Tras la rápida conquista musulmana de la Península y su posterior asentamiento a lo largo de los más de ochocientos años de vida del Islam en las tierras granadinas, será entonces cuando el Valle de Lecrín tome la fisonomía urbana y agrícola que lo ha venido caracterizando y, es cuando aparece definido por primera vez como una entidad administrativa. El propio nombre de "Lecrín" deriva de la voz árabe Iqlīm, a su vez proveniente del griego, con el significado de clima, comarca, región o distrito.
En las fuentes árabes se alude a esta comarca granadina con tres variantes: Iqlīm Garnāṭa, Iqlīm al-Uxār, Iqlīm Laysār o Iqlīm al-Qaṣb; la primera significa sencillamente "clima o distrito de Granada", mientras que la segunda expresión parece un antiguo topónimo arabizado, posiblemente el mismo étimo de la desaparecida alquería de Lojuela, junto a Murchas, o al de "Lujar"; la tercera fórmula tiene el significado de "distrito de la caña (de azúcar)", que parece aludir a la existencia de dicha planta en época islámica en el propio Valle de Lecrín. Esta última denominación solo se registra en Yāqūt y hay que entenderlo como que este nombre se adoptaría al ser este distrito zona de acceso a las grandes plantaciones del producto que se ubica en Motril, Salobreña y Almuñécar.
Esta comarca, según las obras de los autores árabes que hacen la descripción y división administrativa del Reino de Granada, era una de las tahas pertenecientes a la Cora de Elvira (Órgiva, Ferreira, Poqueira, Jubiles, Andarax, Ugíjar, Valle de Lecrín, y en la costa, Sahil y Suwayhil).
La práctica totalidad de los pueblos del Valle de Lecrín, incluyendo los hoy desaparecidos, fueron alquerías, o barrios integrados en entornos agrícolas irrigados y defendidos por fuertes o castillejos de mayor o menor envergadura. Los geógrafos árabes al-Idrīsī (1100-1162) y al-Uḍrī (1003-1085), anteriores a la formación del Reino Nazarí (s. XIII-XV), así como otras posteriores como al-Umarī (m.1348), Ibn Baṭṭūṭa (1350) hacen una descripción del Reino de Granada bastante descriptiva y con datos muy importantes para los historiadores que trabajan el antiguo reino nazarí. Pero sobre todo será el gran historiador y polígrafo Ibn al-Jaṭīb (1363-1371), en la Iḥāṭa y al- Lamḥa al-badriyya, quien más información recoge y nos transmite, y también en otras fuentes cristianas y árabes más tardías, nos ofrecen una amplia visión del territorio de Granada estaba, el cual desde bastante antes de la formación del reino nazarí, estaba dividido en Coras, cuyo valor es más bien geográfico-descriptivo que administrativo.
En este ámbito administrativo de la Cora a su vez se subdividía en Iqlīm, y, según Ibn al-Jaṭīb, Granada tenía treinta y tres climas (iqlīms). En las zonas montañosas como las Alpujarras y la serranía malagueña de Ronda existían las tā ́ās, o distritos que con toda probabilidad podría tratarse de una división del territorio de carácter militar.
De esta forma la Cora de Elvira (Granada) estaba constituida por veinticinco iqlīms o climas y nueve tā ́ās: Órgiva, Ferreira, Poqueira, Jubiles, Andarax, Ugíjar, Valle de Lecrín y, en la costa, Suhail y Suwayhil.
Los lugares que pertenecían al Valle de Lecrín, incluyendo los desaparecidos, la mayoría debieron de ser alquerías o barrios integrados en entornos agrícolas irrigados y defendidos por fuertes o castillejos de mayor o menor envergadura. Según Ibn Hayyān (al-Muqtabis III), durante las luchas del s. IX había un hisn Niwalaš, castillo o fuerte de Nigüelas, en la Cora de Elvira.
