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Historia del [sic] rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada
     Luis de Mármol y Carvajal

Libro sacado de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

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Capítulo VIII

Cómo el marqués de Mondéjar vino a Granada, y don Alonso de Granada Venegas fue a informar a su majestad de los negocios de aquel reino

     Llegó a Granada el marqués de Mondéjar a 17 días del mes de abril, que venía de la corte, y luego el siguiente día se juntaron los moriscos más principales del Albaicín con su procurador general, y subieron a la fortaleza de la Alhambra a dar el parabién de su venida, y le dieron grandes quejas, diciendo que los habían puesto en términos de perderse por haber tocado aquel rebato con tan pequeña ocasión, estando quietos y pacíficos todos los vecinos; y al cabo de su plática le suplicaron los favoreciese y amparase, como lo habían hecho siempre el marqués don Luis y el conde don Íñigo, sus antecesores. El Marqués mostró sentimiento y haberle pesado mucho de lo que había sucedido en su ausencia, y les prometió que ternía particular cuenta con sus cosas y con procurar que no fuesen agraviados. Con la venida del marqués de Mondéjar pareció haberse quietado algún tanto los moriscos; y don Alonso de Granada Venegas, de quien dijimos en el libro primero, capítulo 16 desta historia, movido de celo cristiano, y siguiendo los honrosos ejemplos de sus pasados, que sirvieron lealmente a los reyes de Castilla desde el día que se convirtieron a nuestra santa fe católica, acordó de ir a informar a su majestad y a los de su consejo de las cosas de aquel reino, porque se quejaban los moriscos de malos tratamientos que se les hacían cada día en hechos y en dichos y del poco remedio que se ponía en ello, y de que los malos e inquietos, que eran muchos, desacreditando a los pacíficos, tomaban alas contra ellas. Creyendo pues poder hallar algún remedio de lo que tanto se deseaba en el Albaicín, con la nueva relación del capitán general presente, y sin dar parte de su ida a otra persona que se lo pudiese impedir, partió de Granada a 24 días del mes de abril, y el primer día del mes de mayo entró en la villa de Madrid, y andando en su negocio, le llegó un correo de los moriscos del Albaicín con una carta para su majestad en nombre de todos los de aquel reino, la cual, según parece, no la había querido llevar consigo, o no se la habían osado dar en su partida, porque no se supiese de algunas espías a lo que iba. Lo que la carta contenía era significar a su majestad que los escándalos y alborotos que había en aquella ciudad eran sin causa ni fundamento que hubiese sido de su parte, sólo por la inadvertencia de los gobernadores y ministros de justicia, mediante lo cual habían estado todos a punto de ser destruidos en personas, vidas y haciendas; y lo que peor era, habían sido infamados de infieles de la fe de Jesucristo y de traidores a su rey, y publicádose y dádose dello muy concluyentes apariencias y señales, en perjuicio de sus honras. Que cuando se hallase haber sido culpados algunos dellos, sería justo que se mandasen castigar con rigor, como la gravedad del delito lo requería; mas si pareciese no ser la culpa suya, sería bien que su majestad mandase castigar a los que la tuviesen, proveyendo para en lo de adelante como más fuese su real servicio, de manera que semejantes ocasiones cesasen. [178] Que como desfavorecidos y amedrentados del rigor que con ellos se podría usar, no habían osado juntarse a tratar de su remedio; y agora, que parecía estar las cosas con alguna quietud, por la venida del marqués de Mondéjar, también les había asegurado poderlo hacer para ocurrir a su rey y señor natural y suplicarle lo mandase remediar con justicia; y que por no poder acudir todos, enviaban algunos particulares a quien se remitían, y especialmente a la relación que de su parte haría don Alonso de Granada Venegas, a quien todos tenían obligación de reconocer y anteponer en todas sus cosas por el valor de su persona y de sus antepasados. Por tanto, que suplicaban a su majestad humildemente le oyese y creyese de su parte, y mandando que la verdad se supiese, proveyese cómo los culpados fuesen castigados, y los buenos y leales restituidos en su honra y buena fama y desagraviados de los agravios recebidos. Hasta aquí decía la carta, la cual dio don Alonso de Granada Venegas a su majestad, y le informó largamente del negocio. Y siendo remitido al cardenal Espinosa, platicado en el Consejo, se acordó que se despidiese la gente de las cuadrillas que estaba en el Albaicín a costa de los moriscos, pues ya parecía estar pacíficos, y que en lo demás acudiesen al presidente de Granada, a quien estaba cometido aquel negocio, porque él proveería cómo fuesen desagraviados. No mucho después el presidente don Pedro de Deza, viendo que se mandaban despedir los alguaciles y rondas del Albaicín, con parecer del acuerdo y de los alcaldes de chancillería y de otras personas graves, envió relación a su majestad, diciendo que no convenía hacer novedad, antes era muy necesario que los alguaciles rondasen, por ser, como eran, hombres de bien y casados; y que con andar la ronda todas las noches, estaban los vecinos quietos, y resultaban muchos efetos buenos que la experiencia había mostrado, porque los monfís y malhechores naturales del Albaicín se habían ido, y los extranjeros no se recogían allí, y los que se acogían eran luego descubiertos y presos. Que los dueños de los ganados estaban muy contentos, porque ya no se los hurtaban. Las mujeres mal casadas tenían recogidos sus maridos, los padres a sus hijos, los amos a sus criados. Que ya no parecía persona en el Albaicín después que anochecía, ni apedreaban las ventanas de los clérigos. Que los borrachos, de que antes había gran número, y hacían de noche grandes alborotos y delitos, habían cesado; y era tanto el miedo que tenían cobrado a las guardias, que todos estaban pacíficos y quietos, sin osarse a menear. Que aquellos alguaciles eran los que hacían que se guardase la premática en lo que requería ejecución, que era en que las mujeres anduviesen con los rostros desatapados, y que tuviesen abiertas las puertas de sus casas los viernes y días de fiesta; y esto con amor y cristiandad, sin otro ningún género de interés ni molestia. Que los demás alguaciles no daban un solo paso si no se les seguía algún provecho, antes holgaban hallar de qué denunciar y cómo encarcelar y llevar costas. Que después que andaba aquella ronda no se pregonaban niños perdidos ni hurtados, como solía, porque no los osaban llevar a esconder al Albaicín, por temor de ser descubiertos; y que por estas razones y otras muchas que se pudieran decir, convernía que no se hiciese novedad, antes se les diese todo favor para proseguir lo que tenían comenzado. Y al fin se proveyó que se disimulase en lo que tocaba a los alguaciles, con moderación de la gente que había de andar con ellos.



 

Capítulo IX

Cómo yendo el marqués de Mondéjar a visitar la costa de la mar, se entendió más claramente el desasosiego de los moriscos por unas cartas que se tomaron a Daud, uno de los autores del rebelión, que iba a procurar favores a Berbería

     Estos días salió el marqués de Mondéjar de Granada, y llevando consigo al conde de Tendilla, su hijo, fue a visitar la costa de la mar con la gente ordinaria de a caballo. Y andando en la visita, parece que los autores del rebelión acordaron que sería bien que fuese Aben Daud a Berbería a procurar algún socorro de navíos y gente, como lo había ofrecido muchas veces; y llevando consigo otros moriscos del Albaicín, se fue a juntar con las cuadrillas de monfís que andaban en la sierra de Bujol, entre Órgiba y el Zuchel, hacia la mar, para esperar que pasase por allí alguna fusta en que poderse ir; y como vio que no la había, trató con un morisco pescador, vecino de Adra la vieja, llamado Nohayla, que le vendiese una barca que tenía en la playa, con que pescaba, que era de Ginés de la Rambla, armador; el cual no sólo se la ofreció, más prometió de irse con él. En este tiempo los moriscos de aquellas cuadrillas captivaron tres cristianos, y queriéndolos matar, los defendió Daud, dándoles a entender que no se permitía en la ley de Mahoma matar los cristianos rendidos; mas hacíalo porque se los diesen para llevarlos a Berbería, y presentarlos a algún alcaide principal que le favoreciese en su negocio. Llegada pues la noche aplazada en que se habían de embarcar, Daud y sus compañeros se fueron a casa de Nohayla, y llevando consigo algunas moriscas, que deseaban ir a poder ser moras con libertad, bajaron al lugar donde estaba la barca, que era junto a la puerta de Adra, y echándola con mucho silencio a la mar, se metieron dentro todos. Este morisco dueño de la barca, temiendo que, si el negocio se descubría, le habían de castigar por ello, usó de un trato doble, cosa muy ordinaria entre los moros; y dando aviso al dueño de la barca, y al capitán de Adra, de cómo unos moriscos se la habían pedido para irse a Berbería, les dijo que les avisaría el proprio día que se hubiesen de embarcar, para que saliesen a ellos y los prendiesen; y por otra parte no fue a dar aviso el día cierto de la partida, antes dijo que sería un día señalado, y él se embarcó con toda la gente tres días antes, llevando consigo algunos monfís y los tres cristianos captivos, y muchas moriscas y muchachos; mas no tenía la barca tan segura como pensaba, porque el Ginés de la Rambla, sospechando la cautela del morisco, le había hecho dar de parte de noche unos barrenos, y tapándolos livianamente con cera, la había dejado estar. Por manera que habiendo navegado Daud un rato en ella, comenzó a entrar el agua por los lados y por los barrenos, y temiendo anegarse, le fue forzado volver a tierra; y cómo hacían ruido las mujeres y los niños al desembarcar, las guardas de Adra, que estaban sobre aviso, los sintieron y salió luego la gente, y prendiendo a un turco y algunas mujeres, dieron libertad a los tres cristianos, [179] y toda la otra gente se les embreñó en la sierra. Yendo pues huyendo los monfís, se cayó a uno dellos una talega de lienzo, en que llevaba un libro grande de letra arábiga, y dentro dél se hallaron una carta y una lamentación, que del tenor de lo uno y de lo otro pareció ser cosa ordenada por el mesmo Daud, significando quejas de los moriscos a los moros de África, para que apiadándose dellos, les enviasen socorro. Este libro envió luego el capitán de Adra al marqués de Mondéjar, que andaba visitando la Alpujarra, y juntamente con él los tres cristianos, para que le diesen razón de lo que habían visto; los cuales le dieron noticia de Daud, porque le habían conocido en Granada siendo geliz de la seda, y le dijeron cómo iban con él otros moriscos del Albaicín, que no supieron sus nombres; y que aquel libro era suyo, y leía cada noche en él, y predicaba a los otros la seta de Mahoma, y que acabando de predicar, llegaban todos a besar el libro y decían: «Esta es la ley de Dios y en ésta creemos, y todo lo demás es aire». Queriendo pues el Marqués saber lo que se contenía en aquel libro y en los papeles sueltos que iban dentro dél, envió a Granada por el licenciado Alonso del Castillo para que lo declarase, sospechando que había allí alguna cosa por donde se entendiese lo que los moriscos trataban. El licenciado Castillo fue luego al lugar de Berja, donde había llegado ya el Marqués visitando, y tomando el libro, lo hojeó, y halló que era de un autor árabe llamado el Lollori, que trataba de la seta de Mahoma, y traía muchas autoridades de historias antiguas; y los papeles sueltos que había dentro eran de letra del proprio Daud, porque la conoció luego. En el uno dellos se contenía una carta misiva, que decía desta manera:

CARTA QUE SE TOMÓ A DAUD EN LA COSTA DE ADRA

     «Con el nombre de Dios piadoso y misericordioso. La santificación de Dios sea sobre el mejor de sus escogidos, y después la salud de Dios cumplida sea con aquellos que Dios honró, y no los desamparó el bien, que son en este mundo dichosos; esto es, a todos los príncipes y allegados señores y amigos nuestros, a quien Dios hizo merced de dar vitoria y libertad y ensanchamiento de reinos, los moradores del poniente (ture Dios sus honras y guarde sus vidas), deseamos salud los moradores de la Andalucía, los angustiados de corazón, los cercados de la gente infiel, aquellos a quien ha tocado el mal de la ofensión. Y después desto, señores y amigos nuestros, hermanos en Dios, somos obligados de haceros saber nuestros trabajos y negocios y lo que nos ha venido de la mudanza de nuestra era y fortuna, que es parte de nuestro mucho mal: por tanto, socorrednos y hacednos limosna; que Dios gualardonará a los que bien nos hiciéredes. Sustentadnos con vuestro poderío, y abundancia de que a vosotros hizo Dios merced, aunque a nosotros no seáis en cargo; mas confiados en vuestras personas magníficas y en vuestra virtud, porque el magnífico y virtuoso desea hacer bien, os encargamos por Dios poderoso que nos sustentéis con oraciones, para que Dios nos junte con vosotros. Habéis de saber, señores nuestros, que los cristianos nos han mandado quitar la lengua arábiga, y quien pierde la lengua arábiga pierde su ley; y que descubramos las caras vergonzosas; que no nos saludemos, siendo la más noble virtud la salutación. Hannos abierto las puertas para que entre nosotros haya más males y pecados; hannos acrecentado el tributo y la pena, y han intentado de mudar nuestro traje y quitar nuestras costumbres. Aposéntanse en nuestras casas, descubren nuestras honras y vergüenzas, y con semejante mal que éste se debe deshacer todo corazón de pesar: todo esto después de tomar nuestras haciendas y captivar nuestras personas, y sacarnos con destierro de los pueblos. Hacennos caer en grande abatimiento y pérdida, apártannos de nuestros hermanos y amigos, y somos mezquinos desamparados, atenidos a la misericordia de Dios, porque nos han rodeado grandes males y desasosiegos por todas partes. Suplicamos a vuestra bondad, de parte de Dios altísimo, que contempléis nuestros negocios y los miréis con ojos de misericordia, y os apiadéis de nosotros con amor de hermanos, porque todos los creyentes en Dios son unos. Por tanto, haced bien a vuestros hermanos; ensalzadnos, ensalzaros ha Dios; apremiad a los cristianos que allá tenéis, para que, avisando a los suyos, sepan que con la pena que os fatigaren, con aquella los habéis de atormentar; aunque sobre todo la paciencia es mayor bien a los que esperan. Enviad esto al rey de levante, que es el que ha sujetado a los enemigos y ensalzado la ley, y no deis lugar a que entre vosotros haya discordias, porque la discordia es mayor mal que la muerte; y no tenemos saber ni poderío, inteligencia, ni fuerzas, para tratar de un remedio tan grande. Vivimos de contino en temor; rogad a Dios que perdone al que esto escribió. Esto es lo que queremos de vuestra virtud, que es escrita en noches de angustia y de lágrimas corrientes, sustentadas con esperanza, y la esperanza se deriva de la amargura».

     El otro papel era en metros árabes y parecía ser lamentación, en que se quejaban los moriscos de opresiones que los cristianos les hacían, y literalmente decía desta manera:

     «Con el nombre de Dios piadoso y misericordioso. Antes de hablar y después de hablar sea Dios loado para siempre. Soberano es el Dios de las gentes, soberano es el más alto de los jueces, soberano es el Uno sobre toda la unidad, el que crió el libro de la sabiduría; soberano es el que crió los hombres, soberano es el que permite las angustias, soberano es el que perdona al que peca y se enmienda, soberano es el Dios de la alteza, el que crió las plantas y la tierra, y la fundó y dio por morada a los hombres; soberano es el Dios que es uno, soberano el que es sin composición, soberano es el que sustenta las gentes con agua y mantenimientos, soberano el que guarda, soberano el alto Rey, soberano el que no tuvo principio, soberano el Dios del alto trono, soberano el que hace lo que quiere y permite con su providencia, soberano el que crió las nubes, soberano el que impuso la escritura, soberano el que crió a Adán y le dio salvación, y soberano el que tiene la grandeza y crió las gentes y a los santos, y escogió dellos los profetas, y con el más alto dellos concluyó. Después de magnificar a Dios, que está solo en su cielo, la santificación sea con su escogido y con sus discípulos honrados. Comienzo a contar una historia de lo que pasa en la Andalucía, [180] que el enemigo ha sujetado, según veréis por escrito. El Andalucía es cosa notoria ser nombrada en todo el mundo, y el día de hoy está cercada y rodeada de herejes, que por todas partes la han cercado: estamos entre ellos avasallados como ovejas perdidas o como caballero con caballo sin freno; hannos atormentado con la crueldad; enséñannos engaños y sutilezas, hasta que hombre querría morir con la pena que siente. Han puesto sobre nosotros a los judíos, que no tienen fe ni palabra; cada día nos buscan nuevas astucias, mentiras, engaños, menosprecios, abatimientos y venganzas. Metieron a nuestras gentes en su ley, y hiciéronles adorar con ellos las figuras, apremiándolos a ello, sin osar nadie hablar. ¡Oh cuántas personas están afligidas entre los descreídos! Llámannos con campana para adorar la figura; mandan al hombre que vaya presto a su ley revoltosa; y desque se han juntado en la iglesia, se levanta un predicador con voz de cárabo y nombra el vino y el tocino, y la misa se hace con vino. Y si le oís humillarse diciendo: «Esta es la buena ley», veréis después que el abad más santo dellos no sabe qué cosa es lo lícito ni lo ilícito. Acabando de predicar se salen, y hacen todos la reverencia a quien adoran, yéndose tras dél sin temor ni vergüenza. El abad se sube sobre el altar y alza una torta de pan que la vean todos, y oiréis los golpes en los pechos y tañer la campana del fenecimiento. Tienen misa cantada y otra rezada, y las dos son como el rocío en la niebla: el que allí se hallare, verase nombrar en un papel, que no queda chico ni grande que no le llamen. Pasados cuatro meses, va el enemigo del abad a pedir las albalas en las casas de la sospecha, andando de puerta en puerta con tinta, papel y pluma, y al que le faltare la cédula, ha de pagar un cuartillo de plata por ella. Tomaron los enemigos un consejo, que paguen los vivos y los muertos. ¡Dios sea con el que no tiene que pagar! ¡Oh qué llevará de saetadas! Zanjaron la ley sin cimientos, y adoran las imágines estando asentados. Ayunan mes y medio, y su ayuno es como el de las vacas, que comen a mediodía. Hablemos del abad del confesar, y después del abad del comulgar; con esto se cumple la ley del infiel, y es cosa necesaria que se haga, porque hay entre ellos jueces crueles que toman las haciendas de los moros, y los trasquilan como trasquiladores que trasquilan el ganado. Y hay otros entre ellos, examinados, que deshacen todas las leyes, y un Horozco y otro Albotodo. ¡Oh cuánto corren y trabajan con acuerdo de acechar las gentes en todo encuentro y lugar! Y cualquiera que alaba a Dios por su lengua no puede escaparse de ser perdido, y al que hallan una ocasión, envían tras dél un adalid, que, aunque esté a mil leguas, lo halla, y preso, le echan en la cárcel grande, y de día y de noche le atemorizan diciéndole: Acordaos. Queda el mezquino pensando con sus lágrimas de hilo en hilo en diciéndole acordaos, y no tiene otro sustento mayor que la paciencia; métenle en un espantoso palacio, y allí está mucho tiempo, y le abren mil piélagos, de los cuales ningún buen nadador puede salir, porque es mar que no se pasa. Desde allí lo llevan al aposento del tormento, y le atan para dárselo, y se lo dan hasta que le quiebran los huesos. Después desto, están de concierto en la plaza del Hatabin, y hacen allí un tablado, que lo semejan al día del juicio, y el que dellos se libra, aquel día le visten una ropa amarilla, y a los demás los llevan al fuego con estatuas y figuras espantosas. Este enemigo nos ha angustiado en gran manera por todas partes, y nos ha rodeado como fuego; estamos en una opresión que no se puede sufrir. La fiesta y el domingo guardamos, el viernes y el sábado ayunamos, y con todo aun no los aseguramos. Esta maldad ha crecido cerca de sus alcaides y gobernadores, y a cada uno le pareció que se haga la ley una; y añadieron en ella, y colgaron una espada cortadora, y nos notificaron unos escritos el día de año nuevo en la plaza de Bib el Bonut; los cuales despertaron a los que dormían y se levantaron del sueño en un punto, porque mandaron que toda puerta se abriese. Vedaron los vestidos y los baños y los alárabes en la tierra. Este enemigo ha consentido esto, y nos ha puesto en manos de los judíos, para que hagan de nosotros lo que quisieren, sin que dello tengan culpa. Los clérigos y frailes fueron todos contentos en que la ley fuese toda una y que nos pusiesen debajo de los pies. Esto es lo que ha cabido a nuestra nación, como si le diesen por honra toda la infidelidad. Está sañudo sobre nosotros, hase embravecido como dragón, y estamos todos en sus manos como la tórtola en manos del gavilán. Y como todas estas cosas se hayan permitido, habiéndonos determinado con estos males, volvimos a buscar en los pronósticos y juicios, para ver si hallaríamos en las letras descanso; y las personas de discreción que se han dado a buscar los originales nos dicen que con el ayuno esperemos remediarnos; que afligiéndonos, con la tardanza habrán encarnecido los mancebos antes de tiempo; más que después deste peligro, de necesidad nos han de dar el parabién y Dios se apiadará de nosotros. Esto es lo que tengo que decir; y aunque toda la vida contase el mal, no podría acabar. Por tanto en vuestra virtud, señores, no tachéis mi orar, porque hasta aquí es lo que alcanzan mis fuerzas; desechad de mí toda calumnia, y el que endechare estos versos, ruegue a Dios que me ponga en el paraíso de su holganza.» Por estos papeles se entendió ser verdad lo que se decía del alzamiento de los moriscos, y el Marqués envió los originales y un traslado romanzado a su majestad; y habiendo estado algunos días en el lugar de Berja, fue a visitar a Adra, y de allí a la ciudad de Almería, donde estuvo mes y medio, sin que se le ordenase cosa de nuevo, y de allí volvió a la ciudad de Granada, dejando todas las plazas de la costa visitadas y proveídas lo mejor que pudo. [181]



 

Libro cuarto

Capítulo I

Cómo los moriscos del Albaicín que trataban del negocio de rebelión se resolvieron en que se hiciese, y la orden que dieron en ello

