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Historia del [sic] rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada
     Luis de Mármol y Carvajal

Libro sacado de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

 

Página Web X de X

Capítulo VI

Cómo don Alonso de Granada Venegas avisó a don Juan de Austria de lo que había pasado con Aben Aboo

     Estuvo don Alonso de Granada Venegas en Cádiar dos días inquiriendo las voluntades de aquellas gentes; y aunque no hizo pregonar públicamente el bando, porque Aben Aboo le rogó que lo suspendiese hasta que los turcos fuesen embarcados, no dejó de hacer mucho efeto divulgándolo de palabra, y asegurando a los que se fuesen a reducir. Y luego avisó a don Juan de Austria, y particularmente como el Habaquí decía que estaban ya los turcos a punto para embarcarse en sabiendo que había navíos en que poderse ir; y que convenía mucho despacharlos con brevedad, porque no alterasen la tierra, porque andaban diciendo que los cristianos debían de tratar cómo meterlos a todos juntos en parte donde los pudiesen degollar en una hora; y que pedían navíos de remos en que pasar, no se asegurando en otros de otra suerte. Avisó más: que sería bien que se hallase presente al embarcar alguna persona particular, que tuviese cuenta con que no llevasen moriscas ni moros de la tierra, ni cristianos captivos, ni otras cosas de las que estaban prohibidas; y porque la ocasión de los cristianos que tenían captivos no los entretuviesen, procurando embarcarlos a escondidas en fustas o en otros navíos, fuese servido mandar enviar algún dinero que se les diese por ellos, pues Aben Aboo y los otros alzados no los rescataban, ni tenían con qué poderlo hacer; y el Habaquí se ofrecía a concertarlos en muy poco precio. Hechas estas diligencias, y otras que parecieron convenir al bien del negocio, don Alonso de Granada Venegas pasó a la Vega de Granada, y haciendo su asiento en Otura y en Zubia, comenzó a recoger los que se iban a reducir, que fueron muchos. Repartíalos por los lugares como iban viniendo, asegurábalos, y proveíalos de bastimentos; todo esto con grandísimo trabajo, por las desórdenes de nuestra gente, que salían a los caminos y los mataban y robaban, y hacían esclavas las mujeres, escondiéndolas y llevándolas a vender la tierra adentro. No fue menor inconveniente el que hubo en los otros partidos, donde por la mesma orden los recogían los otros caballeros comisarios, sin que se pudiese reparar ni remediar, aunque algunos soldados fueron castigados ejemplarmente; y su majestad envió a mandar a los corregidores de las ciudades y a los cabos de la gente de guerra, que diesen orden como no recibiesen agravio y fuesen bien tratados los que se viniesen a reducir, castigando a los transgresores.



 

Capítulo VII

De algunas entradas que los capitanes hicieron estos días en diferentes partes del reino contra los que no se iban a reducir

     Tenían orden general los capitanes de la gente de guerra, en que se les mandaba que no cesasen de correr la tierra a la parte que sintiesen haber moros de guerra, para quitarles los mantenimientos, necesitándolos a que con hambre se diesen priesa a reducir, mandándoles asimesmo que no hiciesen correrías, porque no se siguiese algún estorbo o inconveniente que interrumpiese lo que estaba asentado con ellos; mas esto se disimulaba con los que las hacían en parte donde andaban moros inobedientes. Con este calor se hicieron muchas entradas entre paz y guerra en diferentes partes del reino, algunas de las cuales pornemos en este capítulo, porque fueron espuelas para traer a obediencia la mayor parte de los alzados, aunque lo pudieran ser para lo contrario. Había enviado el presidente don Pedro de Deza desde Granada una gruesa escolta con muchos bagajes cargados de bastimentos a Guadix con Bartolomé Pérez Zumel y Jerónimo López de Mella; los cuales de vuelta fueron por encima del lugar de la Peza a dar a Valdeinfierno sobre Guéjar, donde sabían que se habían recogido muchos moros con sus mujeres, hijos y ganados; y llegando de improviso sobre ellos, captivaron sin resistencia ciento y trece personas, y les tomaron mucha cantidad de ganado. Eran los nuestros seiscientos infantes y cien caballos, y no osando aguardar los moros, dieran a fluir por aquellas sierras. Fue de mucho efeto el duito que se les hizo este día, porque la mayor parte de los que huyeron fueron luego a reducirse, pareciéndoles que pues los habían ido a buscar en aquella umbría, ternían poca seguridad en otra parte; y porque se averiguó que de allí bajaban a correr ir Guéjar y hacían otros daños, fueron dadas por esclavas las personas que captivaron. Don Diego Ramírez y don Alonso de Leiva fueron en este tiempo con la gente de Motril y Salobreña y alguna de las galeras al lugar de Itrabo, donde había muchos moros juntos; mas hicieron poco efeto, porque fueron avisados y huyeron a la sierra. Supieron que estos y otros muchos se habían puesto en Pinillos de Rey, seis leguas de Salobreña y cinco de Granada; y avisando a don Juan de Austria como, estando reducidos los de Restával y Melejix allí cerca, se estaban quedos ellos, confiados en la aspereza del sitio de aquel lugar, les mandó que fuesen en su busca, y sin tocar en los lugares reducidos, porque no se alborotasen, procurasen destruirlos. Con esta orden, y con dos mil infantes y cien caballos, partieron nuestros capitanes de Salobreña una tarde, y fueron aquella noche a la garganta del Dragón, que es una angostura de peñas muy larga, por donde el río de Motril sale al lugar de Pataura y a la mar. Otro día pasaron a Vélez de Ben Audalla, donde tuvieron aviso del alcaide de la fortaleza como andaba por allí un capitán moro llamado Moxcalan, que hacía mucho daño con una cuadrilla de moros forasteros y naturales de la tierra; el cual venía de ordinario a las casas del lugar, y hablaba con los soldados, y les decía que se quería reducir. Con este aviso acordaron los capitanes de detenerse allí aquel día puestos en emboscada hasta que fuese tarde, para ir a amanecer sobre Pinillos; mas el moro, que había estado en atalaya y vístolos partir de la boca del río, bajó luego a la angostura, y encontrando tres soldados que venían de Motril en busca de nuestra gente, mató al uno, al otro captivó, y el tercero fue huyendo, y dio rebato en Vélez de Ben Audalla a nuestra gente. Entendiendo pues los capitanes que el captivo habría descubierto a los moros el desinio que llevaban, mandando tocar las cajas, a gran priesa recogieron la gente y caminaron la vuelta de Pinillos, pensando poder llegar a dar sobre el lugar antes que el Moxcalan avísase; mas aprovechó poco su [347] diligencia, porque los moros estaban ya avisados y se habían comenzado a ir. Don Diego Ramírez puso la caballería a la parte alta para tomarles el paso de la sierra, y con la infantería cercó el lugar por las otras partes donde había disposición de poderle cercar, porque está en un sitio muy fragoso, y a la parte baja, que cae sobre el río de Melejix, tiene grandes barranqueras y despeñaderos. Era tanta la gente que había en este lugar, que aunque fueron avisados, no se pudieron poner todos en cobro; la mayor parte dellos, los cuales sidieron tarde y acudieron hacia la sierra, dieron en manos de la caballería y se perdieron; los otros se arrojaron por aquellas barranqueras abajo con sus mujeres y hijos, y fueron a meterse en Restával y en Melejix, que, como dijimos, estaban de paces, y allí se guarecieron porque don Diego Ramírez no consintió que los soldados pasasen adelante. Ochenta moras que no pudieron descabullirse fueron captivas y dadas por esclavas; toda la demás gente que allí había se redujo luego, y dejando saqueado el lugar, con muchos bagajes cargados de ropa volvió la gente a Salobreña. Estaba en lo de Almuñécar otro moro llamado Cacem el Mueden, que en la furia de la guerra traía ochocientos hombres de pelea, la mayor parte dellos escopeteros, y había hecho mucho daño por toda aquella comarca, corriendo la tierra hasta las puertas de la ciudad; el cual viendo que le iba dejando la gente para irse a reducir, había recogídose en la sierra de Mínjar con ciento y cincuenta moros y las mujeres, y de allí salía algunas veces a hacer saltos. Desto fue avisado don Diego Ramírez, y con cien soldados de los que tenía en Salobreña, y cincuenta que don Luis de Valdivia le envió de Motril, y doce de a caballo, partió una tarde de Salobreña, y fue a ponerse antes que amaneciese bien cerca de donde estaban los moros metidos en una rambla; y para tomarles los pasos por donde se le podían ir hizo tres partes de la gente. Los soldados de Motril mandó que se adelantasen y fuesen a ocupar un paso por donde de necesidad los enemigos habían de salir a tomarlas otras sierras, y cincuenta de los de Salobreña envió por la cordillera de la propria sierra, que fuesen siempre a caballero, y acudiesen a la parte donde viesen que podían hacer mejor efeto; y con los otros cincuenta soldados y los doce caballos se puso él en la boca de la propria rambla, que sola aquella entrada tenía por llano. Siendo pues ya claro el día, los moros descubrieron la gente que iba por la cordillera de la sierra; y reconociendo ser cristianos, dieron rebato al Mueden, que estaba muy de su espacio almorzando con las mujeres; el cual, viendo que le tenían tomada la sierra, y que la importancia de su negocio consistía más en tomar la aspereza de los montes que en hacer armas, dijo a los compañeros que le siguiesen; y tomando una vereda en la mano, comenzó a subir la sierra arriba, hacia donde estaban los cincuenta soldados de Motril, llevando consigo las mujeres. Tenía este moro una cueva muy secreta junto a la vereda por donde iba, metida entre unas peñas, y la boca della salía entre unas matas tan espesas, que por ninguna manera se podía ver; y emparejando con ella, dejó pasar toda la gente adelante; y haciendo que las mujeres se metiesen dentro, quebrándose también él entre las matas, hizo lo mesmo. Los otros moros fueron a dar donde estaban los soldados de Motril, y rompiendo determinadamente por ellos, tuvieron lugar de escaparse y de subirse a las otras sierras; y lo mesmo pudiera hacer el Mueden, si no se tuviera por más seguro en su cueva. Mas no le sucedió como pensaba, porque un soldado le vio quedar entre aquellas matas, y teniendo cuenta con él, como no le vio salir hacia ninguna parte, dio aviso a otros, que entraron a buscarle y toparon con la boca de la cueva; y entrando dos dellos dentro, anduvieron buen rato por ella sin encontrar con nadie; y queriéndose ya salir, el trasero volvió la cabeza, y vio el rostro de un hombre en lo último de la cueva. Estaba el Mueden con la ballesta armada en las manos, y entendiendo que había sido descubierto, disparó y dio una saetada en los lomos al soldado; mas no le hirió, porque acertó a dar la saeta en unos alpargates de cáñamo que llevaba en la cinta. A este tiempo llegó don Diego Ramírez, y viendo aquel moro puesto en defensa, porque no matase algún cristiano, hizo que lo dijesen en arábigo que se rindiese, y que le salvaría la vida; y al fin se rindió, y le llevó preso al castillo de Salobreña, donde le tuvo algunos días, hasta que el presidente don Pedro de Deza y los del Consejo que estaban en Granada enviaron por él; y porque tan graves delitos como había hecho no quedasen sin castigo, le mandaron entregar al auditor de la guerra, que hizo justicia dél. Las mujeres que se hallaron en la cueva fueron captivas, y la mayor parte de los moros que de allí escaparon, hallándose desarmados, porque unos no habían tenido lugar de tomar las armas, y otros las habían soltado para huir, fueron a reducirse. Andaban los turcos y moros berberiscos en este tiempo con voluntad de pasarse a Berbería, desconfiados de las cosas de la Alpujarra; y aunque algunos confiaban de las palabras del Habaquí, que les ofrecía navíos en que pudiesen pasar seguros, otros no se aseguraban de ir en bajeles de cristianos, y aguardaban fustas de Berbería en que meterse. Estando pues muchos dellos y de los rebelados en el cabo de Gata con el negro de Almería y cincuenta cristianos captivos para pasarse, don García de Villarroel con orden de don Juan de Austria fue a dar sobre ellos, llevando docientos soldados y veinte y cinco de a caballo. No se pudo hacer tan secreto, que los enemigos dejasen de ser avisados: el negro huyó con parte de la gente armada de la tierra; los turcos y moros berberiscos, y con ellos algunos de los rebelados, con los cincuenta cristianos, se mudaron a otra parte, y la gente inútil se fue luego toda a reducir; por manera que cuando don García de Villarroel llegó donde tenía aviso que estaban, no halló más de seis personas que habían quedádose durmiendo; mas prendió en el camino dos moriscos de los de Almería, que habían ido con el aviso, de quien supo como se habían ido aquella noche. Y entendiendo que no podían estar muy lejos, por los rastros que halló nuestra gente, fue a dar a los Frailes del cabo de Gata, que son unas peñas cerca de la mar; y tomando los pasos aquella noche, otro día 9 de junio repartió ciento y veinte soldados en cuatro cuadrillas, que subiesen por cuatro partes en busca de los enemigos, que parecía no haber pasado adelante, y fuesen a juntarse en lo alto del fraile mayor al salir del sol. El caporal Pedro de Aguilar fue el primero que se encontró con ellos, que iban retirándose de la cuadrilla que llevaba Villaplana, porque le habían visto [348] ir subiendo el cerro arriba hacia donde estaban; los cuales dejaron muertos en el camino siete cristianos de los cincuenta que llevaban captivos, porque no podían caminar con las cargas que llevaban a cuestas. Y como se descubrieron los unos y los otros, comenzaron a pelear valerosamente; y aunque los enemigos eran más de docientos hombres escogidos, todavía los treinta soldados, ayudados del sitio que tenían tomado, que era fuerte, y con esperanza de socorro, les daban bien en qué entender. A este tiempo asomó Villaplana con su cuadrilla, que iba siguiendo el rastro; y creyendo los treinta soldados de Pedro de Aguilar que los unos y los otros eran moros, comenzaron a aflojar, y algunos volvieron las espaldas. No faltó Pedro de Aguilar con palabras y obras de animoso soldado a su gente, tanto, que les hizo disponerse a morir o vencer; y tornando a renovar la pelea, tuvieron rostro al enemigo, hasta que llegó Villaplana a juntarse con ellos, y se mejoró su partido. No tardaron mucho que llegaron las otras dos cuadrillas, que llevaban Julián de Pereda y Diego de Olivencia, y todavía los turcos peleaban animosamente, hasta que los nuestros cerraron con ellos, y viniendo a las espadas, mataron al capitán turco y los pusieron en huida. Murieron algunos en el alcance, fueron captivos treinta y cinco, y entre ellos un chauz del Gran Turco, por quien se gobernaba Aben Aboo, y treinta y tres moros de los de la tierra, con Alonso el Gehecel, natural de Tavernas, y cincuenta mujeres y muchachos; y lo que en más se tuvo, que se dio la deseada libertad a cuarenta y tres cristianos que estaban para perecer de hambre, y habían querido matarlos un día antes los moros porque no tenían qué darles de comer, y los turcos no lo habían consentido, diciendo que era inhumanidad matar los captivos; y tenían acordado que si dentro de tres días no venían navíos de Berbería en que poderse embarcar, que los matasen o hiciesen lo que les pareciese dellos. Esta jornada fue importante para que los otros turcos abreviasen su partida con menos condiciones de las que pedían. Otros muchos efetos dejamos de poner que se hicieron estos días, excediendo los capitanes en la orden que de don Juan de Austria tenían para que castigasen a los rebeldes pertinaces, de manera que no recibiesen daño los obedientes; y excusábanse con decir que en son de amigos hacían más daños que cuando eran enemigos, y que era imposible castigar a los unos sin hacer daño a los otros, estando todos juntos, pues los soldados que habían de ser ministros del castigo no los conocían, y cuando los conociesen o tuviesen orden de poderlos conocer, no había tanta justificación en gente de guerra, que, pudiéndolo hacer, dejasen de vengar los daños que habían recebido de sus enemigos, hasta tanto que estuviesen apartados los reducidos de los rebeldes; y ansí se disimulaban muchas cosas que en otros tiempos y ocasiones merecieran riguroso castigo.