Igualmente Ibn al-Abbār vuelve a retomar, en el s. XII, el nombre de Niwalaš, diciendo que pertenecía al distrito de Bagu Garnāṭa, con lo que el lugar de Nigüelas aparece ya en calidad de alquería diferenciada y no como simple fortín. Nigüelas ya tomaría notoria importancia en época musulmana. En ella también se conservan, además, los restos de un interesante molino de época musulmana y una torre de mampostería y ladrillo nazarí, que con seguridad son los restos del alminar de una mezquita. La torre está construida en mampostería de piedras de mediano tamaño, formando hiladas, presentando verdugadas de ladrillo que dejan calles de mampuestos de distintas alturas. Este muro monta sobre lo que puede ser una plataforma de nivelación construida con hormigón de cal y piedras que alcanza 1’40 m. de altura. Tiene un pequeño hueco de ventana en la fábrica de mampostería que conserva una altura de unos 5 m. Las esquinas están edificadas y reforzadas con pequeños sillares que le dan a la construcción una elegancia muy característica y una gran resistencia. En general podemos apreciar en esta torre varias partes. La inferior más amazacotada y con un pequeño saliente que sirve como base sólida al resto de la edificación mide 2 ́10 metros sobre la rasante de la calle. Sobre ella una segunda formada con piedras trabadas con cal y arena formando cajones o tapias, que se remata con hiladas de ladrillos, para formar la base del siguiente cajón, quedan restos de los mechinales donde se insertaban las agujas de madera que unían las tablas. Mide 3 ́12 metros. En el centro presenta una pequeña ventana cuyos muros alcanzan 60 centímetros de espesor. El tercer cuerpo formado igual al anterior alcanza 2 ́60 metros y presenta cuatro aguajeros de los mechinales. El siguiente cuerpo es un añadido posterior pues no tiene la misma edificación y realizado en ladrillo revocado con yeso. Se remata con una cubierta de teja y una ventana con reja. El último cuerpo tiene 1 ́66 metros de altura.
El acceso al interior se realiza por una vivienda adosada a su fachada noreste, en la calle Jazmín. La planta baja de la torre se ha dedicado a dormitorio, y la parte alta a pajar. Parece ser que al menos dos de sus muros han sido derribados. Hoy en día esta casa está deshabitada.
Además de viviendas, cementerios y sistemas de regadío, los restos arqueológicos que más pueden llamar la atención en el Valle de Lecrín de la época islámica son las numerosas torres de defensa y vigilancia y recintos cástrales en su mayoría de un carácter defensivos que se establecen en su territorio.
Estas torres en ocasiones estaban dotadas de viviendas, esta información nos la proporciona Hernando del Pulgar, aunque sea en referencia a otro lugar del reino, como la ciudad de Baza, información que tiene relación con la importancia militar de esa estructura donde se daba un agrupamiento de viviendas. Inmerso, como estaba Pulgar, en pleno proceso de guerra, destaca, sobre todo, su carácter defensivo. En su relato destaca la dificultad táctica que un ataque puede plantear frente a aquel extraño sistema defensivo: “en este lugar avía mas de mil torres pequeñas, porque cada vezino de aquella facia una torre cercana a sus árboles; y aquello que le pertenecía regava con acequias, de las muchas aguas que descienden de aquella parte de la sierra. E en cada pertenencia particular avía tantos y tales hedificios, que fortificauan toda la huerta”.
Por los distintos lugares por donde se fue desarrollando la campaña, fueron apareciendo este sistema defensivo formado por torres que tanto le llamaron la atención al cronista de los Reyes Católicos. Su distribución, en el circuito perimetral de las ciudades, pueblos y alquerías, las convierte en uno de los elementos claves de la estructura defensiva de los núcleos de poblamiento pero, al mismo tiempo, nos proporcionan una idea aproximada de cuál era la fisonomía del paisaje. “E otro día fue a otro lugar que se llama la Mala, e mandolo quemar, e fueron derribadas e quemadas fasta trescientas torres, e cortijos, e alcarías, que estaban en aquel camino, y en dos lenguas de su circuyto... e a, la otra parte del alcázar tiene dos arrabales, son fortalezidos de muchas torres e peñas que las defienden”.
