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Historia del
[sic] rebelión y castigo de los moriscos del Reino de
Granada |
Página Web IX de X |
Cómo don Antonio de Luna corrió la sierra de Bentomiz y puso presidio en Zalia, y retiró los moriscos de algunos lugares de la jarquía de Málaga
Demás de las provisiones que dijimos que hizo el duque de Sesa cuando salió de Granada, fue una, que pudiera ser muy importante si la gente no faltara al mejor tiempo, que fue enviar a don Antonio de Luna a correr y asegurar la sierra de Bentomiz y la tierra de Vélez Málaga, donde el Darra y los otros caudillos de los moros hacían muchos daños, y a recoger los moriscos de paces de los lugares del Borge, Comares, Cútar y Benamargosa, y enviarlos la tierra adentro, y hacer tres fuertes, y poner presidios en Zalia, Competa y Nerja, y entrar luego corriendo la costa hacia Almuñécar para divertir a los enemigos, y quemarles los bastimentos y necesitarlos con hambre. Para este efeto se ordenó a los corregidores de Antequera y Málaga que le acudiesen con su gente de a pie y de a caballo; los cuales acudieron luego, don Fadrique Manrique con la de Antequera, don Gómez Mejía de Figueroa con la de Loja, Alhama y Alcalá la Real, y Arévalo de Zuazo con la de Málaga y Vélez, y el licenciado Soto con la de Archidona, que serían todos al pie de cinco mil hombres. Y juntándose en Canilles de Aceituno a l.º de marzo, fue a Competa, pensando hallar alguna resistencia; y no hallándola, pasó a Nerja, y de camino corrió el fuerte de Fregiliana, donde se mostraron al pie dél hasta cien moros, que escaramuzaron con los soldados sueltos de la vanguardia; y volviendo luego huyendo al fuerte con una bandera, subieron tras dellos los nuestros, y matando seis moros, se derrocaron los otros por aquellas sierras, de manera que no fueron más vistos, y captiváronse doce moras. Aquella noche durmió el campo en Nerja, y estuvo el siguiente día en aquel alojamiento, aguardando las vituallas que iban de Vélez y de Loja; y en este tiempo envió don Antonio [319] de Luna dos mangas de arcabuceros a correr la sierra por dos partes, que mataron otros dos o tres moros y captivaron otras seis mujeres, y siendo avisado que el Darra tenía hecha una fusta para pasarse a Berbería, llevando el moro que le dio el aviso a que se la mostrase, la halló en una rambla metida, y en otra rambla halló otra comenzada a labrar, y una caldera de brea para brearla, y madera, y lo hizo quemar todo. El sábado 4 de marzo, queriendo partir de allí, halló que se le había ido casi toda la gente, unos con achaque que les faltaba la comida, y otros por entender que era jornada de poca ganancia, por haber ya poco que saquear en aquella tierra. Decía después don Gómez Mejía de Figueroa que don Antonio de Luna le había mandado que se fuese a Loja con la gente de aquellas tres ciudades, pareciéndole que bastaba la de Antequera, Málaga y Vélez, por el poco bastimento que había. Sea como fuere, hallándose con solos mil hombres, determinó pasar adelante con ellos por el camino de la marina derecho a Almuñécar; y porque no se podía ir por otra parte con los caballos y bagaje, hizo noche en el camino en la boca del río de la Miel. Llegado a Almuñécar, tomó algún refresco de vitualla para ir al lugar de Lentejí, donde dijo una espía que había más de cinco mil moros, y era mentira, porque no había sino obra de quinientas almas. Estuvo la gente algo temerosa con esta nueva, y tomando docientos soldados de los de aquel presidio, fue aquella noche a alojarse legua y media de allí en la mitad del camino. Otro día martes, a 7 de marzo, tomó la mañana, y llegó a las nueve al lugar, donde pensaba hallar los enemigos; mas halló que habían huido de media noche abajo. Mataron los soldados cinco que hallaron en el lugar, y captivaron uno, y tomáronse algunos bagajes. Los soldados de Almuñécar, que estaban algo lastimados de aquellos moros, pusieron fuego al lugar y le quemaron todo. Hallose cantidad de pasa y mucho aceite, y poco pan en las casas y cuevas, que todo se quemó y derramó; y lo mesmo se hacía en los lugares donde llegaban, destruyendo y quemando todos los bastimentos. Súpose del moro que se prendió como los moros iban la vuelta de los prados de Lopera, y por ser temprano, determinó don Antonio de Luna de ir tras dellos, y fue a dormir aquella noche a un cortijo del marqués de Mondéjar. Los moros que iban delante echaron sobre mano izquierda antes de llegar a los prados, y fueron la vuelta de Almijar. Aquella noche, estando en el cortijo, se le fueron más de quinientos hombres, y cuando quiso partir, hallándose solamente con obra de seiscientos soldados de Vélez y de Málaga, y pocos de los de Antequera, pasó a la ciudad de Alhama, donde llegó a 9 de marzo; pidió a la ciudad bastimentos y docientos hombres; y con ellos, y con otros docientos que escribió al corregidor de Loja que le enviase, y la gente que le había quedado, volvió al castillo de Zalia, donde dejó al capitán Cristóbal de Reinoso con los caballos contiosos de Andújar y alguna infantería; y entrando en la Jarquía, retiró los moriscos de los lugares sospechosos sin escándalo ni alboroto, porque los hallaron descuidados. A los del Borge retiró Arévalo de Zuazo, don Fadrique Manrique a los de Comares, y don Antonio de Luna a los de Cútar y Benamargosa; los cuales caminaron la tierra adentro a 16 de marzo. Y porque no llevaba gente que poder dejar en Competa, no se puso aquel presidio desta vez.
Cómo se comenzó a hacer negociación para que los alzados se redujesen
Deseaba su majestad mucho que se efetuase la redución de los alzados, movido de su natural clemencia, y por ver que había muchos entre ellos que ni se habían alzado con voluntad, ni cometido los sacrilegios y delitos que otros; y demás desto se trataba de la liga y confederación de los príncipes cristianos contra el Gran Turco, que amenazaba los pueblos de levante con su poderosa armada; y habiendo de ir don Juan de Austria por generalísimo del ejército de la liga, convenía que diese fin a lo que tenía entre manos; porque papa Pio V, de felice memoria, había enviádole su embajada con el maestro don Luis de Torres, natural de la ciudad de Málaga, que después fue arzobispo de Monreal, exhortándole, como verdadero pastor, a la general concordia y defensa del pueblo católico. Con este aviso fue al campo Juan de Soto, y a servir de secretario a don Juan de Austria. Y entendida la voluntad de su majestad, se trataba con calor el negocio de la redución; y hubo algunas personas principales, que solían tener amistad con los caudillos de los moros antes que se alzasen, que se ofrecieron a reducirlos, especialmente don Alonso de Granada Venegas, que, como dijimos, se había ido a poner de presidio en Jayena, para desde allí procurar alguna inteligencia con ellos; y don Hernando de Barradas, vecino de Guadix, y otros que deseaban hacer algún buen efeto en este particular, y con la paz y redución excusar la saca que se trataba de los moriscos de paces del reino. Don Hernando de Barradas había tenido licencia de don Juan de Austria para poder escrebir a Hernando el Habaquí, que era grande amigo suyo, y aun se había visto con él en 15 días del mes de febrero en un monte de Sierra-Nevada sobre el lugar del Deyre, viniendo el moro hecho ya capitán general en lugar de Jerónimo el Maleh, que era fallecido de enfermedad, con quinientos escopeteros, y entre ellos cien turcos con un sanjaque o estandarte colorado; y llevando don Hernando de Barradas solos cinco de a caballo, había tratado con él del negocio, y aconsejádole que ganase perdón y gracia con su majestad, pues tenía buena ocasión para ello; y él le había prometido que lo trataría con sus amigos por los mejores medios que pudiese, y dádole a entender que nadie lo deseaba más que él, y que había muchos de esta opinión entre los alzados; y con estos principios se hicieron algunas diligencias para atraerlos a este propósito por algunas vías. El presidente don Pedro de Deza, para que generalmente entendiesen los alzados que tenían lugar de misericordia con su majestad si dejaban las armas, cosa que les desviaban de creer los monfís y los que tenían las conciencias cargadas de gravísimos delitos, industriosamente mandó al licenciado Castillo que escribiese en lengua árabe una carta persuatoria, disminuyéndoles el ayuda y favor de los turcos, deshaciendo los pronósticos que tenían, encareciendo mucho el poder y clemencia de su majestad, y aconsejándolos con buenas razones que tratasen de algún medio [320] para reducirse; el cual la escribió, y sin poner en ella nombre de autor, porque entendiesen que era algún morabito o alfaquí que se condolía de sus trabajos y de ver su perdición, se sacaron muchos traslados della, que llevó una espía a los lugares de la Alpujarra, y echó en parte donde pudo ser hallada y leída. La cual fuimos después informados que hizo mucho efeto en los hombres de buen entendimiento, y generalmente en todos los que deseaban quietud; y por esta razón la pornemos en este lugar, que traducida en lengua castellana a la letra, decía desta manera:
CARTA PERSUASORIA
«Con el nombre de Dios piadoso y misericordioso. No hay esfuerzo ni poderío sino en Dios, y la santificación sea sobre el mejor de sus mensajeros y sobre su gente y familias. La salud cumplida sea con aquellos que honró, y no les desamparó el bien; que son en este mundo dichosos, y en el otro serán con su ayuda gozosos. Los caudillos, ancianos, alcaides, alguaciles belicosos, y otros señores y amigos, vecinos y conquistadores de la Alpujarra y de sus anejos, salud en Dios, y gracia y bendición sea con todos nosotros, y nos esfuerce con su favor y ayuda. Esto es lo que os desea un especial amigo vuestro, que de nuestro general bien y conservación de nuestras vidas y honras está muy solícito y congojoso; el cual ha tenido siempre cuidado de considerar los sucesos desta nuestra guerra, y lo que della pretendemos sacar, andando siempre entre vosotros tanteando las cosas que suceden y las que podrán suceder adelante para amparo de nuestras vidas y honras. Y habiéndome desvelado para hallar manera como se pueda sustentar y continuar lo comenzado, es verdad que me obliga vuestro grande amor, y lo que debo al servicio de Dios altísimo, a que os declare lo que en realidad de verdad siento dello, mediante lo cual pienso alcanzar gracia ante el acatamiento divino, en el día que a ninguno aprovechará la hacienda ni las familias, sino limpieza de corazón de toda mácula y culpa. Y lo que con mis fuerzas he alcanzado a saber es, que andamos muy errados y fuera del camino de la verdad en esta conquista que pretendemos todos, confiados, miserables y desventurados de nosotros, en razones flacas, y fuerzas inválidas y vanas promesas, que no pueden guiarnos al fin que pretendemos. Y si nos atendemos a ellas, sed ciertos que nos perderemos confiando en el socorro de los turcos, y asegurándonos dellos; los cuales vemos claramente que nos burlan y engañan y desean nuestra perdición; porque ellos no pretenden más que aprovecharse de nuestras riquezas y de nuestras mujeres y hijas, como lo hemos visto; y cuando se hallaren ricos, se irán a sus tierras, y nos dejarán cargados de molestias y vejaciones, usando de su acostumbrada tiranía y maldad, que lleva su natural condición; y después se reirán de nosotros, como lo han hecho y hacen muy de ordinario donde llegan. Y ciertamente os digo que ha pasado así en efeto, y que muchos dellos me han dicho, que si no ven en nosotros más provecho del que han visto hasta agora, nos han de saquear y tomar cuanto tenemos, y se han de ir, y que más vale que lo lleven ellos que no que quede a los cristianos. Y no dudéis en ello, que ya lo han comenzado a hacer, por ser, como son, estas gentes extranjeras, bárbaras, y que carecen de toda lealtad y misericordia, y de condición tiranos y muy avarientos; lo cual es muy ordinario en los levantiscos y en la gente de Berbería; y así dice nuestro antiguo proverbio, que tenemos acerca desto, que todo lo que viene de levante es bueno, salvo el hombre y el aire. Esto es ansí, y se comprueba por lo que vemos que hacen cada día y por lo que han hecho en otras partes, como fue en Argel, que, so color de socorrer el Rey de aquella ciudad, vimos todos que se le alzaron con el reino, y sujetaron toda la gente dél, y hasta hoy está debajo de su dominio, tiranía y tributo; y es cierto que los naturales querrían más ser tributarios de otro cualquier rey cristiano que dellos. Lo mesmo hicieron en Túnez en tiempo de Hayredin Barbarroja; el cual, fingiendo querer socorrer a un rey de aquella ciudad, se alzó con el reino, y fue causa de la destruición de los moros, como todos sabemos. Estas y otras cosas semejantes se han hecho en nuestros días. Y pues lo sabemos, y entendemos lo que se puede fiar de los turcos, miremos bien lo que hacemos y lo que nos cumple; no se venga a cumplir en nosotros lo que nuestra profecía dice, que nuestra generación ha de perecer beyn barbar y agem, que quiere decir entre bárbaros y advenedizos (8). Asimesmo me parece que las causas que nos movieron a seguir esta conquista, como son los pronósticos que nos prometen los juicios que tenemos della, no son ciertas ni bastantes; porque en estos pronósticos más se promete nuestra perdición que otra cosa. Y los socorros que dicen que ternemos no consta cómo ni cuándo, ni hay en ellos tiempo limitado; y lo que dicen unos, deshacen y contradicen otros. Y en cuanto al año que ha de entrar en sábado, también hubo yerro y falta por nuestro poco saber; porque el año que dice el pronóstico es conforme a nuestra computación lunar, y no a la computación del año solar, como lo fue el año que comenzamos esta guerra, que es año de los cristianos, del cual no habla nuestro pronóstico. Y dado caso que entrase el año en sábado, no hay razón que satisfaga a que fuese aquel día más que otros muchos sábados, en que ha comenzado muchas veces el año, y comenzará de aquí adelante; en los cuales no nos movimos a comenzar esta guerra. Demás desto, vemos claramente la contradición que hay en los pronósticos, y, no se ha de dar crédito a cosas semejantes, contrarias y diferentes en todo género de contradición; porque en uno de los juicios dice que en esta nuestra conquista no perecerá más de un solo hombre de nosotros, de oficio bajo, y que será molinero; y el otro, que es el juicio de Zaid el Guergali, que es el más cierto de los juicios que tenemos, dice que serán muy pocos en número los que de nosotros quedarán en esta conquista. [321] Otras contradiciones y repugnancias hay, y cosas imposibles, que parecen fabulosas ficciones para engañar a los que saben poco, como es lo de las nubes y de las aves, y del arcángel Gabriel y de Miguel, y de la mano de Josef, y de la espada de Idris, rey de Fez, y otras fábulas que se refieren en ellos; y no es de creer que sean profecías ni dichos de nuestro Profeta ni de otro ninguno que tuviese espíritu de profecía; antes deben ser consuelo y entretenimiento que algunos alfaquís modernos compusieron para entretener con esperanza a nuestros antepasados y a nosotros en estos reinos de la Andalucía. Y por Dios todo poderoso os juro que esto me certificaron personas de grande erudición y saber, diciendo que esta fue la intención y la razón destos pronósticos. Y si otra cosa fuera, no hubiéramos dejado de hallar alguna minción dellos en el Alcorán o en alguna otra dotrina de la Zuna y ley que tenemos aprobada por los halifas y sucesores de nuestro Profeta; la cual no se halla, y es lo que totalmente quita la devoción de darles crédito en poco ni en mucho; antes es en contrario dellos lo que se halla en la Zuna acerca desto, porque es nuestra total destruición, y triunfo perpetuo que los cristianos ternán de las tierras de Europa, como se refiere por estas palabras que nuestro Profeta dice: -Sacaros han los rumís (9) della en diversas juntas a las partes más ásperas de sus tierras. -Demás desto, no sé yo quién pone duda en el poder del gran rey de España, y en que nosotros comparados con él somos como la mosca con el elefante. Y por el descomedimiento que le hemos hecho podría decirnos, como nos lo dice la lengua de la representación desta guerra, lo que el grandísimo roble dijo al mosquito, que habiendo susurrado dentro dél un buen rato, pidiéndole perdón por el ruido que le parecía que había hecho, le respondió el roble: -Por cierto no tienes que pedirme perdón, porque ni sentí cuando entraste entre mis ramas ni cuando saliste dellas. -En verdad os digo, hermanos, que si este poderosísimo rey no tuviera en más nuestra locura que el ruido del mosquito, y pretendiera de nosotros alguna venganza, que en una hora diera cabo de nuestras vidas, aunque no enviara de sus pueblos más que los cojos. Y si nos confiamos en los socorros que estos mentirosos burladores nos prometen, tanto más le enojaremos, y daremos causa para que haga lo que hizo Hércules con los Pigmeos, que los hizo pedazos a todos, viendo su contumacia de querérsele poner encima estando durmiendo. También os quiero desengañar, que aunque todos los socorros de turcos y árabes y reyes de África vengan, no podrán ganar nada con el rey de España, porque es invencible, y el día de hoy le temen todos los reyes de levante y de poniente, y ninguno hemos visto que le haya osado acometer; antes piensan no hacer poco en guardarse y defenderse dél, y les ha ganado sus fronteras; las cuales no han podido recuperar con todo el poderío que tienen, estando dentro de los límites de sus reinos. Pues si esto es así, ¿qué confianza tenemos, o en qué podemos fundarnos, para pensar que le han de ganar las tierras que él tiene y posee dentro de sus límites en España? Considerando pues estas tan válidas y convencibles razones, me parece, hermanos míos, que miremos muy bien lo que hacemos, y que alcemos la mano de la guerra, procurando algún medio que menos dañoso nos sea, siguiendo la dotrina de los cuerdos, que dicen que de dos males se debe escoger el menor, que más vale tuertos que ciegos. Yo entiendo, por la mucha equidad y templanza que hemos visto en este rey, que se nos concederá, procurándolo con tiempo y no enojándole más; porque la culpa del yerro hecho inconsideradamente, cuanto al principio tiene la puerta del remedio abierta, la tiene después cerrada con la perseverancia y contumacia; y como dice nuestro refrán antiguo, «el que no pudiere ganar el juego, bien es que lo haga maña». Bien sé que nos concederá esta maña, por lo que hemos visto que nos ha esperado; porque si otra cosa hubiera pretendido, en un almuerzo o cena nos despachara; y a mi juicio debe de haberlo hecho de lástima y de compasión que de nosotros tiene, a lo menos de algunos que entiende no haber sido participantes deste mal en poco ni en mucho, como en efeto es la verdad. Atengámonos pues a la buena razón y al buen consejo, y alcemos este juego antes que nos dé mate, y tal, que no podrá ser mayor ni más malo ni de tanta perdición, porque será pérdida de haciendas, de honra y de cabezas; y por ventura valdrá más mi consejo que las vanas promesas de los turcos y moros de Berbería y que los pronósticos en que tan neciamente hemos puesto nuestra confianza. Por ventura podrá ser que este rey, a cuyo cargo estábamos, terná compasión de nosotros, especialmente de los que entiende y es informado que están inocentes desta liviandad que hemos intentado, como lo ha hecho con los granadinos; a los cuales ha mandado amparar y recoger en sus tierras, no permitiendo que se les haga mal ni daño en poco ni en mucho, por la constancia que tuvieron en no alzarse ni venir a estos desesperaderos de sierras a padecer tanta malaventura como padecemos, esperando la miel del vientre de las hormigas. Dios sea el que nos guíe por el camino que más sea servido, y nos esfuerce para ello, y agradezca la voluntad con que os significo todas estas cosas, y se apiade de nosotros y de nuestros hijos. Y perdonadme que no os declaro quién soy, declarándoos mi intención, porque lo hago de miedo de la calumnia de los que quieren seguir esta mala ventura, y porque la verdad fue siempre odiosa a los que no se precian della. Que es escrita en esta Alpujarra por uno de vuestros especiales amigos, que el bien general de todos desea, a 20 días de la luna de Ramadán el grande del año de 977. Dios nos haga participantes de sus bienes y bendición por su infinita misericordia». Y en el sobrescrito decía: «A los señores caudillos, alguaciles, regidores de la Alpujarra, que Dios altísimo tenga debajo de su amparo. Esto es lo que decía la carta. Volvamos al campo de don Juan de Austria.
