Juicio y muerte a Horacio García

Horacio García García era abogado y republicano. Lo fusilaron en 1938. Su hijo, el escritor y ex senador socialista José García Ladrón de Guevara es contrario a resucitar la memoria histórica de quienes murieron en aquella contienda

VICTORIA FERNÁNDEZ //GRANADA

Doña Josefa Ladrón de Guevara murió hace diez años, con 91, y cada mes acudía con satisfacción a su oficina bancaria para comprobar el ingreso de la pensión que el Estado le había concedido como viuda -que era- de un abogado y secretario de Ayuntamiento que murió fusilado en la Guerra Civil. Era justo, pensaba, que después de cuarenta años pasando calamidades para criar a sus hijos y subsistir ella misma, se le reconociera, con una paga, el ser y haber sido una víctima inocente de aquella contienda. Pero era mentira. El Estado nunca le concedió a doña Josefa ninguna pensión y eran sus propios hijos, Pepe y Horacio, quien todos los meses le ingresaban una cantidad fija para que su madre no viviera con la pena de aquella injusticia.

Fue al alba. En esos minutos del día en que se ven los cuerpos pero no las miradas, a Horacio García García lo pusieron ante un pelotón de fusilamiento en una de las tapias del cementerio granadino. Tenía 43 años. Una mujer, dos hijos pequeños de 9 y 7 años y una vida de sufrimientos para ser lo que había sido. Era el 20 de octubre de 1938, III Año Triunfal de la Victoria -para los partidarios del general Franco- y III Año de la Derrota, para los de pluralidad ideológica.

RESULTANDO

Que era socialista y honesto

Horacio García García era abogado. Y socialista. Buena gente, además de culto, solidario y honesto, decían. Tanto, que sus compañeros de profesión intentaron frenar la indecencia de su muerte. Las circunstancias políticas no eran muy propicias -plena guerra- como, tampoco, las sociales, sometidos cómo estaban a la represión militar y al 'sálvese quien pueda' como eslogan de supervivencia. Pero fueron valientes. Los miembros de la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados de Granada de aquel año de 1938 -Francisco González Carrascosa, Casas Fernández, Luis García García, José García Valdecasas Guerrero, Salvador Fernández Vivancos, Eduardo Rodríguez Sánchez y José Antonio Tello Ruiz- nada sospechosos de ser de izquierdas, demostraron su decencia cuando se reunieron -urgentemente- cinco días antes de que a su compañero lo fusilaran para acordar -unánimemente- remitirle un telegrama al Generalísimo para pedirle la conmutación de la pena capital. Era el día de Santa Teresa de Jesús, patrona de los abogados granadinos, pero en aquellas penosas circunstancias la veneración a la santa podía esperar. Su compañero no merecía tan cruel destino.

Es verdad que Horacio García era republicano pero ni antes y ahora -que se sepa- la decencia es patrimonio de una ideología concreta. El consejo de guerra 'sumarísimo' que lo juzgó y condenó lo halló culpable de varios delitos, unos ciertos, otros no, pero suficientes para morir hace 70 años ante un pelotón de fusilamiento y, hoy, para que quieran inmortalizarlo en un monolito o un monumento. Así de mutante es la política, los hombres que la alimentan y la masa social que la legitima.

CONSIDERANDO

Que era ateo y de izquierdas

Al procesado se le acusó de ser una persona de lejanos antecedentes marxistas que en año 1917 fundó la primera sociedad socialista en la localidad de Albuñuelas donde, además, fue alcalde entre 1923 y 1925.

Que en 1926 fue nombrado secretario del Ayuntamiento de Palma del Río (Córdoba), que contrajo matrimonio católico con Josefa Ladrón de Guevara y se comportó «bien en el cargo» aunque mostraba una cierta tendencia masónica.

Que dos años después se trasladó a Granada, se dedicó al ejercicio de la abogacía y fundó un periódico llamado 'República', aunque el gobernador civil lo multó por ser un «elemento desafecto al Régimen» (en aquel entonces la dictadura de Primo de Rivera).

Que en la República fue nombrado secretario del Ayuntamiento de Pinos Puente «en cuyo cargo observó pésima conducta» al tomar parte activa «en mítines socialistas y soliviantar a los obreros» frente a los patronos.

Que sus ideas religiosas eran perniciosas pues, a juicio del tribunal militar que lo condenó a muerte, era suscriptor del periódico 'El Ateo' y que hasta siendo secretario del Ayuntamiento de Cazalla de la Sierra (Sevilla) «prohibió el toque de campanas».

Que inculcaba a su hijo (Pepe García Ladrón de Guevara que en aquel entonces, 1938, tenía 9 años) a «que ofendiera a los sacerdotes».

Que cuando fue detenido en su domicilio de Albuñuelas se encontraron «folletos de propaganda marxista» pero «no cuadros de Santos».

SENTENCIANDO

Que lo mataron en vida y ya muerto

Doña Josefa y sus dos hijos pequeños sobrevivieron, como pudieron, a aquella muerte y lo hicieron emocional y materialmente. Había que seguir viviendo. A Horacio García le confiscaron sus bienes después de muerto y su mujer, valiente como otras muchas cientos, se puso a coser medias y vender productos de papelería en un oscuro portal del centro. Pero salieron adelante. Su hijo Pepe se colocó como oficinista en una azucarera y a Horacio, el pequeño, el Ilustre Colegio de Abogados de Granada lo acogió en su seno -no como abogado, como le hubiera gustado a su padre- sino como conserje al que no le faltaron reconocimientos. Su protector fue Luis de Angulo (padre) que había sido pasante junto a Horacio García en el despacho de Francisco González Carrascosa, aquel decano que intentó salvarle la vida.

Murió el hombre pero su ideología. Su hijo José García Ladrón de Guevara recogió la herencia y se jubiló siendo senador socialista. Hoy, a sus 77 años, desde su retiro de Almunécar, piensa que el daño material y moral que se les hizo a las víctimas de aquella guerra es imposible repararlo «porque la mayoría ya están muertos. Hubo su momento, pero este momento pasó y no viene a qué revivirlo. La Guerra Civil y sus consecuencias debe ser sólo materia de investigación histórica. Sólo eso».

...Doña Josefa falleció hace diez años, con 91, y lo hizo sin saber que el Estado nunca le había concedido una pensión por su condición de viuda. Franco había muerto; la Constitución había nacido y hasta los suyos, por cuya ideología murió su marido, formaron Gobierno. Veinte años, veinte, mandando cartas y escritos y ninguno mereció ni un céntimo y, mucho menos, unas líneas de condolencia.

Ahora, piensan algunos, que dejen la memoria histórica de don Horacio tranquila; las penalidades de doña Josefa bajo tierra y las emociones y recuerdos de sus dos hijos para levantar la voz a quienes intenten manipular a quienes tanto quisieron.