Para terminar de confirmar esta característica de estas estructuras defensivas del entorno urbano y rural, tomamos un fragmento del polígrafo y visir granadino Ibn al Jaṭīb: “Todas ellas tienen casas magníficas, torres elevadas, eras amplias, palomares y gallineros bien acondicionados y más de 20 se encuentran dentro del área de la ciudad y del recinto de su muralla...” .
Torres Balbás también trato estas estructuras y diferenció dos tipo de torres; las de atalaya y las de alquería que se adosan a las mismas viviendas. En las primeras la función es, sobre todo, la de vigilar, por lo que para su ubicación buscará, como es lógico, espacios adecuados para tal fin.
Existen referencias a torres similares en las edificaciones rurales del norte de Marruecos en Blanco Izaga, y nos invitan a una comparación con este territorio que proporciona datos de interés en cuanto a su posible integración en la vivienda doméstica.
El modelo más común reúne unas características conocidas: las paredes y las habitaciones se construyen alrededor de un patio, posee, normalmente, una sola planta, la techumbre es plana y está hecha de tierra, más o menos impermeable y soportada por vigas, tiene una habitación de recepción a la que se accede por una puerta lateral y en cada habitación no hay más que una ventana rectangular que servía como tronera en caso de ataque.
Este modelo correspondería a una tradición de arquitectura que se extiende generalmente por todo el Mediterráneo,
Con respecto a los materiales utilizados en este tipo de construcciones, se usa lo que se tiene a mano, casi siempre piedra sin tallar, trabada a partir de simple barro, mortero de cal y arena, cuando la hay, o cal y arcilla en su defecto. La arquitectura adquiere así una especial vinculación al terreno, que se manifiesta en la disposición de algunas viviendas que se escalonan en altura, de tal suerte que las terrazas de unas se convierten en patios delanteros de otras. Sin embargo, la disposición en altura conlleva inevitablemente un problema de acometida de agua, al ser razón fundamental de las acequias el riego del terreno cultivado pero no la acometida a las viviendas. Las terrazas adquieren por esta causa un profundo declive en su parte central, actuando a modo de cisternas que vierten el agua de lluvia a recipientes para tal fin.
Una solución técnica muy similar a la que Bazzana estudió en Fiñana, cerca de la zona del Marquesado.
Los materiales refuerzan esa idea de mimetismo con el terreno y se desarrolla una experiencia técnica que de forma invariable depende de los materiales disponibles.
Entre estas edificaciones defensivas, una de las más antiguas del Valle podría ser la del Castillo de Murchas o de Lojuela, constituido por una torre central que se asoma a un pronunciado escarpado sobre el río y de paños de muralla que se adaptan a las sucesivas variaciones de nivel del terreno; en su suelo se hallaron, además de fragmentos de cerámica musulmana, restos de cerámica romana e ibérica, que sugieren la antigua población del lugar, observada también por el profesor Antonio Malpica Cuello.
También en Dúrcal se conservan otros dos baluartes defensivos de época musulmana, como el Fuerte de "Máhina" o "Marjena", del que queda en pie únicamente la esquina de un edificio o restos de murallas de 10 m. de altura y 4 m. de base, que pudo pertenecer al "Barrio de Marjena" mencionado en el Libro de Apeo y Repartimiento de Dúrcal, y en la célebre Historia de la rebelión y castigo de los moriscos del reino de Granada de Luis del Mármol Carvajal (s. XVI), quien sitúa en este barrio una de las muchas escaramuzas de la guerra de expulsión de los moriscos, escaramuza en la que se produjeron bajas por ambos bandos, aunque finalizó con la victoria final de las tropas castellanas acantonadas en EL Padul donde se inicio el acantonamiento de las tropas cristianas para su avance hacia las Alpujarras.