Cómo don Juan de Austria fue sobre la villa de Serón y la ganó
Cuando don Juan de Austria hubo reforzado su campo en Canilles de Baza, donde estuvo algunos días, y proveídose de bastimentos, artillería y municiones [322] para ir al río de Almanzora, sabiendo que ya el duque de Sesa había salido de Granada con el otro campo, partió de aquel alojamiento con ocho mil infantes y quinientos caballos. La primera jornada que hizo fue a la Fuen Caliente, y a la hora que llegó, que sería a vísperas, mandó a Tello González de Aguilar que con los caballos de su cargo diese vista a Serón desde unos cerros que están de la otra parte del río por frente de la viña, y que no se quitase de allí hasta que el campo estuviese alojado. Los moros pensaron hacer lo que la vez primera, y en descubriendo la caballería salieron huyendo la vuelta de la sierra para aguardar el socorro y volver a dar sobre nuestra gente; mas como vieron que no iba nadie a ocupar la villa, volvieron aquella noche a meterse dentro. Otro día de mañana marchó nuestro campo en su ordenanza por el río abajo, llevando la vanguardia de la infantería el capitán Antonio Moreno con el tercio de su cargo, y la caballería delante; y como los enemigos entendieron que se les iba a poner cerco de propósito, no se asegurando en la villa ni en el castillo, le pusieron fuego de parte de noche; y dejándole ardiendo, tornaron a subirse a la sierra, como de primero. Viendo pues don Juan de Austria que el castillo ardía, y entendiendo que los moros le habían desamparado, mandó a Tello González de Aguilar que fuese a ponerse en el proprio paso donde había estado Francisco de Mendoza, y a don García Manrique que con mil y quinientos arcabuceros tomase lo alto de la sierra sobre la villa a la parte de Tíjola, que eran los pasos por donde los moros habían de entrar con el socorro. Habíanse recogido a las almenaras que toda la noche habían hecho los de Serón, más de siete mil moros en Purchena, donde había venido Hernando el Habaquí; y al tiempo que nuestra gente caminaba la vuelta de la villa, comenzaron a descubrirse como venían el río arriba puestos en sus escuadrones, con sus banderas tendidas, tocando sus atabalejos y dulzainas, a manera de representación de batalla. Don Juan de Austria envió luego a don Martín de Ávila que fuese a reconocerlos con las cien lanzas que servía Jerez de la Frontera; el cual los reconoció, y refirió que era mucha gente, y que le parecía traer determinación de pelear. Entonces mandó cesar el alojamiento, y ordenó sus escuadrones y exhortó los capitanes y soldados; y apeándose del caballo, se puso en la vanguardia delante del escuadrón de la infantería. El Habaquí traía la vanguardia de su campo con ochenta caballos, y luego seguía un escuadrón de infantería a veinte y cinco por hilera, puestos en tan buena orden como si fueran soldados muy práticos, y dos mangas de escopeteros sueltas, que fueron acercándose hacia nuestra caballería, tirando con las escopetas para provocar a que los nuestros hiciesen algún acometimiento desordenadamente. Y hiciérale Tello González de Aguilar si don Juan de Austria quisiera darle licencia para ello; el cual le mandó que se estuviese quedo; y haciendo apartar el escuadrón de la vanguardia sobre mano izquierda para que pudiese tirar la artillería contra los enemigos, bastó aquello para que dejasen el camino que llevaban y tomasen la vuelta de la sierra hacia donde don García Manrique estaba; y cargándole con grandísima furia, comenzaban ya nuestros soldados a aflojar y muchos dellos a huir; y perdiéranse todos si don Juan de Austria viendo ir al enemigo la vuelta dellos, no enviara dos mil arcabuceros en su socorro, los cuales reforzaron la pelea por nuestra parte cargando animosamente a los enemigos, que firmes se sustentaron más de una hora. En este tiempo mandó don Juan de Austria a Tello González de Aguilar que con sus cien lanzas subiese la sierra arriba, y con él dos adalides que guiasen, porque era tan fragosa, que apenas parecía poderla hollar caballos: tardó en subir más de media hora por la parte hacia donde nuestra gente peleaba; y cuando llegó arriba no llevaba más de cuarenta caballos con su estandarte, porque no le habían podido seguir los otros. Y siendo a tiempo que don García Manrique tenía frente a los enemigos y los comenzaba a arrancar con la gente del socorro, hizo tocar las trompetas y los acometió. Fue tanta la turbación de los moros en ver caballería donde entendían que no podía subir, que perdiendo la furia y el ánimo juntamente, dieron a huir. Siguiose el alcance por nuestra parte, matando y hiriendo muchos dellos, y prendiendo algunos, les tomaron siete banderas, y el Habaquí, dejando muerto el caballo, se escapó huyendo a pie. Habida esta vitoria, la villa y el castillo quedó por nosotros: alojose nuestro campo en unas viñas junto al río, y mandose a los gastadores que terrasen los cuerpos de los cristianos muertos, que aun estaban tendidos por aquellos campos desde la rota pasada. Detúvose don Juan de Austria allí algunos días, porque comenzaban a faltar los bastimentos para ir adelante, mandándome a mí que fuese a las ciudades de Úbeda y Baeza y al adelantamiento de Cazorla a proveer el campo, como lo hice. Y cuando fue tiempo, partió sobre Tíjola, dejando de presidio en Serón al capitán Antonio Sedeño con cuatro compañías de infantería y una de caballos para asegurar las escoltas, y en el castillo a Cristóbal Carrillo, criado del marqués de Villena, con docientos soldados que había enviado a su costa para aquel efeto. Vamos a lo que en este tiempo hacia el duque de Sesa.
Cómo el duque de Sesa fue con su campo a Órgiba, y de algunas escaramuzas que tuvo con Aben Aboo estando en aquel alojamiento
Treinta días estuvo el duque de Sesa en el primer alojamiento aguardando la gente, armas y bastimentos, que con harta importunidad se le enviaba desde Granada; tanto, que fue necesario dar por coadjutores al Proveedor general, al licenciado Pedro López de Mesa y al Corregidor Juan Rodríguez de Villafuerte. Y como todo estuviese ya aprestado, y su majestad diese prisa por razón de que don Juan de Austria estaba ya en el río de Almanzora, y cualquiera dilación era muy dañosa, especialmente que enfermaba la gente y se consumían los bastimentos, don Pedro de Deza fue a visitarle y a solicitar su partida; y a 9 días del mes de marzo, yendo con él el contador Francisco Gutiérrez de Cuéllar, marchó con todo el campo, en que iban diez mil infantes y quinientos caballos y doce piezas de artillería de campaña y muchos caballeros del de Andalucía y de Granada, parte con cargos, y otros que de su voluntad le acompañaban. Aquella noche se alojó en Béznar, donde llegó la retaguardia muy tarde, por ser mucho el bagaje y el camino malo. Estuvo en aquel alojamiento [323] dos días, y en este tiempo se descubrieron algunas banderas de moros, con más ánimo de espantar y entretener que de pelear, porque encargándoles nuestra gente, se retiraron y fueron a meterse en el castillo de Lanjarón, flaco de muros, aunque de sitio fuerte para batalla de manos. Y como fuesen algunos de parecer que lo combatiesen, el duque de Sesa no lo consintió, diciendo que los moros no tenían agua ni bastimento dentro, y que de necesidad se habían de ir de allí aquella noche, y le dejarían el paso libre y desembarazado, que era lo que se pretendía, como en efeto lo hicieron. Pasó otro día, 12 de marzo, nuestro campo a Lanjarón, y los moros mostraron querer hacer algún acometimiento; mas don Martín de Padilla con la caballería de la vanguardia les dio la carga hasta el lugar de Cáñar, y los escarmentó de manera, que no parecieron más. Y de un moro que se prendió se supo como Aben Aboo había encomendado el castillo de Lanjarón al Rendedi con cuatrocientos moros, con orden que lo sustentase, mas no se atrevió a parar en él; antes en viendo llegar nuestra vanguardia, salieron huyendo los que estaban dentro, y se pusieron a dar grita a los cristianos desde la otra parte del río. No pudo llegar la retaguardia aquella noche a Lanjarón, y para esperar la escolta que iba de Acequia se detuvo un día en este alojamiento, y a 14 de marzo caminó la vuelta de Órgiba. Desde este alojamiento fue Francisco Gutiérrez de Cuéllar a informar a su majestad del estado de las cosas de la guerra, y volvió luego a Granada con la orden de lo que se había de hacer, y asistió en el Consejo con el Presidente hasta que se acabó de allanar la tierra. Llevaba el Duque su campo bien ordenado conforme a la disposición de la tierra por donde iba, que era difícil de hollar por su aspereza. Iban los escuadrones de la infantería prolongados de a once soldados por hilera para formarlos con brevedad cuando fuese menester, y las mangas de arcabucería ocupando de un cabo y de otro las cumbres y los pasos peligrosos; el bagaje muy recogido, y guarnecidos los lados de arcabucería, y la caballería puesta siempre en parte que pudiese salir a hacer sus acometimientos sin turbar las ordenanzas, y las cuadrillas de la gente del campo sueltas delante descubriendo la tierra, y algunos caballos con ellas. Y llegando al paso donde se entendía que habría alguna resistencia, el Rendedi y otros capitanes con él, que tenían tomadas las cumbres de las sierras, se descubrieron con más de tres mil moros; y dando muestra de querer defender el paso, comenzaron a desvergonzarse y a hacer algunos acometimientos animosos, aunque de poco efeto, porque el Duque les mandó dar una fuerte carga; y se les dio tal, que no pararon hasta meterse en las sierras, recibiendo daño y haciendo poco, y dejando algunas armas, y entre ellas la más hermosa escopeta turquesca que se había visto en estas partes, porque tiraba onza y cuarta de pelota, y tenía diez palmos de cañón. Desocupado el paso, nuestro campo fue a alojarse a Albacete de Órgiba, donde estuvo más de veinte días haciendo un fuerte en que poder dejar mil hombres de presidio, por causa de las escoltas. En este tiempo Aben Aboo llegó algunas veces a desasosegar nuestro campo: envió cuatrocientos escopeteros, a 19 días del mes de marzo, a que procurasen prender algún cristiano para tomar lengua; los cuales llegaron a tiempo que pudieran hacer algún efeto si el duque de Sesa no previniera, enviando luego cien caballos y docientos arcabuceros, que pelearon con ellos un buen rato y los desbarataron; y matando diez y siete moros, les ganaron una bandera y captivaron dos alpujarreños, de quien se supo la cantidad de gente que Aben Aboo tenía en Poqueira, y como pensaba pelear en aquel paso y le tenía reparado. Dos días después desto envió dos mil hombres; y estando el duque de Sesa en misa, que quería recibir el Santísimo Sacramento, hincado de rodillas delante el preste, se descubrieron de la otra parte del río como trecientos moros escopeteros con una bandera blanca, puestos en tan buena orden como si fueran soldados práticos. Y como los atambores tocasen arma y los soldados se recogiesen alborotadamente a las banderas viendo que llegaban los enemigos cerca de los alojamientos, el Duque, conociendo del sacerdote que se había alterado, le dijo mansamente que se reportase y que prosiguiese en el oficio sin alteración; y cuando hubo comulgado con mucha devoción, salió luego a poner su gente en ordenanza. Mandó a don Jorge Morejón, vecino de Antequera, que con la caballería de su cargo y algunos arcabuceros a las ancas fuese la vuelta de los moros, los cuales les hicieron rostro, y hechos una muela sobre un cerrillo, comenzaron a escaramuzar con ellos, saliendo de diez en diez con tan buena orden, como si fuera gente disciplinada en la milicia. Desta manera tuvieron suspenso y puesto en arma nuestro campo hasta las cuatro de la tarde, y a esta hora, dando muestra que se retiraban a la sierra que cae a la parte de mediodía, asomaron las banderas con el golpe de la gente hacia Poqueira. Mas ya a este tiempo el duque de Sesa, sospechando el ardid del enemigo, y que llamaba por una parte para acometer por otra, se había puesto a su frente; y mandando a don Jorge Morejón que se retirase, estaba con sus ordenanzas aguardando a que los enemigos bajasen. Luego se entendió que no venían a pelear y que aquella representación que hacían, solamente era para desasosegar nuestro campo y para que no se entendiese la flaqueza que de su parte había. Desta manera estuvieron los unos y los otros puestos en arma. Los moros hicieron gran cantidad de fuegos por todos aquellos cerros al derredor, y estuvieron haciendo algazaras hasta media noche y tocando los atabalejos y dulzainas, y al cuarto del alba se retiraron a Poqueira. El duque de Sesa estuvo siempre puesto en arma hasta que supo que el enemigo estaba retirado, y entonces mandó que se fuesen las banderas a sus cuarteles. Dejemos agora al duque de Sesa; que adelante diremos otras cosas que sucedieron en este alojamiento, y digamos la orden que se tuvo en este tiempo en sacar los moriscos de paces de la vega de Granada.
Cómo se sacaron los moriscos de paces de los lugares de la vega de Granada, y los llevaron la tierra adentro, y la orden que en ello se tuvo
Para necesitar a los rebeldes y reducirlos a extrema miseria, ninguna cosa convenía más que quitarles los moriscos de paces que quedaban en el reino de Granada; porque metiéndolos la tierra adentro, se les quitaba de todo punto la comodidad de poderse rehacer de [324] gente, y especialmente de avisos, armas y bastimentos, que les daban secretamente. Deste parecer había sido siempre el licenciado Alonso Núñez de Bohorques, y lo estaban ya los del Consejo, y especialmente el duque de Sesa y don Pedro de Deza; y habiéndose dado y tomado sobre el negocio, y consultádolo a su majestad, se resolvió en que se hiciese ansí. Quisiera mucho su majestad que don Juan de Austria sacara los de Guadix y Baza y de los lugares de su jurisdición antes de entrar en el río de Almanzora; y así lo había escrito por carta de 24 de febrero, que los recogiese con el menor escándalo que ser pudiese, dándoles a entender que se hacía por su bien, y dejándoles llevar sus mujeres y hijos y bienes muebles; el cual había dejado de hacerlo por hallarse ya en el alojamiento de Serón cuando recibió la carta, y parecerle que no convenía volver atrás ni dividir el campo, y que se podría hacer con mejor comodidad cuando llegasen las banderas de los dos mil infantes que venían de Castilla y del reino de Toledo a cargo de don Juan Niño de Guevara, deteniéndolos algún día en aquellas ciudades con achaque de tomarles muestra, porque de necesidad los habían de encerrar en las iglesias en un mesmo día, como se había hecho con los del Albaicín de Granada, para quitarles la comodidad de poderse ir a las sierras; cosa que ninguno dejara de hacer pudiendo, según lo mucho que sentían haber de dejar sus casas; y ansí lo escribió a su majestad. Después desto, por carta de 5 de marzo su majestad replicó que le había parecido bien lo que decía; y que después de haberle enviado la primera orden, se había acordado en el Consejo que en todo el reino de Granada no quedase morisco de paces; y que pareciéndole, lo remitiese al presidente don Pedro de Deza, dándole calor y gente para que lo ejecutase, por estar menos ocupado que él ni el duque de Sesa. Y aunque todavía don Juan de Austria dificultaba el negocio por el poco número de gente que había fuera de los dos campos, y decía que en la forma de ponerlo el Presidente en ejecución se le representaban las mesmas dificultades que a él, y que en ninguna manera se podía desmembrar parte de la gente que llevaba, sin la fuerza de la cual no se debía intentar negocio tan arduo como era sacar los moriscos de sus casas; y que todavía sería bien aguardar a que llegase la gente de Castilla, como había dicho, y a que se hiciese algún buen efeto en lo que traía entre manos, como hombre que deseaba hacerlos todos por su persona, todavía su majestad, resuelto en que no convenía dilación, por otra carta de 21 de marzo le avisó como, por excusar que no se dividiese el campo, se había cometido al Presidente que lo hiciese él con la gente de las ciudades y de los señores que estaban cerca de Granada; y que por no perder ocasión había parecido no aguardar a la que venía de Castilla. Con esta carta se le envió la orden para que la enviase al Presidente y le advirtiese de lo que le ocurría sobre ello. Hubo duda si quedarían algunos moriscos principales regidores, y que tenían privilegios particulares para traer armas, y otros que no las traían y habían servido extraordinariamente después del levantamiento, o si sería el llevarlos cosa general, de manera que no quedase ninguno; y su majestad, como príncipe justo, quiso guardar las preeminencias a los que lo merecían, y ansí mandó que se hiciese. Llegada esta orden a don Pedro de Deza, luego puso en ejecución lo que tocaba a despoblar las alcarías de la vega de Granada. Nombró por comisarios, regidores y personas principales de la ciudad, que fuesen a encerrarlos en las iglesias, y les dijesen cómo su majestad, por hacerles bien, los quería apartar del peligro en que estaban, y meterlos la tierra adentro, donde viviesen seguros mientras se acababan aquellos trabajos; y mandó que les dejasen vender todos sus bienes muebles, y que no les consintiesen hacer molestia ni vejación alguna. Y para que tuviesen mejor despacho en el pan y ganados, que no podían llevar consigo, mandó al Proveedor general que lo tomase para provisión de la gente de guerra, pagándoles el trigo y cebada de contado a la tasa, y los ganados a precios justos y moderados. Con estas cosas se aseguraron, y con igual quietud y desconsuelo se encerraron en las iglesias domingo de Ramos, 19 días del mes de marzo deste año de 70, y los llevaron al hospital real de Granada. Juan Sánchez de Obregón, veinte y cuatro de aquella ciudad, sacó los de Otura con la gente que allí estaba alojada. Los de Ugíjar, la alta y la baja, retiró don Pedro de Vargas con la gente que estaba alojada en las proprias alcarías y otra que se le dio de la ciudad; y don Martín de Loaysa, con una compañía de infantería de Villanueva de la Serena, recogió los de Churriana. Este fue el primer tercio, y en el segundo fueron para el mesmo efeto Pedro Nuño, con infantería de la ciudad, a Albolote; Alonso López de Obregón, con la gente de la hermandad y la de su parroquia, fue a Armilla; Juan Moreno de León, a Belícena, y don Diego Zapata al Atarfe; y a Pinós, Luis de Béjar, alguacil mayor de Granada, con gente que a todos estos se dio de la que había en la ciudad y la que don Diego Zapata traía consigo. En el otro tercio fueron el capitán don Antonio de Tejeda, vecino de Salamanca, con su compañía de infantería, a Alhendín, y don Pedro y don Miguel de León, con la gente de Medina del Campo, a Gabia la Grande. Hecho esto se echó un bando general, que todos los moriscos que habían quedado en Granada y en las otras alcarías y cortijos de su jurisdición, saliesen luego del reino, so pena de la vida. Los del primer tercio se juntaron en Churriana, y el siguiente día fueron con escolta a Santa Fe, y de allí a Illora y a Alcalá la Real con otra escolta de gente de la tierra. En esta ciudad los detuvieron un día, esperando que llegasen los del segundo tercio, que se habían juntado en el Atarfe y salido por Pinós a Moclín, y con la gente de aquella villa y de sus cortijos, volviéndose la escolta, los llevaron a Alcalá la Real, donde se juntaron con ellos, y juntos fueron a Alcaudete, a la Torre de don Jimeno, a Mengíbar, a Linares, a las ventas de Arquillos, a Santisteban del Puerto, al Castellar, a Villamanrique, a Valdepeñas, a Almagro y a Ciudad Real, donde los entregaron a las justicias para que tuviesen cuenta con ellos, y allí quedaron hechos moradores. El postrer tercio de los de Alhendín y Gabia fueron el siguiente día con escolta a Colomera, y los de aquella villa los llevaron al Campillo de Arenas, y de mano en mano a Jaén, a Baeza, a la torre Perogil, a Villacarrillo, y a la Torre de Juan Abad, donde los entregaron al gobernador del partido de Montiel para que los repartiese en aquellos lugares. Esta nueva llegó a su majestad estando en Córdoba, y holgó extrañamente de ver la facilidad [325] con que se había hecho, porque le ponían mil inconvenientes, y loó la buena diligencia y la resolución que se había tenido en la ejecución de aquel negocio. Dejemos agora la saca de los otros moriscos de paces, que a tiempo seremos, y vamos a don Juan de Austria, que ha rato que nos espera en el río de Almanzora.