 

Capítulo VIII

Cómo el Habaquí embarcó los turcos, y vinieron otros de nuevo en socorro de los alzados; y cómo Aben Aboo mudó parecer

     Acudían en este tiempo a todas horas navíos de Berbería a nuestra costa, cargados de bastimentos, gente, armas y municiones que los moros andaluces que habían pasado a Tetuán y a Argel procuraban enviar a los alzados para entretenerlos que no se redujesen, sabiendo los tratos en que andaban compelidos de pura necesidad. Venían también otros muchos cosarios turcos y moros berberiscos a pasar gente a Berbería por su flete; y estos tenían más ganancia, porque tomaban la mitad de los muebles, joyas y dineros que llevaban los pasajeros; y algunas veces se lo quitaban todo, como hombres que no tenían más fin que al interés. Y aunque don Sancho de Leiva ponía diligencia en quitarles estos socorros, andando de día y de noche por la costa con las galeras de su cargo, no se podía excusar, siendo el pasaje tan breve, que dejasen de llegar algunos navíos a tierra, y desembarcasen la gente y lo que traían. En este mes de junio les tomó trece fustas en diferentes partes de la costa. El proprio día que don García de Villarroel fue al cabo de Gata, como dijimos en el capítulo antes déste, llegaron a la playa de Castil de Ferro de parte de noche dos fustas, en las cuales se embarcaron secretamente algunos turcos de los que el Habaquí tenía recogidos para enviar con salvoconduto a Berbería, por llevarse los cristianos captivos que tenían consigo; pero el alcaide del castillo fue avisado dello, y disparó una pieza de artillería de aviso por si las galeras estuviesen donde la pudiesen oír; y no estando muy lejos, acudieron hacia aquella parte, y las tomaron yendo navegando; y poniendo en libertad aquellos pobres cristianos, fueron los turcos y moros captivos. El Habaquí pues, que ninguna cosa deseaba más que acabar el negocio que había comenzado, de donde pensaba sacar honra y provecho, daba grande priesa que le diesen navíos en que embarcar los turcos que quedaban en la tierra antes que viniesen otros que los alborotasen; y aunque le pedían bajeles de reinos, diciendo que no sabían navegar en otros, hizo tanto con ellos, que los embarcó en navíos mancos, haciéndoles dejar todos los cristianos captivos que tenían, y los envió a Berbería. Estando pues los turcos embarcados y a pique para partirse, llegaron a la propria playa cinco fustas con gentes, bastimentos y municiones; y aunque nuestras galeras las tomaron, fue después de haber dejado docientos turcos y moros berberiscos en tierra, que subieron a la sierra y fueron en busca de Aben Aboo, y se juntaron con él, y le dieron nueva como en Argel esperaban por momentos navíos de levante con que socorrerle. Era Aben Aboo hombre mudable, aunque de mediano entendimiento; deseaba reducirse, quedando con honra y con provecho; y pareciéndole que esto lo procuraba el Habaquí para sí mesmo y para sus deudos, y que no se hacía tanto caudal de su negocio como él quisiera, estaba envidioso dél y aun sospechoso de que no le trataba verdad en lo que le decía; y teniendo el lobo por las orejas, no osaba soltarle, ni sabía como tenerlo asido, de miedo que en reduciéndose le habían de matar. Y creciendo cada hora más en él esta envidia y sospecha, aunque no impedía públicamente a los que se querían ir a reducir, favorecía a los turcos y moros berberiscos, y a los escandalosos de la tierra, y entretenía a los demás con decir que se hacían malos tratamientos a los reducidos, que se guardaba mal lo capitulado en el Fondón de Andarax, y que el Habaquí había mirado mal por el bien común, contentándose con lo que solamente don Juan de Austria le había querido conceder, y procurando el bien y [349] provecho para sí y para sus deudos. Y según lo que después nos dijeron personas con quien comunicaba su pecho, su fin era, viendo al Habaquí hecho tan señor del negocio de la redución, quitárselo de las manos y hacerlo él, para asegurar más su partido con servicio tan particular; mas el vulgo todo entendió haberse arrepentido con el nuevo socorro de Berbería, y hacérsele de mal dejar la seta y en vano nombre de rey mientras le durase la vida. Lo primero mostró en las cartas que después escribió a particulares que tenía por amigos, rogándoles que intercediesen con don Juan de Austria de manera que hubiese efeto la paz que se pretendía; y lo segundo, por otras que escribió a Berbería, que las unas y las otras irán en esta historia para satisfación de los que la leyeren. Por manera que cuando el Habaquí pensó tener acabado el negocio con haber echado los turcos de la tierra, que tenía por amigos, se le puso de peor condición, y sobre todo se le recreció ignominiosa muerte, como adelante diremos.



 

Capítulo IX

Cómo el Habaquí quiso prender a Aben Aboo viendo que mudaba parecer, y cómo Aben Aboo lo hizo prender y matar a él

     Luego que los turcos fueron embarcados, el Habaquí fue a dar cuenta de lo que había hecho a don Juan de Austria; y aunque entendió la mudanza de Aben Aboo, estaba tan confiado en sí y teníale en tan poco ya que no haciendo caso dél, ofreció al Consejo que le haría cumplir lo que había prometido, o le traería maniatado al campo: solamente pedía quinientos arcabuceros cristianos, para con ellos y con los moros deudos y amigos suyos ir a dar sobre él cuando más descuidado estuviese. Don Juan de Austria no quiso dar la gente que pedía, por parecerle que no sería bien aventurarla; y mandándole dar ochocientos ducados de oro, con que levantase cuatrocientos moros de quien pudiese tener confianza para el efeto que decía, partió el Habaquí contento de Andarax la vuelta de Bérchul, donde tenía a su mujer y a sus hijas, para sacarlas de allí y llevarlas a la ciudad de Guadix primero que comenzase a levantar la gente. Era el Habaquí astuto, pero muy confiado de sí mesmo; y viéndose tan favorecido de don Juan de Austria, que cierto le hacía mucha merced, entendía que nadie sería parte para ofenderle; el cual llegando al lugar de Yegen el segundo día que partió de Andarax, y viendo estar parados en la plaza muchos moros, llegó a ellos y soberbiamente les dijo que a qué aguardaban, por qué no se iban a reducir a los partidos que les estaban señalados, como lo hacían los demás. Y como le respondiese uno dellos que aguardaban orden de Aben Aboo, replicó que la redución estaba bien a todos, y que cuando Aben Aboo de su voluntad no lo hubiese, le llevaría él atado a la cola de su caballo. Estas palabras llegaron el mesmo día a oídos de Aben Aboo, y acrecentando con ellas su indignación, envió luego a que le prendiesen los ciento y cincuenta turcos que tenía consigo, y dos cuadrillas de moros de los de su guardia; los cuales le espiaron, sabiendo que estaba en el lugar de Bérchul, le cercaron la casa de parte de noche, estando bien descuidado de aquel hecho y de pensar que hubiese en la Alpujarra quien osase acometerle; y sintiendo el ruido de la gente, tuvo lugar de salir hacia el arroyo del lugar sin que le sintiesen; y hubiérase escapado del peligro si sus proprios vestidos no le acusaran; porque estando en una quebrada otro día de mañana, devisaron los que le buscaban el cafetán de grana que llevaba vestido y el turbante blanco de la cabeza; y aunque iba bien lejos, le siguieron por aquellas peñas y le prendieron junto a unos molinos, y le llevaron a Cujurio, donde estaba Aben Aboo, el cual le tomó luego su confesión, y como le preguntase el Habaquí la causa por qué le había mandado prender, pues nunca le había hecho deservicio, le dijo que por traidor, que le había tratado mentira, procurando el bien y la honra para sí y para sus parientes tan solamente. Esto fue jueves, y el viernes siguiente lo hizo ahogar secretamente, y mandó echar el cuerpo en un muladar, envuelto en un zarzo de cañas, donde estuvo más de treinta días, sin saberse de su muerte; y para disimularla, envió luego a decir a su mujer y a sus hijas que se fuesen a Guadix, y que no tuviesen pena, porque él le tenía preso y brevemente le soltaría. Muerto el Habaquí, Aben Aboo despachó a su hermano Hernando el Galipe a las sierras de Vélez y Ronda a que estorbase la redución, y animase a los que no se habían alzado para que se alzasen. Y para disimular más; escribió luego a don Hernando de Barradas una carta en letra arábiga, que traducida en nuestro romance castellano, decía desta manera:

CARTA DE ABEN ABOO A DON HERNANDO DE BARRADAS

     «Las alabanzas sean a Dios sólo antes de lo que quiero decir. Salvación honrada al que honró el que da la honra. Señor y amigo mío, el que yo más estimo, don Hernando de Barradas: Hago saber a vuestra honrada persona que si quisiéredes venir a veros conmigo, vernéis a vuestro proprio hermano y amigo muy seguramente, y lo que de mal os viniere será sobre mi hacienda y fe; y si quisiéredes tratar destas benditas paces, lo que tratáredes tratarlo héis conmigo, y haré yo todo lo que vos quisiéredes con verdad y sin traición. Paréceme que el Habaquí, de todo lo que hacía ninguna parte me daba, antes encubría de mí la verdad, porque todo lo que pidió lo aplicaba para sí y para sus parientes y amigos. Esto hago saber a vuestra honrada persona, y conforme a ello podrá hacer lo que le pareciere, y lo que viere que estará bien a los cristianos y a nosotros; y Dios permita este bien entre nosotros, y que vuestra honrada persona sea causa dello. Y perdonadme, que por no haber tenido quien me escribiese no he escrito antes de ahora. La salvación sea con nosotros, y la misericordia de Dios y su bendición. Que fue escrita día martes».

     A esta carta respondió luego don Hernando de Barradas que holgaría mucho de verse con él para efetuar el negocio de la redución por la orden que decía, y que le hiciese placer de avisarle dónde estaba el Habaquí y lo que se había hecho dél y Aben Aboo le tornó a escrebir otra carta en castellano, del tenor siguiente:

OTRA CARTA DE ABEN ABOO A DON HERNANDO DE BARRADAS

     «Muy magnífico señor: la de vuestra merced recebí; y en cuanto me envía a decir por ella de la prisión del Habaquí y si hubo causa para ella, digo que las causas que hubo para prenderle fueron éstas que ahora diré. La primera, que andaba engañando a vuestra [350] merced y a mí; porque cosas que yo le decía no las iba él a decir allá, ni menos me daba parte de lo que se hacía ni qué era lo que trataba; porque si yo lo hubiera dado mi sello, entendiera vuestra merced que yo lo sabía y que pasaría por lo que él hiciese; mas entendí que andaba engañando a una parte y a otra, y hallele que también había hecho una barca para irse con sus hijos a Berbería; y por estas razones y otras le tengo preso hasta que estas paces se acaben de efetuar. Y de mi parte ruego a vuestra merced las acabe, y que se apague este fuego para que se quite tanto mal. Hecho esto, yo le soltaré. Y entienda vuestra merced que no tiene, mal ninguno, porque si al presente estuviera aquí cerca, él escribiera a vuestra merced de su mano. Vuestra merced consuele a sus hijos, y les diga cómo está bueno, y que yo les doy la palabra, como quien soy, de no tratarle mal, sino que le terné preso por algunos días. Y vuestra merced acabe lo que ha comenzado; que todo se hará como vuestra merced manda».

     No mucho después, viendo Aben Aboo que la ida de don Hernando de Barradas a verse con él se dilataba, escribió otra carta a don Alonso de Granada Venegas, que decía ansí:

CARTA DE ABEN ABOO A DON ALONSO DE GRANADA VENEGAS

     «Señor: Sabrá vuestra merced que de pocos días a esta parte me ocurrieron ciertas cosas en los negocios de las paces, y fue que los de la Alpujarra sospecharon mal en Hernando el Habaquí, por donde pensaron que los había de engañar y que les hacía traición; y como les vino a notificar el bando que salgan de la tierra dentro de seis días, sintiéronlo tanto, que entendieron ser traición, y luego le prendieron; y creo que sucedió mal: nuestro Señor lo remedie. Y quisiera mucho que vuestra merced estuviera cerca; porque quizá se pudiera remediar, porque, después de Dios, entendemos que vuestra merced podrá remediar mucho en este negocio; y pues ha hecho lo mucho, es menester que se haga alguna diligencia para que se acabe esta buena obra; y esto sea con brevedad, porque así cumple al servicio de su majestad. Y si acaso no pudiere venir por acá, escriba a don Juan de Austria, para ver si remedia algo. Y si determinare de venir hacia Órgiba o hacia el campo, y le pareciere traer en su compañía al beneficiado Torrijos y a Pedro de Ampuero, hágalo; que podrá ser que aprovechen harto; y si recelan de algo, para su seguridad les enviaré la gente que fuere menester».

     Hasta aquí decía la carta de Aben Aboo, la cual envió luego don Alonso de Granada Venegas a don Juan de Austria, que todavía estaba en el alojamiento de Andarax aguardando el efeto de la redución, aunque harto suspenso de ver que ya no venían moros a reducirse, y porque no se podía acabar de entender bien por las cartas de don Hernando de Barradas, ni por otros avisos, el encantamiento del Habaquí, si era vivo o muerto, se acordó en el Consejo que don Hernando de Barradas diese buena esperanza a Aben Aboo, y procurase verse con él, como se lo pedía en su carta. Y porque su ida no hubo efeto, se tomó resolución que Hernando Valle de Palacios fuese en su lugar, y que entendiese dél qué era lo que quería, y supiese lo que se había hecho del Habaquí, y procurase espiar con mucho cuidado el estado en que estaban las cosas de los moros; qué desinio era el de Aben Aboo, la cantidad de gente armada que tenía, ansí de naturales como de extranjeros, v a qué parte estaba la mayor fuerza dellos, y todas las otras cosas que le pareciese convenir. Diosele para este efeto una instrución de lo que había de tratar con Aben Aboo, y una carta de don Hernando de Barradas en respuesta de la última suya, remitiéndose a Hernán Valle de Palacios, con quien podría tratar sus negocios como con su mesma persona. Y para que mejor se entienda la dobladura con que Aben Aboo andaba, y su disimulación y maldad, pornemos en el siguiente capítulo una carta que escribió en el mesmo tiempo a unos alcaides turcos sus amigos, que estaban en Argel, y después diremos lo que Hernán Valle de Palacios hizo en su viaje.