Igualmente el Peñón de los Moros, que con cierta probabilidad pudiera ser de época nazarí a juzgar por la cerámica que se ha encontrado o bien pueda tratarse de un hisn o fortín con aljibe, torre y pasadizo que desciende hasta el río. Esta fortaleza dominaba una vasta extensión del Valle de Lecrín y el paso medio del río Dúrcal.
En pleno centro del Valle sobresale otra impresionante estructura, el Castillo de Mondújar, que, colgado sobre en un elevado escarpe, conserva restos de un aljibe situado a extramuros, poterna, saeteras y angostos adarves.
No hay que olvidar que en este lugar tenía propiedades la madre de Boabdil y que allí trasladó el último soberano nazarí los restos de sus antepasados desde el cementerio real (Rauda) de la Alhambra antes de partir para el exilio al norte de África, dejando en la mezquita de la localidad una renta a perpetuidad –Bienes Habices- (waqf) para el mantenimiento de las tumbas de su familia. El entierro de su esposa Morayma en este lugar nos indica la importancia de Mondújar para la familia real nazarí. Los cristianos al erigir la Iglesia recibieron estos bienes habices y una parte de ellos pasaron a la Iglesia.
Siguiendo dirección a la Alpujarra y antes de llegar a Lanjarón, encontramos la población de Talará, que fue conocida por los cristianos con el nombre de Ḥarāt Al- Arab o Haratalarab, clara transliteración del original árabe cuyo significado es Barrio de árabes, lo que nos indica la posible existencia en dicho lugar de un posible asentamiento de familia o grupo de habitantes de dicha etnia.
El Castillo de Restábal, que con cierta certeza podría ser de época nazarí, vigilaba un importante enclave estratégico militar, comercial y ruta de caravanas que venían desde la Costa y los Güájares hacia el interior del Valle.
El Profesor de la Universidad de Granada Antonio Malpica Cuello, en sus investigaciones arqueológicas llevadas a cabo en esta zona dice que esta estructura defensiva debió de tener al menos dos torres, perduran todavía los restos de un gran aljibe de bóveda de medio cañón sustentada por arcos de herradura. Ya en época cristiana, el Conde de Tendilla (s. XVI) construyó la torre de la Venta de la Cebada para proteger esta importante vía de comunicación de antaño.
La población de Lanjarón también contó con una imponente fortaleza para su defensa y vigilancia de los accesos desde la Costa y el Valle de Lecrín hacia la Alpujarra.
Tuvo como alcaides a Juan de Baeza, en 1500, al que sucedió su hijo Juan Contreras. Mármol Carvajal narra cómo en el asalto definitivo que lanzaron las tropas castellanas a finales del s. XVI a las Alpujarras, los moriscos de la zona se hicieron fuertes en este castillo comandado por un jefe de raza negra, si bien las tropas castellanas optaron por continuar su avance sin preocuparse por este refugio; este episodio demuestra que, con el uso de la artillería por parte de las fuerzas castellanas, las tradicionales fortificaciones musulmanas perdieron definitivamente su función defensiva durante las guerras de expulsión de los moriscos a finales del s. XVI.
El castillo de Lanjarón se eleva en una inexpugnable roca de gran altura y está formado por un recinto exterior con pequeños lienzos de muralla y un bastión de planta cuadrada intramuros, además de aljibes o habitaciones abovedadas, todo lo cual está construido con técnicas de tapial y refuerzos de cantería en las esquinas, como suele ser habitual en la arquitectura militar nazarí y en la mayoría de las fortificaciones del Valle de Lecrín.
El sistema defensivo del Valle de Lecrín fue reforzado, además, con una serie de atalayas como la de Cónchar y la del Marchal, esta última cerca de Albuñuelas; ambas torres son de planta circular, carecen de vanos y gozan de un inmenso campo visual que enlazan con otras de las diversas fortificaciones que como una red se reparten por todo el Valle de Lecrín.