Cómo don Juan de Austria fue sobre la villa de Tíjola, y cómo el capitán Francisco de Molina y don Francisco de Córdoba tuvieron pláticas con el Habaquí, persuadiéndole a que se redujese
Partió don Juan de Austria del alojamiento de Serón, donde se detuvo algunos días dando orden en la provisión de los bastimentos, a 11 días del mes de marzo, y fue el mesmo día a poner su campo sobre Tíjola. Esta villa está una legua de Serón, yendo el río abajo en la propria acera. Fue antiguamente edificada por los moros sobre un monte áspero y fragoso, cercado todo de peñas muy altas, que no dan más de una entrada bien dificultosa a la parte de la sierra; y los moradores, por caerles tan a trasmano la morada antigua para sus labores, habían bajádose a vivir al pie del monte, cerca de las huertas y del río. Los cuales en la ocasión de este levantamiento repararon los caídos muros, y se recogieron a lo alto con sus mujeres y hijos; y fortaleciéndose lo mejor que pudieron, cuando supieron que don Juan de Austria iba sobre ellos, metieron dentro a Caracax con cincuenta turcos de guarnición; y estando confiados en la fortaleza del sitio, y proveídos de bastimentos, pensaban defenderse dentro de cualquier impetuoso acometimiento. Alojose nuestro campo en el lugar bajo y las huertas; y para tener cercados a los enemigos y quitarles el socorro, mandó luego don Juan de Austria que don Pedro de Padilla con su tercio ocupase la montaña que cae a la parte de Purchena, por donde les podía venir; y que mil arcabuceros del tercio de don Lope de Figueroa ocupasen otra montaña que cae hacia Serón, donde se habían de poner las baterías. Había dentro del fuerte mil moros de pelea, y entre ellos trecientos escopeteros; los demás todos eran de armas enhastadas de poca importancia; los cuales salieron algunas veces a escaramuzar, queriendo defender el alojamiento, y siempre se retiraron con daño. Atendió don Juan de Austria a plantarles la artillería por dos partes, y no se pudo comenzar a batir hasta 21 de marzo, por ser muy dificultoso el subirla a lo alto; tanto, que fue necesario desencabalgar cuatro piezas de bronce, de las que llamaban de la nueva invención, de peso de diez y ocho quintales cada una, para subirlas con un nuevo artificio en el aire, arrimando dos árboles gruesos y muy largos a una peña tajada, y por cima de ellos tiraban las piezas arriba con carruchas y maromas: tanto puede el ingenio y la fuerza de los hombres; y de la mesma manera subieron las cureñas y las ruedas, y los tablones y maderos para hacer la plataforma. Mientras esto se hacía, el capitán Francisco de Molina, que tenía conocimiento con Hernando el Habaquí, general de los moros, y había posado en su casa en el lugar de Alcudia siendo cabo de la gente de guerra de Guadix, y héchole algunas buenas obras antes que se fuese a la sierra, pidió licencia a don Juan de Austria para escribirle una carta aconsejándole que se redujese, porque entendía que tomaría su consejo. Estaba el Habaquí en Tíjola poco antes que nuestro campo llegase; y como hombre poco amigo de estar cercado, había ídose a meter en Purchena, y allí tenía recogida la fuerza de los moros del río de Almanzora; y como Francisco de Molina sabía los tratos que había entre él y don Hernando de Barradas, quisiera que se efectuara el negocio por su mano, confiado en la amistad que con él tenía. Y siéndole concedida la licencia que pedía, le escribió luego que holgaría mucho que se viesen, con ocasión de tratar algunas cosas convenientes y muy necesarias al bien de los cristianos y de los moros, y de dar orden en lo de los prisioneros, porque los turcos se quejaban que en prendiendo alguno dellos le ahorcaban, y que se les hacía mala guerra, siendo soldados aventureros, y no vasallos rebelados. Esta era la letra de la carta; mas el moro, que tenía buen entendimiento, coligió el fin a que se le escribía, y respondió que el siguiente día saldría media legua de Purchena con cuarenta de a caballo y cincuenta escopeteros de a pie, y que fuese de su parte con otros tantos, porque allí tratarían de lo que decía. Salió Francisco de Molina al puesto con cuarenta caballos, y entre ellos algunos caballeros y capitanes, que holgaron de acompañarle por ver al Habaquí y a los turcos que venían con él; y hallando al moro que le estaba esperando con cuarenta de a caballo y quinientos peones escopeteros, le envió a decir que no era razón que llegase con más gente de la que él llevaba; que dejase atrás los peones, y se adelantase con sola la caballería. El moro holgó dello, y adelantándose los dos capitanes, el nuestro solo, y el Habaquí con dos turcos aljamiados a los lados, que como gente sospechosa, no se fiando de su capitán, quisieron hallarse presentes y oír lo que trataban, estuvieron un rato hablando en conformidad de lo que Francisco de Molina había escrito, y concluyeron su plática con que era cosa razonable hacer buena guerra a los prisioneros, y lo contrario crueldad; y que se hiciese ansí, porque ellos holgarían mucho dello. Queriendo pues Francisco de Molina apartar al Habaquí de los turcos para decirle el negocio principal, como por vía de amistad le dijo: «Estos gentileshombres turcos tendrán gana de beber; a mí me traen ahí unas conservas: comámoslas y bebamos en buena conversación; que no es inconveniente para que mañana dejemos de darnos de lanzadas». El moro entendió el fin a que lo decía, y dijo que le placía; y haciendo traer allí Francisco de Molina una acémila en que llevaba cosas de comer y unos frascos de vino, llegaron los turcos a comer y beber de lo que iba en los cestones. Y mientras comían y bebían tuvo lugar de apartar al Habaquí, y le dijo desta manera: «Señor Hernando el Habaquí, sabed que no me trae aquí otro negocio sino el amor que os tengo por el regalo que recebí en vuestra casa; y como amigo os aconsejo que volváis al servicio de su majestad, teniendo consideración cuán estrecha cárcel es la en que están los que sirven a tiranos si se quieren conservar en la tiranía, y a que los que sirvieron a los Reyes Católicos y perseveraron en lealtad se les hizo mucha merced, y los que dellos descienden están hoy en día ricos y muy honrados. Y pues tenéis buena ocasión para entrar en este número, no será bien que la dejéis pasar». A esto respondió el moro que le agradecía mucho el buen consejo que como verdadero amigo le daba, y [326] que holgaría de tomarle; mas que había de ser de manera que los turcos ni los moros no recibiesen daño por su respeto. «Muchos medios habrá, dijo Francisco de Molina, por donde eso se pueda conservar, y el servicio que de presente podréis hacer, es que aconsejéis a los moros que dejen las fuerzas del río de Almanzora y se recojan todos a la Alpujarra; y después de juntos podréis persuadirlos a que se reduzgan, pues ven cuán mal pueden sustentarse contra el poder de un rey tan poderoso, que tan aparejado está para usar con ellos de clemencia si se ponen libremente en sus manos, siendo, como son, sus vasallos y naturales de su reino». El Habaquí le respondió que en cuanto a las fortalezas, él haría de manera que su majestad entendiese que le deseaba servir, y en cuanto a lo demás se vería con Aben Aboo y con sus deudos y amigos, y le respondería dentro de diez días. Y con esto se despidieron el uno del otro sin que los turcos entendiesen la materia de que habían tratado, según nos certificó después el Habaquí; el cual escribió a 20 días de marzo otra carta a Francisco de Molina, diciéndole que se tornasen a ver; y por estar ocupado en plantar la artillería, mandó don Juan de Austria a don Francisco de Córdoba, que por mandado de su majestad había venido aquellos días al campo para asistir en el Consejo en lugar de Luis Quijada, fuese a ver lo que quería; el cual se fue a ver con él, y confirmó el moro lo que había prometido a Francisco de Molina, y quedó muy contento de la oferta que don Francisco de Córdoba le hizo de parte de don Juan de Austria.
Cómo don Juan de Austria combatió y ganó la villa de Tíjola
Vuelto el Habaquí a Purchena a 21 días del mes de marzo, hizo pregonar que todos los moros se recogiesen a la Alpujarra, diciendo que no les convenía defenderse en las fortalezas, porque los cristianos los degollarían a todos, como habían hecho a los de Galera, y harían a los de Tíjola si no se salían con tiempo antes que les echasen los muros encima; y despachó aquella noche un moro a los cercados, a que les dijese que se saliesen del fuerte lo más secretamente que pudiesen, porque en ninguna manera los podía socorrer. En este tiempo estuvo toda la artillería a punto para poder batir, y se tuvo aviso cierto del estado de los cercados por un renegado siciliano, natural de la ciudad de Trapana, llamado Felipe, y en turquesco Mami, que se vino a nuestro campo. Este dijo la gente que había dentro, y como estaban los moros tan acobardados, que a palos no podían los turcos hacerlos ir a la muralla, por miedo de la artillería. Que habían intentado de huir la noche pasada cuando llegó el hombre del Habaquí; y no habiendo podido, pensaban salir huyendo la siguiente noche por la puerta del lugar que sale al río, desconfiados del socorro de Purchena; aunque algunos había que no tenían perdida la esperanza de ser socorridos. Que tenían trigo y cebada en abundancia, y unos molinillos de mano en que lo molían; carne poca, y no otro género de bastimentos. Que bebían del agua de una cisterna después que se les había quitado poderla tomar del río, y la repartían por una medida pequeña; y había tanto número de mujeres y niños, que no les podía durar dos días, y que los moros estaban inclinados a rendirse, si no fuera por los turcos que se lo defendían. Habían batido los nuestros este día, que fue miércoles de la Semana Santa, 22 días del mes de marzo, la villa y el castillo por seis partes desde la mañana hasta la tarde; y aunque la una batería, que estaba puesta a la parte del castillo, había hecho muy grande efeto, y parecía que se podría entrar por ella, no se resolvió don Juan de Austria en que se hiciese, por los inconvenientes que suelen suceder en los asaltos que se dan de noche; y como el principio de la presente fuese con muy grande niebla y oscuridad y con alguna agua, los moros, que se vieron perdidos, aprovechándose de la ocasión del tiempo, salieron por diferentes partes del lugar, y se repartieron, huyendo por las cañadas y quebradas de los montes, cada cual hacia donde su fortuna le echaba, dejando las riendas de su huida al antojo, que guiase por do quisiese. La gente que estaba de guardia sintió el ruido, y tocando arma, cuando entendieron que los moros se iban, corrieron los soldados a la batería, y entraron por ella sin hallar quien la defendiese; de manera que en muy poco espacio el lugar fue lleno de cristianos; y de los enemigos que cayeron en manos de las guardas que estaban puestas a todas partes por el aviso del renegado, fueron muertos muchos; captiváronse muchas mujeres, y ganose un rico despojo que habían recogido los moros en aquel lugar fuerte. Y hiciéraseles mucho mayor daño si la escuridad de la noche no fuera tan grande, que con ella y con tomar el nombre y contraseño a los cristianos, se salvaron muchos moros aljamiados, ellos y sus compañeros. Hubo muy grande desorden en nuestra gente, porque dejó la artillería y los cuarteles, y se fue a saquear el lugar; coyuntura bien importante al enemigo, si llegara con algún socorro; aunque don Juan de Austria mandó recoger los más soldados que se pudieron haber, y envió personas de recaudo que estuviesen en la artillería; y porque se iban muchos con la presa, proveyó luego cuarenta caballos que corriesen la vuelta de Serón, con orden que no dejasen pasar ningún soldado. Escribió a don Juan Enríquez a Baza, y a Antonio Sedeño a Serón, que todos los que acudiesen hacia aquella parte los prendiesen y se los enviasen; lo cual todo proveyó con increíble presteza aquella noche. Otro día en amaneciendo subió al lugar, y al parecer era tan fuerte, que si se hubiera de tomar por asalto, no pudiera ser sin gran daño de nuestra gente. Luego se entendió como los moros que se habían ido había sido por ciertas quebradas que fuera imposible podérselo estorbar los soldados; con todo eso fueron muertos y captivos más de cuatrocientos, y los que huyeron aportaron a Purchena con tanto miedo y espanto, que fue causa que huyesen la mayor parte de los que allí había, como lo hicieron; y los que quedaron se dieron a merced de su majestad a don García Manrique, a quien don Juan de Austria envió con la gente de a caballo a saber lo que pasaba; el cual se metió luego en la fortaleza, y recogió dentro todas las mujeres y ropa, pareciéndole pertenecerle por haberse rendido a él; mas don Juan de Austria gustó poco de aquella diligencia, y envió a don Jerónimo Manrique que se fuese a poner en ella con cuatro compañías de infantería mientras llegaba el campo; y ordenó a Lorenzo del Mármol, mi hermano, que se apoderase de todas las moras y de los bienes muebles que había [327] en la fortaleza, en nombre de su majestad, para repartirlo todo por su mano, como lo hizo.
Cómo don Juan de Austria pasó a Purchena
Sábado víspera de pascua de Resurrección, a 25 días del mes de marzo, partió don Juan de Austria con su campo de Tíjola, dejando destruida y asolada aquella villa, y fue a alojarse en las huertas que están debajo de Purchena: pareciole el lugar tan fuerte, que holgó de ver que los enemigos hubiesen hecho tan buena obra en dejarle y irse. Habían quedado dentro como docientas personas, los más dellos impedidos, que no pudieron huir. Señaló cuatro compañías de infantería y una de caballos para la guardia della y seguridad de las escoltas, a orden de Antonio Sedeño, que mandó venir allí de Serón, y en su lugar envió al capitán Hernán Vázquez de Loaysa. Mandó repartir las moras y todos los bienes muebles que había dentro de la fortaleza entre los capitanes y gentileshombres que andaban cerca de su persona, y el siguiente día envió a don Francisco de Córdoba con dos mil infantes y algunos caballos a la fortaleza de Oria, donde fue avisado que el alcaide no había querido recebir ciertos moros que se le venían a reducir, por no concederles las vidas; aunque lo más cierto era que los entretenía hasta dar aviso a algunos capitanes sus amigos que saliesen a esperarlos en el camino, y los captivasen cuando fuesen a reducirse. Esto se entendió luego en nuestro campo, y don Juan de Austria mandó a los capitanes que estaban aparejados para ir a correr, que no fuesen, y a don Francisco de Córdoba que se informase si había alguna cautela o engaño en el negocio; y si acaso viniesen a reducirse, los admitiese, y no consintiese hacerles daño, porque no convenía que se siguiese tan grande inconveniente en coyuntura de la redución que el Habaquí comenzaba a tratar. Llegó don Francisco de Córdoba a Oria, y halló en una rambla junto al castillo algunos moros, que se le dieron luego llanamente a merced de su majestad con sus mujeres y hijos; y queriendo saber del alcaide con qué orden trataba de reducir los moros, y cómo no había dado aviso a don Juan de Austria, dio por descargo que ellos mesmos se le habían ofrecido, que entendiendo que no le decían verdad, no había dado noticia. Luego entendió don Francisco de Córdoba la malicia, y llevando el negocio cuerdamente admitió aquellos moros, y dejó orden al alcaide que los recogiese allí hasta que se le enviase a mandar lo que había de hacer dellos, y que admitiese todos los que viniesen a reducirse, y les hiciese todo buen tratamiento. Y con esto, viendo que los moros habían desamparado la fortaleza de Cantoria, volvió aquel día a Purchena, donde dejaremos agora a don Juan de Austria, para acudir a lo que hacía en este tiempo el duque de Sesa con el otro campo que tenía en la villa de Órgiba, y decir lo que don Diego Ramírez, alcaide del castillo de Salobreña, y don Juan de Castilla hicieron sobre el castillo de Vélez de Ben Audalla y el fuerte de Lentejí.
Cómo se ganaron estos días el castillo de Vélez de Ben Audalla y el fuerte de Lentejí
Estando el duque de Sesa en el alojamiento de Órgiba, supo cómo los moros habían puesto gente de guarnición en el castillo de Vélez de Ben Audalla, y que salían a hacer daño a los que pasaban por el camino de Motril y por toda aquella costa; y luego envió sobre él a don Juan de Castilla con mil infantes y docientos caballos, y escribió a don Diego Ramírez, alcaide de Salobreña, avisándole del efeto para que enviaba aquella gente, y pidiéndole con mucha instancia que fuese a hacer aquella jornada por su persona, porque convenía mucho al servicio de su majestad quitar de allí aquella ladronera. Llegado don Juan de Castilla a Salobreña, don Diego Ramírez puso en orden dos piezas de batir, una culebrina y un cañón reforzado, y otras dos pequeñas, para tirar a las defensas; y porque los moros no se fuesen antes que llegase, mandó a Francisco de Arroyo el cuadrillero que se adelantase con la gente de su cuadrilla y una compañía de caballos, y se fuese a meter de parte de noche en las casas del lugar, que estaban despobladas, por bajo del castillo al pie del cerro; y con toda la otra gente partió de Salobreña a 26 días del mes de marzo cuando anochecía. Y porque no podía ir la artillería encabalgada, a causa de la mucha aspereza del camino, la hizo desencabalgar y llevar arrastrando sobre tablones a fuerza de brazos al pie de dos leguas por el río de Motril arriba. Francisco de Arroyo se metió harto encubiertamente en las casas, conforme a la orden que llevaba; mas los soldados no tuvieron el silencio que convenía, y fueron sentidos por los moros, que estaban escandalizados de haber visto pasar la gente que llevaba don Juan de Castilla; mas luego se aseguraron, porque Francisco de Arroyo tuvo habla con ellos, y les dijo que era una escolta grande que iba por bastimentos. No pudo allegar nuestra gente hasta otro día, por el embarazo de la artillería, y aquella noche despachó don Juan de Castilla al duque de Sesa un peón pidiéndole más gente y vituallas; el cual le envió quinientos arcabuceros con los capitanes Juan de Borge, Íñigo de Arroyo Santisteban y Luis Álvarez de Sotomayor. Y poniendo luego cerco al castillo, que está sobre un cerro redondo, alto y fragoso, tan exento, que no se podía subir arriba sin manifiesto peligro, fueron luego los capitanes a reconocerle, y determinaron de plantar la artillería en lo alto del cerro, en un sitio harto llano a cincuenta pasos del muro, y porque no podía subir en las carretas, la llevaron los soldados sobre los tablones y puertas que hicieron quitar de las casas del lugar, allanando con fagina y piedra algunos pasos dificultosos. Plantada la artillería, comenzaron a batir la mesma tarde, siendo ya la oración; y estando repartiendo la pólvora a sus soldados el capitán Luis Godínez de Sandoval, prendió fuego en ella, y se quemaron él y los que estaban allí cerca. Los moros se defendían, y mataron dos soldados desde los traveses con las escopetas; y viendo que les aprovechaba poco su vana defensa, tuvieron habla con algunos soldados de los que hacían guardia delante de la puerta del castillo, y dándoles buena suma de dineros, los dejaron ir a media noche con sus mujeres y ropa. Esto se entendió ser trato, porque aunque las centinelas tocaron arma, los que iban guiando a los moros les dijeron que era la ronda que andaba requiriendo las centinelas, y desta manera pasaron, dejando burlados a los capitanes, sin que se pudiese saber quién fueron los autores del negocio, aunque hubo algunos indiciados, [328] que después los tuvo presos el duque de Sesa sobre ello. Otro día de mañana, viendo que los moros no tiraban, envió don Juan de Castilla a reconocer el castillo; y hallándole solo, que no habían quedado dentro sino un moro viejo y tres moras que no se podían menear, le ocuparon; y dando aviso al duque de Sesa del suceso, holgó que no le hubiesen batido, y mandó meter cien soldados dentro de guarnición, por estar en paso conveniente, dando orden a Juan González Castrejón que levantase ciento y cincuenta hombres para aquel efeto, porque no fuese menester dejar allí la gente del campo. No fue pequeño el daño que hicieron los codiciosos en dejar ir aquellos moros; porque, demás de estar dentro siete capitanes de cuadrillas, en quien se pudiera hacer ejemplar castigo, en saliendo de allí fueron a tomar los pasos por donde habían de volver nuestros soldados al campo del duque de Sesa; y como fuesen muchos desmandados, dieron en ellos, y mataron y captivaron tantos, que se pagaron bien del daño recebido. En este mesmo tiempo el capitán Antonio de Berrío, que estaba de presidio en las Guájaras, fue sobre el lugar de Lentejí, donde los moros tenían hecho un fuerte, en que se habían metido algunos dellos, y acometiole con tanta determinación, que no osaron aguardalle. Desmandáronse los soldados con cudicia de captivar cantidad de moras que iban huyendo; y hubiéranse de perder, si el capitán, como hombre prático y experimentado, no mantuviera cuerpo de gente junta, porque los moros, viendo sus mujeres y hijas captivas, tornaron a rehacerse, y dando en los desordenados, mataron y hirieron algunos dellos; mas Berrio socorrió animosamente su gente, y desbaratando a los enemigos, recogió la presa y se retiró con ella a su alojamiento.
De un ardid que usó Aben Aboo para romper una escolta que iba al campo del duque de Sesa con bastimentos
Estaba el duque de Sesa a punto para arrancar de Órgiba con un hermoso campo bien armado y de gente muy lucida; solamente le faltaban bastimentos, porque había consumido una infinidad dellos en aquel alojamiento; y para efeto que viniese una gruesa escolta, envió al capitán Andrés de Mesa con quinientos arcabuceros y algunos caballos y todos los bagajes, a que los hiciese cargar en Acequia y en el Padul, y acompañase los que venían de la ciudad de Granada. Siendo pues avisado el enemigo como iba tan grande escolta la vuelta del Padul, pareciéndole que ninguna cosa haría más a su propósito que romperla, determinó de dar en ella; y para poderlo hacer más a su salvo, mandó a Pedro de Mendoza el Xoayby y al Macox y al Dali que fuesen a meterse en emboscada con dos mil moros y le atajasen el camino a la vuelta; y mientras ellos hacían el efeto, fue con la otra gente que tenía a dar vista a nuestro campo para entretener al duque de Sesa. Había nueve días que no se descubría moro ni se tenía nueva cierta de donde estaba el enemigo; y aquella mañana una cuadrilla que había ido a correr trajo dos moros presos, de quien se supo como estaba todavía en Poqueira, y que se habían venido para él muchos moros del río de Almanzora. Este día, 4 de abril, a las cuatro de la tarde se descubrieron los enemigos en tres emboscadas, a la parte de la sierra de Bujol y sobre el camino a la mano derecha que va al puerto de Jubiley. El Duque envió a don Jorge Morejón con algunos caballos y arcabuceros de a pie a que los alargase de donde estaban; con los cuales tramó escaramuza, y los moros se fueron retirando a lo alto, yendo tan cebados en ellos los caballos, que entendiendo el duque de Sesa lo que fue, mandó que les hiciesen espaldas mayor número de arcabuceros; porque los moros, reconociendo su ventaja y que los de a caballo no se podían aprovechar en la tierra donde estaban, acometieron a darles una carga; mas no les fue bien dello, porque nuestros arcabuceros se hubieron valerosamente con ellos y los retiraron con daño, quedando un solo cristiano herido. En este tiempo parecieron hacia Poqueira gran cantidad de enemigos, tan tarde, que no había ya una hora de sol, y hasta tres o cuatro caballos con ellos; y comenzando a bajar hacia donde los otros estaban, dieron muestra de querer ceñir nuestros alojamientos. Por otra parte el Duque hizo poner en Orden los escuadrones: reforzó unos cerrillos donde tenía gente y artillería, y asestándola contra los enemigos, trabó la arcabucería una buena escaramuza con ellos, habiendo un solo valle en medio. Los moros estuvieron arredrados; que no se osaron acercar hasta que, siendo ya tarde, nuestra gente pasó el barranco; y cargándoles la sierra arriba, los fueron siguiendo gran rato, matando y hiriendo muchos dellos; y como fuese ya muy tarde, el Duque mandó tocar a recoger, y Aben Aboo, sin hacer otro efeto, se retiró a la sierra, dejando más de cincuenta moros muertos. Hernando de Oruña, capitán viejo por edad y por larga experiencia, sospechando el desinio del enemigo, dijo al duque de Sesa este día que sin duda aquel había sido ardid de guerra, y que debía de haber enviado gente a tomar el paso a la escolta, y convenía enviar luego infantería y caballos que la asegurasen. Esto confirmó luego un moro que captivaron tres soldados que siguieron el campo de Aben Aboo; el cual dijo como su intento había sido entretener al Duque. Y luego que se entendió, envió a don Martín de Padilla con quinientos arcabuceros y ochenta caballos a que reforzase la escolta, y tras dél otros quinientos arcabuceros, porque fue avisado que se habían descubierto como ciento y cincuenta moros. Había Andrés de Mosa escrito al duque de Sesa aquel día desde Acequia avisándole como venía, y habíanle dado tan tarde la carta, que, según estaba confiado en la gente que había llevado, pudieran hacer los enemigos mucho efeto; los cuales, bajando por la sierra de Órgiba, se habían puesto en cuatro emboscadas en el paso entre Acequia y Lanjarón, y esperaban a que pasase para dar en la escolta, la cual había partido del Padul la propria mañana con dos mil y quinientos bagajes cargados, y venido aquella noche al lugar de Acequia. Y otro día de mañana, yendo la vuelta de Lanjarón, en llegando al paso del barranco, los moros de las emboscadas salieron por cuatro partes, y acometieron con tanto ímpetu que los soldados que iban repartidos en vanguardia y retaguardia no pudieron defender que no atajasen por medio y la rompiesen. Ocupáronse los enemigos luego en derramar vitualla, matar bagajes y escoger otros que llevarse cargados la vuelta de la sierra. El capitán Andrés de Mesa, viendo cuán mal podía pasar a favorecer la vanguardia ni remediar en tanta confusión el peligro [329] presente, porque ocupaba la escolta más de una grande legua de camino, tomando por delante los bagajes que pudo recoger, dio vuelta al lugar de Acequia, y puso en cobro todos los que no habían pasado del barranco. Don Pedro de Velasco, que por mandado de su majestad iba a dar priesa en la partida del Duque y a tomar relación del campo, peleó como esforzado caballero este día; y lo mesmo hicieron Juan de Porras vecino de Zamora, y Alonso Martín de Montemayor, vecino de Córdoba, y Lázaro Moreno de León, capitán de arcabuceros de a caballo y vecino de Granada, por defender hacia la parte que les tocaba; y matándole el caballo entre las piernas, se hubiera perdido don Pedro de Velasco, si no lo socorriera don Antonio de Sotomayor, hijo del licenciado Sotomayor, alcalde de chancillería de Granada. En esta refriega murieron doce moros y fueron heridos muchos, y de los cristianos hubo dos muertos y cuatro heridos. Y fuera mucho mayor el daño, si don Martín de Padilla no llegara a tiempo que pudo socorrer la gente y cobrar la mayor parte de los bagajes que llevaban los enemigos; y trayendo consigo los que se habían recogido en Acequia, dio vuelta con todos ellos al campo aquella noche bien tarde. Lleváronse los enemigos cuarenta bestias mulares cargadas de harina y de bizcocho; y hicieron tanto regocijo con ellas, como si hubieran ganado una grande vitoria. Prendió nuestra gente dos moros, el uno del Albaicín de Granada y el otro del lugar de Dílar; estos dijeron en el tormento que habían sido más de dos mil hombres los que habían dado en la escolta; que Aben Aboo tenía más de doce mil hombres, y docientos turcos escopeteros entre ellos, y que había fortalecido el paso de la puente de Poqueira, que está por bajo del lugar de Capileira, y en toda la cuesta había hecho grandes reparos y trincheas, y atravesado gruesos árboles en los caminos y veredas para que la caballería no pudiese pasar. Recogida la escolta en Órgiba, el duque de Sesa determinó de partir el siguiente día, y dando raciones y municiones a la gente, se puso todo en orden para marchar.