     El recaudo que siempre hubo en la ciudad de Granada fue causa que los moriscos del Albaicín diesen alguna aparencia de quietud, aunque no la tenían en sus ánimos. Disimulando pues con humildad, estuvieron algunos meses, después de la venida del marqués de Mondéjar y de la ida de don Alonso de Granada Venegas a la corte, tan sosegados, que daban a entender estar ya llanos en el cumplimiento de la premática, y ansí lo escribió el Presidente a su majestad y a los de su consejo. Mas como después vieron que se les acercaba el término de los vestidos, y que no se trataba de suspender la premática con alguna prorrogación de tiempo, ciegos de pura congoja y faltos de consideración y de consejo, haciendo fucia en sus fuerzas, que si bien eran sospechosas para encubiertas, no dejaban de ser flacas para puestas en ejecución, acordaron determinadamente que se hiciese rebelión y alzamiento general, y que comenzase por la cabeza del reino, que era el Albaicín. Juntándose pues algunos dellos en casa de un morisco cerero, llamado el Adelet, tomaron resolución en que fuese el día de año nuevo en la noche, porque, demás de que los pronósticos les hacían cierto que el proprio día que los cristianos habían ganado a Granada se la habían de tornar a ganar los moros, quisieron desmentir las espías y asegurar nuestra gente, si por caso se hubiese descubierto o descubriese un concierto que tenían para la noche de Navidad. Y ansí, advirtieron que no se diese parte de la última determinación a los de la Alpujarra hasta el día en que se hubiese de hacer el eleto, porque temieron que, como gente rústica, no guardarían secreto, y tenían bien conocido dellos que en sabiendo que el Albaicín se alzaba, se alzarían luego todos. La orden que dieron en su maldad fue ésta: que en las alcarías de la Vega y lugares del valle de Lecrín y partido de Órgiba se empadronasen ocho mil hombres tales, de quien se pudiese fiar el secreto, y que éstos estuviesen a punto para, en viendo una señal que se les haría desde el Albaicín, acudir a la ciudad por la parte de la Vega con bonetes y tocas turquescas en las cabezas, porque pareciesen turcos o gente berberisca que les venía de socorro. Que para que se hiciese el padrón con más secreto, fuesen dos oficiales por las alcarías y lugares, so color de adobar y vender albardas, y se informasen de pueblo en pueblo de las personas a quien se podrían descubrir, y aquellos empadronasen, encargándoles secreto; que de los lugares de la sierra se juntarían dos mil hombres en un cañaveral que estaba junto al lugar de Cenes, en la ribera de Genil, para que con ellos el Partal de Narila, famoso monfí, y el Nacoz de Nigüeles, y otros que estaban ya hablados, acudiesen a la fortaleza del Alhambra, y la escalasen de noche por la parte que responde a Ginalarife. Y para esto se encargó un morisco albañir, que labraba en la obra de la casa real, llamado Mase Francisco Abenedem, que daría el altor de los muros y torres para que las escalas se hiciesen a medida, y se hicieron diez y siete escalas en los lugares de Güejar y Quéntar con mucho secreto; las cuales vimos después en Granada, y eran de maromas de esparto con unos palos atravesados, tan anchos los escalones, que podían subir tres hombres a la par por cada uno dellos. Que los mancebos y gandules del Albaicín acudirían luego con sus capitanes en esta manera:

     Miguel Acis, con la gente de las parroquias de San Gregorio, San Cristóbal y San Nicolás, a la puerta de Frex el Leuz, que cae en lo más alto del Albaicín a la parte del cierzo, con una bandera o estandarte de damasco carmesí con lunas de plata y flecos de oro, que tenía hecha en su casa y guardada para aquel efeto; Diego Nigueli el mozo, con la gente de San Salvador, Santa Isabel de los Abades y San Luis, y una bandera de tafetán amarillo, a la plaza Bib el Bonut; y Miguel Mozagaz, con la gente de San Miguel, San Juan de los Reyes, y San Pedro y San Pablo, y una bandera de damasco turquesado, a la puerta de Guadix. Que lo primero que se hiciese fuese matar los cristianos del Albaicín que moraban entre ellos, y dejando cada uno una parte de la gente de cuerpo de guardia en los lugares dichos, acometiesen la ciudad por tres partes, y a un mesmo tiempo la fortaleza de la Alhambra. Que los de Frex el Leuz bajasen por un camino que va por fuera de la muralla a dar al Hospital Real, y ocupando la puerta Elvira, entrasen por la calle adelante, matando los que saliesen al rebato; y llegando a las casas y cárcel del Santo Oficio, soltasen los moriscos presos, y hiciesen todo el daño que pudiesen en los cristianos. Que los de la plaza de Bib el Bonut, bajando por las calles de la Alcazaba, fuesen a dar a la calle de la Calderería y a la cárcel de la ciudad, y quebrantándola, pusiesen en libertad a los moriscos, y pasasen a las casas del Arzobispo y procurasen prenderle o matarle. Que los de la puerta Guadix entrasen por la calle del río Darro abajo a dar a las casas de la Audiencia Real, y procurando matar o prender al Presidente, soltasen los presos moriscos que estaban en la cárcel de chancillería, y se fuesen a juntar todos en la plaza de Bibarrambla, donde también acudirían los ocho mil hombres de la Vega y valle de Lecrín, y de allí a la parte donde hubiese mayor necesidad, poniendo la ciudad a fuego y a sangre. Y que puestos todos a punto, se daría aviso a la Alpujarra para que hiciesen allá otro tanto. Este fue el concierto que Farax Aben Farax, y Tagari, y Mofarrix, y Alatar, y Salas, y sus compañeros hicieron, según pareció por confesiones de algunos que fueron presos, que nos fueron mostradas en Granada, y de otros de los que se hallaron presentes; y fuera dañosísimo para el pueblo cristiano si lo pusieran en ejecución; mas fue Dios servido que habiendo los albarderos empadronado ya los ocho mil hombres antes de llegar a Lanjarón, y estando los demás todos apercebidos [182] y a punto para acudir a las partes que les habían sido señaladas, los monfís de la Alpujarra se anticiparon por cudicia de matar unos cristianos que iban de Ugíjar de Albacete a Granada, y otros que pasaban de Granada a Adra, y desbarataron su negocio. Y porque se entienda cuán prevenidos y avisados estaban para el efeto, ponemos aquí dos cartas traducidas de arábigo, de las que Aben Farax y Daud escribieron a los moriscos de los lugares con quien se entendían, y a los caudillos de los monfís, sobre este negocio.

CARTA DE FARAX ABEN FARAX A LOS LUGARES, SOBRE EL REBELIÓN

     «Con el nombre de Dios piadoso y misericordioso, Santificó Dios a nuestro profeta Mahoma, y a su gente, familia y aliados salvó salvación gloriosa. Hermanos nuestros y amigos, viejos, ancianos, caudillos, alguaciles, regidores y otros nuestros hermanos, y a todo el común de los moros: ya sabéis por nuestros pronósticos y juicios lo que Dios nos ha prometido; la hora de nuestra conquista es llegada para ensalzar en libertad la ley de la unidad de Dios, y destruir la del acompañamiento de los dioses. Estad unánimes y conformes para todo lo que os dijere e informare de nuestra parte nuestro procurador Mahomad Aben Mozud, que tiene nuestro poder y cargo para esto. Y lo que él os dijere haced cuenta que nos lo decimos, porque con el ayuda y favor de Dios estéis todos prevenidos y a punto de guerra para venir a Granada a dar en estos descreídos el día señalado. Los que no estuvieren apercebidos, haced que se aperciban, y a los que no lo supieren, avisadlos dello, que para este efeto están ya prevenidos todos desde el lugar de la Jauría y del Gatucin, hasta Canjáyar de la Jarquía. La salud de Dios sea con vosotros. -Farax Aben Farax, gobernador de los moros, siervo de Dios altísimo».

CARTA DE DAUD A CIERTOS CAPITANES DE LOS MONFÍS

     «Con el nombre de Dios piadoso y misericordioso. La salud de Dios buena, comprehendiente, deseo a aquel que el soberano honró, e no le desamparó el bien, que es mi señor Cacim Abenzuda y sus compañeros, y a mi señor el Zeyd, y a todos los amigos juntamente deseo salud: vuestro amigo el que loa vuestras virtudes, el que tiene gran deseo de veros, el que ruega a Dios por el buen suceso de vuestros negocios, Mahamete, hijo de Mahamete Aben Daud, vuestro hermano en Dios. Hágoos saber, hermanos míos, que estoy bueno, loado sea Dios por ello, y tengo puesto mi cuidado con vosotros muy mucho. Sábelo Dios que me ha pesado de vuestro trabajo; el parabién os doy del buen suceso y salvamento. Roguemos a Dios por su amparo en lo que queda. Hágoos saber, hermanos míos, que los granadinos me enviaron a buscar después que de vosotros me partí, y no supieron dónde estaba, y esta nueva tuve en el Rubite; mas no alcancé de quién era la mensajería, hasta que lo vine a saber de unos de Lanjarón, que me dijeron cómo los de Granada andaban resucitando el movimiento en que entendían por el mes de abril; y como supe esto, hablé con mi señor Hamete, y me aconsejó que subiese a Granada, y que supiese la certidumbre deste negocio y que le avisase dello. Yo subí al Albaicín, y hallé el movimiento muy grande, y la gente determinada a lo que se debía determinar. Entonces me junté con las cabezas que entienden en este negocio, y me dijeron que enviase a la gente que estaba en las sierras, y les hiciese saber esta nueva, para que ellos la publicasen de unos en otros, y que se juntasen; porque juntos consultaríamos y veríamos lo que se había de hacer. En esto quedamos y enviamos a los de las alcarías, y les hicimos saber la nueva; y todos dijeron: Querríamos que este negocio fuese hoy antes que mañana, porque más queremos morir, y nos es más fácil, que vivir en este trabajo en que estamos; y lo mesmo dijeron las gentes de la Garbia y de la Jarquía, diciendo: Veisnos aquí muy prestos con nuestras personas y bienes. Y como contase esto a los granadinos, acordaron de enviar por todo el reino, avisándoles que apercibiesen la gente, y se aparejasen lo mejor que pudiesen. A esta sazón acordamos de enviar a los monfís, adonde quiera que estuviesen, para que se juntasen y avisasen unos a otros para el día que fuese menester. Este día están aguardando todos, chicos y grandes, y esto es necesario que se haga, siendo Dios servido, oh amigos míos. En recibiendo mi carta, apercebíos a la obra como hombres, porque mejor os será defender vuestros hijos y hermanos, y alzar el yugo de servidumbre de nuestro reino, y conquistar al enemigo, y morir en servicio de Dios, que pasaros a Berbería para dejar desamparados a vuestros hermanos los moros; porque el que esto hiciere de vosotros y muriere, morirá sin premio; el que viviere, y matare alguno de los moros, será juzgado ante las manos de Dios el día del juicio; el que muriere peleando con los herejes, morirá mártir; y el que viviere, vivirá honrado; y las razones acerca desto se podrían alargar; por tanto acortemos esta razón. Esto es, hermanos míos, lo cierto que os hacemos saber; por tanto aparejáos, y enviad a nuestro caudillo Hamete a hacerle saber esta nueva, y él os avisará aquello que se deba hacer; porque nosotros enviamos un hombre con la nueva, y no hemos sabido más lo que hizo. Enviad a la gente y avisadlos donde quiera que estén, y avisémonos de contino, porque siempre sepamos unos de otros para lo que se ofreciere. Y por amor de Dios os encargo el secreto que pudiéredes, mientras Dios altísimo nos provee de su libertad, la cual será muy propincua mediante él. La gracia y bendición de Dios sea con vosotros, que es escrita en 25 de otubre. Y la firma decía: Mahamete, hijo de Mahamete Aben Daud, siervo de Dios».



 

Capítulo II

Cómo se hicieron nuevos apercebimientos en Granada con sospecha del rebelión

     Todo esto que los moriscos hacían en su secreto era de manera que causaba una sospecha y confusión muy grande en Granada y en todo el reino. Veíase que los monfís andaban cada día más desvergonzados, despreciando y teniendo en poco a las justicias; que los moriscos mancebos, a quien no cabía en el pecho lo que estaba concertado, publicaban que antes que se cumpliese el término de la premática habría mundo nuevo. La ciudad estaba llena de moriscos forasteros, que so color [183] de vender su seda y comprar sayas y mantos para sus mujeres, habían acudido de muchas partes del reino a saber lo que se trataba y cuándo había de ser el levantamiento. Tenía el marqués de Mondéjar avisos del desasosiego que traían; publicábase entre el vulgo que la noche de Navidad habían de entrar a levantar el Albaicín seis mil turcos, y aunque éstas parecían ser cosas a que se debía dar poco crédito, traían alguna aparencia. Entendiose después que ellos habían echado aquella fama, para que cuando acudiesen los ocho mil hombres que estaban empadronados en el Valle y Vega, entendiesen que eran turcos, y no quedase morisco en todo el reino que no se alzase. Con todo esto no acababan de persuadirse los ministros de su majestad que fuese rebelión general, sino que algunos perdidos andaban inquietando y alborotando la tierra, y que éstos no podrían permanecer muchos días, no siendo todos en la conjuración; y era ansí que los hombres ricos y que vivían descansadamente, creyendo que sola la sospecha del rebelión sería parte para que los del Consejo hiciesen con su majestad que mandase suspender la premática, holgaban que se alborotase la gente; mas no querían que se entendiese ser ellos los autores; y por otra parte, los ofendidos de las justicias y de la gente de guerra, y con ellos los pobres y escandalosos, queriendo venganza y enriquecer con haciendas ajenas, avivaban la voz de la libertad y encendían el fuego de la sedición. Hubo algunos de los autores que se arrepintieron en el punto, considerando el poco fundamento con que se movían, y avisaron dello, aunque por indirectas y no sin falta de malicia, a los ministros. Uno destos fue aquel Mase Francisco Abenedem que dijimos, el cual se fue al padre Albotodo el jueves 23 días del mes de diciembre, y como en confesión, le dijo que había entendido de unos moriscos gandules que pasaban por delante la puerta de su casa, cómo se quería levantar el reino la noche de Navidad, por razón de la premática; mas no le declaró otra cosa en particular. Con este aviso se fue luego Albotodo al maestro Plaza, su retor, y dándole cuenta de lo que el morisco le había dicho, se fueron juntos al Arzobispo, y con su licencia lo dijeron al Presidente y al marqués de Mondéjar y al Corregidor; los cuales no quisieron que se publicase, porque la ciudad no se alborotase, y solamente mandaron reforzar las guardias y doblar las centinelas y rondas, tanto para seguridad de los cristianos como de los moriscos. El marqués de Mondéjar puso buen recaudo en la fortaleza de la Alhambra, y el Corregidor, acompañado con mucho número de gente armada, rondó aquella noche y la siguiente las calles y plazas del Albaicín y de la Alcazaba.



 

Capítulo III

Cómo los caudillos de los monfís comenzaron el rebelión en la Alpujarra por cudicia de matar unos cristianos en la taa de Poqueira y en Cádiar

     Teniendo pues Farax Abenfarax apercebidos todos sus amigos y conocidos en los lugares de moriscos, con cartas y personas de quien podía fiar el secreto, y viendo que se acercaba el día señalado, envió al Partal de Narila a que juntase las cuadrillas de los monfís, y las trajesen a las taas de Poqueira y Ferreira y Órgiba, para que alzasen aquellos pueblos en sabiendo que los del Valle y de la Vega iban la vuelta de Granada, y atravesando luego la Sierra Nevada, acudiesen a favorecer la ciudad. Este Partal había estado preso en el santo oficio de la Inquisición, donde se le había mandado que no saliese de Granada; el cual, so color de que padecía necesidad había pedido licencia a los inquisidores para ir a vender su hacienda a la Alpujarra, y con esta ocasión se había pasado a Berbería, y después volvió a estas partes a dar calor al rebelión, ofreciéndose de traer grandes socorros de África, exagerando el poder de aquellos infieles; y mientras esto se trataba, estuvo escondido algunos días en su casa, y no veía la hora de comenzar su maldad, como la comenzó antes de tiempo, por lo que agora diremos.

     Acostumbraban cada año los alguaciles y escribanos de la audiencia de Ugíjar de Albacete, que los más dellos estaban casados en Granada, ir a tener las pascuas y las vacaciones con sus mujeres, y siempre llevaban de camino, de las alcarías por donde pasaban, gallinas, pollos, miel, fruta y dineros, que sacaban a los moriscos como mejor podían. Y como saliesen el martes 22 días del mes de diciembre Juan Duarte y Pedro de Medina, y otros cinco escribanos y alguaciles de Ugíjar con un morisco por guía, y fuesen por los lugares haciendo desórdenes con la mesma libertad que si la tierra estuviera muy pacífica, llevándose las bestias de guía, unos moriscos cuyas eran, creyendo no las poder cobrar más, por razón del levantamiento que aguardaban, acudieron a los monfís, y rogaron al Partal y al Seniz de Bérchul que saliesen a ellos con las cuadrillas y se las quitasen; los cuales no fueron nada perezosos, y el jueves en la tarde, 23 días del dicho mes, llegando los cristianos a una viña del término de Poqueira, salieron a cortarles el camino y las vidas juntamente, sin considerar el inconviniente que de aquel hecho se podría seguir a su negocio; y matando los seis dellos, huyeron Pedro de Medina y el morisco, y fueron a dar rebato a Albacete de Órgiba; y demás destos, a la vuelta toparon con cinco escuderos de Motril, que también habían venido a llevar regalos para la Pascua, y los mataron, y les tomaron los caballos. El mesmo día entraron en la taa de Ferreira Diego de Herrera, capitán de la gente de Adra, y Juan Hurtado Docampo, su cuñado, vecino de Granada y caballero del hábito de Santiago, con cincuenta soldados y una carga de arcabuces que llevaban para aquel presidio, y como fuesen haciendo las mesmas desórdenes que los escribanos y escuderos, los monfís fueron avisados dello, y determinaron de matarlo, como a los demás, pareciéndoles que no era inconviniente anticiparse, pues estaban ya avisados todos y prevenidos para lo que se había de hacer. Con este acuerdo fueron a los lugares de Soportújar y Cáñar, que son en lo do Órgiba, y recogiendo la gente que pudieron, siguieron el rastro por donde iba el capitán Herrera y sabiendo que la siguiente noche habían de dormir en Cádiar, comunicaron con don Hernando el Zaguer su negocio, y él les dio orden como los matasen, haciendo que cada vecino del lugar llevase un soldado a su casa por huésped, y metiendo a media noche los monfís en las casas, que se las tuvieron abiertas los huéspedes, los mataron todos uno a uno; que solos tres soldados tuvieron lugar de huir la vuelta de Adra, y juntamente con ellos mataron a Mariblanca, ama del beneficiado Juan de Ribera, y otros vecinos del lugar. [184] Hecho esto, los vecinos de Cádiar se armaron con las armas que les tomaron, y enviando las mujeres y los bienes muebles y ganados con los viejos a Juviles, se fueron los mancebos la vuelta de Ugíjar de Albacete con los monfís, y don Hernando el Zaguer y el Partal fueron a dar vuelta por los lugares comarcanos para recoger gente, y otro día se juntaron todos en Ugíjar, donde los dejaremos agora hasta que sea tiempo de volver a su historia, que ellos harán por donde no podamos olvidarlos aunque queramos. Y si acaso el letor echare menos alguna cosa que él sabe o desea saber, vaya con paciencia; que adelante en el discurso de la historia lo hallará; que como fueron tan varios los sucesos y en tantas partes, es menester que se acuda a todo.