 

Capítulo X

Cómo Aben Aboo escribió a unos alcaides turcos de Argel, dándoles cuenta de la muerte del Habaquí

     Estos mesmos días tomaron nuestras galeras una fusta de moros andaluces que iban a Berbería, y entre otras cosas, les hallaron una carta escrita en arábigo, que según el tenor della pareció ser de Aben Aboo, que la enviaba a unos alcaides turcos amigos suyos, que estaban en Argel, dándoles cuenta del suceso de sus negocios y pidiéndoles todavía socorro; y porque el lector se vaya entreteniendo, la pornemos en este capítulo, traducida en lengua castellana:

     «Los loores sean a Dios, que es uno solo. Del siervo de Dios soberano a los alcaides Bázquez Aga, Con Coxari, Albázquez Busten y Aga Baxa, y a todos los otros turcos nuestros amigos y confederidos: Hacemoos saber como estamos buenos, loado sea Dios, y que para nuestro contentamiento no nos falta más que ver vuestras presencias. Habéis de saber que Nebel y el alcaide Caracax nos han destruido ya todo este reino, porque ellos vinieron a decirnos que se querían ir a sus tierras; y aunque no quisimos darles licencia para que se fuesen, esperando el socorro de Dios y de vosotros, todavía trataron de irse y se fueron. Los que allá dijeren que yo di licencia a los andaluces para hacer paces y rendirse a los cristianos, tenedlos por mentirosos y por herejes, que no creen en Dios; porque la verdad es que el Habaquí y Muza Cache y otros fueron a los cristianos, y se concertaron con ellos de venderles la tierra, y éstos se conformaron después con Caracax y con Nebel y con Alí arráez y con Mahamete arráez; y ellos y los otros mercaderes les dieron sesenta captivos de los que tenían en su poder, porque les diesen navíos en que pasasen seguramente a Berbería. Y habiendo hecho este concierto, vino el Habaquí a los moros andaluces, y les dijo que habían de entregarse todos a los cristianos, y retirarse a Castilla; y pensando yo que andaba procurando el bien de los moros, hallé después que nos andaba vendiendo a todos, y por esta causa le hice prender y degollar (10). Lo que acá ha sucedido después que Caracax [351] y sus compañeros se fueron, es que los cristianos nos acometieron, y hubo entre nosotros y ellos muy gran pelea, y matamos muchos dellos (11); por manera que ya no les queda ejército en pie con que podernos ofender; mas tememos que su rey juntará otro campo y lo enviará contra nosotros. Por tanto, socorrednos con brevedad, socorreros ha Dios; y ayudadnos, ayudaros ha Dios. Y por amor de Dios nos avisad qué nueva tenéis de la armada de levante. Y si no hay aprestados en esa costa navíos, alquilad los que pudiéredes, en que pasemos las mujeres y los hijos, porque nosotros queremos quedar guerreando con nuestros enemigos hasta morir. Y mirad que si no nos socorréis, os lo demandaremos en el día del juicio ante el acatamiento divino. Conmigo está Alí, e Válquez con ciento y cincuenta turcos y muchas mujeres y criaturas desamparadas (12): tened piedad dellas, pues a vosotros más que a otra persona del mundo toca este socorro, como cosa en que pusistes las manos». Que es fecha esta carta a 15 días del mes de Zafar del año de la hixara 987 (13) (que a nuestra cuenta fue en 17 días del mes de julio del año del Señor 1570). Y abajo decía la firma: Mahamud Aben Aboo.



 

Capítulo XI

Cómo los vecinos de Alora mataron al Galipe, hermano de Aben Aboo, que iba a recoger los alzados de la sierra de Ronda

     Había enviado Aben Aboo estos días al Galipe, su hermano, a levantar los moros que no se habían alzado, y hacer que los alzados no se redujesen, dándoles a entender que esperaba socorro de Berbería, y la armada del Gran Turco en su favor. Este moro había sido uno de los de la Junta de Andarax para el negocio de la redución; y pareciéndole que los caballeros cristianos habían hecho más caso del Habaquí que él, se había ido muy enojado y procuraba estorbar todo cuanto se hacía; y para este efeto se partió con docientos escopeteros la vuelta de la serranía de Ronda, y llegó a la sierra de Bentomiz, estando Arévalo de Zuazo, corregidor de Málaga, en la ciudad de Vélez tratando con los de aquella tierra que se redujesen al servicio de su majestad. Y como supo que un morisco, vecino de la villa de Comares, llamado Bartolomé Muñoz, andaba en ello, y que estaba allí, mandó luego prenderle, y queriéndole justiciar, acudieron a él los amigos que tenía, y le dijeron que no permitiese que se hiciese mal ni daño a aquel hombre, que debajo de su palabra había venido a tratar del bien de los moros, y a rescatarles sus mujeres y hijas, que tenían captivas, a trueco de unos mozos cristianos; y pudieron tanto con él, que le mandó soltar y que luego se fuese de la sierra, y hizo pregonar que ninguno se redujese, so pena de la vida. No fue perezoso Bartolomé Muñoz en ponerse en la ciudad de Vélez, y dando aviso a Arévalo de Zuazo de la venida de aquel moro, y como traía docientos escopeteros, y entre ellos algunos berberiscos, y que había de pasar a lo de Ronda, despachó luego a la ciudad de Málaga y a las villas de su jurisdición, para que enviasen gente que tomase los pasos por donde se entendía que había de pasar para ir a Ronda; y particularmente encomendó esta diligencia a Hernando Duarte de Barrientos, vecino de Málaga. Estando pues toda la tierra apercebida, el Galipe partió de Bentomiz con su gente y algunos de la sierra que le quisieron acompañar, llevando su guía que le guiase por los caminos y trochas de las sierras que caen sobre la hoya de Málaga, por donde entendía pasar seguro. Esta guía se le murió en el camino, y llegando los moros en el paraje de la villa de Almoxia, captivaron un cristiano que andaba requiriendo unos lazos, y preguntándole si sabría guiarlos a Sierra-Bermeja, dijo que sí, porque sabía muy bien los caminos y las trochas de aquellas sierras. Y diciéndole el Galipe que guiase hacia un lugarito pequeño de cristianos que le habían dicho que estaba allí cerca, los guió la vuelta de Alora, y llevándolos por las viñas para ir a dar en el río, el moro oyó campanas; y pareciéndole que no eran de lugar pequeño, preguntó al cazador qué vecindad tenía; el cual le dijo que hasta noventa vecinos; y no se fiando dél, envió dos renegados, uno valenciano y otro calabrés, a reconocer, los cuales llegaron a Alora, y como los vecinos andaban sobre aviso, luego echaron las guardas de ver que no eran hombres de la tierra, y los prendieron, y se supo cómo los moros quedaban en el arroyo que dicen del Moral. Luego se tocó a rebato, y en siendo poco más de media noche, salieron trecientos hombres repartidos en tres cuadrillas a buscarlos. Por otra parte el Galipe, viendo que los renegados tardaban y que las campanas repicaban todavía, entendió que el cazador le llevaba engañado, le hizo matar, y tornó a tomar el camino por dónde iba. Habíase puesto Hernando Duarte de Barrientos con su gente en una trocha muy cierta, por donde entendía que habían de pasar los moros, y como llegasen las escuchas que llevaban delante, y hacia tan grande escuridad, entendieron las centinelas que era el golpe de los moros que venían juntos. Y saliendo a ellos, los hallaron tan arredrados, que tuvieron lugar de apartarse de aquella trocha, y tomando otra, fueron a dar en manos de la gente de Alora; y como se vieron cercados de cristianos, luego desmayaron, y muriendo algunos que hicieron defensa, los otros dieron a huir. Un vecino de Alora, llamado Alonso Gavilán, prendió al Galipe, que se había escondido en unas matas, y llevándole preso, lo mató Melchor López, alférez de la gente de la villa, que no bastó decirle que era el Rey, diciendo que no conocía él otro rey sino a don Felipe, ni tenía cuenta con moros. De todos los que iban con el Galipe, solos veinte quedaron vivos; los doce captivaron aquel mesmo día y después los vendieron, y del precio hicieron una ermita a la advocación de la Veracruz, que hoy está en pie en memoria desta vitoria, no poco celebrada en aquella villa. La mesma noche sucedió que unos vecinos de Alozaina, que iban a la ciudad de Antequera, llegaron al río de Cazarabonela, donde dicen el paso del Saltillo, y unos moros que aguardaban la venida del Galipe los mataron y captivaron, que no escaparon más que tres dellos. Y como fuese el uno a dar rebato a Alora, luego enviaron dos escuderos a dar aviso a los de Alozayna, para que sabesen a tomarles el paso [352] por la trocha que llevaban, y saliendo doce caballos y cincuenta peones, fueron la vuelta de la villa de Tolox, y hallando por aquellos cerros muchas cuadrillas de moros que habían bajado de las sierras a recebir al Galipe, arbolaron una banderilla blanca en señal de paces, y les preguntaron si querían rescatar los cristianos que habían captivado en lo de Cazarabonela; mas ellos respondieron con las escopetas, y los cristianos comenzaron a retirarse por el camino que va de Tolox a Coin, yendo los moros en su seguimiento. Un animoso escudero, llamado Martín de Erencia, fue parte este día para detenerlos, revolviendo sobre los enemigos y exhortando a los amigos de manera, que siendo los nuestros como sesenta hombres, y los moros más de trecientos, los desbarataron, y mataron muchos dellos, y entre los otros, a un mal moro, natural de la villa de Yunquera, llamado León. Este moro, teniéndole pasado de una lanzada un escudero llamado Juan de Moya, se le metió por la lanza, y con un chuzo que llevaba le hirió el caballo, y le matara a él si la muerte le diera un poco de más lugar. Entre otras cosas que ganaron los soldados este día, fue una haquita en que venía mi moro santo al recebimiento de su nuevo rey y a echarle la bendición, porque era grande la confianza que aquellos serranos bárbaros tenían en él, y pensaban hacer grandes cosas con su presencia.



 

Capítulo XII

Cómo los moros de la sierra de Ronda fueron sobre la villa de Alozaina y la saquearon

     No estaban muy quietos en este tiempo los moros alzados de la serranía de Ronda; los cuales, habiéndose juntado en Sierra Bermeja, salían a correr la tierra, y desasosegaban los lugares comarcanos, llevándose los ganados mayores y menores; y no podían los cristianos salir a segar sus panes ni recoger sus esquilmos sin manifiesto peligro, porque eran más de tres mil hombres de pelea los que se habían juntado con Alfor, Lorenzo Alfaquí, y el Jubeli, sus caudillos, aguardando al Galipe, hermano de Aben Aboo, con cuya presencia esperaban hacer mayores daños. Juntándose pues el Jubeli y Lorenzo Alfaquí con seiscientos hombres de pelea en la villa de Tolox, a 3 días del mes de julio, acordaron de ir sobre Alozaina, lugar pequeño, de hasta ochenta vecinos, que está una legua de allí, y eran todos cristianos, gente rica de ganados y de pan; y tornando por el camino de Yunquera para ir más encubiertos por la sierra de Jurol, fueron a dar sobre él. Llevaban doce moros por delante a trechos, de cuatro en cuatro, que han descubriendo la tierra, y antes que amaneciese llegaron al arroyo de las Viñas, donde estuvieron emboscados el miércoles 7 días del mes de julio con sus centinelas en el portichuelo de los Olivares, como tres tiros de ballesta del lugar. Desde allí descubrían toda la tierra y veían los que entraban y salían; y viendo que los vecinos se iban a segar los panes, bien descuidados de que estuviesen ellos en la tierra, bajaron el jueves a las nueve de la mañana puestos en su escuadrón de ocho por hilera, con seis caballos a los lados, que parecían cristianos que venían del Burgo a hacer alguna entrada; y ansí aseguraron a las atalayas que los del lugar tenían puestas en lo alto de las barrancas. Y pudieran hacer mucho más daño del que hicieron, si no se pararan a matar dos cristianos que andaban segando cerca de las casas: al uno, llamado Luis del Campo, mataron de un arcabuzazo, que alborotó el lugar; el otro, llamado Francisco Hernández, dio a huir, y siguiéndole un moro de a caballo, revolvió sobre él y le ganó la lanza; y estando bregando para sacársela de las manos, llegó otro moro, que por mal nombre llamaban Daca Dinero, y le desjarretó; y juntamente mataron a su mujer, que había ido a llevarles el almuerzo a la siega aquella mañana. Luego como se entendió que eran moros los que entraban por el lugar, comenzaron a tocar arma y a repicar las campanas; y acudiendo dos escuderos que estaban con sus caballos en el campo, porque otros ocho, de diez que allí había de presidir, se habían ido con su capitán a Coin, el uno partió la vuelta de Alora a dar rebato, y el otro, llamado Ginés Martín, entró en el lugar; y rompiendo una y más veces por el escuadrón de los moros, pasó animosamente adelante; y si, como era uno solo, fueran los diez que allí estaban de presidio, hicieran mucho efeto; mas él hizo harto en recoger la gente hacia el castillo. Es Alozaina lugar abierto, y tiene un castillo antiguo y mal reparado, donde está la iglesia y algunas casas, y allí se pudieron recoger tumultuosamente las mujeres y niños, llevándolas por delante don Íñigo Manrique, vecino de Málaga, que se halló allí este día. También se halló allí el bachiller Julián Fernández, beneficiado de Cazarabonela, que servía el beneficio de Alozaina aquel año; el cual acudió luego a su iglesia para consumir el Santísimo Sacramento si los enemigos entrasen dentro, porque no había en el lugar más de siete hombres. Mas las mujeres, animándolas aquel caballero y el beneficiado, suplieron animosamente por los hombres, haciendo el oficio de esforzados varones, y acudiendo a la defensa de los flacos muros, con sombreros y monteras en las cabezas y sus capotillos vestidos, porque los enemigos entendiesen que eran hombres; y otras puestas en el campanario no cesaban de tocar las campanas a rebato. Los moros se repartieron en tres partes para acometer a un tiempo: el Jubeli con dos banderas fue hacia la puerta del castillo, y Lorenzo Alfaquí con otras dos fue a la plaza del Burgo, y la tercera con los de a caballo cercó el pueblo para atajar los que saliesen o viniesen a meterse en él; y dieron tres asaltos a los muros, en los cuales perdieron diez y siete moros que les mataron, y fueron heridos más de setenta. Aquí me ocurre por buen ejemplo decir el valor de una doncella llamada María de Sagredo; la cual viendo caído a Martín Domínguez, su padre, de un escopetazo que le había dado un moro, llegó a él y le tomó un capotillo que traía vestido, y se puso una celada en la cabeza, y con la ballesta en las manos y el aljaba al lado subió al muro, y peleando como lo pudiera hacer un esforzado varón, defendió un portillo, y mató un moro, y hirió otros muchos de saeta, y hizo tanto este día, que mereció que los del consejo de su majestad le hiciesen merced de unas haciendas de moriscos en Tolox para su casamiento. Fue tanta la turbación de las pobres mujeres este día, que yendo una mujer al castillo con un niño en los brazos, y un moro de a caballo tras de ella para captivarla, se metió en una casa, y en un poco de estiércol que allí había escondió el niño; y como tirasen desde el castillo una saeta al moro y le pasasen el muslo, se [353] hubo de retirar, y la mujer tuvo lugar de volver por su hijo y ponerse en cobro. Otra mujer tenía una niña de tres meses en la cuna y turbada, tomó un lío de paños en los brazos, entendiendo que llevaba su hija, y se fue huyendo al castillo; y entrando un moro en la casa, halló la niña en la cuna, y la tomó por los pies para dar con ella en una pared; y como otro moro, que era amigo de su padre, se la quitase de las manos, la arrojó en el suelo; y cuando la mujer volvió a buscar su hija, siendo ya idos los moros, la halló viva. Viendo pues los enemigos la resistencia que había en la villa, y que no podían conseguir el efeto que pretendían, acordaron de retirarse, porque acudía ya la gente de campo, y las mujeres con sogas subían algunos hombres por donde estaba el muro más bajo; y dejando quemadas más de treinta casas en el arrabal, y robado y destruido cuanto había en ellas, se retiraron, llevando cuatro mozas captivas y una vieja, que después mataron, porque entendía su algarabía, y más de tres mil cabezas de ganado que acaso tenían los vecinos junto para llevar parte dello a la feria de Antequera; y volviéndose a Tolox, repartieron entre ellos la presa, y se fueron a sus partidos, Lorenzo Alfaquí a la sierra de Gaimón, y Diego Jubeli a la de Ronda. Llegó el socorro de los lugares aquel mesmo día, aunque tarde para poder hacer algún efeto. De Cazarabonela llegó él beneficiado Juan Antonio de Leguizamo con cuarenta hombres que envió don Cristóbal de Córdoba; de Alhaurín, don Luis Manrique con mucha gente de a caballo, y dende a un cuarto de llora llegó la gente de Alara, y luego los de Coin. Y estando toda esta gente junta, y sabiendo el camino que los moros llevaban, se trató de ir en su seguimiento; mas como eran muchas cabezas, no se conformaron. Y otro día a las nueve de la mañana llegó Arévalo de Zuazo con la gente de Málaga, y dejando algunos soldados de presidio, se volvió a la ciudad.