Cómo el duque de Sesa partió de Órgiba y fue a alojarse al aljibe de Campuzano, y de una refriega que tuvo con la gente de Aben Aboo
Con el aviso que tuvo el duque de Sesa de la fortificación del enemigo, acordó de hacer diferente camino del que pensaba; y dejando mil hombres de presidio en el fuerte que había hecho en Albacete de Órgiba, partió de aquel alojamiento a 6 de abril, yendo en su compañía el conde de Orgaz, el conde de Bailén, el marqués de la Favara, don Juan de Mendoza Sarmiento, don Martín de Padilla, don Luis de Cardona, don Luis de Córdoba, don Ruy López de Ávalos y don Gonzalo Chacón, y otros muchos caballeros aventureros. Llevaba en el campo ocho mil infantes, los seis mil y ochocientos tiradores, y quinientos y cincuenta caballos, sin la gente de los señores y de particulares, que era mucha; doce piezas de artillería de campaña y mil y quinientos bagajes; porque los demás envió luego a que fuesen trayendo bastimentos, y con ellos se volvió don Pedro de Velasco a Granada, para ir a dar cuenta a su majestad de lo que se le había cometido. Comenzó a subir nuestro campo por la sierra de Poqueira arriba, donde se había puesto el enemigo haciendo representación de mucha gente y de tener ocupadas las cumbres, caminando los escuadrones poco a poco, a paso tan lento, que habiendo partido bien de mañana, era ya hora de vísperas cuando llegó la vanguardia a vista de Poqueira, legua y media de camino, bien cerca de donde Aben Aboo estaba aguardando con toda la gente en el paso, creyendo que nuestro campo entraría por aquella parte, mas el Duque tomó diferente camino el río abajo por el rodeo, para ir entre Ferreira y el río Cádiar por el de Juviles, a un aljibe que llaman de Campuzano, que está a la asomada de Pórtugos. Hallándose el moro burlado, mandó hacer grandes ahumadas llamando los moros que acudiesen hacia donde marchaba nuestra gente, para que ocupasen otro paso de la sierra de Pitres, por donde forzosamente había de pasar, y hiciesen diversos acometimientos por muchas partes. Detúvose nuestro campo en pasar el río, que tenía las entradas y el lecho barrancoso y muy fragoso de peñas y piedras, tanto espacio, que los enemigos tuvieron lugar de llegar a tomar la delantera, a tiempo que el marqués de la Favara, habiendo pasado con la vanguardia, subía por el cerro arriba con la compañía de herreruelos de Sancho Vélez de Terán Montañés, y los caballos del conde de Tendilla y cuatrocientos arcabuceros, a ocupar la cumbre alta, que tenía a caballero el sitio donde se había de alojar el campo; el cual llegó peleando con los enemigos a unos peñascos tan ásperos y fragosos, que no pudo pasar; y estando los enemigos de la otra parte, le fue forzado hacer alto y esperar que llegase la batalla. A este tiempo los moros, que bajaban loor las laderas de las sierras, acometieron la retaguardia, y fue por tantas partes, que el Duque hubo de volver con la artillería y parte de la gente de a caballo, y acudiendo por su persona a todas las necesidades, con un tiempo frío, ventoso y lleno de nieblas, se entretuvo hasta puesto el sol, que llegó don Juan de Mendoza con la batalla bien tarde al lugar del alojamiento; y dando carga con la arcabucería a los moros que hacían muestra de quererse defender, los hizo retirar con daño, aunque hicieron muchos acometimientos. Quedaron los capitanes Centeno, vecino de Ciudad Rodrigo, y Luis Álvarez de Sotomayor, con sus compañías de infantería, de retaguardia de todo el campo en unos casarones que había en un llano y en un cerrillo junto a ellos, para hacer cuerpo mientras nuestra gente pasaba el río, y allí fueron acometidos por el Xoaybi con más de quinientos escopeteros y otra mucha gente de honda y asta; mas los capitanes defendieron su partido animosamente; y siendo socorridos por don Luis de Córdoba y Hernando de Oruña, que llevaban la retaguardia, retiraron los enemigos y mataron y hirieron muchos dellos, y llegada nuestra gente al río, los moros los acometieron de nuevo por muchas partes, y lo mesmo hicieron a la subida de la cuesta del aljibe, aunque con poco daño, porque les acudieron el buque y don Martín de Padilla y otros caballeros, que trabajaron harto este día. Y viendo los enemigos que no podían hacer efeto con sus acontecimientos, subieron a gran priesa a tomar el cerro que cae sobre el aljibe a la parte de Pórtugos; mas el Duque, sospechando algún acontecimiento por allí, mandó asestar la artillería contra [330] ellos; con la cual, y con la caballería y gente de a pie que cargó hacia aquella parte les defendió que no le ocupasen, y le ocupó él. Ya comenzaba nuestro campo a alojarse y se ponían las centinelas, cuando el marqués de la Favara se retiró. Hubo alguna desorden en el hacer del alojamiento, por ser de noche y el tiempo áspero; y fue herido don Gonzalo Chacón, que iba con el marqués de la Favara, y otros muchos soldados. Aben Aboo recogió su gente y se fue a poner frontero de nuestro alojamiento, el río en medio, tan cerca, que las escopetas alcanzaban a placer de una parte a otra, y hacían daño. Encendió muchos fuegos, y estuvieron los moros escopeteando a nuestra gente más de dos horas; y eran tantas las pelotas y las jaras que tiraban desde aquellas laderas, que no había seguridad en ningún cabo. El Duque se fortaleció con la arcabucería lo mejor que pudo hacia aquella parte, y anduvo siempre a caballo requiriendo los cuerpos de guardia y las centinelas; siendo la noche tan escura, que solamente se veían los hombres con el resplandor del fuego de los arcabuces. Duró el tirar desta manera hasta media noche, y de allí adelante el cansancio y las tinieblas hicieron treguas; y dejando los fuegos encendidos, caminaron los moros antes que amaneciese la vuelta de Juviles sin hacer más efeto; y si queremos decir verdad, ellos acometieron como muy buenos soldados este día; mas enflaquecieron y desbaratáronse como ruines. Entendiose que si cargaran de golpe aquella noche, corriera peligro nuestro campo, porque la confusión fue muy grande, y las palabras entre la gente común tan viles, que mostraban miedo, metiéndose muchos debajo de los bagajes, porque no les diesen las pelotas y jaras que volaban por el aire; mas valió mucho la resolución de los capitanes, caballeros y gente particular, y la provisión del Duque, enderezada a deshacer el enemigo sin aventurar un día de batalla; en lo cual parecía conformarse Aben Aboo y él, porque cada uno pensaba deshacer al otro, y romperle con el tiempo y falta de vituallas.
Cómo pasó el duque de Sesa a Pórtugos, y envió a correr las sierras
El duque de Sesa veló toda la noche, y la pasó con harto trabajo de su persona; y luego en siendo de día claro, queriéndose apartar de aquellos lugares ásperos y fragosos, mandando que toda la gente se pusiese en orden para caminar, y teniendo aviso de dos cristianos que vinieron huyendo del campo de los moros aquella noche, como el enemigo iba la vuelta de Juviles, y que tenía fortalecido el castillo, pensando defenderse en él, tomó por la loma de la sierra de Juviles, y sin llegar a Pórtugos, caminó todo aquel día hasta las tres de la tarde, que llegó al lugar de Cástares; y en un prado que está encima dél, donde había agua, aunque poca, alojó el campo, y mandó estar toda la gente en arma, creyendo que los enemigos harían algún acometimiento, porque estaba el alojamiento al pie de la sierra. Aquella mesma noche mandó a don Jorge Morejón que con sus caballos y los del conde de Tendilla, y cuatro compañas de infantería, cuyos capitanes eran don Hernando Álvarez de Bohorques, Juan Fernández de Luna, don Carlos de Samano y Íñigo de Arroyo Santisteban, fuese a reconocer a Juviles; el cual lo reconoció, y hallando que los moros lo habían dejado desamparado, y que no había nadie en el castillo, dio luego vuelta al Duque. Otro día siguiente partió el campo de Cástares, y fue a ponerse en Pórtugos, y en el camino las cuadrillas que iban delante descubrieron muchos moros, que hacían poca demostración de querer huir; mas el Duque llevaba la gente tan recogida, que no se desmandó nadie a escaramuzar con ellos. Desde este alojamiento fueron don Juan de Mendoza y don Luis de Córdoba con dos mil infantes y docientos caballos a correr la tierra; los cuales pasaron por lo alto de la sierra que cae sobre Ferreira, y dando de improviso en el lugar de Poqueira, le saquearon, y captivaron como cien personas que hallaron dentro. Derribaron el reparo y trinchea que tenía hecho el enemigo, que estaba muy curioso y fuerte; y corriendo toda aquella sierra, mataron y captivaron algunos moros, y se volvieron al campo sin hallar quien les hiciese estorbo, porque el enemigo, no habiendo podido conseguir su intento el día del aljibe, tampoco había osado aguardar en Juviles, y se había retirado con todo el campo a Mecina de Bombaron y a otros lugares dentro de la Alpujarra. Algunos entendieron que lo hizo por consejo del Habaquí, que decía que no se pusiese a riesgo de batalla con el Duque, que en todo le era superior, sino que le cansase acometiéndole con escaramuzas y necesitándole con hambre; porque aunque le desbaratase, habría ganado poco si formando su majestad mayor ejército, tornaba a enviarle sobre él; y que lo mejor sería entretenerle hasta que le viniese algún socorro de gente forastera. Esto mesmo nos dijo después en Andarax, Caracax, que le había aconsejado él, y que de esta causa no habían acometido el campo del Duque aquella noche. Desde este alojamiento mandó el duque de Sesa al licenciado Castillo, que iba con él, que escribiese algunas cartas en arábigo a sus amigos y conocidos, persuadiéndolos a que se redujesen y ni perseverasen en el camino de perdición que llevaban, y dándoles a entender que su majestad usaría de clemencia con ellos; una de las cuales llegó a manos del Darra; el cual, no se queriendo reducir a quedar en la tierra, se embarcó en unas fustas con su mujer y hijos y amigos, que pudo llevar, y se pasó a Tetuán.
Del progreso que el campo de don Juan de Austria hizo desde que partió de Purchena hasta que se alojo en Santa Fe de Rioja; y las diligencias que se hicieron cerca de la redución de los moros
Habiendo don Juan de Austria mandado asolar y destruir a Tíjola, y puesto presidios en Serón y en Purchena, pasó la vuelta de Cantoria, y dejando de presidio en aquella fortaleza, que halló despoblada, al capitán Bernardino de Quesada con una compañía de infantería y otra de caballos, partió de aquel alojamiento a 3 de abril, y fue a Surgena de Aguilar, donde puso de guarnición a don Luis Ponce de León con su compañía de caballos y otra de infantería. Otro día a las cuatro de la mañana partió de allí, y fue al río de Aguas, que son más de cuatro leguas. En este alojamiento se detuvo un día esperando vituallas, y a los 6 de abril pasó a Sorbas, donde se detuvo hasta los quince. Desde este alojamiento envió a don García Manrique y a Juan de Espuche [331] con quinientos infantes arcabuceros y docientos caballos a la sierra de Filabres, con orden que se metiesen en Tahalí, y dejando allí presidio, pasasen a reconocer a Gérgal. Era el intento de don Juan de Austria quitar a los moros que no se proveyesen de aquella parte de trigo y cebada, como se entendía que lo hacían, por no tener otra de donde llevarlo, y quede hambre viniesen a tomar algún término de los que se pretendían con ellos. Hallaron los capitanes el castillo de Tahalí solo, y pusieron dentro al capitán Juan Garrido de Salcedo con una compañía de infantería y algunos caballos, y pasaron a reconocer a Gérgal, y en todo el camino no hallaron moros juntos, aunque muchos esparcidos buscando de comer. Tomóseles mucho ganado, y hallaron muchos silos de trigo y de cebada, de donde se sacó cantidad para los presidios; y lo que no se podía recoger, mandaba don Juan de Austria que le echasen agua o lo quemasen, porque los moros no se aprovechasen dello. Y porque en este tiempo iba muy adelante el negocio de la redución con el Habaquí, y se entendía que la mayor parte de los alzados lo deseaban, mandó a don Alonso de Granada Venegas que, dejando en Jayena a don Jerónimo Venegas, su hermano, fuese luego donde quiera que estuviese el campo, para tratar de aquel negocio, por ser persona a quien los moros daban mucho crédito. También quisiera que entendiera en esto don Gonzalo el Zegrí, vecino de Granada; mas él se excusó, diciendo que pelear con los moros él lo haría, mas que reducirlos, no; porque no estaba tan bien con sus cosas, que le pareciese que merecían perdón de tan graves delitos como habían cometido. Hecha esta diligencia, y otras que pareció convenir para el fin de que se trataba, partió nuestro campo la vuelta de Tavernas, dejando en Sorbas de presidio al capitán Salido de Molina con otra compañía de infantería y algunos caballos, y por cabo y superintendente de todos los presidios del río de Almanzora, en Purchena para abajo, a don Diego de Leiva. El siguiente día estuvo en aquel alojamiento, esperando que llegasen las escoltas que iban con bastimentos. Envió todos los bagajes del campo a la ciudad de Almería para que cargasen los que allí había, con una gruesa escolta, en que fue el comendador mayor de Castilla a curarse de unas tercianas que le habían dado estos días. Aquí tuvo aviso don Juan de Austria como el campo del duque de Sesa se le venía acercando; y porque convenía pasar luego al río de Almería para apretar los enemigos por aquella parte, sin aguardar que volviese la escolta, hizo cargar todo el fardaje del ejército, y los bastimentos y municiones, en los bagajes de los capitanes y gentiles hombres que habían quedado. Y dejando en aquella plaza por gobernador al capitán Peña Roja con infantes y caballos, fue aquel día, lunes 17 de abril, a dormir al pago de Rioja, donde se detuvo con harta necesidad de bastimento, por no haberse podido proveer por mar, a causa del mal tiempo; mas esto se remedió luego con las escoltas que yo le envié de Úbeda y Baeza y del adelantamiento de Cazorla. Remediada esta necesidad, pasó el campo a Santa Fe, y en estos días se mataron algunos moros y se tomaron otros captivos, que declararon ser extrema la necesidad que pasaban de hambre. Ya en este tiempo había su majestad enviado comisión a don Juan de Austria para que admitiese a los que viniesen a reducirse llanamente; y en este alojamiento mandó divulgar un bando general en la forma siguiente:
BANDO EN FAVOR DE LOS QUE SE REDUJESEN
«Habiendo entendido el Rey mi señor que la mayor parte de los moriscos deste reino de Granada que se han rebelado, fueron movidos, no por su voluntad, sino compelidos y apremiados, engañados e inducidos por algunos principales autores y movedores, cabezas y caudillos, que han andado y andan entre ellos; los cuales por sus fines particulares, y por gozar y ayudarse de las haciendas de la gente común del pueblo, y no para hacerles beneficio alguno, procuraron que se alzasen; y habiendo mandado juntar algún número de gente de guerra para castigarlos, como lo merecían sus culpas y delitos, y tomádoles los lugares que tenían en el río de Almanzora y sierra de Filabres y en la Alpujarra, con muerte y captiverio de muchos dellos, y reducídolos, como se han reducido, a andar perdidos y descarriados por las montañas, viviendo, como bestias salvajes, en las cavernas y cuevas y en las selvas, padeciendo extrema necesidad; movido por esto a piedad, virtud muy propria de su real condición, y queriendo usar con ellos de clemencia, acordándose que son sus súbditos y vasallos, y enternecióndose de saber las violencias, fuerzas de mujeres, derramamiento de sangre, robos y otros grandes males que la gente de guerra usa con ellos, sin se poder excusar, nos dio comisión para que en su nombre pudiésemos usar de su real clemencia con ellos, y admitirlos debajo de su real mando en la forma siguiente:
»Prométese a todos los moriscos que se hallaren rebelados fuera de la obediencia y gracia de su majestad, así hombres como mujeres, de cualquier calidad, grado y condición que sean, que si dentro de veinte días, contados desde el día de la data deste bando, vinieren a rendirse y a poner sus personas en manos de su majestad, y del señor don Juan de Austria en su nombre, se les hará merced de las vidas, y mandará oír y hacer justicia a los que después quisieran probar las violencias y opresiones que habían recibido para se levantar; y usará con ellos en lo restante de su acostumbrada clemencia, ansí con los tales, como con los que, demás de venirse a rendir, hicieren algún servicio particular, como será degollar o traer captivos turcos o moros berberiscos de los que andan con los rebeldes, y de los otros naturales del reino que han sido capitanes y caudillos del rebelión, y que obstinados en ella, no quieren gozar de la gracia y merced que su majestad les manda hacer.
»Otrosí: a todos los que fueren de quince años arriba y de cincuenta abajo, y vinieren dentro del dicho término a rendirse y trajeren a poder de los ministros de su majestad cada uno una escopeta o ballesta con sus aderezos, se les concede las vidas y que no puedan ser tomados por esclavos, y que demás desto puedan señalar para que sean libres dos personas de las que consigo trajeren, como sean padre o madre, hijos o mujer o hermanos; los cuales tampoco serán esclavos, sino que quedarán en su primera libertad y arbitrio, con apercebimiento que los que no quisieren gozar desta gracia y merced, ningún hombre de catorce años arriba será admitido a ningún partido; antes todos pasarán [332] por el rigor de la muerte, sin tener dellos ninguna piedad ni misericordia».
Deste bando fueron diversos traslados por todo el reino de Granada, y don Juan de Austria envió órdenes a todos los ministros de su majestad para que en virtud dél admitiesen cuantos moros viniesen a reducirse. Y para que supiesen dónde habían de acudir, les señaló su campo y el del duque de Sesa, y los lugares principales y más cercanos de donde se hallasen. Y porque fuesen conocidos, y la gente de guerra no les hiciese daño, se les mandó que trajesen una cruz de paño o lienzo de color en el hombro izquierdo cosida sobre el vestido, tan grande, que se pudiese bien divisar desde lejos. Échose otro bando este mesmo día, mandando que no se hiciesen correrías, porque no se interrompiese el negocio de la redución, que se trataba con desórdenes, como se había hecho la primera vez.
