!.... ¡si me habrá engañado el maldito francés y los que declararon
que mi hija estaba en Jauja, en el Cuzco, en Arequipa, o en las Batuecas
de los Andes! ¿Serán también una farsa los versos con que quisieron darme
fe del alumbramiento de la niña? ¡Ajos!, no me falta más sino que tenga
razón ese puerco mojigato de Binondo, que me asegura la muerte de Mara y
su viaje al otro mundo para no volver de él. Sáqueme Dios de estas dudas,
o me entregaré a los demonios para que me cojan, me zarandeen, y me
zambullan en sus calderas de plomo derretido».
En esta
consternación y turbulencia de -271-
su espíritu estaba el hombre sin ventura, cuando llegose a
él Mendaro, que a despedirse iba. Llorando a moco y baba se echó Ansúrez
en brazos de su amigo, y le dijo: «Pepe de mi alma, por lo que más
quieras; por tu mujer guapetona, que perece una reina, por el príncipe tu
hijo, ten compasión de este padre desgraciado, y en cuanto vuelvas a tu
casa, busca el medio de ponerte al habla con Mara o con su familia;
revuelve a Lima, a Jauja y al piñatero Cuzco hasta dar con ella. Si para
esto necesitas gastar algún dinero, aquí tienes todo el que guardo de mis
pagas... No dudo que me harás este favor, hijo: yo te lo agradeceré
mientras viva... Y si logras ver a esa ingrata, cuéntale mis amarguras, y
hazle ver lo que he penado por ella, y lo que aún me falta, ¡ajo!, que es
mucho dolor este de volver a España por la vuelta de Filipinas y el Cabo
de Buena Esperanza sin ver a mi hija, sabiendo que está en el Perú... No
sé, no sé cómo consiente Dios este desavío tan grande... ¡Y para esto ha
hecho el hemisferio Sur y el hemisferio Norte, y los caminos de la mar!
Navegue usted nueve mil millas, fondee delante del Perú, y resígnese a
navegar ahora veinte mil millas sin ver logrado un deseo tan natural y tan
santo como es el abrazar un padre a su hija... Yo le digo a Binondo que no
hay Dios, y que si lo hay está trastornado de su eterno caletre... Y si no
lo estuviera, ¿cómo había de permitir estas guerras estúpidas, que no son
más que bambolla y -272-
quijotismo? ¿Qué ventajas nos da el sin fin de bombas y
granadas que hemos tirado contra esos infelices?... Pero, en fin, no nos
entretengamos, Pepe, que tú tienes prisa, y nosotros aguardamos la pitada
que nos mande levar anclas. Toma las diez y siete cartas que en estos días
escribí a mi ingrata: se las das todas para que se entretenga leyéndolas.
En la última le digo que en cuanto lleguemos a Cádiz, me quedaré franco de
servicio, y me vendré al Perú por Panamá, y veré a mi adorada, si es que
vive... y a Dios le digo que si no me arregla el venir acá, y el
encontrarla buena y sana, y el hacer mis paces con ella y con su familia,
me volveré ateo... Ateo seré, como hay Dios; te lo juro... Con que ya
sabes: en ti confío; guarda las cartas... De lo que averigües me
escribirás a Filipinas, donde haremos escala... Y si recibiera carta de
ella, me volvería loco, y se me quitaría el ateísmo... Adiós, hijo: a ti
me encomiendo. Que te vaya bien. Ya suena el pito de Sacristá... A levar
se ha dicho... Adiós, adiós».
Prometió
Mendaro cumplir con toda solicitud el encargo de su amigo, y resistiéndose
a tomar el dinero que este le ofrecía, se abrazaron... «¡Adiós, América!»
dijo el uno. Y el otro: «¡Adiós, España!...». Media hora después, la
Numancia, andando a máquina, doblaba majestuosa la punta de San
Lorenzo, y al entrar en el ancho mar tendía las alas de su velamen,
abandonándose en brazos del viento suave y amoroso. Toda la Escuadra
-273- navegó en conserva el día 10 con rumbo
SO., y a la puesta del sol se separaron las dos divisiones. La despedida,
con los silbatos de vapor y el sube y baja de banderas, fue patética, y
dejó tristísima impresión en todas las almas. Pusieron las proas al Sur
los que iban por el Cabo de Hornos, y la Numancia, Berenguela y
Vencedora, con el Marqués de la Victoria y los
mercantones Uncle Sam y la fragata Mataura, enmendaron
su rumbo, poniéndolo al Oeste con cuarto al Sur.
El
descanso de los tripulantes en aquella expedición era tedioso y lúgubre.
Enfermos de excitación anímica y de rudos trabajos, ingresaban en vida de
hospital, donde el malestar o las lesiones que cada uno llevaba salían a
la superficie estimuladas por el reposo. Sobre todos los males imperaba el
mal comer, contra el cual no había remedio mientras no llegasen a tierra
de abundancia. Carne salada, tocino en mal estado y galleta mohosa, eran
el alimento corriente para todos, altos y bajos. El hambre se juntaba con
la inapetencia, y la repugnancia cortaba el paso al apetito. Y para colmo
de desventuras, la carencia de tabaco llegó a ser absoluta. Hombres había
que se dolían más del no fumar que del no comer. Llegó un día en que el
mismo Binondo, almacenista en pequeña escala de hoja virginia, no
suministraba ni una hebra. Hombres industriosos hubo, tan ávidos del
vicio, que discurrieron fingir el tabaco con raspaduras -274-
de maderas dadas de sebo rancio. Las virutillas que así
sacaban eran liadas en papel, como picadura, y venga chupar y escupir,
engañando el gusto y rodeándose de humareda pestífera.
