Sacado del libro "Dúrcal. 1957" de Juan Antonio Haro Molina
Un libro que pone en el recuerdo aquellos años de Dúrcal. Momentos de pobreza y resignación, pero también de dignidad e integridad. Hemos sacado de entre sus poesías los datos de diferentes personajes que vivieron entre los 50-60 y que son bastante significativos para esta generación
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La vida es un rosario de historias y de cuentos, de caras y de cruces, de olvidos y recuerdos. |

Nace en Nigüelas en 1880.
Hijo de José Pérez y de Margarita Carrillo Robles, vive en la Calle la Cruz de esta localidad hasta los 8 años que muere su madre.
Junto con sus dos hermanos menores y su padre se traslada a Dúrcal. Estudia bachiller interno en el colegio de los Escolapios de Granada y en 1.898 ingresa en la Facultad de Medicina y realiza prácticas en el Hospital de San Juan de Dios.
Acaba la carrera cinco años después y consta en los archivos del Ayuntamiento de Dúrcal que es nombrado Médico Titular de dicha localidad el 18 de septiembre de 1903, tras un concurso en el que se presentaron además D. José Rubio de Linares y D. Enrique García Cappa. Al poco tiempo, el 3 de enero de 1904 fue designado también médico de Nigüelas, su pueblo natal.
La labor ejercida durante los primeros años estuvo llena de dificultades y penurias. Renunció a casarse por dificultades en su familia y también por la dedicación cada vez mayor a la profesión.
Fue médico de todos sin ningún tipo de afiliación política. Se le reconocía porque iba a los pueblos circundantes a ver a los pacientes montado en un caballo y con una capa negra. Lo que hacía con los enfermos solo lo saben ellos y sus familias y ha quedado como testimonio para las generaciones posteriores que era afable, cariñoso y servicial.
Le movía el amor por los demás, sobre todo cuando pasaban por situaciones difíciles (pobreza, enfermedad, abandono...)
Una de las facetas que más llamaba la atención en su consulta era la gran biblioteca que poseía, casi toda de libros de medicina bien cuidados y trabajados, cosa inusual para un médico de pueblo.

Huía de las adulaciones y homenajes públicos, aunque tuvo que asistir al reconocimiento del pueblo de Dúrcal cuando a mediados de los años cincuenta le pusieron su nombre a una de las calles.
Siguió ejerciendo hasta que vio que le faltaban las fuerzas y había otros médicos más jóvenes en la localidad. Pero como decían sus enfermos ellos no se fiaban hasta que Don Evaristo no daba el visto bueno.
Estuvo con la mente lúcida hasta el día de su fallecimiento el 8 de febrero de 1968, cuando ya había cumplido los 88 años.

En 1.918 hubo una gran epidemia de gripe y posteriormente de tifus exantemático que ocuparía todo su tiempo en la atención a los pacientes, hasta que cayó también enfermo. Qué repercusión tendría esta labor en la provincia que le fue otorgada por el Ministerio de Gobernación la “Cruz de Beneficencia de primera clase” el 10 de octubre de 1921.
(Relato de su sobrino Francisco Pérez)
Traje gris de franela a la medida,
abrigo azul marino, casi negro,
¿corbata, gafas, guantes? no recuerdo
pero sí una bufanda distraída
y la silueta oscura de un sombrero .. .
y un maletín gastado sin hebilla
tirando levemente de su cuerpo.
Carámbanos colgando en los tejados,
las calles embarradas del invierno,
humo en las chimeneas y un silencio
de puertas y balcones congelados
que cala como el frío hasta los huesos
y el compás no lejano de unos pasos,
los pasos del amigo, nuestro médico.
“Ave María Purísima”, saluda
cortés, con discreción y con respeto
buscando la mirada del enfermo.
Toma su mano frágil con ternura,
posa su estetoscopio sobre el pecho.