Del progreso que hizo el campo del duque de Sesa desde que partió de Pórtugos hasta negar a Újijar, y como Aben Aboo repartió su gente
Hallábanse los alzados en este tiempo en tal estado, que ni podían hacer guerra ni estar en paz. Faltábanles fuerzas para sustentar ejército; y aunque muchos dellos deseaban la paz, no se podían inducir a ella, por el dolor de las mujeres y hijos y haciendas que habían perdido. Aben Aboo pues, sin perder un punto de ánimo, luego que vio el campo del duque de Sesa dentro de la Alpujarra, repartió su gente a que tomasen los pasos a las escoltas. Mil y quinientos moros puso entre Ugíjar y Órgiba, mil en la sierra de Gádor, mil y docientos hacia Adra y Almería, y ochocientos a la parte de la sierra de Bentomiz. Otro golpe de gente envió a Sierra Nevada y hacia el Puntal, que corriesen los caminos de Granada y de Guadix; y dejando para sí cuatro mil tiradores, traía los dos mil dellos siempre sobre el campo del duque de Sesa por lo alto de las sierras y lugares fragosos, porque desta manera pensaba entretenerse, aprovechándose de los frutos de la tierra con mejor comodidad, y necesitar a nuestro campo con hambre. Por otra parte, el duque de Sesa, entendiendo el desinio del enemigo, y lo mucho que importaba quitarle los bastimentos, y que no había cuchillo que lo acabase tan presto como la falta dellos, en toda la comarca donde llegaba hacía talar y destruir los sembrados, enviando cuadrillas de gente a unas partes y a otras, que corriesen la tierra con tanta orden y recato, que los enemigos no eran parte para enojarlos, ni aun osaban hacerles rostro. Esta orden tuvo nuestro campo desde 12 días del mes de abril que partió de Pórtugos, hasta que llegó a Ugíjar. En la primera jornada, que fue a Juviles, se descubrieron algunos moros que mostraban tener gana de pelear; mas luego se recogieron a la sierra, y el Duque se alojó en el lugar, que estaba despoblado, porque no se habían asegurado en él ni en el castillo, que habían comenzado a reparar y fortalecer, y tenían ya hechos bastiones con sus casamatas y trincheas de tapias gruesas, y de aljibes grandes para recoger el agua de las lluvias, y un horno de pan, y una casa para munición y morada de Aben Aboo, con intento de defender aquella plaza, que cierto era fuerte de sitio, porque tenía una sola entrada por dos puertas que habían comenzado a hacer. El Duque subió a verla fortificación, y pareciole tal, que si los enemigos osaran defenderla, le dieran bien en qué entender para ganársela, porque con una pieza de artillería que pusieran en la entrada pudieran hacer grandísimo daño. Y no estaban sin ella, que Aben Aboo la había pedido al gobernador de Argel, y se la había dado por setecientos ducados de oro, y enviádosela en una galeota; mas no había tenido tiempo ni aun industria para subirla al castillo, y teníala abajo en el río, media legua de allí, con todos sus aderezos. Desto dio aviso un moro berberisco que se vino huyendo a nuestro campo, y envió el Duque por ella; y no la pudiendo sacar de donde estaba, la mandó enclavar y enterrar de manera que el enemigo no la hallase. Desde este alojamiento fueron a correr la sierra don Luis de Cardona y don Luis de Córdoba con dos mil infantes y ciento y cincuenta caballos, y volvieron con algunas mujeres y muchachos que captivaron, y cantidad de ganado. En este tiempo mandó deshacer el Duque los reparos del castillo de Juviles, y recogida la gente, fue a Cádiar, y sin detenerse pasó aquella noche a Yátor. Este día se descubrieron los moros por lo alto de las sierras de Bérchul, y el Duque no quiso alojar el campo en el lugar, por estar muy pegado con la sierra, sino abajo en el río, entre unos cerros que mandó luego ocupar a las cuadrillas para que el campo estuviese más seguro. Y siendo ya bien tarde, los enemigos se acercaron y hicieron grandes fuegos en las cumbres de las sierras, con que tuvieron toda la noche en arma nuestro campo, sospechando que querían hacer algún acometimiento. Este era Aben Aboo con sus cuatro mil escopeteros y los turcos y moros berberiscos y otra mucha gente de hondas y enhastadas, que venía con más ánimo de espantar que de pelear, diciendo a los que le aconsejaban que pelease, que no había para qué probar el salitre de la pólvora de los arcabuces de los cristianos, porque ellos se hartarían de andar y dejarían la tierra mal de su grado. Y cierto fue providencia divina no acometer algunas destas noches, porque pudiera ser que hiciera daño. Partió el campo deste alojamiento otro día viernes por la mañana, y sin estorbo llegó a Ugíjar, que también estaba despoblada, y se alojó dentro del lugar de Albacete. Aquí trajo un moro de Juviles a don Diego Osorio, que por mandado de su majestad iba con despachos al duque de Sesa, en que se trataba la resolución de la guerra y lo que se había de hacer en la redución que se platicaba; el cual había salido de Órgiba con quince escuderos de la compañía de Osuna de escolta, creyendo hallar el campo en Juviles; mas había ya una hora que era partido. Y como llegó cerca del lugar, y vio las calles llenas de gente, entrando dentro, no halló en el hospedaje que pensaba, porque no eran cristianos, sino moros, que en viendo salir nuestro campo habían bajado de las sierras; los cuales le dejaron entrar, y cercándole, le prendieron con todos los escuderos, y le tomaron los despachos; y después de haberle atormentado, lo dieron en guarda a este moro, que tenía a su mujer y una hija captivas; el cual fue, tan hombre de bien, que le regaló y le tuvo sin prisiones, y le dijo que si se atrevía a irse con él, le llevaría a nuestro campo, como le prometiese de darle a su mujer y hija. El cual, maravillado de ver en moro aquella cortesía, [333] rindiéndole las gracias por tan buen tratamiento como le hacía, siendo su captivo, prometió de darle lo que pedía, y hacer con su majestad que le hiciese otras muchas mercedes. El moro le replicó que no le tenía por prisionero, antes lo era él suyo, y sabía que había menester su favor, seguir el desatino que los moriscos habían hecho en levantarse con la tierra que no podían sustentar. Y diciendo y haciendo, otro día de mañana le llevó al campo del duque de Sesa, que estaba en Ugíjar; y llegando de parte de noche, porque las centinelas no los dejaron entrar, se detuvieron hasta ser de día. Don Diego Osorio dijo al Duque la cortesía que el moro le había hecho, y le suplicó le hiciese merced y favor; el cual le loó mucho aquel hecho, diciéndole que pidiese gratificación, porque se le haría de muy buena voluntad; y él pidió que le diesen a su mujer y a su hija, que las habían captivado en la correduría que don Luis de Córdoba había hecho, y una salvaguardia para poder ir y venir libremente al campo, porque entendía poner en libertad algunos cristianos de los que habían sido captivos con don Diego Osorio, y reducir mucho número de los alzados a merced de su majestad. El Duque prometió de darlo a su mujer y hija, que las habían llevado a la Calahorra, y le dio luego la salvaguardia, y le despachó al campo de don Juan de Austria con avisos; y antes de llegar allá le prendieron unos moros de Aben Aboo, los cuales, hallándole la salvaguardia y el despacho en el seno, le llevaron ante él, y le mandó ahorcar de un olivo, y muerto, le hizo jugar a la ballesta. No mucho después desto el Habaquí suplicó a don Juan de Austria por la libertad de aquellas mujeres, que eran sus parientas, y pagó docientos ducados por el rescate dellas, y las puso en libertad.
Cómo don Antonio de Luna volvió a correr la sierra de Bentomiz, y puso presidios en Competa y en Nerja
Mientras estas cosas se hacían en los dos campos, su majestad, a instancia del duque de Sosa, mandó a don Antonio de Luna, que se había recogido ya a Huétor Tájar, después de haber despoblado los cuatro lugares de la jarquía de Málaga, y puesto alguna gente de presidio en ellos, por estar en el paso por donde se va de la Alpujarra y sierra de Bentomiz a los otros lugares de la hoya de Málaga y serranía de Ronda, que tornase a entrar en la sierra de Bentomiz, y dando el gasto en la tierra, hiciese un fuerte en competa, y pusiese presidio en él y en el castillo de Nerja, por ser plaza de importancia para la seguridad de aquella costa y del paso de Almuñécar; y hecho esto, pasase adelante hasta el Cehel, donde se tenía aviso que los moros habían recogido muchos bastimentos para entretenerse en la aspereza de aquellos montes mientras les venía socorro de Berbería. Para esta jornada mandó su majestad a los corregidores de las ciudades comarcanas, que recogiendo la gente de sus corregimientos, se volviesen a juntar con él y estuviesen a su orden, guardando don Antonio de Luna la que el duque de Sosa le diese; y porque no se siguiese el inconveniente de volverse los soldados si acaso fuese menester más de diez días, se mandó a Pedro Verdugo, proveedor de Málaga, que los proveyese de los bastimentos necesarios. Era el intento del duque de Sosa desbaratar el desinio de los enemigos y quitarles la esperanza de levantar de nuevo lugares, despoblándolos y necesitándolos con hambre y trabajo de guerra; y hacía instancia con su majestad en que mandase meter la tierra adentro todos los moriscos de paces de la jarquía y hoya de Málaga y serranías de Ronda, para que los alzados no pudiesen valerse dellos. Don Antonio de Luna aceptó la jornada; mas temía hacerla con gente de ruego y poco disciplinada, y pidió soldados de ordenanza, diciendo que no era bien tornar a arrojar su honra y crédito a la ventura; y que le pusiesen vitualla en la ciudad de Vélez, en Nerja, en Almuñécar y en Motril. El duque de Sesa le dio dos compañías de infantería, una suya y otra del duque de Alcalá, y dos estandartes de caballos de los duques de Medina-Sidonia y Arcos; ordenó a los proveedores que pusiesen bastimentos en los lugares que decía; y con esta gente y la de las ciudades volvió don Antonio de Luna a entrar en la sierra de Bentomiz, y con poco trabajo dio el gasto a la tierra, escaramuzando con los moros, que andaban como salvajes por aquellas sierras, matando y captivando algunos dellos; y perdiendo a las veces soldados, comenzó el fuerte en Competa. Y habiendo enviado mil hombres a correr el río de Chíllar, con poca presa y pérdida igual, sin hacer otro efeto, dio fin a la jornada, dejando de presidio en Competa al capitán Antonio Pérez, regidor de Vélez, con docientos soldados, y en el castillo de Nerja a Diego Vélez de Mendoza con otra compañía de infantería, y fue a la ciudad de Antequera, donde se vino a ver con él Pedro Bermúdez, cabo de la gente de guerra que estaba en Ronda, para dar orden en cómo se habían de despoblar los lugares de aquellas serranías, porque su majestad, informado que algunos andaban alborotados, le pareció sacallos de allí antes que se acabasen de declarar, y cometió la ejecución dello a don Antonio de Luna.
Cómo los moros desbarataron la escolta que llevaba el marqués de la Favara a la Calahorra
Comenzaba ya a faltar bastimento a nuestro campo en Ugíjar; y no le viniendo tan a cuento proveerse del que Pedro Verdugo enviaba por mar desde la ciudad de Málaga a la villa de Adra, el duque de Sesa mandó juntar todos los bagajes, y que fuese una gruesa escolta con ellos a traerlo de la Calahorra, camino más corto, que se podía ir y volver en un día, aunque áspero y peligroso, por estar las fuerzas del enemigo hacia aquella parte, y haber de pasar el puerto de la Ravaha. Mas estas dificultades previno con diligencia y fuerza de gente, encomendando el viaje al marqués de la Favara; y dándole mil infantes y cien caballos que le acompañasen, partió del alojamiento de Ugíjar a 16 días del mes de abril, una hora antes que amaneciese, vendo él de vanguardia con docientos infantes y cuarenta caballos: luego seguía el bagaje con algunos arcabuceros sueltos a los lados, y de retaguardia dejó la infantería de Sevilla y sesenta caballos. Desta manera comenzó a subir nuestra gente por la sierra arriba, sin noticia de los enemigos ni de la tierra, y aun sin ocupar lugares aventajados, para asegurar el bagaje. Y como se adelantase demasiadamente la vanguardia, y el [344] embarazo de las mujeres, enfermos y heridos impidiese poder seguirla, fue necesario quedar entre ellos y el bagaje mucho espacio de tierra. No fue menor descuido el de la retaguardia, caminando a paso tan lento, y deteniéndose en recoger algunos ganados, que por ventura los enemigos les echaron a las manos, que hubieron de hacer el mesmo intervalo entre ellas y el bagaje. Estaba Aben Aboo a la mira, y viendo salir de nuestro campo tanto número de bagajes juntos, no sabiendo para dónde caminaban, mandó al alcaide Alarabi, que tenía cargo de aquel partido, que los siguiese. Traía este moro quinientos hombres, y muchos aradores entre ellos; y repartiéndolos en tres escuadras, tomó la una para sí con obra de cien escopeteros, otra dio al Picení de Guéjar con docientos hombres, y la tercera al Martel de Cenete, mandándoles que mientras él daba en el bagaje, acometiesen el uno la retaguardia por frente, y el otro la rezaga de la vanguardia, metiéndose por entre ella y el bagaje. Con este acuerdo se emboscaron en partes que pudieron estar bien encubiertos; y dejando pasar la vanguardia, cuando tuvieron la escolta en la mayor angostura del camino, el Alarabi salió a ella con sus cien hombres en tres cuadrillas. Con la primera, en que llevaba cuarenta escopeteros, acometió el bagaje, cargando luego la segunda y la tercera; y hallando poca defensa, porque los arcabuceros, poco cuidadosos de lo que llevaban a cargo, se habían desmandado a buscar algún aprovechamiento, rompió por medio, poniendo a los bagajeros, enfermos y heridos en confusión. A un mesmo tiempo dio el Picení en la caballería de la retaguardia, y desbaratándola, desbarató ella la infantería; lo mesmo hizo el Martel en el rezago de la vanguardia: lo uno y lo otro con grandísima presteza y tanto silencio, que no parecía ser moros, sino soldados de disciplina antigua. Iba el Picení siguiendo la retaguardia de manera, que parecía que los nuestros huían. El Martel hizo otro tanto, y entrambos siguieron su alcance sin que los caballos a los soldados se rehiciesen. El Alarabi fue matando bagajeros, enfermos y bagajes, y todos a una mataban soldados y escuderos. Llegó el arma con silencio y temor de los nuestros al marqués de la Favara tan tarde, que no pudo remediar el daño; aunque con obra de veinte caballos y algunos arcabuceros procuró llegar a tiempo, porque se lo impedía la fragosidad del camino, bagajes caídos y otros impedimentos que había en él; y al fin prosiguió su camino, yendo los moros a las espaldas hasta cerca de la Calahorra. Murieron este día al pie de ochocientos cristianos, los seiscientos enfermos y heridos, que iban a curarse a Guadix. Lleváronse los moros seiscientas moriscas que iban captivas, y trecientos bagajes escogidos, sin otros muchos que mataron, y captivaron quince hombres, sin perder uno ni más de los suyos. Fue tanta la turbación de los bagajeros y soldados que escaparon de allí, que en llegando a la Calahorra se fueron huyendo la mayor parte dellos; y así no hubo quien volviese con la escolta al campo. La nueva deste suceso llegó a Ugíjar aquella mesma noche, porque el marqués de la Favara en llegando a la Calahorra envió al capitán Lázaro Moreno de León con seis caballos a dar aviso al Duque, el cual pasó por el mesmo camino sobre los cuerpos muertos, y llegó antes que amaneciese con la desastrada nueva, que sintió gravemente el duque de Sesa. Y hallándose sin bagajes y sin bastimento, animosamente determinó de ir luego la vuelta de Válor para entender de más cerca lo que había, y pelear con el enemigo si le aguardase, y con los bagajes que pudiese juntar, enviar por bastimento o ir por ello; porque habían quedado muchos enfermos, y, faltándole la gente que había llevado el marqués de la Favara, le quedaba poca que enviar para aquel efeto.
Cómo el duque de Sesa fue a poner su campo en la villa de Adra
Otro día de mañana, 17 de abril, partió el duque de Sesa de Ugíjar con todo el campo puesto en ordenanza, y fue a Válor harto congojado de ver la flaqueza de nuestra gente: halló el lugar solo; que los moros se habían recogido a las sierras. Desde allí despachó espías a Guadix y a Granada, encargando al presidente don Pedro de Deza que diese orden como el marqués de la Favara recogiese la gente, y juntase otra de nuevo con que irle luego a buscar donde quiera que estuviese. Aquella noche tuvo toda la gente puesta en arma y mucho recaudo de centinelas y cuerpos de guardia a la parte de la sierra, por si los enemigos hiciesen algún acometimiento de noche; los cuales habían soltado las acequias y empantanado los barbechos y sembrados al derredor del lugar, para que los caballos atollasen y no fuesen de provecho, y se habían puesto a la mira en la halda de Sierra Nevada. Contonos un moro de los que se hallaron con Aben Aboo este día, que cuando iba caminando nuestra gente hacia Válor, estaba mirando desde la cumbre de una sierra a los soldados que subían por aquellas cuestas arriba; y pareciéndole que iban muy cansados, había dicho que era hermosa procesión aquella, y muy buena ventana la en que él estaba mirando como pasaba, y que con sola la vista pensaba desbaratarlos, sin hacer otro acometimiento. El duque de Sesa, considerando el daño que se le podía seguir de salir a la Calahorra, porque se le deshiciera el campo, y el enemigo viéndole fuera de la Alpujarra le tomaría los puertos, y le sería dificultoso tomarlos a cobrar, así por esto, como porque en opinión de moros y cristianos no faltaría quien dijese que salía roto y desbaratado, acordó de dar vuelta a la villa de Adra, donde entendía hallar recaudo de bastimentos. Para esto juntó los caballeros y capitanes a consejo, y como hubiese algunos de contrario parecer, don Juan de Mendoza Sarmiento se les opuso, diciendo que no se sacaba otro fruto de salir a la Calahorra sino perder reputación, pues era cierto que en viéndose los soldados fuera de la Alpujarra, harían lo que habían hecho en el campo del marqués de los Vélez. El Duque pues, arrimándose al más sano consejo, hizo un razonamiento a los capitanes y soldados, enconnendándoles que guardasen las ordenanzas y no se desmandasen, y dio vuelta hacia Ugíjar. Los moros, viendo el camino que tomaba, bajaron a gran priesa de la sierra y habiendo pasado el río nuestra vanguardia y batalla, dieron en la retaguardia, y escaramuzaron más de tres horas con los soldados para entretener el campo. Llegaba el duque de Sesa a la ermita de San Sebastián, cerca de Ugíjar, cuando sintió tocar arma; y mandando hacer alto, acudió a reforzar la retaguardia. Y porque la escaramuza [335] era en lugar donde la caballería no podía aprovechar, hizo cargar a los enemigos con dos mangas de arcabuceros, que les hicieron volver las espaldas, y en parte se pagaron del daño recebido en el puerto de la Ravaha; con todo eso, se llevaron una carga de moneda que hallaron desmandada. Llegó la gente a Ugíjar, donde hallaron muertos algunos soldados y bagajeros que habían quedado enfermos en el hospital, que estaba en una mezquita que los moros habían hecho de nuevo para su zalá, y algunos bastimentos robados que había dejado el tenedor en la casa de la munición, por no tener bagajes en que poderlos cargar. Esto habían hecho unos moros que andaban por aquellos montes; los cuales, viendo salir el campo, habían bajado a las casas del lugar. Sintiolo mucho el duque de Sesa, y reprehendió gravemente a los capitanes y comisarios a cuyo cargo había sido recoger el campo aquel día; y sin detenerse allí, pasó a Lucainena, enviando gente delante que reconociese el camino por donde había de ir. Llegando cerca de Lucainena, tuvo aviso que tenían tomado el paso los enemigos, y no por eso dejó de pasar adelante.
Los moros, viendo la determinación que llevaba, dejaron el lugar que tenían tomado, y se fueron retirando a Darrícal. Pasó el campo por Lucainena, y poniendo fuego los soldados a las casas, como lo hacían en todos los lugares donde llegaban, fue a alojarse aquella noche a un aljibe tres leguas y media de Adra, donde llegó la gente cansada, mojada y bien muerta de hambre, tanto, que, sin querer hacer franqueza, hubo soldados que compraron un pan por seis reales y una azumbre de vino por ducado y medio. Hicieron los enemigos algunos acometimientos a la parte de Berja; pero el Duque mandó asestar la artillería contra ellos, y se retiraron luego. Otro día miércoles de mañana marchó el campo la vuelta de Berja con tanta hambre, que aunque se caminaba por tierra llana, no podían los hombres ni los bagajes andar, y hubo muchos que se cayeron de su estado. Y pasando por el lugar a mediodía, llevando siempre a vista los enemigos, fue a los aljibes de Adra hacia la costa de la mar; y llegando a repechar en la cuesta que baja hacia la villa, halló a Hernando de Narváez, capitán del presidio, que le había salido a recebir con cincuenta caballos. Alojose el campo aquella noche en las huertas fuera de los muros, y allí mandó armar el Duque sus tiendas; que no quiso entrar dentro de la villa. Era tanta la hambre de la gente y de las bestias, que en término de una hora no quedó cosa verde que no cortasen y destruyesen en las huertas y en las hazas; pero remediose otro día con el bizcocho y harina que había de respeto en los almacenes de su majestad.
De lo que se hizo en Adra mientras el campo del duque de Sesa estuvo en aquel alojamiento; y cómo se apercibió para ir sobre Castil de Ferro
Llegado el duque de Sesa a Adra, corrió con la caballería las taas de Dalías y Berja y parte de la sierra de Gádor, hacia donde entendió que andaban moros; y volviendo al alojamiento con algunas presas, estuvo aguardando que llegasen las galeras del cargo de don Sancho de Leiva para embarcarse en ellas y dar sobre Castil de Ferro, donde tenía puestos los ojos, y los moros su esperanza. Este castillo está en la marina en el paraje de la taa de Órgiba, y era del duque de Sesa. Habíale vendido un mal cristiano, hijo de una morisca, por cuatrocientos ducados a el Hoscein de Motril; y para hacerlo a su salvo, había muerto a traición al alcaide, o como algunos decían, lo habían ganado con emboscadas los moros; y deseaba mucho el duque de Sesa cobrarle antes que le fortaleciesen más de lo que estaba, y para este efeto solicitaba las galeras; porque habiendo de ir por tierra, eran siete leguas de camino áspero y muy trabajoso para llevar las carretas de la artillería. En este tiempo llegaron a la playa de Dalías tres galeotas cargadas de trigo y arroz, y de armas y municiones que traían de Berbería; y habiéndolo ya desembarcado los arraeces turcos, supieron cómo los alzados andaban en tratos para rendirse; y blasfemando dellos, quisieron tornarlo a embarcar y volverse a su tierra; pero no lo pudieron hacer tan a su salvo, que dejasen de perder la mayor parte del trigo y de las otras cosas que tenían fuera, porque los descubrieron nuestras atalayas; y acudiendo la gente de a caballo, no les dio más lugar de cuanto pudieron embarcar las personas y hacerse a largo. Tomóseles, entre las otras cosas, un costal de angeo encerado lleno de libros árabes, en que venían algunos Alcoranes y un libro intitulado Instrucción de la guerra y ardides della, que según pareció, los enviaban los alfaquís de Argel a los moros; y decía el título que venía en el encerado Habices para los andaluces, como que los enviaban en limosna. Esto fue a 26 días del mes de abril, y aquella mesma noche tocaron en tierra otras siete galeotas, en que venía el alcaide Hoscein, hermano de Caracax, con cuatrocientos turcos de socorro y muchas armas y municiones; el cual, avisado asimesmo de los conciertos en que andaban de moros de la tierra, se volvió luego a la ciudad de Argel. Tenía el duque de Sesa ya en su poder dos días había el bando y la orden de don Juan de Austria para admitir los moros que se viniesen a reducir, y había hecho que el licenciado Castillo sacase traslados de todo ello traducido en arábigo, y enviádolos a diversas partes de la Alpujarra con un morisco llamado el Zambori, para que se divulgase a un tiempo por todas las taas. Y como se publicasen en Adra a 277 días del mes de abril, aquel mesmo día se le fueron más de cien soldados, diciendo que ya había paces; y pudiera ser que se fuera la mayor parte de la gente, si no llegaran las galeras aquella noche, y se embarcara luego otro día para Castil de Ferro, donde le iremos a buscar cuando sea tiempo. Vamos a lo que se hacía en el negocio de la redución.