La
tristeza era general: nadie cantaba ni reía. El aplanamiento físico y
moral sobrevino con verdadera difusión epidémica. La pereza embotaba la
voluntad: nadie trabajaba; fatigábanse algunos del menor esfuerzo, y todos
caían en tétricas modorras. Para sacudir los cuerpos enmohecidos, se
discurrió darles gazpacho dos veces al día, pues no faltaba vinagre a
bordo; y para mover las almas, se ordenó que se pusieran en práctica todos
los medios de regocijo. El que supiera cantar, que cantase, y lucieran sus
habilidades los tañedores de guitarra, bandurria, flauta, o siquiera del
güiro. Diose permiso para bailar y recitar romances y jácaras. Mientras
los marineros organizaban un festival de zapateado, o de las danzas
peruanas la Zamacueca y la Zanguaraña, que algunos
sabían, los Guardias marinas repartían y ensayaban el socorrido Puñal
del godo, para dar una representación solemne y pública en el
Alcázar. Hasta se quiso incluir en el programa un número de
prestidigitación y otro de volatines, que había en la Maestranza dos
muchachos muy fuertes en estas divertidas profesiones.
De nada
valían tales artificios para atraer la alegría cuando esta no se dejaba
coger. Si por momentos resplandecía sobre algunas -275-
extravagancias, pronto se iba, difundiéndose en el aire
calmoso. Lo que al barco llegaba y en él ponía su alojamiento era el
escorbuto, el mal marinero que destruye las tripulaciones cansadas, mal
comidas y agobiadas de tristeza en las grandes soledades oceánicas. En la
Berenguela y Vencedora menudeaban los casos; en la
Numancia empezaron las manifestaciones de mal a los tres días de
salir de Callao. Los médicos vieron venir la terrible infección, y sin
poder aplicar más que paliativos, suspiraban por llegar a cualquier isla
donde hubiera limones. El primer atacado fue Desiderio García, que además
tenía una herida de casco de metralla en el muslo, aún no cicatrizada;
cayeron después un marinero vizcaíno, llamado Ansótegui, y dos fogoneros
gaditanos. Empezaban con un recrudecimiento de la general tristeza, y con
extremada flojedad, abatimiento y fatiga; seguía la hinchazón de encías,
síntoma determinante del mal; luego la reapertura de las heridas, el que
las tuviera, las manchas equimóticas que degeneran en úlceras, la emisión
de sangre negruzca, la caída de los dientes, y, por fin, el marasmo, la
muerte...
En el
pobre Desiderio García, no ofrecieron gravedad los primeros síntomas
escorbúticos; pero el recrudecimiento de las heridas trajo complicaciones
alarmantes, y el enfermo se vio acometido por dos males que
encarnizadamente se lo disputaban. Al mismo tiempo que aparecieron las
petequias, -276-
forma incipiente de la equimosis, y la hinchazón de encías,
se presentó una fiebre intensa, fatiga, dolores que indicaban graves
alteraciones viscerales. En dos días cayo el infeliz en postración
hondísima. Crueles hemorragias anunciaban su acabamiento; las encías
tumefactas no le cabían en la boca; su respiración no era más que el ansia
de respirar. Una tarde, entre dos síncopes, disfrutó de breve descanso, y
pudo emitir sonidos, palabras y aun conceptos. Llamó a sus amigos, y una
vez que los tuvo junto a su lecho, les cogió las manos, y con pausado
acento les dijo: «Ansúrez, Sacristá, Binondo, quiero que sepáis que
aquella sinfinidad y catálogo de millones de plata y oro que os conté, y
el escondimiento del tesoro en una cueva de Copacavana, son mentiras y
embaucaciones que no sé si saqué yo de mi cabeza, o me las asopló un
diablo que quería perderme. Si creísteis aquellas trolas, descreedlas
ahora, y decid que os engañé por estar yo engañado... Ya confesé al
Capellán mi falsedad, y a vosotros ahora la confieso... Perdón les pido, y
que recen por mi ánima».
Alentáronle
los amigos con frases cariñosas, y Binondo dijo que no siendo esta vida
más que una ensoñación, soñar con tesoros es un barrunto y vislumbre de la
gloria eterna. Media hora después, reconciliado por el Capellán y con
el práctico a bordo para emprender su viaje a la Eternidad, tuvo otro
momento lúcido, en el cual pidió el último -277-
favor a su amigo Ansúrez. «Me pondrás en los pies -le dijo-
dos balas del mayor calibre; en la cintura una parrilla, y en el
pescuezo... aquí... un par de lingotes, para que cuando me arrojéis, pueda
yo irme derechito al fondo. ¿Sabes por qué te digo esto? Pues anda por
aquí una tintorera que viene dando convoy a la fragata desde que montamos
la punta de San Lorenzo. Tú la has visto, la han visto todos. Te aseguro
que cuando yo la miraba desde la borda, la condenada no me quitaba los
ojos... Con sus ojos me decía: 'Te como, te como'. Créelo: como hay Dios
que nos viene siguiendo, porque sabe que me arrojaréis... Estos animales
son muy listos, y todo lo entienden. Pero si tú haces lo que te pido,
ponerme mucho hierro, mucho peso, yo me reiré de la tintorera, y a escape
bajaré a lo profundo, diciéndole. 'Fastídiate, tintorera. No me comes, no
me comes'».
Al poco
rato expiró, y fue en busca de los tesoros eternos. Era un buen hombre, de
imaginación poemática... Sus amigos le lloraron; y para cumplir su última
voluntad, Binondo cuidó de arrojarlo al agua con oraciones y hierros de
extraordinaria pesadumbre. -278-
- XXVIII -
El cabo
de cañón Ansótegui y los dos fogoneros se sostenían en los medios de
sufrimiento, con esperanza de mejorar en cuanto llegaran a un país bien
surtido de limones y naranjas. Era el viaje de una lentitud desesperante,
por lo apacible del viento y el poco tirar de la corriente. La
Numancia con todo su aparejo al aire no daba más de cuatro o
cinco millas por hora. Como arreciara el mal escorbútico en los otros
barcos, se les dio orden de abandonar la navegación en conserva,
adelantándose cada cual todo lo que pudiese. Berenguela y
Vencedora y los transportes se perdieron de vista; quedó sola la
blindada, arrastrándose como podía por las aguas quietas, con sus
tripulantes medio muertos de inanición y de quietismo tedioso. Lentos,
monorrítmicos, transcurrieron días de Mayo, días de Junio... El tiempo
navegaba por las aguas dormidas de la laguna Estigia... Y los hombres,
como atontadas moscas, caían del aburrimiento a la enfermedad, unos con
síntomas de escorbuto, otros de fiebre maligna, no pocos atacados de mal
desconocido, cuyo síntoma visible era la mortal tristeza. En la enfermería
no cabían ya tantos hombres. Era un dolor verlos caer y humillarse a
-279- la pereza, y requerir el olvido de lo
que fueron.