 

Capítulo IV

Cómo en Granada se supo las muertes que los monfís habían hecho, y cómo Abenfarax quiso alzar el Albaicín

     Celebrose la fiesta del nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo en Granada el viernes en la noche con la solenidad que se solía hacer otros años en aquella insigne ciudad, aunque con más recato, porque anduvo mucha gente armada rondando las calles. El sábado por la mañana llegaron dos moriscos de Órgiba con dos cartas, una del alcaide Gaspar de Sarabia, y otra de Hernando de Tapia, cuadrillero de los que andaban en seguimiento de los monfís que había guarecidos en la torre de Albacete, como adelante diremos. Estas cartas eran, la una para el Presidente, la otra para don Gabriel de Córdoba, tío del duque de Sesa, cuya era aquella villa, dándoles aviso de las muertes que los moriscos habían hecho, y cómo se habían alzado luego, y tenían cercados los cristianos en la torre, para que lo dijesen al marqués de Mondéjar y le pidiesen que les enviase socorro. Don Gabriel de Córdoba tomó las dos cartas y las llevó luego al Presidente, y después al marqués de Mondéjar, el cual sospechando que algunos moros berberiscos habían desembarcado en la costa, y juntádose con los monfís para llevarse algún lugar, como lo habían hecho otras veces, solamente proveyó que se apercibiesen los jinetes, por si fuese menester hacer algún socorro; y no segundando otra nueva, se enfrió la primera, y la lente de la ciudad se descuidó; y como estaban todos cansados de las rondas pasadas, y hacía aquella noche un temporal asperísimo de frío con una agua nieve muy grande, no hubo quien acudiese a casa del Corregidor para salir a rondar con él; y si algunos caballeros acudieron, fueron pocos y tan tarde, que se hubo de dejar de hacer la ronda cuando mayor necesidad hubo della. Los moriscos del Albaicín habían tenido más cierta nueva de lo que había en la Alpujarra, y andando todos turbados, unos se holgaban que los alpujarreños hubiesen comenzado el levantamiento con riesgo de sus cabezas; y otros, que deseaban rebelión general, les pesaba de ver que los monfís se hubiesen anticipado por cudicia de matar aquellos pocos cristianos, y que no hubiesen tenido sufrimiento de aguardar a que el Albaicín comenzase, como estaba acordado. Farax Abenfarax, que estaba a la mira, viendo que la ciudad y la Alhambra se apercebían cada hora, tomó consigo el sábado en la tarde, primer día de pascua de Navidad, al Nacoz de Nigüeles y al Seniz de Bérchul, capitanes de monfís, y a gran priesa se fue con ellos a los lugares de Güejar, Pinos, Cenes, Quéntar y Dúdar, y recogió como ciento y ochenta hombres perdidos de los primeros monfís que pudieron atravesar la sierra el viernes por la mañana, porque los otros no les pudieron acudir, ni menos les acudieron los de aquellos lugares, diciendo que los del Albaicín les habían enviado a decir aquella mañana que no hiciesen novedad hasta que ellos les avisasen. Con esta gente quiso Farax comenzar a matar cristianos. En Quéntar le escondieron al beneficiado los proprios moriscos del lugar, y el de Dúdar se le defendió en la torre de la iglesia; y aunque le puso fuego, no le aprovechó nada. De allí pasó la vuelta de Granada, determinado de alzar el Albaicín; y bajando a unos molinos que están sobre el río Darro, hizo tomar los picos y herramientas que había en ellos, y llegando al muro de la ciudad que está por cima de la puerta de Guadix, rompió una tapia de tierra con que estaba cerrado un portillo, y dejando allí veinte y cinco hombres, entró con los demás por cima del barrio llamado Rabad Albaida, a media noche en punto; y se metió en su casa junto a Santa Isabel de los Abades, y al entrar del portillo hizo que todos los compañeros dejasen los sombreros y monteras que llevaban, y se pusiesen bonetes colorados a la turquesca, y sus toquillas blancas encima, para que pareciesen turcos. Luego envió a llamar algunos de los autores del rebelión, y les dijo que, pues el levantamiento estaba ya comenzado en la Alpujarra, convenía que los del Albaicín hiciesen lo mesmo antes que los cristianos metiesen más gente de guerra en la ciudad; que los ocho mil hombres que habían de acudir del Valle y Vega y los capitanes de las parroquias no estaban tan desapercebidos, que en sintiendo el levantamiento dejasen de acudir, aunque fuese antes de tiempo, y que lo mesmo harían los de los lugares de la sierra, y se podría hacer el efeto de la Alhambra; los cuales, no aprobando su determinación tan inconsiderada, le dijeron que no era buen consejo el que tomaba; que habiendo de venir con ocho mil hombres, venía con cuatro descalzos; y que no entendían perderse, ni le podían acudir, porque venía antes de tiempo y con poca gente; y ansí se fueron a encerrar en sus casas, no con menor contento de lo que Farax quería hacer que de la que habían hecho los de la Alpujarra, creyendo que lo uno y lo otro sería parte para que por bien de paz se diese nueva orden en lo de la premática, sin aventurar ellos sus personas y haciendas. De la respuesta de los del Albaicín se sintió gravemente Farax, y comenzó a quejarse dellos, diciendo: «¿Cómo habéisme hecho perder mi casa, mi familia y mi hacienda, y darme a las sierras con los perdidos, por sólo poner la nación en libertad; y agora, que veis el negocio comenzado, los que más habíades de favorecernos y ayudarnos os salís afuera, como si nos quedase otra manera de remedio, o esperásemos alcanzar perdón en algún tiempo de nuestras culpas? Debiérades avisarnos antes de agora; y pues ansí es, yo haré que el Albaicín se levante, o perezcáis todos los que estáis en él». Con estas amenazas salió de su casa dos horas antes que amaneciese, llevando la gente en dos cuadrillas, y por la calle de Rabad Albaida arriba se fue derecho a la placeta que está delante la puerta de San Salvador, donde fue avisado que estaban seis o siete soldados haciendo guardia, y llegando a la boca de la calle, los monfís delanteros quisieran no descubrirse [185] hasta que llegaran todos, porque vieron un soldado que se andaba paseando por la placeta. Este soldado estaba haciendo centinela, y cuando sintió el ruido de la gente que subía por la calle arriba, creyendo que era el Corregidor que andaba rondando, quiso hacer del bravo, y poniendo mano a la espada, se fue derecho a los monfís, diciendo: «¿Quién vive?» Respondiéronle con las ballestas, que llevaban armadas, y hiriéndole en el muslo, dio vuelta a los compañeros, huyendo y tocando arma; los cuales estaban durmiendo alderredor de un fuego que tenían encendido junto a la pared de la iglesia, porque hacía mucho frío, y no fueron tan prestos a levantarse como convenía; por manera que los monfís mataron uno dellos y hirieron otros dos. Finalmente, los sanos y los heridos huyeron, y los enemigos fueron siguiendolos por unas callejuelas angostas, hasta dar en la plaza de Bib el Bonut, y llegando a unas casas grandes donde moraban los padres jesuitas, llamaron por su nombre al padre Albotodo, y le deshonraron de perro renegado, que siendo hijo de moros, se había hecho alfaquí de cristianos; y como no pudieron romper la puerta, que era fuerte y estaba bien atrancada de parte de dentro, derribaron una cruz de palo que estaba puesta sobre ella, y la hicieron pedazos. La otra cuadrilla que venía atrás con el Nacoz, en llegando a la placeta tomó a mano derecha, y a la entrada de una calle que llaman la plaza Larga, derribaron las puertas de la botica de un familiar del Santo Oficio, llamado Diego de Madrid, pensando que estaba dentro, porque solía dormir allí cada noche; y no le hallando, vengaron la ira en los botes y redomas, haciéndolo todo pedazos. De allí pasaron al portillo de San Nicolás, que está junto a la puerta más antigua de la Alcazaba Cadima, en un cerrillo alto, de donde se descubre la mayor parte del barrio del Albaicín, y tocando los atabalejos y dulzainas que llevaban, con dos banderas tendidas y un cirio de cera ardiendo, comenzó uno dellos a dar grandes voces en su algarabía, diciendo desta manera: «No hay más que Dios y Mahoma, su mensajero. Todos los moros que quisieren vengar las injurias que los cristianos han hecho a sus personas y ley, vénganse a juntar con estas banderas, porque el rey de Argel y el Jerife, a quien Dios ensalce, nos favorecen y nos han enviado toda esta gente y la que nos está aguardando allí arriba. Ea, ea, venid, venid; que ya es llegada nuestra hora, y toda la tierra de los moros está levantada». Este pregón fue oído y entendido por muchos cristianos que moraban en el Albaicín y en el Alcazaba; mas no hubo morisco ni cristiano que saliese de su casa ni hiciese señal de abrir puerta ni ventana, aunque dos hombres nos dijeron que habían oído que desde una azotea les habían respondido: «Hermanos, idos con Dios; que sois pocos y venís sin tiempo». Viendo pues Farax Abenfarax que no le acudía nadie, y que las campanas de San Salvador tocaban a rebato, porque el canónigo Alonso de Horozco, que vivía a las espaldas de la sacristía, se había metido dentro por una puerta falsa y las hacía repicar, recogiendo todos sus compañeros, se salió de entre las casas, y se fue a poner en un alto de la ladera, por donde se sube a la torre del Aceituno, y desde allí hizo dar otro pregón de la mesma manera; y como no le acudió nadie, comenzó a deshonrar a los del Albaicín, diciéndoles: «Perros, cornudos, cobardes, que habéis engañado las gentes y no queréis cumplir lo prometido». Y saliéndose por el portillo que había entrado, se fue la vuelta de Cenes siendo ya el alba del día, sin que en aquellas dos horas hubiese quien le diese el menor estorbo del mundo; por manera que se deja bien entender que si Farax trajera consigo la gente toda, y los del Albaicín le acudieran, pudiera hacer terrible espectáculo de muertos en la ciudad aquella noche; y tanto más, si llegaran las cuadrillas de los monfís que venían de la Alpujarra, que por hacer la noche tempestuosa de nieve se habían desbaratado, no pudiendo atravesar la sierra; y lo mesmo habían hecho algunos mancebos sueltos que estuvieron apercebidos para ello, y habían avisádole que serían con él la noche de Navidad, entendiendo que lo podrían hacer.



 

Capítulo V

De lo que los cristianos hicieron cuando supieron la entrada de los monfís en el Albaicín

     Los soldados que dijimos que huyeron del cuerpo de guardia, fueron luego a dar aviso a Bartolomé de Santa María, que era uno de los alguaciles señalados por el Presidente, y bajando a la ciudad, iban por las calles dando voces y tocando arma; mas estaban los vecinos tan descuidados, que muchos no creían que fuese arma verdadera, y asomándose a las ventanas, les decían que callasen, que debían de venir borrachos. Otros salieron turbados con las armas en las manos, no sabiendo lo que habían de hacer ni adónde habían de acudir. Llegado pues a las casas de la Audiencia, donde estaba el Presidente, y dándole cuenta de lo que pasaba, aunque confusamente, como hombres que no habían hecho más que huir, envió uno dellos al marqués de Mondéjar y otro al Corregidor, y mandó al alguacil que volviese al Albaicín y entendiese más de raíz lo que había en él. El soldado que fue al marqués de Mondéjar se detuvo un rato en la puerta de la Alhambra, que no le quisieron abrir hasta que el conde de Tendilla, que andaba rondando, lo mandó; el cual había ya oído las voces y los instrumentos desde los muros; y queriéndose informar mejor, le preguntó qué ruido había sido aquél, y él le contó lo que había pasado, y le dijo que el Presidente le enviaba a que avisase al Marqués. Entonces le llevó el Conde consigo al aposento de su padre, para que le informase de lo que le había dicho a él; mas el Marqués no podía creer que fuese tanto como el soldado decía, sino que algunos hombres perdidos habían hecho aquel alboroto. Y como todavía le afirmase que eran moros vestidos y tocados como moros, y el proprio Conde, su hijo, le dijese que había oído las voces y los instrumentos, entonces se paró a considerar el caso con más cuidado y a pensar en lo que convenía hacer. Hallábase con solos ciento y cincuenta soldados, y cincuenta caballos que poder sacar y dejar en la fortaleza; parecíale que sería gran yerro salir della de noche, no sabiendo la cantidad de moros que eran los que habían entrado en el Albaicín, que podrían ser muchos, habiendo tanto número de moriscos en la tierra. Veía que en la ciudad había muy poca gente útil y bien armada de que poderse valer para acometerlos en la angostura de las calles y casas, donde había más de diez mil hombres para poder tomar armas; y al fin, resolviéndose de no dejar la fortaleza, tampoco consintió [186] que se tocase rebato, porque habiendo cesado ya el ruido en el Albaicín, parecía estar todo sosegado, y no quiso dar ocasión a que los ciudadanos subiesen a saquear las casas de los moriscos; en lo cual estuvo muy atentado, porque según la gente estaba cudiciosa, no fuera mucho que lo pusieran por la obra. Por otra parte, el Corregidor, luego que el otro soldado llegó a él con aviso, poniéndose a caballo con algunos caballeros que le acudieron, fue a las casas de la Audiencia, y en la plaza Nueva, que está delante dellas, comenzó a recoger gente de la que venía desmandada, y procuró estorbar que no subiese nadie al Albaicín. También acudieron don Gabriel de Córdoba y don Luis de Córdoba, su yerno, alférez mayor de Granada, y otros caballeros, que estuvieron en aquella plaza armados lo que quedaba de la noche, esperando si el negocio pasaba más adelante. El alguacil luego que entró por las calles del Albaicín entendió que los moros se habían ido, porque no halló persona sospechosa en todas ellas; y juntando la más gente que pudo, fue la vuelta del portillo por donde habían entrado, pensando tomar lengua dellos, y hallando allí un costal de bonetes colora dos, que según parece, traían para dar a los mozos gandules que se juntasen con ellos, y algunas herramientas que habían dejado, lo recogió todo, y no se atreviendo a pasar más adelante, se volvió a la ciudad. Siendo pues ya de día claro, el marqués de Mondéjar dejó en la fortaleza de la Alhambra a don Alonso de Cárdenas, su yerno, que después fue conde de la Puebla; y llevando consigo al conde de Tendilla y a don Francisco de Mendoza, sus hijos, bajó a la plaza Nueva, donde estaban el Corregidor y don Gabriel de Córdoba, y se recogieron luego los marqueses de Villena y Villanueva, y don Pedro de Zúñiga, conde de Miranda; que todos habían venido a seguir sus pleitos en la Audiencia Real, y otros muchos caballeros y escuderos armados, y les dijo que se asosegasen, porque sin duda los que habían entrado en el Albaicín y hecho aquel alboroto debían de ser monfís y hombres perdidos, que habían salídose luego huyendo, y que brevemente se entendería lo que había sido. Y estándoles diciendo esto, llegó a él un hombre, y le dio aviso como los moros iban con dos banderas tendidas por detrás del cerro del Sol, a dar a la casa de las Gallinas, llamada Darluet, que está como media legua de la ciudad sobre el río Genil. Con esta nueva se alborotaron todos aquellos caballeros. Hubo algunos que dijeron al marqués de Mondéjar que sería bien enviar sesenta caballos con otros tantos arcabuceros a las ancas, que procurasen entretener aquellos moros mientras llegaba el golpe de la gente; el cual no lo consintió, diciendo que primero quería informarse qué gente eran y el camino que llevaban, y la seguridad que quedaba en el Albaicín. Desto se desgustaron muchos de los que allí estaban, entendiendo que cuanto más se dilatase la salida, tanto más lugar y tiempo ternían los moros para meterse en la sierra, donde después no se pudiesen aprovechar dellos, como sucedió. Luego mandó el marqués de Mondéjar a un escudero criado suyo, llamado Ampuero, que fuese a reconocer qué gente era la que aquel hombre decía que había visto, y que llevase consigo otro compañero, y en descubriéndolos, le dejase sobre ellos y tornase con diligencia a darle aviso; y viendo el mal recaudo y poco caudal de gente con que se hallaba para, si fuese menester, oprimir con fuerza a los del Albaicín, y que para estorbarles que no se rebelasen convenía usar con ellos de industria, dejando en la plaza al conde de Tendilla en compañía de los otros caballeros, y algunos veinticuatros en las bocas de las calles, acompañado del Corregidor, y con treinta caballos y cuarenta arcabuceros y los alabarderos de su guardia, subió al Albaicín, y atravesando por él sin topar gente, porque los moriscos se habían encerrado y hecho fuertes en las casas, de miedo no los robasen, llegó a la iglesia de San Salvador; y preguntó a algunos cristianos que estaban allí recogidos qué era la causa que no parecían moros, los cuales le dijeron que estaban todos encerrados en sus casas. Entonces mandó a Jorge de Baeza que llamase algunos de los más principales, porque les quería hablar; y trayendo ante él veinte y cinco o treinta hombres, les preguntó qué novedad había sido aquella, y qué gente era la que había entrado en el Albaicín a desasosegarlos; los cuales respondieron con mucha humildad que no sabían nada; que ellos habían estado metidos en sus casas, y eran buenos cristianos y leales vasallos de su majestad, y como tales no habían de hacer cosa que fuese en su deservicio; y que si alguna gente había entrado a poner la ciudad en alboroto, serían enemigos suyos y personas que querían hacerles mal. A esto les respondió el marqués de Mondéjar que por cierto así lo habían mostrado como decían, y que procurasen conservarse en lealtad; porque siendo los que debían, él procuraría que no se les hiciese agravio, y escribiría a su majestad en su recomendación, suplicándole que les hiciese toda merced y favor. Con esto quedaron los moriscos, al parecer, de temerosos que estaban, muy contentos, y prometieron de estar y perseverar en la fidelidad y obediencia que debían como buenos y leales vasallos. Hecha esta diligencia, bajó el marqués de Mondéjar por la cuesta de la Alcazaba, y entrando en la ciudad por la puerta Elvira, volvió a la plaza Nueva, donde estaban todavía aquellos caballeros aguardándole; y apartándose con el Corregidor y con el conde de Tendilla, estuvieron buen rato dando y tomando sobre lo que convenía hacer, y al fin se resolvieron en que, venido Ampuero, y sabido el camino que llevaban los moros, se podría ir en su seguimiento, porque habiendo de rodear por el valle de Lecrín, no se podrían meter tan presto en las sierras, que la caballería no los alcanzase primero; y con este acuerdo dijo a los señores y caballeros que allí estaban que se fuesen a sus casas y estuviesen a punto para cuando sintiesen tirar una pieza de artillería; y él se volvió con sus hijos a la Alhambra.



 

Capítulo VI

Cómo el marqués de Mondéjar salió en busca de los monfís que habían entrado en el Albaicín

     El mesmo día el Corregidor y los veinticuatros, viendo que tardaba mucho la orden del marqués de Mondéjar, acordaron de salir ellos por ciudad en seguimiento de los monfís, y habiéndolo tratado en su cabildo, le enviaron a decir con dos veinticuatros, que le suplicaban fuese servido de salir luego por su persona, porque le acompañarían todos, o que les diese licencia para que ellos lo pudiesen hacer; el cual les respondió [187] que les agradecía mucho el cuidado que tenían de las cosas que tocaban al servicio de su majestad, y que solamente esperaba tener aviso cierto del camino que llevaban los monfís para ir en su seguimiento, y que no podía tardar mucho. Era grande el deseo que todos tenían de ir en seguimiento de los moros, y cada momento que tardaban se les hacía un año; mas el marqués de Mondéjar no se quería determinar de dejar atrás la fortaleza y la ciudad, hasta estar bien cierto qué gente era aquélla, que pudiera ser mucha y estar emboscada detrás de aquellos cerros; y por esta razón aguardaba los escuderos que había enviado a reconocer. Estando pues hablando con él unos moriscos del Albaicín, que habían ido a darle las gracias en nombre del reino por la merced que les había hecho en animarlos con su presencia, y a suplicarle que en lo de adelante no los desamparase, llegó Ampuero, y le dijo cómo no era más de hasta doscientos hombres los que iban con las banderas, y que llevaban el camino de Dílar por la halda de la sierra. Entonces mandó tocar una trompeta y disparar una pieza de artillería y tocar la campana del rebato, todo a un tiempo; y poniéndose a caballo, acompañado de sus hijos y de don Alonso de Cárdenas y de algunos escuderos, salió de la Alhambra a media rienda, y desde el camino envió a decir al Presidente que mandase que la gente de la ciudad le fuese siguiendo, porque no pensaba detenerse en ninguna parte. En este tiempo los moros proseguían su camino, y sin detenerse en los lugares de Dúdar y Quéntar, habían pasado por ellos, y de allí bajado a Cenes, donde estuvieron almorzando; y viendo que un cristiano los había descubierto, aunque algunos dellos nos dijeron que habían oído las piezas de artillería de la Alhambra, tomaron el camino su poco a poco por la halda de la Sierra Nevada, la vuelta de Dílar, yéndoles a las espaldas bien a lo largo el escudero que había salido con Ampuero. Luego que partió el marqués de Mondéjar, el Presidente se puso a la ventana de su aposento, y viendo al conde de Miranda, y a don Gabriel de Córdoba, y a don Luis de Córdoba, y a otros caballeros en la plaza Nueva, que habían salido amados en oyendo la señal del rebato, les envió a decir que fuesen a alcanzar al marqués de Mondéjar con toda la gente de a pie y de a caballo que tenían, y ordenó al Corregidor que anduviese por la ciudad y pusiese algunos caballeros y veinticuatros en las bocas de las calles, que no dejasen subir a nadie sin orden al Albaicín, y que enviase alguna gente arriba para asegurarse de los moriscos, encomendándola a personas de confianza, porque no hubiese alguna desorden. Hecho esto, todos los que acudían a la plaza los enviaba en seguimiento de los moros. El marqués de Mondéjar tomó por cima de Güétor hacia Dílar, y llegando al campo que dicen de Gueni, a la asomada dél descubrieron los caballos delanteros a los moros que iban de corrida a tomar la sierra. Don Alonso de Cárdenas puso las piernas al caballo, y con él algunos jinetes, creyendo poderlos alcanzar antes que se embrollasen en ella; mas estorbóselo una cuesta muy agria que se les puso delante en el barranco del río de Dílar, donde se detuvieron tanto en bajar y tornar a subir, que los moros tuvieron lugar de tomar un cerro alto y muy áspero sobre mano izquierda: allí se hicieron una muela, y poniendo las banderas en medio, comenzaron a dar voces y a tirar con las escopetas. Llegaron cerca dellos algunos escuderos, que los acometieron con escaramuza, pensando entretenerlos hasta que llegase la infantería; uno de los cuales se desmandó tanto, que le mataron el caballo de un escopetazo, y le mataran también a él si no fuera socorrido. De allí fueron tomando lo más áspero de la sierra, donde los caballos no podían subir, yéndoles siempre tirando con las escopetas desde lejos. Viendo pues el conde de Miranda y los otros caballeros cuán mal los podían seguir a caballo, acordaron de apearse; y estándose apercibiendo para ir tras dellos a pie, llegó el marqués de Mondéjar y los detuvo, porque ya estaba puesto el sol; y demás de que los enemigos llevaban gran ventaja de camino, hacía un tiempo muy trabajoso de frío y de agua nieve; y haciendo tocar a recoger, mandó a don Diego de Quesada, vecino del lugar de la Peza, que siguiese aquellos monfís con la infantería y algunos caballos, y dio vuelta hacia la ciudad, y encontrando en el camino al capitán Lorenzo de Ávila, a cuyo cargo estaba la gente de guerra de las siete villas de la jurisdición de Granada, que iba con un golpe de gente, le ordenó que se fuese a juntar con él para el mesmo efeto. Los dos capitanes, y con ellos algunos caballeros, los fueron siguiendo, hasta que con la escuridad los perdieron de vista; y como había en la sierra tanta nieve y hacía tan recio frío, porque la gente no pereciese se recogieron aquella noche a la iglesia del lugar de Dílar, y allí les llevaron de cenar los moriscos; y en riendo el alba, creyendo que los moros habían detenídose también en alguna parte, los fueron siguiendo por las pisadas que dejaban señaladas en la nieve; mas ellos habían caminado toda la noche sin parar, por veredas que sabían, y bajando al valle de Lecrín, iban alzando los lugares por do pasaban, dándoles a entender que dejaban levantado el Albaicín, y que Granada y la Alhambra estaba ya por los moros. Por manera que cuando nuestra gente bajó al valle, ya ellos iban muy adelante; y dejándolos de seguir, por parecerles que iba poca gente y mal apercebida para entrar la tierra adentro, pararon en el lugar de Dúrcal, y allí estuvieron el tercero día de Pascua, esperando si llegaba más gente. Dejémoslos agora aquí, y digamos de don Hernando de Válor quién era, y cómo le alzaron los rebeldes por rey; que a tiempo seremos para volver a ellos.