Cómo don Alonso de Granada Venegas escribió a Aben Aboo persuadiéndole a que se redujese; y lo que el moro le respondió
Por el discurso de esta historia se ha entendido la instancia que don Alonso de Granada Venegas hacía, intercediendo con su majestad y con los de su consejo por los moriscos del reino de Granada que no habían sido culpados, y les habían hecho otros que se rebelasen por fuerza, ofreciéndose a que haría con ellos que se redujesen. Para este efeto había su majestad mandado a don Juan de Austria que le pusiese de presidio en Jayena con alguna gente de a pie y de a caballo, y el duque de Sesa le había proveído de la que dijimos; el [336] cual había hecho estos días algunas entradas, y carteádose con algunos caudillos de los alzados, amigos y conocidos suyos, persuadiéndolos a que dejasen las armas y conociesen su desatino, y la merced que su majestad les hacía. Y como se comenzase a encaminar el negocio bien, en 18 días del mes de abril deste año, antes de ir al campo, escribió una carta a Aben Aboo del tenor siguiente:
CARTA DE DON ALONSO DE GRANADA VENEGAS PARA ABEN ABOO
«Señor Aben Aboo: Muy espantado he estado que una persona tan cuerda y de tan buena casta como sois, haya venido a parar en un camino de tan gran perdición, así para el alma como para la vida, y destruición de toda esa tierra y gente della. Y porque me pesa mucho dello, y deseo vuestro bien y el de todos, y poner remedio en ello, os pido por merced que me enviéis algunas personas de confianza con quien tratarlo; que yo prometo como cristiano y caballero de les dar toda seguridad, como de presente se la doy, para que puedan ir y venir libremente a Jayena, donde me hallarán; porque quiero tratar con ellos cosas que podrían ser muy convenientes al Servicio de Dios nuestro Señor y de su majestad, y para el bien de toda la gente. Y creedme que digo verdad sin ninguna malicia y engaño; y espero lar respuesta, la cual venga luego. Y al que ésta lleva se le haga todo buen tratamiento por amor de mí, pues lo que me mueve a enviarlo es el bien que a todos deseo; y querría mucho que nos viésemos para tratar destos negocios. Fecha en Jayena, a 8 días del mes de abril».
Y juntamente con la carta dio una salvaguardia al mensajero, encargando a don Gutierre de Córdoba, gobernador de las Albuñuelas, que le dejase ir y volver libremente, porque iba a negocio que cumplía al servicio de su majestad. Esta carta recibió Aben Aboo en Mecina de Bombaron, estando ya el duque de Sesa en Adra; y por consejo de Hernando el Habaquí, que se halló presente cuando se la leyeron, le respondió desta manera:
RESPUESTA DE ABEN ABOO
«Señor don Alonso: Por vuestra carta entendí el buen celo que tenéis del sosiego deste reino y del servicio de nuestro rey, como buen cristiano; y esto os obliga procurar el remedio, para que cese tanto mal y dirijo como ha venido por la cristiandad y por los deste reino, y la pacificación y sosiego dél. En lo que decís que estáis espantado que yo me pusiese en tan gran peligro del alma y del cuerpo, en lo que toca al alma, Dios sabe lo mejor; en lo del cuerpo, ya tenemos entendido que el rey don Felipe es poderoso y puede mucho; mas también se ha de entender que le podemos hacer mucho daño más del que se le ha hecho, porque a los deste reino no les queda ya qué perder, y lo que les puede venir agora ya lo tienen tragado. Y todo la que ha venido y viniere a los unos y a los otros cuelga de quien no lo ha remediado con tiempo, creyéndose de livianos juicios, y no de los caballeros que le informaron de lo que convenía al servicio de Dios y suyo. No hay de qué hacerme a mí culpado ni a los deste reino acerca deste negocio, pues la causa de haberse encendido este fuego fue malos consejeros; y a éstos tales se les debe echar la culpa, que ordenaron tantas liviandades, que los del reino no podían ya vivir; y como entre ellos hay hombres, quisieron tragar la muerte antes que padecer tantos trabajos y sin justicias como se les hacían. Esto ha sido la causa de tanto mal y daño como ha venido, y de tantas muertes de criaturas inocentes; y por esta razón no se ha de hacer culpa a ninguno de los naturales, sino a los que fueron causadores; porque si los agravios que se hacían a estas gentes se hicieran al más cuerdo hombre que hay en la cristiandad, no se contentara con hacer lo que ellos hicieron, sino que hiciera mucho más mal. Cuanto a lo que decís que envíe dos hombres de quien mucho me confío a Jayena debajo de vuestro seguro y palabra, bien tengo entendido que como caballero lo cumpliréis; mas habrá otros de diferente opinión, que harán lo contrario; y hasta que haya comisión del Rey o de don Juan de Austria no se atreverán a ir. Don Hernando de Barradas escribió a Hernando el Habaquí, que es general desta tierra levantada, los días pasados, pidiendo que se juntase con él en el marquesado del Cenete, y juntos trataron del remedio para que este fuego se apague; y de allí se fue el Habaquí al río de Almanzora, donde también le escribió Francisco de Molina, y se vio con él; y después fueron a verso con él don Francisco de Córdoba y otros caballeros, y el Habaquí nos vino a dar cuenta de todo, como hombre a quien tenemos dada comisión para estos negocios. Si quisiéredes veros con él, enviadle seguro del Rey para él y los que fueren de nuestra parte con él, porque de la nuestra aseguramos a vos y a los que vinieron con vos. Y para tratar deste negocio, y que venga a tener efeto, nos parece que se podrá negociar por la vía de Guadix, pues está allá comenzado y puesto en buenos términos; y si no, en Órgiba os podréis ver con él, porque es persona que holgaréis de verle y de tratar con él cualquier negocio. Fecha en la Alpujarra, a 22 del mes de abril de 1570 años. Muley Abdalá Aben Aboo.»
Del progreso del campo de don Juan de Austria desde que partió de Santa Fe hasta que se alojó en Padules de Andarax, y cómo se prosiguió en la redución de los alzados
Publicado el bando y hechas otras diligencias en el alojamiento de Santa Fe, así para apretar a los moros como para reducirlos, don Juan de Austria pasó con su ejército a Terque; y siendo informado que en Fínix había algunos moros y turcos berberiscos con los de la tierra, y que hacían daño a la parte de Almería, envió contra ellos a Jordan de Valdés con dos mil infantes, y a Tello González de Aguilar con las cien lanzas de Écija, ordenándoles que diesen antes que amaneciese sobre el lugar, y procurasen degollarlos, porque los otros temiesen y se apresurasen a tomar el buen consejo. Partieron del alojamiento cuando anochecía, y caminando de noche, llegaron a hora que pudieran hacer efeto si las diligentes atalayas y centinelas de los moros no los sintieran y fueran a dar rebato; por manera que cuando nuestra gente llegó, ya los moros iban la sierra arriba con las mujeres por delante caminando cuanto podían; y poniéndose la caballería en su [337] alcance, pelearon un buen rato con ellos, hasta que cargó la arcabucería y los desbarataron y mataron. Murieron al pie de cien moros, y captivaron cuatrocientas mujeres. Y pareciendo a los capitanes que no era bien meterse más adentro en la sierra, porque los enemigos apellidaban la tierra y se rehacían, dieron vuelta hacia el lugar, y entrando dentro, le saquearon; y cargados de despojos, con mil cabezas de ganado que pudieron recoger de presto tornaron aquel mesmo día bien tarde a Terque. A este alojamiento vino don Alonso de Granada Venegas, que, como atrás dijimos, le había enviado a llamar don Juan de Austria para que tratase el negocio de la redución con los moros; y vista la respuesta de Aben Aboo a su carta, se le mandó que continuase la plática que había comenzado con él, y le volviese a escrebir en el negocio. El cual despachó luego un morisco con otra carta, en que le decía que conforme a lo que le había escrito los días pasados, con el deseo que tenía de excusar tan gran perdición como la gente de aquella tierra traía, se había dado la priesa posible en suplicar a su majestad usase con ellos de clemencia, entendiendo lo mucho que deseaban reducirse a su servicio y ponerse en sus reales manos; y que para efetuar aquel negocio, como se lo había prometido, había venido a Terque, y deseaba verse con él y con el Habaquí, y con las demás personas que quisiese, y donde él señalase; porque habiendo tantas largas de su parte, en cosa que sólo aquel remedio les quedaba para no ser muerte general, no podía don Juan de Austria dejar de darse la priesa que era justo para ejecutarla en todos con mucho rigor: por tanto, que se aprovechase de tan buena coyuntura, pues teniendo la espada en la mano, deseaba también usar de la clemencia que su majestad les concedía, como lo habían entendido por los bandos que se habían publicado. La cual singular gracia y merced debían estimar y recebir con alegría, y creer que había sido mucha parte la buena intercesión de don Juan de Austria, y lo que él había ofrecido de parte de todos los de la nación morisca, confiado en el arrepentimiento que les había conocido; avisándoles asimesmo como el bando que se había publicado no era para suspender la guerra sola una hora, sino con aquellos que se fuesen a reducir dentro del término en él contenido; y que estos tales, aunque hubiesen sido capitanes, alcaides o caudillos de los alzados, su majestad los admitía en su gracia, y no consentiría que se les hiciese mal ni daño. Que estuviese cierto que las palabras del bando se habían de cumplir, diciéndolas don Juan de Austria de parte de su majestad, que tan inviolablemente las guardaba; y que para que mejor entendiese esta verdad, y la llaneza y bondad con que don Juan de Austria trataba de su negocio, holgaría mucho se viese con él y con otras personas de crédito que pudiesen satisfacer. Esto todo decía don Alonso de Granada Venegas, porque Aben Aboo y los que con él estaban entendían diferentemente el bando, y había escrito el Habaquí sobre ello a don Hernando de Barradas, entendiendo que se suspendía la guerra con todos mientras se trataba de la redución, y aun parecía que no aseguraba a los caudillos. También había escrito Hernando el Habaquí que los de la Alpujarra, entendiendo que se trataba de sacar los moriscos de las ciudades de Guadix y Baza, que no se habían rebelado, estaban escandalizados, y don Alonso de Granada Venegas satisfizo en esta propria carta, diciendo que entendiesen el buen celo con que su majestad lo hacía, y vería que sólo era para apartarlos de las molestias y malos tratamientos de la gente de guerra, que ni se podían reparar ni sufrir; y que no iban tan lejos de sus casas, que cuando los negocios tuviesen buen término dejasen de volver a ellas acrecentados de mercedes que su majestad les haría; y que él había suplicado a don Juan de Austria que detuviese el campo en aquel alojamiento algún día para tratar del negocio, y se lo había concedido por seis días: por tanto, que enviase los que habían de verse con él con la verdad y llaneza que era justo, pues había entendido la voluntad de su majestad, y no debían dar lugar a que de todo punto cerrase la puerta de su clemencia. Estos mesmos días se tornó a ver don Hernando de Barradas con el Habaquí en el castañar de Lanteira, y le dijo cómo tenía en buenos términos el negocio de la redución, y que suplicase a don Juan de Austria de su parte, mandase que no llevasen los moriscos de Guadix la tierra adentro, porque había sabido que los tenían ya encerrados en las iglesias para dar con ellos en Castilla; y que él se ofrecía a hacer de manera que todos los de la Alpujarra rindiesen las armas; y se diesen a merced de su majestad, y que Aben Aboo viniese también en ello. Don Juan de Austria, aunque entendió que era negociación de los proprios moriscos para que no los sacasen de sus casas, no embargante que muchos dellos había días que pedían se les señalase dónde pudiesen irse, que estuviesen seguros de los trabajos de la guerra, fuera del reino de Granada, por atajar inconvenientes mandó que los dejasen estar mientras otra cosa se proveía. Y porque se habían de juntar con el Habaquí y con los caudillos moros que viniesen a tratar de la redución algunos caballeros de nuestra parte, mandó venir a don Juan Enríquez de Baza, don Alonso Haibz Venegas, de Almería, y don Hernando de Barradas, de Guadix, y les dio orden y comisión para que, juntamente con don Alonso de Granada Venegas, entendiesen en ello; y a 30 días del mes de abril partió con todo el campo de Terque. Aquel día se alojó en el lugar de Instinción, y el siguiente fue a la Rambla de Canjáyar, donde vino a darse un moro conforme al bando, y dijo como los alzados perecían de hambre, y que valía entre ellos la hanega de trigo ocho ducados y la de cebada seis, y que no se hallaba. Desde este alojamiento se enviaron algunos traslados del bando, escritos y traducidos en lengua árabe, a diferentes partes para que lo entendiesen mejor; y porque acabado lo del río de Almería había de ir el campo a los Padules de Andarax, donde don Juan de Austria pensaba detenerse algunos días, por ser lugar cómodo para tratar la paz o proseguir la guerra, ordenó a todos los proveedores y comisarios que teníamos cargo de enviar bastimentos al campo, así de Granada, como de Jaén a Baza, Úbeda, Cazorla y otras partes, que los encaminásemos por la vía de Guadix, y que los proveedores de Málaga y Cartagena los enviasen por mar a la villa de Adra. Dejando pues el río de Almería a la mano izquierda, yendo por camino harto áspero y trabajoso, por ser la mayor parte, dél cuestas, a 2 días del mes de mayo fue a poner el campo en los Padules, dos leguas pequeñas de Andarax, [338] cinco de Ugíjar, tres del puerto la Ravaha, cinco de Fiñana, ocho de Almería, y otras cinco de Berja y de Dalías. Aquí hizo asiento, pareciendo a los del Consejo que no convenía pasar adelante por el mucho impedimento de bagajes, aspereza de la tierra, y ventaja que podían tener los enemigos, que perdido un sitio, se podían pasar a otro sin daño, y hacerle a nuestro campo; y por ser muy a propósito, según el estado de las cosas y lo que se pretendía; y demás desto era tierra acomodada de árboles, abundante de aguas, y tenía un sitio apto para poderle fortalecer a poca costa, que era lo que mucho hacía al caso para recoger dentro los bastimentos y el campo, cuando los tercios saliesen a correr o fuesen a hacer escoltas, que de necesidad habían de ser grandes y muy acompañadas de gente de guerra, para quitar a los alzados la esperanza de poderlas romper y valerse de los bastimentos que tornasen, como lo habían hecho otras veces.
El desinio de don Juan de Austria era enviar desde este alojamiento cuatro o cinco mil hombres de a pie con docientos de a caballo, sin bagajes, y con mochilas para cinco o seis días, a que corriesen la sierra por la parte que más pareciese convenir, y entrasen adentro todo lo que fuese posible, haciendo a los alzados el daño que pudiesen si no se venían luego a reducir; el cual no podía dejar de ser mucho, hallándose, como se hallaba, el duque de Sesa en Adra, tres leguas de Ugíjar, cuatro de Válor, tres de Lucainena, y cuatro de Poqueira, que podía con gente suelta hacer el mesmo efeto en la Alpujarra; y si viesen que convenía, darse los unos a los otros la mano. El día que llegó el campo a Padules, se hallaron cantidad de moros metidos en cuevas sobre el río, y por bajo del lugar y del proprio alojamiento; y como se defendiesen dentro por ser fuertes y estar puestos en torronteras de peñas muy altas, don Juan de Austria les hizo combatir con ritmo, con bombas de fuego, con artillería y con escalas, conforme a la disposición de cada uno, y todos los moros que había dentro fueron muertos o presos, no sin daño de los combatidores. A 6 días del mes de mayo llegó a Padules un moro con una carta del Habaquí para don Alonso de Granada Venegas, en conformidad del negocio que se trataba de la redución; la conclusión de la cual fue que el Habaquí con los caudillos principales de los alzados viniese al lugar del Fondón de Andarax, una legua de Padules, y dando rehenes de su parte, irían los caballeros que estaban diputados a verse con ellos. Otro día luego siguiente fue avisado don Juan de Austria como en la sierra de Baza y Filabres había muchas cuadrillas de moros, y que andaban con ellos Aben Mequenun, hijo de Puertocarrero el de Gérgal, y el Moxahali, y el negro de Almería, que llamaban Andrés de Aragón; los cuales corrían la tierra y hacían daños; y para castigarlos envió a don Pedro de Padilla con mil y docientos soldados de su tercio, y a don Diego de Argote con setenta lanzas de Córdoba y treinta de las de Écija, a que corriesen la sierra y les hiciesen todo el daño que pudiesen. Esta gente anduvo tres días de una parte a otra, sin que las guías pudiesen atinar a dar sobre los enemigos, hasta que una noche acaso descubrieron lumbres en un valle muy hondo; y, caminando hacia ellas, al amanecer del día fueron a dar cerca de unas fuentes, donde estaban más de tres mil moros y mucha cantidad de mujeres, bagajes y ganados. Los hombres hicieron rostro y trabaron una asaz reñida pelea en que murieron algunos soldados y fueron muchos heridos; pero al fin se hubieron tan valerosamente los capitanes, que matando al pie de cuatrocientos moros, los desbarataron y pusieron en huida, y les tomaron las mujeres, bagajes y ganados; y recogiendo la presa, dieron luego vuelta al campo, llevando más de cinco mil almas captivas. Mas no les sucedió como pensaban, porque los moros se rehicieron; y acometiendo la retaguardia, mataron doce escuderos, siete de Córdoba y cinco de Écija, y muchos y muy buenos soldados, y cobraron la mayor parte de la presa, que por ser tan grande y ocupar tanto camino, no pudieron guarecerla toda; y fuera mayor el daño deste día, si los capitanes no acudieran a resistir tan grande ímpetu como los enemigos traían, y los retiraran. Todavía salvaron mil y cien esclavas que iban en la vanguardia, y alguna cantidad de bagajes y de ganados, con que volvieron a Padules.
Cómo el duque de Sesa ocupó a Castil de Ferro
En el capítulo XXVI deste libro dijimos cómo el duque de Sesa se embarcó en Adra para ir sobre Castil de Ferro. Llevando pues la gente en diez y nueve galeras del cargo de don Sancho de Leiva y en una nao, salió de aquel puerto a 28 días del mes de abril; y el mesmo día le dio un soldado una carta escrita en arábigo, que, según él dijo, la había tomado a un moro, y era del alcaide, de Castil de Ferro, que la enviaba a Berbería, en la cual daba cuenta de la artillería y gente que tenía en el castillo y de la fortificación que hacía para que no le pudiesen batir, pidiendo con instancia a los arraeces moros y turcos que llegasen con las fustas a hacer escala en aquel puerto, diciendo que allí estarían seguros de los cristianos y podrían poner sus contrataciones. El Duque holgó mucho con la carta, y llegando aquel mesmo día a Castil de Ferro, echó la gente en tierra en la playa que está a la parte de levante, donde llaman el Pararique, lugar cubierto de la artillería del castillo. Luego mandó ocupar una montañeta que le tiene a caballero, donde los enemigos habían comenzado a hacer un baluarte y tenían cantidad de cal, arena y piedra recogida para él: y haciendo subir dos piezas de artillería con harto trabajo, por ser la tierra áspera, comenzó a batir las defensas. Los moros mostraron gran determinación de no quererse rendir, tirando con una pieza gruesa y con otros tirillos pequeños que tenían; y el Hoscein, que, como dijimos, había comprado el castillo, conociendo flaqueza en un moro que decía que no se podían defender, y que sería bien que se rindiesen, le despeñó vivo por cima de las almenas, diciendo que haría lo mesmo a todos los que tratasen de dar el castillo a los cristianos. Otro día siguiente mandó el Duque subir otras dos piezas gruesas de batir, con que se prosiguió en la batería más de propósito, y se quebró a los enemigos la pieza principal con que tiraban. A este tiempo faltó la munición, y mandó hacer dos mantas de madera de las arrumbadas de las galeras para picar el muro del castillo; y enviando a reconocer el lugar donde se habían de arrimar, a las diez de la noche, los reconocedores se encontraron con el [339] Hoscein; el cual, desengañado de poderse defender salía con treinta moros para irse a la sierra; y prendiendo algunos dellos, se echaron otros a la mar, y fueron nadando hacia una serrezuela que despunta en la playa a la parte de Motril; el Hoscein y otro moro viejo granadino, llamado el Taibili, fueron muertos. Aquella mesma noche tuvieron los nuestros habla con los moros que habían quedado dentro del castillo, los cuales trataron luego de rendirse; y el Duque, por no acabar de echarle por el suelo, holgó de concederles las vidas y que no los echaría en galeras. Y mandando a don Juan de Mendoza y al marqués de la Favara y a don Juan Niño de Guevara, capitán de la infantería con que servía la ciudad de Toledo, que subiesen a ocuparle, fue restaurado y vuelto a poder de cristianos en 2 días del mes de mayo. Los turcos que había dentro repartió el Duque entre los capitanes y gentiles hombres que le pareció que habían trabajado; los moros de la tierra remitió a la Inquisición para que los castigase conforme a sus culpas; y a los que habían intentado de irse, para ejemplo de otros los hizo ahorcar, y que a cuenta de su majestad se pagase veinte ducados por cada uno a los que los habían tomado; y las moras y todo el mueble mandó repartir entre la gente de guerra. Ganado Castil de Ferro, don Sancho de Leiva fue con las galeras a traer bastimentos de Málaga para ellas y para el campo, que ya faltaban; y como se detuviese en el viaje cinco días, hubiera de deshacerse de todo punto el campo, según la necesidad que pasaban los soldados, especialmente de agua, porque era menester ir por ella a una fuente que está media legua de allí, y no eran parte el Duque ni los capitanes para detenerlos que no se fuesen desmandados en cuadrillas la vuelta de Órgiba y de Motril, y los moros mataban muchos dellos en el camino. En este tiempo llegaron de parte de noche dos fustas de turcos a vista de Castil de Ferro, y hicieron señal con los eslabones, creyendo que estaba todavía por los moros; y aunque no le respondieron, llegaron a la playa y saltaron en tierra, sin que las centinelas echasen de ver en ello, porque como vieron bajar aquellos dos bajeles, creyeron que eran algunos barcos de los que el mesmo día habían venido de Almuñécar, Motril y Salobreña con refresco. Subieron hacia el castillo quince turcos; y cuando llegaron a las centinelas y reconocieron que eran de cristianos, dieron vuelta huyendo a las fustas, y metiéndose dentro, tomaron una barca que venía de Motril, y se fueron sin recebir daño, dejando nuestro campo todo puesto en arma; el cual Se embarcó para volver a Adra a 8 días del mes de mayo, quedando de guarnición en aquel castillo el capitán Juan de Borja con cien soldados.