El
mismo Sacristá, fuerte como un roble, sucumbió a un acerbo quebranto y
dolor de sus cansados huesos; otros estaban como atacados de locura:
padecían el terror del escorbuto, y apretaban los dientes creyendo que se
les caían. Los fumadores sufrían el aplanamiento agudo de la privación de
tabaco... Oficiales y Guardias marinas desaparecieron del servicio y
vivían confinados en sus camarotes, pidiendo limonadas que no se les
podían dar. Había pescadores maniáticos que se pasaban el día y la noche
en la borda, echando al mar aparejos que no enganchaban bicho viviente.
Maniáticos había de ver tierra, que en cada nube del horizonte señalaban
montañas, volcanes, a veces casas con blancas torres y chapiteles que
brillaban al sol.
A mitad
de Junio no bajaba de ciento el número de hombres atacados de diferentes
dolencias. El único que se conservaba fuerte, activo y hablador era
Binondo: a todos quería consolar con ideas del galardón que reserva Dios a
los justos, y a los padecientes y llorantes en esta
cárcel de la vida terrenal. Aseguraba el malayo que él no necesitaba comer
para sostenerse, y que su gran piedad y la fortaleza de su espíritu hacían
las veces de alimento, dígase carne, pescado, y las demás materias
nutritivas de que se forma nuestra sangre.
El 16
de Junio, cuando el vigía de cofa -280-
señaló el monte de Fatu-Hiva, salieron todos a
verlo, y aquel recreo de los ojos difundió en las almas una ráfaga de
alegría... Aún distaban cuatro o cinco días de la isla de
Otaiti... La esperanza levantó los corazones... Por fin, el 22 al
anochecer vieron las luces de la ciudad de Papeeté, capital de la
ínsula; mas desconociendo el puerto, siguieron por un ancho canal hasta la
bahía de Toanoa, donde echaron el ancla. Un día más, y se encontraron
frente a Papeeté rodeados de una felicidad y abundancia
superiores a cuanto habían soñado los hambrientos, sedientos y maniáticos.
¿Era ilusión lo que veían? ¿Y aquellos botes y cayucos que rodeaban a la
fragata, cargados de pan, de frutas, de tabaco, eran reales, o fantástica
hechura de los cerebros enfermos? La hermosura del cielo, la tibieza de
ambiente, la juvenil alegría que de todas partes emanaba, las voces de los
indígenas ofreciendo alimentos tan apetitosos, habían trastornado a los
sanos, y a los enfermos devolvían la razón, la confianza, el amor a la
vida... Para mayor gozo, vieron fondeados, a pocas brazas de la ciudad,
los demás buques de la segunda división. Participaban todos del delicioso
descanso y festín riquísimo que Dios les enviaba en compensación de sus
horribles trabajos y miserias. «¡Hosanna, loor eterno al Omnipotente!»
clamaba el pío Binondo alzando al cielo las manos, cuando llegaron a
cubierta las primeras cestas de naranjas y limones, subidas -281-
por los indígenas, que eran, dígase con histórica
imparcialidad, los seres más amables de la creación, los más ágiles y
risueños...
¡Oh
incomparable país; oh civilización silvestre, rozagante y desnuda; oh
tierra de bendición y de libertad, coronada de flores y ceñida de espumas!
Tu suelo fecundo y tu temple benigno redimen a los hombres de la dura ley
del trabajo. Aquí la espléndida vegetación, sin las artes de cultivo,
ofrece al hombre cuanto necesita para su sustento; aquí la dulzura del
clima le exime de la complicada cargazón de ropa, no imponiendo más que el
preciso y elemental resguardo del pudor; aquí las costumbres son
proyección fiel de las benignidades de Naturaleza; no existe ni el rigor
de castas, ni el apartamiento receloso entre los sexos; la ley es suave,
el matrimonio facilísimo, la religión alegre, la virtud generosa, la moral
amable, la muerte un dulce tránsito... Tal pensaban y sentían los
españoles ante la hermosura de Papeeté, capital de
Otaiti.
Las
primeras cargas de víveres fueron materialmente devoradas por la
tripulación. Arrastrándose subieron algunos enfermos a cubierta;
arrebataban las naranjas y limones, y se los comían con cáscara. A
enfermos y sanos exhortaba Binondo a la moderación, y pegando bocados a un
tierno pan, les decía: «Poco a poco, hermanos y amigos; refrenad el
apetito de golosinas, que si dais demasiado al gusto, os quedará poco para
-282- la salud. Guardad templanza y observad
comedimiento, que las hambres que habéis pasado no os dan licencia para
entregaros a la gula, feísimo pecado». Estas y otras frases, aprendidas en
el libro de Sermones, iba soltando de grupo en grupo, sin perjuicio de
tomar aquí y allí todo lo que le daban, plátanos, limones, guayabos y
otras peregrinas frutas.
No
escatimó el Comandante en aquel día y los siguientes las licencias para
bajar a tierra. Deseaba que su gente se esparciera y refocilara en aquel
edén, buscando su salud en la libertad, el movimiento y la alegría. Su
primer cuidado fue gestionar de las autoridades otaitana y francesa la
cesión de un edificio amplio y ventilado donde colocar a los enfermos.
Concedida para este fin una isla entera, se dispuso trasladar a tierra a
los infelices que penaban en los obscuros sollados. Todo era bienandanzas
en la venturosa isla que, rodeada de arrecifes de coral, ciñe su contorno
de un cinturón de blanca espuma. Por esto fue llamada La Cuna de
Venus.