 

Capítulo XIII

Cómo Hernán Valle de Palacios que a verse con Aben Aboo en lugar de don Hernando de Barradas, y lo que trató con él

     Teniendo ya Hernán Valle de Palacios instrucción y orden para lo que había de hacer, partió del alojamiento de Andarax a 30 días del mes de julio, llevando consigo a Mendoza el Jayar, vecino de Granada, que había servido de secretario al Habaquí, y otros moriscos de los que se habían venido ya a reducir. Aquella noche fue al lugar de Soprón, y posó en casa de un alcaide llamado el Mohahaba; y desde allí despachó un moro a Aben Aboo, avisándole cómo iba a tratar con él negocios de parte de don Hernando de Barradas, para que le diese seguro. Y otro día luego siguiente vino a Soprón un moro llamado el Roquemí con cuarenta escopeteros, que le hizo escolta hasta el lugar de Almauzata, donde halló orden de Aben Aboo y seguro para pasar adelante, y fue a dormir a Válor el alto. En este lugar estaba un moro, primo de Aben Humeya, llamado don Francisco de Córdoba, enemigo capitán de Aben Aboo, así por la muerte de su primo, como por otras cosas que había entre ellos; el cual, aunque no había tratado a Hernán Valle de Palacios, pareciéndole hombre de buena razón, hizo confianza dél, y se le descubrió, y le dio entera noticia de todo lo que quiso saber del hecho de los moros. Cuanto a lo primero le dijo con certidumbre la muerte del Habaquí, y el ruin propósito que Aben Aboo tenía de reducirse, y como quedaban cinco mil hombres de pelea en la Alpujarra bien armados a su devoción; porque aunque se había publicado que no les quedaban armas, en cielo tenían más de doce mil arcabuces y ballestas, y las que habían rendido eran las inútiles. Díjole más: que todos estos moros estaban dentro de siete leguas, y tenían ochocientos hombres de presidio en Pitres, y que para cualquier suceso habían de acudir a ciertas ahumadas que tenían por señal; y que habiendo ya cogido en lo del Cehel los panizos y alcandías, con esto y con algunos silos de trigo y de cebada que les quedaban, había bastimento para más de tres meses, y que los turcos hacían pólvora, y tenían la que habían menester; y estaban confiados en que les vendría socorro, porque no había más que seis días que habían llegado siete turco, de Argel, y les habían certificado que parte de la armada turquesca bajaba de levante en su favor, y que si Aben Aboo había callado la muerte del Habaquí, era temiendo que don Juan de Austria entraría luego en su busca, y por dar lugar al tiempo y poderse entretener algunos días hasta ver cómo se ponían los negocios. Con estos y otros avisos que el moro dio a Hernán Valle, quedó muy satisfecho de que le trataba verdad, y le ofreció de interceder con don Juan de Austria para que le hiciese merced; y otro día de mañana partieron juntos de aquel lugar, y fueron a Válor, donde había enviado a decir Aben Aboo que le hallarían; y llegando cerca del lugar, encontró dos moros que le iban a buscar para decirle que pasase a Mecina de Bombaron. Y pasando adelante, cuando llegó cerca, antes de entrar en el lugar, salieron quinientos escopeteros moros hacia él en son de guerra tirando con las escopetas; mas luego les mandó Aben Aboo que dejasen llegar aquel cristiano para ver el recaudo que traía, porque solamente hacía estas demostraciones a fin de que se entendiese que aún estaba poderoso. Luego se apartaron los turcos, y entre ellos algunos moros bien aderezados, que por todos serían hasta trecientos tiradores puestos en su ordenanza; y poniendo una batidera en la ventana del aposento de Aben Aboo, tomaron las bocas de todas las calles al derredor; y cuando Hernán Valle de Palacios llegó, en apeándose para entrar en el aposento donde el moro estaba, le quitaron las armas y lo buscaron si llevaba algunas secretas. Recibiole Aben Aboo con autoridad bárbara arrogante, sin levantarse de un estrado donde estaba sentado, cercado de unas mujercillas que le cantaban la zambra; y desta manera estuvo escuchando las razones que Hernán Valle de Palacios decía, con muchos ofrecimientos de parte de don Juan de Austria, para persuadirle a que se redujese al servicio de su majestad y no fuese causa de la total destruición de la nación morisca, sin darle respuesta por entonces. Luego hizo que se juntasen los turcos y moros con quien se aconsejaba, y respondiendo por escrito a la carta de don Hernando de Barradas que Hernán Valle de Palacios le llevaba, le dijo también a él de palabra que Dios y el mundo sabían que no había procurado ser rey, y que los turcos y moros le habían elegido y querido que lo fuese; que no había impedido ni iría a la mano a ninguno de los que se quisiesen reducir, mas que entendiese don Juan de Austria que había de ser él el postrero. [354] Que cuando no quedase otro sino él en la Alpujarra, con sola la camisa que tenía vestida, estimaba más vivir y morir moro que todas cuantas mercedes el rey Felipe le podía hacer; y que fuese cierto que en ningún tiempo ni por ninguna manera se pondría en su poder; y cuando la necesidad lo apretase, se metería en una cueva que tenía proveída de agua y bastimentos para seis años, durante los cuales no le faltaría una barca en que pasarse a Berbería. Con esta respuesta se despidió Hernán Valle de Palacios de Aben Aboo, y don Francisco de Córdoba dio orden como llevase seis cristianos captivos entre los moros que iban a hacerle escolta hasta el puerto de Rejón, que cae por encima del lugar de Jeriz. Hacíase en este tiempo un fuerte en el lugar de Codbaa de Andarax, donde dejar suficiente presidio de infantería y caballos que corriesen toda aquella tierra, porque su majestad había enviado a mandar que de nuevo se formasen dos campos, que entrasen por dos partes en la Alpujarra: el comendador mayor de Castilla con el uno por la parte de Gramada, y don Juan de Austria y el duque de Sesa por Guadix; los cuales fuesen a encontrarse en medio de la Alpujarra, talando y quemando los panes, alcandías y panizos a los moros de guerra, viendo la remisión que había en la redución. Y estando ya el fuerte puesto en defensa, bastecido de todas las cosas necesarias, dejando en él doce compañías de infantería y un estandarte de caballos a orden de don Lope de Figueroa, partió don Juan de Austria a 2 días del mes de agosto de aquel alojamiento, y por el puerto de Guécija fue a la ciudad de Guadix, donde había de rehacerse de gente, porque era poca la que le había quedado en su campo. Tres días después desto llegó Hernán Valle de Palacios con relación cierta de lo que había en la Alpujarra y de lo que le había parecido de la resolución de Aben Aboo; y ansí se tomó luego de que se le hiciese la guerra, para castigarle como merecían sus culpas. Escribiose al consejo de Granada que se diesen priesa en hacer provisiones para juntar la gente que había de llevar el Comendador mayor; y haciéndose la mesma diligencia en Guadix, se comenzó a levantar nuevo campo de los lugares más numerosos de la Andalucía y reino de Granada.



 

Capítulo XIV

Cómo Aben Aboo tornó a escrebir diciendo que se quería reducir; y cómo se acabó de entender el fin por qué lo hacía, y se dio orden en la entrada de la Alpujarra

     Luego que Hernán Valle de Palacios partió de Mecina de Bombaron, Aben Aboo y los otros moros que le aconsejaban, entendiendo que su majestad mandaría que don Juan de Austria juntase nuevo ejército contra ellos, para entretener y dilatar esta entrada cola esperanza de que se irían a reducir, acordaron que se escribiese una carta a Juan Pérez de Mescua, por la cual le encargase cuán encarecidamente pudiese que intercediese en el negocio de las paces, diciendo que se quería reducir por su intercesión, y que fuese a verse con él al lugar de Lanteira, donde le hallaría y podría llegar con toda seguridad. Esta carta se escribió luego, y la envió Aben Aboo a Guadix con seis moros de los principales que habían quedado con él, con poder suyo y de otros particulares, para que se les diese más crédito; los cuales dieron la carta a Juan Pérez de Mescua, y él la llevó a don Juan de Austria; y leída en el Consejo, causó harta confusión, viendo cuán diferente era aquello que decía de lo que Hernán Valle de Palacios había referido. Y mandándole llamar, para entender dél si era posible aquella mudanza en Aben Aboo, les dijo que no era determinación la que había visto en él para que hiciese nada de lo que decía en la carta. Estando en esto llegó otro moro con una carta de don Francisco de Córdoba, aquel primo de Aben Humeya que dijimos, para Hernán Valle de Palacios, en la cual declaraba el trato de los moros, y le decía que avisase luego dello a don Juan de Austria, porque su fin solamente en entretener a los cristianos mientras retiraban las mujeres al Cehel, porque Aben Aboo no había mudado propósito de lo que había visto y entendido dél; y que para más certidumbre cotejasen las cartas, y verían cómo eran entrambas escritas de su mano y letra, porque se había comunicado el negocio con él. Con esto se verificó lo que don Francisco de Córdoba decía, y se entendió que todas las pláticas que había traído Aben Aboo estos días eran falsas, y que su fin era morir tan moro como nació y había vivido; y que lo que convenía era atender a dar fin al negocio con castigar rigurosamente a los rebeldes pertinaces, pues no habían querido gozar del bien y merced que su majestad les hacía, no cerrando la puerta a los que se fuesen reduciendo, y prorrogándoles los términos del bando; porque se entendió, que muchos dejaban de hacerlo por ignorancia, o por temor que tenían de poca seguridad en los caminos. La orden que se dio en esta última entrada de la Alpujarra fue que el Comendador mayor levantase la gente de la ciudad de Granada, que estaba descansada de algunos días atrás; y con ella y la que se juntaba de las ciudados convecinas entrase por la parte de Órgiba; que don Juan de Austria no entrase más en la Alpujarra, sino que se pusiese en Jeriz o en otro lugar de los del marquesado del Cenete, donde pudiese valerse de vituallas, para desde allí enviar a hacer correrías a los enemigos. Mas después se acordó que no partiese de Guadix, y que los tercios de la infantería con los estandartes de caballos entrasen por el puerto de Loh; y dando el gasto a la tierra, talasen los panizos y alcandías que había nacidos, y fuesen a juntarse en Cádiar con el campo del Comendador mayor, y estuviesen a su orden. Queriendo pues don Juan de Austria gratificar a don Francisco de Córdoba el servicio que había hecho a su majestad en dar tan ciertos avisos, mandó dar una salvaguardia a Hernán Valle de Palacios para que se la enviase, y le escribiese que viniese a reducirse solo, cuando no pudiese traer otra gente consigo, porque deseaba hacerle merced. El cual, dejando de tomar tan buen consejo, respondió que entendía hacer más servicio a su majestad en el lugar donde estaba, que reducido; y al fin vino después a rendirse en una cueva que combatieron los soldados del campo del Comendador mayor, y de allí fue llevado a servir a las galeras, como adelante diremos. [355]



 

Libro décimo

Capítulo I

Cómo su majestad cometió al duque de Arcos la redución de los moros de la serranía de Ronda, y lo que se trató con ellos

     Luego que don Antonio de Luna partió de la ciudad de Ronda, como dijimos en el capítulo ni del noveno libro, los soldados que quedaron desmandados en compañía de la gente de la ciudad comenzaron a salir por la tierra a robar las alcarías y lugares; y los moros, por huir estos daños, indignados y persuadidos de los que iban huyendo de la Alpujarra, hallándose libres de todo embarazo, comenzaron a hacer la guerra descubierta. Recogieron las mujeres y hijos y los bastimentos que les habían quedado; y subiéndose a lo más áspero de la Sierra Bermeja, se fortificaron en el fuerte de Arbote cerca de Istán, tomando la mar a las espaldas para recebir el socorro que les viniese de Berbería. De allí pasaban hasta las puertas de Ronda, desasosegando la tierra, robando ganados, matando cristianos, no como salteadores, sino como enemigos declarados. Su majestad pues, como príncipe considerado y justo, informado que estas gentes no habían sido participantes en el rebelión, y que lo sucedido había sido más por culpa de los ministros, cometió a don Luis Cristóbal Ponce de León, duque de Arcos, gran señor en la Andalucía, que los redujese a su servicio, volviéndoles las mujeres, hijos y muebles que les habían tomado; y que recogiéndolos, los enviase la tierra adentro por la orden que don Juan de Austria le daría. Tenía el duque de Arcos una parte de su estado en la serranía de Ronda, y por aprovechar más se llegó a la villa de Casares, que era suya, para tratar desde cerca con los alzados el negocio de la redución. Luego les envió una lengua que le refirió cómo mostraban deseo de quietud, y pesar de lo sucedido, y que enviarían personas que tratasen del negocio de las paces dónde y cómo se les mandase, y se reducirían. No tardó mucho que enviaron dos hombres, principales y de autoridad entre ellos, llamados el Alarabique y Atayfar; los cuales bajaron a una ermita que estaba fuera de Casares, y con ellos otros particulares de las alcarías levantadas. El Duque, por no escandalizarlos y mostrar confianza, salió a hablarles con poca gente; y persuadiéndoles con eficacia, respondieron lo mesmo que le habían enviado a decir, y le dieron ciertos memoriales firmados, de cosas que habían de concedérseles; y con decirles que avisaría a su majestad se partió dellos, dejándolos llenos de buena esperanza. Luego despachó correo a su majestad, dándole aviso del estado en que estaban las cosas, y le envió los memoriales que habían presentado; y antes que volviese la respuesta, le vino Orden para que, juntando la gente de las ciudades de la Andalucía comarcanas a Ronda, estuviese a punto, por si hubiese de hacer la guerra por aquella parte, en caso que los moros no quisiesen reducirse, porque había su majestad enviado sus reales cédulas de 21 de agosto a las ciudades v a los señores de la Andalucía, mandándoles que acudiesen a orden de don Juan de Austria con toda la gente de a pie y de a caballo que pudiesen recoger, y vitualla para quince días, que era el tiempo que parecía bastar para dar fin al efeto que se pretendía. Mientras la gente se juntaba, acordó el duque de Arcos que sería bien ir al fuerte de Calaluy, por si convendría ocuparle en caso que se hubiese de hacer guerra, antes que los enemigos se metiesen dentro; y vista la importancia dél, envió dende a pocos días una compañía de infantería que lo guardase. Vínole en este tiempo resolución de su majestad, que concedía a los alzados casi todo lo que pedían en sus memoriales. Luego comenzaron algunos a reducirse, aunque con pocas armas, diciendo que los que quedaban en la sierra no se las dejaban traer. Estaba entre los moros uno escandaloso y malo llamado el Melchi, imputado de herejía, y suelto de las cárceles de la Inquisición, ido y vuelto a Tetuán; el cual, juntando el ignorante pueblo, que ya estaba resuelto en reducirse, les hizo mudar de propósito, afirmando que cuanto trataban el Alarabique y el Atayfar era todo engaño; que habían recebido nueve mil ducados; del duque de Arcos, y vendido por precio su tierra, su nación y las personas de su ley; que las galeras habían venido a Gibraltar; que la gente de las ciudades y señores de la Andalucía estaba levantada; y que los cordeles estaban a punto con que los principales habían de ser ahorcados, y los demás atados y puestos perpetuamente al remo, a padecer hambre, azotes y frío, sin esperanza de otra libertad que la de la invierte. Con estas palabras tales, y con ser la persona que las decía tan acreditado con los malos, fácilmente se persuadieron aquellos rústicos; y tomando las armas contra el Alarabique, le mataron, y juntamente con él a otro moro berberisco que era de su opinión; y de allí adelante quedaron más rebeldes de lo que habían estado; y si algunos querían reducirse, el Melchi se lo estorbaba con guanlas y con amenazas. Los de Bena Habiz enviaron por el bando y perdón de su majestad, con propósito de reducirse, a un moro llamado el Barcochi, a quien el duque de Arcos dio una carta para el cabo de la gente, que estaba, en el fuerte de Montemayor, mandándole que tuviese cuenta con él y con sus compañeros, y les hiciese escolta hasta ponerlos en lugar seguro; mas nuestra gente, por cudicia de lo que llevaban, o por estorbar la redución, con que cesaba la guerra, le mataron en el camino. Esta desorden movió a los de Bena Habiz y confirmó la razón del Melchi; de manera que no fue parte del castigo que el duque de Arcos hizo, ahorcando y echando a galeras los culpados, para que no se alzasen todos y quedasen de mala manera. Dejemos agora esta historia, que a su tiempo volveremos a ella, y digamos cómo el comendador mayor de Castilla hizo la entrada en la Alpujarra.