Del progreso que hizo el campo del duque de Sesa desde que volvió a Adra hasta que se juntó con el de don Juan de Austria
Vuelto el duque de Sesa a Adra, no fueron menores inconvenientes que los pasados los que allí tuvo por falta de bastimentos, enfermedades y fuga de soldados, que se le iban cada día por mar y por tierra §in poderlos detener. Estaban los moros en este tiempo tan divisos que si unos, compelidos de necesidad, venían a rendirse, otros muchos andaban haciendo daños, no perdiendo coyuntura ni ocasión en que poder ofender a los cristianos; por manera que no salía hombre ni bagaje fuera del campo desmandado que no lo captivasen o matasen. Y el mayor daño de todos era el descontento que nuestra gente tenía de ver que no les dejaban hacer correrías, las cuales estorbaba el Duque, no porque le faltaba voluntad de castigar los rebeldes, que siempre había sido de aquel parecer, sino por excusar el daño que podían hacer en los rendidos. Vínose a disminuir en tanta manera el campo con estas cosas, que de más de diez mil hombres que había metido en la Alpujarra, no le quedaban cuatro mil, y destos se le iban cada día a más andar. Pasose al lugar de Dalías, donde estuvo algunos días, y vinieron muchos moros de todas las taas de la Alpujarra a rendirse conforme al bando; y los que no podían ir luego, daban sus poderes al Habaquí, como autor de aquella paz. En este alojamiento se refrescó la gente con la frescura y delicadeza de las aguas de las fuentes de aquel lugar; mas pasando de allí a Berja, donde era necesario que estuviese el campo para que las escoltas que pasaban con bastimentos desde Adra al campo de don Juan de Austria fuesen con más seguridad, las aguas malas y calientes de aquella taa y los calores, que iban creciendo cada día más, causaron muchas enfermedades, de que vino a morir mucha gente; y por esta razón deseaba el Duque extrañamente que los dos campos se juntasen, y hacía instancia en ello antes que el suyo se le acabase de deshacer. En este tiempo sucedió que un moro berberisco, espía de Aben Aboo, que hablaba muy bien la lengua castellana y estaba por soldado en una compañía de infantería, persuadió a unos soldados que andaban movidos para irse del campo, diciendo que sabía muy bien la tierra y que los llevaría por toda la Alpujarra seguros de moros y de cristianos; y para acreditarse más con ellos les pidió intereses por su trabajo e industria. Los soldados, que eran más de setenta, creyéndose de sus palabras, le ofrecieron que le daría cada uno un real, y el solene traidor, cuando los tuvo apalabrados, dio aviso a Aben Aboo del camino que pensaba hacer para que les tomase los pasos. Salieron a la hora que anochecía del alojamiento, y guiolos el moro hacia Mecina de Bombaron. El Duque tuvo aviso de como se iban, y envió dos estandartes de caballos y dos compañías de infantería tras dellos; mas aunque los alcanzaron, no fueron parte para que por bien ni por mal quisiesen volver; antes se defendieron con tanta determinación, que las compañías, no queriendo derramar su mesma sangre, hubieron de tornarse al campo sin hacer efeto; y ellos, guiados de su falso consejero, llegando cerca de Mecina de Bombaron, dieron en una emboscada que Aben Aboo les tenía puesta, y fueron todos muertos o captivos. Estos días vino un capitán moro llamado el Picení, natural de Berja, con trecientos escopeteros al campo del Duque, a tratar de rendirse y a desculparse de que le habían dicho que estaba informado que enviaba él moros de noche a que matasen y robasen los cristianos, caballos y bagajes que se desmandaban del campo; el cual ofreció al Duque reduciría al servicio de su majestad cinco o seis mil ánimas, y le certificó que los daños no eran con su consentimiento, antes había ahorcado dos moros de los que los hacían con muy pequeña información. El Duque le mandó hacer muy buen tratamiento, y cuando hubo de volver donde habían dejado [340] su gente, envió con él cincuenta de a caballo que le hiciesen escolta; pero el Picení no quiso después reducirse, pareciéndole que los negocios iban encaminados de manera que no le podía suceder bien dello; y juntando sus compañeros, les dijo: «Hermanos, los cristianos nos miran con odio terrible; la tierra está perdida; malo es estar en ella como enemigos, y peor como amigos. Mi parecer es que nos pongamos en cobro; que si mujeres y hijos perdiéremos, otras mujeres hallaremos, y otros hijos podremos tener donde quiera que fuéremos». Y dende a pocos días se pasó con ellos a Berbería en unas fustas de turcos que vinieron a la costa. Estando el Duque en este alojamiento, le escribió don Juan de Austria que tenía necesidad de verse con él para tratar de algunas cosas que convenían al servicio de su majestad; y él le respondió que iría a besarle las manos; y ansí, hubieron -de partir el camino, y se juntaron en el cortijo que dicen de Leandro o de Juan Caballero, donde comieron y trataron de los negocios, y de allí se volvieron a sus alojamientos. Don Juan de Austria se fue a Padules de Andarax, y el duque de Sesa a Berja, y no mucho después partió de aquel alojamiento, y fue a juntarse con él en Padules, y de allí adelante asistió cerca de su persona.
Cómo el Habaquí y otros alcaides moros se juntaron en el Fondón de Andarax con los caballeros comisarios para tratar del negocio de la redución
Dábase mucha priesa don Juan de Austria por concluir el negocio de la redución mientras los alzados padecían hambre, porque entendía que pasado el mes de mayo, hallarían en cada parte la mesa puesta de los frutos que producía la tierra, y que sería menester engrosar de nuevo el ejército a mucha costa y con grande embarazo, especialmente que el Habaquí lo traía ya en buenos términos, y venían muchos a reducirse. A unos traía el temor de morir y la esperanza del perdón, a otros el amor de las mujeres y hijos que tenían captivos, pensando rescatarlos; y por la mayor parte, a todos el deseo de quietud y paz, cansados de tantos trabajos y desventuras. Habíendose pues juntado en el alojamiento de Padules los caballeros diputados que don Juan de Austria había mandado venir para tratar del negocio, a 13 días del mes de mayo vinieron al Fondón de Andarax Hernando el Habaquí, y Hernando el Galip, hermano de Aben Aboo, y Pedro de Mendoza el Hosceni, y un hijo de Jerónimo el Maleh, y Alonso de Velasco el Granadino, y Hernando el Gorri, y doce turcos de los principales con ellos, y mil escopeteros de guardia. El mesmo día escribió el Habaquí a don Alonso de Granada, avisándole cómo había venido a cumplir lo prometido, para que suplicase a don Juan de Austria mandase ir luego los caballeros que habían de tratar del negocio, significándole que ninguna cosa deseaban más que paz y volver al servicio de su majestad, concediéndoseles algunas cosas fuera de las contenidas en el bando. Luego que don Juan de Austria supo la venida del Habaquí al Fondón de Andarax con los alcaides moros y turcos, mandó que los caballeros diputados fuesen a ver lo que querían, y con ellos el doctor Marín y los beneficiados Torrijos y Tamarín. Lo primero que trataron fue ponderar con arrogancia cuán mal se podían guardar las premáticas, los daños que dellas se les seguía, y los malos tratamientos que recebían de las justicias y de los ministros ejecutores dellas. Quejábanse de no haberles guardado nada de cuanto se había asentado con ellos desde que se quisieron reducir al marqués de Mondéjar, refiriendo lo de Álvaro Flores en Válor, lo de Villalta en Lároles, y las mujeres que habían tomado por esclavas en la Calahorra yéndose a reducir; y mostraban mucho sentimiento de que llevasen a Castilla los moriscos que no se habían alzado, diciendo que si aquello se hacía con los que habían sido leales, qué podían esperar les rebelados. Finalmente dijeron que su pretensión era que don Juan de Austria nombrase personas de quien ellos se fiasen, que recibiesen y amparasen a los que se fuesen a reducir, recogiendo a cada uno en su partido; que se diese paso libre a los de Berbería, porque como gente que había venido a ayudarlos, querían que no se les hiciese daño por ninguna manera. Que se los ayudase para el rescate de las mujeres y hijos, y no se consintiese sacarlas de Castilla, y que darían luego todos los cristianos que tenían captivos en su poder; que los dejasen vivir en el reino de Granada, y que volviesen los que habían metido la tierra adentro; que se les guardasen las provisiones que tenían antiguas, y que una vez perdonados y reducidos hasta aquel día, había de haber perdón general, sin que hubiese recurso contra ellos por ninguna persona. Esta relación enviaron luego los caballeros comisarios con Hernán Valle de Palacios a don Juan de Austria, el cual llegó al campo a media noche, y aquella mesma noche se juntó el Consejo; y visto lo que pedían los moros, se les respondió que ante todas cosas trajesen poder de Aben Aboo y de los otros caudillos en cuyo nombre se venían a rendir, y que presentasen, juntamente con él, su memorial en forma de suplicación, pidiendo lo que viesen que les convenía, tratando solamente de aquellas cosas que fuesen pertinentes. Y porque se entendió que por falta de estilo no lo habían hecho, Juan de Soto, secretario de don Juan de Austria, que también lo era del Consejo, les envió la orden que habían de tener en lo que quisiesen pedir. Con este despacho volvió aquella noche Hernán Valle de Palacios al Fondón, y los moros holgaron de hacerlo ansí. Y para que el negocio fuese más acertado, suplicaron a don Juan de Austria mandase a Juan de Soto que fuese también a hallarse en la conclusión dél, ofreciéndose de volver luego con los poderes. Y con esto se partieron los unos y los otros, y el Habaquí prometió de hacer que dentro de ocho días viniesen con los recaudos al mesmo lugar. [341]
Cómo volvieron los caballeros comisarios al Fondón de Andarax, y concluyeron el negocio de la redución
El Habaquí cumplió su palabra, y el viernes 19 días del mes de mayo volvió al Fondón de Andarax y con él los otros alcaides, excepto Hernando el Galip, que maliciosamente, de envidia de ver que hacían los caballeros cristianos más cuenta del Habaquí que dél, no quiso volver con ellos. Sabida su venida en el campo, don Juan de Austria mandó que fuesen luego las personas que habían intervenido en las pláticas pasadas, y con ellos el secretario Juan de Soto y García de Arce; los cuales partieron el mesmo día del campo, y encontrando en el camino diez moros que el Habaquí enviaba en rehenes, los entregaron a don Martín de Argote, que con los caballos de su compañía iba haciendo escolta, y ellos pasaron adelante. Llegados al lugar del Fondón, el Habaquí presentó sus poderes, y hizo sus memoriales en la forma que Juan de Soto le dijo que habían de ir; y con ellos partió luego Hernán Valle de Palacios al campo, y los presentó en el Consejo. Aquella noche quedaron los caballeros comisarios en buena conversación con los moros, y cenaron todos juntos; aunque se hubiera de convertir aquel placer en mayor desasosiego por la inadvertencia de un capitán de caballos del campo del duque de Sesa, llamado Pedro de Castro, que escribió una carta al Habaquí, con que los alteró a él y a todos los que habían venido a tratar del negocio de las paces, porque cierto en aquella coyuntura pudiera excusar los términos della. Salían los escuderos del campo del duque de Sesa a buscar de comer para los caballos, y desmandábanse tanto algunas veces, que llegaban hasta cerca de Andarax; y el Habaquí, por quitar inconvenientes, entendiendo que hacía servicio, había mandado pregonar en su campo que ningún moro fuese osado de hacerles daño, y había escrito sobre ello al Duque, avisándole de la diligencia que había hecho, para que mandase a los escuderos que no pasasen de ciertos límites que señalaba en la carta, porque hasta allí llegarían seguros. Desto hizo poco caso el duque de Sesa, y Pedro de Castro, ofendido que hubiese tenido atrevimiento aquel moro de querer poner límites a su capitán general, le respondió por su parte que bien sabía él que todas las veces que el Duque había querido pasear la Alpujarra, lo había hecho a pesar suyo y de todos los moros della, y que lo mesmo haría de allí adelante, y otras palabras a este propósito. Esta carta acababa de recebir el Habaquí cuando Hernán Valle de Palacios entró por el lugar con la resolución del Consejo; el cual le llamó desde la ventana de su aposento, estando con él el Maleh y Pedro de Mendoza y Alonso de Velasco, tan indignados todos, que tenían acordado de matar a los comisarios, y no hablar más en el negocio, entendiendo que cuanto se trataba con ellos era engaño. Mas Hernán Valle los aplacó, mostrándoles el despacho que les traía, y con buenas razones los persuadió a que no hiciesen caso de las palabras de Pedro de Castro, diciéndoles que confiasen de los caballeros que allí estaban, pues eran los mayores amigos que tenían, y tales, que ellos proprios los habían escogido para tratar con mayor confianza de su bien; y que mirasen que cualquiera desorden que hiciesen les sería tan dañosa, que jamás tornarían a enristrar su negocio ni hallarían lugar de clemencia en su majestad. El Habaquí le dio la carta para que la fuese a mostrar a Juan de Soto, y le prometió que no dejaría salir de aquel aposento a ninguno de los que con él estaban hasta que los comisarios se juntasen. Los primeros que vieron la carta fueron don Juan Enríquez y Juan de Soto; los cuales entraron luego en la posada del Habaquí, y enviando a llamar los compañeros, trabajaron tanto con él y con los otros alcaides, que los pusieron en razón, y sin salir de allí concluyeron el negocio desta manera: que el Habaquí, en nombre de Aben Aboo y de los otros cuyos poderes tenía, fuese a echarse a los pies de don Juan de Austria pidiendo misericordia de sus culpas, y le rindiese las armas y la bandera, y que su alteza los admitiría en nombre de su majestad, y daría orden como no fuesen molestados, cohechados ni robados, y enviaría a los que se redujesen con sus mujeres y hijos y bienes muebles a las partes y lugares donde habían de vivir, porque no habían de quedar en la Alpujarra. Con estas cosas y otras particulares que el Habaquí pidió para Aben Aboo y para los amigos y para sí mismo, que todas se le concedieron, partió aquel día para los Padules, llevando consigo a Alonso de Velasco y trecientos escopeteros, y fue a hacer la sumisión a don Juan de Austria en nombre de su majestad. Entró en nuestro campo acompañado de los caballeros comisarios y sus trecientos escopeteros moros puestos en orden a cinco por hilera, a los cuales tomaron en medio cuatro compañías de infanteril que los estaban aguardando. Luego entregó la bandera de Aben Aboo, por mandado de don Juan de Austria, a Juan de Soto, y él la cogió en el hasta; y pasando por medio de los escuadrones de la gente de a pie y de a. caballo, que estaban puestos en sus ordenanzas tocando sus instrumentos de guerra, hicieron una hermosa salva de arcabucería, que duró ni cuarto de hora. Estaba don Juan de Austria en su tienda acompañado de todos los caballeros y capitanes del ejército, y llegando el Habaquí cerca, se apeó del caballo y fue a echarse a, sus pies, diciendo: «Misericordia, señor, misericordia nos conceda vuestra alteza en nombre de su majestad, y perdón de nuestras culpas, que conocemos haber sido graves»; y quitándose una damasquina que llevaba ceñida, se la dio en la mano, y le dijo: «Estas armas y bandera rindo a su majestad en nombre de Aben Aboo y de todos los alzados cuyos poderes tengo»; y Juan de Soto arrojó a sus pies la bandera de Aben Aboo. Don Juan de Austria estuvo a todo esto con tanta serenidad, que representaba bien la majestad del cargo que tenía; y mandándole que se levantase, le tornó a dar las damas quina, y le dijo que la guardase para servir con ella a su majestad, y después le hizo mucha merced y favor. Los trecientos moros se volvieron a Andarax, y el Habaquí quedó en el campo. Llevole a comer a su tienda don Francisco de Córdoba, y sobre comida se trataron algunas cosas concernientes al bien de los negocios, que quedaron apuntadas. Otro día le llevó a comer el obispo de Guadix, que no holgó poco de verle con demostración de arrepentimiento y contento de haber hecho aquel servicio a Dios y a su majestad. Y a 22 de mayo volvió a la Alpujarra a dar cuenta a Aben Aboo y a los otros caudillos de lo que dejaba efetuado. Este mesmo [342] día partió don Juan de Austria de Padules, y se fue a poner en Codbaa de Andarax.
Cómo don Antonio de Luna fue a despoblar los lugares de la sierra de Ronda
La ciudad de Ronda, que los moros llamaron Hizna Rand, que quiere decir castillo del laurel, está en la parte más occidental del reino de Granada: fue fundada por los alárabes sectarios en lugar algo apacible, aunque rodeada de asperísimas sierras, donde se acaba la sierra mayor. A poniente tiene los términos de las ciudades de Gibraltar, Jerez de la Frontera y Sevilla, al cierzo los lugares de la tierra llana de Andalucía, al mediodía la de Marbella, y al levante la de Málaga. Su sitio es fuerte por naturaleza, porque la rodea por las tres partes una muy honda cava de peña tajada, por la cual corre un río, que la mayor parte dél nace debajo de la puente de la mesma cava; la demás que viene por aquel lugar son juntas de arroyuelos que bajan de las sierras, y se secan a tiempos en el año; por manera que la verdadera fuente está debajo de la propria ciudad, donde no se le puede quitar por cerco el agua. Donde no la cerca la cava ni el río, que es entre poniente y mediodía, la fortalece un castillo, bastante defensa para guardar aquella entrada. Sus términos son fértiles, vestidos de arboledas, de olivares y de viñas; y tiene grandes montes para cría de ganados, y muy buenas tierras para sembrar pan. Los lugares de su jurisdición son muchos; están metidos en los valles de las sierras, dolido corren aguas frescas y saludables de fuentes y de ríos que nacen en ellas. Atraviesa por esta tierra de levante a poniente la sierra mayor con nombre de Sierra Bermeja; aunque los moradores la llaman diferentemente, conforme a las poblaciones que están en ella. Su principio es en la sierra de Arboto, cerca de Istán, y fenece en Casares y Gausin, últimos pueblos del Havaral o algarbe de Ronda, que está a poniente de aquella ciudad. El río que sale de la cava llaman al principio Guadal Cobacín, y cuando va más abajo Guadiaro, y con este último nombre se mete en la mar entre Gibraltar y la torre de la Duquesa, llevando consigo las aguas de otros ríos que le acompañan. Sobre Igualeja, que ese más alto lugar desta sierra, nace otro río que corre por el valle del Havaral, donde hay muchos lugares de una parte y otra dél, y le llaman Genal. El primer lugar que está en la ladera a mano derecha es Parauta, luego Cartagima, Júscar, Faraxam, Pandeire, Atajate, Benadalid, Benalabría, Benamaya, Algatucin, Benarrabá y Gausin, donde fenece el Havaral. En la otra ladera de la mano izquierda están Pujerra, Moclón, Jubrique, Botillas, Benameda, Ginalguacil, Benestepar y Casares, que está en el paraje de Gausin. En Júscar hay una torre antigua, labrada, de cuatro esquinas, que sirve de campanario en la iglesia, que en tiempo de moros fue mezquita; la cual con fuerza de un hombre puesto sobre el pretil alto, donde está la campana, se menea tanto, que se tañe sin llegar a ella. No hallamos quien nos dijese la causa de su movimiento; mas puesto arriba, consideré que es la delicadeza de la fábrica; y ansí dicen unas letras árabes que están en ella, que la hizo el maestro de los maestros del arte de albañilería. Volviendo a nuestro propósito, el río corre siempre a poniente hasta llegar a Casares, y allí vuelve hacia mediodía; y dejando a mano izquierda aquella villa, se va a meter en la mar entre Gibraltar y Estepona. Vadéanse estos dos ríos por todas parles, sino es dos o tres leguas de la mar, que Guadiaro se pasa en barca. Casares y Gausin son villas fuertes por naturaleza de sitio. Casares está cercada de una cava de peña tajada, de la manera que Ronda, y también Gausin, aunque la cava no es tan alta; y en tiempo de moros era la llave del Havaral. Otra serranía está tres leguas desviada del Havaral a la parte del cierzo, que llaman de Villaluenga, la cual solía ser de Ronda, y agora es de señorío, y en ella hay siete villas. Esta sierra es alta y prolongada, y tiene cinco leguas de largo del norte a mediodía. Tornando pues a la parte de levante de Ronda, donde llaman la Jarquía, encima de la villa de Tolox, que es de la joya de Málaga, cuatro leguas de la mar, está la Sierra Blanquilla, más alta que otra del reino de Granada, fuera de la Sierra Nevada; en la cual están las fuentes de tres ríos. El uno es Río Verde, que, como dijimos en la descripción de Marbella, corre hacia aquella parte. El otro llaman Río Grande, sale entre Tolox y Yunquera, y por bajo de Alozaina pasa a Casapalma; y juntándose con el río que baja de Alora, va a entrarse en la mar una legua a poniente de Málaga junto a Churriana. El tercero río, que baja de Sierra Blanquilla, nace a la parte del Burgo; y pasando junto a la villa, va al castillo de Turón, fortaleza importante cuando la tierra estaba por los moros, y a la villa de Hardales; y juntándose con él otros ríos en unas sierras, se va a despeñar entre dos peñas tajadas de grandísimo altor, que están media legua abajo de la junta, donde llaman el despeñadero: allí entra el río por una angostura o gollizo muy largo, donde antiguamente gustaban dos grandes poblaciones, cuyas reliquias se ven el día de hoy apartadas media legua del río, la una hacia el mediodía y la otra hacia el norte. La de mediodía llaman los modernos Villaverde y la otra Abdelagiz, donde está una población pequeña que corruptamente llaman Audalajix. De allí va el río a Alora, y en Casapalma, dos leguas más abajo, se junta con el Río Grande que dijimos.