Fondeada
la Numancia muy cerca de tierra, en aguas quietas y cristalinas,
creíanse los españoles transportados milagrosamente de la muerte a la
vida, y del reino de las amarguras a la morada de todas las delicias. Iban
y venían los botes, surcando aquel mar de juguete suizo, con agua,
casitas, figurillas de movimiento y caja de música, y pisaron tierra en
diferentes grupos -283-
oficiales y guardias marinas, cabos de mar, marineros,
condestables, soldados... Lanzáronse a recorrer la ciudad y sus
inmediaciones, apreciando cada cual según su criterio y cultura las
maravillas naturales que contemplaban. Tiraron unos desde luego hacia el
campo, atraídos por la opulencia de la vegetación, que a mayor altura que
las chozas y edificios mostraba sus verdes cúpulas y cimeras ondeantes.
Fueron a parar a un espeso bosque de naranjos y limoneros, silvestre,
libre; se admiraron de pisar alfombra de azahares caídos, y de coger
cuanto fruto quisieran con sólo alargar la mano. No vieron señal ninguna
de propiedad personal. Todo era de todos, del pueblo, que en la enramada
frondosa tenía sus bien provistas despensas... El propio comunismo vieron
y comprobaron en los espesos matorrales de guayabas, en las plataneras de
luengas hojas... No había cercas, no daban el quién vive guardas adustos
ni perros mordedores. Mujeres y chicos, vestidos de amplias y flotantes
túnicas, andaban por aquellos vergeles cogiendo cuanto anhelaban, y
ofreciéndolo a los extranjeros con risueña cortesía, para que ni la
molestia tuvieran de cosechar lo que les pedía su necesidad y su gusto.
Adelante
siguieron por alegres campos: vieron aldeas escondidas entre palmas de
coco y otras especies vegetales rarísimas... Las casas de cañas con
singular arte tejidas parecían jaulas o cestas. ¡Qué bien se viviría
-284- en aquellos aposentos cuyos frágiles
muros tamizaban el aire, la luz y las miradas humanas! ¡Feliz
Otaiti, que no conociendo la gazmoñería, también desconocía la
indiscreción!
Andando
incansables entre tantos motivos de regocijo y asombro, dieron vista a un
río que por aquí saltaba gozoso entre peñas con sonoras risas y espumas, y
por allá se remansaba en curvas perezosas hasta llegar a un punto en que
parecía dormirse a la sombra de árboles corpulentos que sobre él tejían
bóveda de ramaje. En aquel remanso vieron los españoles turba de mujeres
que gozosas y picoteras se bañaban. Las que en la orilla se disponían al
baño y natación no se vestían de verde lampazo, sino que habían soltado la
vestidura, quedándose como vinieron al mundo. Escondidos miraron los
curiosos este lindo espectáculo, y oyeron la algazara que unas con otras
hacían. Las que salían de agua empleaban para secarse el procedimiento más
primitivo, que era revolcarse en el verde césped, y dar al aire sus
extremidades con vigorosas zapatetas y cabriolas. Llegó un momento en que
las alegres mozas se percataron de que eran miradas por los extranjeros, y
no hicieron aspavientos de susto ni chillaron con remilgado pudor. Cambió
de tono su griterío y algazara, y abandonando las aguas transparentes, se
vistieron con prisa; operación fácil y que sólo consistía en encapillarse
un ropón largo y holgón, única vestimenta de su constante -285-
uso, prenda única de su elegancia y adorno mujeril.
Sin
secarse ni aliñar las sueltas cabelleras mojadas, corrieron en alegre
bandada las morenitas nereidas, y tras ellas iban, con paso y ojeo de
cazadores, los europeos. Las alcanzaron en un prado verde rodeado de
arbustos, y allí, sin entender ni jota de la lengua que hablaban las
ninfas, se metieron en franca conversación con ellas. Lo que no expresaban
los idiomas desconocidos, decíanlo las risas, los gestos amables, las
miradas alegres, y el tono general harto elocuente, mas no exento de
cortesía. Algunas muchachas corrían con graciosa ligereza de piernas, y
parándose de improviso, disparaban contra los españoles guayabos y
naranjas, o los apedreaban con una frutilla menuda parecida a nuestras
almendras; otras, admitiendo palique a media comprensión de vocablos, se
dejaban abrazar. El idioma primitivo recobraba sus fueros. Luego que eran
abrazadas, se escabullían brincando como gacelas, y a perderse iban en las
enramadas circundantes de las casas de caña... Desde el interior de
aquellas jaulas continuaban disparando contra sus perseguidores risotadas
y voces incomprensibles, que ellos no sabían si eran burlas o amistoso
reclamo... ¿Estaban en Otaiti o en el Paraíso terrenal?
Los
grupos de españoles, que, en vez de tirar hacia el campo y el monte,
tiraron hacia las calles de Papeeté, eran la gente ilustrada que
iba en busca de las señales de -286-
civilización. No es menester decirlo: se divirtieron menos
que los incultos y casi analfabetos que lanzándose tras de la Naturaleza y
en seguimiento de la raza indígena, sorprendieron a esta en su prístina
sencillez y alegría de costumbres. Los ilustrados reconocían y admiraban
las casas construidas cerca de muelle por los comerciantes europeos, el
palacio de la Reina, y otros edificios de carácter administrativo y
judicial. ¡Qué hermosura! ¡En Otaiti había Administración, había
Justicia! Vieron también con admiración, en las calles, señoras y
caballeros indígenas ataviados a la europea... Gracias al protectorado de
Francia, que se había metido en aquel edén para echarlo a perder y
privarlo de sus seculares encantos, en Papeeté había zapateros,
sastres y hasta sombrereros, bárbaros correctores de la estirpe humana,
que han hecho una industria de la fealdad, y de la embarazosa sujeción del
andar y los ademanes.
A
consecuencia de no sabemos qué rebeldías y trapisondas, cayó la feliz
Otaiti en el protectorado francés. Un funcionario del Imperio
ejercía la autoridad con el nombre de Comisario Gobernador.