 

Capítulo II

Cómo el comendador mayor de Castilla juntó la gente con que había de entrar en la Alpujarra

     Mientras en Guadix se aprestaban las vituallas y municiones para la gente que había de entrar por aquella [356] parte en la Alpujarra, el comendador mayor de Castilla fue a hacer lo mesmo en la ciudad de Granada, donde llegó a los días del mes de agosto. Aposentose en las casas de la Audiencia, y allí fue muy regalado del presidente don Pedro de Deza, que en este particular era muy cumplido con los ministros de su majestad. Fueron con él don Miguel de Moncada, don Bernardino de Mendoza, hijo del conde de Coruña; don Lope Hurtado de Mendoza, y otros caballeros deudos y amigos suyos. Llevaba poder y facultad de su majestad para levantar gente en la ciudad, llamar la de la comarca, y hacer todas las otras provisiones necesarias para la expedición de la guerra, como teniente de capitán general, y como tal presidió en el Consejo mientras allí estuvo; nombró capitanes y cabos de la infantería y todos los demás oficiales, y encargome a mí el oficio de proveedor de su campo. Y cuando tuvo toda la gente apercebida y hecha una gruesa provisión de vituallas y municiones, y puesta buena parte della en Órgiba y en el Padul, partió de la ciudad de Granada a 2 días del mes de setiembre deste año de 1570, y aquella tarde a puesta de sol fue al lugar del Padul, donde le alcanzó la gente de las ciudades, y engrosó su campo a número de cinco mil hombres lucidos y bien armados. Los cabos de la infantería que sacó de Granada eran don Pedro de Vargas y Bartolomé Pérez Zumel, y de la de las siete villas de su jurisdición don Alonso Mejía. Con la gente de Loja, Alhama y Alcalá la Real iba don Gómez de Figueroa, corregidor de aquellas ciudades. Don Fadrique Manrique con la de Antequera, y una compañía de infantería de la villa de Archidona con Íñigo Delgado de San Vicente, su capitán. Iban también Francisco de Arroyo, Leandro de Palencia, Juan López, Lorenzo Rodríguez, Diego de Ortega y Juan Jiménez, con sus cuadrillas de gente ordinaria, y el capitán Lorenzo de Ávila con trecientos arcabuceros de los que el conde de Tendilla tenía en la fortaleza de la Alhambra; y de más de los estandartes de las ciudades iba una compañía de herreruelos de Lázaro Moreno de León, vecino de Granada. Solo un día se detuvo el Comendador mayor en el Padul para hacer paga, y me mandó que hiciese dar cuatro raciones a la gente, que llevasen para cuatro días en sus mochilas, porque no ocupasen los bagajes que habían de llevar la vitualla y municiones del campo; y a 4 días del mes de setiembre bien tarde se alojó en el lugar de Acequia. De allí fue a Lanjarón y a Órgiba, sin hallar impedimento en el camino y en este alojamiento se detuvo un día, para que descansase la gente y esperar la que le iba alcanzando, y poder tomar resolución del camino que había de hacer. Aquel día llegaron los estandartes de caballos de Córdoba, que estaban en las Albuñuelas, y setecientos y treinta soldados de las Guájaras, Almuñécar y Salobreña, y por cabo el capitán Antonio de Berrio. Estando pues el campo en Órgiba, a 7 días del mes de setiembre partió don Juan de Austria de la ciudad de Guadix, y fue a la Calahorra, donde estaba junta la gente que había de entrar por aquella parte para aviarla; y aquel día bien de mañana fueron a dormir al puerto de Loh tres mil y docientos infantes y trecientos caballos, con raciones para cuatro días en las mochilas, y mil y quinientos bagajes mayores cargados de bastimentos y municiones. Los cabos desta gente eran don Pedro de Padilla, maese de campo del tercio de Nápoles, Juan de Solís, vecino de Badajoz, maese de campo del tercio que llamaban de Francia, porque habían servido aquellas banderas al rey de Francia contra los luteranos, con orden de su majestad, y después se habían venido a juntar con el campo de don Juan de Austria en Andarax, Antonio Moreno y don Rodrigo de Benavides, y los capitanes de la caballería Tello González de Aguilar y don Gómez de Agreda, vecino de Granada. Otro día fueron a Válor, donde vino don Lope de Figueroa con ochocientos soldados y cuarenta caballos de los que tenía en Andarax. Llevaban orden por escrito de lo que habían de hacer, y, porque no hubiese diferencias entre los cabos, mientras se juntaban con el campo del Comendador mayor, a quien todos habían de obedecer, se les mandó que cada uno gobernase un día, y los demás le obedeciesen como a capitán general. Hízose esto con mucha conformidad, enviando todos los días infantería y caballos que corriesen la tierra y talasen los panizos y alcandías, y hiciesen todo el daño que pudiesen a los enemigos. En estas correrías captivaron y mataron mucha gente y recogieron gran cantidad de ganados; y vendiendo luego la presa en almoneda, la repartían entre los capitanes y soldados, y al gobernador del día en que llegaban con la presa al campo daban el quinto, como a capitán general. Habiendo pues enviado una gruesa escolta desde este alojamiento a la Calahorra, y traído buena cantidad de bastimentos y municiones, pasó el campo al lugar de Cádiar, donde llevaba orden de aguardar al Comendador mayor; y desde allí hicieron otras muchas corredurías, en que los capitanes y soldados fueron bien aprovechados, sin hallar quien les hiciese resistencia. En este tiempo partió el Comendador mayor de Órgiba, y porque tuvo aviso en el camino que los moros de guerra se recogían a la umbría de Valdeinfierno, avisó al presidente don Pedro de Deza que mandase a don Francisco de Mendoza, gobernador del presidio de Guéjar, que con el mayor número de gente que pudiese acudiese hacia aquella parte. Llegó nuestro campo a Poqueira a 8 días del mes de setiembre, y mataron las cuadrillas tres moros y talaron todos los mijos, panizos y alcandías de aquella taa; y el siguiente día bien de mañana pasó a Pitres de Ferreira. Fueron las cuadrillas a correr la tierra, mataron cinco moros y captivaron cinco mujeres, y gastose todo aquel día en talar y cortar las mieses. Y porque se entendió que en saliendo el campo de Poqueira habían vuelto los moros a meterse en las casas, así para esto como para acabar de talar los sembrados, fue un buen golpe de gente a amanecer sobre aquella taa, que hicieron algún efeto. Estuvo el campo en Pitres desde 9 días del mes de setiembre hasta los diez y siete: hallose en las casas de los lugares de aquella taa mucha uva pasada, higos, nueces, manzanas, castañas y otras frutas de la tierra, y miel, y algún trigo y cebada, aunque poco; y los soldados no se daban a manos a buscar silos de ropa que los moros habían dejado escondida. Desde este alojamiento fueron dos gruesas escoltas por el bastimento que había de respeto en Órgiba, y no perdiendo el Comendador mayor tiempo en lo que más importaba, que era hacer la guerra de allí adelante con cuadrillas de gente suelta que corriesen les sierras buscando los enemigos, y poner presidios en los lugares importantes, [357] mientras se hacía un fuerte al derredor de la iglesia de Pitres, donde había de dejar quinientos soldados de guarnición, a 42 días del mes de setiembre envió a amanecer sobre el lugar de Trevélez mil y quinientos infantes y ciento y veinte caballos, divididos en dos bandas, con orden que se detuviesen por allá dos días talando la tierra y procurando degollar los moros que hallasen. Con esta gente fue don Miguel de Moncada. Don Alonso Mejía fue a combatir unas cuevas que estaban de la otra parte del río que pasa por bajo de Pitres, y otros capitanes a otras partes; que todos hicieron buenos efetos y volvieron con presas de moras y ganados, dejando muertos algunos moros de los que andaban desmandados, y talada toda la tierra, y trayendo algunos captivos, entre los cuales vino un moro que dio aviso de una cueva que estaba en un monte donde no bastara a hallarla nadie. Hallose en ella algún trigo, cebada y harina, que tenían los moros escondido, y habiéndose ofrecido de descubrir otras, y prometídole el Comendador mayor libertad por ello, unos soldados que iban con él, sintiendo tocar arma, le mataron; cosa que dio harto desgusto al Comendador mayor, porque, no podía dejar de haber muchas cuevas secretas, y no habría de quien se fiase para ir a mostrarlas. Estando pues el fuerte en defensa, y habiendo traído de Órgiba y del Padul el bastimento y munición que había quedado dejó en aquel presidio al capitán Hernán Vázquez de Loaysti, vecino de Málaga, con quinientos soldados y orden que corriese y diese el gasto a la tierra por aquella comarca; y a 18 días del mes de setiembre partió la vuelta de Juviles, y aquel día envió mil y docientos infantes y setenta caballos que tornasen a correr lo de Trevélez y toda aquella sierra, porque se entendió que los moros habían vuelto hacia aquella parte al calor de los moriscos de paces, que siempre les ayudaban con algún bastimento. Dejando pues las taas de Poqueira y Ferreira y Juviles tan taladas y destruidas, que muy pocas mazorcas de panizos y alcandías podían ser de provecho, aunque los moros quisiesen valerse dellas, y el presidio en Pitres, para acabar de desarraigados que no volviesen a su querencia, y degollar los que hallasen, fue a juntarse con el otro campo, que le estaba aguardando en Cádiar; y este mesmo día se dio orden en otras corredurías de que adelante diremos, porque nos llama el duque de Arcos, que en este tiempo no estaba de vagar en Ronda.



 

Capítulo III

Cómo el duque de Arcos salió contra los alzados de la sierra de Ronda, y los echó del fuerte de Arboto

     En el mesmo tiempo que se hacían estas cosas en la Alpujarra, el duque de Arcos, a quien su majestad había cometido lo de la serranía de Ronda, aprestaba tercero campo en aquella ciudad; y teniendo juntos cuatro mil infantes y ciento y cincuenta de a caballo, y cantidad de bastimentos y municiones para quince o veinte días, a 16 días del mes de setiembre salió en campaña, y fue a alojarse una legua del fuerte de Arboto. Allí estaba recogida la fuerza de los enemigos, lugar áspero y dificultoso de subir, donde naturaleza en la cumbre más alta de aquel monte puso una composición y máquina de peñas cercadas de tantos tajos y despeñaderos, que parece una fortaleza artificial, capaz de mucho número de gente. Dejó el duque en Ronda a Lope de Zapata, hijo de Luis Ponce, para que en su nombre recogiese y encaminase los moros que viniesen a reducirse, porque nunca su Majestad quiso cerrarles la puerta, teniendo solamente fin a la pacificación y seguridad de aquel reino. Vinieron pocos, por estar escandalizados de la muerte de Barcochi, y de ver que en Ronda y en Marbella hubiesen los cristianos quebrantado la salvaguardia del duque de Arcos y muerto al pie de cien moros reducidos al salir de los lugares. No se detuvo el Duque en este castigo, porque era dañosa cualquier dilación al negocio principal; mas dio luego aviso a su majestad, que envió juez que castigó los culpados. La noche primera, estando el Duque alojado donde llaman la Fuenfría, se encendió fuego en el campo, no se entendió de dónde vino, y atajose con mucho trabajo. Luego el siguiente día reconoció el Duque el fuerte con mil infantes y cincuenta caballos, y vio el alojamiento de los enemigos y el lugar del agua, desde la sierra de Arboto, que está puesta enfrente dél; y aunque se mostraron fuera de sus reparos, no los acometió, por ser ya tarde y aguardar que llegase la gente que venía de Málaga. Otro día puso guardia de gente en aquella sierra, no sin resistencia de los enemigos, que a un tiempo acometieron la guardia y el alojamiento, y trabaron una escaramuza lenta y espaciosa, que duró más de tres horas. Los moros eran ochocientos tiradores, y algunos con armas enhastadas, los cuales viendo que dos mangas de arcabuceros les tomaban la cumbre, se retiraron a su fuerte con poco daño de los nuestros y alguno suyo. El Duque reforzó la guardia de aquel sitio con dos compañías de infantería, por ser de importancia, y a 18 días del mes de setiembre llegó Arévalo de Zuazo, corregidor de la ciudad de Málaga, con dos mil infantes y cien caballos. Con su venida mejoró el Duque el alojamiento, y se puso más cerca de los enemigos, cuyas fuerzas se presumían harto más de lo que eran, porque habían procurado dar a entender que estaban poderosos de gente. Luego se tomó resolución de combatir el fuerte, y a 20 días del mes de setiembre repartió el duque de Arcos la gente, y dio la orden que habían de tener los capitanes en la subida de la sierra, señalándoles los lugares por donde habían de ir. A Pedro Bermúdez de Santis mandó que con una manga de gente reforzada tomase las cumbres de dos lomas que subían al sitio del enemigo, y que el capitán Pedro de Mendoza, con otro buen golpe de gente, le hiciese espaldas a la mano izquierda. Tomó el Duque para sí, con la artillería y caballos y mil y quinientos infantes, a la mano derecha de Pedro Bermúdez, lugar menos embarazado y más descubierto, quedando entre ellos un espacio de breñas que los moros habían quemado para que rodasen mejor las piedras desde arriba. Ordenó a Arévalo de Zuazo que con la gente de su corregimiento y dos mangas de arcabuceros delante subiese a la mano derecha del Duque; y, adelante dél, hacia el mesmo lado, Luis Ponce con seiscientos arcabuceros por un pinar, camino más desocupado que los otros. La orden era que, saliendo del alojamiento, fuesen todos encubiertos por la falda de la montaña donde estaba el sitio del enemigo, y por una quebrada que hacía un arroyo hondo que estaba al pie de ella, y subiendo poco a poco para guardar el aliento, [358] a un tiempo diesen el asalto en sintiendo una señal que se haría. Desta manera quedaba cercada toda la montaña, sino era por la parte de Istán, que no se podía cercar por su aspereza; y nuestra gente iba tan junta, que parecía poderse dar las manos los unos a los otros. Habiendo pues repartido munición a los arcabuceros y apercebido a los capitanes para el siguiente día, el Duque mandó a Pedro de Mendoza que con la gente de su cargo y algunos gastadores fuese delante a aderezar ciertos pasos por donde había de ir la caballería; y como los moros le vieron desviado en parte donde les pareció que no podía ser socorrido tan presto, al caer de la tarde salieron cantidad de tiradores desmandados, quedando el golpe de la gente a manera de emboscada, y trabaron una escaramuza de tiros perdidos con él; el cual, confiado en sí mesmo, pudiendo guardar la orden y estarse quedo sin peligro, acudió a la escaramuza con demasiado calor, desmandándose los soldados por la sierra arriba desordenadamente, y sin aguardarse unos a otros, yéndose los enemigos unas veces retirando y otras reparando, como si los fueran cebando para meterlos en alguna emboscada. Viendo Pedro de Mendoza el peligro, y no lo pudiendo reparar, porque ya no era parte para detener la gente, envió a dar aviso al duque de Arcos a tiempo que, puesto que había enviado tres capitanes a retirarle, fue necesario tornar con su persona lo alto para reconocer el lugar de la escaramuza, y con los que con él iban y los que pudo recoger, atravesó por medio de los que subían, y pudo tanto su autoridad, que los desmandados se detuvieron, y los moros, que ya habían comenzado a descubrirse, se recogían al fuerte, en ocasión que por ser cerca de la noche pudieran hacer harto daño. Hallose el Duque tan adelante cuando descubrió el golpe de los enemigos, que teniendo por imposible poder detener los soldados que subían desmandados, quiso aprovecharse de su desorden, y con el mayor número de gente que pudo juntar, todo a un tiempo acometió y se pegó con el fuerte, de manera que fue de los primeros que entraron en él. Los moros no osaron aguardar, y se descolgaron por diferentes partes de la sierra, que era larga y continuada, y de allí se repartieron: unos fueron a Río Verde, otros la vuelta de Istán, otros a Monda, y otros a Sierra Blanquilla, dejando quinientas mujeres y niños en poder de los cristianos. Desta manera se ganó el fuerte de Arboto, tan nombrado y temido, aunque no con tan buena orden como el Duque quisiera; y ansí le mataron alguna gente, habiendo peleado tres horas o más. Y por ocuparse en recoger la presa los soldados y sobrevenir la noche, no se siguió el alcance, hasta que en saliendo la luna fueron mil y quinientos arcabuceros por la parte que se entendió que habían huido; mas no los pudiendo hallar, so volvieron al campo.