 

Capítulo VII

Que trata de don Hernando de Córdoba y de Válor, y cómo los rebeldes le alzaron por rey

     Don Hernando de Córdoba y de Válor era morisco, hombre estimado entre los de aquella nación porque traía su origen del halifa Maruan; y sus antecesores, según decían, siendo vecinos de la ciudad de Damasco Xam, habían sido en la muerte del halifa Hucein, hijo de Alí, primo de Mahoma, y venídose huyendo a África, y después a España, y con valor proprio habían ocupado el reino de Córdoba y poseídolo mucho tiempo con nombre de Abdarrahamanes, por llamarse el primero Abdarrahamán; más su proprio apellido era Aben Humeya. Este era mozo liviano, aparejado para cualquier venganza, y sobre todo, pródigo. Su padre se decía don Antonio de Válor y de Córdoba, y andaba desterrado [188] en las galeras por un crimen de que había sido acusado; y aunque eran ricos, gastaban mucho, y vivían muy necesitados y con desasosiego; y especialmente el don Hernando andaba siempre alcanzado, y estaba estos días preso, la casa por cárcel, por haber metido una llaga en el cabildo de la ciudad de Granada, donde tenía una veinticuatría. Viéndose pues en este tiempo con necesidad, acordó de venderla y irse a Italia o a Flandes, según él decía, como hombre desesperado; y al fin la vendió a otro morisco, vecino de Granada, llamado Miguel de Palacios, hijo de Jerónimo de Palacios, que era su fiador en el negocio sobre que estaba preso, por precio de mil y seiscientos ducados; el cual la mesma noche que había de pagarle el dinero, temiendo que si quebrantaba la carcelería la justicia echaría mano dél y del oficio por la general hipoteca, y se lo haría pagar otra vez, avisó al licenciado Santarén, alcalde mayor de aquella ciudad, para que lo mandase embargar, y en acabando de contar el dinero, llegó un alguacil y se lo embargó. Hallándose pues don Hernando sin veinticuatría y sin dineros, determinó de quebrantar la carcelería y dar consigo en la Alpujarra; y con sola una mujer morisca que traía por amiga y un esclavo negro, salió de Granada otro día luego siguiente, jueves 23 de diciembre, y durmiendo aquella noche en la almacería de una huerta, caminó el viernes hacia el valle de Lecrín, y en la entrada del encontró con el beneficiado de Béznar, que iba huyendo la vuelta de Granada; el cual le dijo que no pasase adelante, porque la tierra andaba alborotada y había muchos monfís en ella; mas no por eso dejó de proseguir su viaje, y llegó a Béznar y posó en casa de un pariente suyo, llamado el Válori, de los principales de aquel lugar, a quien dio cuenta de su negocio. Aquella noche se juntaron todos los Váloris, que era una parentela grande, y acordaron que pues la tierra se alzaba y no había cabeza, sería bien hacer rey a quien obedecer. Y diciéndolo a otros moros de los rebelados, que habían acudido allí de tierra de Órgiba, todos dijeron que era muy bien acordado, y que ninguno lo podía ser mejor ni con más razón que el mesmo don Hernando de Válor, por ser de linaje de reyes y tenerse por no menos ofendido que todos. Y pidiéndole que lo aceptase, se lo agradeció mucho; y así, le eligieron y alzaron por rey, yendo, según después decía, bien descuidado de serlo, aunque no ignorante de la revolución que había en aquella tierra. Algunos quisieron decir que los del Albaicín le habían nombrado antes que saliese de Granada, y aun nos persuadieron a creerlo al principio; mas procurando después saberlo más de raíz, nos certificaron que no él, sino Farax, había sido el nombrado, y que los que trataban el levantamiento no sólo quisieron encubrir su secreto a los caballeros moriscos y personas de calidad que tenían por servidores de su majestad, mas a éste particularmente no se osaran descubrir, por ser veinticuatro de Granada y criado del marqués de Mondéjar, y tenerle por mozo liviano y de poco fundamento. Estando pues el lunes por la mañana, a hora de misa, don Hernando de Válor delante la puerta de la iglesia del lugar con los vecinos dél, asomó por un viso que cae sobre las casas a la parte de la sierra, Farax Aben Farax con sus dos banderas, acompañado de los monfís que habían entrado con él en el Albaicín, tañendo sus instrumentos y haciendo grandes algazaras de placer, como si hubieran ganado alguna gran vitoria. El cual, como supo que estaba allí don Hernando de Válor y que le alzaban por rey, se alteró grandemente, diciendo que, cómo podía ser que habiendo sido él nombrado por los del Albaicín, que era la cabeza, eligiesen los de Béznar a otro; y sobre esto hubieran de llegar a las armas. Farax daba voces que había sido autor de la libertad, y que había de ser rey y gobernador de los moros, y que también era él noble del linaje de los Abencerrajes. Los Váloris decían que donde estaba don Hernando de Válor no había de ser otro rey sino él. Al fin entraron algunos de por medio, y los concertaron desta manera: que don Hernando de Válor fuese el rey, y Farax su alguacil mayor, que es el oficio más preeminente entre los moros cerca de la persona real. Con esto cesó la diferencia, y de nuevo alzaron por rey los que allí estaban a don Hernando de Válor, y le llamaron Muley Mahamete Aben Humeya, estando en el campo debajo de un olivo. El cual, por quitarse de delante a Farax Aben Farax, el mesmo día le mandó que fuese luego con su gente y la que más pudiese juntar a la Alpujarra, y recogiese toda la plata, oro y joyas que los moros habían tomado y tomasen, así de iglesias como de particulares, para comprar armas de Berbería. Este traidor, publicando que Granada y toda la tierra estaba por los moros, yendo levantando lugares, no solamente hizo lo que se le mandó, mas llevando consigo trecientos monfís salteadores, de los más perversos del Albaicín y de los lugares comarcanos, a Granada, hizo matar todos los clérigos y legos que halló captivos, que no dejó hombre a vida que tuviese nombre de cristiano y fuese de diez años arriba, usando muchos géneros de crueldades en sus muertes, como lo diremos en los capítulos del levantamiento de los lugares de la Alpujarra.

     Bien se deja entender que este don Hernando supo lo que se trataba del levantamiento, ansí por la priesa que se dio en vender su veinticuatría, como porque, según nos dijo el licenciado Andrés de Álava, inquisidor de Granada, con quien profesaba mucha amistad, que estando de camino para visitar la Alpujarra por orden particular de su majestad, que le mandaba que visitando la tierra, en el secreto del Santo Oficio procurase entender si los moriscos trataban alguna novedad, había ido a él pocos días antes que se alzase el reino, y aconsejádole por vía de amistad que no se pusiese en camino hasta que pasase la pascua de Navidad, porque para entonces estaría ya la gente más quieta, y le acompañaría él por su persona; y había hecho tanta instancia sobre esto, que se podía presumir que ya él lo sabía, y por ventura quiso excusar la ida del inquisidor, pareciéndole que si le tomaba el levantamiento dentro de la Alpujarra, se pornía de nuestra parte mucha diligencia en socorrerle, aunque también pudo ser que quiso apartarle del peligro en que veía que se iba a meter, por la amistad que con él tenía. Sea como fuere, ésta es la relación más cierta que pudimos saber deste negocio. [189]



 

Capítulo VIII

Que trata del levantamiento general de los moriscos de la Alpujarra

     Congoja pone verdaderamente pensar, cuanto más saber de escrebir, las abominaciones y maldades con que hicieron este levantamiento los moriscos; monfís la Alpujarra y de los otros lugares del reino de Granada. Lo primero que hicieron fue apellidar el nombre y seta de Mahoma, declarando ser moros ajenos de la santa fe católica, que tantos años había que profesaban ellos y sus padres y abuelos. Era cosa de maravilla ver cuán enseñados estaban todos, chicos y grandes, en la maldita seta; decían las oraciones a Mahoma, hacían sus procesiones y plegarias, descubriendo las mujeres casadas los pechos, las doncellas las cabezas; y teniendo los cabellos esparcidos por los hombros bailaban públicamente en las calles, abrazaban a los hombres, yendo los mozos gandules delante haciéndoles aire con los pañuelos, y diciendo en alta voz que ya era llegado el tiempo del estado de la inocencia, y que mirando en la libertad de su ley, se iban derechos al cielo, llamándola ley de suavidad, que daba todo contento y deleite. Y a un mesmo tiempo, sin respetar a cosa divina ni humana como enemigos de toda religión y caridad, llenos de rabia cruel y diabólica ira, robaron, quemaron y destruyeron las iglesias, despedazaron las venerables imágines, deshicieron los altares, y poniendo manos violentas en los sacerdotes de Jesucristo, que les enseñaban las cosas de la fe, y administraban los sacramentos, los llevaron por las valles y plazas desnudos y descalzos, en público escarnio y afrenta. A unos asaetearon, a otros quemaron vivos, y a muchos hicieron padecer diversos géneros de martirios. La mesma crueldad usaron con los cristianos legos que moraban en aquellos lugares sin respetar vecino a vecino, compadre a compadre, ni amigo a amigo; y aunque algunos lo quisieron hacer, no fueron parte para ello, porque era tanta la ira de los malos, que matando cuantos les venían a las manos, tampoco daban vida a quien se lo impedía. Robáronles las casas, y a los que se recogían en las torres y lugares fuertes los cercaron y rodearon con llamas de fuego, y quemando muchos dellos, a todos los que se les rindieron a partido dieron igualmente la muerte, no queriendo que quedase hombre cristiano vivo en toda la tierra, que pasase de diez años arriba. Esta pestilencia comenzó en Lanjarón, y pasó a Órgiba el jueves en la tarde en la taa de Poqueira, y de allí se fue extendiendo el humo de la sedición y maldad en tanta manera, que en un improviso cubrió toda la faz de aquella tierra, como se irá diciendo por su orden. Y porque juntamente con la historia deste rebelión hemos de hacer una breve descripción de las taas de la Alpujarra y lugares dellas, para que el letor lleve mejor gusto en todo, diremos primero en este lugar qué cosa es taa, y lo que significa este nombre berberisco.

     Taa es un epíteto de que antiguamente usaron los africanos en todas las ciudades nobles, como dijimos atrás en el capítulo tercero del primer libro, y, taa quiere decir cabeza de partido o feligresía de gente natural africana, aunque otros interpretan pueblos avasallados y sujetos. Dicen algunos moriscos antiguos haber oído a sus pasados, que por ser las sierras de la Alpujarra fragosas y estar pobladas de gente bárbara, indómita y tan soberbia, que con dificultad los reyes moros podían averiguarse con ellos, por estar confiados en la aspereza de la tierra, como acaece también en las serranías de África, que están pobladas de bereberes, tomaron por remedio dividirla toda en alcaidías y repartirlas entre los mesmos naturales de la tierra; y después que éstos hubieron hecho castillos en sus partidos, vinieron a meter en ellos otros alcaides granadinos, y de otras partes, con alguna gente de guerra, para poderlos avasallar. Y como había en cada partido destos un alcaide, a quien obedecían mil o dos mil vasallos, también había un alfaquí mayor que tenía lo espiritual a su cargo, y aquel distrito llamaban taa. Finalmente, es lo mesmo que en África nueiba, que quiere decir partido de bárbaros pecheros del magacén del Rey; una de las cuales es la tierra de Órgiba, que aunque cae fuera de la Alpujarra, está en la entrada della, de donde comenzaremos, pues los moriscos comenzaron por allí su maldad, y por la mesma orden iremos prosiguiendo en las demás taas cómo se fueron alzando. Luego cómo en Lanjarón, lugar del valle de Lecrín, se entendió el desasosiego de los moriscos, el licenciado Espinosa y el bachiller Juan Bautista, beneficiados de aquella iglesia, Miguel de Morales, su sacristán, y hasta diez y seis cristianos, se metieron en la iglesia, y llegando Abenfarax, les mandó poner fuego, y el beneficiado Juan Bautista se descolgó por una pleita de esparto y se entregó luego al tirano, el cual le hizo matar a cuchilladas, y prosiguiendo en el fuego de la iglesia, la quemó y se hundió sobre los que estaban dentro. Y haciéndolos sacar de debajo de las ruinas, los hizo llevar al campo, y allí no se hartaban de dar cuchilladas en los cuerpos muertos: tanta era la ira que tenían contra el nombre cristiano. Luego pasaron a la taa de Órgiba, llevando consigo a los mancebos del lugar.



 

Capítulo IX

De la descripción de la taa de Órgiba, y cómo se alzaron los lugares della, y cercaron los cristianos en la torre de Albacete

     La taa de Órgiba tiene a poniente a Lanjarón, lugar del valle de Lecrín, y a Salobreña y Motril; al cierzo confina con Sierra Nevada; al levante con las taas de Poqueira y Ferreira y con la del Cehel, que cae hacia la mar, que todas están en la Alpujarra; y al mediodía tiene el mar Mediterráneo, donde está en la lengua del agua un castillo fuerte de sitio, que los moros llaman Sayena, y los cristianos Castil de Ferro. Por medio desta taa atraviesa un río que baja de la Sierra Nevada, y corriendo hacia la mar con algunas vueltas, va a juntarse con el río de Motril. Es tierra fértil, llena de muchas arboledas y frescuras, y, por ser templada, se crían naranjos, limones, cidros y todo género de frutas tempranas, y muy buenas hortalizas en ella. La cría de la seda es mucha y muy buena, y hay hermosísimos pastos para los ganados, y muchas tierras de labor, donde los moradores de los lugares cogen trigo, cebada, panizo y alcandía, y la mayor parte dellas se riegan con el agua del río y de las fuentes que bajan de aquellas sierras. Hay en esta taa quince lugares, que los moriscos llaman alcarías, cuyos nombres son: Pago, Benizalte, Sortes, Cáñar, el Fex, Bayárcar, Soportújar, Caratanuz, [190] Benizeyed, Lexur, Barxar, Guarros, Luliar, Faragenit y Albacete de Órgiba, que es el lugar principal, donde está una torre, que estaba en este tiempo algo mejor proveída que otras veces, porque habiéndose llevado aquel lugar los moros de Berbería, pocos años antes se había puesto mejor recaudo en ella. La mayor parte destos lugares están en las haldas de las sierras, y los otros en una vega llana que se hace entre ellas, donde está el lugar de Albacete de Órgiba.

     El día que el Partal y el Seniz mataron aquellos cristianos que dijimos de Ugíjar, los dos hombres que escaparon de sus manos fueron huyendo al lugar de Albacete de Órgiba y dieron aviso a Gaspar de Sarabia, que estaba por alcaide y gobernador de aquella taa, el cual luego otro día viernes bien de mañana envió a Camacho, alguacil mayor, con ocho cristianos arcabuceros, y con ellos algunos moriscos desarmados, a que supiesen qué novedad había sido aquella. Y mientras ellos iban, vino a él un morisco, alguacil de Benizalte, llamado Álvaro Abuzayet, y le dijo que hiciese recoger con brevedad todos los cristianos chicos y grandes a la torre, porque estaba la tierra levantada. Con este aviso se recogieron luego Alonso de Algar, cura de Albacete, y los otros clérigos, beneficiados y vecinos cristianos que moraban en los lugares de aquella taa, sin recebir daño, sino fueron los de Soportújar y algunos perezosos. Los ocho arcabuceros corrieron peligro de perderse, porque estando en el lugar de Barxar enterrando los cristianos que habían sido muertos el día antes, dieron los monfís en ellos, y haciéndolos huir, los fueron siguiendo hasta cerca de la torre, llamándolos de perros, y diciéndoles que ya era llegado su día, y les quitaron algunas armas, y los proprios moriscos de paces que iban con ellos fueron los que más los persiguieron. Viendo pues Gaspar de Sarabia lo que pasaba, recogió a gran priesa las moriscas y muchachos que pudo haber en el lugar y las metió en la torre, entendiendo que si se viese en necesidad, no faltaría quien se compadeciese, padres, maridos o hermanos, y que secretamente les proveerían de agua y de bastimentos mientras le venía socorro. Finalmente, se encerró en la torre con ciento y ochenta personas y algunos hombres esforzados entre ellos, uno de los cuales se llamaba Pedro de Vilches, y por otro nombre Pie de palo, porque teniendo cortada una pierna a cercen, la traía puesta de palo, y era hombre animoso y muy plático en aquella tierra; y otro Leandro, que era gran cazador, y acaso había llegado allí aquella noche con dos cargas de conejos y perdices y un cuero de aceite; que cierto pareció haberlo enviado Dios para la salud de aquella gente; porque demás de que él era buen arcabucero y llevaba su arcabuz con cantidad de munición para poder pelear, la caza suplió la necesidad y hambre algunos días, y el aceite fue de mayor importancia para quemar a los enemigos una manta de madera que les arrimaron al muro de la torre, entendiendo poderlo picar por debajo. No fueron bien recogidos los cristianos cuando se levantó el lugar, y en un barrio que está cerca dél arbolaron una bandera, y tumultuosamente se recogieron a ella los mancebos gandules, y no mucho después parecieron otras seis banderas, la mayor dellas colorada, con unas lunas de plata en medio, y las otras todas de seda de diferentes colores, y atravesando por un viso a vista de la torre, fueron a ponerse en los olivares, acompañados de mucha gente armada de arcabuces y bailes ballestas. De allí enviaron a recoger los lugares que estaban en lo llano, y saliendo hombres y mujeres con bagajes cargados de ropa y de bastimentos, y los ganados por delante, se subieron a la sierra de Poqueira, y la gente armada cercó la torre donde estaban nuestros cristianos. Luego que se alzaron los lugares de Soportújar y Cáñar y los demás de las sierras, lo primero que hicieron aquellos herejes fue destruir las iglesias, y saquear lo que había en ellas y en las casas de los cristianos. En Soportújar prendieron por engaño al vicario de Ojeda, beneficiado de aquel lugar, y después de tenerle preso a él y a un muchacho criado suyo, llamado Martín, ofreciéndole de darle libertad un morisco que tenía por amigo, que se decía Bartolomé Aben Moguid, hijo del alguacil del lugar, le sacó de donde estaba y le escondió en casa de otro morisco, llamado Miguel de Jerez, y allí estuvo cuatro días, al cabo de los cuales vino Farax Abenfarax, que, como queda dicho, iba recorriendo los lugares por mandado de Aben Humeya, y donde quiera que llegaba hacía pregonar que, so pena de la vida, ningún moro fuese osado de esconder cristiano de ninguna edad que fuese, sino que luego se los manifestasen, y de miedo dél declaró Aben Moguid cómo tenía aquellos dos cristianos. Y enviando Abenfarax dos moros por ellos, los sacaron de donde estaban y los desnudaron en cueros, y atándoles las manos atrás, los entregaron a Zacarías de Aguilar, enemigo del beneficiado, el cual los llevó a la plaza del lugar, y tomándolos los vecinos en medio, les dieron muchos bofetones y puñadas, y después los llevaron a un montecillo que está como media legua de allí, para matarlos y dejar los cuerpos en el campo, porque Abenfarax mandaba que no les diesen sepultura. Y juntamente llevaron una cristiana, llamada Beatriz de la Peña, con cinco hijos niños, y teniéndolos ya para matar, acertó a pasar por aquel camino Aben Humeya, que venía de Béznar, y condoliéndose de la mujer y de los niños, les mandó que solamente matasen al vicario, y que los demás los volviesen al lugar y se los guardasen hasta que enviase por ellos. Luego cargáronlos enemigo, de Dios sobre aquel sacerdote, que invocaba su santísimo nombre, y dándole uno dellos con la verga de la ballesta en la cabeza un gran golpe, que le aturdió y dio con él en el suelo, le hirieron luego los otros con las lanzuelas y espadas, hasta que le acabaron de matar. Y encendidos en aquella ira, hirieron también a Martín, su criado, de una cuchillada en la cabeza, que se la hendieron, diciéndole el que le hirió: «Toma, perro, porque eres hijo del alguacil de Órgiba». Ved cuánta enemistad era la que tenían con los ministros espirituales y temporales, que aun a sus hijos niños no perdonaban. La mujer con sus criaturas llevaron a Soportújar, y después al castillo de Juviles, donde alcanzaron libertad cuando el marqués de Mondéjar lo ganó, con otras muchas cristianas que había recogido allí Aben Humeya.



 

Capítulo X

Cómo se alzaron los lugares de las taas de Poqueira y Ferreira, y la descripción dellas

     Las taas de Poqueira y Ferreira están en la entrada de la Alpujarra; las cuales confinan a poniente con [191] la taa de Órgiba, a levante con la de Juviles, al mediodía con el Cehel, y a tramontana con Sierra Nevada. En la taa de Poqueira hay cuatro lugares llamados Capeleira, Alguazta, Parmpaneira y Bubión; y en la de Ferreira hay once, que son: Pitres, Capeleira de Ferreira, Aylácar, Fondales, Ferreirola, Mecina de Fondales, Pórtugos, Luaxar, Busquistar, Bayárcal y Harat el Bayar. Toda esta tierra es muy fresca, abundante de muchas arboledas; críase en ella cantidad de seda de morales; hay muchas manzanas, peras, camuesas de verano y de invierno, que llevan los moradores a vender a la ciudad de Granada y a otras partes todo el año, y mucha nuez y castaña ingerta. El pan, trigo, cebada, centeno y alcandía que allí se coge es todo de riego, y lo mejor y de más provecho que hay en el reino de Granada. Está una sierra entre estas dos taas, donde se crían hermosas viñas y huertas, y en ella nacen muchas fuentes de agua fría y saludable, con que se riegan, y son todas las frutas, hortalizas y legumbres que allí se cogen muy buenas. Es tan grande la fertilidad desta tierra, que si siembran los garbanzos blancos en ella, los cogen negros; y son los castaños tan grandes, que en el lugar de Bubión había uno donde una mujer tenía puesto un telar para tejer lienzo entre las ramas, y en el hueco del pie hacía su morada con sus hijos; y cuando el comendador mayor de Castilla entró con su campo en la Alpujarra, estando en aquel lugar, vimos seis escuderos con sus caballos dentro del hueco de aquel árbol, y a la partida le pusieron fuego unos soldados y le quemaron. De verano hay en estas sierras hermosísimos pastos para los ganados; y de invierno, porque es tierra muy fría, los llevan a lo de Dalías, o hacia Motril y Salobreña, que es más caliente y templado por razón de los aires de la mar. Están estas dos taas a manera de Península, entre dos ríos que bajan de la Sierra Nevada; el primero y más ocidental nace sobre la mesma taa de Poqueira, y corriendo por entre asperísimas y altas sierras, la cerca por aquella parte, y se va a juntar con el río de Motril antes de llegar a la puente Tejafi, donde está el puerto de Jubilein, que es la entrada de Órgiba a la Alpujarra yendo por el río de Cádiar, que se pasa en este camino, en espacio de cuatro leguas, más de sesenta veces por pasos dificultosos y puertos fragosísimos de peñas. El otro río nace también en la Sierra Nevada, a levante dél y a poniente del lugar de Trevélez, y con la mesma aspereza y fragosidad cerca las dos taas hacia oriente y mediodía. Por bajo del lugar de Ferreirola hace dos brazos, y entrambos se juntan con el río que baja de Alcázar, y se van después a meter en el río de Motril en la garganta del Dragón, que los moriscos llaman Alcazaubin. Recógense en aquel lugar tantas aguas de verano, por razón de las nieves que se derriten de las sierras, que parece un mar tempestuoso el ruido que lleva el río. Esta tierra decían los moriscos haber oído decir a sus pasados que jamás había sido conquistada por fuerza de armas, y así tenían mucha confianza en el sitio y fortaleza della, creyendo que ningún ejército acometería la entrada, habiendo quien defendiese los asperísimos pasos, donde poca gente era fuerte y poderosa; y por esta razón eligieron aquel sitio donde se recoger del primer ímpetu con sus mujeres, hijos y ganados.