Conservaba la soberanía de figurón una señora Reina, llamada Pomaré
IV, morenita y bella, del mejor tipo de la raza. En la época del
arribo de la Numancia, ya no era joven Su Majestad
canaca; pero conservaba su aire gracioso y cierta distinción
adquirida en el viaje que hizo a París. Fundaba su orgullo en -287-
vestir a la francesa, cuidando de acarrear trajes de última
moda, o de imitarlos con auxilio de figurines. Dígase con todo el respeto
que merecía la bondadosa Pomaré, que enjaezada a la europea estaba para
pegarle un tiro. ¡Cuánto más bonita y seductora sería su facha conservando
como única vestimenta el ropón o camisolín amplio y suelto con que se
ataviaban y cubrían las mujeres del pueblo! El Rey consorte, llamado
Arii Faité era un bigardo glotón y borrachín, que no se dejaba
ver más que en comilonas y francachelas. Vestía ridículamente casacón
bordado, y las plumas que debía llevar en su cabeza, según el uso salvaje,
llevábalas en un sombrerote tricornio, como los que usan los suizos de las
iglesias parisienses. Era, sin duda, el hombre más bárbaro de
Otaiti y el más feliz de los canacas, que este nombre se
daba a los indígenas del Archipiélago de coral.
- XXIX -
Los
felices españoles de clase humilde que visitaban la isla un día y otro,
contaban a Binondo las maravillas que habían visto, la frondosidad
silvestre de los naranjales y cocoteros, la sencillez y gracia de las
mujeres vestidas de un simple camisón, y tan amablemente abiertas de
voluntad a los obsequios del hombre; y al oír una y otra -288-
vez estas extraordinarias cosas, el malayo se encerraba en
grave silencio, que era sin duda la cavidad mental en que guardaba sus
profundísimas abstracciones. De aquellas honduras no sacaba su pensamiento
más que para mostrarlo al Capellán don José Moirón. Una tarde, cogiéndole
solo, le dijo: «Por lo que cuentan estos perdidos, señor don José, los
habitantes de Otaiti no conocen la vergüenza ni ninguna ley
divina ni humana. El nombre de canacas me dice que estos
naturales son los cananeos de que nos habla Nuestro Señor
Jesucristo en su Biblia, o dígase Moisés, que es lo mismo. Por donde saco
que esta isla es aquella tierra de Canaam de que habla no sé si
el Evangelio o la Epístola».
Contestole
el Capellán tapándole la boca, para que no salieran de ella más desatinos;
pero el malayo prosiguió imperturbable: «Desde que llegamos aquí, me paso
las horas pensando qué religión profesarán estos bárbaros, cómo serán sus
templos y qué vitola tendrán sus sacerdotes. Nada han dicho los muchachos
de la religión canaca o cananea, por lo que pienso será
una indecente idolatría, como el adorar a la serpiente con pechos de
mujer, o a un hombre desnudo con cabeza de cocodrilo. Por todo lo cual,
señor don José, usted y yo no haríamos nada de más yéndonos a tierra para
ver qué casta de religión profesan estos salvajes... y si resulta que es
alguna secta idólatra y gentílica, de esas en que se adora la materia y el
vicio, -289- bien podríamos hacer algo por las almas
de estos infelices, instruyéndolos y catequizándolos para sacarlos de sus
errores lascivos y pestilentes, y traerlos a la verdad de nuestra fe
cristiana y sacratísima. Habrá usted oído que andan las mujeres por esos
campos pisando azahares, sin más vestido que un ropón para cubrir la
desnudez de pechos y caderas. Tales costumbres disolutas y desvergonzadas
significan que aquí no se mira más que al deleite, en el comer, en el
emborracharse y en el danzar deshonesto... Bienaventurado sería usted si
consiguiera iluminar con su predicación a esas almas descarriadas. Yo iría
con usted de misionero coadjutor o suplente, y no haríamos pocos méritos
para nuestra salvación particular».
Tímido
y desconcertado, contestó el Capellán que él no tenía otra misión que la
cura de almas de los tripulantes de la fragata, y que no quería meterse a
convertir salvajes más o menos desnudos. Además, la Francia, protectora de
Otaiti, cuidaría de cristianizar a los canacas, que para
ello tenía personal nutrido de frailes y curas. Hecha esta declaración
aconsejó a Binondo que pues sentía en sí fervor de catequista, fuese él
solo a enseñar el Evangelio a los otaitanos. No desoyó el malayo este
sabio consejo; aquella misma tarde se acicaló y compuso de rostro y
vestido, y agarrando un grueso bastón en figura de báculo, se fue a tierra
y se internó en la campiña de Papeeté. -290-
Divagando de un lado para otro, fue a parar al remanso del
río en que se bañaban las canacas (de que tenía noticia por
relación de sus amigos) y vio venir a las ninfas con sus holgadas túnicas,
sueltas las cabelleras mojadas. Llegose a ellas risueño y melifluo,
echándoles almibarados requiebros. Debieron las mozas de tomarlo por un
mico vestido de marino español y con risotadas lo cogieron, lo zarandearon
y se lo llevaron a una de las aldeas próximas... Se perdió de vista el pío
Binondo... desapareció sin duda en el interior de una de aquellas frágiles
casas de caña que parecían cestas.
Al
anochecer, volvió el malayo a bordo hecho una lástima; su chaquetón de
cabo de mar había perdido los dorados botones, y mayores averías que en la
ropa tenía en su rostro plano, lleno de horribles arañazos y chichones...
Entró en cubierta procurando ocultar con una mano su desventura; pero no
le valió el tapujo. Sus amigos hicieron gran befa y chacota. La
explicación que dio fue que, habiendo entrado en una casa de infieles
canacas con idea de predicarles el Evangelio, al principio fue
oído con atención y recogimiento. Mas de pronto aparecieron unos diablos
negros y deformes que le clavaron sus garras en semejante parte (el
rostro), y le estrujaron y le hicieron mil estropicios hasta dejarle en
aquel estado lastimoso... Buscó el santo varón su bálsamo y consuelo en la
piadosa lectura, principalmente en el Sermonario, cantera
riquísima -291- de donde extraía todas sus ideas y sus
persuasivas formas de lenguaje.