 

Capítulo IV

De lo que el duque de Arcos hizo en prosecución desta guerra hasta que volvió a Ronda

     Ganado el fuerte de Arboto, el duque de Arcos dio licencia al corregidor de la ciudad de Málaga para que se fuese, con orden que corriese la tierra, y con el resto del campo pasó a Istán a 22 días del mes de setiembre, porque le pareció conveniente dejar presidio en aquel lugar, donde podría ser fácilmente proveído de la ciudad de Marbella y de la de Málaga. Aquel día envió cuatro compañías de infantería divididas, sin banderas ni atambores, a correr la sierra, hacia donde pareció que podrían estar los moros; las tres dellas les quemaron tres barcas grandes que tenían hechas para pasar a Berbería, y mataron algunos; y la otra, que iba con el capitán Morillo, a quien mandó que corriese el Río Verde, no guardando la orden que llevaba, fue a dar con la gente del Melehi, no lejos de Monda, en un cerro que los de la tierra llaman Alborno, y siendo inferior, fueron desbaratados los nuestros. El capitán se vino retirando hasta llegar a vista de Istán, tan cerca del campo, que se oyeron los arcabuces y escopetas; y el Duque, sospechando lo que era, envió a Pedro de Mendoza a que le socorriese; el cual llegó a descubrir los enemigos, y contentándose con recoger algunos de los soldados que venían huyendo, no quiso pasar adelante, temiendo alguna emboscada. El capitán Morillo, que con calor del socorro había dado vuelta sobre los moros, murió peleando, y con él la mayor parte de su gente. En el mesmo tiempo el capitán Francisco Ascanio, a quien Arévalo de Zuazo había dejado en Monda para que fuese a correr la tierra en compañía de los de Alora, codicioso de hacer alguna buena presa, sin aguardarle, con solos sesenta soldados y el alcaide de la fortaleza, que quiso acompañarle, fue la vuelta de Hojen; y cerca del puerto que está sobre aquel lugar fueron los moros en ellos, y matándole a él y al alcaide y más de treinta soldados, escaparon huyendo los otros. También desbarataron una compañía de cien hombres de Jerez de la Frontera, que enviaba el duque de Arcos a que hiciese escolta a un correo que iba desde Istán a Monda, para que de allí fuese con despachos a su majestad; y matando algunos soldados, tuvo lugar de favorecerse el correo en Monda. El Duque pues, viendo que hacia aquella parte estaba el golpe de los enemigos, envió orden a Arévalo de Zuazo que con la gente de Málaga y Vélez volviese a Monda, escribió a don Sancho de Leiva que le enviase ochocientos soldados de los de Galera, y envió ir Pedro Bermúdez por la gente de Ronda, y él con la que había quedado en el campo fue a esperarlos en Monda, y habiéndose juntado todos, partió para Hojen. En el camino le encontró don Alonso de Leiva, hijo de don Sancho de Leiva, con los ochocientos soldados. Entendiose que los moros esperarían una legua de allí, y mandando a Pedro Bermúdez que con mil arcabuceros tornase a la mano izquierda, y que don Alonso de Leiva fuese derecho a Hojen por un monte que llaman el Negral, con toda la otra gente caminó él hacia el Corvachin, tierra de grande aspereza y espesura; y con esta orden llegaron todos a un tiempo a Hojen, donde habían estado los moros; y no los hallando, fueron calando la sierra hasta llegar a vista de la Fuengirola, sin hallar más que rastros de gentes a diferentes partes, porque los moros se habían esparcido a la parte de las sierras. Y como no hubiese qué hacer, don Alonso de Leiva se volvió con su gente a las galeras, y Arévalo de Zuazo fue corriendo la tierra de Málaga, dejando orden a Gabriel Alcalde de Gozón, vecino de Cazarabonela, hombre diferente y cuidadoso del servicio de su majestad, para que, recogiendo gente de aquellos lugares, anduviese a la mira por las caras de Río Verde, por si algunos moros reventasen [359] hacia aquella parte, poderlos oprimir; el cual con veinte caballos y cantidad de peones anduvo asegurando la tierra, y hizo algunos efetos de importancia, siendo muy prático en ella. Habiendo estado el duque de Arcos algunos días en Monda, porque llovía mucho para tener la gente en campaña, dejó presidios en Calaluy, Istán, Monda, Tolox, Gnaro, Cartágima y Jubrique, y fue a Marbella, y de allí a Ronda, a esperar orden de su majestad para lo que adelante se había de hacer, donde estuvo a 5 días del mes de otubre. Volvamos al campo del Comendador mayor, que dejamos en la Alpujarra.



 

Capítulo V

Del progreso del campo del comendador mayor de Castilla desde que se juntaron los dos campos hasta que volvió a Cádiar

     El mesmo día que el comendador mayor de Castilla llegó a Cádiar, envió los tercios de Juan de Solís y Bartolomé Pérez Zumel y don Pedro de Vargas a hacer escolta a los bagajes que iban a traer bastimentos de Adra, donde ya habían ido dos veces, don Pedro de Padilla y Antonio Moreno antes que llegase, y saqueando el lugar de Lucainena, la orden que les dio fue que mientras Bartolomé Pérez Zumel volvía con la escolta hasta Berja, porque se habían de detener un día en cargar, amaneciesen los otros dos tercios el jueves en Dalías, y procurasen degollar los moros que allí hubiese y talar la tierra, y el viernes se juntasen con la escolta en Berja, para volver el sábado al campo. Volvieron los que habían ido a correr segunda vez a Trevélez, y trajeron ciento y veinte moras y dos mil cabezas de ganado y cien vacas y cincuenta bagajes, y mataron cantidad de moros. El mismo día vinieron don Lope de Figueroa y don Rodrigo de Benavides, que habían ido a correr el Cehel, con otras ochenta moras, dejando muertos algunos moros, y quemadas tres barcas muy buenas que tenían hechas para pasarse a Berbería. Vinieron también otros que habían ido a otras partes, con dejar hechos tan buenos efetos, que a los 22 de setiembre habían ya traídose al campo mil y cien esclavas y muértose al pie de quinientos moros, y tomádoles gran cantidad de ganados y bagajes, y taládoles la comarca al derredor, asegurando la tierra de manera que a 21 de setiembre pudieron ir dos escoltas juntas en un día, una a Órgiba y otra a Pitres, a traer los bastimentos que allí habían quedado, teniendo fuera en correrías ocho tercios de diez que había en el campo. Corriose toda la Alpujarra, sin dejar Cehel ni Dalías, y mucha parte della dos y tres veces; talaron y quemaron los soldados infinitos panizos y alcandías, y hallaron gran cantidad de trigo y cebada en las cuevas. Este día se trajeron al campo docientas moras, dejando al pie de ochocientos moros muertos. Hizo arcabucear el Comendador mayor veinte moros, y el día de antes cuatro de los más principales, y entre ellos Miguel de Herrera el de Pitres, a quien dijimos que el marqués de Mondéjar había encomendado las esclavas de Juviles; y a ninguno de cuantos se prendían de veinte años, arriba se daba vida. Comenzáronse a hacer los fuertes en Cádiar, Cujurio, Bérchul, Mecina de Bombaron y en Juviles, para dejar gente de guarnición en ellos, que corriesen siempre la tierra, porque no quedase a los moros donde habitar. Traían estas corredurías tan corridos y acosados a los malaventurados, que ya no tenían sierra, cueva ni barranco seguro. A 29 de setiembre fue una escolta a traer bastimento de la Calahorra, llevó más de mil moras, y quedaron pocas menos en el campo, habiéndose degollado otros cuatrocientos moros y hecho justicia de treinta y seis. En la cueva de Mecina de Bombaron se tomaron docientas y sesenta personas, y se ahogaron humo que se les dio otras ciento y veinte. En otra cueva cerca de Bérchel se ahogaron sesenta personas, y entre ellas la mujer y dos hijas de Aben Aboo; y estando él dentro, se salió por mi agujero secreto con solos dos hombres que lo pudieron seguir. En la cueva de Castares murieron treinta y siete personas, y en la de Tíar se tomaron vivas sesenta y dos, y en todas se hallaron muchas armas, vituallas y ropa. Ganáronseles otras cuevas menores por fuerza de armas, y ellos desamparaban algunas cuando veían la pérdida de sus vecinos; y finalmente, la procesión que ellos decían que pasaba cuando veían pasar nuestros ejércitos, les fue quitando el último refugio. Cuando hubo el Comendador mayor acabado los cuatro fuertes, dejándolos bastecidos de gente y de vituallas para un mes, a 3 días del mes de otubre pasó a Ugíjar; y dejando allí un tercio, otro en Lároles, haciendo dos fuertes, pasó a Berja y a Dalías y a hacer otros dos, para que a un mesmo tiempo se acabasen todos cuatro, como se había hecho en los otros; y a los 15 de otubre los tuvo acabados y avituallados y con gente. Desde el alojamiento de Dalías envió el Comendador mayor a don Pedro de Padilla con su tercio y las cien lanzas de Écija a correr los lugares de Ínix, Fílix y Vícar, con orden que, habiendo degollado unos moros que andaban en aquel partido, pasasen a Canjávar y corriesen la sierra de Gádor. Esta gente llegó al amanecer del día a Fílix, donde tenían aviso que estaban cantidad de moros, y antes que llegasen a él, salieron todos con sus mujeres y hijos, y caminaron la vuelta de la ciudad de Almería a fin de quererse reducir; nuestra gente entró en el lugar y le saqueó, y captivaron algunas mujeres y muchachos que se habían quedado en las casas. Y unos escuderos de los de Écija, siendo avisados como aquellos moros iban hacia Almería, fueron tras dellos, y habiéndose alargado gran rato de los compañeros sin poderlos alcanzar, quisieran volverse; mas andaban tantos moros apellidando la tierra, que determinaron de ir adelante, y llegaron a la ciudad a tiempo que don García de Villarroel acababa de recoger los moros y moras que llevaban por delante; y queriendo que se los diese todos por esclavos, don García de Villarroel no lo quiso hacer, diciendo que eran libres conforme al bando de su majestad, pues se iban a reducir y tenía comisión para admitirlos, y sobre esto hubo algunas demandas y respuestas, de donde resultó descomedirse los escuderos y mandarlos prender. Desto se quejó Tello González de Aguilar a don Juan de Austria, y envió un juez a determinar aquel negocio, el cual soltó los escuderos, y les adjudicó todos aquellos moros por esclavos. Estuvieron don Pedro de Padilla y Tello González de Aguilar en Canjáyar algunos días, y corrieron toda aquella tierra asegurando los pueblos reducidos, hasta que se les dio orden, que los metiesen la tierra adentro. En este tiempo don Sancho de Leiva, que andaba discurriendo por la costa [360] con las galeras, puso gente en la Bábita y en Castil de Ferro y en Albuñol, conforme a la orden que se le envió. Continuábanse siempre las correrías, y captiváronse más de tres mil moras y muchachos, y fueron muertos al pie de mil y quinientos moros; ganáronseles seis cuevas, muy grandes, que en solas dos dellas hubo al pie de ochocientas personas, y en la postrera, que se rindió a 10 de otubre, que fue la de Détiar, había cien moros de la tierra y treinta de Berbería, y un turco, todos muy bien armados, y más de trecientas mujeres y niños; y en otra que estaba sobre el lugar de Murtas hacia la mar, se rindió don Francisco de Córdoba, aquel primo de Aben Humeya que dijimos en el capítulo XIV del libro noveno, y otro hermano suyo y dos capitanes turcos, y un sobrino de Aben Aboo, que después se les huyó a los soldados que le llevaban: concedioles el Comendador mayor las vidas, y después los mandó llevar a las galeras. Acabados los fuertes arriba referidos sin contradición del enemigo, que andaba ya reducido a extrema miseria, huyendo de cueva en cueva con algunos tan pertinaces como él, y donde estaba un rato de la noche no osaba aguardar el día el Comendador mayor volvió corriendo la tierra con sus tercios repartidos a todas partes; y visitando los presidios, a 16 de otubre estuvo en Ugíjar de vuelta, y a 19 en Cádiar. Dióseles otra mano a los moros tal y tan buena como las pasadas; tomáronseles muchas cuevas, y volvían los soldados al campo con las manos llenas de los moros y moras que prendían, que eran muchos, y unos enviaba el Comendador mayor a las galeras; otros hacía justicia dellos, y los más consentía que los vendiesen los soldados para que fuesen aprovechados. La mayor parte de los moros que se prendieron y mataron estos días fueron de los que habían ido a reducirse al marquesado del Cenete, que se volvían ya muchos, y les hallaban las salvaguardias en el seno; y aunque decían que venían a encaminar a sus parientes y amigos a que se redujesen, les aprovechaba poco, por los avisos que de allá se tenían en contrario. Estos días yendo don Diego de Leiva visitando los lugares que estaban a su cargo, y llevando nueve arcabuceros a pie y cincuenta caballos de la compañía de Diego Merlín de Avalos, García el Zaycal, y el Bayzi de Gérgal y el Naguar, con docientos moros de sus cuadrillas, se pusieron en emboscada y le aguardaron en un paso antiguo entre Tavernas y Gérgal, a la bajada de la rambla que dicen de Belelche, y, saliendo de improviso a los nueve arcabuceros que iban delante, los pusieron en huida, y luego tras dellos siguieron los caballos. Bien pudiera don Diego de Leiva retirarse este día, si quisiera; más como animoso y buen caballero, hizo rostro, y procuró detener la gente y recoger los bagajes, donde iba cantidad de dinero de su majestad; y no le aprovechando su trabajo y diligencia, que fue mucha, porque la vereda que llevaba era angosta, y los caballos no podían correr por ella, ni los bagajes dar vuelta, herido de dos escopetazos, uno en un brazo y otro en los lomos, le retiró don Felipe de Leiva, su hermano, bien contra su voluntad; y poniéndose un paje en las ancas de su mesmo caballo, le fue teniendo, porque no cayese, hasta la ciudad de Almería, donde murió de las heridas. Este día probó nuestra gente tan mal, que si no fueron don Felipe de Leiva y el bachiller Soler, su auditor, y seis caballos, todos los demás huyeron, dejando a su capitán solo en poder de los enemigos.