     Alzáronse los lugares de la taa de Poqueira viernes por la mañana a 24 días del mes de diciembre. Los cristianos que había en ellos corrieron luego a favorecerse en la torre de la iglesia del lugar de Burburon, que al parecer era fuerte, aunque no estaba acabada, y los herejes traidores (que así merecen que los llamemos de aquí adelante), viendo que se defendían, fueron a saquearles las casas, y cercando la iglesia, abrieron una puerta que estaba tapiada, encubierta de la torre, y entrando furiosamente por ella, destruyeron y robaron todas las cosas sagradas, y luego juntaron muchos zarzos y tascos untados con aceite para poner fuego a la puerta de la torre. Viendo esto los cristianos, y hallándose sin defensa, sin agua y sin mantenimientos, tomaron por medio rendirse antes que morir abrasados en crueles llamas; y fuérales menor mal, si los enemigos no usaran después otras mayores crueldades con ellos; porque los desnudaron y ataron, y les dieron muchos palos y bofetadas; y habiéndolos tenido aprisionados diez y nueve días, los sacaron a justiciar por mandado de Aben Humeya a una huerta cerca del lugar, un día antes que el marqués de Mondéjar llegase a Órgiba; y allí hicieron pedazos con las espadas al licenciado Quirós, cura del lugar de Concha, y al beneficiado Bernabé de Montanos, y a Godoy, su sacristán, y a otros veinte legos; y dejando los cuerpos a las aves y a los perros que se los comiesen, a solas las mujeres y a los niños de diez años abajo tomaron por captivos. Al bachiller Baltasar Bravo, beneficiado y vicario de aquella taa, porque sabían que tenía mucho dinero, no le mataron, y dándole tormento, le sacaron tres mil ducados de oro y mucha plata labrada, y con esperanza que les había de dar más, le dejaron con la vida.

     Los de la taa de Ferreira se alzaron en el mesmo día y hora que los de Poqueira, especialmente los de Pórtugos y de los otros lugares junto a él. Los cristianos, en sintiendo el alzamiento, fueron luego a favorecerse en la torre de la iglesia de aquel lugar con sus mujeres y hijos. Los moros les saquearon las casas, y entrando en la iglesia por una puerta pequeña, la robaron y destruyeron, y pusieron fuego a la torre, amenazando a los que se habían encastillado dentro con cruel muerte si fuego no se rendían. Hubo algunos animosos que mostraban querer más morir que verse en poder de aquellos infieles; otros, viéndose quemar vivos, y oyendo las piadosas lamentaciones de sus mujeres y hijos, considerando que ninguna crueldad se podía usar con ellos mayor que la del fuego, y teniendo alguna esperanza de que no los matarían, determinaron de rendirse; y al fin persuadieron a los demás a que se diesen a partido, con promesa de que no les harían otro mal sino tomarlos por captivos. Habiéndose pues tardado en determinarse, el fuego fue creciendo cada hora más y ocupó la escalera de la torre; y siéndoles forzado descolgarse con sogas por la parte de fuera, donde no habían aún llegado las llamas, el recebimiento que les hacían aquellas enemigos de Dios era desnudarlos en poniendo los pies en el suelo, y darlos muchos palos y bofetones, y atándoles las manos atrás, los llevaban a meter de pies en un cepo. Al beneficiado Juan Diez Gallego, que residía en Pitres, y acertó a hallarse allí aquel día, mataron de una saetada, estando asomado a una ventana de la torre. Prendieron a los beneficiados Juan [192] Vela y Baltasar de Torres, y a su padre, y a otros muchos legos, y a las mujeres y niños que tuvieron lugar de poderse descolgar; y cuando fue aplacada la llama, retirando la brasa, entraron dentro, y a todos los hombres que hallaron vivos los mataron; y por atormentar más a los cristianos presos con pena y vituperio, les hicieron sacar de la torre los cuerpos muertos, y que con sogas a los pescuezos los llevasen arrastrando fuera del lugar y los echasen en un barranco; y después los mataron a ellos, sacándolos de cuatro en cuatro, para que durase más la fiesta, llevándolos desnudos y descalzos, dándoles de pescozones y puñadas. Poníanlos sentados por su orden en el suelo en una haza, y luego comenzaban su venganza; el que llevaba la soga con que iba el cristiano atado, era el primero que le hería; luego llegaban los otros y le daban tantas lanzadas y cuchilladas, hasta que le acababan de matar; algunos entregaron a las moriscas antes que espirasen, para que también ellas se regocijasen. Uno de estos fue Juan de Cepeda, hafiz de la seda, el cual llevó su martirio, si en aquel punto supo gozar de Dios, por mano de mujeres con piedras y almaradas. Mataron también este día una morisca viuda, que había sido mujer de un cristiano, llamada Inés de Cepeda, porque no quiso ser mora como ellos, y les decía que era cristiana y que no quería mayor bien que morir por Jesucristo. En esta constancia la degollaron, y dio el alma a su Criador, encomendándose muchas veces a la gloriosa Virgen María. No podían los descreídos llevar a paciencia que los cristianos cuando se veían en aquel punto se encomendasen a Dios y a su bendita Madre. Y como herejes y malos les decían: «Perros, Dios no tiene madre»; y los herían cruelísimamente. Al beneficiado Baltasar de Torres rogaron mucho que se tornase moro dos herejes llamado Pedro Almalqui y Juan Pastor, y le prometían que le darían su hacienda y le casarían. Y como les respondiese que era sacerdote de Jesucristo y que había de morir por él, le dieron de bofetadas y puñadas; y diciéndole por escarnio: «Perro, llama agora al Arzobispo y al Presidente y a Albotodo que te favorezcan». Cuando hubieron sacado por engaño a su madre docientos ducados que tenía escondidos, con promesa de que no le matarían, le desnudaron en cueros, y maniatado con una soga a la garganta, le llevaron a la plaza, y apartándole a un cabo, donde llaman el Lauxar, le cortaron los pies y las manos, y luego le ahorcaron juntamente con otros dos cristianos mancebos, que el uno no tenía edad de catorce años; y porque lloraba un niño sobrino del beneficiado viendo matar a su tío, le mataron también a él. Murieron en este lugar veinte y ocho cristianos entre clérigos y legos, y dos niños de edad de tres años, o poco más. Los autores destas crueldades que Farax Aben Farax mandaba hacer, fueron Luis el Hardon y Miguel de Granada Xaba, juntamente con las cuadrillas de los monfís.

     Alzose el lugar de Mecina de Fondales el mesmo día viernes en la noche, y tomando a los cristianos que vivían en aquel lugar descuidados, los prendieron a todos en sus casas y los robaron. Luego acudieron a la iglesia, y como si en aquello estuviera toda su felicidad, destruyeron todas las cosas sagradas, y se llevaron los ornamentos y cosas de precio que allí había. Fueron muchos los malos tratamientos y afrentas que hicieron a los cristianos captivos en este lugar; y después de bien hartos de ultrajarlos, mataron diez y seis personas, y entre ellos dos beneficiados, llamados Luis de Jorquera y Pedro Rodríguez de Arceo, y a Diego Pérez, sacristán, y a Pedro Montañés, hombre rico, y a su mujer y a una criatura que llevaba en los brazos. Sacábanlos a todos desnudos, las manos atadas, fuera del lugar, dándoles de palos y de bofetadas, y después los herían cruelmente con lanzas, espadas y con piedras.

     El lugar de Pitres de Ferreira se alzó la noche de Navidad, viernes a 24 de diciembre, como los demás desta taa. Los cristianos que allí vivían, y otros que se hallaron en él acaso, en sintiendo el alboroto de la gente se metieron en la torre de la iglesia, y los moros les saquearon las casas y los cercaron. Teniéndolos pues cercados, y viendo que se defendían, un moro de los principales de aquel lugar, llamado Miguel de Herrera, les persuadió con buenas palabras a que se rindiesen, diciendo que no los matarían; los cuales lo hicieron ansí, viendo lo poco que podía durar su vana defensa. Luego saquearon y robaron la iglesia y deshicieron los altares. Miguel de Herrera llevó a su casa y a otras de particulares a los prisioneros, dándoles esperanza que no morirían; y habiéndolos tenido allí tres días, llegó el traidor de Farax, y dejándole mandado que los matase, los llevaron a todos maniatados a casa de Diego de la Hoz el viejo, que era un cristiano rico que vivía en aquel lugar, y haciendo pregonar que todos los moros y moras que quisiesen regocijarse con la muerte de sus enemigos saliesen a la plaza a ver cómo los mataban, en un punto se hinchó toda de gente. El primero que sacaron fue al beneficiado Jerónimo de Mesa, y poniendo una garrucha con una gruesa soga en lo alto de la torre de la iglesia, le ataron los brazos atrás asidos della, y subiéndole arriba, le dejaron caer tres veces de golpe en el suelo con los brazos descoyuntados, y de los golpes que daba sobre una losa, se le hicieron pedazos las canillas de los pies y de los muslos en presencia de su madre, que era morisca de nación y buena cristiana; la cual viendo hecho pedazos a su hijo, llegó a él con ánimo varonil, y besándole muchas veces el rostro, le dijo: «Hijo mío, esforzad en Dios y en su bendita Madre, que son los que han de favorecer vuestra alma; que los tormentos presto pasarán». El cual alzando los ojos al cielo, daba infinitas gracias a Jesucristo, derramando lágrimas de contemplación con tanto ánimo como si no sintiera aquel tormento. Viéndole pues los herejes en esta constancia, y que tan de corazón se encomendaba a Dios, llegaron a él, y por escarnecerle le decían: «Perro, di agora el Ave María; veamos si le quitará de aquí». Y tornándole a subir otra vez a lo alto, le dejaron caer cuatro veces, y luego le quitaron; y echándole una soga a la garganta, le entregaron a las moras para que también ellas tomasen su venganza en él; las cuales le llevaron arrastrando fuera del pueblo, y hiriéndole con almaradas, lanzuelas y piedras, le acabaron de matar; y volviéndose contra su madre, le escupían en la cara, llamándola de perra cristiana; y mesándola, y dándole de bofetadas, le dieron tantas heridas y pedradas, que la derribaron muerta sobre el cuerpo de su hijo. Acabado este espectáculo, [193] sacaron a Diego de la Hoz el viejo, y al gobernador de Torviscón, y a Francisco de Campuzano, y con ellos otros muchos cristianos, y los llevaron donde los habían de matar; y porque algunos, teniendo las manos atadas, hacían la cruz con los dedos pulgares y la besaban, llegaban a ellos y se los cortaban. Hubo entre estos cristianos dos muchachos, que el mayor sería de trece años, y era hijo de Antón Martín, familiar del Santo Oficio, en quien el señor puso su mano aquel día, porque no bastaron con ellos ruegos, promesas ni amenazas para que renegasen. Y queriéndolos sacar a matar con los demás, se llegó uno llamado Pedro, hijo de Diego de Hoz, a su madre, y con semblante alegre le dijo: «Señora madre, rogad a Dios por mí». Y como le respondiese llorando: «Hijo mío, tú eres el que has de rogar por todos», le replicó el muchacho: «Por cierto, señora, yo lo haré, y no tengáis pena de mi muerte; que voy muy alegre y contento a morir por Jesucristo». Y con grandísimo esfuerzo llegaron entrambos adonde estaban los otros cristianos muertos, y hincando las rodillas en el suelo, sin temor de aquella muerte breve, fueron a gozar de la vida perdurable, ensangrentando en ellos sus espadas los enemigos de Jesucristo: cosa por cierto de admiración, para dar gracias al Omnipotente, que no hubo en todo este alzamiento cristiano, hombre ni mujer, grande ni pequeño, sacerdote ni lego, que negasen la fe; antes hubo algunos moriscos y moriscas que holgaron de morir por ella, y se ofrecían de buena gana al sacrificio con tanto más ánimo, cuanto mayores crueldades veían hacer. Padecieron en este lugar veinte y tres cristianos por sentencia de Miguel de Herrera, que como juez los condenaba. Los principales ejecutores del mal que allí se hizo fueron Lorenzo de Murcia, Lorenzo Campanari, Miguel de Montoro y Miguel Zenin y el Mehme. Otras muchas crueldades se hicieron en los otros lugares destas taas, que dejo de poner, porque para haberlo de contar todo, sería menester gran volumen y cansar al letor.



 

Capítulo XI

Cómo se alzaron los lugares de la taa de Juviles, y la descripción della

     La taa de Juviles confina a poniente con las taas de Poqueira y Ferreira, a tramontana tiene la Sierra Nevada, al mediodía el Cehel, y a levante la taa de Ugíjar de Albacete. Es tierra de muchas sierras y peñas, especialmente a la parte de Sierra Nevada. Hay en ellas veinte lugares, llamados Válor, Viñas y Exen, Mecina de Bombaron, Yátor, Narila, Cádiar, Timen, Portel, Gorco, Cuxurio, Bérchul, Alcútar, Lobras, Nieles, Cástaras, Notaes, Trevélez y Juviles, que es la cabeza. Hacia la parte de Bérchul hay grandes cuevas, que naturaleza hizo y fortaleció entre las peñas en lugares muy secretos, donde los moriscos tenían recogidos muchos bastimentos para el tiempo de la necesidad. A la parte de levante y mediodía cerca esta taa un río que nace en lo más alto de Sierra Nevada, junto al puerto de Loh, que quiere decir puerto de la Tabla, porque está una tabla de tierra llana en lo más alto dél, por donde se atraviesa la Sierra Nevada, yendo de Guadix a la Alpujarra, Este río es el que llaman de Cádiar, y entre él y el que dijimos que baja de junto a Trevélez y cerca las taas de Poqueira y Ferreira, está la taa de Juviles, la cual es abundante de pan, trigo, cebada, panizo y alcandía, y de mucho ganado; mas tiene muy pocas arboledas, y la seda que allí se cría no es tan buena como la de las otras taas, especialmente la del proprio lugar de Juviles.

     Juviles es el lugar principal desta taa, donde se ven las ruinas de un castillo antiguo, en un sitio asaz grande y fuerte, en el cual dicen los moriscos antiguos que había en tiempo de moros un alcaide y gente de guerra para tener sujetos los lugares de aquel partido, que eran los más inquietos de la Alpujarra, bárbaros y bestiales sobremanera. Levantáronse los moriscos deste lugar y de los otros desta taa el viernes víspera de Navidad, cuando los monfís hubieron muerto los cristianos que fueron a alojarse a Cádiar con el capitán Herrera, y lo primero que hicieron fue robar la iglesia y destruir cuanto había en ella. Luego corrieron a las casas de los cristianos que moraban en el lugar, y no con menor cudicia que ira las saquearon, y prendiéndolos, los metieron en la iglesia con gente de guardia, y allí los tuvieron algunos días, predicándoles su seta y amonestándoles que se volviesen moros, hasta tanto que volvió Farax, y mandó que los matasen a todos; y por su orden los mataron el jueves 30 días del mes de diciembre. Los primero, fueron el beneficiado Salvador Rodríguez y el cura Martín Romero, y su sacristán Andrés Monje. Lleváronlos desnudos en cueros, las manos atadas atrás, a una haza que estaba cerca de la iglesia, y allí los acabaron a cuchilladas, y con ellos otros dos legos. Y teniendo ya en aquel lugar para hacer lo mesmo de otros cristianos de los que tenían presos, acertó a pasar por allí don Hernando el Zaguer, que andaba requiriendo aquellos pueblos, y se los quitó y los entregó a un morisco del lugar, para que tuviese cargo de guardarlos hasta que se los pidiese. Estas crueldades que Aben Farax hacía no aplacían nada al Zaguer; antes le aborrecía por ello a él y a los que con él andaban; mas no osaba contradecírselo, porque temía que los moros rebelados se lo ternían a mal, y dirían que favorecía a los cristianos, o que se apiadaba dellos; y por el mesmo caso, haciéndose a la parte de Aben Farax, le alzarían por su gobernador, por ser hombre enemigo y perseguidor del nombre cristiano.

     Los del lugar de Alcútar se alzaron el mesmo día que los de Juviles, robaron la iglesia, hicieron pedazos los retablos y imágines, destruyeron todas las cosas sagradas, y no dejaron maldad ni sacrilegio que no cometieron en compañía de los monfís y de Esteban Partal, su capitán. Fueron a casa del vicario Diego de Montoya, beneficiado de aquel lugar, y entrándola por fuerza, le mataron de una saetada. Prendieron al licenciado Montoya, su sobrino, y cortáronle una mano; saquearon cuanto tenían. Tomaron vivos a Juan de Montoya, beneficiado del lugar de Cuxurio de Bérchul, que se halló allí a la sazón, y a otros cristianos y cristianas que vivían en él, y llevándolos después a matar al lugar de Cuxurio con otros captivos, como se dirá adelante, mostraban gran sentimiento de pesar por no haber prendido al vicario Diego de Montoya, porque quisieran tomar muy de espacio venganza en él. También se alzaron los del lugar de Narila el viernes [194] en la noche, los cuales destruyeron y robaron la iglesia y las casas de los cristianos, y prendiéndolos a todos, y entre ellos a un clérigo de misa llamado Cebrián Sánchez, los llevaron maniatados al lugar de Alcútar; y habiéndolos tenido allí predicándoles su seta y persuadiéndolos a que se tornasen moros, y amenazándoles que sino lo hacían les darían cruelísimas muertes, cuando vieron que les aprovechaban poco sus persuasiones y amenazas, desnudaron todos los hombres en cueros, y los llevaron, las manos atadas atrás, al lugar de Cuxurio, donde los mataron; siendo autores desta maldad Lope y Gonzalo Seniz, vecinos de Cuxurio de Bérchul, que fueron crueles perseguidores de cristianos, y caudillos de monfís.

     El lugar de Cuxurio de Bérchul se alzó cuando los otros desta taa; y los rebeldes dichos con cruelísima rabia entraron lo primero en la iglesia, y haciendo pedazos los retablos y las imágines y la pila del santo baptismo, quebraron el arca del Santísimo Sacramento, y no hallando la sagrada hostia de la Eucaristía, que la había consumido el beneficiado Pedro Crespo, arrojaron con menosprecio y desdén todas las cosas sagradas por el suelo. Luego fueron a saquear las casas de los cristianos, y prendieron al beneficiado, que se había escondido en casa de un morisco su amigo, y le mataron cruelísimamente. A este lugar llevaron los cristianos que habían captivado en el lugar de Alcútar y Narila, y los mataron a todos delante de la iglesia. Al beneficiado Juan de Montoya, que había sido preso en Alcútar, sacó uno de aquellos herejes el ojo derecho con un puñal, y luego les tiraron a todos al terrero con las ballestas y con los arcabuces, estando presentes a ello Esteban Partal y Lope el Seniz y otros capitanes de monfís.

     Los de Mecina de Bombaron se alzaron también el viernes en la noche, saquearon luego la iglesia, quebraron los retablos, despedazaron las venerables imágines, deshicieron los altares, y finalmente destruyeron y robaron todas las cosas sagradas; y hallando a los cristianos descuidados, los prendieron a todos y les saquearon las casas. En este lugar arbolaron los rebeldes una bandera de tafetán carmesí bordada de hilo de oro, y en medio un castillo con tres torres de plata, que la tenían guardada de tiempo de moros, y el que la tenía se llamaba Andrés Hami, vecino del mesmo lugar. Prendieron al beneficiado Francisco de Cervilla en su casa, y atándole las manos atrás, le dieron muchos bofetones y palos, y le llevaron de aposento en aposento, hasta que les entregó el dinero y la ropa que tenía; y después sacándole fuera, se adelantó un moro que solía ser grande amigo suyo, y haciéndose encontradizo con él en el umbral de la puerta, le atravesó una espada por el cuerpo diciéndole: «Toma, amigo; que más vale que te mate yo que otro»; y allí le acabaron de matar los sacrílegos a pedradas y cuchilladas. Y no contentos con esto, tomó uno de los que allí estaban un palo, y le quebrantó todo el cuerpo a palos desde los pies hasta la cabeza; y otro día de mañana le sacaron arrastrando fuera del lugar, y le echaron en un barranco. No mucho después mataron todos los cristianos que tenían captivos, y entre ellos al beneficiado Juan Gómez el viejo y al cura Juan Palomo, haciendo en ellos mil géneros de vituperios y crueldades. Fue cruel perseguidor de cristianos en este lugar Miguel Daloy, alguacil dél.

     El lugar de Válor está en dos barrios, el alto y el bajo; entrambos se alzaron el viernes en la noche. Los cristianos clérigos y legos que allí moraban se recogieron, en sintiendo el alboroto, a la torre de la iglesia del barrio bajo, donde estuvieron con harto cuidado aquella noche. Los moros saquearon y robaron la iglesia del barrio alto y las casas de los cristianos; y otro día de mañana los cercaron en la torre, y asegurándoles Bernardino Abenzaba que no les harían ningún mal, los captivaron a todos; y desque hubieron destruido y robado también aquella iglesia, los llevaron maniatados a unas casas, y allí les predicaron algunos días la seta de Mahoma; y viendo que aprovechaba poco su predicación, porque todos decían que eran cristianos y que habían de morir por Jesucristo, sacaron los herejes a los hombres desnudos y maniatados fuera del lugar, y poniéndolos a terrero, les tiraron con arcabuces y ballestas. Los primeros que mataron fueron tres beneficiados, llamados el bachiller Delgado, Alonso García y Tejerina, y dos sacristanes, que el uno se decía Francisco de Almansa. Deste lugar era natural don Hernando de Válor, mas no se halló allí aquel día; y, si bien se hallara, no dejaran de hacer estas crueldades, a las cuales no quería contradecir, por tener el pueblo más culpado, más obligado, y con menos confianza de perdón; y por esta razón, si unas veces las permitía, otras muchas las mandaba hacer, porque le tuviesen por enemigo de cristianos.