Estando pues su majestad y los de su consejo resueltos en que se despoblasen todos los lugares de moriscos de paces que estaban por alzar en el reino de Granada, para que los alzados acabasen de perderla esperanza que en ellos tenían, y se rindiesen o deshiciesen presto, aunque con la ocasión de la redución que se trataba en Andarax, había don Juan de Austria suspendido la saca de los de Guadix y Baza, no se asegurando de los de la serranía y Havaral de Ronda, por haber algunos levantados en aquellas sierras, mandó a don Antonio de Luna que, valiéndose del corregidor de aquella ciudad y de Pedro Bermúdez de Santis, a cuyo cargo estaba la gente de guerra de la guardia della, y de los corregidores de las otras ciudades comarcanas, con el mayor número de gente que pudiese fuese a sacarlos de allí, y los llevase la tierra adentro a los lugares de Andalucía y hacia la raya de Portugal con la menor molestia que fuese posible, porque no tuviesen ocasión de resistir el mandato y orden que se les daba. Para este efeto partió don Antonio de Luna de Antequera, donde había venido Pedro Bermúdez de Santis a comunicar la jornada con él, a 20 de abril, y llevando dos mil infantes y sesenta [343] de a caballo, fue a la ciudad de Ronda, donde cumplió el número de cuatro mil infantes y cien caballos; luego puso en ejecución la orden que llevaba; y a un mesmo tiempo juntó Arévalo de Zuazo la gente de su corregimiento, y fue a despoblar a Monda y a Tolox, que confinan por aquella parte con la serranía de Ronda, ansí porque no había mucha seguridad de los moriscos que moraban en ellos, como para tomar el paso a los de la Hoya y Jarquía, en caso que quisiesen hacer alguna novedad. Siendo avisado don Antonio de Luna que para el buen efeto del negocio convendría ocupar ante todas cosas la parte alta de la sierra antes que los moriscos entendiesen lo que se iba a hacer, mandó a Pedro Bermúdez de Santis que con quinientos soldados se fuese a poner en el lugar de Jubrique, sitio a propósito para asegurar las espaldas a los que habían de ir a despoblar los otros lugares del Havaral. Hecho esto, repartió las compañías, dándoles orden que a un tiempo y en una hora los encerrasen en las iglesias y los comenzasen a sacar. Partieron a las ocho de la mañana, no pareciendo cosa conveniente ir de noche, por la aspereza de los caminos poco conocidos; y los moros, que estaban sospechosos y recatados, en descubriendo nuestra gente se subieron con sus armas u la sierra, dejando las casas, las mujeres, los hijos y los ganados a discreción de los soldados; los cuales, como gente bisoña y mal disciplinada, comenzaron a robar y cargarse de ropa y a recoger esclavos y ganados, hiriendo y matando sin diferencia a quien en alguna manera daba estorbo a su codicia. Viendo los moros esta desorden, movidos de ira y de dolor, bajaron de la sierra, y acometiendo a los que andaban embebecidos en robar, los desbarataron. Creció esta desorden con la escuridad de la noche, y como algunos soldados desamparasen la defensa de sí y de sus banderas, Pedro Bermúdez, dejando alguna gente en la iglesia de Genalguacil en guardia de las mujeres, niños y viejos que tenía allí recogidos, tomó fuera del lugar un sitio fuerte donde guarecerse. Entraron los moros determinadamente por las casas, y cercando la iglesia, la combatieron, y sacando los que había dentro, le pusieron fuego y la quemaron, y a los soldados, sin que pudiesen ser socorridos. Luego acometieron a Pedro Bermúdez, el cual se defendió animosamente, y al fin le mataron cuarenta soldados; y quedando muchos heridos de una parte y de otra, se recogieron los enemigos a la sierra. Vista la desorden y el poco efeto que se había hecho, retiró don Antonio de Luna las banderas con obra de mil y quinientos soldados, bien cargados de moriscas y de muchachos y de ropa y ganados, que vendían después en Ronda, como si fuera presa ganada de enemigos. Luego se deshizo aquel pequeño campo, yéndose cada uno por su parte, como lo suelen hacer los que han hecho ganancia y temen por ella castigo; y don Antonio de Luna, dando licencia a la gente de Antequera, y enviando los moriscos que había podido recoger la tierra adentro, sin hacer más efeto partió para Sevilla, donde había su majestad ido aquellos días, a darle cuenta de sí y del suceso, porque los de Ronda y los moros le cargaban culpa; los unos diciendo que, habiendo de dar al amanecer sobre los lugares, había dado en ellos alto el sol y dividida la gente en muchas partes, y que había dado confusa la orden, dejando en libertad a los capitanes y oficiales; y los otros, que había quebrantado el seguro y palabra real, que tenían como por religión, y que estando resueltos en obedecer lo que se les mandaba, les habían robado las casas, las mujeres, los hijos y los ganados, y que no les quedando más que las armas en las manos y la aspereza de las sierras, se habían acogido a ellas por salvar las vidas; y que todavía estaban aparejados a dejarlas, y volverían a obediencia tornándoles las mujeres, hijos y viejos que les habían llevado captivos, y la ropa que con mediana diligencia se pudiese cobrar. A lo primero decía don Antonio de Luna haber repartido la gente como convenía en tierra áspera y no conocida; que si caminara de noche, fuera repartir a ciegas y llevarla desordenada y deshilada; de manera que fácilmente pudiera ser desbaratada, por estar los enemigos avisados, saber los pasos, y serles la escuridad de la noche favorable. Y a lo segundo, aunque parecía no ir los moros fuera de razón, eran tantos los interesados, que por sólo esto fueron habidos por enemigos, no embargante la demostración de haberse movido provocados y en defensa de sus vidas; por manera que las razones de don Antonio de Luna fueron admitidas, y se dio culpa a la desorden de los soldados. Y en efeto, no sirvió esta jornada más que para acabar de levantar aquella tierra y dejarla puesta en arma.
En este tiempo Arévalo de Zuazo llegó a la villa de Tolox con la gente de su corregimiento, y mandó encerrar los moriscos de aquella villa en la iglesia con alguna manera de quietud; mas teniendo puestas guardas al derredor de la villa, los soldados se descuidaron, y tuvieron muchos moriscos lugar de irse a la sierra con sus mujeres y hijos; y recogiendo el ganado que tenían en ella, fueron a juntarse con los demás alzados que andaban a la parte del Río Verde. Despoblada aquella villa, dejó en ella al capitán Juan de Pajariego con ciento y treinta hombres, mientras se recogían los bienes muebles; el cual, siendo avisado como los moros que habían huido a la sierra tenían más de tres mil cabezas de ganado y muchas mujeres y niños, y que se podrían desbaratar fácilmente, por ser gente desarmada, juntó ciento y veinte hombres de Alhaurín y de Alozaina y de otros lugares, que andaban aventureros, y fue a buscarlos; y llegando al puerto de las Golondrinas, vieron el ganado cabrío en unas ramblas junto a la majada que dicen de la Parra, con tres moros que lo andaban guardando. Habían los enemigos puesto allí aquel ganado de industria cuando vieron ir los cristianos, Y puéstose en emboscada; y como el capitán hiciese alto en un cerrillo y enviase cuatro mozos ligeros, que lo recogiesen, salieron de la emboscada dando grandes alaridos, y a gran priesa subieron a tomar los puertos más altos para revolver sobre ellos. Viendo esto algunos temerosos cristianos, dieron a huir; que no bastaban los ruegos del capitán ni del alférez ni de los otros oficiales a detenerlos, ni las amenazas que les hacían. Algunos hombres de vergüenza repararon y comenzaron a hacer un escuadrón mal ordenado, porque ya los enemigos venían tan cerca, que no tuvieron lugar de poderío formar; y fueron acometidos con tanta determinación, que los rompieron, y matando siete cristianos, hirieron treinta y les hicieron pedazos el tafetán de la bandera y la caja del atambor. [344] Yéndose retirando desta manera, llegaron a la loma de Corona, que es una cordillera alta que da vista a todas aquellas sierras; y allí salió otra manga de moros que los fue cercando; y renovando la pelea, mataron otros cuatro cristianos y hirieron veinte. Y como ya estuviesen cansados y faltos de munición, se arrojaron la sierra abajo, que es fragosa y sin arboleda; y los moros, yendo a la parte alta, echaban a rodar sobre ellos peñas y piedras grandes con que los iban apocando. Quedábase atrás el capitán Pajariego metido entre unas matas, y un hijo suyo volvió animosamente en busca de su padre, y pasando por medio de los enemigos, con catorce soldados llegó al lugar donde estaba y le retiró. Y sin duda se perdieran todos si el capitán Luis de Valdivia, vecino de la ciudad de Málaga, no los socorriera con veinte caballos y la gente de a pie que había en Tolox; el cual los retiró; y llevando los heridos a curar a Alozaina, dejaron a Tolox despoblado. Idos los cristianos de allí, los moros bajaron luego a la villa, y quemaron la iglesia y las casas de los cristianos que vivían entre ellos.
Cómo el Habaquí volvió al campo de don Juan de Austria con resolución, y se dio orden a los caballeros comisarios que habían de recoger los moros que viniesen a reducirse
El día de Corpus Christi, que fue este año a 23 de mayo, volvió el Habaquí al campo de don Juan de Austria con resolución de lo que se había platicado con él, y con el consentimiento de Aben Aboo y de los otros caudillos; principales de los alzados y de los turcos, y especialmente de la gente común, que no deseaban cosa más que verse en quietud. Y porque a la hora que llegó andaba la procesión del Santísimo Sacramento, salieron a entretenerle mientras se acababa, don Hernando de Barradas y Hernán Valle de Palacios, los cuales estuvieron con él hasta que se acabó la fiesta, que fue muy solene, porque anduvo la procesión por una calle hecha de alamedas y frescuras al derredor de la tienda donde se ponía el altar para decir misa, estando los escuadrones de la infantería y la gente de a caballo de un cabo y de otro con sus banderas tendidas tocando los instrumentos de guerra, y se hicieron tres salvas de arcabucería, que duró cada una un cuarto de hora. Iban en la procesión el obispo de Guadix con los clérigos y frailes que había en el campo, y todos los caballeros, capitanes y gentiles hombres con hachas y velas de cera ardiendo en las manos. Llevaban las varas delanteras del palio del Santísimo Sacramento don Juan de Austria y el comendador mayor de Castilla, y las traseras don Francisco de Córdoba y el licenciado Simón de Salazar, alcalde de la casa y corte de su majestad. Cierto era cosa de ver el abatir de los estandartes y banderas, las gracias que todos daban al Soberano, loando su infinita bondad y misericordia en aquel lugar, donde tantas abominaciones y maldades habían cometido los herejes rebeldes contra la majestad divina y humana. Aquel día predicó un fraile de san Francisco, el cual con muchas lágrimas alabó a nuestro Señor por tan gran bien y merced como había hecho al pueblo cristiano en traer aquellas gentes a conocimiento de su pecado; y sobre esto dijo hartas cosas con que se consoló la gente. Acabada de solenizar la fiesta deste día, el Habaquí entró en el campo, y se le dieron luego los recaudos que hacían al caso para el despacho de su negocio, y un bando firmado de don Juan de Austria en confirmación del pasado con algunas declaraciones y prorrogación de tiempo. Diéronse comisiones a los caballeros comisarios a cuyo cargo había de ser el recoger los moros que se viniesen a reducir, para que fuesen luego a los partidos donde había de estar cada uno. A don Juan Enríquez se cometió lo de Baza y su hoya, río de Almanzora, sierra de Filabres y tierra de Vera; a don Alonso de Granada Venegas, todo lo de la Alpujarra, sierra, vega de Granada, taa de Órgiba, costa de la mar, valle de Lecrín y río de Alhama; a don Hernando de Barradas, lo de Guadix, la Peza, Fiñana, Abla, Lauricena, Guécija, Dílar, Ferreira y la Calahorra; a don Alonso Habiz Venegas, lo de Almería y su río; a Juan Pérez de Mescua, lo del Deyre, Elquif, Nanteira y Jériz; y a Tello González de Aguilar y Hernán Valle de Palacios se mandó recoger todos los que viniesen a reducirse al campo de don Juan de Austria. Y porque Hernando el Darra y los de la sierra de Bentomiz trataban también de rendirse, y habían enviado a don Alonso de Granada Venegas dos moriscos llamados Gonzalo Gaytán, vecino de Competa, y Jorge Abud Hascen, vecino de Canilles, por toda la sierra, se envió comisión a Arévalo de Zuazo para que él y Alonso Vélez de Mendoza, vecino de Vélez, los recogiesen. La orden que se les dio a todos fue que los dejasen ir a morar en las partes y lugares donde pareciese que había más comodidad, a su libre voluntad, con que fuese en tierra llana fuera de las sierras, y apartados de la costa de la mar todo lo que fuese posible, haciendo lista de todos los hombres de quince años arriba y de sesenta abajo, con relación del día en que se reducían, de las armas que entregaban, y del lugar donde querían ir a vivir; y que les dejasen vender o llevar los bienes muebles, sin que se les pusiese impedimento en ello. Ofreciose el Habaquí a reducir también los de la serranía de Ronda y Marbella que anduviesen alzados; y con ánimo de ir encaminando luego los de la Alpujarra, diciéndoles a dónde habían de acudir y por qué caminos habían de ir seguros, se partió del campo con orden de embarcar los turcos y moros berberiscos que andaban en la tierra, y enviarlos a Berbería; cosa que aunque al parecer era áspera de sufrir, bien considerado, fue importante para quitar a los alzados la esperanza que de su socorro tenían, y quien los pudiese persuadir a que no se redujesen; porque aunque eran pocos, podían mucho en este particular, y era una cosa en que el Habaquí había hecho instancia por quitar este inconveniente que podía interromper su negocio, aunque también le debió de mover a ello haberlos traído él de Argel, y por ventura persuadidos a que se volviesen con ganancia y seguridad antes que todo se perdiese.
Cómo don Alonso de Granada Venegas fue a verse con Aben Aboo
Había de ir don Alonso de Granada Venegas a ponerse en Otura, lugar de la vega de Granada, para recoger los moros que viniesen a reducirse de su partido; y porque diese esperanza a Aben Aboo de todo lo que el Habaquí le había dicho, don Juan de Austria le mandó [345] que hiciese camino por el Alpujarra y fuese a verse con él, y que de su parte le dijese la merced que en nombre de su majestad le hacía, y cómo, condoliéndose de verle embarazado en cosa tan fuera de su buena inclinación, entendiendo su inocencia y sencillez, como se lo había significado el Habaquí, le había tomado debajo de su protección y amparo para suplicar a su majestad, como se lo suplicaría, que le hiciese toda merced y favor; y que debajo desto podría estarse en su casa sin salir della, pues aunque se ordenaba a los demás que estaban en la Alpujarra que saliesen, no se debía esto entender con su persona ni con algunos particulares de los que él quisiese nombrar, teniendo por cierto que haría el servicio que había ofrecido. Y porque llevaba también orden de ir a Mecina de Bombaron a recoger las armas de todos los que se redujesen, y enviarlas a Granada, se mandó que en este particular no hiciese novedad con Aben Aboo, pues ya el Habaquí había hecho el auto de sumisión con poder suyo. Peligrosa comisión era la que don Alonso de Granada Venegas llevaba entre gente bárbara indignada, y holgara harto poder excusar aquel camino, temiendo algún desatino de quien tantos había hecho, con el cual venía a desbaratarse el negocio; y diciéndolo ansí a don Juan de Austria, el animoso Príncipe le respondió que no había que parar en el peligro, porque en los grandes hechos grandes peligros había de haber. Viendo pues don Alonso Venegas la determinación de don Juan de Austria, domingo a 28 de mayo, a más de las cuatro de la tarde, partió de Codbaa de Andarax; y llevando consigo al beneficiado Torrijos y al alférez Serna y otras once o doce personas, llegó a puesta de sol a Alcolea, donde estaba Pedro de Mendoza el Xoaybi, que le salió a recebir con dos de a caballo y cincuenta arcabuceros y ballesteros. Quedó allí aquella noche, y no quiso pregonar el bando que llevaba, por ser el distrito de otro comisario; mas dijo de palabra a los vecinos las partes donde habían de ir a rendirse, la seguridad con que lo podían hacer, la confianza del buen acogimiento que hallarían en todos los caballeros que estaban diputados para aquel efeto, y lo mucho que les convenía reducirse con brevedad. Los moros forasteros de Granada y de otras partes que estaban en el lugar mostraron estar en el cumplimiento del bando llanos; mas los de la tierra sentían mucho haber de dejar sus casas; y con todo eso le dijeron que harían lo que se les mandaba. Y porque se temían de ir con sus mujeres y hijos y ropa por entre los monfís, le rogaron que escribiese a don Juan de Austria que, como el Habaquí tenía comisión de poder traer gente, la tuviesen algunos particulares, como Pedro de Mendoza el Xoaybi y otros, que asegurasen los caminos y los acompañasen hasta ponerlos en salvo; el cual les dijo que lo haría ansí, y les avisó que ninguno fuese al campo sin orden, y que llevándola, entrasen de día, y no de noche, por el inconveniente que podría haber. Otro día de mañana partió de Alcolea y llegó a Albacete de Ugíjar, donde fue bien recebido, y mandó pregonar y fijar el bando en una puerta; y diciendo a los moros que halló en el lugar lo que había dicho a los de Alcolea, fue por el camino derecho a Cádiar, donde supo que le aguardaban Aben Aboo y el Habaquí. Y era verdad que le habían estado aguardando el domingo, y se lo habían enviado a decir ansí; y porque el mensajero no había tornado con la respuesta, se habían vuelto a Mecina de Bombaron, y enviaron a Alonso de Velasco con seis de a caballo el camino adelante que les fuese a encontrar; el cual le topó media legua de aquel cabo de Ugíjar, y se fue con él a Cádiar. Había en aquel pueblo mucha gente de Cogollos y de los lugares de la vega y sierra de Granada, que le recibieron con mucho contento y le aposentaron y regalaron mucho, regocijándose todos con todos con la nueva de las paces. Aquel mesmo día vinieron a Cádiar Aben Aboo y el Habaquí con trecientos moros; escopeteros y cincuenta turcos, y se fueron a apear a la posada de don Alonso de Granada Venegas; y apartándose con ellos el beneficiado Torrijos, toda la plática de Aben Aboo fueron descargos, dando a entender que no había tenido culpa en el levantamiento; antes había amparado a los cristianos de su lugar y defendido a los alzados que no quemasen la iglesia, aconsejándoles que no hiciesen semejante maldad. Que después desto había sido de los primeros que se habían reducido al marqués de Mondéjar y hecho que se redujesen otros muchos; que por fuerza y contra su voluntad había aceptado el cargo de la gobernación de los moros, y que siendo cristiano de corazón, no había permitido que se hiciesen crueldades en los cristianos captivos, y había comprado los que había podido, a fin de que no los matasen. Y últimamente concluyó con decir que venía allí a que don Juan de Austria hiciese dél, y de sus armas, y de todo lo demás, lo que fuese servido; y que ordenándosele, iría con los de la Alpujarra donde se le mandase, aunque le parecía que serviría más en encaminar la gente a sus distritos, sin que hubiese desorden que pudiese impedir lo que tanto deseaba, y en hacer embarcar los turcos y moros berberiscos, que era la cosa que de presente más cuidado le daba, por ser gente tan ocasionada para cualquier mal efeto, y tan desconfiados, que dañaban a los demás, de cuya causa los traía consigo a fin de no dejarlos desmandar, por ser mozos y los que más mano tenían en la tierra con los malos; y que desde el día que su majestad había abierto la puerta de la misericordia, había hecho cuanto había podido para dar a entender a los alzados lo mucho que les importaba reducirse, aunque había tenido hartas contradiciones en ello. Con estas y otras cosas que Aben Aboo decía daba a entender que tenía voluntad de reducirse; mas no se asegurando de sus mesmas culpas, como si tuviera el cuchillo a la garganta, temía la muerte. Don Alonso de Granada Venegas le dijo que don Juan de Austria estaba muy satisfecho de su persona, y que se diese priesa en concluir aquel negocio, que era lo que más le convenía para su quietud y descanso; pues, como el Habaquí le había dicho, el dejar la tierra y las armas no se entendía con su persona ni con algunos de los que él nombrase. Con estas y otras razones que le dijo, quedó Aben Aboo al parecer algo más asegurado, y prometió de hacer todo cuanto don Juan de Austria le mandase; solamente pidió a don Alonso de Granada Venegas que no tratase de recoger las armas, como se lo mandaba por su instrucción, diciendo que la gente que traía consigo era para servir a su majestad y hacer el efeto que tenía prometido; el cual holgó dello, y le dijo que no había ya para qué traer banderas ni otra insignia; y en su presencia las mandó luego Aben Aboo [346] quitar, y con esto se volvió aquel mesmo día a Mecina de Bombaron.