Un ángel nos parece su figura,
no podremos pagar nunca su esmero.
Sobre la cara noble del mantel
como un juego de magia lo recuerdo:
algodón en alcohol celeste y fuego
y entre miniescaleras de Babel
dos agujas larguísimas hirviendo,
unas pinzas, un trozo de papel,
y una jeringa de cristal. ¡Qué miedo!
Era una enfermedad grave y frecuente
la escasez de recursos y “cúrrelo”,
falta de proteínas en el cuerpo
y abundancia de penas en la mente.
¿Qué puede recetarse contra esto?
Un paquete que llega al día siguiente
con salchichón, arroz, harina y queso.
Era Don Evaristo un hombre santo
que dedicó su vida y su dinero
a mitigar dolor y sufrimiento.
Ligero de equipaje lo encontraron,
no pudo ni pagar su propio entierro.
Son muchos y notables los milagros
hechos entre la gente de su pueblo.
Mayo de 2012
A mi no me pegó pero pegaba
directamente al rostro del enano
como “Cabezatoro” con la vara
en mitad de la palma de la mano.
Tal “modus educandi” fue notable
y tuvo en sus discípulos adeptos:
De rodillas y en cruz todo el que hable
y tortas a granel a los suspensos.
A mi no me pegó nunca “La Doña”
pero probó su mano más de uno.
Nada de incentivar. Era la norma
para enseñar, castigo puro y duro.
Ni excusas ni disculpas ni razones,
para el que no se sepa la lección
“La Doña” era, terror de los terrores,
sargento regular de la legión.
Bajaba la escalera de la casa,
falda y camisa negra de remate
a juego con tacón de pura raza,
una modelo actriz de escaparate.
Pisaba los peldaños de uno en uno
dando con cada paso una estocada
al trocito de pan tierno y picudo
con el que cada tarde merendaba.
Un interrogatorio maquiavélico
estaba siempre escrito en la pizarra:
¿Cuál es el nombre propio y académico
del famoso Quijote de la Mancha?
Preparen la libreta de dos rayas
que vamos al dictado semanal;
no se permiten más de cuatro faltas
y nada de usar goma de borrar.
Magnífico, fantástico, modélico
el método genial de una mujer
que no quería un niño analfabeto
y puso en ello todo su interés.
íbamos a la escuela medio pueblo.
Recuerdo, como no, a “Cabezatoro”
que usaba con firmeza de criterio,
unas veces de olivo, otras de almendro,
la punta de la vara para todo.
No pasaban ni coches ni camiones;
jugábamos al fútbol en la calle.
Jugábamos sin botas ni balones,
nada de porterías..., dos peñones,
déjenme que lo diga y lo subraye.
Salimos adelante dignamente
gracias a la maleta y al destierro,
al gazpacho, al tocino, al escabeche
y al polvo semanal de mala leche,
la leche americana que nos dieron.
Vendimos los jamones y los huevos,
guardamos en manteca las costillas.
Las ubres de la cabra y los conejos
mitigaron el hambre y los complejos.
Eran bichos sagrados las gallinas.
Fueron años preñados de pobreza
y nos tocó pagar los platos rotos:
De piojos, de legañas y de mocos,
tras luchas fraticidas y de guerras,
algunos escaparon, pero pocos

“La Rorra” se casó con su paisano Vicente Arroyo Cálvente y tuvieron siete hijos, tres varones y cuatro hembras a los que sacó adelante a pesar de enviudar temprano con todos los hijos pequeños.
Es conocida por todos por su gran cesta repleta de chucherías que vendía diariamente bajo las carteleras del cine de Manuel Padial, en las fiestas y, como se aprecia en la fotografía tomada en Marchena, en la Pascua de los Hornazos.
Empezó vendiendo dulces de temporada y pollos, y huevos criados por ella misma que llevaba hasta la capital por Navidad y si le faltaban para sus encargos los compraba a sus vecinos.