     El mesmo día y en la mesma hora que se alzó Válor, se alzaron los lugares de Yegen y Yátor, en los cuales no fueron menores las crueldades que usaron los enemigos de Dios. Destruyeron y robaron las iglesias y las casas de los cristianos, captiváronlos a todos, y haciéndoles muchos malos tratamientos, vinieron después a darles cruelísima muerte; y entre ellos mataron al bachiller Bravo y a su sacristán, y un vecino que se decía Juan de Montoya, que se escapó herido de una saetada en la cabeza, fue a parar a Ugíjar, donde también fue muerto con otros muchos cristianos que allí había.



 

Capítulo XII

Cómo se alzaron las taas de los dos Ceheles, y la descripción dellas

     Los Ceheles son dos taas que están juntas en la costa de la mar; la que cae a poniente llaman Zueyhel, nombre diminutivo, porque es más pequeña que la otra. Esta confina a poniente con las sierras de Jubilein, en la entrada de la Alpujarra, donde están los lugares de Rubite, Bárgix y Alcázar, y con la taa de Órgiba. El Cehel grande tiene a levante la tierra de Adra; y a entrambas taas las baña al mediodía el mar Mediterráneo, y a la parte del cierzo confina con la taa de Ferreira, con la de Juviles y con parte de la de Ugíjar. Hay en ellas once lugares, llamados Albuñol, Torbiscón, Turón, Mecina de Todel, Bordemarela, Détiar, Cojáyar, Foronon, Murtas, Jorayrata y Almejíjar. Esta tierra es de grandes encinares y de mucha yerba para los ganados; cógese en ella cantidad de pan. Lo que cae hacia la costa de la mar, es muy despoblado, y por eso es muy peligroso, porque acuden de ordinario por allí [195] muchos bajeles de cosarios turcos y moros de Berbería, Cercan estas taas dos ríos; a la parte de levante el que llaman río de Adra, y a poniente otro que nace en el proprio Zueyhel cerca de la mar; y corriendo la tierra adentro hacia tramontana, dando muchas vueltas, se va a juntar con el río de Alcázar, que baja de las sierras de Jubilein, por bajo del lugar de Escariantes, que es de la taa de Ugíjar.

     Todos los vecinos destos lugares que hemos dicho, se alzaron viernes en la tarde, destruyeron y robaron las iglesias, captivaron y mataron todos los cristianos que vivían entro ellos, y dejando sus casas, se subieron otro día a la aspereza de las sierras con sus mujeres y hijos y ganados, y la mayor parte dellos se metieron en unas cuevas muy grandes y muy fuertes que están media legua encima del lugar de Jorayrata.

     En el lugar de Jorayrata, cuando los herejes sacrílegos hubieron saqueado la iglesia, y con manos violentas hecho mil géneros de sacrilegios y maldades, recogieron todos los prisioneros dentro, y entre ellos el beneficiado Francisco de Navarrete y a su sacristán; y habiéndoles tenido allí tres días, llegó orden de Farax Abenfarax para que los matasen; y un moro llamado Lope de Guzmán, alguacil del lugar, dijo al beneficiado que supiese que habían de morir él y todos los que allí estaban, y que en su mano estaba darle alguna hora de vida; el cual le rogó que por amor de Dios le diese aquella tarde y la noche siguiente de término para ordenar su alma. El moro se lo concedió, porque había sido su amigo, riéndose de oírle decir que quería ordenar su alma. Este clérigo, viendo que habían de morir aquellos cristianos tan en breve, los confesó a todos y les predicó los misterios de la pasión de Cristo, redemptor nuestro; y todo el tiempo que le sobró de la noche estuvo de rodillas puesto en oración, pidiendo a Dios misericordia de sus culpas. Siendo ya de día, volvió el alguacil a él y le dijo que ya era llegada su hora; que viese qué muerte quería morir, porque aquélla se le daría. El beneficiado le rogó que le cortasen la cabeza, porque no estuviese mucho penando, y que en acabando de espirar, le hiciese enterrar en la iglesia. A esto respondió el moro escarneciendo: «Cortarte la cabeza yo lo haré; mas quedar tu cuerpo en la iglesia no puede ser, porque la he menester para corral de mi ganado». Entonces se hincó el sacerdote de Jesucristo de rodillas delante del altar, que ya estaba deshecho y derribado, y estando orando al Señor, le alzó el hereje por la mano, y llevándolo a la puerta de la iglesia, donde había mucha gente recogida, le entregó a los herejes sayones, juntamente con el sacristán, diciéndoles desta manera: «A este perro bellaco del alfaquí os entrego para que le cortéis la cabeza, porque subiéndose en el altar, nos hacía estar hasta mediodía ayunos, después de haberse él comido una torta de pan y emborrachándose con vino; y cuando se la hayáis cortado, dadle una lanzada por el corazón, porque nos decía que no teníamos fe ni corazón con Dios. Y al sacristán, que con mucho cuidado apuntaba las faltas de los que no íbamos a misa los domingos y días de fiestas, y castigaba a los muchachos que no querían aprender la dotrina cristiana cuando estaba borracho, quitadle asimesmo la cabeza y echadla en una tinaja de vino, y entregad después el cuerpo a los muchachos para que le den tantas pedradas como él les dio azotes». Dicho esto, los enemigos de Dios ejecutaron luego la inicua sentencia; y siendo ya tarde, fueron algunas mujeres cristianas al alguacil, y le rogaron que les diese licencia para enterrar aquellos cuerpos, por que no se los comiesen los perros. El cual les respondió que los dejasen estar en el campo; que ellos eran tan grandes perros, que los mesmos perros habrían asco de comerlos.

     Los vecinos del lugar de Murtas se alzaron cuando los de Jorayrata, mas fue de manera que no hicieron aquel día mal a los cristianos, antes les dieron lugar que se metiesen en la iglesia, y con ellos el beneficiado Juan Gómez de Perespada. Después llegó al lugar Bartolomé el Feten con una cuadrilla de monfís y su bandera tendida blanca, que llevaba Lorenzo Mehgua, y juntándose con ellos los mozos gandules, cercaron y combatieron la iglesia, y derribándoles las puertas, entraron dentro y hicieron pedazos los retablos, las cruces y la pila del sagrado baptismo y saquearon la sacristía. Y por asegurar a los que se defendían animosamente en la torre, no quisieron saquearles las casas, antes les persuadieron con buenas palabras a que se diesen, diciéndoles que se podían fiar muy bien dellos, pues eran sus vecinos y amigos, y que si les entregaban, las armas, les aseguraban sobre sus cabezas que no les sería hecho mal ni daño. Viendo pues los pobres cercados que de ninguna manera podían escapar de muerte si perseveraban en su varia defensa, acordaron de rendirse, y bajando de la torre, los maniataron a todos en el cuerpo de la iglesia. Luego subió uno de los monfís a lo alto de la torre, y arbolando una bandera morisca, pregonó la seta de Mahoma, como cuando los moros llaman a su oración o zalá. Los otros fueron a las casas de los cristianos y las robaron, y mataron algunos enfermos que estaban en las camas tan flacos, que no se habían podido levantar; aunque no duraron muchos días más los unos que los otros, porque los rebeldes herejes, juntándose como quien se junta para alguna fiesta solene, los sacaron a matar con gran regocijo, tañendo sus atabalejos y dulzainas; y poniendo a los cristianos en una hilera en el cimenterio de la iglesia, desnudos y descalzos, con las manos atadas atrás, les tiraron a terrero con los arcabuces y ballestas, y los mataron a todos cruelísimamente, comenzando por el beneficiado, y luego por el sacristán Esteban de Zamora. Mataron también a Catalina de Arroyo, morisca, madre del beneficiado Ocaña, porque dijo que era cristiana; la cual llevándola las mujeres a matar, iba rezando la oración del Anima Christi, y murió invocando el dulce nombre de Jesús. Al contrario desto hicieron los del lugar de Turón, los cuales recogieron diez y ocho cristianos que allí vivían, y porque los monfís no los matasen, los acompañaron hasta Adra, y los pusieron en salvo con todos sus bienes muebles.



 

Capítulo XIII

Cómo los lugares de la taa de Ugíjar se alzaron, y la descripción della

     La taa de Ugíjar está en medio de la Alpujarra: es tierra quebrada, aunque no tan fragosa como las otras taas que hemos dicho; la cual confina a poniente con [196] la taa de Juviles, a tramontana con la Sierra Nevada, al mediodía con el Cehel grande y con tierra de Adra, y a levante con la taa de Andarax. Cógese en esta tierra cantidad de pan, trigo, cebada, panizo y alcandía, y tiene muy buenos pastos para ganados mayores y menores. La cría de la seda no es tanta en Ugíjar ni se hace tan fina como en las otras taas, ni tienen los moradores tantas arboledas. A levante y a mediodía cerca esta taa un río que procede de unas fuentes que salen de la laguna grande que se hace en la cumbre alta de Sierra Nevada, cerca del puerto de la Ravah, que en arábigo quiere decir recogimiento de aguas. Este río hace al principio dos brazos; el mayor corre hacia poniente, y va haciendo muchas vueltas y ensenadas sin llegar a lugar poblado hasta Escariantes, y allí se juntan con él otros dos ríos que proceden también de la mesma sierra. El otro brazo corre hacia levante, y atravesando la taa viene a pasar a poniente de Ugíjar de Albacete, que así llaman los moros este lugar, el cual tuvo título de ciudad, siendo el rey Abdilehi Zogoybi señor de la Alpujarra. De la mesma fuente que sale el río que hemos dicho, procede otro que lleva su corriente más a levante, y va u pasar junto con el lugar de Lároles, y de allí vuelve a Ugíjar, y se junta con otro brazo que procede de otra fuente que nace a levante de la laguna dicha, en unas sierras más bajas, al cual llaman después los moradores río de Paterna, del nombre de un lugar por donde pasa. Estas aguas todas, corriendo hacia el mar Mediterráneo, toman en medio a Ugíjar, y después se van a juntar par del lugar de Darrícal, y de allí van a entrar en la mar cerca de la villa de Adra, y por esta razón llaman aquel río, cuando ya van las aguas todas juntas, río de Adra.

     Hay en la taa de Ugíjar diez y nueve lugares, llamados Darrícal, Escariantes, Lucainena, Chirin, Soprol, Umqueira, Pezcina, Lároles, Unduron, Júgar, Mairena, Cargelina, Almóceta, el Fex, Nechit, Mecina de Alfahar, Torrillas, Anqueira y Ugíjar de Albacete, que, como queda dicho, es el principal y tiene título de ciudad, y allí reside de ordinario el juzgado civil y criminal, alguaciles y escribanos, y un alcalde mayor que pone el corregidor de Granada para que administre justicia en toda la Alpujarra.

     Estaba en este tiempo por alcalde mayor en la Alpujarra un letrado natural de la villa de Curiel, llamado el licenciado León, el cual había sido avisado del alzamiento que los muros querían hacer tres días antes que se comenzasen a levantar, porque el licenciado Torrijos, beneficiado de Darrícal, les había dicho secretamente a él y. al abad mayor de Ugíjar, que se llamaba el maestro don Diego Pérez y era natural de Illescas, como unos moriscos amigos suyos le habían certificado que sin duda resucitaban los granadinos el rebelión pasado, y que sería con mucha brevedad; y con este aviso había mandado pregonar que, so pena de la vida, todos los cristianos del pueblo se recogiesen luego a la iglesia, por estar en sitio asaz fuerte para batalla de manos; y porque esto se hiciese con brevedad y sin escándalo, había echado fama que tenía nueva cierta que venían más de mil turcos y moros de Berbería a llevarse aquel lugar. Los cristianos, pues, no se pudiendo persuadir a que esto fuese verdad, habían hecho burla del pregón, diciendo que cómo habían de llegar turcos a Ugíjar, cosa que jamas habían hecho, especialmente en invierno, con tan recios temporales como hacía; y como sucedió en tan breve el rebato que les dieron el viernes los monfís, que dejaban muerto al capitán Diego de Herrera en Cádiar, hallándose todos desapercebidos, unos desarmados, y muchos desnudos en camisa, se fueron a meter en la iglesia y en dos torres que tenían en sus casas dos vecinos, que la mayor era de Miguel de Rojas, morisco, y la otra estaba en casa de Pedro López, difunto, escribano mayor que había sido de aquel juzgado. En la iglesia, que era grande y muy fuerte, se metieron el alcalde mayor y el abad mayor, y los canónigos y mucha gente armada de arcabuces y ballestas; en la torre de Miguel de Rojas, el alguacil mayor, llamado Diego de Vallaizán, y con él algunos, moriscos y cristianos; y en la de la casa de Pero López, otros vecinos particulares. Estas tres torres estaban en triángulo, puestas de manera que los de dentro no dejaban asomar a nadie por las calles, que los enclavaban luego con arcabuces, y tenían mucha munición que tirar, porque les habían traído dos días antes catorce arrobas de pólvora de Málaga, y el alcalde mayor había repartídola entre los arcabuceros, y desta causa los monfís no habían hecho otro efeto más de quebrantar la cárcel y soltar los moriscos presos, y quebrar las puertas de los escritorios de los escribanos, y quemar todos los procesos. Luego el siguiente día, que fue sábado primero día de Pascua, recogieron todos los moriscos y moriscas del lugar, y se fueron los hombres de guerra a poner en la rambla de Burburon, dos tiros de arcabuz de allí donde no los descubrían los de las torres, aguardando a que llegasen don Hernando el Zaguer y el Partal de Narila, que habían ido a recoger la gente de los lugares comarcanos para combatirlas de propósito, no se atreviendo con ellas los que allí estaban.



 

Capítulo XIV

Cómo el capitán, Diego Gasca tuvo aviso que había moros en la tierra, y partió de Dalías en su busca, y cómo llegó a Ugíjar estando alzado el lugar

     Estaba en este tiempo alojado en Dalías el capitán Diego Gasca, vecino de Málaga, y tenía consigo cuarenta caballos de los de su compañía; el cual siendo avisado el viernes por uno de los soldados que dijimos que escaparon de Cádiar, cómo había moros enemigos en la tierra, y del estrago que dejaban hecho en la gente del capitán Herrera, determinó de ir luego en su busca; y porque le pareció que sería menester más golpe de gente de la que llevaba, despachó una carta a don García de Villarroel, capitán de la gente de guerra de la ciudad de Almería, dándole aviso cómo iba en busca de aquellos moros la vuelta de Ugíjar, para que se aprestase y le saliese a favorecer. Don García no lo pudo hacer, porque tenía más cierta nueva que él del rebelión; y habiendo tan poca gente en la ciudad y tantos moriscos vecinos, no se atrevió a dejarla sola en aquella ocasión. Diego Gasca fue a la villa de Adra, y no hallando nueva que hubiesen desembarcado moros de Berbería, pasó a Berja, y de allí a Darrícal, donde sabía que moraba el licenciado Torrijos, para tomar lengua dél; y cuando llegó al lugar, que sería más de media noche, halló la gente toda ida y la casa del Torrijos [197] sola; y entendiendo que estaba en la torre de la iglesia, fue allá; y hallando la puente levadiza alzada y alguna ropa puesta por las ventanas, hizo dar voces llamándole; mas era por demás, porque no estaba allí, que habiéndose recogido dentro con su familia, había venido a él un morisco del lugar de Lucainena, vecino y amigo suyo, a prima noche, y hecho que se fuese con él antes que los alzados llegasen a cercarle, y le había llevado a una cueva en la falda de la sierra de Gádor, donde le pareció que estada más seguro, hasta ver en qué paraban los negocios; y de industria había dejado la puente levadiza alzada y aquella ropa puesta por las ventanas, para que entendiesen los que viniesen que estaba dentro. Diego Gasca, creyendo que no quería responder, comenzó a deshonrarte, y pasando adelante, llegó a vista de Ugíjar el domingo por la mañana, y se puso en un viso adonde le podían descubrir muy bien los cristianos de las torres; los cuales comenzaron a hacer gran fiesta y regocijo, tendiendo las banderas y campeándolas, y tirando con los arcabuces a los enemigos; porque viendo gente de a caballo, entendieron que les iba socorro. Los moros, creyendo lo mesmo, se pusieron en huida por aquellas sierras; mas presto se les aguó a los nuestros su contento, porque Diego Gasca, viendo que la tierra estaba alzada y que los moros a gran priesa tomaban las sierras, entendió que iban a atajar el paso por do había de volver; y sin haber para qué, se fue retirando la vuelta de Adra, con un escudero menos, que le mataron en el camino. Este socorro había sido muy a tiempo, y se salvara toda la gente cristiana que había en Ugíjar si nuestros caballos entraran en el pueblo, porque se juntaran con ellos los peones, que eran muchos, y pudieran retirarse seguramente a la villa de Adra. Y aun por ventura hicieran algún buen efeto, con que los rebeldes no pasaran adelante con su maldad; porque, según entendimos de algunos hombres fidedignos, don Fernando el Zaguer, arrepentido del daño hecho, y viendo su perdición en las manos, había dicho a los alpujarreños que con él estaban aquel mesmo día: «Hermanos, nosotros vamos perdidos; engañado nos han los monfís; los granadinos quieren hacer su negocio con nuestras cabezas; busquemos otros remedios». Y casi tenían convertidos algunos de los principales a que se volviesen a sus casas.



 

Capítulo XV

Cómo los rebeldes volvieron a Ugíjar, y cómo batieron las torres donde estaban los cristianos, y se les rindieron

     Vuelto pues Diego Gasca a la villa de Adra, los alzados tornaron a ponerse en la rambla de Burburon, y desde allí fueron de parte de noche a las casas, y horadando de unas en otras, porque no osaban descubrirse por las calles, por miedo de los arcabuceros de las torres, llegaron a casa de Pero López, y entrando por ella, cercaron la torre, que era toda hecha de madera, y poniéndole fuego, quemaron la puente levadiza, y creció la llama tanto, que los de dentro pidieron que se querían dar a partido; y siendo admitidos, mientras descolgaban las mujeres con sogas, que no podían salir por la puerta, que ocupaba el fuego, se quemaron casi todos los hombres, sin poderlos remediar. Vista esta crueldad, los de la otra torre de Miguel de Rojas, donde estaban algunos moriscos sus parientes, y Andrés Alguacil, hombre rico y de los principales de la Alpujarra, y el alguacil mayor y otros veinte cristianos, hubieron por bien de rendirse, entregando a los moros la torre el proprio alguacil mayor; el cual fue luego por su mandado a tratar con el alcalde mayor que rindiese la de la iglesia, diciendo que le harían cualquier honesto partido; y para que se pudiese hacer con toda seguridad, se dieron rehenes de una parte a otra: los moros dieron dos hijos y un sobrino de Miguel de Rojas, y los cristianos a Bartolomé Quijada y a un hijo suyo, y a Gonzalo Pérez, canónigo de aquella iglesia, hermano del abad mayor, y a Juan Sánchez de Piñar y a un hijo suyo, y a Jerónimo de Aponte, procurador, y a Bartolomé Quijada, escribano público de aquel juzgado. Lo que se capituló fue: «que los cristianos pagasen a ciento y diez ducados por cada cabeza, y que dejasen las armas, y los dejarían ir donde quisiesen; y los moros prometieron de llevarlos sanos y salvos a tierra de Guadix o de Baza; y que en este concierto entrasen el licenciado Torrijos, y el dotor Bravo, abogado, que estaba en el lugar de Pezcina, que no había querido encerrarse, en la torre». Dados los rehenes, entraron muchos moros en la iglesia, y comenzaron a tratarse amigablemente con los cristianos, abrazándose unos a y cierto parecía estar ya todo concluido y acabado, si el proprio alcalde mayor no lo desbaratara. Porfiaba este hombre con los rehenes que no le habían de llevar a él nada por su cabeza ni por las de su mujer y hija, sino que los habían de poner libremente en Guadix; y como no quisiesen venir en ello los moros, diciendo que todos habían de ir por un rasero, y que había de pagar él el primero, comenzó a dar grandes voces, diciendo: «Afuera, afuera; tiradles, tiradles a estos perros descreídos, que no mantienen fe ni palabra; que estos rehenes me asegurarán la cabeza hasta que me venga socorro»; y metiéndose en la torre, hizo alzar la puente levadiza y se puso en defensa. Y si advirtiera desde el principio en defender toda la iglesia, pudiera ser que no se perdiera, porque demás de que era fuerte, tuvo lugar de meter dentro agua y bastimento para más de un mes, y los moros no pudieran llegar a quemar la torre, como lo hicieron; mas como hombre mal plático en cosas de guerra, entendiendo que no podía durar aquel negocio muchos días, y que resistiría allí mejor el ímpetu de los alzados mientras le iba socorro, y aun porque los cristianos, hecho el concierto, no se le huyesen, como lo habían comenzado a hacer algunos, dejó el cuerpo de la iglesia y un reducto que estaba delante de la puerta, y se metió en la torre con toda la gente. Los moros llegaron de golpe, y por las espaldas de la iglesia rompieron la sacristía con picos y barras de hierro, y entraron dentro sin hallar más resistencia que la de un pobre cristiano que mataron, y hicieron pedazos las cruces y los retablos y el arca del Santísimo Sacramento; y robando los ornamentos sagrados, en escarnio de nuestra Santa Fe tomaban las casullas y las albas, y se las vestían al revés, y después hicieron bonetes, calzones y ropetas de todo ello. Ganada la iglesia, fueron mejorándose por aquella parte de manera, que vinieron a estar tan fuertes como los nuestros en su torre, y cavando muchos hoyos debajo la puente levadiza, los hinchieron de aceite, y [198] arrimaron sobre ellos muchos haces de leña y la madera de los retablos, escaños y bancos de la iglesia, y gran cantidad de zarzos de cañas y tascos untados con aceite, y le pusieron fuego. Los cristianos, tapiaron con barro y piedra la puerta de la torre de manera, que aunque se quemó la puente levadiza, no podía entrar la llama dentro; mas era tan grande el calor del fuego, que traspasando las paredes, causaba gran sequedad y sed a los que estaban faltos de agua y de todo refrigerio, acompañados del clamor de las mujeres y niños. Hubo algunos hombres esforzados que quisieron salir a pelear con los enemigos, entendiendo poder romper por ellos y ponerse en libertad; y con esta determinación el abad mayor consumió el Santísimo Sacramento, y se confesaron y encomendaron todos a Dios; y pusiéranlo en efeto si las piadosas lágrimas de las mujeres que dejaban desamparadas no lo estorbaran y les hicieran tomar otro partido, al parecer más seguro, aunque menos honroso; porque al fin se hubieron de rendir con el partido que les habían ofrecido los moros, y no hubiera sido tan mal remedio para asegurar las vidas, si los rebeldes, faltos de fe y caridad, les guardaran la palabra que les dieron. Habiendo pues veinte y cuatro horas que los combatía la llama, creciendo cada hora más la violencia del fuego, y el número de la gente que de toda la comarca venía, por hallarse en aquel sacrificio, los pobres cristianos comenzaron a descolgarse de la torre por una soga, no pudiendo salir por la puerta, que ardía; y siendo tantos, fue necesario que tardasen más de veinte horas, por el embarazo de las mujeres y de los niños; y como llegaban al suelo, el regalo que aquellos enemigos de Dios les hacían, era darles muchos palos y puñadas, y desnudando a todos los hombres, les ataban las manos atrás y los encerraban en la iglesia. Luego entraron en la torre, y apagando el fuego, saquearon lo que hallaron dentro; y como herejes y malos, que no querían carecer de culpa ni excusarla, antes obligarse unos a otros con mayores delitos y excesos para que todos desconfiasen de poder alcanzar perdón, hicieron grandísimos sacrilegios y maldades, sin respetar a cosa divina ni humana.