En la monumental obra de Ibn al-Jaṭīb antes citada, al-Iḥata, que es una verdadera enciclopedia sobre las personalidades ilustres y la historia de la Granada islámica, se dedican unas líneas a reseñar la biografía de otro erudito del Valle que vivió antes de la creación del estado nazarí. Se trata de Hanssur b. Ahmād b. Abd al-Malik b. Wáriz al-Ansari, Abū l-Hasan, de la alquería de Durkar (Dúrcal), perteneciente al “Iqlīm al-Uxār” (es el Valle de Lecrín, aunque el topónimo “uxar” no parece árabe y su sentido es incierto), que fue “experto en resolución de cuestiones jurídicas (masa’il)”, alfaquí (jurisconsulto), y memorizó la célebre Mudawwana, que es una gran compilación de derecho maliki muy seguida por los juristas andalusíes; este jurista de Dúrcal dejó de existir en el año 577 de la Hégira (1180-1 d. C.) a una edad avanzada.
Pero será en el siglo XV cuando el Valle de Lecrín se convierta en protagonista clave de la historia granadina. El Reino de Granada había resistido tanto tiempo sin sufrir los efectos de la reconquista cristiana, porque a través de él se canalizaba hacia Castilla el oro africano. Con el oro procedente de su comercio con Marruecos y los países de la Berbería, los reyes musulmanes, desde el siglo XI pagaban tributos a los cristianos del norte, y así evitaban empeñarse en luchas que nada positivo les iba a traer. Por su parte los reyes cristianos respetaron al reino musulmán de Granada, porque constituía la puerta del oro sudanés.
En el reino de Granada se inicia un periodo de luchas que afectarán al Valle de Lecrín, tanto como campo de batalla de los combates que iban dirigidos contra dicho Valle, como también de paso para tropas con dirección a la Alpujarra y Costa granadina.
En 1483, Boabdil apoyado por su madre y un grupo de partidarios se apoderan de Granada e impiden la entrada a su padre Muley-Hacen que huye al Valle de Lecrín refugiándose en su fortaleza de Mondújar desde donde lucha contra su hijo dos años más tarde los granadinos ante la ancianidad de su rey Muley-Hacen, deciden nombrar para el trono a El Zagal, enviando al antiguo soberano a la fortaleza de Mondújar con su mujer Soraya, donde muere ese mismo año.
Según escritura fechada en el mes de Mayo de 1486 Boabdil se comprometía a entregar la ciudad de Granada a los Reyes Católicos “.... Yten es asentado que después de entregada la dicha cibdad de Granada a sus altesas en la manera que dicha es, e aviendo complido sus altezas o a su cierto mandado, todas e qualesquier otras cibdades e villas e lugares e fortalezas que se le ayan dado e entregado de las que no han de quedar en él e quedan para sus altesas
El Valle vuelve a ser noticia el 10 de diciembre de 1489, cuando se produce la rendición de Guadix, en virtud de la cual el soberano granadino el Zagal entrega todos los territorios que poseía “desde Almería hasta Almuñécar y desde Almuñécar hasta la aldea de El Padul”. En contraposición los reyes católicos le dejarían diversas tahas y el Valle de Lecrín.
Granada ciudad debía ser entregada al recibir Boabdil sus tierras, pero un movimiento belicista se levanta en la capital. Mondújar y Alhendín fueron ocupadas inmediatamente por el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba y en Febrero de 1490 se somete a la vega a una sistemática destrucción. La idea de ocupar algún puerto para recibir ayuda exterior fracasó en Almuñécar para Boabdil al igual que un cierto apoyo que surgió en Guadix. El Zagal pasa a África en esos momentos amargado por los acontecimientos.
Boabdil, en sus pactos con los Reyes Católicos se había comprometido a entregarles Granada, pero cuando llega el momento se subleva iniciando varias conquistas. Esto sucedía en Abril de 1490, cuyo éxito provocó el levantamiento de las tahas y lugares de la Alpujarra, la Sierra y el Valle de Lecrín, perdiéndose algunas de las fortalezas, que ya estaban en poder de los cristianos, aunque se salvaron otras, como Mondújar, cuya defensa estuvo dirigida por Doña María de Acuña, esposa del alcaide.