 

Capítulo VI

Cómo su majestad mandó sacar todos los moriscos que había en el reino de Granada, ansí de paces como reducidos, y meterlos la tierra adentro

     Ya en este tiempo su majestad había enviado a mandar a don Juan de Austria, y al presidente don Pedro de Deza, y al duque de Arcos, a cada uno por su parte, que con toda brevedad y diligencia posible ejecutasen las órdenes que tenían de sacar todos los moriscos del reino de Granada, ansí los nuevamente reducidos, como los que no se habían alzado, y los metiesen la tierra adentro, porque los pocos que quedaban en la sierra, perdiendo la confianza de poderse valer dellos, acabasen de reducirse o de perderse. Estando pues las cosas de la Alpujarra y de la serranía de Ronda en los términos que hemos dicho, por carta de 28 días del mes de otubre, fecha en la villa de Madrid, tuvo don Juan de Austria segunda orden y última resolución sobre ello; y por ser negocio de tanta importancia, comunicándose los consejos, se acordó que antes que el Comendador mayor saliese de la Alpujarra, pues los moriscos dejaban ya de venirse a reducir, y se volvían muchos de los reducidos a la sierra, se pusiese en ejecución el mandato de su majestad, y ansí se hizo por la orden siguiente: que los de Granada y de la vega y valle de Lecrín, sierra de Bentomiz, jarquía y hoya de Málaga y serranías de Ronda y Marbella, saliesen encaminados la vuelta de Córdoba, y de allí fuesen repartidos por los lugares de Extremadura y Galicia y por sus comarcas. Los de Guadix, Baza y río de Almanzora fuesen por Chinchilla y Albacete a la Mancha, al reino de Toledo, a los campos de Calatrava y Montiel, al priorato de San Juan, y por toda Castilla la Vieja hasta el reino de León; y los de Almería y su tierra por mar, en las galeras del cargo de don Sancho de Leiva, a la ciudad de Sevilla; y que no fuesen ningunos para quedar en el reino de Murcia ni en el marquesado de Villena, ni en los otros lugares cercanos al reino de Valencia, donde había grande número de moriscos naturales de la tierra, porque no se pasasen con ellos, y por el peligro de la comunicación de los unos con los otros; ni menos quedasen en los pueblos de la Andalucía, por haber en ellos muchos de los que se habían llevado primero, y estar la tierra trabajada; y demás desto había inconveniente por poderse volver a las cercanas sierras los que quisiesen huir. La orden que se dio a los que los habían de llevar fue que la primera escala, fuera del reino de Granada, la hiciesen en los lugares que fuesen más a propósito para llevarlos de allí donde habían de parar con seguridad y comodidad suya; de manera que no se fuesen, ni los hurtasen, ni llevasen a otras partes, y así ellos como sus bienes fuesen seguros; no permitiendo que los hijos se apartasen de los padres ni las mujeres de los maridos por los caminos ni en los lugares donde habían de quedar, sino que las casas fuesen y estuviesen juntas; porque, aunque lo merecían poco, quiso su majestad que se les diese este contento, mandando que, demás de la gente de guerra, fuesen con ellos comisarios, personas de autoridad y confianza, con lista y memorial de los que cada uno llevaba a su cargo, [361] para que los llevasen de unos lugares a otros y proveyesen vituallas y gente que los acompañase, presupuesto que la que había de salir del reino de Granada no había de pasar de la primera escala. Dando pues su majestad priesa, y no estando don Juan de Austria de vagar, despachó correos en diligencia a todas partes, solicitando las personas que habían de hacer el efeto, y mandándoles que para primero día de noviembre, día en que la Iglesia católica celebra la fiesta de Todos los Santos, a un mesmo tiempo encerrasen todos los moriscos, de cualquiera calidad y condición que fuesen, en las iglesias de los lugares de sus partidos, y acompañados de la gente de guerra que para ello estaba repartida, los metiesen la tierra adentro; y para que se hiciese con más seguridad se proveyeron algunas cosas necesarias. Ordenose que tres mil hombres de la Andalucía y de otras partes, que venían ya camino para quedarse de presidio en los fuertes que el Comendador mayor dejaba hechos, se ocupasen primero en sacar los moriscos del reino de Granada. Que el Comendador mayor, para el día en que se habían de recoger, tuviese tomados los pasos de las sierras por donde se podrían volver a ellas. Que don Francisco Zapata de Cisneros, señor de Barajas, que después tuvo título de conde y fue presidente del supremo consejo de Castilla, y a la sazón era corregidor de Córdoba, con la gente de aquella ciudad acudiese a la vega de Granada; y que don Alonso de Carvajal, señor de la villa de Jódar, haciendo otra junta de gente como la que había hecho para el socorro de Serón, fuese al partido de Baza. La gente de la Andalucía llegó a un mesmo tiempo a lo de Granada y de Guadix, repartida en dos partes. El Comendador mayor pasó con su campo desde Cádiar a Pitres de Ferreira, y el primer día del mes de noviembre tuvo tomados catorce pasos de las sierras con gruesas mangas de arcabucería. Don Francisco Zapata de Cisneros, con docientos caballos y mil infantes de su corregimiento partió de aquella ciudad a 28 días del mes de otubre en la tarde, y a los 30 estuvo en Alhendín, lugar de la vega de Granada. Capitanes de la caballería eran don Luis Ponce y Alonso Martínez de Angulo, y de la infantería Gutierre Muñoz de Valenzuela, Hernando Gebico, Pero Hernández de Monegra y don Luis de Córdoba, y Luis Hernández de Córdoba, que servía el oficio de sargento mayor. Iba toda esta gente tan bien aderezada y proveída de armas y de caballos, que representaban bien la pompa de su ciudad y de su capitán. Llevaban los estandartes y banderas con las armas de la ciudad, que son un león raspante leonado en campo blanco, y castillos y leones por orla. Los escuderos iban vestidos de marlotas coloradas, y los trompetas y ministriles que acompañaban al capitán, con ropetas de terciopelo carmesí y capotillos de saya entrapada, guarnecidos de franjas y pasamanos de oro; y los atambores y pífaros con libreas de seda de colores azul y amarillo; y lo que más hubo que notar en esta gente fue su buena orden y disciplina. Había ya enviado a mandar don Juan de Austria a don Alonso de Granada Venegas y a los otros comisarios que tenían cargo de los moros reducidos que retirasen los que tenían alojados cerca de la sierra a otros lugares más apartados, dándoles a entender que lo hacían porque no recibiesen daño cuando saliese de la Alpujarra la gente del Comendador mayor. Estando pues todo prevenido, el día de Todos Santos a un mesmo tiempo en todo el reino de Granada se encerraron todos los moriscos, ansí hombres como mujeres y niños, en las iglesias y lugares diputados, aunque en algunas partes con menos orden de la que convenía. Los que habían quedado en la ciudad de Granada y los que estaban recogidos en los lugares del valle de Lecrín y de la Vega los encerraron sin escándalo ni alboroto, y los llevaron al hospital Real de Granada y los entregaron a los capitanes que los habían de llevar. Don Francisco Zapata llevó cinco mil, y don Luis de Córdoba, alférez mayor de aquella ciudad, los demás. Fueron divididos en dos partes, y cada parte hechas escuadras de a mil y quinientos moriscos, sin los viejos, mujeres y niños, y con cada escuadra iban docientos soldados y veinte caballos y un comisario. Los primeros llevó Luis Hernández de Córdoba a Extremadura y tierra de Plasencia, y los otros fueron al reino de Toledo. Había algunos moriscos granadinos que habían sido reservados la otra vez; y pretendiendo serlo también en esta ocasión, hicieron diligencia con el presidente don Pedro de Deza, suplicándole que escribiese sobre ello a don Juan de Austria; el cual respondió que sin embargo de que aquellos tales hubiesen mostrado voluntad de servir a su majestad, no tenía orden suya para mostrarles gratificación de presente, ni era de parecer que dejasen de salir del reino de Granada; y que, dando fianzas que dentro de tres días saldrían de todo él, los dejasen ir solos a las partes y lugares que quisiesen con sus familias y bienes muebles; y que estando fuera del reino, intercedería con su majestad y le suplicaría les diese licencia para volver a sus casas. Por la mesma orden y a un mesmo tiempo se encerraron los de la ciudad de Guadix y de los lugares de su jurisdición y los de las villas del marquesado del Cenete. También el duque de Arcos recogió los que pudo en los lugares de las serranías de Ronda y Marbella, y los envió con Antonio Flores de Benavides, corregidor de Gibraltar, a Illora, y allí los juntaron con los que iban de Granada a la ciudad de Córdoba. Don Alonso de Carvajal, señor de la villa de Jódar, se gobernó tan bien con los del partido de Baza, que siendo gente de quien menos seguridad se tenía, por haber andado la mayor parte dellos alzados y en las sierras, los recogió en las iglesias pacíficamente, metiendo gente de parte de noche en los lugares donde entendió que había moriscos sospechosos, y publicando que les quería repartir trigo y bueyes con que sembrasen aquel año; y con esto, y con mandar soltar libremente algunos moriscos que los soldados le traían presos por haberlos encontrado que se iban con sus armas a la sierra, los aseguró de manera, que muchos de los que estaban ya allá se volvieron a sus lugares, y caminó con ellos la vuelta de Albacete, donde habían de ir, conforme a su instrucción. Arévalo de Zuazo, corregidor de la ciudad de Málaga, con la gente de su corregimiento recogió también pacíficamente los que quedaban en los lugares dél, aunque dificultó el negocio harto al principio, y quiso interceder por algunos de los que no se habían alzado; mas no hubo lugar, y conforme a la orden que se le envió, los llevó a la ciudad de Antequera, y de allí pasaron a Extremadura y a Plasencia; y a las ciudades de Écija y Carmona llevó Gabriel Alcalde de Gozón los de [362] Tolox y de Cazarabonela. Don Juan de Alarcón y don Miguel de Moncada, a quien don Juan de Austria había proveído estos días por cabo de los presidios del río de Almanzora, estuvieron tan desconformes en la saca de los moriscos de aquel partido, que hubo notable desorden, y los soldados con mano armada comenzaron a matar y a captivar la gente reducida; y viendo esto, se pusieron muchos moros en arma y se subieron a la sierra de Bacares. Don Pedro de Padilla recogió los de su partido casi con igual desorden, porque estando repartidos en muchas partes, fue dificultoso poderlos encerrar a todos en las iglesias sin que algunos lo entendiesen; y los del Boloduí huyeron a la tierra de Bacares. Habíanse de recoger los otros todos en tres lugares y en el uno, donde estaba el capitán Diego Venegas, hubo tan grande desorden, que dio materia a que los moriscos se alborotasen; y poniéndose los soldados en arma, mataron al pie de docientos hombres, no sin daño suyo, porque también hubo dellos muchos muertos y heridos. Los que pudieron fluir se subieron a la sierra de Bacares, y allí se juntaron con los otros y comenzaron a hacer nuevos daños; saquearon los soldados las casas del lugar y tomaron todas las mujeres por esclavas; cosa que dio harta sospecha de que la desorden había nacido de su codicia; mas don Pedro de Padilla lo atajó con poner las moriscas en libertad y enviarlas con los reducidos de los otros lugares, que fueron llevados a la ciudad de Almería, y de allí a Vera y a Albacete; y don Sancho de Leiva embarcó los de Almería y su tierra en las galeras de su cargo, y los llevó a la ciudad de Sevilla. Desta manera se despobló el reino de Granada de la nación morisca, y si no acaecieran las desórdenes dichas, fueran muy pocos los montaraces que quedaran en él; como quiera que después los que se fueron huyendo o la mayor parte dellos tornaron a reducirse, entendiendo el buen tratamiento que se hacía a los que iban la tierra adentro, y fueron admitidos y llevados con ellos, y los que no quisieron tomar el buen consejo se perdieron. Muchos fueron los que se pasaron a Berbería, que sirvieron a Abdul Malic, rey de Fez, en su milicia, con nombre de andaluces, que no fueron poca parte para desbaratar y vencer a don Sebastián, rey de Portugal, en la batalla cerca del río de Alcázar Quibir, donde murió, yendo a restituir en aquellos estados a Mahamete Xerife, hijo de Abdalá, a quien Abdul Malic había desposeído, como lo diremos en la segunda impresión de nuestra África, que brevemente a luz con el favor divino.



 

Capítulo VII

Cómo don Juan de Austria y el comendador mayor de Castilla despidieron la gente de guerra, y se dio orden cómo se acabasen los rebeldes que habían quedado en la sierra

     Retirados los moriscos del reino de Granada de la manera que hemos dicho, y metidos la tierra adentro, el Comendador mayor encaminó la gente que había de quedar en los presidios de la Alpujarra, y los dejó proveídos, y con orden que no dejasen de hacer correrías a todas partes; y mandó que Francisco de Arroyo y Luis de Arroyo, y Reinaldos y Leandro de Palencia, y Juan López y Diego Rodríguez, y Diego de Ortega y Juan Jiménez con sus cuadrillas de gente del campo corriesen la tierra. Estas cuadrillas sirvieron a orden de don Hernando Hurtado de Mendoza, que hoy es capitán general de la costa del reino de Granada, de quien podemos decir que dio fin al rebelión de la Alpujarra, siguiendo a los rebeldes pertinaces por su persona de noche y de día, yendo a pie con las cuadrillas como cualquier soldado particular, hasta que dio fin dellos en las sierras y en las cuevas dolido se habían metido. Dejando pues el Comendador mayor prevenido lo de la Alpujarra, a 5 días del mes de noviembre fue a la ciudad de Granada, y en llegando, dio licencia a la gente de las ciudades que se fuesen a sus casas. También partió don Juan de Austria de Guadix cinco días después, y a los once entró en la ciudad de Granada, y con él el duque de Sesa; fue alegremente recebido de todos los tribunales y gente de guerra, porque cierto le amaban mucho. Y mientras estuvo en Granada, que fueron diez y nueve días, se ocupó en dar orden cómo acabar los moros rebelados que quedaban en las sierras, y en reformar capitanes y oficiales de los que habían servido a sueldo de su majestad y no eran ya menester, mandándoles pagar lo que se les debía, y haciéndolos otras mercedes más conformes a la posibilidad presente, que al deseo que tenía de que no fuesen menores que los servicios que habían hecho en aquella guerra; y dejando ordenadas las escoltas que habían de proveer los presidios para aquel invierno, y las cuadrillas que de ordinario corriesen las sierras en seguimiento de Aben Aboo y de otros rebeldes, quedó en su lugar el comendador mayor de Castilla, y a 30 días del mes de noviembre partió de la ciudad de Granada para la corte de su majestad.

     No mucho después el duque de Arcos juntó de nuevo gente en la ciudad de Ronda para acabar de deshacer los moros que hacían daños en aquella tierra, y partió en su busca con mil y quinientos arcabuceros de los soldados y gente de señores, y otros mil de sus vasallos, y con los caballos que pudo juntar. Eran los enemigos tres mil hombres, los dos mil escopeteros acaudillados por el Melchi, y mostraban determinación de morir o defender la sierra; y siendo el duque de Arcos avisado dello, ordenó a Pedro de Mendoza que con seiscientos; arcabuceros fuese a la boca del Río Verde por el pie de la sierra, y a Lope Zapata, que con otros seiscientos caminase hacia Gaimon, a la parte de las villas de Monda, yendo el uno del otra media legua, y con el resto de la gente comenzó a caminar por aquel espacio que quedaba entre ellos. Pedro Bermúdez, que llevaba la mano derecha, dio mandato a Carlos de Villegas, que estaba en la guardia de Istán y de Hojen con dos compañías de infantería y cincuenta caballos, que con docientos arcabuceros tomase a un tiempo lo alto de la sierra y las espaldas del sitio del enemigo; y a Arévalo de Zuazo, que partiendo de Málaga con mil y docientos soldados y cincuenta caballos, acudiese a la parte de Monda. Partieron todos a un tiempo de noche, para hallarse a la mañana con los enemigos; los cuales avisados por unos tiros de arcabucería que habían oído o por alguna espía, dejaron el lugar que tenían, y se mejoraron a la parte de Pedro de Mendoza, que era el postrero, por tener la salida más abierta. Comenzó el Duque a subir la sierra, y Pedro de Mendoza a pelear con igualdad, yéndose los moros siempre mejorando; y aunque el Duque iba algo apartado dél, [363] en oyendo la arcabucería, entendió que se peleaba por aquella parte, y se le acercó por la ladera de la sierra; y en descubriendo la escaramuza, con los más arcabuceros y caballos que pudo juntar, acometió a los enemigos, llevando cerca de sí a don Luis Ponce, su hijo. Porfiose buen rato de entrambas partes, y no pudiendo los moros resistir, tomaron lo alto, y de allí se partieron desbaratados, quedando muertos más de ciento, y entre ellos el Melchi; y si acudieran a salir a la hora que se les ordenó Pedro Bermúdez y Carlos de Villegas, se hiciera mayor efeto. Repartió luego el Duque la gente en cuadrillas, que anduvieron siguiendo a los moros, y mataron otros ochenta, que no se hallaron más; y con esto se volvió a Ronda, y se dio fin a la guerra por aquella parte. Y porque el Comendador mayor había de ir a la jornada de la liga que los príncipes cristianos hacían contra el Gran Turco, como teniente de capitán general de la mar por don Juan de Austria, mandó su majestad al duque de Arcos que fuese a dar fin en lo que quedaba por hacer en Granada; el cual entró en aquella ciudad a 20 días del mes de enero del año del Señor 1571. Estúvose allí algunos días el Comendador mayor informándole de los negocios de la Alpujarra, como persona que tan bien los entendía. Reforzáronse las cuadrillas de la gente del campo del cargo de don Hernando Hurtado de Mendoza, y diose orden en otras cosas del servicio de su majestad, con asistencia y parecer del presidente don Pedro de Deza; y, por febrero de aquel año se fue a la corte, donde llegó también el duque de Sosa, habiendo estado algunos días en su estado. En Baza quedó por capitán y cabo de la gente de guerra don Juan Enríquez por orden de su majestad, y en el río de Almanzora don Miguel de Moncada, donde se hicieron después buenos efetos contra los moros que quedaban derramados, deshaciéndolos con hierro, hambre y desventura. Sólo nos queda por decir el fin y la muerte de Aben Aboo, cuya sangre hubo al fin de derramar el torpe Seniz, famoso monfí, de quien mucho se fiaba.