Por Semana Santa recogía en el campo collejas y flores silvestres que, hechas manojos, llevaba hasta Granada en el único medio de transporte al que ella podía acceder con su mercancía: el tranvía; todo, como ella decía, para sus “señoricos”. Aprovechaba el viaje y volvía con morcilla de lustre que vendía en los pueblos de Dúrcal, Acequias y Nigüelas a los que iba caminando acompañada de alguna de sus hijas. A su vez, en Nigüelas, con el dinero de la venta de la morcilla, compraba requesón que luego volvía a vender nuevamente.
En las largas tardes de verano ponía a su hija Carmen, para que aprovechara el tiempo, a vender polos de fresa, limón, chocolate, mantecado y turrón que venían en unas garrafas forradas de hielo y cuando sobraban, antes de que se derritieran, los repartía entre sus hijos.
Después compró una máquina de hacer churros y para su elaboración retiraba la harina y la levadura del homo de “Virtudicas”. Montaba su puesto de venta con una sartén y una hornilla de carbón en el paseo de la plaza, en la esquina de la tienda de Ángel Mede.
Incansable en sus negocios también compró en la capital una máquina de segunda mano para picar carne, la primera que hubo en el pueblo.
Incluso después de jubilada, se tiraba temprano de la cama para ir donde hiciera falta a ganar unas “perragordas”.
Aproximadamente a la edad de 75 años cesó en su actividad laboral agotada por la fatiga y la vejez pero nunca abandonó su afición de buscar collejas y flores.
Murió a los noventa y cuatro años.
Para los nietos y biznietos que tuvieron la gran suerte de conocerla fue la flor más hermosa entre las flores.
(Texto de su nieta Carmen Pérez)
Ayer la vieron saltando
balates del Hinatar;
de collejas y de flores
trajo lleno el delantal.
Hoy subida en el tranvía
va camino de Graná.
Todos saben lo que lleva,
nadie sabe qué traerá.
En la esquina de la plaza
hay colgada una farola
que alumbra noches de cine
y a sus pies una señora
vendiendo sueños de azúcar
a chica y a perra-gorda.
En la esquina de la plaza
hace milagros La Rorra.
Bajaba la calle abajo
llana, sencilla, elegante,
con una silla en la mano
y la cesta por delante,
cesta fantástica y dulce
golosa, mágica y grande.
Su cesta es un laberinto
de pecados veniales.
Para todos una madre,
para los niños abuela;
sufrida, paciente, noble,
en una palabra... buena.
Nunca un mal gesto con nadie,
siempre la sonrisa puesta.
Para el Darrón una santa,
para Dúrcal una reina.
Han doblado las campanas
de la torre de la iglesia.
Han cerrado los comercios
y mañana no hay escuela.
El farol de la pared
tiene un halo de tristeza
y llora por la mujer
de la silla y de la cesta.
Cuando La Rorra murió
fue a recibirla San Pedro;
abrió la puerta y la Rorra
le llevaba caramelos.
Agosto de 2011

Apodado “El Cojo Garraspiche” casado con Gracia Sánchez, señora de Béznar, trabajó de encargado en una azucarera de Motril.
En 1.937, durante la república, perdió una pierna en el bombardeo a la azucarera que estaban inaugurando.
A primeros de 1.939 regresó a Dúrcal buscando el amparo de su familia. Junto con su mujer embarazada y sus tres hijos, al proceder de la zona roja, subieron río arriba por temor a la línea de Franco que se encontraba instalada en Vélez. Se cobijaron en casa de su hermano Juan hasta que alquilaron una de las viviendas que había en el interior de la posada de Tizón.
Los primeros años en Dúrcal montaron una pastelería situada por encima de la posada, en la casa de Evaristo Povedano. Posteriormente y durante varios años se dedicó a realizar rifas en el tranvía Dúrcal-Granada hasta que se lo prohibieron.