Desde
el feliz arribo a Otaiti túvose Fenelón por el hombre más dichoso
del mundo. Su nacionalidad francesa le dio vara alta en aquel país
sometido al protectorado imperial. A tierra bajaba diariamente vestido con
rebuscada elegancia, luciendo llamativos chalecos y corbatas. No tardó en
cautivar al Gobernador Comisario, dándose a conocer con el título y
modales de calavera de buena familia, sometido a expiación por desvaríos
amorosos, y a esto debió mayor prestigio y metimiento en la buena sociedad
papeetana, compuesta del Comisario francés Conde de Roncière, del
Ordenador de la Marina, del Cónsul inglés, y de media docena de
comerciantes ingleses y americanos. De esta sociedad le fue muy fácil
subir el único escalón que le faltaba para llegar al Real Palacio. La
aspiración del francés se vio pronto satisfecha, y tuvo el honor de ser
recibido y obsequiado por Su Majestad canaca, de quien mereció
tan exquisitos agasajos, que sólo podía referirlos bajo palabra de secreto
a los amigos de mayor confianza.
Solía
el buen Ansúrez acompañarle a tierra; pero en las primeras calles de
Papeeté se separaban, pues era el celtíbero más gustoso del libre
campo que de la ciudad. En los espectáculos de la silvestre Naturaleza
espaciaba sus melancolías, y el trato del pueblo sencillo y afable le
resarcía de la desolación de su árida existencia sin afectos. -292-
Por las noches, de regreso a bordo, contábale Fenelón sus
particulares sucesos del día, y el inocente Ansúrez se lo tragaba todo con
crédula voracidad. «Hoy -decía el francés-, me ha dado Pomaré un rato
malísimo... Es en extremo celosa... Figúrate que paseando solos, vimos
pasar una canaca lindísima: yo la miré... no hice más que
mirarla... Pomaré furibunda... creí que me arañaba... Hermosa y terrible
es la mujer apasionada; yo adoro la pasión; pero la pasión salvaje puede
ponerte, por ejemplo, entre las garras de una leona, y esto
descompone un poco las más bellas aventuras». Otro día contaba incidentes
más gratos: «Hoy me ha dicho Pomaré que no se separará de mí. Pretende que
me quede en Otaiti de director de las Reales Máquinas... que son
una lanchita de vapor, varios relojes y cajas de música, y un aparato por
el estilo de lo que llamáis Tío vivo, para solazarse en el
jardín...». Y alguna vez no faltaban regias gacetillas: «Hoy se ha puesto
tan pesado ese gandul de Arii Faité, que he tenido que darle
veinte francos para que fuese a emborracharse, mi palabra... Con unos
gritos de la Reina y un empujón mío le echamos a la calle... Yo leo el
pensamiento de Pomaré... Si Arii Faité reventara de delirium tremens, ya sé yo quién ocuparía su lugar en
el trono».
La
oficialidad apenas tenía tiempo para acudir a tantas invitaciones y
festejos. En la casa del Comisario, Conde de Roncière, y -293-
en las del Cónsul inglés y de los opulentos ingleses Brander
y Hort, menudeaban los banquetes, las soirées, asaltos, meriendas y conciertos.
Para corresponder a tan amables agasajos, determinó el Comandante de la
División dar un baile a bordo de la Numancia, y al punto se puso
mano en los preparativos de la fiesta. Destinado el Alcázar a salón de
baile, se le adornó con vaporosas gasas, percalinas vistosas y terciopelos
ricos, añadiendo a los trapos las galas de la Naturaleza que mayormente
habían de contribuir al bello conjunto, el ramaje verde, las palmas y
palmitos, y profusión de flores de tropical fragancia y hermosura.
Completaron el ornamento los pabellones y trofeos de guerra y mar, las
banderas de Otaiti, Francia y España en fraternal enlace y
combinación. La batería fue convertida en comedor para la espléndida cena,
la toldilla de popa en salón de juego y descanso, y las cámaras de los
Jefes en tocador para las señoras. La última mano de esta obra suntuaria
fue un soberbio plan de iluminación interna y externa del barco. ¿Qué
faltaba? Orquesta o banda militar. Como nada de esto tenía la fragata, se
acudió al remedio de un piano traído de Papeeté.
Con
tantas previsiones y el esmero en cuidar del conjunto y perfiles, resultó
el baile tan original como fastuoso. En la fantástica nave, Marte y
Neptuno se dieron cita con Venus, que llevaba de la mano a Terpsícore,
tras de la cual entró también -294-
Baco, representado en la crasa persona augusta del Rey o
Príncipe (que de ambos modos se le llamaba) Arii Faité. Concurrió
toda la aristocracia europea y canaca, las hermosas señoras y
señoritas de las familias francesas y británicas, las princesas reales
Aimatá y Borabora, y por último, Su Majestad Pomaré
IV, para la cual se arregló una espléndida falúa. Está de más decir
que la Reina de Otaiti y sus damas, vestidas a la europea con
huecos miriñaques, ostentando además cuantos faralaes y ringorrangos
imponía la moda, dieron a la fiesta su mayor grandeza y hermosura.
Amabilísima estuvo Su Majestad con todos, mostrando en su exquisito trato
la dignidad afable de los soberanos europeos. Era una excelente Reina, un
poco fondona ya, en el ocaso de su belleza morenita. Hablaba un francés
aplatanado y ceceoso que hacía mucha gracia... Honró Arii Faité
la cena, repitiendo cuatro veces de todos los manjares suculentos, y tanto
él como el anciano Príncipe Paraitá, que había sido Regente en la
menor edad de Pomaré IV, no se contuvieron en las libaciones
alegres y copiosas. Al Rey consorte le retiró Fenelón oportunamente,
llevándole a la falúa poco menos que a rastras. No se pudo hacer lo mismo
con el respetable Paraitá, que desplegó hasta el amanecer su
elocuencia en diferentes tonos, desde el sentimental al heroico. Discursos
y brindis sin fin pronunció, primero en pie sobre las mesas, al fin debajo
de ellas. El baile terminó -295-
con la noche. A la luz del alba se retiraron los invitados,
tras de la Reina vagorosa, indo-europea y fantástica. Aquella fiesta entre
civilizada y salvaje fue el último ensueño de los españoles en el Paraíso
de Otaiti.