En cambio, Boabdil consiguió apoderarse del Padul y Lanjarón y con ello controlar casi todo el Valle de Lecrín.
Fernando el Católico, tras la negativa de Boabdil a entregar Granada, el 24 de abril de 1491, envió a sus tropas a recorrer el Valle capturando cautivos, y más tarde él mismo, al mando de su ejército, parte de El Padul obligando a los musulmanes a retirarse a Béznar, Tablate y Lanjarón, dejando el Valle arruinado.
En el mismo mes de Abril de 1491 la reina Isabel ordena la construcción de la ciudad de sitio Santa Fe, que evidencia la idea de concluir la conquista. El 25 de noviembre se firma el acuerdo de rendición. Y la ocupación de la ciudad será el 2 de enero de 1492. Boabdil recibió una serie de posesiones en las Alpujarras y conservó las que tenía en Granada, excepción de la Alhambra. Tras pasar un corto periodo en tierras de Laujar y la cercanía de la Alpujarra tan propensa a revelarse, obligaron los Reyes Católicos la marcha de Boabdil a África en octubre de 1493.
Una vez tomada Granada a los musulmanes se les da un tratamiento de una forma más condescendiente, dejando que sigan practicando su religión, usos y costumbres, aunque desde el tiempo de los Reyes Católicos se inician intentos para ganarse a los musulmanes para la fe cristiana. El problema se radicaliza cuando se hace cargo de esta misión personalmente el Cardenal Cisneros, y acelerándose el proceso en tiempos de Felipe II.
El reino Nazarí se incorporó a Castilla como Reino de Granada. Comprendía casi la totalidad de las actuales provincias de Granada, Málaga y Almería. Se favoreció la emigración a África de cabecillas de levantamientos, pero se intentó evitar la masiva salida de población mudéjar pues hubiera sido la ruina.
El territorio se dividió en términos o partidos con su capital en la que residía el Corregidor que era el representante real y presidente del Cabildo. Sus grandes facultades político-administrativas se pasaban a los alcaldes mayores de las restantes villas.
El término de Granada comprendió la zona de Alcalá la Real, Guadix, Baza, Loja, Alhama, Almuñécar, Salobreña y Motril. En Granada también había una Capitanía General con su dispositivo militar. Don Íñigo López de Mendoza conde de Tendilla y futuro marqués de Mondéjar ocupó este cargo que quedó vinculado a su familia durante muchos años.
Durante los primeros 8 años hubo pocos conflictos, aunque está la expulsión de los judíos de 31 de marzo de 1492.
Se prohibió a la población mudéjar que vivieran en las cercanías de las costas y una escuadra que partía desde Málaga la vigilaba durante el verano, tiempo de mayor peligro de ataque de beréberes. La vigilancia se reforzó en los núcleos de Almuñécar, Salobreña y Castell de Ferro.
En enero de 1492 se restauró la Archidiócesis Iliberritana de Granada con obispados en Guadix y Almería y más tarde en Jaén, Alcalá la Real y Guadix. En diciembre de 1499 se rebela el Albaicín, era el principio de las revueltas que llevaría al bautismo forzoso, su asimilación y pérdida de los beneficos dados por las Capitulaciones de entrega de Granada. Los monarcas interpretan que los mudéjares han incumplido las capitulaciones y que por lo tanto o se convierten o se marchan. La insurrección se extiende por amplias comarcas del reino en enero de 1500. Las Alpujarras fueron los primeros, en Güéjar Sierra se levantan 1.500 mudéjares y asaltan las villas limítrofes. El Conde de Tendilla y el Gran Capitán asaltan la villa y venden a sus habitantes como esclavos.