Comenzó entonces a realizar las rifas por el pueblo sorteando los premios los domingos a la salida de misa, en la puerta de la iglesia.
En 1.953 el Ayuntamiento le concedió la construcción de un pequeño kiosco en la esquina de la plaza y durante 10 años estuvo vendiendo periódicos, revistas, novelas y chucherías de todo tipo.
Emigró también durante algún tiempo a Andorra donde se dedicó a la venta de lotería.
Tuvieron un total de nueve hijos. Se jubiló con una pensión de 500 pesetas. Murió con 72 años
(Biografía escrita por su hijo Salvador)
Manuel Melguizo, “Cojo Garraspiche”,
esposa embarazada y con tres hijos,
con una pierna menos te viniste
desde Motril a Dúrcal escondidos.
¡Qué tiempos tan amargos y terribles!
Viviendo en la posada de Tizón
tomabas la muleta cada día
para rifar un sorbo de ilusión,
entre los pasajeros del tranvía.
Eras canela y sal de la estación.
Mañanas de domingos en la iglesia.
Dentro misa y sermón sobre la muerte
y rifa semanal del cojo fuera.
A golpe de baraja de la suerte
tendremos ganador de una muñeca.
Muy pronto fue saliendo competencia
en la plaza del pueblo, en el mercado,
en el cine, en el homo, en la taberna...
Era larga la lista de parados
que bailaban al son de la postguerra.
Entonces hizo Dios casi un milagro
en forma de quiosco pequeñito.
Por fin lo que Manuel había soñado,
repartir ilusión entre los niños,
el oficio más noble y más sagrado.
Dime rubio mocoso, ¿tú qué quieres?
El número catorce del Jabato,
Yo el último Coyote y cacahuetes.
¿Ha venido El Llanero Solitario?
Quiero cambiar novelas del oeste.
Yo soy uno de aquellos que rondaba
con sueños de peseta en el bolsillo
tu rincón de la esquina de la plaza,
impaciente, nervioso y atrevido
a cambiar mi tesoro por tu magia.
Víctima de una guerra siempre triste,
llevaste nueve hijos a tu espalda,
ejemplo de tesón y lucha fuiste.
Tesón, orgullo, sufrimiento y rabia,
Manuel Melguizo, “Cojo Garraspiche”.
(Abril de 2.012)
Al fondo una casita
emerge entre los plátanos,
refugio misterioso
de seres encantados
que albergan las historias
de cien héroes fantásticos.
Entre cartuchos llenos
de pipas y garbanzos
descansan las espadas,
las flechas y los dardos
de capitanes trueno
y jóvenes jabatos.
Entre los caramelos
hay mundos olvidados
de niños de la selva,
del Hombre Enmascarado,
Tarzán, Mendoza Colt,
mi Yuki el Temerario,
Jerónimo y Apache,
Bengala y el El Cosaco.
El “Cojo Garraspiche”
ha podido lograrlo:
por cinco o seis reales
nos tiene alucinados.
Ni lápida con su nombre
ni cruz con un mal recuerdo;
no dejó rastro al morir
ni foto ni testamento.
Para la posteridad
no existe Carillahierro.
El tiempo borra al pasar
la memoria de los muertos.
Carillahierro se fue
hace ya bastante tiempo.
Hallaron en el corral
una burra sin su dueño
y una cabra que al balar
echaba en falta el ordeño.
Fue por la calle del Homo,
la fecha no la recuerdo,
chaqueta marrón de pana,
pantalón de pana negro.
Siendo de mediana edad
parece mucho más viejo.
La burra con el serón,
colgando del aparejo
y la cabra por detrás
con las ubres por el suelo.
Él delante de las dos
con una vara de almendro.
Cabra, burra y labrador
en menos de cinco metros.
Se levantaba temprano
para trabajar el huerto.
Después de ponerse el sol
regresaba para el pueblo.