 

Capítulo VIII

Que trata de la muerte de Aben Aboo y fin desta guerra

     Andaba en este tiempo Aben Aboo huyendo por las sierras que caen entre Bérchul y Trevélez, en lo más agrio de la Alpujarra, y escondiéndose de cueva en cueva, porque ya no le quedaban sino cuatrocientos hombres que le siguiesen; y las personas de quien más se fiaba eran un Bernardino Abu Amer, su secretario, y Gonzalo el Seniz, famoso monfí, de quien habemos hecho mención otras veces. Este había estado cuatro años preso en la cárcel de chancillería de Granada por muerte de un hombre, y un año antes del rebelión se había soltado y dádose a la sierra con los monfís, donde había cometido otros muchos delitos; y viendo su perdición, había hecho una barca secretamente para irse a Berbería, y Aben Aboo se la había hecho quemar, y mandádole que no bajase hacia la marina, sino que anduviese en la sierra con los otros compañeros; y así por esto, como por otras cosas que habían pasado entre ellos, teniéndose por muy agraviado, mantenía enemistad secreta con él; y aún deseaba, según lo que nos certificó, que se ofreciese ocasión en que poderse vengar. Sucedió pues que, estando Galaso Rotulo, natural de Ciudad Real, por gobernador de los presidios de Cádiar y Bérchul, y teniendo presos ciertos moros para hacerles justiciar, llegó allí un platero vecino de Granada, llamado Francisco Barredo, que solía tener mucha amistad y conocimiento con los moriscos de la Alpujarra, antes que se levantasen, y les llevaba a vender cosas de plata y de oro; el cual, confiado en que no le harían mal por este respeto, iba también en tiempo de guerra a comprarles seda, oro y aljófar y otras cosas; y andando un día mirando unos moros que Galaso Rotulo quería hacer arcabucear, uno dellos, que era muy su amigo y se llamaba Bernardino Zatahari, corrió a tomarle las manos para besárselas, y le comenzó a contar sus trabajos. El Barredo le consoló, y hizo con los soldados que se lo dejasen llevar a su posada aquel día; y preguntándole por Aben Aboo, y por los que andaban con él, y el lugar donde se recogían, le contó el moro con verdad todo lo que pasaba, y cómo Bernardino Abu Amer y el Seniz de Bérchul eran las personas de quien más se fiaba. Era este Bernardino Abu Amer muy grande amigo suyo, y luego concibió en sí que si le enviaba a hablar, ofreciéndole perdón de sus culpas y otras mercedes de parte de su majestad, no dejar de hacer algún señalado servicio, persuadiendo a Aben Aboo a que se redujese, o entregándole muerto o vivo; y preguntando al Zatahari si se atrevería a hacer un hecho de hombre, por donde viniese a ganar libertad, le respondió que por salvar la vida fiaría cualquier cosa que le mandase. «Has de ir (dijo entonces el platero) a llevarme una carta a Bernardino Abu Amer, y a decirle que se venga a ver conmigo entre Bérchul y Trevélez. Y si esto cumples como hombre de bien, y me traes respuesta, yo haré que tengas libertad y que su majestad te haga mercedes». Y como el moro prometiese de servir fielmente, Barredo lo comunicó con Galaso Rotulo, y le pidió que mientras iba a Granada a hablar con los del Consejo no hiciese justicia dél; el cual holgó dello, y partiendo luego para Granada, trató con el Comendador mayor, que aún no era ido, y con el duque de Arcos, el negocio, ofreciéndose que daría orden por medio de aquel moro cómo Aben Aboo se redujese o fuese preso o muerto. Los del Consejo tuvieron el negocio por incierto al principio, y no tomaban resolución, hasta que viendo la instancia que Barredo hacía, y lo poco que se aventuraba en soltar un moro, acordaron que se le diese orden para que Galaso Rotulo se lo entregase; el cual se lo entregó, y lo envió con una carta para Bernardino Abu Amer, advirtiéndole que si le prendiesen otros moros en el camino, dijese que iba huyendo y que se había soltado de la prisión de Cádiar. Tenía Gonzalo el Seniz puestas sus atalayas alderredor de las sierras donde estaba su cueva; y como el Zatahari llegó cerca dellas, salieron quince moros a él, y le prendieron, y lo llevaron ante él; y preguntándole de dónde venía, dijo que iba huyendo de Cádiar; mas el solene, monfí entendió luego que le mentía, y le amenazó con la muerte si no le decía la verdad. El moro no osó decir otra cosa, y sacando la carta que llevaba, se la dio, y le contó todo lo que pasaba. Entonces dijo el Seniz que no tuviese miedo, porque mejor negocio haría con él que con Abu Amer; el cual, en oyendo semejante embajada, era cierto que le había de matar, y que si Barredo quisiese tratarle [364] verdad, sería más parte para su pretensión que nadie; y encargándole el secreto, para cumplir con los moros que le habían visto prender hizo llamar allí a Abu Amer, y le dio la carta de Barredo; el cual se enojó tanto, que quiso matar al moro que la llevaba; y le matara si no se lo quitara de delante el Seniz, diciendo que no le había de hacer mal; porque lo que había hecho había sido por salvar la vida. Luego habló secretamente con Zatahari, y le dijo que fuese a Cádiar, y dijese de su parte a Barredo que aquel negocio no iba bien encaminado por aquella vía; que él lo haría mejor si le traía perdón de su majestad generalmente de todas sus culpas, y le daban a su mujer y a una hija que tenía captivas. El moro fue a Cádiar, y refiriendo a Barredo lo que el Seniz le había dicho que le dijese, fue luego a verse con él entre Bérchul y Trevélez; y después que hubieron platicado largamente en el negocio, escribió el Seniz una carta en arábigo para el presidente, ofreciéndose de reducir a Aben Aboo, o darle muerto o vivo, si veía seguridad de la merced que su majestad le hacía; y pidiendo que para satisfación desto y de que no se le trataba engaño, lo que se acordase y la orden o carta que se hubiese de enviar fuese en letra árabe de mano del licenciado Castillo, que conocía muy bien. Viendo pues el duque de Arcos y el Presidente y los del Consejo que con el ofrecimiento del Seniz se daba fin a la guerra, mandaron al licenciado Castillo que le escribiese como su majestad le concedía lo que pedía; y que cumpliendo lo que prometía, demás de su merced particular, tendrían libertad los moros que trajese consigo, y se les harían otras mercedes. Con este recaudo, y una carta de creencia para Leonardo Rotulo Carrillo, que en este tiempo asistía por cabo y gobernador de aquellos presidios, por ausencia de Galaso Rotulo, su hermano, partió Barredo de Granada a 13 días del mes de marzo del año de 1571; y enviando desde Cádiar a avisar al Seniz, se fueron a ver luego con Leonardo Rotulo en el proprio lugar donde se habían visto la otra vez; el cual holgó mucho del buen despacho que le llevaban, viendo la carta de letra del licenciado Castillo, y una orden que iba firmada del Presidente, cuya firma conocía, porque la había visto otras veces; y prometiéndoles que cumpliría brevemente lo que a él tocase, volvieron a Bérchul. Destas vistas del Seniz con Barredo fue avisado Aben Aboo, y como hombre sospechoso, queriendo saber lo que trataba, tomó consigo a Abu Amer y una cuadrilla de escopeteros, y se fue a la cueva del Seniz, que era fuerte en la sierra, llamada el Huzum, entre Bérchul y Mecina de Bombaron, a media noche; y dejando la gente a la parte de fuera, entró con solos dos moros, por mejor disimular con él, y le preguntó que con qué licencia había hablado con Barredo. El cual le respondió: «Señor, con la vuestra; y agora quería ir a daros parte de lo que tratamos. Sabed que nuestra plática ha sido para bien vuestro y de todos los que aquí estamos; porque el Presidente nos envía a decir que nos reduzgamos al servicio de su majestad, y que nos hará merced de perdonarnos, y que nos dejará ir libremente a vivir donde quisiéremos; y demás desto nos hará otras muchas mercedes, que nos envía firmadas de su nombre en este papel». Y sacando los despachos que Barredo le había llevado, para mostrárselos, Aben Aboo se airó grandemente, diciendo que todo era maldad y traición, y quiso salir a llamar a Abu Amer; pero cuando llegó a la boca de la cueva, donde había dejado los dos moros y a un sobrino del Seniz llamado Bartolomé, y otro cuñado suyo, habían muerto el uno dellos, y el otro había salido huyendo. Tenía el Seniz consigo seis hombres de hecho todos parientes suyos, los cuales, viendo la determinación de Aben Aboo, quisieron detenerle, y estando bregando con él, llegó el Seniz por detrás y le dio con el mocho de la escopeta tan gran golpe en la cabeza, que le derribó en el suelo, y allí le acabaron de matar. Y porque Abu Amer y los que con él estaban entendieron que no tenían ya a quién defender, arrojáronles luego el cuerpo muerto desde una peña alta que estaba delante de la cueva; mas no estaban allí los moros que había dejado, porque habían ido a visitar amigos por las otras cuevas allí cerca. Esta ocasión fue tan a propósito del Seniz como lo pudiera desear, viniéndosele a las manos; aunque no era cosa nueva para Aben Aboo irse las más noches de cueva en cueva con dos o tres compañeros. Finalmente el primer aviso que Abu Amer tuvo fue ver el cuerpo muerto, y como hombres inconstantes, sospechosos de sí mesmos, se fue cada uno por su parte, y los más se juntaron luego con el Seniz, para gozar del indulto que tenía. Abu Amer no quiso reducirse, y después le prendieron las cuadrillas, y murió arrastrado y hecho cuartos. Muerto Aben Aboo, el Seniz avisó a Leonardo Rotulo y a Francisco Barredo, que estaban en Bérchul, y les pidió una acémila en que llevar el cuerpo, y siéndole enviada, lo llevó al presidio y se lo entregó. De allí lo llevaron a Cádiar, y porque no oliese mal, habiéndole de llevar a Granada, lo abrieron y hincheron de sal. Luego avisaron al duque de Arcos, y tornando a la sierra, recogieron los moros y moras que se venían a reducir, que eran muchos; y cuando volvieron a Cádiar, hallaron a Juan Rodríguez de Villafuerte Maldonado, corregidor de Granada, y del Consejo, que por orden del Duque iba a asistir a la redución de aquellas gentes; el cual quedó en el lugar para aquel efeto, y mandó que Leonardo Rotulo y Barredo llevasen a Granada el cuerpo de Aben Aboo y los moros reducidos. Entraron por la ciudad con gran concurso de gente, deseosos de ver el cuerpo de aquel traidor, que había tenido nombre de rey en España. Delante iba Leonardo Rotulo, y luego Francisco Barredo a la mano derecha, y a la izquierda el Seniz con la escopeta y alfanje de Aben Aboo; todos tres a caballo. Luego seguía el cuerpo sobre un bagaje, enhiesto y entablado debajo de los vestidos, de manera que parecía ir vivo; y de un cabo y de otro los parientes del Seniz con sus arcabuces y escopetas. Detrás de todos iban los moros reducidos con sus bagajes y ropa; los que llevaban ballestas, quitadas las cuerdas; y los que escopetas, las llaves; y a los lados la cuadrilla de Luis de Arroyo, y de retaguardia Jerónimo de Oviedo, comisario de la gente de guerra de aquellos presidios, con un estandarte de caballos. Desta manera entraron por la ciudad, haciendo salva los arcabuceros y respondiendo la artillería de la Alhambra, y fueron hasta las casas de la Audiencia, donde estaban el duque de Arcos, y el presidente don Pedro de Deza, y los del Consejo, y gran número de caballeros y ciudadanos. Apeáronse Leonardo [365] Rotulo y Francisco Barredo y el Seniz, y subieron a besar las manos al Duque y al Presidente, a quien el Seniz hizo su acatamiento y entregó el alfanje y la escopeta de Aben Aboo, diciendo que hacía como el buen pastor, que no pudiendo traer a su señor la res viva, le traía el pellejo. Tomó el Duque las armas, agradeciéndoles a todos tres lo bien que se habían gobernado en aquel negocio, y ofreciéndoles que intercedería con su majestad para que les hiciese particulares mercedes. Mandó luego arrastrar y hacer cuartos el cuerpo de Aben Aboo, y la cabeza fue puesta en una jaula de hierro sobre el arco de la puerta del Rastro, que sale al camino de las Alpujarras, donde hoy está. Estuvo el duque de Arcos en aquella ciudad hasta diez y siete de noviembre de aquel año, que partió para su casa proveído por visorrey de Valencia; y quedó a cargo de don Pedro de Deza la presidencia de todos los negocios de justicia, de guerra, de hacienda y de población. Fuese poblando la tierra de cristianos con alguna dificultad al principio; mas la codicia de las haciendas, que su majestad mandó repartir entre los nuevos pobladores, y las franquezas que les dio, lo facilitó adelante; y desta manera, habiendo sido la mudanza de aquel reino el quicio sobre que toda España dio la vuelta, y héchose la guerra por la religión y por la fe, el premio de los trabajos y de tanta sangre cristiana como en ella se derramó, fue desterrar la nación morisca que había quedado en él. ¡Oh cuán felice hora fue para ti, insigne ciudad de Granada, cuando los católicos reyes don Hernando y doña Isabel te sacaron de la sujeción del demonio! Ellos te ennoblecieron con suntuosos edificios, aumentáronte y adelantáronte en religión divina y estado temporal, haciendo tus ceremoniosas mezquitas, en que se veneraba el falso Mahoma, templos sagrados, donde fuese glorificado el Redentor del mundo. En lugar de los menftís y de los sectarios alfaquís, y de sus guadores y zalaes, cobraste arzobispos santos, sacerdotes y religiosos celosos de la verdadera fe, que celebrasen el culto divino, y administrando los sacramentos a tus moradores, te luciesen parroquiana del cielo. Juntándole pues con el pueblo cristiano, te hicieron hija de quien siempre habías sido enemiga; metiéronte en el gremio de la Santa Iglesia Romana; conformáronte con los príncipes católicos y con los varones escogidos, por quien esclarece el sagrado Evangelio; apartáronte de la confusión de los alcoranistas; y siendo maestra de las setas y de errores, te hicieron discípula de verdad. En lugar de los cadís, que te regían y gobernaban con leves frívolas y de poco fundamento, te dieron gobernación aprobada, un corregidor, un cabildo, un tribunal de la fe, una audiencia suprema, donde las leves de verdad igualan a chicos, medianos y mayores, con el juicio de hombres escogidos, profesores de letras legales, y un presidente, que presidiendo a lo que se hace, ordena lo que se ha de hacer. Harto más debes, Granada, a estos católicos príncipes que a los que edificaron tus primeros fundamentos; que no han sido mayores los trabajos bélicos que has padecido que la paz cristiana de que al presente gozas mediante el felice gobierno del cristianísimo rey don Felipe, su biznieto, que extirpando la herejía, que había quedado en los corazones de los nuevamente convertidos de moros en tu reino, te ha dejado en nuestros tiempos al cristianísimo rey don Felipe, su hijo, libre y desembarazada de aquella nación, para que mejor te goces con el pueblo cristiano. Dios, por su misericordia, que tanto bien y merced te ha hecho, guarde, ampare y defienda tan esclarecido príncipe, y tu noble y virtuosa república conserve.