En Febrero llega Don Fernando, la insurrección se extiende por Albuñol, Castell de Ferro y la costa de Adra, se teme la intervención de África. Pedro Fajardo avanzó desde Almería y el rey por las Alpujarras. Tan solo resistió Lanjarón y alguna zona montañosa. El 8 de marzo los mudéjares acuerdan rendirse y entregar 50.000 ducados si se respetan sus creencias, personas y propiedades. Se decidió que no pagaran los conversos, por lo que los bautizados fueron muy numerosos incluso en zonas no reveladas. Pero cada conversión masiva creaba revueltas en otras, lo que radicalizó las posturas. Los monarcas ordenan el 11 de febrero de 1502 que los mudéjares o se convierten o abandonan el país. Los convertidos se denominarán moriscos.
Se estímulo otra repoblación castellana y se estableció en Granada la segunda Chancillería del país con atribuciones sobre la mitad meridional de la península. En adelante las discordias entre Capitanía General y Chancillería serían las más usuales.
En 1526 llega a Granada el emperador Carlos V para conocer las dificultades que planteaba la integración morisca. Tras lo cual dio una serie de disposiciones mediante las que se prohibía a los no conversos el uso de su lengua árabe, sus vestimentas, sus costumbres festivas, etc... Además se trasladó desde Jaén el Tribunal de la Inquisición y la cédula de 7 de noviembre de 1526 para formar la universidad de Granada. Pero la Casa de Austria estaba embarcada en asuntos europeos de gran gasto, por lo que suspendió estas ordenanzas durante 40 años cuando los moriscos le ofrecieron 80.000 ducados. En 1554 se celebró un Concilio en Granada y en 1565 un sínodo en Guadix en donde se estudiaron los temas moriscos. Cuando el emperador abandonó la capital el clima se enrareció ante el enfrentamiento del Capitán General Don Íñigo López de Mendoza defensor de los moriscos y la Chancillería.
Durante 1550-60 los moriscos entran en una grave crisis con la seda. La seda bruta se llevaba para Castilla y los paños elaborados en los pueblos era para la exportación a Portugal, Flandes, Italia y América. Ante la afluencia del oro americano sube la demanda de seda, los comerciantes castellanos abaratan la seda y consiguen que no se permita exportarla en tejidos confeccionados. Entre 1552-61 los granadinos no podían vender sus partidas ya que aumentan los impuestos a las sedas que van a Castilla para compensar las que ya no se sacan del extranjero. La caída de la seda deja en la miseria a muchas personas especialmente en las Alpujarras. La miseria era tal que la inquisición llegó a suspender el importe de los censos de las propiedades confiscadas de esa zona.
En noviembre de 1566 cuando termina la prórroga que concedió Carlos V, el inquisidor general y presidente del Consejo de Castilla Don Diego Espinosa consiguió de Felipe II un edicto con prohibiciones para los moriscos, como la privación de la lengua arábiga, de trajes, baños, fiestas, bailes y otras costumbres populares. Para ello nombraron presidente de la Chancillería a Don Pedro de Deza. Los intentos de negociación por parte del procurador Don Jorge de Baeza y de Don Francisco Núñez Muley fracasaron, dando lugar a los conflictos.
El 24 de diciembre de 1568 los insurrectos elegían en Béznar a Don Hernando de Córdoba rey de los moriscos tomando el nombre de Ibn Humeya, desde el primer momento lo apoyaron los monfíes, bandoleros moriscos refugiados en las regiones más montañosas y de distintos grupos del norte de África. Aben Farax recibió el nombramiento de Alguacil Mayor. El Albaicín y la vega estaban a la espera de acontecimientos hasta que cogió las riendas el Capitán General Marqués de Mondéjar.