Sudor, camino y reata
paso a paso, cuerpo a cuerpo.
¿Quién sabe cómo se llama,
cuál es su nombre completo?
Carillahierro se fue,
¿dónde está Carillahierro?
Que Dios tenga en su morada
el alma de este durqueño.
Julio de 2.011

Vivía en una casa hoy derruida en la Venta del Álamo, prolongación de la cuesta de La Valdesa bajo la acequia de Marchena....
Recorría los barrios de Dúrcal pidiendo limosna de forma muy original: se presentaba en las casas pidiendo directamente el pago de “la renta”.
Así pues, no era un mendigo al uso sino un funcionario de su propia hacienda y particular forma de vida.
El final de la jornada solía terminar en alguna cuneta durmiendo “la pea”.
Sabía perfectamente quién le ofrecía las cosas de corazón y las aceptaba de buen grado pero había gente que se mofaba de sus desgracias ofreciéndole falsamente un cigarro o un vaso de vino: Colirio ¿quieres un cigarro? ¡No bebo! respondía. ¿Quieres un vaso de vino? ¡No fumo!
Eran sus sabias, contundentes y sarcásticas respuestas ante el constante cinismo de la gente.
Un caminar quebrado
al borde del abismo,
un cuerpo lacerado
guardando el equilibrio.
Un ataque de nervios,
un grito, un alarido,
un disparo en directo,
un llanto en diferido.
Un hijo de la calle,
un nieto del destino,
un perro abandonado,
un animal herido.
Un hombre despechado
tirado en el camino,
un tipo solitario,
un solo ante el peligro.
Un coronel sediento,
un sargento bebido,
un ángel, un demonio,
un eficaz mendigo.
Un mendrugo de pan,
un cacho de tocino,
una ración de lástima,
un plato de cinismo.
Un pariente de nadie,
un de todos amigo,
un ejemplo de nada,
un doble de sí mismo.
Un cabecica loca,
un corazón de niño,
un trocito de pueblo,
un recuerdo... Colirio.
Agosto de 2011

"Antoñirre" nació el 11 de Febrero de 1.911 y murió el 10 de Noviembre de 1.993 a los 82 años.
Se autoinculpó de un delito que no cometió y después de años de cárcel, regresó a Dúrcal, su pueblo, donde se dedicó a realizar pequeños trabajos de carpintería.
Hombre de trato afable y campechano era muy apreciado por la gente. Tenía dos grandes aficiones, la lectura diaria de prensa y la proyección de inventos ingeniosos que nunca pudo poner en marcha.
Un haz desenterrado de guadañas,
una herida infectada siempre abierta,
un cuchillo de hielo en las entrañas
y dos guardias civiles en la puerta.
Un hilo de esperanza que se rompe,
un anillo metálico de nervios,
un camino secreto a no sé dónde
y el olvido feroz de los durqueños.
Sin mediar confesión ni penitencia,
una cárcel de golpes y de miedos
que mata lentamente la inocencia
de un niño despojado de sus sueños.
Un San Ramón sin ver a los amigos,
otro invierno sin fuego y sin hogar,
semanas, meses, años, casi siglos
sin rastro de justicia y libertad.
Al final de la cuesta La Valdesa,
pitillo descolgado de la boca,
ha vuelto con su boina hasta las cejas
un corazón de azúcar y de roca.
Un Dalí sin bigotes ni pinceles,
Gary Cooper con gesto de soslayo,
sin rifle ni pistolas ni corceles
cabalga por el pueblo solitario.
Loco infeliz y carpintero andante,
obrador de virutas de madera,
Quijote sin lebrel ni Rocinante,
capitán sin escudo ni bandera.
Astuto, inteligente y perspicaz
lleva una cosa fija en la cabeza,
cambiar por un volante el manillar
inseparable de su bicicleta.
Su vida fue un silbido y un lamento
sonando permanente y desgarrado,
un vendaval borrado por el tiempo,
un pecado mortal desmesurado.