 

Capítulo XVI

Cómo los alzados mataron los cristianos que se les habían rendido en las torres de Ugíjar; y cómo el Zaguer, arrepentido de lo hecho, quisiera que no pasara adelante el negocio del rebelión

     Cumpliendo pues los herejes rebeldes el cruel mandato de Farax Abenfarax, como si en ello estuviera su felicidad, otro día bien de mañana se pusieron los monfís y gandules en el cimenterio de la iglesia, Y diciendo a los cristianos que los llevaban a juntar con los de la torre de Miguel de Rojas, los sacaron de la iglesia de dos en dos con las manos atadas atrás, desnudos y descalzos, y los mataron cruelmente a lanzadas y cuchilladas. Quedaron algunos con las vidas, porque tuvieron amigos que los favorecieron en aquel punto, especialmente oficiales herreros, alpargateros, carpinteros y sastres, y entre ellos el hermano del Abad mayor, y Francisco Jerónimo de Aponte, y Juan Sánchez de Píñar, y otros de los rehenes, que después hizo matar el solene traidor de Abenfarax. Sólo a Jerónimo de Aponte y Juan Sánchez de Píñar los tuvo el Zaguer en parte segura, porque no se los matasen, entendiendo que le serían de provecho algún día, por la mucha amistad que tenía con ellos. Viendo pues el Abad mayor sacar a matar aquellos cristianos, y considerando que lo mesmo harían dél y de todas las mujeres que allí estaban, anduvo de unas en otras exhortándolas a que osasen morir por Jesucristo, diciéndoles que fuesen constantes en su santa fe católica, que huyesen de las tentaciones del demonio, y que confiasen en la bondad de Dios, que les había de dar vida eterna. Y andando derramando muchas lágrimas con estas y otras palabras dignas de su buena vida y dotrina, llegó a él un moro gandul, y le dio una puñada en el rostro con tanta fuerza, que le hizo saltar un ojo, y acudiendo otro con una espada, le mató, y abriéndole el pecho con un puñal, le sacó el corazón, y llevándolo alto en la mano, comenzó a dar grandes voces, diciendo: «Gracias doy a Mahoma, que me dejó ver en mis manos el corazón deste perro cristianazo». Al licenciado León y al alguacil mayor encerraron en la capilla de la pila del baptismo el Zaguer y Diego López Aben Aboo, su sobrino, para tomar venganza dellos, y allí los tuvieron hasta las diez del día, que los mataron. Y porque no quede atrás cosa que desear saber al letor, diremos en este lugar la causa por que estos dos moriscos, de los más principales de la Alpujarra, estaban airados contra las justicias de Ugíjar. Dos hermanos, de quien esta historia hace mención llamados Lope el Seniz y Gonzalo el Seniz, vecinos de Bérchul, grandes monfís, que salteaban y robaban por los caminos, habían muerto pocos meses antes a un mercader llamado Enciso y a otros cristianos que venían de una feria, por quitarles el dinero que llevaban; y como los concejos de los lugares en cuyos términos acaecían semejantes delitos estaban obligados por provisión real a dar los dañadores o pagar los daños, habían aguardado a matarlos en una mojonera entre términos, donde alindan cinco concejos, que son Cádiar, Narila, Bérchul, Mecina de Bombaron y Jériz, del marquesado del Cenete. El alcalde mayor o la Alpujarra, que era este licenciado León, siendo avisado del delito, había procedido contra todos aquellos concejos, pidiéndoles los delincuentes, y que pagasen el daño que habían hecho; los cuales procuraron descargarse cada cual por su parte, diciendo que no había sido en su término, y sin embargo, tuvo presos muchos días los alguaciles y regidores, y los condenó. Y pareciéndole que cincuenta mil maravedís que tenía de pena cada concejo por cualquier cristiano que faltase en su término, era muy poca condenación, y que convendría que fuese mayor para que temiesen, mandó que pagase cada concejo mil ducados, y que los alguaciles y regidores estuviesen presos, depositados en las galeras, hasta que diesen los malhechores. Desta sentencia apelaron para Granada, donde estuvieron también presos hasta que se entendió su negocio, y pareciendo a los alcaldes del crimen que había sido recia cosa querer el alcalde mayor traspasar la ley y alterarla de su propria autoridad, mandaron darlos a todos en fiado. Viendo esto los hijos de Enciso, acudieron al consejo real de su majestad, y pidieron un juez pesquisidor contra ellos. Estaba a la sazón el licenciado Molina de Mosquera, alcalde de chancillería de Granada, en la Calahorra, procediendo por comisión de la Audiencia Real contra otros monfís que [199] habían muerto a un hijo de Pedro Díaz de Montoro y a un fraile de la orden de San Francisco, llamado fray Diego de Villamayor, el día de Santa Catalina de aquel año de 1568, y el Consejo Real Mandó que se le cometiese aquel negocio. De aquí vino que los monfís apresuraron la rebelión por temor de venir a sus manos, porque había prendido más de sesenta dellos, y ahorcado algunos, cuando se rebelaron. Volviendo pues a nuestro propósito, entendiendo Aben Aboo y el Zaguer que todo el daño y mal que les había venido había sido por la rigurosa sentencia del alcalde mayor de Ugíjar, viniéndoles a la memoria que cuando estaban presos habían dádole muchas peticiones, pidiendo que los mandase dar en fiado para poder salir a buscar los malhechores, y no lo había querido proveer, respondiendo que las pusiesen en el proceso, cuando lo tuvieron a él y a su alguacil mayor, quisieron vengarse dellos; y llegándose a la reja de la capilla donde los tenían encerrados, Aben Aboo les dijo: «Perros, ¿acuérdaseos cuando mandastes que trajésemos los monfís que habían muerto a los cristianos? Véislos aquí, éstos que tenéis delante son: vosotros nos habéis destruido. Y tú, mal juez, porque otra vez no hagas injusticia, teniéndonos presos sin haber cometido delito, y nos lleves nuestras haciendas, toma». Y allegándose al alcalde mayor, le hendió la cabeza con una hacheta, y dio con él muerto en tierra, y cargando los otros sobre el alguacil mayor, le mataron a cuchilladas, y sacándolos arrastrando de la iglesia, los llevaron al pie de la torre; y hallando allí los tocinos de un puerco cebón, que habían arrojado los moros desde arriba, como cosa desaprovechada y que no comen, metieron los cuerpos de los cristianos entre ellos, y poniendo al derredor mucha leña los quemaron. Murieron este día en Ugíjar docientos y cuarenta cristianos clérigos y legos, y entre ellos seis canónigos de aquella iglesia, que es colegial. Las mujeres cristianas, viendo matar delante de sus ojos a sus maridos, a sus hijos y a sus padres y hermanos, entre miedo y dolor estaban como encantadas, mirándose las unas a las otras, sin poder llorar ni hacer otro sentimiento, esperando la muerte, y echando secretas plegarias contra los crueles verdugos. Acabada de solenizar la maldad con derramamiento de tanta sangre cristiana, los traidores, hechos de siervos señores, repartieron las cristianas por los lugares comarcanos para que las mantuviesen, mientras Aben Humeya mandaba lo que se había de hacer dellas; y acabaron de robar y destruir la iglesia, como gente bárbara, indignada contra todo amor, fe y caridad, desnudos del temor de Dios y vestidos de crueldad. Hecho esto, don Hernando el Zaguer, que cada hora conocía más su perdición, juntando segunda vez los moros más principales, les tornó a rogar que pusiesen fin al levantamiento, diciéndoles que mirasen que iban todos perdidos; que lo que se había hecho había sido ceguedad muy grande por las ocasiones que habían tenido para ello; que su remedio estaba solamente en decir que los monfís habían sido autores de todo el mal, pues había tantos y era la verdad, y que sería más sano a los de la Alpujarra que el rey don Felipe mandase ahorcar treinta o cuarenta moriscos, aunque fuese él el uno dellos, que no que perdiesen la tierra, y juntamente los hijos, las mujeres y todas sus haciendas. Mas no bastaron todas estas persuasiones con los bárbaros airados, y que sentían ya sus conciencias tan cargadas, que les parecía no haber lugar de misericordia para ellos; y así, le respondieron que si temía a los cristianos, hiciese de sí lo que le pareciese; que no faltarían hombres en la Alpujarra que la defendiesen.

     No me parece justo dejar de tratar en este lugar de un niño que los moros mataron este día, lo cual diremos conforme a una información que el arzobispo de Granada mandó hacer sobre ello, que estuvo en nuestro poder, y a lo que algunas cristianas de las que se hallaron presentes nos dijeron. Estaba en la iglesia de Ugíjar un niño de edad de diez años, llamado Gonzalo, hijo de Gonzalo de Valcácer, vecino de Mairena; el cual viendo que sacaban a matar a su padre, hincó las rodillas en el suelo delante del altar mayor, y llorando tiernamente, rezó el Credo, y rogó a Dios diese esfuerzo a todos aquellos cristianos para morir por su santa fe católica; y levantándose de la oración con tanto ánimo que admiraba, pasó por junto a su padre, y fue a donde estaba su madre con las otras mujeres, y le dijo: «Señora madre, sea vuesa merced constante en la fe de Jesucristo, y muera por ella, como lo hace mi señor padre». Y estándola animando a ella y a las otras cristianas, llegaron a él dos monfís, y le dijeron que si quería ser moro le harían mucho bien, y que llamase a Mahoma, como hacían ellos; el cual les respondió que era cristiano, hijo de cristianos, y había de morir por Jesucristo. Y aunque le pusieron una ballesta armada con una jara a los pechos, amenazándole que le matarían si no llamaba a Mahoma, jamás quiso hacerlo. Y entonces dijo uno de los monfís: «Saquémosle fuera, y muera con su padre, que tan perro es como él». Y viendo el niño que las mujeres lloraban por ver que le querían llevar a matar, volvió el rostro a ellas diciendo: «Señoras, ¿porqué lloran vuestras mercedes? Sepan que todos los cristianos que mueren hoy, son mártires que padecen por Jesucristo y van a gozar dél». Y volviendo a su madre con un semblante piadoso, le dijo: «Señora madre, de buena gana voy a morir con estos cristianos; sólo me da pena que la dejo sola, porque ciertamente viendo morir unas muertes tan lindas como éstas, no sé quién desea quedar en el mundo.» Y diciendo estas y otras palabras de consolación y piedad, que parecían exceder a su capacidad, llegaron otros herejes a él, y atándole las manos atrás, le sacaron azotando de la iglesia, y el niño iba diciendo: «Señores, sálganme a ver morir por Jesucristo; que voy a gozar de su reino. Señora madre no tenga pena». Y teniéndole fuera de la iglesia, volvieron los moros a persuadirle que se tornase moro, y no le matarían; y viendo cuán poco les aprovechaba, le llevaron al lugar de Lucainena, que esta media legua de Ugíjar, y allí le mataron a cuchilladas, y después le jugaron a la ballesta. Certificonos un moro de los que se hallaron presentes, que hasta que dio el alma a Dios, no dejó de llamar a Jesucristo. ¡Ejemplo grande de su divina providencia, y triunfo glorioso de sus enemigos, que pensaban triunfar dél!



 

Capítulo XVII

Cómo Lároles y los otros lugares de la taa de Ugíjar se alzaron

     Alzose el lugar de Lároles el mesmo día viernes, víspera de pascua de Navidad: los cristianos hubieron sentimiento [200] dello, y recogiendo sus mujeres y hijos, se metieron en la iglesia y se hicieron fuertes en la torre del campanario. Luego acudieron los moros de Bayárcal y de los otros lugares comarcanos, y robando las casas de los cristianos, fueron a la iglesia, y hallando poca defensa, porque los nuestros se habían recogido en la torre, entraron dentro, y con cruel rabia deshicieron los altares, rompieron las aras y los retablos, y saquearon cuanto había dentro, y arrastraron y trajeron por el suelo todas las cosas sagradas. Mientras unos se ocupaban en estos sacrilegios, otros cercaron la torre, y requirieron a los cercados que se rindiesen y les entregasen las armas, pues veían que no se podían defender, prometiéndoles que no les harían mal ninguno; donde no, que supiesen que los habían de quemar vivos; los cuales, creyéndose de sus falsas promesas, se rindieron fuego. Mas los herejes descreídos no les guardaron la palabra, antes en abajando de la torre, y entregando las armas, los desnudaron a todos en camisa, y dándoles de palos y de puñadas, los maniataron y los metieron dentro de la iglesia, donde les hicieron muchos malos tratamientos, escarneciéndolos por vituperio; y viniendo por allí los monfís de la compañía de Abenfarax, entraron en la iglesia, y delante de los clérigos que tenían presos y maniatados se vistió uno dellos una casulla, y se puso un pedazo del frontal del altar en el brazo, como por manípulo, y otro pedazo en la cabeza; y tomando otro moro la cruz al revés, vueltos los brazos para abajo, fueron donde estaban los cristianos, y comenzaron a deshonrarlos diciéndoles: «Perros, veis aquí lo que vosotros adoráis, ¿cómo no os ayuda agora en la necesidad en que estáis?» Y diciendo esto, escupían la cruz y a los cristianos en las caras. Y por más escarnio asaetearon y acuchillaron las cruces y las imágines de bulto, y poniendo los pedazos de todo ello y de los retablos en medio la iglesia, le pegaron fuego y lo quemaron. Hecho esto, sacaron de allí el día de los inocentes a los sacerdotes, que eran tres clérigos beneficiados, llamados Bartolomé de Herrera, Beltrán de las Aves y Rodrigo de Molina, y al sacristán Alonso García, y a dos hijos suyos, y a otros muchos legos que tenían presos de aquel lugar y de los otros cercanos; y antes de matarlos untaron a los clérigos los pies con aceite y pez, y poniéndolos sobre un brasero ardiendo, les dieron cruelísimos tormentos. Después los ataron a todos en una trailla, desnudos y descalzos; y los llevaron a una haza en el camino del jugar de Pezcina, y allí les tiraron a terrero con los arcabuces y ballestas, y los despedazaron con las espadas, y dejaron los cuerpos a las fieras.

     El lugar de Nechit se alzó la mañana del primer día de Pascua antes que amaneciese, y los cristianos tuvieron lugar de recogerse en casa del beneficiado Juan Díaz, creyendo poderse defender, mas los moros cercaron la casa y la entraron, y los prendieron a todos dentro antes de las ocho del día. Luego robaron la iglesia y las casas con igual rabia que los demás herejes, porque todos tenían una mesma voluntad y una ira contra las cosas divinas y humanas. Después fueron unos vecinos del mesmo lugar, llamados los Mendozas, a la casa donde tenían los cristianos aprisionados, y sacándolos de allí, los llevaron la vuelta de Ugíjar. Iba por el camino uno de aquellos herejes diciéndoles que se tornasen moros y los soltarían y porque el beneficiado les decía que diesen gracias a Jesucristo y estuviesen firmes en la fe, airándose contra él, le hirió el traidor en la cabeza con una hacha de partir leña, y se la hendió en dos partes, luego mató a Pedro Valera, su cuñado, y poniendo todos mano a las espadas y a los alfanjes, mataron todos los cristianos que llevaban delante de las proprias mujeres, y desnudándolos en cueros, echaron los cuerpos en un barranco, que no consintieron que se les diese sepultura.

     El mesmo día que se alzaron los de Nechit, se rebelaron también los del lugar de Júgar; los cristianos se metieron en la iglesia, mas no se pudieron defender, y luego los prendieron. El bachiller Diego de Almazán, beneficiado de Lároles, salió huyendo del lugar, creyendo poderse guarecer en la torre de la iglesia, mientras los rebeldes andaban embebecidos en robar, y llegando al lugar de Unduron, salió a él un moro que había tenido por amigo, llamado Gaspar, y lo llevó a su casa, diciéndole que no pasase adelante, porque estaba toda la tierra alborotada; que él le escondería y le pornía después en salvo. Y cuando le tuvo en casa fue el solene traidor a llamar otros herejes como él, y sacándole arrastrando de donde estaba, le llevaron maniatado a Júgar a su mesma casa, para que les diese el dinero que tenía escondido; y desque se lo hubo dado, le sacaron a un cerro allí cerca, descalzo y desnudo, dándole de bofetones y puñadas, y dejándole allí con gente de guardia, fueron a traer a su ama y a una sobrina que tenía consigo, y llegadas donde estaba, hicieron un gran fuego y le metieron dentro desnudo en cueros, diciéndole que muriese por Mahoma; el cual les respondió animosamente que no moría sino por Jesucristo y por su bendita Madre. Entonces le sacaron del fuego medio quemado, y le dieron muchas heridas, y se le entregaron a las moras, que le acabasen de matar con cuchillos y almaradas en presencia de aquellas dos cristianas que habían traído allí por darles mayor pena, y después mataron cruelmente los otros cristianos que tenían presos.

     El lugar de Mairena se alzó cuando Júgar: los moros robaron y destruyeron la iglesia y las casas de los cristianos, y los prendieron a todos, y luego el mesmo día los soltaron, sino fue al beneficiado Geurigui, que le encerraron en un aposento. Estos cristianos, viendo que no podían defenderse en el lugar, se salieron dél huyendo, y ciertos moriscos de los que los habían soltado dieron aviso a los de Unduron para que les saliesen al camino y los prendiesen; los cuales lo hicieron ansí, y presos, los llevaron a Ugíjar de Albacete, donde los mataron con los demás que hemos dicho. Deste lugar era aquel niño Gonzalico que dijimos en el capítulo de Ugíjar. Volviendo pues al beneficiado Geurigui, habiéndole tenido encerrado en aquella cámara sin dejarle hablar con nadie, echándole pedazos de pan de alcandía que comiese como a perro, cuando estuvieron enfadados de tenerle allí guardado, le sacaron desnudo en cueros con las manos atados atrás, y dándole de bofetadas y escupiéndole en la cara, le llevaron a las eras del lugar para matarle. Decíanle los herejes por escarnio: «Perro, ¿por qué no nos llamas agora a misa, y dices a las moras que no se atapen las caras?» Y atándole al pie de una higuera, le hirieron con una lanza en el costado derecho, estando invocando el dulce nombre [201] de Jesús; luego le tiraron de saetadas, y estando aun vivo, llegó un moro a él, llamado Gavia Melga, y le desjarretó con un alfanje, y derramándole un frasco de pólvora en la boca y sobre la cabeza y en la cara, le puso fuego, y después le tiraron al terrero con los arcabuces y ballestas, y no consintiendo enterrar el cuerpo, se lo dejaron en el campo.

     No fue menor la crueldad que usaron los de Pezcina que los de los otros lugares: alzáronse cuando supieron que los de Mairena se habían alzado; y como los cristianos se recogiesen en la iglesia, pensando poderse defender algunos días, los enemigos de Jesucristo les robaron las casas, y los cercaron luego; y queriendo poner fuego al templo y quemarlos dentro, dos moros, llamados Francisco de Herrera y Diego de Herrera Alhander, les dijeron que rindiesen las armas y se diesen a prisión si no querían morir quemados. Viendo pues la poca defensa que tenían, tuvieron por buen consejo rendirse, y los herejes entraron en la iglesia, y despedazando los retablos, imágines, cruces y la pila del baptismo, derribaron también el arca del Santísimo Sacramento por aquel suelo, y hicieron grandes abominaciones y maldades. Después maniataron a los cristianos, y los sacaron a una ladera fuera del lugar, donde les dieron cruelísimas muertes. Al dotor Bravo, clérigo, colgaron de los brazos en un moral tan bajo, que llegaba con las rodillas al suelo, y dándole muchas bofetadas, le persuadían con amenaza; a que se tornase moro; y como les dijese que era cristiano y que había de morir por Jesucristo, le dieron tantas pedradas y cuchilladas, hasta que le mataron. Luego deslindaron a un viejo de más de sesenta años, y le llevaron en cueros, azotándole y escupiéndole en la cara, y atándole a un árbol, le jugaron a la ballesta. Después sacaron al beneficiado Pedro de Ocaña y a su sacristán, y en presencia, de las mujeres cristianas, que habían llevado para que viesen aquel espectáculo por darles mayor dolor, arcabucearon al beneficiado; y cuando estuvo muerto, entregaron a su madre, que era ya mujer mayor, a las moras que la matasen diciéndole: «Anda, perra, vete con tus amigas; que ellas te darán carta de horra». Las cuales la tomaron enmedio con gran regocijo y la llevaron a un barranco; y cuando la hubieron mesado, abofeteado y dádole muchas puñadas, la hirieron con almaradas y cuchillos, y antes que acabase de espirar la echaron del barranco abajo, yéndose siempre encomendando a Dios y a su bendita madre. También despeñaron vivo al sacristán, arrojándole en otro barranco tan hondo, que cuando llegó abajo iba ya hecho pedazos.