El 3 de enero de 1569 y tras asegurar Granada el marqués de Mondéjar salió a enfrentarse a unos grupos de rebeldes que realizaban persecuciones religiosas, descritas de una forma trágica por Mármol Carvajal, por lo que la guerra se ensangrentaba inútilmente. El centro de resistencia cristiano estaba en Órgiva, por lo que se acudió en su ayuda después de forzar un violento combate en el estratégico puente de Tablate. Llegaron al barranco de Poqueira y un triunfo en Alfajaralí los lleva a Pitres y Valor. El presidente de la Chancillería encargó a Don Luis de Fajardo marqués de Vélez que realizara la campaña oriental. En la costa se perdió Castell de Ferro y Adra resistió. El intento de los moriscos de recuperar el puente de Tablate hizo que los castellanos expulsaran a los enemigos de los centros de población. Estos huían a las montañas pero antes arrasaban sus tierras, dedicándose a guerrillas.
Felipe II el 17 de marzo dio el mando a su hermanastro Don Juan de Austria y cesó a Don Íñigo como Capitán General de Granada. Al llegar Don Juan se produjo una matanza incontrolada de moriscos en Granada con la primera deportación de 4.000 a Castilla. En la primavera y el verano el Marqués de Vélez sufre varios descalabros.
En esta revuelta morisca el Valle de Lecrín tuvo un protagonismo importante, dándose acciones bélicas e importantes batallas por parte del ejército castellano y los rebeldes moriscos. El cronista del Mármol nos relata de las vicisitudes de que es protagonista el Valle en la guerra de Granada.
“Andaba en el Valle de Lecrín el Anacoz con más de mil hombres haciendo daño en las escoltas que iban de Granada á Órgiba: el qual había muerto los doscientos soldados de la compañía de Juan de Chaves de Orellana , que diximos, entre Acequia y Lanxarón , y hecho otros muchos daños en la vega, y en lo de Alhama. Y quiriendo el consejo refrenar la insolencia de aquel herege, mandaron llamar á Pedro de Vilches, por sobrenombre Pie de palo, porque tenía una pierna cortada de la rodilla para abaxo, y en su lugar otra de madera, hombre platico en toda aquella comarca, y muy animoso. Y preguntándole, qué orden se podría tener para hacer una emboscada al Anacoz, dixo, que le dexasen, ir á él de parte de noche á las Albuñuelas y á Salares, donde se recogían aquellos Moros, y que les daría un arma y se vendría retirando á la mañana entreteniéndolos, hasta sacarlos de día al río, porque de noche era cierto que no saldrían, y que estuviese la caballería metida en emboscada en los llanos que caen entre la laguna del Padul y Dúrcal, y que él se los pondría en las manos de manera que los pudiesen alancear á todos.”
El 28 de octubre de 1570 concluye el alzamiento, y Don Juan recibe la orden de deportar a los moriscos residentes en Granada. La medida empieza a cumplirse desde primeros, ordenando a los moriscos de la capital, la vega, el Valle de Lecrín, la Sierra de Bertomiz, la Ajarquía, la Hoya de Málaga y la Serranía de Ronda se concentraron en Córdoba y desde aquí se distribuyeron por Extremadura y Galicia. En total fueron desplazadas unas 60.000 personas, otros investigadores ponen más. Otro número de población emigró de forma incontrolada hacia los núcleos mudéjares del Reino de Valencia.
El 24 de febrero de 1571 una real Cédula confiscaba y expropiaba los bienes de esta población. A la vez se encargó una repoblación a Don Pedro de Deza presidente de la Chancillería y a Rodríguez de Villafuente Maldonado y a Arévalo de Zuazo. Sería un periodo que iría desde 1571 a 1595 llevándose a cabo la realización de los inventarios, apeos, deslindes, cuantía de los bienes... su administración y asentamiento de los nuevos pobladores.
Se pusieron en repartimiento unos 270 pueblos de los 400 abandonados por unas 12.500 familias, lo que hace que la distribución de la tierra estuviera mejor repartida que en la otra Andalucía. De todas formas eran tierras pobres y agricultores castellanos poco acostumbrados a estas, por lo que hubo muchos abandonos.
Sacado de Los Habices de las iglesias del Valle de Lecrín de Lorenzo Luís Padilla Mellado
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