- XXX -
De las
delicias de la isla, llamada con razón Cuna de Venus, se
ausentaron los españoles con vivo desconsuelo. ¿Cuándo y dónde
encontrarían un oasis, un paraíso semejante? El día de la salida, dijo
Fenelón a su amigo Ansúrez: «No subo a cubierta; no quiero que me vean los
espías de Pomaré. Me voy a escondidas... Prometí quedarme de
director de las Reales Máquinas... Los ruegos, el llanto de
Pomaré, me arrancaron una promesa que no puedo cumplir, mi
palabra de honor...». De las inauditas hazañas amorosas que contó a su
amigo, dedujo este que habían sucumbido a los encantos del francés la
Reina y todas sus damas, no pocas señoritas de las colonias inglesa y
francesa, y dos tercios o poco menos del sexo femenino de clase popular...
Todo se lo creía el buen Ansúrez, que se hallaba en un estado psicológico
propicio a la ingestión de mentiras. Sus facultades pendían de la
esperanza de encontrar en Filipinas cartas de Mendaro y de Mara... Pero
Dios había -296- dejado de su mano al pobre celtíbero,
porque la Numancia llegó a Manila después de un viaje de mil
leguas, y en todo el mes que allí permaneció, no parecieron cartas, ni de
ninguna parte llegaron noticias. Grande es el mundo, y en recorrerlo y
darle la vuelta agota el hombre toda su paciencia; mas la de Ansúrez era
un filón sin término, yacente en un profundo pozo. Cuando a sacar
paciencia se ponía, sacaba esperanza. Si en Filipinas no habían parecido
las cartas, en Java parecerían...
Pues
llegaron a Batavia, capital de la bien regida colonia holandesa, y nada
dijo el correo, por más que Ansúrez con maniática pesadez diariamente le
interrogaba... ¡A la mar otra vez! Y la paciencia y la esperanza unidas se
tragaron mil ochocientas leguas mal contadas entre Java y El Cabo, sin que
tampoco en aquella extremidad procelosa del continente africano se
encontrase ningún papel venido del Perú. Lo extraño era que Ansúrez
alimentaba sin ningún fundamento la ilusión postal, pues no había dicho a
Mendaro que escribiese a las más excéntricas regiones del globo.
¡Ánimo,
y venga del fondo del pozo más paciencia, venga más esperanza! Ya estaban,
como si dijéramos, a la puerta de casa, pues ¿qué suponían diez mil leguas
después de lo que habían andado desde que salieron de Cádiz el 4 de
Febrero de 1865? Al mar otra vez, Numancia, y no te arredres. Si
cartas no hubo en Manila, ni en Batavia, ni -297-
en El Cabo, las habría en Río Janeiro... La distancia no era
gran cosa: un agradable paseo de mil doscientas leguas mal contadas...
Sucedió que al término de esta luenga travesía quedaron igualmente
fallidas las esperanzas, aunque no agotada la paciencia que del hondísimo
pozo sacaba el hombre desconsolado. ¿Pero en qué estaba Dios pensando?
«Como lleguemos a Cádiz -se decía Ansúrez-, y no encuentre allí la
escritura de mi hija, juro a Dios que no habrá quien me saque del
ateísmo...». Lo que en Río hallaron fue el Cólera, amén de otras
calamidades, entre ellas el peligro en que estuvo la Numancia de
volver a Montevideo. Pero todo se arregló, y al fin la blindada salió para
Cádiz con lento andar y resuello fatigoso, como caballero que a su
castillo vuelve rendido del peso de sus armas. Del mismo modo Ansúrez se
quebrantó de la fortaleza espiritual que le había sostenido en el viaje de
regreso, y si no se le agotó el pozo de la paciencia, ya sacaba de él tan
sólo heces turbias y corrompidas. A ratos no más le asistía la esperanza,
y paralelamente a este descenso moral, se iba marcando en su constitución
hercúlea la dolorosa ruina.
Al
pasar la línea ecuatorial, sintió como un terror que a su nostalgia se
unía, haciéndola más negra y pavorosa... Navegando hacia San Vicente,
todos los afectos secundarios que endulzaban su existencia se debilitaban
gradualmente, hasta llegar a extinguirse. A unos amigos apartó de su
-298- corazón con indiferencia, a otros con
aborrecimiento... Y más allá de Puerto Grande, la ruina física y moral del
buen celtíbero se cristalizó en un estado neurótico agudo, con depresión
considerable de fuerzas que le obligó a encerrarse en la enfermería. A
duras penas podía pasar algún alimento; repugnaba la compañía de los que
fueron sus amigos... A la altura de las Islas Canarias, su pensamiento se
descomponía en imágenes y ensueños, que se manifestaban sobre un fondo de
blancura opalina. Soñó que, arrebatado de este mundo por la muerte, tomaba
la vía del Cielo, donde creía se le deparaba su perdurable residencia.
Pero en el Cielo no quisieron admitirle... Íbase luego caminito del
Infierno, donde sin ninguna explicación le dieron con la puerta en los
hocicos. «Pues no estoy poco tonto -decía-; a donde tengo que ir es al
Purgatorio». Hacia allá tiraba, y le acontecía lo propio que en el Cielo y
el Infierno: que ni por un Dios querían admitirle. Bien claro estaba que
en el Limbo le tenían preparado su descanso. Pues, señor, en aquel lugar
bobo encontraba la misma repulsa. «¡Ajo! -clamaba el hombre con
desesperación en medio del espacio-. ¿Dónde meto yo mi pobre alma?».
Soñó
esto muchas veces, en igual forma que aquí se cuenta. Añadíase luego al
sueño descrito este otro no menos extravagante: Hallándose el alma de
Ansúrez en medio del espacio sin saber dónde meterse, se le -299-
presentaba un fantasma de rostro macilento y plano, muy
parecido al de Binondo, y le decía: «¿No me conoces? Soy el Ateísmo. Dame
la mano; ven conmigo, y yo te llevaré a mi asilo de eterno descanso». No
se determinaba Diego a seguir al fantasma. Solo en medio del vago espacio,
sentía inmenso frío... creía ver a un ángel que a soplos iba apagando
todas las estrellas.