 

Capitulo XVIII

Cómo los lugares de la tierra de Adra se alzaron, y la descripción della

     La tierra de Adra cae en la costa del mar Mediterráneo: a poniente tiene la taa de Cehel, a levante la de Berja, a tramontana la de Ugíjar, y al mediodía el mar Mediterráneo. Por esta tierra de Adra atraviesa el río que dijimos que pasa junto al lugar de Darrícal, y se va a meter en la mar cerca de Adra la nueva, que es una fortaleza donde reside ordinariamente presidio de gente de a pie y de a caballo para seguridad de aquella costa. Los lugares deste partido son cuatro: Adra la vieja, donde había antiguamente una fortaleza que los moros llamaban la Alcazaba; Salalobra, Marbella y Adra la nueva: están en la ribera del río, donde tienen huertas y arboledas, y buenos pastos para ganados, y algunas tierras de pan; todo lo demás es tierra estéril y arenales, especialmente hacia la mar. Las granjerías de los moradores son aquellas huertas y alguna seda que crían, y la pesca de la mar, que es buena. Alzáronse los de Adra la vieja, Salalobra y Marbella cuando los de la taa de Ugíjar y los moriscos se subieron a las sierras con sus mujeres y hijos; mas no hicieron daño a los cristianos que vivían entre ellos, porque se recogieron con tiempo a la villa de Adra la nueva. Luego que el capitán Diego Gasca volvió de Ugíjar, queriendo poner cobro en aquella plaza, se metió dentro con los caballos de su compañía; y viendo la falta de gente y de bustimentos que había para poderlo defender si los enemigos le cercasen, y cuán mal podría ser socorrido por tierra, por estar alzada la Alpujarra, despachó ir gran priesa una barca a la ciudad de Málaga, pidiendo que le socorriesen por mar el Corregidor y Pedro Verdugo, proveedor de las armadas de su majestad. Envió el Corregidor luego al capitán Hernán Vázquez de Loaisa con cien hombres en bergantines, y el proveedor los bastimentos y municiones que pudo aprestar para socorro de la presente, necesidad; y llegando también una fragata con gente de Almería, se aseguró la plaza, y se pudieron salvar en ella muchos cristianos que huyeron de Berja y de Dalías y de otras partes. Y corriendo Diego Gasca los lugares de aquella comarca con la gente que le acudía de la ciudad de Málaga, hizo algunos buenos cielos contra los alzados.



 

Capítulo XIX

Cómo los lugares de la taa de Berja se alzaron, y la descripción della

     La taa de Berja confina a poniente con la tierra de Adra, a levante con la taa de Dalías, al mediodía con el mar Mediterráneo, y a tramontana tiene la sierra de Gádor y parte de la taa de Andarax. Es toda ella tierra fértil, de mucho pan, trigo y cebada, y de mucha yerba para los ganados. La cría de la seda es allí muy buena, y tienen los moradores muchas huertas de arboledas de frutas tempranas, que se riegan con el agua de los arroyos que proceden de fuentes que nacen en la sierra de Gádor. Hay en ella catorce lugares, llamados Río Chico, Benínar, Rigualte, Berja, Inavid, Bena Haxin, Pago, Virgualta, Almentolo, Alcobra, Castala, Capileira, Ílar y Jerea. En el lugar de Castala nos certificaron muchos moriscos y cristianos que no se crían gurriones, y que si los llevan allí vivos, mueren luego; y que algunas veces se ha visto pasar por cima de las casas volando y caerse muertos; y que en el de Bena Haxin no pueden las zorras asir las gallinas con la boca, y las ven muchas veces andar tras dellas dándoles con las manos, porque no pueden abrir la boca para morderlas; cosa que parecería ridiculosa si no hubieran certificádolo personas de mucho crédito, clérigos y legos; mas no saben decir la causa por que esto sea: solamente entienden que es por encantamiento que hizo allí un moro antiguamente.

     Berja es el lugar principal desta taa: está media legua de la orilla de la mar; alzose el primer día de pascua [202] de Navidad: algunos de los cristianos que allí vivían se acogieron luego a la villa de Adra, y otros, confiados en unas torres fuertes que tenían hechas en sus casas por miedo de los cosarios turcos, se metieron dentro con sus mujeres y hijos; y los que no tuvieron comodidad de hacer lo uno ni lo otro, se fueron a recoger a la torre de la iglesia. Los que fueron a Adra se salvaron, y todos los demás se perdieron, porque los enemigos de toda verdad los aseguraron con buenas palabras, diciendo que no les harían mal, y desque los tuvieron en su poder, los desnudaron y trataron cruelísimamente: solos Celedron de Enciso y Juan Muñoz se pudieron escapar descolgándose de sus torres y acogiéndose a Adra. Siendo pues ganadas las torres, los enemigos de Cristo, y especialmente los monfís y gandules, destruyeron y robaron la iglesia, deshicieron los altares, patearon las aras, los cálices y los corporales, derribaron el arca del Santísimo Sacramento, tomaron un Cristo crucificado, y con voz de pregonero le anduvieron azotando por toda la iglesia, y haciéndole pedazos a cuchilladas, le arrojaron después en un fuego, donde tenían puestos los retablos y las imágines. Y derribando una imagen de bulto de Nuestra Señora, que estaba sobre el altar mayor, la arrojaron por las gradas abajo, diciendo los herejes por escarnio: «Guárdate, no te descalabres». Y a las cristianas que estaban allí presentes les decían que por qué no favorecían a su Madre de Dios, y otras muchas blasfemias, deshonrándolas de perras y amenazándolas con la muerte. Luego el siguiente día hincaron muchos palos en la plaza del lugar, y con grande fiesta de atabalejos y dulzainas sacaron a ajusticiar a los cristianos, llevándolos de cuatro en cuatro; y atándolos en aquellos palos, les tiraban a terrero con los arcabuces y ballestas, escarneciéndolos y haciendo burla porque se encomendaban a Jesucristo y a su bendita Madre; y desta manera los fueron matando a todos, sin dejar ninguno que pasase de doce años. Duró el justiciar a los legos hasta la oración y entonces sacaron a los clérigos, que eran cuatro beneficiados, llamados Pedro Venegas, Martín Caballero, Francisco Juez y Luis de Carvajal. A éstos llevaron desnudos, las manos atadas atrás, por donde estaban las mujeres cristianas, azotándolos con voz de pregonero, hasta los palos donde los habían de poner; y porque iban rezando y encomendándose a Dios, les daban de bofetadas y de puñadas en la boca, y les decían que llamasen a Mahoma, y verían cómo los libraba de allí mejor que su Cristo, y otras muchas blasfemias. Llegados a los palos, los ataron, y les tiraron con los arcabuces, y después llegaron ellos con las espadas, y los hicieron pedazos a cuchilladas. Habían los crueles herejes dejado cinco cristianos que enterrasen a los muertos, y desque los hubieron enterrado, los sacaron a matar a ellos, y con sogas a los pescuezos los entregaron a los muchachos, que los llevasen arrastrando hasta unos barrancos fuera del lugar. No sé cómo exagerar la bestialidad destos bárbaros de Cristo, que aún no se preciaban de poner las manos en los cristianos muertos, haciendo asco dellos. Fue cruel perseguidor de nuestra gente en este lugar y en los de su taa un moro vecino de allí, llamado el Rendedi. No hacemos mención de lo que hicieron en los otros lugares, porque todos iban por un rasero; y siendo éste el principal acudió casi toda la gente a él. Sólo diremos que todos desampararon los pueblos, y se subieron con sus mujeres y hijos y bienes muebles a la sierra de Gádor, y se llevaron las cristianas captivas luego que hubieron hecho justicia de los hombres.



 

Capítulo XX

Cómo los lugares de la taa de Andarax se alzaron, y la descripción della

     La taa de Andarax está entre dos grandes sierras: a poniente confina con la taa de Ugíjar, a tramontana tiene la Sierra Nevada y la parte della que cae sobre el marquesado del Cenete, donde está el Puerto de Guevíjar, no menos dificultoso de atravesar que el de la Raguaha, por su aspereza y altura y por la mucha y continua nieve que carga en las cumbres dél. Al mediodía tiene las taas de Berja y de Dalías, y a levante la de Lúchar y parte de la sierra de Gádor. Por medio desta taa atraviesa un río que baja de la Sierra Nevada, que pasando por ella, le llaman río de Andarax. Después va a la taa de Lúchar, y juntándose con otro río que baja de la sierra que está sobre el lugar de Oháñez, cerca del lugar de Rague, entra por la taa de Marchena y se va a meter en la mar, dando muchas vueltas, con nombre de río de Almería, junto a la propria ciudad, llevando consigo otras aguas. Esta taa de Andarax es la mejor tierra de toda la Alpujarra, y así lo significa el nombre árabe, que quiere decir la era de la vida, porque es muy fértil de pan de toda suerte, abundante de yerba para los ganados, el cielo y el suelo muy saludable y templado, y tiene muchas fuentes de agua fresca y muy delgada, con las cuales se riegan hermosas arboledas de frutas por extremo lindas y sabrosas, y especialmente la cría de la seda es mucha y muy buena. Hay en ella quince lugares, llamados Dayárcal, Alcudia, Paterna, Harat, Alguacil, Iñiza, Harat, Albolot, Harat Aben Muza, Guarros, Alcolava, Lauxar Al Hican, Codbaa, Horinica, Beni Ail y el Fondón; de los cuales Codbaa tiene título de ciudad; y en el Lauxar estaba antiguamente una fortaleza grande, en sitio fuerte, a un lado del camino por donde se sube al puerto de Guevíjar, que agora está destruida.

     Los lugares de Iñiza y Guarros fueron los primeros que se alzaron en esta taa el viernes víspera de pascua de Navidad. Lo primero que los rebeldes hicieron fue ir a casa de su beneficiado, que se decía el bachiller Biedma, y no le hallando allí, porque en oyendo el alboroto se había escondido en casa de un vecino que tenía por amigo, le saquearon la casa. Luego fueron a la iglesia, y la destruyeron y robaron, sin perdonar cosa sagrada, y la quemaron; y con deseo de vengar su ira en el sacerdote de Jesucristo, fueron a la casa donde estaba, y rompiendo las puertas, le sacaron y le llevaron desnudo y descalzo, las manos atadas atrás, por las calles, haciéndole muchos malos tratamientos; y presentándole delante de los monfís y de los regidores de aquellos lugares, le dijeron dos dellos, llamados Benito de Abla y Diego de Abla, si quería ser moro, que le dejarían la vida. Y como les respondiese que tenían poca necesidad de darle tan mal consejo, porque él era cristiano sacerdote de Jesucristo, y que había de morir por su santa fe católica, le hicieron asentar en el suelo delante dellos, y mandaron a los moros mancebos que [203] le jugasen a la ballesta, y después de haberle asaeteado, le dieron muchas cuchilladas y lanzadas, y echándole una soga al pescuezo, le entregaron a los muchachos, que lo llevasen arrastrando hasta un barranco fuera del lugar.

     Los moriscos del lugar de Alcudia y de Paterna se alzaron el primer día de pascua de Navidad, y como los cristianos que allí moraban entendieron el alboroto que traían, y que se querían rebelar, tomando sus mujeres y hijos consigo, se fueron a guarecer a la torre de la iglesia, que era fuerte. Y los moros, viendo que no se podían aprovechar dellos, los aseguraron diciendo que se volviesen a sus casas, porque los del lugar no querían alzarse, y que ellos mesmos los defenderían cuando fuese menester; los cuales, confiados en sus falsas palabras, se salieron de la torre; y porque no pareciese que dejaban de cumplir lo que les habían prometido, cuando los vieron vueltos a sus casas enviaron a llamar a los monfís forasteros, los cuales los prendieron y les robaron cuanto tenían, y los unos y los otros con grandísima ira entraron en la iglesia, y la saquearon y robaron, y destruyeron todas las cosas sagradas. El beneficiado Arcos se escondió en casa de un moro que solía tener por amigo, llamado Agustín el viejo, el cual le pagó la amistad con entregarle luego a sus enemigos, y ellos le llevaron desnudo y descalzo a la iglesia, adonde estaban los otros captivos que tenían presos, y después los sacaron a matar. Los primeros fueron el beneficiado y Diego López de Lugo, hombre muy rico, señor de la mayor parte del lugar. A éstos los desnudaron en cueros, y dándoles muchas bofetadas y puñadas, porque se encomendaban a Dios y a su bendita Madre, los llevaron desde el lugar a una cruz que está en el camino que va a Iñiza, y atándolos al pie della, los asaetearon, y después les dieron muchas estocadas y cuchilladas, hasta que los acabaron de matar; y de la mesma manera mataron a todos los otros cristianos que tenían presos: hubo algunos que tuvieron lugar de huir por las sierras, antes que los prendiesen, y éstos se salvaron. Fueron crueles perseguidores de cristianos en este lugar cuatro moriscos, llamados Gaspar Rojo, Hernando de Málaga, Pedro de Escobar y Bernardino de Escobar.

     Codbaa, como queda dicho, tiene título de ciudad, porque moró allí el rey Abí Abdilehi el Zogoybi, que rindió a Granada. Están tres lugares juntos, que parecen barrios, que son Codbaa, Lauxar y el Fondón: todos los cristianos que vivían en estos lugares y en otros allí cerca, se recogieron a la iglesia de Codbaa en sintiendo que los otros lugares se levantaban, y queriéndose ir a guarecer en la ciudad de Almería, por parecerles que no estaban allí seguros, un morisco regidor, llamado Pedro López Aben Hadami, que era de los más ricos y principales de la taa, les aconsejó que no se fuesen hasta ver en qué paraba el negocio: llevó a su casa al beneficiado Juan Lorenzo y a un hermano suyo con toda su familia, y los tuvo el lunes en la noche haciéndoles mucho regalo. Luego el siguiente día, que fue martes 28 de diciembre, entraron en el lugar muchos moros de Alcolea y de otras partes, y los monfís que iban alzando la tierra; y Aben Hademi, pareciéndole que no estaban seguros los cristianos que tenía en su casa, porque aun hasta entonces debía de tener voluntad de salvarles la vida, los metió en un aposentillo bajo que estaba junto al corral, y echándoles unos haces de cañas de alcandía a la puerta, se fue a la plaza a ver lo que se hacía, y halló muchos moros forasteros y del lugar, que andaban con banderas tendidas robando las casas de los cristianos; los cuales le dijeron cómo el reino todo estaba alzado, y que Granada y sus fortalezas eran de moros. Entonces, viendo que la cosa debía ir de veras, entró con ellos en la iglesia y hizo prender todos los cristianos clérigos y legos que allí había, y haciendo pedazos los retablos y las cruces y el arca del Santísimo Sacramento, le pusieron a todo fuego y lo quemaron. No mucho después Hernando el Gorri, que era el principal caudillo de aquel partido y vecino de Lauxar, y Alonso Aben Cigue y el mesmo Pedro López Aben Hademi mandaron que matasen todos los cristianos que tenían presos, como se había hecho en los otros lugares; y juntándose en la plaza mucha gente, tocando sus atabalejos y dulzainas, cantando canciones a contemplación del día tan deseado que veían, sacaron los primeros a Diego Ortiz y a Juan Ortiz, su hermano, y desnudos en cueros los llevaron ante el Gorri, el cual mandó que los arcabuecasen, y que lo mesmo se hiciese de todos los demás. De allí los llevaron a una rambla que está antes de llegar al Fondón, y les tiraron con los arcabuces y ballestas, y después los acabaron con las espadas y alfanjes. Desta manera mataron los cristianos que habían prendido en los tres lugares, y a los de Guécija, lugar del marquesado del Cenete, que también los trajeron allí. Solos los huéspedes de Aben Hademi no murieron por entonces, mas desde a quince días, enfadado de tenerlos escondidos tanto tiempo, o por miedo de Abenfarax, alguacil mayor de Aben Humeya, que había venido a lo de Andarax, y mandaba que, so pena de muerte, nadie fuese osado de dar vida a hombre cristiano, denunció dellos ante él, el cual mandó al Hoceni y a otros sus compañeros llevasen luego ante él al beneficiado Juan Lorenzo, y haciéndole desnudar en cueros, atados los pies y las manos, le mandó poner de pies sobre un brasero de fuego ardiendo en casa de Lanxi, y desta manera le asaron de las rodillas abajo; y porque llamaba a Jesucristo a su bendita Madre y se encomendaba a ellos, el hereje traidor le hizo dar con una suela de una alpargata sucia en la boca y muchos palos y puñadas en la corona, y escarneciendo dél, decía: «Perro, di agora la misa; que lo mesmo hemos de hacer del Arzobispo y del Presidente, y hemos de llevar sus coronas a Berbería». Y para darle mayor tormento trajeron allí dos hermanas doncellas que tenía, para que le viesen morir, y en su presencia las vituperaron y maltrataron, y por escarnio les preguntaban si conocían aquel hombre que se estaba calentando al fuego. Y habiéndole tenido desta manera un buen rato, le llevaron arrastrando con una soga fuera del lugar, y en un cerrillo lo entregaron a las moras, para que también ellas se vengasen, las cuales le sacaron los ojos con cuchillos y se acabaron de matar a pedradas. Luego fueron a traer a su hermano, y junto a él le hicieron pedazos, y un hereje le hizo abrir la boca antes que espirase, y le echó dentro un buen golpe de pólvora y le puso fuego, de enojo de ver que se encomendaba a Dios tan de veras, glorificándole por su lengua. También mataron al sacristán Francisco [204] de Medina, entregándole a los muchachos que le apedreasen, porque les enseñaba la doctrina cristiana, y hicieron una grandísima crueldad en Luis Montesino de Solís, de quien diremos adelante en el capítulo de Guécija. A Diego Beltrán, mocito de edad de catorce años, martirizaron dos herejes, llamados el Huceni y el Caicerani, el cual, estándole atando para llevarle al lugar del martirio, preguntó a su madre que dónde le querían llevar; y ella respondió varonilmente: «¡Hijo, a ser mártir! Muere por Jesucristo. Bienaventurado tú, que le gozarás presto; encomiéndate a él, y no temas de morir por tan buen señor». Y ansí lo hizo el mocito, y lo mataron los sayones a cuchilladas.



 

Capítulo XXI

Cómo los lugares de la taa de Dalías se alzaron, y la descripción della

     La taa de Dalías es en la costa del mar Mediterráneo: a poniente confina con la taa de Berja, a levante con tierra de Almería, al mediodía tiene la mar, y a tramontana parte de la sierra de Gádor, que cae entre ella y la taa de Andarax, y es también de Almería. Toda esta taa está en tierra llana, donde hay hermosísimos campos para apacentar ganados de invierno. Cógese en ella mucha cantidad de pan, trigo y cebada, y hay grandes arboledas, y la cría de la seda es buena. Hay en ella seis lugares, llamados Asubros, Odba, Célita, Elchitan, Almecet y Dalías, que es el principal, donde están los campos que dicen de Dalías, famosos por el mucho ganado que allí se cría.

     Contáronnos algunos moriscos, y aun cristianos, que el mesmo día que se alzaron los de Berja fue al lugar de Dalías aquel moro que dijimos, llamado el Rendedi, y que estando todos los vecinos a la puerta de la iglesia para entrar en misa, llegó con cuatro banderas y mucha gente armada, y se puso a vista del lugar, en un viso que se hace en una serrezuela que cae por bajo de la sierra de Gádor a la parte de levante; y que a un mesmo tiempo habían asomado otras cuatro banderas a la parte de poniente sobre una punta de la mesma sierra, y que los vecinos se alborotaron con aquella novedad; y juntándose los regidores, que todos eran moriscos, salieron con alguna gente a ver qué banderas eran aquéllas, y que el Rendedi bajó a ellos con cincuenta tiradores, y les dijo que se alzasen luego, porque todos los lugares de la Alpujarra estaban alzados; y como le respondiesen que ellos no entendían hacer mudanza por entonces, el moro se enojó mucho, y les dijo que no había venido a otra cosa, y que se habían de alzar mal de su grado; el cual entró con toda la gente en el lugar, y mandó pregonar por todo él que, so pena de la vida, todos los vecinos saliesen luego a la plaza con sus armas los que las tuviesen; y porque algunos hombres ricos no salieron tan presto, los hizo matar y saquearles las casas, diciendo que eran cristianos enemigos de Mahoma. Corriendo pues los rebeldes con grandísimo ímpetu a la iglesia, entraron en ella, y la saquearon y robaron, y haciendo pedazos los retablos y las imágines que estaban en los altares, y la pila del baptismo, destruyeron todas las cosas sagradas y le pusieron fuego. Y porque una mujer morisca de las principales de la taa les reprendió los sacrilegios y maldades que hacían, y quitó a los muchachos las hojas de un misal que traían haciendo pedazos, le cortó un hereje de aquellos la cabeza. Algunos cristianos, así clérigos como legos, fueron presos y muertos en sus mesmas casas; otros muchos se habían ido con tiempo a la villa de Adra. A los beneficiados Antonio de Cuevas y maestro Garavito mataron luego dentro de sus casas. Un hermano del maestro Garavito, y con él algunos cristianos de aquel lugar y de los otros de la taa se metió en la fortaleza vieja de Dalías la alta, y allí se defendieron tres días; mas los enemigos de Dios juntaron mucha leña, y zarzos de cañas y tascos, y les pusieron fuego; y al fin viéndose sin defensa y sin remedio de socorro, y que se quemaban vivos, pidieron que los recibiesen a partido; mas, los traidores, haciendo burla dellos, y deseando matarlos con sus manos, les dijeron que se echasen de la torre abajo, que ellos los recogerían, pues no podían bajar por la escalera; los cuales, huyendo del fuego, que los cercaba ya por todas partes, se arrojaron de arriba, así hombres como mujeres. Unos se perniquebraban, otros se descalabraban y quedando aturdidos del golpe, porque la torre era muy alta, el refrigerio que hallaban era el cuchillo de los crueles verdugos, que los acababan de matar. Desta manera los mataron a todos, y fueron muy pocas las mujeres y niños que tomaron captivos, y con la mesma crueldad trataron a los de los otros lugares que se alzaron en el mesmo tiempo. Digamos agora la entrada que hizo Aben Humeya en la Alpujarra, y lo que proveyó en ello; que luego diremos cómo se alzaron los lugares de las otras taas.