Abril de 2012
Las hojas de los cuchillos
grandes de los azadones
cortan el agua en ramales
y los ramales se tornan
peines de los caballones.
Turno de día, tumo de noche,
por los campos de Dúrcal
corre que corre.
Turno de noche, tumo de día,
por la vega va el agua
dando la vida.
Al hombro los azadones,
perchas de chaquetas rotas,
bajan como los pastores
los lazarillos del agua
cansados de tantas horas.
Turno de noche, turno de día
para llegar a casa
con las manos vacías.
(Del libro “Después de Abril ”)

Llevo en el cesto un tesoro
caminito de las eras,
puchero para el que trilla,
puchero para el que avienta.
Caminito de las eras
no llevo ni agua ni vino
que para calmar la sed
está el pilar del camino.
El pilar junto a las eras
sueña con parvas de trigo
mientras la trilla da vueltas
siempre por el mismo sitio.
Cuántas noches de luna,
cuántas tardes de viento,
cuántas largas mañanas
esperando el momento.
Las cuartillas de grano,
los herpiles de paja,
el bieldo de madera,
las escobas de rama
cargadas en la yunta
van camino de casa.
Adiós pilar amigo,
pilar amigo, gracias.
El pilar de las eras,
generoso y discreto,
polvo, sudor y tierra,
gañán, pastor, labriego.
El pilar de las eras,
el pilar del silencio.
“A los trabajadores
honrados de mi pueblo”.
(Del libro “Después de Abril ”)

La cruz de mi Darrón,
Balina, las escuelas,
Barrio Bajo, estación
y Almócita, las eras.
La plaza... me olvidé
del pilar y la iglesia
y el palacio también
y una bella princesa.
La posada, el molino,
las fuentes, la estación,
la encina, el almecino,
el baño, El Olivón.
Pura la del helado,
su carro, su trompeta
y un mundo congelado
de limón y de fresa.
Las barretas, las moras,
los melones, las brevas,
las granadas de Conchar,
las primeras cerezas.
El rabo, el espinazo
la sangre, la costilla,
la caldera y el palo
de cocer la morcilla.
El Piris y sus barcas,
Juan El Talabartero,
Regalo, La Picanta,
el alguacil Silverio.
El Pare, Catalino,
Candelas, Chabarrón,
El Chulo, Mancaíco,
Guvirro, Camisón...
Pitorro, Chulo, Ruche,
Tormenta, Viscotelas...
Alan Ladd , Gary Cooper
Ben-Hur, La Violetera.
Los camiones de cañas
de azúcar de Motril,
los tricornios y capas
de la guardia civil.
Azadones terrosos,
pinchos y niveletas,
un vaso para todos
y un litro por cabeza.
El cine de butacas,
el rancio gallinero,
las colas a la entrada,
de Los Diez Mandamientos.
El bute, el tío del saco,
el ángel de la guarda,
el rabo del diablo,
los héroes de la patria.
El mocho y la mochera,
adere, rescondero,
el palo de la rueda,
la horquilla del gomero.
Las latas amarradas
al rabo de los perros,
las flechas, las espadas,
guerrillas, guerrilleros.
Los sacos de aceituna,
las tomizas de esparto,
los bueyes de Laguna
tirando de su carro.
Los herpiles de paja,
los burros de Padul,
la casilla del agua,
la Fiesta de la Cruz.
La Tómbola del Cubo,
Chango con su guitarra,
una fuente de chumbos,
un buen anís de marca.
Y recuerdo de un bar
llamado “Las tres cepas”
y borrachos de más
midiendo las aceras.
Los taxis, el tranvía,
las cartas del cartero,
la lluvia, la sequía...
las cosas de mi pueblo.
La vida es un rosario
de historias y de cuentos,
de caras y de cruces,
de olvidos y recuerdos.