- XXXI -
Un día
antes de llegar a Cádiz, dio Binondo al Oficial de mar esta enfadosa
tabarra: «Sabrás, Diego querido, que en cuanto yo ponga el pie en tierra,
me voy derecho a la casa de los santísimos Padres Franciscanos de las
Misiones de África. Llegar y pedir al reverendo Prior que me admita de
lego, será todo uno. Recibiré la santa instrucción frailesca, y acabaré
mis días en la paz y santidad de la Orden seráfica, que me abrirá de par
en par las puertas de la Gloria... Imítame, Diego; tómame por modelo, ya
que no tienes familia ni nadie que mire por ti; decídete, y serás conmigo
en el Paraíso». Nada le contestó Ansúrez: las ideas se le dispersaban, y
las palabras no afluían a su boca.
Un día
más. Ya estaban a la vista de Cádiz, cuando Fenelón fue a buscarle a la
enfermería, -300- y casi a viva fuerza le subió a cubierta
para que participara del general regocijo, y viese el espectáculo
sorprendente de la ciudad que sobre las aguas aparecía como ringlera de
diamantes montados en plata. A medida que avanzaba la embarcación, los
diamantes eran casas y torres, aquellas con cristales, estas con cimera de
azulejos, en cuyas superficies jugueteaban los rayos del sol... ¡Cádiz!
Para gran parte de los tripulantes de la Numancia era el hogar,
el nido donde piaban la pájara y los polluelos... La emoción a todos
embargaba, demudando el color de sus rostros y cortándoles el aliento...
Pasadas las Puercas, se mandó empavesar... Los barcos fondeados
en la bahía echaron al viento todas sus banderas. Acudieron multitud de
lanchas y botes. La Numancia acortó el paso como el festejado
viajero que, recibido por entusiasta gentío, tiene que apretar infinidad
de manos y contestar a innúmeras salutaciones. Del mar circundante subía
un clamor estruendoso de vítores; de la borda del barco descendía lluvia
de voces alegres y de alaridos roncos. Empezó al instante, en forma de
tiroteo nutrido entre la fragata y las embarcaciones menores, el
reconocimiento y saludo de parientes. Sonaban en el aire como graneado
fuego los nombres de padre, hijo, hermano... En medio de esta algazara,
subió la Sanidad a bordo. ¡Oh rigor de una ley inhumana! Como la fragata
venía de Río Janeiro, no hubo más remedio que imponerle -301-
cuarentena. La multitud de dentro y fuera del barco
chisporroteó como las ascuas de un brasero cuando se vacía sobre ellas un
jarro de agua.
En
esto, Sacristá se acercó al buen Ansúrez que en la borda estaba mirando a
los botes, sin ver nada en ellos, y echándole un brazo por encima del
hombro, vertió en su oído este chorro de fuego: «Diego, ahí la tienes...
¿ves aquel bote que ahora se acerca por la popa de la falúa de Sanidad?...
En él viene tu hija Mara: fíjate, majadero... Ahora está el bote abarloado
con la lancha de Pepe... ¡Eh, dejad paso a ese bote!... Si no lo ves, es
que te has quedado ciego».
Ciego
estaba el hombre; pero no de ceguera propiamente dicha, sino de emoción,
de algo más que emoción, de una turbulentísima sacudida y revuelo de su
alma que quería salírsele por los ojos. El bote avanzó con dificultad por
entre la escuadrilla de embarcaciones. En él venía, en pie, una mujer
arrogantísima que en su mano agitaba un pañuelo... Tan pronto hacía señas
con el blanco lienzo, tan pronto se lo llevaba a los ojos... «Es Mara
-dijo Ansúrez con una voz tan baja que sólo pudo escucharla el cuello de
su camisa-. Ella es; pero no verdadera, sino fi... sino figurada, como
fan... como fantasma...». «Mara -gritó Sacristá-, aquí tienes a tu papaíto
asustado de verte. Está bueno, aunque no lo parezca. Padece mal de tu
ausencia... Acércate más; -302-
que te vea bien». Mara tenía un nudo en la garganta, y de
sus labios no quería salir ninguna voz. Por fin, Ansúrez la reconoció por
su hija corpórea y no fantástica. Pasaron segundos, y reconoció también a
Belisario, que se puso en pie para saludarle con esta sencilla y familiar
fórmula: «Diego, ¿qué tal? ¿Buen viaje?». El celtíbero recobró su aliento,
y en el primer suspiro que lanzó se escaparon de su cuerpo todas las
complejas enfermedades que traía. Estalló un vivo y cortado diálogo.
«Yo
bueno... cansado no más de viaje tan largo. ¿Habéis venido por Panamá?».
-Sí,
padre... Hace tres meses que estamos aquí esperándole a usted.
-Yo
esperaba encontrar cartas, no vuestras personas.
-Escribimos
a usted diez cartas -dijo Belisario.
-Y las
mandamos a puntos diferentes, padre: una a las islas Marquesas,
otra a Manila.
-Otra
fue mandada a Zanzíbar, otra a Santa Elena, y qué sé yo... Cartas fueron a
medio mundo.
-¿Os ha
visto Mendaro?
-Sí:
por él supimos que volvía usted a España. Nosotros pensábamos venir acá.
Hemos anticipado el viaje.
-¿Y tu
niño, Mara...?
-Está
bueno... Verá usted qué gracioso... Ya le quiere a usted sin conocerle.
-¡Pues
no le quiero yo poco!... Mara, -303-
¿vendréis a verme, desde un bote, mientras dure la
cuarentena?
Afirmó
Belisario que irían a visitarle diariamente. La cuarentena no sería larga,
pues no tenían a bordo ningún caso de cólera... Mara se sentó. Sosegados
los tres, hablaron largo rato de cosas pasadas y presentes; y en el curso
de la entrañable conversación, repitió el celtíbero más de una vez este
sagaz concepto: «Lo que yo he visto y aprendido es que cuando a uno se le
pierde el alma, tiene que dar la vuelta al mundo para encontrarla».
FIN DE
LA VUELTA AL MUNDO EN LA
NUMANCIA
Madrid,
Enero-Febrero-Marzo de 1906. |